
Ensayo
Un breve acercamiento a la obra minificcional de José Emilio Pacheco
Éder Élber Fabián Pérez
Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa
edervanfabian@gmail.com
https://orcid.org/0009-0002-3371-1717
Introducción
El presente artículo tiene como objetivo principal analizar la producción minificcional de José Emilio Pacheco. Desde una perspectiva estructural, la minificción se caracteriza por su naturaleza híbrida, lúdica y experimental. De manera adicional, el género integra características que funcionan como catalizadores semánticos, logrando concentrar en un mínimo espacio una compleja red de significaciones. Estos elementos incluyen los títulos, la caracterización de los personajes, la intertextualidad, el uso estratégico de la retórica, entre otros elementos. Mediante una metodología de análisis estructural y crítico-ideológico se busca examinar algunas producciones breves de Pacheco. Aunque ha sido analizada en menor medida, la obra minificcional de José Emilio demuestra una notable complejidad temática y formal. Textos como “La lechera” o “Cuitzeo”, además de presentar características como la elipsis y la intertextualidad, abordan problemáticas filosóficas y sociales con un énfasis marcado en la crítica sociopolítica y la concientización ambiental. Por todo ello, la minificción es una vía crucial —aunque subestimada— en la obra de José Emilio Pacheco para generar una profunda crítica de su tiempo y del entorno actual.
Entre el rechazo y la aceptación: controversias de un género
Desde su nacimiento, el género minificcional ha estado envuelto en diversas polémicas. La principal se centra en su carácter de expresión mínima, cuya extensión oscila entre las cinco y diez palabras y, en el mejor de los casos, las mil palabras según designe su categorización.Esta concisión resulta para más de un crítico un chiste sin sentido, algo carente de originalidad, que es todo menos literatura. Ante estas críticas surge la pregunta: ¿Acaso la brevedad no es un elemento estructural que también se manifiesta en géneros canónicos como el cuento y la novela? Pese a esto, varios investigadores señalan que en la minificción no existe la profundidad ideológica, técnica y temática que proporcionan otras expresiones literarias. Es curioso que varios de estos comentarios negativos provengan de círculos académicos europeos, quienes, a través de la historia,
han defendido el canon tradicional, relegando a un espacio ínfimo a las expresiones consideradas “nuevas”, 1 muchas de las cuales han tenido su origen en Hispanoamérica.
Como es conocido entre especialistas, la primera obra que debe ser considerada el libro inaugural de minificción en Hispanoamérica es Ensayos y poemas (1917) del mexicano Julio Torri. Esta colección propuso varios rasgos que los autores subsiguientes integrarían al género, por ejemplo, la brevedad, la sorpresa final, la hibridación, la intertextualidad, entre otros elementos más. Si bien Torri sentó las bases del género, autores como Juan José Arreola y Augusto Monterroso consolidaron la minificción como una de las aportaciones culturales más originales de la literatura hispanoamericana.
Dentro de las distintas contribuciones que estos autores le otorgaron al género, la más destacable fue la de producir bestiarios, no al estilo europeo, sino en la “poetización alegórica de bestias naturales o imaginarias” (Zavala, 2009: 14). Esto se hace evidente en Arreola con su Bestiario (1958), donde las breves menciones de animales oscilan entre el imaginario particular del autor y el uso de una prosa semipoética. En Monterroso, quizá la minificción más conocida es El dinosaurio: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (en Zavala, 2006: 270). En exactamente siete palabras, el autor desarrolla una intriga que ha dado como resultado desde exploraciones de índole psicológica, reescrituras de dicha pieza, hasta tesis de grado demostrando la capacidad de síntesis, fuerza imaginativa y astucia literaria que puede proveer el género. Este primer auge se complementó por la importancia trascendental que tuvo la revista El Cuento de Edmundo Valadés, donde, además de publicarse obras minificcionales de autores de renombre provenientes de distintas partes del continente, comenzó una nueva época donde se le concedió la importancia debida al género.2
Hacia un breve listado de las características principales de la minificción
Resulta imprescindible ofrecer una definición concisa del género. Según Zavala, una minificción es una “narración literaria cuya extensión no rebasa una página, es decir, aproximadamente 250 palabras” (Zavala, 2007: 49). A esta definición deben sumarse dos elementos centrales: su carácter experimental y su rasgo lúdico. Es experimental por su capacidad de admisión e hibridación genérica, pues no sólo incorpora otros géneros como pueden ser el lírico, el teatral y, obviamente, el narrativo, sino también otros formatos que no son necesariamente literarios, tales como el ensayo, el aforismo, la adivinanza, los tuits, las notas, etc. De esto se deriva su naturaleza proteica, lo cual le permite adoptar la forma que mejor se ajuste a su propósito comunicativo. En lo que respecta a su rasgo lúdico, este elemento concentra su fuerza en la astucia creativa del autor y tiene como objetivo fomentar una relación activa entre los receptores y la totalidad de los elementos textuales, promoviendo una lectura que exige una alta participación interpretativa.
Si bien estas son dos características básicas en la minificción, existen otros elementos estructurales que configuran la arquitectura del género. Iniciemos por el título o los posibles subtítulos, cuya función es “indicar el contenido de la obra, la anticipación de los elementos constitutivos, los modelos a tratar, etc.” (Rodríguez 53-54). De este modo, los títulos no son simples encabezados, sino que funcionan como disparadores semánticos que establecen un primer contacto de lectura y análisis; un ejemplo ilustrativo se encuentra en la minificción “Receta” de Miguel Gonzáles Avelar, donde el título evidencia la naturaleza híbrida del texto. Al remitirnos a un género no narrativo (el instructivo culinario), el título anticipa al lector que el suceso se desarrollará siguiendo una estructura de pasos preestablecidos.
A través de lo que Azucena Rodríguez ha denominado “mínimos personajes”, se establece el conjunto de rasgos esenciales que deben poseer los personajes de la minificción. Entre los atributos designados se encuentran el nombre propio y sus implicaciones semánticas, la descripción de su apariencia, los rasgos de carácter, su discurso (verbal y no verbal), el comportamiento externo e interno, etc. A estos rasgos se añade el recurso del vínculo intertextual, que ocurre entre personajes provenientes de otras historias (cuentos, novelas, poemas, etc.). Estos personajes preexistentes cumplen una doble función; por un lado, facilitan la renovación de la historia original y, por otro, permiten la parodia o la reapropiación crítica de un texto canónico. Igual de importante es considerar la presencia de personajes simbólicos, históricos o míticos que son recreados o transformados. En este contexto, la categoría personaje se amplía para incluir objetos animados o animales, como lo ejemplifica de manera paradigmática “El dinosaurio” de Augusto Monterroso.
El tercer elemento, que se venía anticipando, es la intertextualidad, definida como la “[p]resencia en el cuento de elementos provenientes de otros textos o sus respectivas convenciones genéricas, códigos o cualquier otro elemento textual en el plano del discurso o la historia” (Zavala, 2007: 44). Este rasgo trasciende la mera inclusión de personajes preexistentes; se manifiesta también mediante alusiones temáticas, estilísticas, guiños a otros autores minificcionales o incluso a través del pastiche y el plagio intencional. Un ejemplo destacado de esta estrategia es “La venganza de Flaubert” de Adela Fernández,
donde, desde el título, la obra establece una referencia doblemente significativa al aludir al autor de Madame Bovary. Esta alusión no sólo evoca a una figura canónica de la literatura universal, sino que, como señala Rodríguez, el título en la minificción funciona como un elemento deíctico; o, en palabras llanas, recalca “el proceso de reconocimiento del original y las modificaciones a tal texto” (Rodríguez 65-66), obligando al lector a reactivar el conocimiento del texto base para comprender el nuevo sentido propuesto por la minificción.
Un cuarto elemento a considerar es el espacio, que se relaciona con una quinta característica esencial: el tiempo. Rodríguez integra ambos conceptos bajo el título “Dónde y cuándo”, señalando que ambos elementos deben someterse a una máxima reducción. En lo que respecta al espacio debe limitarse a un escenario inmediato, reducido e íntimo; esto no implica que carencia de valor; por el contrario, a menudo los espacios adquieren una poderosa carga simbólica que confiere una significación profunda. El tiempo ofrece una mayor flexibilidad narrativa. Los autores de minificción gozan de la libertad para establecer diferentes temporalidades, ya sea mediante la ausencia de tiempo o su modificación. Esto les permite jugar con las distintas modalidades de las perspectivas narrativas, como lo son la analepsis (un salto al pasado) y la prolepsis (un salto hacia el futuro), reorganizando la cronología del relato.
Hay que enfatizar la importancia de la retórica. El uso estratégico de las distintas figuras retóricas existentes es esencial, ya que su aplicación permite potenciar múltiples dimensiones del texto favoreciendo “el contenido, la expresión, el significante, el ritmo...” (79). En tal sentido, la elipsis es la figura predominante, pues es clave para alcanzar brevedad, siendo su función “elimina[r] del discurso una parte de lo ocurrido en la historia, con el fin de acortar su extensión” (Zavala, 2007: 42).
José Emilio Pacheco y su breve mundo ficcional
Contrario a la opinión de Luzelena Gutiérrez de Velasco, hoy día se observa que, de toda la obra que José Emilio Pacheco construyó a través de los años, la más apreciada y difundida es su narrativa, en particular su novela breve Las batallas en el desierto (1981). De igual relevancia, aunque menos conocida, es Morirás lejos (1967), catalogada entre las narraciones metaficcionales más destacadas de la literatura mexicana y considerada pionera en experimentación narrativa debido a su compleja mezcla de tiempos, espacios, voces y personajes.
Considero que la obra poética de Pacheco es el segundo género que mejor recepción ha tenido, pues sus poemas concentran temas recurrentes como la fugacidad del tiempo, el desgaste de las cosas, el devenir de la historia, la búsqueda de momentos precisos que han dejado huella en la humanidad. Un tercer género significativo es el que el propio José Emilio creó y denominó Inventario, donde la inteligencia de Pacheco se vio plasmada a través de “las mejores lecciones culturales que hemos podido recibir en las páginas periódicas” (Gutiérrez: 22). Finalmente se localiza el cuento, de los géneros que más han captado la atención como El principio del placer (1972), parte trascendental del canon del cuento moderno y posmoderno mexicano. Frente a estos géneros "mayores" valdría la pena preguntarse: ¿Qué ha ocurrido con la recepción y el estudio de las minificciones de José Emilio Pacheco?

Fotografía del escritor en sus años de producción temprana. Atribuida a Rogelio Cuéllar. Material provisto por el autor de este artículo. No se conocen restricciones de derechos de autor. Se reproduce con fines educativos y de difusión.
Desafortunadamente, la producción minificcional de Pacheco ha pasado desapercibida tanto para los lectores como para la crítica especializada. Esto se debe, como se ha señalado, a privilegiar el resto de su obra literaria (novelas, poesía, cuentos mayores), relegando a los textos breves a una importancia secundaria. No obstante, estos textos poseen una configuración compleja, abordando una diversidad de temáticas que integran agudas problemáticas sociales. Tomemos como primer ejemplo “La lechera”. Desde el título, la obra establece un anclaje externo al referenciar un universo narrativo preexistente (probablemente la fábula tradicional). Este título sitúa inmediatamente al lector en un espacio rural evocando a un personaje conocido e inocente de la tradición popular, mostrando la forma en que Pacheco utiliza la intertextualidad para la economía narrativa al condensar contexto y personaje en una sola alusión. En lo que respecta al anclaje interno, el título concentra la atención del lector en el personaje central:
La lechera hacía proyectos mientras caminaba por la ciudad. De pronto, ella, su jarra y sus ilusiones se volvieron añicos en la explosión nuclear (2014: 95)
Es evidente que Pacheco omite cualquier rasgo físico o psicológico detallado, tanto particular como general; sin embargo, esta elipsis descriptiva y la elección de una figura inocente consiguen un efecto retórico de alto grado. La falta de caracterización individual obliga al lector a suplir los vacíos; por consiguiente, el acto final (la explosión nuclear) intensifica el horror, la rabia y la melancolía, pues la destrucción no sólo es física, sino que aniquila la simpleza de la vida cotidiana y los proyectos humanos. El final epifánico de la historia no se limita a la mera revelación de una verdad en sus últimas líneas. Su función más relevante es enfatizar la escasa conciencia de las élites de poder y la nula valoración de la vida humana por parte de quienes toman decisiones a nivel global.
En “Cuitzeo” también se plantea una crítica social por medio de una sola frase que pronuncia el personaje principal:
—No tengo nada que ocultar —dijo el lago al secarse (100).
Si bien parecería que el diálogo carece de sentido y se comporta como un mero chiste, a través de la expresión anunciada del lugar, Pacheco deja entrever su preocupación por la desaparición de los recursos naturales. Es importante destacar el uso de los espacios en la minificción, pues en este caso al aludir al vacío se propicia una toma de conciencia por parte de los lectores. Este espacio también consigue que, dentro de la historia, se juegue con las temporalidades. Así, el tiempo pasado alude a un espacio lleno de belleza, armonía y de vitalidad; mientras que el presente alude a la esterilidad del lago, con lo cual se intensifica el mensaje final.
Una perspectiva distinta, de orden filosófico, se explora en “Nadie”. En este caso el título no sólo funciona como un indicio temático; aporta la descripción preliminar del final:
En el valle ocurre un hecho sobrenatural. Un labrador sale de su choza para atestiguar el prodigio. Dialoga unos minutos con el que hizo el milagro. Al volver, su esposa le pregunta:
—¿Quién era?
El labrador toma asiento en la mesa y responde:
—Nadie. Era Dios (95)
Esto revela la visión escéptica del autor, la cual desmitifica el encuentro divino al mostrar la indiferencia o la alienación del hombre rural ante lo trascendente. En cuanto al espacio queda comprimido a un escenario bastante conocido; no obstante, caracteriza a uno de los personajes: el labrador. Sobre este personaje, bien se puede pensar que responde a un personaje tipo que encarna “una figura representativa de grupos reducidos dentro de una colectividad” (Rodríguez 32). Lo cierto es que pierde tal clasificación y se presenta como un personaje existencialista que, en lugar de sorprenderse ante esta aparición divina, la muestra como algo sin importancia.
En “Memorias de Juan Charrasqueado” Pacheco usa el humor, específicamente la ironía, la cual funciona para “dar a entender lo contrario de lo que se dice, casi siempre con la ayuda de un tono específico” (96). Cuando Juan Charrasqueado pronuncia:
—Yo no lo maté: él solito se le atravesó a la bala (97),
el sentido se vuelve doblemente importante. Primero, en un nivel superficial, entenderemos que el protagonista niega su culpabilidad al señalar que de alguna forma él no fue el culpable, sino la bala. En un sentido más profundo nos enteramos que, a partir de la visible contradicción entre lo que ocurrió y sus acciones, el sentido de este enunciado comunica un ridículo a partir de su incompatibilidad, lo cual debería producir un motivo risible y con ello favorecer el giro inesperado de las acciones. Pese a ser una de las minificciones más breves, no deja de ser curiosa la intertextualidad propuesta por el autor, pues logra “reducir la extensión del texto mediante referentes que, por su universalidad, son conocidos” (Rodríguez: 74). En este caso, el personaje es muy reconocido debido a que forma parte de la conciencia popular, enraizada en el corrido de Jorge Negrete.
El vínculo intertextual, por último, también se observa en “Odisea”, donde se “reescribe el hipotexto proponiendo un giro distinto al original, en una actualización o re-contextualización…” (74). Pacheco consigue generar incertidumbre al final y, produciendo una catáfora narrativa:
Ulises regresó por fin a Ítaca.
—¿Quién eres? —le preguntó Penélope—. Tu cara me es familiar pero tu nombre ya no lo recuerdo (Pacheco: 97)
Conclusiones
A pesar de su rechazo inicial la minificción se ha consolidado como un género legítimo y complejo. La polémica es clara señal de su carácter innovador y del desafío a las concepciones literarias tradicionales. La brevedad como estrategia estructural confirma que la concisión no es una limitación, sino un elemento primordial que le brinda al género fuerza. Mediante la economía narrativa, la minificción obliga a los lectores a una alta participación interpretativa, supliendo los vacíos, activando la imaginación y su conocimiento cultural.
En lo que respecta al trabajo minificcional de Pacheco, es claro que ha sido desatendido, pienso, de manera injusta por la crítica en favor de sus obras mayores; no obstante, el análisis de los textos demuestra que esta breve narrativa posee una configuración compleja, abordando temas con gran inteligencia. Las minificciones de Pacheco demuestran la manera en que, por medio de un formato breve, se muestra tanto una crítica social y política como una crítica de índole ecológica, dotadas todas ellas de varias reflexiones filosóficas. Es de este modo que José Emilio Pacheco utiliza la intertextualidad y la ironía como elementos constitutivos de una economía narrativa con el propósito de condensar así el contexto como los personajes, proponiendo una reapropiación crítica y humorística de textos canónicos y populares.
Referencias
- De Báez, Ivette Jiménez, Diana Morán y Edith Negrín, La narrativa de José Emilio Pacheco. Ciudad de México: El Colegio de México, 1979.
- López Aguilar, Enrique. “Una lectura personal de los cuentos de José Emilio Pacheco”, en Tema y Variaciones de Literatura, vol. 60 (2023), pp. 69-85.
- Pacheco, José Emilio. De algún tiempo a esta parte: relatos reunidos. Ciudad de México: Era, 2014.
- Rodríguez, Adriana Azucena. Permanente fugacidad. Ensayos sobre minificción. Ciudad de México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2020.
- Shua, Ana María. Cómo escribir un microrrelato. México: Siglo XXI Editores, 2024.
- Zavala, Lauro. La minificción bajo el microscopio. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2006.
- Zavala, Lauro. Manual de análisis narrativo literario, cinematografía, intertextual. Ciudad de México: Trillas, 2007.
- Zavala, Lauro. Cómo estudiar el cuento. Teoría, historia, análisis, enseñanza. Ciudad de México: Trillas, 2009.
1 Me parece que la mejor definición sobre los límites permitidos en la minificción ha sido señalada por Ana María Shua: "Si bien trescientas palabrases el máximo permitido, el límite mínimo no existe" (2014: 23).
2 En lo que respecta a los estudios especializados, cabe destacar que la investigación en México se ha desarrollado de manera relativamente reciente. Una aportación fundamental es El microrrelato en México: Torri, Arreola y Monterroso (1986) de Dolores Koch. De igual forma, se deben mencionar los manuales y las antologías en el reconocimiento de la minificción, tanto en nuestra nación como más allá de ella. De las distintas obras destacaría cuatro estudios: Breve manual para reconocer minicuentos (Koch, 1997); Minificción mexicana (2003) y La minificción bajo el microscopio (2006), ambos de Zavala, y Permanente fugacidad. Ensayos sobre minificción (A. Rodriguez, 2020). Añadiría Cómo escribir un microrrelato de Ana María Shua, que también posee gran valor para comprender la importancia del género.

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