SEÑOR PENSADOR MEXICANO

ÉSTA ES LA TERCERA CARTA[1]

 

 

Muy señor mío: yo me había propuesto escribir cuanto me viniera a la cabeza y dar a usted semanariamente la molestia de leer mis disparates, para que ingenuamente me dijera su parecer, aprobando y confirmando algunos puntos, refutando otros y siempre ilustrándome a mí y a algunos compañeros que no entendemos bien las cosas o las entendemos al revés; pero no sólo no he podido enviar a usted una carta cada semana, sino que me temo muy fundadamente cese del todo nuestra correspondencia espistolar, porque usted tiene sus dificultades para escribir, y yo las tengo mucho mayores. Aquí hay una sola imprenta[2] con muy poca letra, pocos oficiales y tanto que hacer que apenas he conseguido en dos meses imprimir las dos cartas anteriores.[3] Todo lo de Durango,[4] Zacatecas,[5] Guadalajara[6] se imprime en ella: bandos, pastorales, cuadernillos, etcétera, etcétera. De modo que si uno escribe algo, cuando llega a salir ya es tan tarde que nada sirve. Además, aquí hay tan pocos curiosos que por lo regular el escritor no se costea, de que resulta que aunque hay mil sujetos capaces de escribir muy bien, ninguno está tan peleado de su bolsa que quiera enflaquecerla por los mismos medios con que debía engordarla. A pesar de todo esto, veo poner en cuestión cada día tantas proposiciones, que me parecen evidentes y demostrables, que caigo de nuevo en la tentación de gastar mis dineritos en consultar a usted, diciéndole mis fundamentos para que se sirva desengañarme. Estoy íntimamente persuadido entre otras mil cosas de las siguientes proposiciones:

 

1. Nunca es conveniente desacreditar por medio de impresos a los funcionarios públicos.

2. Toda pensión indirecta, cargada en los efectos, no la paga otro que el consumidor.

3. Toda pensión o impuesto gravita principal o únicamente sobre los que están a sueldo fijo.

 

Vamos por partes. En una nación libre es necesario que la ley y los jefes se hagan obedecer no tanto por la fuerza, como es propio de los gobiernos despótico[s], cuanto por el general convencimiento de la equidad de la ley y de la probidad de los que la hacen ejecutar; faltando este convencimiento, se hallarán luego opiniones para el fraude e infracción y se faltará con descaro al respeto que se debe a las autoridades establecidas, que hemos jurado en el artículo 7o de la Constitución,[7] y sin el que es imposible guardarse el orden esencial a la sociedad. Ya en mis papeles públicos se ha reclamado el cumplimiento de este artículo; pero en otros diez mil se está faltando, y nada hay más común que ver pliegos enteros llenos de injurias contra un alcalde o contra otro cualquiera [sic] jefe.

Los funcionarios públicos o son nombrados por el gobierno o por el pueblo, y ni éste ni aquél han de nombrar sino a los sujetos que crean de más probidad y aptitud para los destinos, de modo que siempre la presunción debe estar a su favor. Pues ¿por qué esta buena opinión que de mí tiene el pueblo o el gobierno ha de ceder en tanto perjuicio mío, que parece que hasta de los derechos del ciudadano he de quedar privado? Mientras yo sea un particular, nadie puede publicar mis defectos; el papel que se imprima refiriéndolos se calificará de infamatorio, y su autor será castigado con todo el rigor de la leyes. Declamaré yo, gritaré, alegaré en mi favor los artículos de la Constitución, los reglamentos de imprenta, los textos del Evangelio y no pararé hasta los primeros principios de quod tibi non vis.[8] Pero, cuidado, defiéndame yo de que me hagan alcalde, intendente u otra cosa, porque entonces todo el mundo tiene derecho para examinarme la conciencia y para juzgarme con más severidad que la Inquisición.[9] Me formarán mi auto más público que los que acostumbraba aquel Tribunal, y las más ligeras inadvertencias se calificarán de delitos atroces. En la ley de Dios las mentiras y otras cosas leves son pecados veniales; pero en la ley de estos señores juzgadores todo es mortal y algo más. Si un alcalde falta a la cosa más mínima, aunque sea por olvido o ignorancia, ése es servil, es anti-constitucional, como si dijéramos Pedro no oyó misa el domingo: ése es hereje; ése no es católico. El que ha jurado ser fiel al rey, respetar las autoridades y hacer guardar la Constitución,[10] ¿cómo ha de leer con indiferencia que harto harán los soberanos con prolongar algunos meses el fantasma de su poder y evitar, si es que pueden, una caída estrepitosa?[11] ¿Es esto reconocer en el rey el primer hombre de la nación, es esto respetarlo según hemos jurado, es tener presente su inviolabilidad, sabiendo los mismos que esto dicen que sin religión no hay virtudes, que sin virtudes no hay leyes y que sin leyes no hay libertad?[12] ¿Cómo se ha de creer que es liberal, aunque se llame Amante de la Constitución,[13] el que no respira sino sangre y amenazas contra el mismo rey, y esto después de confesar que somos libres porque nos hemos constituido esclavos de un Código augusto en cuya observancia se funda nuestra amada libertad?[14]

Señor Pensador, hágame usted favor de decirme cómo se concilian estos escritos contra los gobernantes con el artículo 7º de la Constitución y con el 4º del Reglamento de Imprenta.[15] Dícese que esto se hace y conviene para contener la arbitrariedad de los que mandan, y es puntualmente lo que yo no entiendo. Suponga usted que escribo un papel contra el jefe político de Cachimarlán y que en él refiero mil faltas de tal hombre. Pregunto, ¿el gobierno procederá a deponerlo y castigarlo porque a mí me dio la gana escribir contra él? Supongo que no, porque entonces mudaríamos más jefes que camisas, siendo cierto que ninguno hasta ahora, ni el mismo Dios, se ha manejado a gusto de todos. Luego el gobierno para proceder contra este jefe deberá certificarse de la verdad de lo que se le imputa, y entonces mi papel, suponiendo que en todo hable verdad, hará veces de acusador o por lo menos de denunciante... Ya parece que oigo alguno de estos señores escritores que me interrumpen diciendo...: ahí está lo bueno, a eso se tira, a que con ocasión del impreso, el gobierno proceda de oficio a examinar los hechos... Pues, señores escritores, si el celo de ustedes es por el bien general, y no hay más interés que el de la justicia, denuncien secretamente al jefe de Cachimarlán a donde corresponde, sin desacreditarlo con un impreso que ha de volar por todo el mundo. Esto parece que pide la razón, y que es más conforme a la caridad cristiana; de lo contrario, los maliciosos siempre han de pensar que es malo el fin que se proponen los autores de semejantes impresos, porque todos saben que cuando una cosa puede hacerse de diversos modos, se debe escoger el más sencillo, suave, menos estrepitoso.

Ya veo que muchos tendrán esto por quijotada y preguntarán ¿qué tengo que hacer con los gobernantes? Respondo: me interesa el bien general, me interesa el patriotismo entendido a mi modo, y para decir la verdad también hay algo de interés particular. Es el caso: tengo un pariente alcalde al que desde que tiene el cargo y han circulado esos papeluchos, no sólo no lo respeta nadie; pero hasta los mozos de su servicio no quieren reconocer en él la autoridad de amo porque, en virtud de los impresos, parece que todo el mundo se cree positivamente obligado a ultrajarlo.

La chuscada que más me cae en gracia es que los mismos papeles que rajan[16] y se llevan de encuentro[17] a los principales funcionarios, a cada dos renglones hacen una protesta de respeto a las autoridades, cosa que no puedo leer sin acordarme del tío Bodega, de quien habla el padre Isla en su primera carta contra Carmona y, por si algunos curiosos no supieren el cuento, es como sigue: “Había en Rozas un labrador taimado, de una lengua viperina; un vecino suyo llamado el tío Bodega se quejó contra él de que le había maltratado gravemente de palabra. Llamó el alcalde al labrador y, estando presente el tío Bodega, le preguntó si era así que había injuriado a aquel hombre con palabras ofensivas, a que respondió el labrador... Señor alcalde, juro a Dios y esta Cruz... que todo es una grandísima mentira y que ahora y siempre he tratado con muchísimo respeto a este grandísismo cabrón, judío, cornudo y ladronazo del tío Bodega, y si no, su merced séame testigo.”[18] Sea pues el público el alcalde, sean el labrador los escritores, y más que los gobernantes hagan el papel del tío Bodega.

Seguramente otro de los fines que se proponen los escritores es ilustrar [a] la nación, y vea usted otra prueba de que yo entiendo las cosas al revés, porque he dado en que una gran parte de estos papeles que están saliendo son útiles sólo para encuadernarlos, y formar un curso completo de estadistas y políticos a la violeta, que otra porción no sólo es inútil, sino perjudicial, y que rarísimo es el que de algo sirve. Supongo que no son de estos últimos los que sólo contienen personalidades, aunque sean contra los gobernantes. De manera que, siendo tan gran cosa la libertad de imprenta,[19] no veo yo que estemos muy adelantados en puntos de ilustración, como debíamos estar si se hiciera otro uso de las prensas. Las Cortes que decretaron la libertad de imprenta sin duda sabían la gran máxima de que antes se deben prevenir los delitos que castigarlos; pero ¿cómo habían de presumir que entre los hombres hay tantos mentecatos, que al oír sólo la voz libertad de imprenta, sin examinar las restricciones con que se concede, habían de abusar tanto que la confunden con la de quebrantar toda ley humana y divina?

Me consta que algunos creen que ya todo hombre es libre para escribir cuanto le dé la gana, y que nada le han de hacer aunque salga impugnando los artículos de la fe. Como en la tierra de los ciegos el tuerto es gobernador, en mi pueblo, que es de los más rabones,[20] un pobre que así lo entendía me enseñó en consulta un papel que quería imprimir, y no pareciéndome que había de salirle la cuenta, por no avergonzarlo le di este consejo: mire usted, el imprimir sin anterior licencia no es una obligación, sino una gracia que cualquiera puede renunciar, y así, si usted quiere ir seguro, no imprima sin la aprobación previa de la Junta de censura, porque una de dos, o la Junta de Censura[21] después de impreso el papel lo aprueba, o no. Si lo aprueba después de impreso, también es cierto que hubiera dado su licencia o aprobación para imprimirlo; y si no lo aprueba, quiere decir que mandará recoger el papel embargándole a usted de paso la persona, como se ha dicho con las de algunos escritores que a estas horas habrán dado al diablo la libertad de imprenta, porque no la entendieron bien o porque, entendiéndola, maliciosamente quisieron sufrir la pena de la ley por gozar el delincuente placer de sembrar ideas que no se borran con recoger los impresos, cosa que tampoco es fácil conseguir. Convencióse el hombre y determinó prescindir de ilustrar al público, ¡ojalá del mismo modo prescindan otros! Pasemos adelante.

Dice mi 2a proposición que toda pensión indirecta no la paga otro que el consumidor. Esta proposición, cuya verdad me consta que conocen hasta los arrieros y gañanes, y por lo mismo me parecía que era tan generalmente clara como que tres y dos son cinco, la he visto negada por personas de mucha ilustración. Tales son todos los que dicen que se deben quitar los diezmos[22] como cosa injusta y tiránica, fundando la injusticia en que dicen que esta pensión la sufren sólo los labradores, que es lo mismo que decir que esta contribución indirecta no la paga el consumidor. ¡Pobres labradores!, dando la décima parte de su haber cada año, en diez años se les acabará su caudal por grande que sea, porque si mi aritmética[23] no me engaña, diez décimas hacen un entero, y esto aun cuando ellos nada consumieran en comer y vestirse. Puede ser que a los labradores de otra parte les suceda así; pero los de mi tierra son algo más avisados, y los he visto hacer sus cuentas de todo el costo que ha tenido la labor y su producto líquido, descontado el diezmo y primicia para saber a cómo han de vender, ni más ni menos como el comerciante cuando recarga al efecto la alcabala,[24] para darlo más caro. Por tanto, aunque quitado el diezmo, saldrá beneficiado el labrador. No saldrá beneficiado en cuanto labrador, sino en cuanto consumidor, y para él estaría mucho mejor que se quitara la alcabala u otra pensión de los efectos de que es consumidor, y no el diezmo de las semillas, única cosa de que es vendedor. Es, pues, cierto, evidente, que el diezmo del trigo lo paga todo el que come pan, el del maíz todo el que come tortilla, y lo mismo el del cacao, azúcar, etcétera, equivocándose medio a medio todo el que crea que lo pagan sólo los pobres labradores, a quienes quiero y aprecio yo, tanto por lo menos como los que por beneficiarlos quieren que se quite el diezmo. No se equivocan menos los que dicen que los duques y marqueses son los que pagan los diezmos por ser dueños de las sementeras; no hay tal, no pagan ni un real,[25] sino de lo que se comen, y así como es cierto que todo el mundo come y que come más o menos bien según sus facultades, así es verdad que los diezmos los paga todo viviente. Por consecuencia, saco yo, que esta pensión de diezmos (prescindiendo de su distribución), cualquiera que sea su origen, aunque sea mahometano, o si se quiere diabólico, no es injusta y mucho menos tiránica sino justa, justísima, y que en nada contradice a ningún artículo de la Constitución.

Yo me alegro de que se piense en favorecer a los labradores, una de las más recomendables clases del Estado; pero sentiré muchísimo que se yerren los medios, y tal me parece que sucedería si por proteger la agricultura se determinara quitar los diezmos, cuya recaudación sencilla, poco dispendiosa y recibida tan bien en América, hace que casi todo su producto esté a disposición de la nación, siendo así que en otras contribuciones por su complicación, multitud de dependientes, y por la imposibilidad de evitar los fraudes para que el rey perciba cinco,[26] es menester que el vasallo salga gravado en noventa. Yo he sido labrador y he vivido entre los labradores, nunca he sido colector de diezmos ni espero tener canonicato u otro destino por el que tenga parte en ellos, y sería el primero por lo mismo que deseara su abolición, si no estuviera tan persuadido de que nada útil se consigue con ella y sí gravísimo daño.

Dice mi proposición tercera que toda pensión o impuesto gravita principal o únicamente sobre los que están a sueldo fijo. Ya por ella se echa de ver que hago distinción entre pagar una pensión y sentir su gravamen, como ahora explicaré. Esta proposición aunque no la he leído en parte alguna, ni se la he oído a otro, no por eso me parece menos evidente, ni menos impugnada con las mismas razones que la anterior. En la práctica y, en otros términos, todos conocen su verdad, y así vemos que cualquiera más bien quiere un acomodo de cien pesos[27] en un país donde el vivir le ha de costar cincuenta, que otro acomodo de doscientos donde no se pueda mantener sino con quinientos.

Así pues, es claro que si estuviéramos en el tiempo de los cambios, cuando todavía la moneda no era el signo del valor de las cosas, como yo tuviera mucho trigo, me importaría poco que una pieza de bretaña[28] valiera cuatro pesos o ciento, si en cualquiera de los dos casos por carga de trigo me habían de dar pieza de bretaña, y lo mismo todas las demás cosas necesarias para la vida. Si se reflexiona bien, en la actual carestía de cosas el labrador paga la alcabala del paño que rompe; pero no lo siente porque él en recompensa vende más caras sus semillas; el artesano paga el diezmo de lo que come y la alcabala de lo que viste; pero sube el precio a su artefacto de modo que le alcance a vivir, y así es que si traemos a la memoria lo que pasaba el año de ochenta, en que todo valía la cuarta parte que el de ochocientos veinte, hallaremos que entonces ni el labrador estaba más decente que ahora, ni el artesano más sobrado, ni el comerciante más lucido, porque hasta los carboneros saben que es menester vender tanto más caro su carbón, cuanto más les ha de costar la manta que se visten. Pero en estas circunstancias, ¿qué hacen los que están a sueldo fijo? Intendentes, oidores, militares, capellanes, todos perecen: sus pesos no valen más que ocho reales, los costos de todo lo que consumen han subido y sus sueldos ya se alegrarán con que no hayan bajado. Éstos son los que sufren todo el precio de las contribuciones, y sobre ellos verdaderamente gravitan todas las gabelas. De aquí es que el oidor que, ahora cuarenta años, con el sueldo de tres mil pesos podía pasarlo con la decencia correspondiente a su empleo, ahora necesite para lo mismo seis mil. El oficial militar, el clérigo capellán o ministro que con trescientos pesos tenía bastante para vivir, ahora (y más habiéndose introducido tanto lujo) necesitan endrogarse para pasarlo con escasez, siguiéndose de aquí la mala opinión y el que nadie quiera tratar con clérigos ni soldados. Por desgracia, entre los de sueldo fijo están en gran parte los verdaderos labradores, porque yo entiendo por labrador no al dueño de una hacienda que, poltronamente y a la sombra, está haciendo la cuenta de lo que costó la carga de maíz para venderla en doble precio, sino al infeliz gañán que de sol a sol anda tras el arado para ganar en todo el día una miserable peseta,[29] con que mantener su numerosa familia.

Discúrrase, pues, el modo de favorecer estos pobres, medítese y propóngase los medios de aliviarlos, y cuando se escriba mucho de esta u otras materias igualmente útiles, entonces creeré que se ha hecho de la libertad de imprenta el uso que intentaron las Cortes.[30]

Señor Pensador, creo que sobre cada proposición de éstas se pueden escribir muchos pliegos; pero las circunstancias y mis escasas luces no dan lugar a decir más que apuntes. Si usted, en objeto del bien común, ilustra estos puntos, le quedará muy agradecido su afectísimo servidor que su mano besa.

 

Guadalajara 9 de diciembre de 1820.


El Pensador Tapatío[31]

 


[1] Sin pie de imprenta.

[2] El primer impresor en Guadalajara fue don Mariano Valdés Téllez Girón, quien obtuvo el privilegio real en 1793. Su imprenta estuvo ubicada primero en la Vía Lauretana (calle cerrada de Loreto, a un lado de la capilla de Loreto del Colegio de la Compañía de Jesús) y luego frente a la plaza de Santo Domingo. Al igual que su padre en la ciudad de México —don Manuel Antonio Valdés— desde el principio se dedicó a la edición y al comercio de libros. En 1808 la imprenta pasó a ser propiedad de José Fruto Romero, quien murió en febrero de 1820, su viuda y heredera doña Petra Manjarrés la vendió en mayo de 1821. Cf. Carmen Castañeda, “Libros para todos los gustos: la tienda de los libros de la imprenta de Guadalajara, 1821”, en Laura Beatriz Suárez de la Torre (coord.) y Miguel Ángel Castro (ed.), Empresa y cultura en tinta y papel..., pp. 245-248.

[3] Se refiere a Todos pensamos o carta de un Pensador Tapatío a El Pensador Mexicano y de El Pensador Tapatío a sus Censores. Véanse en este volumen.

[4] Durango. Cf. nota 46 a No rebuznaron en balde..., en este volumen.

[5] Zacatecas. Cf. nota 20 a El Pensador Tapatío a sus Censores, en este volumen.

[6] Guadalajara. Cf. nota 8 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[7] Artículo 7 de la Constitución. Cf. nota 10 a El Ignorante a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[8] quod tibi non vis. Lo que no quieres para ti.

[9] Inquisición. Cf. nota 4 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[10] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[11] “harto harán los soberanos... caída estrepitosa”. La cita no pertenece al folleto El Amante de la Constitución.

[12] La cita no pertenece al folleto El Amante de la Constitución.

[13] El Amante de la Constitución. Cf. nota 5 a El Teólogo Imparcial, número 2, en este volumen.

[14] El párrafo completo dice: “Somos felices y ya somos libres porque nos hemos constituido esclavos, pero esclavos de un código augusto en cuya observancia se funda nuestra amada liberta; pero ésta no estará consolidada hasta que la justicia venga á coronar nuestros trabajos”. Cf. El Amante de la Constitución. Discurso segundo, reimpreso en Cádiz y por su original en México, en la Imprenta de don Mariano Ontiveros, año de 1820, p. 1.

[15] Artículo 4 del Reglamento de libertad de imprenta. Cf. nota 5 a Caso original sucedido en esta capital..., en este volumen.

[16] rajar. Desacreditar, hablar mal de alguno, especialmente en son de reto. En general, acobardarse; faltar a su palabra, desdecirse. Santamaría, Dic. mej.

[17] llevar de encuentro. Atropellar. Santamaría, Dic. mej.

[18] Fernández de Lizardi en el Suplemento al tomo III de El Pensador Mexicano titulado Apología, en polémica con el autor de el Auto de Inquisición..., menciona este pasaje de la siguiente manera: “alega la autoridad del padre Isla ‘que llamó cojo a Carmona’, y con esta salva y apoyos tan justos y fundados se desata usted en un diluvio de nuevas injurias, personalidades y facetadas ajenas ”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 511

[19] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[20] rabón. Lo que es más corto que lo ordinario. En su tercera acepción, y como un adjetivo familiar y figurativo, se refiere a una persona o cosa ruin, mezquina, de poca importancia. Un pueblo rabón. Santamaría, Dic. mej.

[21] Junta de Censura. Cf. nota 7 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[22] diezmo. Cf. nota 43 a Todos pensamos..., en este volumen.

[23] aristémetica en el original.

[24] alcabala. Era el impuesto de 6% que gravaba todas las ventas. Hacia 1776 sólo en lugares muy distantes o aislados seguía cobrándose la alcabala, por particulares y no por funcionarios reales.

[25] real. Cf. nota 23 a El Pensador Tapatío a sus Censores, en este volumen.

[26] quinto real. Cf. nota 4 a Carta a El Pensador Mexicano del ciudadano Amante de bien público..., en este volumen.

[27] peso. Cf. nota 13 a Todos pensamos..., en este volumen.

[28] pieza de Bretaña. Cf. nota 42 a Cáustico a dos escritores alcaldes rebuznadores..., en este volumen.

[29] peseta. Moneda que equivalía a 25 centavos.

[30] Cortes. Cf. nota 29 a Todos pensamos..., en este volumen.

[31] El Pensador Tapatío. Cf. nota 72 a Todos pensamos..., en este volumen.