Artículo de divulgación


No lugar(es)

Representaciones del transporte público en Agustín Ramos, Armando Ramírez y Vicente Leñero


Joshua Córdova
Universidad Nacional Autónoma de México
joshuacrdova@gmail.com
https://orcid.org/0009-0004-2018-0253

 

Introducción

En 1992, el antropólogo francés Marc Augé publicó su obra Los no lugares. Una antropología de la sobremodernidad, un ensayo en el que desarrolla sus postulados acerca de los espacios intercambiables donde los individuos permanecen anónimos.1 Es evidente que sus reflexiones parten de una perspectiva occidental, europeizada y, hasta cierto punto, privilegiada: sus referentes, por ejemplo, son vuelos intercontinentales y los espacios aeroportuarios de consumo. En ese sentido, la visión de Augé sobre los no lugares aporta una herramienta de análisis geográfico, antropológico, espacial, cultural e incluso literario, aunque debe matizarse según el contexto o fenómeno por analizar. En el caso de la literatura, existen manifestaciones que abordan una gran amplitud de espacios, sean semejantes o no a los ejemplificados por Augé. Según el antropólogo,

Los no lugares son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta (41).

En el caso particular de México ―concretamente, la capital del país, con la carga histórica, moderna y centralizadora que ha adquirido a lo largo de los siglos―, el transporte público ―metro, camión, combi, microbús, pecero o cualquier denominación semejante― es un ámbito fértil para el análisis y la teorización de los no lugares, pues sus representaciones adquieren diversas cargas ideológicas a partir de las descripciones y las acciones de quienes se sitúan ahí. Tales manifestaciones pueden acercarse, partir, subvertir o caricaturizar los imaginarios populares, de acuerdo con el tratamiento autoral brindado. Tres obras de la segunda mitad del siglo XX mexicano dan cuenta de ello, además de los intereses estéticos, culturales, sociales e intelectuales de la época: Los albañiles (1964) de Vicente Leñero, Chin chin el teporocho (1971) de Armando Ramírez y Al cielo por asalto (1979) de Agustín Ramos.

Fotografía de autoría desconocida del transporte público en las rutas urbanas de la Ciudad de México, hacia los años setenta. No se conocen restricciones de derechos de autor. Se reproduce aquí con fines educativos y de difusión.

Los no lugares en tres novelas mexicanas contemporaneas

En todos los casos, las escenas a glosar tienen al menos tres elementos en común: 1) el camión de transporte público como no lugar; 2) la colectividad y la transitoriedad como componente permanente del transporte; 3) la presencia de algún tipo de violencia. Particularmente, la óptica surrealista de Agustín Ramos es la más experimental de los tres autores, ya que abreva en referentes bíblicos, surrealistas y sociales del México de los 70 para construir sus situaciones narrativas. En Al cielo por asalto el protagonista toma el transporte ―conducido por un personaje de nombre Noé― y su viaje se ve interrumpido por un diluvio que provoca la destrucción de la ciudad. Al final de la escena, los estragos pasan y se vuelven secundarios al priorizar la preocupación generalizada por el retardo de trabajo ocasionado por la catástrofe:

Noé exprimió su cachucha y subió al autobús sin ocuparse de mí. A bordo, los pasajeros se notaban conmovidos, alarmados, con el rictus propio de los citadinos que acaban de presenciar un cataclismo o un accidente.

Noé dio un arrancón y continuó su ruta cual si nada hubiera pasado. En el cielo resplandecía el arco iris, como presagiando que no me despedirían, pese al retardo (Ramos: 50-51).

A través de la pluma de Armando Ramírez el transporte cobra otro sentido, incluso estético, desde la enumeración caótica de los elementos, el lenguaje particular de la narración, así como factores sociales como el machismo. En Chin chin el teporocho, Rogelio, el protagonista, se aproxima al transporte para acudir al trabajo, al igual que el personaje de Ramos y, como se verá más adelante, el de Leñero. Sin embargo, su trayecto, además de efímero, está marcado por una perspectiva abyecta y casi grotesca de la realidad: “subirse al camion atestado de gente que huele a sabanas, el mal olor de las axilas, las miradas vagas que deambulan, los pisotones y los gritos malhumorados del chofer” (Ramírez: 24).

Por su parte, en el relato de Leñero, el personaje central de la escena en el transporte público es Sergio García, un plomero que en su juventud fue seminarista y a causa de ello es segregado por los albañiles de la historia. Sergio se dirige hacia su trabajo ―al igual que los otros dos personajes― y se encuentra con un entorno acelerado, agresivo, convulso. Al subir al camión, el personaje coincide con una mujer que lleva huacales. En una confrontación con otro vehículo, el chofer frena y ocasiona la caída de la mujer. De inmediato, la discusión entre la afectada y el chofer surge; la mujer involucra discretamente a Sergio, quien termina por defenderla y riñe con él hasta que ambos ―la mujer y Sergio― son expulsados del camión:

Allí la mujer quiso darle un puntapié ―¡suélteme!―, pero hábilmente el chofer esquivó el golpe, y de un empellón la arrojó contra el barrote de la entrada. La mujer cayó de nalgas y cuando el chofer se disponía a darle otro empujón intervino Sergio tapándole el paso (204).

Ramos, Ramírez y Leñero en la mirada de Augé

Para Augé, el no lugar surge en la medida en que se contrapone a la idea del lugar antropológico como sitio cargado con un sentido fijo y referencial, ya sea para una comunidad o un individuo (Augé: 104). Sin embargo, el no lugar encierra un dinamismo singular en el que es imposible para el individuo establecer una relación auténtica, tanto con el espacio como con sus habitantes: “Esa persona sólo es lo que hace o vive como pasajero, cliente, conductor” (106). Por tanto, en las escenas antes citadas los protagonistas se vuelven seres anónimos, con una mera relación transitoria y contractual. No es casual que se establezca una variable económica para poder viajar en los camiones, ni tampoco que los tres protagonistas se dirijan a sus trabajos e, incluso, en situaciones catastróficas como en Al cielo por asalto, tenga ello menor relevancia en contraste con la penalización en los sueldos a causa de los retardos: “No es difícil pues imaginar la ansiedad de un empleado que sale de su casa con media hora de retraso (y todo por dilatarse viendo los periódicos)” (44).

Así, destaca la importancia del contexto posmoderno e industrializador que cosifica a los individuos (cf. Jameson, 2012), pues los dota de una degradación humana que refuerza la relación capital-trabajo como manifestación del capitalismo tardío. De ahí la importancia de replantear la categoría del no lugar, no sólo como un espacio superabundante de imágenes, tránsito casual y, por momentos, recreativo, sino más bien despersonalizado por los estragos de esta “pauta cultural dominante” (Jameson: 34) llamada posmodernidad.2 La idea de que “el espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud” (Augé: 107) se refuerza por las consecuencias de la marginalización (Chin chin el teporocho) y la necesidad de traslado laboral de los sectores asalariados (Los albañiles y Al cielo por asalto). Independientemente de lo anterior, el no lugar favorece la heterogeneidad de los individuos despersonalizados y, por tanto, inestables en el espacio y sus dinámicas de coexistencia:

Mientras que la identidad de unos y otros constituía el “lugar antropológico”, a través de las complicidades del lenguaje, las referencias del paisaje, las reglas no formuladas del saber vivir, el no lugar es el que crea la identidad compartida de los pasajeros, de la clientela o de los conductores del domingo (Augé: 104).

Otro de los elementos en común mencionados atrás es la violencia. La figura del conductor se vuelve un símbolo de intolerancia, intransigencia y despotismo. En buena medida, resulta ser el detonante de las dinámicas agresivas y, al mismo tiempo, un elemento indispensable más del imaginario popular del transporte. En la obra de Ramos, por ejemplo, se menciona lo siguiente:

Para colmo, el autobús donde viajaba dejó de tijeretear en medio de la tempestad y detuvo atrabancadamente su carrera. Una vez repuesto del zangoloteo y habiendo comprobado que ni cráneo ni coyunturas estaban en su lugar, fui de los primeros que protestaron por el enfrenón. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo sin que prosiguiéramos la marcha, los susurros se tornaron en apremios e insultos generalizados contra el conductor. Pero éste, con displicencia, ponía más atención en sus uñas y en la trepidación de los limpiadores que en el motín que se gestaba a sus espaldas (44).

En Ramírez, el personaje se construye así:

Los timbrasos de tataratata para el chofer y los gritos desesperados de: agarrenlo me robo mi cartera, me arrebato mi bolso, el reloj, el radio de transistores y el grito angustioso de esquina chofer baaajan, señora gorda con canasta del mandado y marido briago. luego las carreritas de los choferes con sus camiones que parecen vitrinas y que toman las calles de la ciudad como las pistas de indianapolis (24).

Finalmente, en Los albañiles:

El chofer del camión insultaba al del automóvil, y el del automóvil le respondía agitando en alto, hacia atrás, el puño cerrado.
―¡La suya, pendejo! ―gritó el del camión al reanudar la marcha―. ¡Abra los ojos! Entre tanto, la mujer de los huacales se tocaba los labios y miraba sus dedos para averiguar si se había hecho sangre. Pero no (202).

Para los escritores mexicanos, esa presencia de agresiones verbales, accidentes, cruce de palabras y arrebatos constantes también forma parte de la configuración de este tipo de no lugares. De este modo, la categoría de Augé cobra otra dimensión según estas perspectivas y geografías. Cada uno de los camiones, en las tres novelas, al ser espacios itinerantes, pasajeros y de alguna manera, masivos, conforman una coexistencia de múltiples elementos, de ahí que en Chin chin el teporocho la enumeración sea el recurso predominante para la escenificación del paisaje.

La atmósfera caótica en los tres relatos surge, en parte, desde lo precipitado de las acciones y de la multiplicidad de elementos coexistentes en un mismo espacio o percibidos desde la mirada de los narradores. En el caso de Ramírez y Ramos hay una narración en primera persona, mientras que en Leñero se trata de un narrador externo a la ficción. De esta manera, este exceso de componentes narrativos propicia una mayor impersonalidad, al tiempo que refuerza el entorno de desorganización: “Los no lugares, al ser transitorios, demandan un exceso de imágenes desde la mirada, una pluralidad de lugares que provocan un efecto de desarraigo impuesto a la mirada y a la descripción” (Augé: 89).

En Chin chin el teporocho, la superabundancia de imágenes en el no lugar parte del estatismo de Rogelio, que observa como una especie de pasajero pasivo aunque perciba acciones colectivas concretas:

―orale ese jovenaso pasele para adentro, subase pa’rriba, circule sin manosear a la señorita, ese chango no se haga güey con lo del pasaje que por el espejo lo lique cuando se subio por la puerta de atras― y los lamentos de los pasajeros ―ora no me empuje, pos si quiere ir comodo vayase en taxi o que se cree muy muy, que me ve güey soy o me paresco y si no le paso vamonos bajando para rompernos la madre, hijo de la chingada vaya agarrarle las nalgas a la puta que lo pario, que paso mi miss ya nos llevamos a mentadas ademas yo ni se las agarre, ni que estuviera tan buena para que me calentara (24).

Tanto para Ramírez como para Leñero estos episodios tienen una base realista en el ambiente citadino, sea o no caricaturizada. Sin embargo, el giro narrativo en la obra de Ramos no sólo surge de referentes sociales, sino que recae en una parodia que abreva del diluvio bíblico: caída de diques y montañas, presas reventadas, lanchas de rescate y edificios enteros cubiertos por agua son algunos de los elementos del capítulo. Incluso, el narrador satiriza los hábitos del capitalismo al mencionar que en los rascacielos había “sociedades anónimas que alquilaban lugares por metro cuadrado, cobraban rentas que ascendían a mayor velocidad que el agua y elaboraban contratos de arrendamiento. Por supuesto que esos traficantes de cada vez menor espacio no garantizaban ningún servicio, ninguna compostura ni diferencia alguna para echarnos al agua si no pagábamos a tiempo” (48).

En estas tres novelas existe una problematización que tensa la historia a partir de las escenas en los no lugares. Si en la obra de Leñero existe el pleito entre Sergio García y el conductor, en Al cielo por asalto el narrador y protagonista lucha por su supervivencia ante las inclemencias apocalípticas de su contexto. Es él, junto con Noé y unas cuantas personas más, quien logra mantenerse con vida: “Éramos cardúmenes atacados por la supervivencia” (47). Sólo en el caso de Chin chin el teporocho, Rogelio se muestra como un individuo ajeno a los conflictos sucedidos en el camión.

Palabras finales

En resumen, el transporte público ―concretamente, los camiones en las tres novelas analizadas― puede considerarse como un no lugar, según la teoría del antropólogo Marc Augé. Al ser espacios de dinamismo, tránsito inacabable, individuos anónimos e impersonales, así como de carencia de un sentido de identidad espacial, los camiones representados en Los albañiles, Chin chin el teporocho y Al cielo por asalto conforman un espectro de análisis vasto por sus conformaciones ideológicas. Sirvan estas líneas para bosquejar una posible ruta de estudio a estas obras representativas de la segunda mitad del siglo XX en México.

Referencias

  • Augé, Marc, Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Trad. de Margarita Mizraji. Barcelona: Gedisa, 2000.
  • Jameson, Frederic, Posmodernismo. La lógica cultural del capitalismo avanzado, I. Trad. de Martín Glikson. Buenos Aires: La Marca Editora, 2012.
  • Leñero, Vicente, Los albañiles. México: Gandhi Ediciones, 2014.
  • Ramírez, Armando, Chin chin el teporocho. México: Océano, 2022.
  • Ramos, Agustín, Al cielo por asalto. México: Fondo de Cultura Económica, 2004.

Fotografía de autoría anónima de las aglomeraciones humanas en la estación del metro Pantitlán de la Ciudad de México, en una escena cotidiana que evocan millones de personas con fines de traslado laboral.

Sin restricciones de derechos de autor. Dominio público. Se reproduce con propósitos educativos y de difusión.

1 Para Augé, la sobremodernidad alude al periodo contemporáneo en el que permea una superabundancia de acontecimientos, una superabundancia espacial y la individualización de las referencias humanas (112). En otras palabras, la sobremodernidad existe con base en un exceso de información, una aceleración de los medios de transporte y las tecnologías de la comunicación que lleva a una suerte de “reducción planetaria”, así como una despersonalización de los individuos desde la soledad y la pasividad.

2 Esta concepción no surge de la categoría de posmodernismo de Jameson, sino de su propia teoría de la sobremodernidad. En ese sentido, la propuesta de Augé no rechaza o se opone a la de Jameson, sino que plantea otra manera de abordar el cambio o las transiciones del pensamiento moderno, con mayor vigencia hasta la primera mitad del siglo XX.