
Artículo de divulgación
Una perspectiva crítica en las humanidades actuales

Joaquín Rodríguez Beltrán
Universidad de Guadalajara
joaquin.rodriguez@academicos.udg.mx
https://orcid.org/0000-0002-9956-285X
Se aprende mucho sobre la mentalidad de una época al observar cómo suele interpretar y evaluar su propio pasado. Le debemos al Renacimiento, por ejemplo, el retrato de la Edad Media como época de oscurantismo donde el brillo del conocimiento estaba completamente eclipsado. Y ese retrato no nos informa casi nada sobre la Edad Media, sino más bien sobre cómo el Renacimiento se entendió a sí mismo. Cada momento histórico tiene una nota característica en cuanto a su manera de acercarse a su pasado.
Toda época tiene entonces la tarea de asumir su pasado, y esto está ligado con una pregunta muy relevante: ¿para dónde vamos ahora? Cualquier momento presente es un proyectil que viene en una cierta dirección y fuerza desde el pasado. Por esa inercia, no podemos virar la trayectoria así nada más. Antes hay que saber en qué consiste esa inercia.
Así, la interpretación del pasado nunca termina. En los clásicos grecolatinos esto es evidente. Hace un siglo había traductores de Los Amores de Ovidio que decidían no traducir aquel poema en que se retrataba la intensa frustración masculina ante la disfunción eréctil. A Grant Showerman, quien vertió Los Amores al inglés en la prestigiosa colección
Loeb Classical Library de Harvard, seguramente le pareció impúdico ese poema 7 del libro 3, por lo que, sencillamente, no lo tradujo. Lo publicó en la colección autonombrada “bilingüe” únicamente en latín, enviado hasta el final del volumen. ¡Que lo entiendan sólo los iniciados! Pero si el señor Showermann procedió de esta manera con un poema completo, ¿qué otros versos “obscenos” de Ovidio habrá omitido u oscurecido? Se trata, claro, de una traducción descontinuada. Se dice que, “por regla”, una traducción de una obra clásica queda obsoleta después de unos 60 años. Cada época tiene entonces una obligación: releer, reexaminar, reanalizar y reinterpretar los textos heredados. Es una de las labores más características de las humanidades.
Llego a la pregunta que quiero explorar: ¿cómo nos ayuda o nos estorba nuestra época en ese ejercicio de interpretación de textos de otros momentos? La formulo así por dos motivos: 1) nuestro momento histórico particular nos ofrece en esto tanto una cara positiva como una negativa; 2) tener clara consciencia de esas “caras” es la condición básica inicial para que podamos hablar de una perspectiva crítica en el estudio de nuestra herencia histórica, pues no hay una perspectiva crítica sin la disposición a analizar nuestro entorno más inmediato, es decir, sin asumir nuestro propio “horizonte histórico”, como diría Gadamer.
I.
Comienzo por lo bueno. El hito determinante para nuestra época es la revolución digital. La manera en que ahora podemos localizar y recopilar información sobre un tema específico mediante simples búsquedas en bases de datos, es la diferencia más elemental respecto a otros momentos. Yo mismo, sin tener que salir de México, hice mi tesis de doctorado sobre un tema muy específico de la retórica en el Renacimiento, cosa que antes habría sido imposible, pues habría que tenido que consultar muchos impresos en latín del siglo XVI que sólo se encuentran en bibliotecas europeas. Aún no hemos dimensionado con precisión las enormes implicaciones y potencialidades que tiene esta "democratización del saber" para quienes hacen investigación en medios tradicionalmente considerados periféricos.
Pero más allá de esto, la revolución digital ha hecho posible un cambio muy significativo en los instrumentos de análisis, que es en lo que son auténticamente distintas las humanidades digitales respecto a las tradicionales. Quizá donde mejor se ve esto es en las bases de datos construidas gracias a la digitalización y en las herramientas actuales de procesamiento de textos. Se me ocurren dos ejemplos: uno es una aplicación que a mí me cambió la vida en la investigación; el otro tiene que ver con la utilidad de un corpus diacrónico en nuestra lengua.

Imagen tomada de Javier J. González Martínez, "El humanismo digital", en la sección cultural de Nueva Revista, publicado el 30 de noviembre de 2021, en el sitio https://www.nuevarevista.net/el-humanismo-digital/. Imagen de autoría desconocida. Se reproduce aquí con fines educativos y de difusión, bajo los principios del Acceso Abierto, que permite leer, copiar y compartir hipervínculos con fines de expansión del conocimiento, bajo la condición de citar la fuente adecuadamente, y en apego estricto a los derechos de autor.
Veamos el primero. Desde ya hace tiempo existe Transkribus, una aplicación creada por la European Cooperative Society: es un programa que permite transcribir automáticamente documentos antiguos y adaptarlos a procesador de texto. De uso prácticamente libre (o "código abierto"), se puede "cargar" un libro completo escaneado en formatos PDF o en JPG, por ejemplo, un libro impreso en el siglo XVI, y la aplicación automáticamente arroja el texto transcrito como un archivo digital. Con Transkribus se han empezado a crear bases de datos temáticas, de modo que permite hacer búsquedas especializadas. Por ejemplo, existe una llamada Noscemus, que recopila todos los libros en latín impresos en Europa entre los siglos XV y XVIII que tengan que ver con Ciencia.
En una ocasión, en un manuscrito en latín del siglo XVIII —que estoy estudiando— me apareció una palabra muy extraña: elaterium. Ni los diccionarios ni las búsquedas básicas en Google o en otras bases de datos me llevaban a algo relevante para averiguar sobre su significado. Con Noscemus logré dar con pasajes específicos de autores de la época que hablaban sobre ese elaterium, que resultó ser una oscura hipótesis científica que hablaba de una “fuerza elástica” (vis elastica) de las cosas y que se le atribuía al aire para explicar ciertos fenómenos.
Transkribus también permite hacer transcripciones de manuscritos antiguos. Para su correcto funcionamiento se necesita proveer modelos de lectura, es decir, que se haya recopilado un corpus significativo de folios manuscritos bien paleografiados para indicar a Transkribus cómo debe leer cada texto. Cuanto más amplio es el corpus, menor es el margen de error. Yo mismo creé un modelo para manuscritos novohispanos en latín, que intitulé Manuscritos de la Nueva España en latín, de libre acceso en esa plataforma, con casi 50 mil palabras. Me ha bastado para que, en folios que he seguido transcribiendo de manuscritos parecidos, me tarde de 10 a 15 minutos en obtener una transcripción correcta de cada folio. Quien se dedica a esto sabe que es un tiempo récord, y podría ser menor: uno o dos minutos para la transcripción inicial con el programa y el resto en corregir los errores por cuenta propia. Hay modelos mucho más amplios: el Spanish Sage, para manuscritos en español, está hecho con un corpus de 12 millones de palabras.

Ejemplo de un folio del manuscrito medieval de Las siete partidas de D. Alfonso procesado en la plataforma Transkribus bajo el modelo denominado "El Coloso español" desarrollado en la Universitat Autónoma de Barcelona, parte del proyecto más amplio Spanish Sage.
José Manuel Fradejas Rueda, "El Coloso español", en Hypotheses.org, publicado el 19 de diciembre de 2023: https://7partidas.hypotheses.org/11531. No se conocen restricciones de derechos de autor. Se reproduce aquí con fines educativos y de difusión.
Mi segundo ejemplo es la enorme utilidad de dos de los corpora más importantes para el español: el Corpus Diacrónico del Español (CORDE) y el Corpus Diacrónico y Diatópico del Español de América (CORDIAM). Supongamos que lo que nos interesa es el cambio semántico a través del tiempo: más específicamente, rastrear los cambios en la palabra discreción. Quienes estudiamos los siglos XVI y XVII sabemos que en aquella época la palabra tenía una carga distinta a la actual. Para nosotros es quizás sinónimo de tacto, pero en aquella época era algo más amplio. No en vano el Diccionario de autoridades definía así discreción: “Prudencia, juicio y conocimiento con que se distinguen y reconocen las cosas como son, y sirve para el gobierno de las acciones y modo de proceder, eligiendo las más a propósito”.1 ¿En qué época podemos situar la transición al sentido moderno?
Gracias al CORDE y al CORDIAM llegué a estas conclusiones en una media hora acotando mis búsquedas a "México": desde el siglo XVI al XVIII, discreción es antónimo de necedad,
y gravita en torno a palabras como virtud, sabiduría y entendimiento. Uno podía “ver algo” o “entender algo” con discreción. Pero a finales del XIX e inicios del XX vemos que discreción es cercana a timidez y modestia: alguien “no se atreve” a decir algo por discreción, sentido moderno que hoy tenemos.
En los dos ejemplos hay un denominador común, propio de las humanidades digitales: las posibilidades para analizar y procesar, mediante programas digitales, enormes cantidades de texto. Esto es un beneficio innegable de nuestra época.
II.
¿Cuál es la cara negativa? Sí hay una, pero es más abstracta o general, quizá por ello menos evidente. Para alguien que se dedica a las humanidades, la vida moderna le ofrece dos aspectos que, en mi opinión, pueden convertirse en verdaderos peligros. El primero tiene que ver con lo laboral; el segundo, con el vertiginoso ritmo de la vida moderna.
En cuanto al primero, se ha hecho casi normal que hablemos de un “desprecio a las humanidades”. Pero esto no es más que un caso particular de un rasgo general característico de nuestra época: todas las actividades humanas se han nivelado para tener un solo rasgo que les pueda dar sentido: tienen que ser labor (en el sentido que Hannah Arendt dio al término). Si a algo le dedicamos tiempo y esfuerzo, "debe ser" para ganarnos la vida. Si Cicerón, que perteneció a una de las sociedades más volcadas a la política que haya habido en la historia, renaciera y pudiera ver nuestro mundo actual, quizá su primera reacción sería una gran extrañeza ante el hecho —corriente hoy en día— de que haya gente que se dedica a la política para “ganarse la vida”. Los romanos hubieran dicho, más bien, que hay que ganarse la vida —solventar las necesidades básicas— para después dedicarse a la política.
Cualquiera se percata hoy del vicio de fondo si, en lugar de “comer para vivir”, “vivimos para comer”. Pero, ¿nos damos cuenta con igual rapidez de la enorme diferencia entre “dedicarse a la política para ganarse la vida” y “ganarse la vida para dedicarse a la política”? Si hacer política es ante todo buscar el bien común, significa que poner cualquier otro fin ulterior implica la posibilidad de corromper tal actividad. Arendt lo decía en estos términos:
“la utilidad establecida como sentido genera sinsentido” (1959: 135). Es decir, si el único criterio que tenemos para dar sentido a lo que hacemos es la utilidad (mediante la lógica de “fines y de medios”), entonces nos quedamos sin la capacidad de dar sentido a lo que hacemos.
Lo mismo aplica para las humanidades. En la Antigüedad, a la ciencia y a las humanidades se les caracterizó como “artes liberales” porque son las actividades que requieren técnica y aprendizaje, pero se hacen solamente si ya no se está atado a la necesidad de laborar para tener techo y alimentarse. Por eso eran propias del “hombre libre”. Con eso querían decir que entender el mundo, analizarlo, conocerlo y explicarlo es un fin en sí mismo que sólo puede buscar quien le puede dedicar tiempo.
Pero nuestra época se caracteriza justo por colocarnos en la posición de dedicarnos al conocimiento como un medio para subsistir. Y encima, se nos exige una y otra vez que los objetos de investigación se elijan con miras a su utilidad; en México, para que "cuadren" con los Programas Nacionales Estratégicos de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI). Pero aquí se esconde una trampa, que nos lleva a producir y publicar a destajo porque "nos beneficia" como profesores-investigadores. Sin embargo, no hay duda alguna de que producimos una cantidad abrumadora de textos que nadie lee. ¿Esto lo leerá alguien? Para evitar el peligro, acercarse al estudio de la lengua y la literatura debería comenzar por la pregunta: ¿estoy investigando esto sólo para publicar algo? ¿O hay un interés genuino por comprender y comunicar algo?
La hondura del problema anterior sólo se entiende mediante el segundo peligro que mencionaba: el que tiene que ver con el ritmo vital moderno. Nietzsche lo decía mejor de lo que yo jamás podría:
La filología es, efectivamente, un arte venerable que exige ante todo a sus admiradores que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados. Es un arte de orfebrería y de pericia en la palabra, un arte que no es sino un trabajo sutil y delicado, y en el que no se logra nada si no se consigue de un modo lento. Precisamente por ello es hoy más necesaria que nunca; precisamente por eso nos atrae y encanta tanto en una época de “trabajo”, quiero decir, de prisa, caracterizada por esa precipitación indecente y sudorosa que pretende “acabar” con todo enseguida, también con cualquier libro, viejo o nuevo —este arte al que me refiero no logra acabar fácilmente nada: enseña a leer bien, a saber, despacio, profundamente, en detalle, con cuidado, con doble intención, con buena predisposición, con ojos y dedos delicados (Nietzsche, 2022: s. p.).
La idea se podría extender a las humanidades en general: nuestro trabajo al leer, analizar, investigar y escribir es, en su esencia más profunda, una labor detenida y pausada.
El componente constitutivo de las humanidades es la crítica, pues es lo que dio sentido a la filología como disciplina en el Renacimiento. Es exactamente lo que hizo alguien como Lorenzo Valla al tomar documentos como la Donación de Constantino y someterla al análisis lingüístico e histórico para ver si realmente podía haber sido escrita por el emperador Constantino. Para otro gran humanista, Ángelo Poliziano,
la filología se convirtió en un modo de vida definido por un ideal de lectura sin limitaciones y una investigación intelectual abarcadora (Celenza, 2021: 107). Y con limitaciones, se referían no sólo a la especialización, sino también a las instituciones. Por eso, los recursos digitales deberían ayudarnos a abarcar más, pero no hacernos caer en la trampa de la rapidez e inmediatez.
Hannah Arendt citaba un pasaje de Kafka: “Encontró el punto de Arquímides, pero lo usó contra sí mismo. Tal parece que se le permitió encontrarlo sólo bajo esta condición”. Se refería al famoso dicho de Arquímides: “denme un punto de apoyo y moveré el mundo”, que aludía a lo que se podía lograr mediante la ciencia y la técnica humana. Nuestra época encontró ese punto de Arquímides, desde donde llegamos a la Luna y a las partículas subatómicas, pero el peligro que señalaba Arendt, de que terminaríamos usando ese punto de apoyo contra nosotros mismos, es aún más evidente ahora: la tecnología siempre tiene la capacidad de influir en quien la emplea. La herramienta no sólo moldea a las cosas, sino a la mano misma.
Hace ya casi un siglo Ortega y Gasset decía algo de una actualidad sorprendente:
Vivimos en un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva (Ortega y Gasset, 2020: 111).
Por eso es hoy más necesario que nunca nuestro trabajo en humanidades. El hecho de que las consecuencias de lo que hacemos sean poco inmediatas o poco palpables no significa que sean menos significativas. En esta área trabajamos con la palabra y el pensamiento. Y si de algo tenían conciencia clara los antiguos grecolatinos es que lo que nos hace seres políticos, lo que nos permite abandonar el ámbito privado y actuar como grupo es la palabra. “Qué pensamos y qué decimos” es el paso previo básico antes del “qué hacemos”. Ortega y Gasset (1955: 28-29) lo decía así: “de lo que hoy se empieza a pensar depende lo que mañana se vivirá en las plazuelas” (1955: 28-29).
La perspectiva crítica fundamental consistiría entonces en saber con “discreción”, en el sentido antiguo de la palabra, aprovechar los beneficios que nos ofrece nuestra época y así esquivar al mismo tiempo sus peligros.
Referencias
- Arendt, Hannah. The Human Condition, A Study of the Central Dilemmas Facing Modern Man. New York: Doubleday Anchor Books, 1959.
- Celenza, Christopher S., The Italian Renaissance and the Origins of the Modern Humanities, An Intellectual History, 1400-1800, Cambridge University Press, Cambridge, 2021.
- Nietzsche, Friederich. Aurora, Pensamientos sobre los prejuicios morales. Trad. de Germán Cano. Madrid: Biblioteca Nueva, 2022.
- Ortega y Gasset, José. El tema de nuestro tiempo. Madrid: Espasa-Calpe, 1955.
- Ortega y Gasset, José. La rebelión de las masas. Barcelona: Espasa / México: Planeta, 2020.
1 Fuente Diccionario de autoridades

Real Academia Española. Tomado de la entrada del Corpus diacrónico del español (CORDE), en https://www.rae.es/banco-de-datos/corde. Se reproduce aquí con fines educativos y de difusión. No se conocen restricciones de derechos de autor..

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