UN BUSCAPIÉS

CARTA A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

 

Señor Pensador: en efecto le dijo a usted bien el autor de La chanfaina,[2] no todo ha de ser trabajo, es necesario dar a la naturaleza algún desahogo: es conveniente distraerse por algún tiempo de las tareas literarias, para que la cabeza vuelva con buena disposición a ellas. Por tanto, contribuyendo yo así al descanso de usted, cuya existencia nos es muy conveniente, como a la diversión de mis conciudadanos, suelto este buscapiés que incluye ciertos cuentecitos; y es el primero:

En cierta ciudad de este reino se siguió un pleito jurídico, instaurado por el ayuntamiento de la misma, contra los religiosos de un convento, con ocasión de que éstos disfrutaban el beneficio de la agua de una acequia sin tener merced de ella. Se corrieron los trámites regulares hasta ser sentenciado el negocio a favor del ayuntamiento, quien hizo saber en forma a los religiosos lo fallado en su contra: éstos lo oyeron y se conformaron.

En esta virtud pasó pocos días después una diputación del mismo cuerpo, con su secretario y los respectivos trabajadores a cegar las tomas que surtían de agua al convento; en lo que, impuesta la comunidad, se presentó, llevando cada religioso un garrote en la mano, a la diputación, amenazándole con que si procedían a cegar las tomas los echarían a garrotazos de aquel lugar.

En vano los que la componían alegaron la sentencia pronunciada a su favor, consentida y no apelada, pues los religiosos se sostuvieron diciendo: Ustedes ganaron el pleito; pero la agua es nuestra. Instaban los diputados sobre cumplir la orden, y alegaban cuanto podían y sabían; pero los religiosos sólo gritaban: Ustedes ganaron el pleito, pero la agua es nuestra. Tuvo a bien la diputación retirarse para no sufrir los porrazos que ya se le aproximaban, quedándose los religiosos con el triunfo y el agua.

Las Cortes Generales y Extraordinarias en el año de 1812,[3] sancionando y publicando la Constitución Política de la Monarquía Española,[4] y su majestad católica, el señor don Fernando Séptimo, en 7 de marzo del presente, jurando observar y guardar la misma Constitución y hacerla guardar y observar, anuente con el voto común de la nación, sentenciaron el pleito a nuestro favor; pero la agua ¿de quién es?

Claramente se nos ha dicho en reales órdenes, manifiestos, proclamas, bandos, y todo género de papeles impresos, tanto en la Península como en este reino, que por tan públicos no cito las fechas, que no somos esclavos ni colonos, sino ciudadanos libres, y que, por tanto, debemos gozar de la libertad individual, que todo el mundo sabe a lo que se reduce; nosotros así lo hemos creído, como que tanto lo hemos deseado; pero la agua ¿de quién es?

Las Cortes, y el rey protegen inmediatamente la libertad política de la imprenta, único freno de la arbitrariedad, y seguro canal por donde correrán nuestras quejas hasta el Supremo Tribunal de Justicia,[5] en donde por cualquier atentado contra ella se hará efectiva la responsabilidad: nosotros en esta virtud hemos manifestado ya nuestros sentimientos, y hecho ver nuestros derechos ultrajados; pero la agua ¿de quién es? Con que ahora digame usted señor Pensador, si el cuentecito está adecuado.

Usted, señor mío, y otros ciudadanos como usted celosos de la observancia de la Constitución, y deseosos del bien común, son buenos testigos cuando, haciendo sus esfuerzos, han solicitado en sus escritos librarnos del insoportable peso de las pensiones que a la presente sufrimos, y no han conseguido más que tres cosas. La primera, renovar el dolor que yacía amortiguado con el transcurso de los días que lo hemos sufrido; la segunda, hacernos ver que nada han remediado sus patrióticas insinuaciones, y que las prerrogativas a que como ciudadanos anhelábamos parecen pintadas, o señaladas; pues aún no caen las cadenas que siempre nos han atado, Tántalos[6] de nuestra felicidad, la tenemos a la vista para excitar más y más nuestro deseo, no para su logro; la tercera, hacerle gastar al público el dinero en unos papeles cuyos halagüeños títulos le hacen creer que en cada uno viene su consuelo, hasta que a su costa se desengaña.

Sí, señor Pensador, no me negará usted que el título, o denominación de ciudadanos, hasta ahora sólo nos sirve de lo mismo que al miserable romano que mandó azotar Verrez,[7] para hacernos más dolorosos los azotes, y sólo gritar entre su chasquido ¡somos ciudadanos!

¿Y qué piensa usted, señor mío, que he tenido poco que sufrir en este punto con ciertos holgazanes que bien hallados con la obscuridad e inacción en que han vivido hasta aquí, repugnan y mofan esa gran Carta de nuestra felicidad, porque no ven realizados sus efectos? Aquí entra el segundo cuentecito, y es un pasaje que me acaeció no ha muchas noches, por el cual inferirá usted mis apuraciones.

Entraba yo a una casa, donde entre varios concurrentes había dos o tres sujetos de la clase dicha, y que no pierden ocasión de tentar mi paciencia. Al presentarme en la sala, suspendieron la música, que hacían con dos guitarras, y parándose dijo uno: ¡oh, señor liberal!... Gritó otro: pase usted señor ciudadano. Otro que estaba en la cabecera, cediéndome su lugar, prorrumpió: por aquí señor constitucional... Yo, que en este tiempo no había interrumpido mi marcha, me senté donde mejor me pareció, y después de saludar a los circunstantes de ambos sexos que allí estaban, dirigí a los tres que me recibieron, y se habían quedado en pie, la palabra, diciendo: señores, sírvanse ustedes de tomar asiento y no aplicarme esos honrosos títulos en la clase que ahora lo han hecho: pues ni yo doy ese lugar, ni el estado en que nos pone la Constitución es para ser tratados con tan poca circunspección..., a más de que tengo la habilidad de saber hacer respetar mis derechos cuando se ofrece.

Como estas expresiones fueron vertidas con seriedad, dejando uno de los tres citados su lugar, y sentándose a mi lado, me dijo con halagüeño semblante: amigo, no hay que incomodarse por frioleras, éstas son chuscadas[8] que pasan entre amigos... No obstante, le repondí, estos puntos deben tratarse con más seriedad; y estos señores... Basta, basta, serénese usted, me respondió, y discúlpelos: ellos están amostazados y tienen a la Constitución por una cosa ilusoria..., pues como no entienden las cosas..., ellos quisieran que conforme se juró la observancia de esta gran Carta, ya estuviera todo hecho; y luego, como han visto que no se han remediado muchas cosas que debían estarlo por no exigir dilación, de ahí[9] ha venido la desconfianza, y de ésta el desprecio a los que ven decididos por la Constitución, teniéndonos por unos mentecatos y alucinados sólo porque nos contentamos con nombrar unos cuantos electores...[10] Y la verdad yo a ratos les concedo la razón, porque vea usted: después del gusto, gravedad y ansia con que la recibimos, creyendo se formalizase su publicación con los efectos, estamos viendo todo lo contrario... ¿Cuál es lo contrario que han visto ustedes?, le interrumpí. Y él repuso con viveza, ¿cómo cuáles?, pues usted ni nadie lo ignora: ¿estamos libres ya de las terribles pensiones que nos agobian?, ¿se han salvado los pueblos de la insoportable carga de comandantes y mandones que los sacrifican?, ¿no estamos oyendo sus quejas ahora que pueden levantar su dolorida voz por vejaciones posteriores a la publicación de la Constitución?, ¿no hemos visto [que] en papeles públicos..., y aun en la cátedra del Espíritu Santo, se ha atrevido a sacar la cabeza la preocupación anticonstitucional?... ¿Y qué providencias se han dictado contra esa clase de seres que ultrajan y menosprecian la gran Carta de nuestra libertad, a pesar de lo que expresamente ordena su majestad católica en su decreto de 26 de marzo de este año?[11] Vamos, amigo, es menester ceder a la razón; y por no serle a usted molesto, no le refiero otras muchas cosas que a sazón estamos viendo.

A esto, amigo, agregue usted la experiencia que ya tenemos... ¿De qué?, le pregunté; y él, parándose con violencia, respondió. ¿Cómo de qué?, ¿pues no es ésta la misma Constitución que nos birlaron la vez pasada cuando más contentos estábamos de ella?, ¿qué dificultad encuentra usted para que ahora suceda lo mismo cuando menos lo pensemos?, ¿no hemos sido siempre el juguete del despotismo? ¿Usted cree que los egoístas que ahora se ven derrotados se han de estar con las manos cruzadas? ¿Piensa usted que se han de conformar con su ruina sin hacer los mayores esfuerzos para reponer el antiguo sistema de gobierno con el cual reedificarán su fortuna?, ¿será la primera vez? Esto es un asombro, amigo: es necesario haberlo visto para creerlo. Toma la Constitución, decía la Constitución, toma otra vez la Constitución..., ¿qué es esto?, ¿y quiénes forman el resorte de estas variaciones? Los egoístas, los déspotas.

¿Y no se admira usted al ver la facilidad con que la vez pasada se suprimió la libertad política de la imprenta?[12] Estoy persuadido que a no tener al frente un jefe de la integridad que le es tan propia, como el excelentísimo señor conde del Venadito,[13] ya hubiera sucedido otro tanto; pues no faltan sujetos que nos quieran tener con una mordaza en la boca para que no descubramos su espíritu. Y qué, amigo, a nadie le acomoda le saquen sus defectos a la cara, aunque éstos deban publicarse a voz en cuello por ser en perjuicio común, y menos cuando éstos pican en la servil adulación. Y ya usted ve que la imprenta no produce piezas muy agradables para ellos; por lo que tendrán sus almas tostadas contra los escritores. Por último, obsequium amicos, veritas odium parit.[14] Eh, lo bueno es que ahora tenemos la ventaja de que nuestro rey la ha jurado espontáneamente. En primer lugar, cumplirá su juramento haciéndola observar en toda su extensión que tarde que temprano; tenemos la de que nos podemos quejar a grito abierto; y algún día se nos ha de oír...

Iba yo a contestarle cuando una de las señoritas concurrentes dijo en alta voz: vamos, señores, dejen ustedes de averiguar, se nos pasa la noche y no nos divertimos. Con esto me quedé sin responder a mi contrario; y al remitirme hice ánimo de comunicar a usted lo acaecido para que vea entre qué gentes estamos. Yo creo que tendremos que sufrir estas piecesitas mientras no veamos planteada la Constitución en todas sus partes. Vamos a otra cosa.

Nada nos ha dicho usted hasta ahora sobre los delirios del muy reverendo padre fray Manuel Agustín Gutiérrez,[15] ministro provincial de la de San Pedro y San Pablo[16] de Mechoacán, cuyos discursos ha despolvado el bachiller Cándido Alesna,[17] ciudadano de Querétaro,[18] sujeto que merece este título en sus cuatro cartas. Yo opino que este reverendo padre ha hecho con la Constitución lo mismo que los griegos con la famosa Troya: primero le hizo guerra a cara descubierta, y tan sangrienta que la puso en el grado de infernal (él mismo lo ha confesado, aunque, como los muchachos, culpando también a las licencias necesarias); luego que se publicó aquélla, y se vio (¡con qué corazón!) obligado a jurar su observancia, hizo la paz, y le ofreció en señal una exhortación pastoral dirigida a los religiosos de su provincia que, vista a buena luz, es lo mismo que la máquina u ofrenda con que el griego Sinón introdujo el incendio en aquella ciudad infeliz,[19] que no supo preveer su peligro. ¿Y habrá quedado muy satisfecho con este ardid? No sé si saldrá con él; pero yo estoy persuadido de que sobre esta exhortación artificiosa, concebida sin duda con la más negra hipocresía, debía caer con toda su gravedad el decreto de su majestad católica de 26 de marzo último: no siendo así, la agua es del padre.

Tampoco he oído decir nada a favor de las benditas monjas de Santa Clara de Jesús, del mismo Querétaro, por lo bien que lo hicieron el día que se publicó allí solemnemente la Constitución. Creo que nunca han dado estas monjas ejemplo más completo de obediencia que en esta ocasión respecto a su prelado... Tal les habría puesto antes las cabezas a las pobrecitas; no obstante, no las absolvería yo de esta duda: ¿no están en el territorio español?

¿Y qué dice usted del medio vindicador del referido padre provincial?, ¿no ha estado demasiado gracioso? Éste hizo lo que cierto curandero de los muchos que andan por esos pueblos: fue llamado para que asistiese a un febricitante que se hallaba bien agravado; al tomarle el pulso le vio un dedo envuelto; preguntó ¿qué tenía en él?, le respondieron que un uñero; dijo entonces: pues del uñero podré curarlo, pero con la fiebre no me meto porque tiene muy malos síntomas. ¡Buen médico!

Hasta aquí duró la mezcla al Buscapiés, por lo que debía yo concluir por no ser a usted, señor Pensador, tan molesto; pero me acordé de un sueño que ocurrió a mi fantasía noches pasadas, y quiero comunicarlo a usted los fines que después diré.

Soñé que estábamos mucha gente viviendo en un campo espacioso, el cual, aunque tenía una u otra campiña fértil, también había algunos cerros fragosos; y en sus eminencias se hallaban muchas habitaciones, cuyos poseedores no trataban muy bien a los del valle, los incomodaban frecuentemente, y aun los obligaban a contribuir a su comodidad, pagándoles, las más veces, muy mal sus servicios.

Así pasábamos la vida, contentos unos, pesarosos otros, tristes éstos, alegres aquéllos; cuando uno de los individuos que residía en lo más encumbrado de la montaña, en alta e imperiosa voz, que se extendió por todo aquel espacio, dijo: “Habitantes de este país, sabed que no estamos bien en él; desde esta altura descubro una vasta llanura, fértil y amena, cuyo planío nos permite gozar a todos con igualdad las comodidades necesarias para la vida; no estemos más aquí, marchemos todos sin dilación a disfrutar de la felicidad que nos espera.”

Nadie pudo resistir a su voz, y menos cuando lo vimos romper la marcha para el lugar señalado; que, de grado, que por fuerza, tomamos todos el camino siguiendo a nuestro conductor.

No puedo negar la admiración que me causó ver los diferentes aspectos que mostrábamos los que componíamos aquel pueblo ambulante: unos íbamos muy alegres, otros tristes, éstos cabizbajos, aquéllos levantando la cabeza ansiosos por descubrir el deseado lugar; algunos adelantaban la marcha, otra porción, y no corta, caminaban con flojedad.

Entre la muchedumbre distinguí a los que habían descendido de las alturas; éstos iban atrás marchando con mucho tiento, como indecisos y volteando de cuando en cuando la cara para el lugar que dejaban, arrojando tiernos y dolorosos suspiros.

Agitado yo por indagar la causa de tan diferentes demostraciones, desperté.[20] Me labró el tal sueño, y al siguiente día lo comuniqué a un amigo, quien me dijo ¡qué significante me parece ese sueño!, pero no me dió otra explicación.

Usted, señor Pensador, que tiene gracia para estas cosas, sírvase decirme si tiene gana y lugar, lo que alcance sobre lo expuesto, para calmar la tentación que incesantemente me pica sobre entender la significación que me anunció mi buen amigo.

Dispense usted ser uno de los que lo molestan con boberas; y crea que lo estima su afectísimo que besa su mano

 

Mariano Jaspéches de la Loza

 

Se vende en la Librería de Recio, Portal de Agustinos letra B.[21]

 

 


[1] México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 11 pp.

[2] Véase Chanfaina sequita..., en este volumen.

[3] Cortes Generales y Extraordinarias de 1812. Cf. nota 13 a El Pastor del Olivar..., en este volumen.

[4] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[5] Supremo Tribunal de Justicia. Establecido por el artículo 259 de la Constitución: “Habrá en la Corte un tribunal, que se llamará Supremo Tribunal de Justicia”. Cf. nota h de Sal y pimienta a la chanfaina, en este volumen.

[6] Tántalo. Rey de Lidia. Cuando los dioses lo visitaron, les dio de comer los miembros de su hijo Pélope con la intención de probar su  propia divinidad. Zeus lo arrojó al Tártaro, condenándole a ser víctima del hambre y la sed.

[7] Cayo Licinio Verres (119-43 a. C.). Procónsul romano, célebre por su venalidad y sus depredaciones en la ciudad de Sicilia.

[8] chuscadas. Chusco: Que tiene gracia, donarie y picardía.

[9] hay en el original.

[10] electores. Cf. nota 29 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[11] Decreto de 26 de marzo de 1820. “Ministerio de Guerra.—Excelentísimo Señor.— El Señor Secretario interino de la Gobernación de la Península me dice lo que sigue: Con fecha de hoy se ha servido el Rey dirigirme el decreto siguiente: —Siendo la Constitución de la Monarquía que he jurado la ley fundamental que arregla los derechos y deberes de todos los españoles con respecto al Trono, á la nación y entre sí mismos, y considerando que los que rehúsan reconocer la ley fundamental de un Estado, renuncian por el mismo hecho á la protección de dicha ley, á todas las ventajas de la asociación que la reconoce y aun a vivir en su territorio, he venido en declarar, en conformidad con el decreto de las Cortes Generales y Extraordinarias de 17 de agosto de 1812 y de acuerdo con la Junta Provisional, que todo español que se resista á jurar la Constitución política de la Monarquía, ó al hacerlo use de protestas, reservas ó indicaciones contrarias al espíritu de la misma, es indigno de la consideración de español, queda en el mismo hecho destituido de todos los honores, empleos, emolumentos y prerrogativas procedentes de la potestad civil y debe ser separado del territorio de la Monarquía y sufrir además la ocupación de las temporalidades si fuese eclesiástico. Y encargo bajo la más estrecha responsabilidad á los Jefes Políticos y demás autoridades constitucionales la ejecución del decreto y penas referidas. — De Real orden lo comunico a Vuestra Excelencia para que lo observe y ejecute puntualmente, publicándolo en la Provincia de su mando y circulándolo a quienes corresponda. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Madrid 26 de marzo de 1820.” Este decreto se dio a conocer en la Nueva España por bando del virrey Apocada de fecha 18 de septiembre de 1820. Cf. La Constitución de 1812..., t. II, p. 188.

[12] libertad de imprenta. Cf. nota 19 a Sermón político-moral..., en este volumen.

[13] conde del Venadito. Cf. nota 74 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[14] obsequium amicos, veritas odium parit. La verdad produce odio; los regalos, amigos.

[15] Manuel Agustín Gutiérrez. Es autor de Dos discursos sobre la mucha importancia de la buena educación y enseñanza de las primeras letras a los niños. Su autor el M. R. P. Fr. Manuel Agustín Gutiérrez, de la regular observancia de nuestro seráfico padre San Francisco, lector jubilado y actual provincial de la provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán. México: Oficina de Juan Bautista de Arizpe, 1820, [10]-45 pp. En un folleto firmado por A. A. A titulado Viaje de Fr. Gerundio a la Nueva España. Contiene sus descubrimientos literarios. México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1820, 16 pp. se refiere al itinerario de viaje de Manuel Agustín Gutiérrez, contiene ideas políticas sobre la ley constitucional. En el número 729 del Noticioso General se encuentra el artículo “Celaya agosto 18 de 1820”, firmado por este mismo autor.

[16] San Pedro y San Pablo, provincia de Michoacán. De acuerdo con la división eclesiástica, es una de las cuatro provincias franciscanas dentro del gobierno de la Nueva España. Desde 1565 su sede fue San Buenaventura Guayangareo. Cf. Peter Gerhad, Geografía histórica de la Nueva Esapaña, 1519-1821, pp. 19 y 357. Michoacán, estado de la República, que actualmente se encuentra comprendido entre el Lago de Chapala y el río Lerma por el norte y el río Balsas por el sur. Al este limita con el Estado de México y Guerrero, al oeste por el Océano Pacífico y los estados de Colima y Jalisco; al norte colinda con los de Jalisco, Guanajuato, al noreste Querétaro y al sur con el de Guerrero. El estado actual queda comprendido en casi todo lo que abarcó la Intendencia de Valladolid.

[17] Cándido Alesna. Tenemos noticia de Cuatro cartas que en desahogo de su amor a la Constitución y a los americanos, ofendidos en el cuaderno que a principios de este año de [1]820 publicó el M. R. P. Provincial Fray Manuel Agustín Gutiérrez, Escribió el Br. Cándido Alesna en Querétaro. Dálas a luz movido de aquel propio afecto, Don Josef María Fernández de Herrera, Regidor constitucional de la misma Ciudad. México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 26 pp. En éste se analiza la Constitución de Cádiz impugnando la tesis de Gutiérrez, en el sentido de que con libertad los novohispanos no podrían constituirse nunca ni en sociedad ni en nación, y tampoco en ciudadanos de provecho. A este texto responde Vindicación al R. P. Gutiérrez. La verdad triunfa de la superchería. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 4 pp. firmado por El Americano; en respuesta se publica Piquete suavecito de Alesna, al Americano vindicante del R. P. Gutiérrez. México: Imprenta de Mariano Ontiveros, 1820, 12 pp., firmado por L. R. E. M., Cándido. Fechado en Querétaro el 9 de agosto de 1820.

[18] Querétaro. Cf. nota 25 a Carta del Charlatán..., en este volumen.

[19] Sinón. Griego que incendió Troya El guerrero, que tras dejarse atrapar por los troyanos, los persuadió después de lo conveniente de recibir el caballo de madera. A media noche, él mismo abrió los ijares del caballo para dejar salir a los captores de la ciudad. Fernández de Lizardi lo menciona como “pérfido” en el Prólogo, dedicatoria y advertencias de El Periquillo Sarmiento, cf. Obras VIII-Novelas, p. 32. Virgilio, Eneida, Lib. I, vv. 57-151; 254-267.

[20] disperté en el original.

[21] Librería de Recio. Cf. nota 21 a Segunda carta de El Severo Censor..., en este volumen.