
Artículo de divulgación
Los valores caballerescos y su influencia en los conquistadores españoles en La Florida del Inca Garcilaso
Karen Escobedo Villalón
Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa
karen.ravenclaw@gmail.com
https://orcid.org/0009-0007-4311-930X
Introducción
La Florida (1605) del Inca Garcilaso de la Vega es una de las más relevantes crónicas de expediciones al norte del “nuevo mundo”. Durante los siglos XVI y XVII se perdieron miles de vidas entre españoles e indios por los constantes enfrentamientos entre ambos grupos, lo que hizo imposible la Conquista en aquella región. Se sumó a ello las dificultades del territorio y las inclemencias del tiempo, debido a que era un lugar agreste, pantanoso, con constantes tormentas, huracanes, inundaciones y, por tanto, escasez de alimentos.
Expediciones precedentes fueron las de Juan Ponce de León (1513 y 1522) y Pánfilo de Narváez (1527), aunque no fueron las únicas. La de Narváez es contada en Naufragios (1542) de Cabeza de Vaca, donde el título es más que indicativo de lo catastrófico que fue el viaje, con la alarmante cifra de cuatro (en realidad fueron cinco) soldados sobrevivientes de entre seiscientos tripulantes. En 1539 se emprendió una nueva expedición a cargo de Hernando de Soto, quien llegó a la bahía del Espíritu Santo, en la actual Tampa. Dicho viaje duró cuatro años, de 1539 a 1542. Su balance no fue del todo trágico, en comparación: de los cerca de mil hombres que partieron sobrevivieron alrededor de trescientos.

The Bay of Espiritu Santo on the Western Coast of East Florida, ca. 1777. Mapa de autoría desconocida. Fuente: Thomas D. Jefferys, The North American Atlas, Selected from the most Authentic Maps, Charts, Plans, &c. Hitherto Published (Londres: William Faden, 1777). Ejemplar [raro] resguardado en el Departamento de Colecciones Especiales de la University of South Florida. Dominio público. Tomada de https://fcit.usf.edu/florida/maps/pages/4100/f4179/f4179.htm.
De acuerdo con la visión que el Inca Garcilaso reporta en La Florida según los testimonios de tres sobrevivientes: Gonzalo Silvestre, Rodrigo Pantoja y Garcí Sánchez de Figueroa, un elemento que marcó diferencia entre este viaje y el narrado en Naufragios se debió a las acciones, en extremo diferentes, impulsadas por Pánfilo de Narváez y por Hernando de Soto, respectivamente.
De ahí surge mi interés por la cuestión de cómo se refleja la figura del caballero proveniente de la literatura medieval para representar a los conquistadores españoles en La Florida. El Inca Garcilaso hace uso de recursos narrativos que enfatizan la virtud y los buenos valores de Hernando de Soto y sus soldados. Para resolver lo anterior es necesario presentar los modelos heroicos en que se basaron las acciones de Hernando de Soto y los matices de este retrato en la escritura del Inca para narrar el viaje a La Florida.
Los valores del caballero medieval
¿Qué es lo que dicen los textos preceptivos sobre el buen caballero? El modelo descrito por Baltasar de Castiglione en El cortesano (1528), traducido por Juan Boscán en 1534, refiere las excelentes características de un hombre de letras y de armas, valiente, esforzado, que busca la fama con sus hechos. El ejercicio de la caza y el buen cabalgar también los considera importantes.
El caballero debe ser un hombre de bien, de integridad y fiel. Boscán traduce la obra de Castiglione luego de que Garcilaso de la Vega le envía un ejemplar cuando se halla en Italia, por lo que no es de sorprender que el no tan lejano descendiente suyo, el Inca, conociera la obra en sus años de educación española.
Ramon Llull, en los capítulos VI y VII del Libro de la orden de caballería (1281) especificaba las virtudes que debe poseer el caballero: la nobleza de costumbres, el alto sentido del honor; así como otras siete virtudes (tres teologales y cuatro cardinales): Fe, Esperanza y Caridad, cuyo origen bíblico se encuentra en 1° de Corintios 13, 13; y Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza, desarrolladas por Platón en la República y por Aristóteles en la Ética. Las virtudes teologales y cardinales habían sido retomadas por Santo Tomás de Aquino en la Suma teológica (1265-1274). Todas las virtudes mencionadas por Llull las adjudica al caballero, quien se dedica a Dios y debe, por tanto, empuñar las armas contra los infieles; los valores contrarios para el lIluminatus son la cobardía, la crueldad, la mala voluntad, la injusticia, el mal actuar y la poca sabiduría, que después se conforman en los siete pecados capitales.
Llull enfatiza la importancia del honor. Se requiere que el buen caballero sea honrado, temido por su fortaleza y amado por ser bueno; aquellos que no son caballeros, por tanto, están obligados a honrar al que sí lo es.
Ideales caballerescos en los conquistadores y algunos indios: símil del caballero cristiano y el infiel
Mencionaré algunos aspectos que la crítica realiza respecto al tema, y las varias acepciones del concepto de honor que se tenía en España en los siglos XVI y XVII (Fernández, 2005: 1-19). El contexto de la recién culminada Reconquista influye en el pensamiento e ideal del caballero y soldado español, además, en una época de conquista de tierras americanas. Valores como la valentía en la guerra, la lealtad y la identidad nacional religiosa repercuten en el deseo de luchar contra los infieles.
La Florida del Inca Garcilaso permite observar actos ejemplares de hombres como Hernando de Soto, Vasco Porcallo, Juan Ortiz, los curacas (o "caciques" en el mundo incaico) Mucozo y Ochile, en contraposición de los viles, traicioneros y poco sabios de Hirrihigua, Acuera y Vitachuco.
Vasco Porcallo de Figueroa es uno de los hombres que encarna al orgulloso, valiente y esforzado caballero. Cuando la expedición de Hernando de Soto llega a la bahía del Espíritu Santo pasan algunos días en las embarcaciones; al bajar a tierra firme son atacados, y Vasco Porcallo no duda en ser el primero en defender, adelantando a los de a caballo.
No solo el caballero recibe las primeras flechas, sino que le “holgó mucho [ser] el primer caballero que en la conquista se empleó y la primera lanza que en los enemigos se estrenó” (140). La muerte no es a lo que el caballero teme, sino a la falta de honra y fama de sus actos. El caballo de Vasco muere por una flecha que entra en su costado y el hecho también lo alegra; se sabe victorioso y valiente, ha burlado la muerte para continuar probándose.
El caballero cristiano que padece las crueldades del destino y se encomienda a Dios es Juan Ortiz, a quien tortura su captor con “palos, bofetadas y azotes [...] y demás tormentos” (144): lo hace correr hasta la puesta de sol en los días de fiestas, padecer la constante sed y hambruna y, sobre todo, el castigo más cruel que le imponen es asarlo vivo. En varios de los episodios, sobre todo cuando Hirrihigua le encomienda cuidar de los muertos, el joven Juan Ortiz no deja de encomendarse a Dios. La señal más clara de que es un cristiano puede considerarse al encontrarse sumido en la cultura y forma de vida de los indios, luego de pasar con ellos once años. Se cuenta de él que años después, bajo las órdenes del curaca Mucozo, fue enviado a averiguar sobre una nueva expedición de españoles que se encontraba en tierras cercanas. Cuando los soldados no lo reconocen intenta decir su ciudad natal,
luego de casi perder la habilidad de hablar en castellano: “Xivilla”, es decir, Sevilla. Su vida peligra aún porque no le entienden y recurre a hacer “con la mano y el arco la señal de la cruz para que el español [que tras él iba] viese que era cristiano” (160). De esta forma, pese a los años y la amistad —que raya en hermandad— con Mucozo, Ortiz no deja de lado ni su fe, ni sus creencias religiosas.
Mucozo o Mocoso “recibe a Juan Ortiz afablemente [...], lo abrazó y lo besó en el rostro en señal de paz” (152). Aunque no es cristiano, es decir, un infiel, Mucozo tiene actitudes caballerescas como vemos en los moros en la novela bizantina a la par de cualquier español cristiano. Es un indio que jura a Juan Ortiz guardar su vida, le da su palabra, que guarda con honor prefiriendo morir cumpliéndola. Mucozo y Juan Ortiz viven diez años de gran amistad. El curaca es “aunque bárbaro […] mucho mejor que otros príncipes cristianos” (152).
El Inca Garcilaso afirma que Mucozo “nació digno de ánima, generoso y heroico, digno de haber nacido y de vivir en la bárbara gentilidad de aquella tierra. Mas Dios […] produce semejantes ánimas” (154) para vergüenza de quienes conocen el bien y no lo practican. El Inca no es el único que alaba a Mucozo, sino el mismo Hernando de Soto luego de que el curaca libera por su propia cuenta a Juan Ortiz y se presenta ante él, “besa las manos y pies del gobernador con toda veneración y acatamiento” (164). Además, conoce a cada uno de los que conforman la expedición y es servicial, incluso con los que Ortiz dice que no son caballeros. Mucuzo confiesa a Soto que sus actos por Ortiz, quien se encomendó a él, quedan por “ley de quien era obligado a hacer, y que le parecía todo poco porque la virtud, esfuerzo y valentía de Juan Ortiz [...] merecía mucho más” (165). Es evidente que en Mucozo impera su palabra y el honor de su deber como curaca, es decir, proteger a los desvalidos y menesterosos, sean de su propio pueblo o de uno ajeno.
En el extremo opuesto está Hirrihigua. Si bien el Inca reconoce el rencor que guarda contra los españoles debido a las aberraciones cometidas por Pánfilo de Narváez (a su madre la echan a los perros para que se la coman viva; a él le cortan la nariz), encuentra consuelo en torturar a inocentes, quienes nada tienen que ver con Narváez y son demasiado jóvenes para tener culpa alguna. Hirrihigua es quien tortura a los cuatro españoles de la expedición de Narváez que logra capturar: tres de ellos son flechados hasta morir; el cuarto es Juan Ortiz, que llega al punto de quemar atado por encima de una fogata porque está “amedrentado y odioso de los españoles […] ofendido y lastimoso” (140). El Inca lo describe como “cruel y vengativo” (164). En el curaca vemos lo que Llull menciona como vicios contrarios al caballero, pues se deja dominar por la ira y la soberbia.1

El cacique Acuera encarna también los vicios descritos por Llull. Cuando se dirige a los Apalache, Soto envía algunos indios a Acuera con el mensaje de que va en paz. Sin embargo, Acuera acusa a los extranjeros de robar, saquear y matar, calificándolos de "criados" que trabajan por conquistar tierras y riqueza, y poniendo en riesgo sus vidas para el deleite de un rey que se encuentra lejos y a salvo. Algunos de los castellanos mueren al encontrarse descansando en sus tierras; luego, los indios del cacique los “hacían tasajos y los colgaban de los árboles” (205). Vitachuco es otro desleal que se acerca con palabra de paz a los españoles, aunque “depone el mal ánimo y odio que a los castellanos tenía, guardándolos para mejor tiempo y ocasión, la cual pensaba hallar en el descuido y la confianza que los españoles tuviesen en su fingida amistad” (222). El curaca arma a su ejército con el pretexto de mostrarlo a Soto y éste, prevenido por indios mensajeros, también lo hace. Los españoles atacan primero y capturan a Vitachuco. El Inca le llama “ciego en su pasión”, “orgulloso”, “precipitado en su obstinación y ceguera” (252); representa al hombre deshonroso, que prefiere ver muertos a sus siervos, fieles y valientes hombres, antes que perder la oportunidad de dañar a Soto y sus soldados.
Episodios inverosímiles con recursos narrativos de la prosa de ficción áurea
Refiero aquí tres episodios en que la exageración se utiliza como recurso narrativo, proveniente de los libros de caballerías y de la novela bizantina, principalmente. Cabe resaltar lo que el Inca pretende con esto: enaltecer la heroicidad de los soldados españoles y su habilidad con las palabras y las armas; crear tensión para que el lector quede inmerso en la acción descrita; darle un sentido de legitimidad a la Conquista; justificar la necesidad de dominar a los indios con el ideal de hacerlos cristianos civilizados, dignos de ser conquistados, y reflejar la percepción de los soldados, sobre sí mismos y sobre su misión.
- Matar a un león es una acción digna de un caballero, así lo observamos en el rey Perión, padre del Amadís de Gaula (Libro I). Algo parecido sucede con la extrema fuerza del Cid Campeador para tomar por el pescuezo a un león que ha escapado y llevarlo a su jaula ("Cantar de la afrenta de Corpes").
Juan Ortiz mata a un león, tal vez un puma, con un solo dardo. El joven busca al animal para “quitarle al muerto o morir en sus manos” (146). Tira el dardo y así “aguardó hasta que amaneciese, encomendándose a nuestro Señor le socorriere en aquella necesidad […] y le diese fuerza para morir confesado otro día y llamando su nombre” (147).
- Otro ejemplo es el engrandecimiento de los valores como la fuerza, la valentía y la lucha con que doscientos indios de Vitachuco escapan a una laguna para no ser prendidos. Veinticuatro horas en el agua. Hernando de Soto les promete respetar su vida si salen; varios lo hacen. El Inca hace énfasis en la descripción de las condiciones en que emergen de la laguna: “era gran lástima verlos salir medio ahogados, muy hinchados de la mucha agua que habían bebido, traspasados del trabajo, hambre, cansancio y falta de sueño que habían padecido” (239). Siete indios permanecieron en el agua durante casi tres días. El Inca hace uso de otro recurso, la comparación, como acto admirable: “Mandó a doce españoles grandes nadadores que, llevando las espadas en la boca a imitación de Julio César en Alejandría de Egipto y de pocos españoles que, haciendo otro tanto en el río Albis, vencieron al duque de Sajonia y a toda su liga, entrasen en la laguna y sacasen los siete valerosos indios que en ella estaban” (239).
- Por último, está el ejemplo de las amenazas exacerbadas de los Apalache, que por no perder la opinión de los pueblos vecinos sobre su gran valentía y coraje afirman que a los españoles “los habían de asaetear, descuartizar, quemar y destruir” (265). Al final los españoles los “desengañaron de la opinión y jactancia que en sí tenían, que habían de matar y destruir a estos castellanos como hicieron a los pasados” (272). Los soldados de Soto vengan, además, lo que sufrió la expedición de Narváez. Cabe mencionar que la invención, más que exagerada es maravillosa, pero no como un recurso del Inca, sino como una forma de justificación que acuerdan los españoles para que no decaiga su honra, ni haya habladurías sobre su falta de sabiduría y esfuerzo para mantener la vigilancia del infiel vencido.2
Palabras finales
Destaco en este texto ejemplos tanto de caballería como de falta de valores caballerescos en el Libro II de La Florida del Inca Garcilaso de la Vega, así como su finalidad, sea por creación del Inca, de los soldados o de los indios, con relación al ideal e imaginario de otros géneros narrativos medievales y áureos. Veo una relación entre la Conquista, de acuerdo con convenciones literarias que los lectores de la época reconocen, y el enaltecimiento de las figuras heroicas de los soldados. El Inca crea un sentido de dramatismo y tensión el obtener una obra atractiva y emocionante que alienta de manera muy consciente el género, pues, entre sus paratextos, menciona que en el pasado fue afecto a los libros de caballerías.3
Referencias
- Bordes, J. S. I., “Recursos y aprendizaje narrativo en La Florida del Inca Garcilaso”, en Cuadernos Americanos [Nueva Época], vol. 4, núm. 174, pp. 109-122.
- Castiglione, B. D., El cortesano. Trad. de Juan Boscán. Ed. de Teresa Suero. Barcelona: Bruguera, 1972.
- Fernández, M. F., “El honor español en las crónicas americanas de los siglos XVI y XVII”, en Construyendo Historias: Aportes para la Historia Hispanoamericana a partir de las Crónicas (2005), pp. 1-19.
- Garcilaso de la Vega, I., El inca garcilaso de la vega: La Florida del Inca. Ed. de Sylvia-Lyn Hilton. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1982.
- Llull, R., Libro de la orden de caballería. Ed. de Luis Alberto de Cuenca. Madrid: Alianza, 1992, pp. 82-95 y 109-122.
- Toledo, L. O., “El Inca Garcilaso ¿amanuense, historiador, intérprete? Su escritura entre la historia y la tradición literaria”. [Tesis doctoral]. Universidad Autónoma Metropolitana, pp. 38-53.

Bautizado como Gómez Suárez de Figueroa, fue considerado como el Príncipe de los escritores del nuevo mundo. Composición tomada de Paula Elizalde y Ernesto Astonitas, "Inca Garcilaso de la Vega, el hijo de la conquista que enrumbó su vida por el valor del mestizaje. La búsqueda de contar la historia incaica antes de la conquista virreinal, el debate por su mestizaje y hechos que marcaron su carrera literaria se conmemoran a más de 400 años de su fallecimiento" , en Infobae (24 de abril, 2022)..
Ilustración original del retrato del Inca Garcilaso por F. Gonzalo Gamarra. No se conocen restricciones de derechos de autor. Se reproduce aquí con motivos educativos y de difusión.
1 Lucía Ortega Toledo compara la crueldad, la injusticia y el aprovechamiento de Pánfilo de Narváez con la fama, honra y justicia de Hernando de Soto narradas en La Florida, que le presenta como hombre devoto, cuyo fin es que los indios se proclamen súbditos del rey y buenos cristianos. Hirrihigua y su odio contra los españoles se debe sin duda a las atrocidades de Narváez. Por otro lado, la exaltación al curaca Mucozo es también una alabanza a Soto, pues ambos se hallan en la misma altura, compiten en amabilidad y regalos; así como lo es la versión femenina de Mucozo, Cofachiqui. Ortega asimila el episodio como un rezago del ideal del amor cortés, pues Soto queda embelesado de la discreción, servicio y hermosura de la dama. Sobresalen las virtudes caballerescas de Soto al socorrer el hambre del pueblo de Cofachiqui y ponerse a su servicio, y las de la dama al llegar a Soto con la buena disposición de regalarle lo poco que posee: cobre, perlas y semillas (2013: 40-52).
2 Es evidente la influencia en La Florida tanto de los libros de caballerías, la novela bizantina, la novela corta o italianizante, como de los poemas épicos, según Juan Solé i Bordes; principalmente obras como el Amadís, Tirante el Blanco y La Galatea (2020: 109-122). Ejemplos de la influencia de esta literatura en La Florida se encuentran en la valentía de Juan Ortiz durante la tortura que vive con Hirrihigua; la habilidad del indio que no consiguen matar cientos de lanzadas; la increíble desigualdad en la lucha en que se enfrentan españoles e indios de los cuales mueren, respectivamente, ochenta y dos contra once mil; la habilidad del curaca inválido que huye con la ayuda de un demonio, o la historia del conquistador convertido en estatua.
3 Sin embargo, para contar la historia de la expedición de Soto creo que hay que dejar de lado fantasías e idealizaciones, aunque es innegable la exaltación de los soldados españoles; incluso los indios se comportan con tan alto honor y virtud que son idealizados y enaltecidos por la valentía, los valores y los logros en batalla. Para Bordes, si bien el Inca Garcilaso dice no dejarse llevar por la ficción en la narración de los hechos, es evidente el uso de los recursos novelescos para remarcar "la verosimilitud de la crónica" (122).

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