
Ensayo
Fronteras textuales, corporales y afectivas para la filología

Biagio Grillo
Instituto de Investigaciones Filológicas
Universidad Nacional Autónoma de México
biagio.grillo@gmail.com
https://orcid.org/0000-0003-3937-8724
Introducción
El trabajo filológico va adquiriendo nuevos matices para responder a la tensión que los paradigmas críticos de la modernidad tardía plantean. Si bien hay textos que continúan exigiendo una atención arqueológica —una lectura atenta a sus condiciones de producción, transmisión y materialidad—, también hay otros que desbordan esos marcos, toman cuerpo e invitan a dejarse ‘afectar’ a través de lecturas corporizadas (es decir, lecturas con el cuerpo y desde el cuerpo). Se trata, en este caso, de objetos textuales que reclaman la cooperación sensible del filólogo: no solo como lector informado, sino como sujeto situado y capaz de exponerse e implicarse.
Esta segunda forma de práctica textual, que no excluye la primera, despliega implicaciones teóricas decisivas. Como advertía Gayatri Spivak (2009: 26) a finales del siglo XX —en su diagnóstico sobre el “final” del comparatismo—, el estudio crítico de la literatura solo puede sostenerse si deja de organizarse en torno a un centro epistémico estable y se abre a formas de alteridad que permitan reconocer al "Otro" como productor legítimo de conocimiento. Se planteaba entonces una desestabilización del sujeto lector tradicional que anticipaba la disposición ética hacia la vulnerabilidad y la exposición propia de los desarrollos posteriores (del giro afectivo y corporal, del descentramiento epistémico del posthumanismo a las interrogaciones en torno al lugar ético y político del sujeto lector).
En este desplazamiento, al transformarse las configuraciones literarias y sus modos de interpelación, también es necesario reconsiderar las formas de aproximación a ellas: entonces, ¿qué sucede cuando la filología y sus objetos ya no se dejan delimitar con claridad, sino que se abren al otro, se encarnan, se expanden?
Acercamiento a un fragmento de la portada a la segunda edición de Death of a Discipline (2003) de Gayatri C.Spivak, publicado por University of Columbia Press. Diseño de cubierta: Chang Jae Lee. Se reproduce esta imagen de conformidad con los derechos de autor bajo los principios del Acceso Abierto, que permite reproducir, copiar fragmentos y compartir hipervínculos siempre y cuando se cite adecuadamente la fuente y respete el derecho de primera publicación.
Estos debates en torno al texto, el sujeto, su punto de vista situado y su otredad han llevado también a la emergencia del cuerpo como clave hermenéutica. Como superficie de inscripción y de resonancia discursiva, el cuerpo se ofrece en los textos como huella de una experiencia que no puede asumirse como evidencia originaria, y requiere ser explicada y contextualizada; tal como propone la historiadora Joan W. Scott (2001) a propósito de The Motion of Light in Water de Samuel Delany, donde el trabajo crítico hace visibles los desplazamientos, las rupturas y los reclamos de referencialidad que esas presencias corporales entrañan.
En este sentido,
el cuerpo deja de ser solo objeto del discurso y, al ofrecerse como condición de posibilidad del mismo, se hace corpus: en palabras de Meri Torras, es “un cuerpo que se encarna discursivamente a la par que desafía los discursos, un cuerpo hecho corpus, textualizado en la arena del combate pluri y transmedial de estos discursos, los códigos y los lenguajes de la literatura en diálogo” (Torras, 2024: 180).
Desde este horizonte reflexivo y dialógico, también a la filología le corresponde incorporar preguntas sobre la permeabilidad de sus propias fronteras disciplinares. No se trata de contraponer una vieja y una nueva filología. Se trata de pensar sus posibles desplazamientos a partir de los ejes de la corporalidad, la emoción y la otredad, y de explorar la oportunidad de leer filológicamente desde el roce, desde el temblor, desde el encuentro —o el desencuentro.
El cuerpo y las emociones como centros de experiencia y significación
¿Por qué el cuerpo? ¿Por qué las emociones? No se trata de simples objetos de estudio. En las últimas décadas, las humanidades y las ciencias sociales han comenzado a interrogar el cuerpo como un lugar de sentido, una condición de posibilidad de conocimiento y experiencia. Esta transformación conceptual ha desplazado las fronteras de las dicotomías tradicionales entre mente y cuerpo, razón y emoción, y ha dado lugar a lo que podría llamarse una sensibilidad epistémica renovada, donde lo corporal y lo afectivo participan activamente en la producción de significado a través de diálogos interdisciplinares.
Desde la filosofía a la antropología, el cuerpo ya no es concebido como simple materia biológica, sino como una realidad simbólica y social que organiza nuestra experiencia de lo real. En términos de Maurice Merleau-Ponty, el cuerpo es “el centinela que asiste silenciosamente a mis palabras y mis actos” (1986: 11). Así, nuestra presencia corpórea configura los límites y articula tanto la
experiencia sensorial como la acción en un flujo incesante con el mundo: el antropólogo Thomas Csordas (2025) define este proceso como embodiment, es decir, la forma en que el cuerpo actúa como superficie de resonancia y texto encarnado, dando forma a nuestra relación significativa con el entorno que habitamos.
Lo mismo ocurre con las emociones. Durante mucho tiempo, estas fueron relegadas al ámbito de lo subjetivo, de lo anecdótico o, incluso, estigmatizadas culturalmente como expresión de lo femenino en contraposición a una supuesta racionalidad masculina. Frente a estas oposiciones jerárquicas, la crítica feminista ha reivindicado el lugar epistémico de la emoción. Sarah Ahmed (2015), por ejemplo, sostiene que los afectos no son meras interioridades individuales, sino modos de inscripción social que emergen en las superficies de contacto entre cuerpos, en dinámicas relacionales que configuran tanto lo particular como lo colectivo.
Expansión de la filología: hacia un archivo expuesto y vulnerable
Estas reconfiguraciones críticas nos llevan a poner en tela de juicio las fronteras mismas de la filología, interrogándonos por sus condiciones de posibilidad: ¿qué objetos estudiamos?, ¿desde qué modos de saber?, ¿para qué prácticas lectoras? Durante siglos, se entendió como una disciplina garante de la estabilidad textual, orientada a fijar obras y recuperar sentidos originarios. En la actualidad, sin embargo, esta concepción puede resultar insuficiente. No porque las prácticas tradicionales hayan perdido valor, sino porque se vuelve relevante integrar saberes que permitan pensar los textos también en su dimensión afectiva, material y política.
Desde esta perspectiva, el trabajo del crítico ahora no responde únicamente a qué leemos, sino a cómo y desde dónde leemos, con qué cuerpo, con qué afectos, con qué responsabilidades críticas. En otras palabras, se trata de "desposeer" al lector de su autoridad epistémica para poder escuchar otras voces y otras formas de inscripción textual.
El resultado de este desplazamiento es una expansión del archivo que, en primer lugar, entraña una apertura cognoscitiva a otras formas de textualidad, a otros regímenes de sentido, a otras corporalidades de lectura. Se reconoce así que la literatura no se agota en los textos legitimados por la tradición académica, ni se restringe a una lengua o una forma.
No es casual que la misma teoría literaria haya contribuido a desdibujar las fronteras del objeto “literatura”: como señala Jonathan Culler (2004), lo literario no se define por rasgos intrínsecos del texto, sino por las formas en que este produce sentido y suscita interpretación. En esta línea, ¿puede dicha producción de sentido rehuir de sus dimensiones culturales y materiales?
En segundo lugar, esta expansión puede leerse como un desplazamiento desde la autoridad del texto hacia su zona de indeterminación, allí donde los cuerpos, las memorias, las emociones y los gestos se inscriben como marcas legibles. Aquí, el archivo deja de ser un repositorio cerrado de obras para convertirse en una trama inestable de huellas y afectos. Como lo ha argumentado María Isabel Filinich desde una perspectiva semiótica que incorpora aspectos fenomenológicos, el proceso de enunciación no puede reducirse al plano racional del sujeto: se configura también desde lo perceptivo, lo sensible y lo corporal. La “instancia enunciante” (Filinich, 2009: 96) es, en este sentido, una configuración plural que incluye tanto la dimensión inteligible como la dimensión corporal.
Ampliar el archivo, entonces, implica finalmente una expansión metodológica: una lectura crítica que atienda a historizar lo que late, lo que vibra, lo que duele en el texto. Es decir, una lectura que decida “encarnar la crisis”, como propone Meri Torras (2024), asumiendo que la propia noción de corpus ya no puede sostenerse sin su dimensión corporizada, situada y vulnerable. En esta reconfiguración, la filología se vuelve una práctica atenta a la pluralidad de las voces, al valor también político de sus procedimientos, al espesor fenomenológico de la lectura y a la exposición afectiva del cuerpo que lee.
Reconfigurar la experiencia crítica: hacia una filología afectiva
La expansión del archivo filológico no solo interpela los objetos y los métodos, sino también los modos en que se movilizan las emociones en la lectura. En las últimas décadas, el llamado giro afectivo (affective turn) ha cuestionado la presunta neutralidad de la experiencia intelectual, poniendo en primer plano la dimensión emocional del conocimiento. Esto nos recuerda que la lectura no es solo una operación intelectual, sino también una experiencia que implica al cuerpo, al deseo, al temblor del recuerdo.
De aquí que las emociones configuran núcleos estructurantes del vínculo entre el texto, el lector y el crítico.
En este marco, la narrativa no impacta únicamente por su contenido o su forma estética, sino por su capacidad de activar en el lector un campo afectivo compartido, de instalar una experiencia sensible en la que se conjugan expectativas, tensiones, proyecciones y resonancias personales. En consecuencia, una filología que vuelve su atención al afecto es también una filología encarnada que intenta leer entre las diferentes texturas del texto (en su ritmo, en sus silencios, en sus repeticiones, en sus modulaciones perceptivas).
De esta forma, en sintonía con el desdibujamiento de las fronteras del objeto “literatura”, el giro corporal y afectivo contribuye a desestabilizar la noción de lector entendido como sujeto eminentemente racional y objetivo. Así, por ejemplo, al enfrentarnos críticamente a la experiencia migratoria inscrita en el Libro centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo (2018), podemos dejarnos afectar por una corporalidad textual que interpela de manera directa: poemas que no tienen títulos sino coordinadas de nuestra propia realidad, por una estética que pasa por testimonios fragmentados y fotografía familiares. O al sumarnos a la búsqueda afligida que estructura Antígona González de Sara Uribe (2022), donde listas de desaparecidos y notas periodísticas conviven con lo poético, dejarnos convocar como testigos de un duelo que no puede resolverse desde la distancia crítica tradicional.
En este entrelazamiento de memorias, deseos y emociones, el texto actúa sobre el lector tanto como el lector responde a él. La crítica, entonces, no se limita a interpretar, y asume una postura receptiva, atenta a sus registros corporales, históricos y éticos, como acto relacional, intersubjetivo y transmodal.
Cierre
Pensar el ejercicio contemporáneo de la filología desde las fronteras corporales y afectivas implica imaginar recorridos que expandan sus fundamentos sin renunciar a su espesor crítico. Esta apertura requiere una reflexividad que autorice interrogar el archivo, no para desecharlo, sino para leer en él lo que vibra, lo que tiembla, lo que escapa a las fijaciones canónicas. No porque este sea el único camino posible, sino porque en él se vislumbra una potencia crítica que no teme desbordarse, incorporando una densidad cuerpo-afectiva y sensorial que complejiza, sin sustituir, la dimensión intelectual.
En este posible itinerario, el sujeto filológico no olvida la distancia analítica ni se refugia en ella: se reconoce como lector expuesto, descentrado y vulnerable. Y si la literatura deja testimonios mediatos, la filología profundiza en las formas históricas de esa inscripción, pero también los habita y los deja resonar. Al seguir estas perspectivas, la filología puede abrirse a un campo más amplio: los afectos se vuelven conocimiento situado, forma encarnada de memoria y amparo de lo que en el texto no se deja domesticar del todo.
Referencias
- Ahmed, Sara. La política cultural de las emociones. Trad. de Cecilia Olivares Mansuy. México: Universidad Nacional Autónoma de México - Programa Universitario de Estudios de Género, 2015.
- Balam, Rodrigo. Libro centroamericano de los muertos. México: Fondo de Cultura Económica, 2018.
- Csordas, Thomas J. “Something other than its own mass: Embodiment as corporeality, animality, and materiality.” Anthropological Theory, 25/1 (2025), pp. 3-29. DOI: https:/doi.org/10.1177/14634996241230169
- Culler, Jonathan. Breve introducción a la teoría literaria. Trad. de Gonzalo García. Barcelona: Crítica, 2004.
- Filinich, María Isabel. “El cuerpo en el proceso de enunciación”. Antropología. Revista Interdisciplinaria del INAH, 87 (2009), pp. 95-101. https://revistas.inah.gob.mx/index.php/antropologia/article/download/2820/2721
- Merleau-Ponty, Maurice. El ojo y el espíritu. Trad. de Jorge Romero Brest. Barcelona: Paidós, 1986.
- Scott, Joan W. "Experiencia". Revista de Estudios de Género: La Ventana, 2/13 (2001), pp. 42-74. DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v2i13.551
- Spivak, Gayatri Chakravorty. La muerte de una disciplina. Trad. de Irlanda Villegas. Xalapa: Universidad Veracruzana, 2009.
- Torras, Meri. “Encarnar la crisis: cuerpos, corpus y literatura comparada”. Nuevas Polografías. Revista de Teoría Literaria y Literatura Comparada, 9 (2024), pp. 163-179. DOI: https://doi.org/10.22201/ffyl.29544076.2024.9.2089
- Uribe, Sara. Antígona González. México: El Quinqué Cooperativa Editorial / Sur+, 2022.

Detalle de Ilustración del siglo XIX de autoría desconocida, tomada de la entrada del blog "¿Y qué hacemos con Jugurta?" de la autoría de García Cardiel (13 de diciembre, 2022) dentro del sitio web "La Noche más Oscura".
En http://lanochemasoscura.com/index.php/sonambulos/garcia-cardiel/hemeroskopeion/1145-jugurta. No se conocen restricciones de derechos de autor. Se repoduce aquí con propósitos educativos y de difusión.

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