SEGUNDA PREGUNTA DE EL HIJO DE LA CONSTITUCIÓN

A EL PENSADOR MEXICANO SOBRE EL IMPUESTO DEL

PEAJE O PILLAJE, COMO LO LLAMA EL PUEBLO[1]

 

 

 

A todos y a ninguno
mis advertencias tocan;
quien las siente se culpa;
el que no, que las oiga.

Y pues no vituperan
señaladas personas,
quien haga aplicaciones,
con su pan se lo coma.

 

Iriarte[2]

 

 

¡Hola, conque usted es mi hermanito, hijo de la Constitución[3] y nacido del mismo vient[r]e que yo! Vaya, vaya, yo me alegro [de] tener un hermanito en este reino, pues hasta aquí he carecido de él, y también me alegro que profese el mismo amor que yo a nuestra madre.

¿Qué se espanta usted de que le haga unas preguntas tan interesantes? Me dice usted que para responderlas es necesario comprometerse.[4] No, yo no trato de eso, lo amo muy deveras para no tratar de hacerlo responsable: hermano mío, todos estamos obligados a manifestar nuestras ideas políticas, y mucho más cuando conduce a la felicidad del pueblo, que debe ser nuestro primer objeto; por lo demás, al que le pique que se rasque, y no den justos motivos para excitar a los escritores a que manifiestan clara y palpablemente los grandes defectos en que continuamente incurren.

He leído con indecible gusto su respuesta a mi primera pregunta:[5] enteramente quedo satisfecho de su ingenuidad y muy contento en que confrontemos en un mismo modo de pensar. Pero, hermano, me ha tocado usted un punto que se me estaba haciendo la boca agua por hablar algo acerca del particular: tal es el hipótesis del carbón que me cita.[6] ¿Quiere usted creer que no es el óbise de los pasaportes el único que hace carecer de este necesario efecto a la capital? Lo es también tanta gabela como paga el infeliz carbonero antes de vender su efecto.[7]

Pero, hermano mío, qué punto me ha tocado usted; sepa que, por no separarme de la idea que me propuse en mi anterior pregunta, no le hablé acerca del carbón y del peaje que se halla establecido en Guadalupe,[8] y de la inversión de éste. Pero ahora, hermano mío, va usted a escuchar primores que se tapará las orejas, para que sepan el agradecimiento que deben tener a nuestra madre la Constitución,[9] y le den gracias por la felicidad que nos ha traído, pues por ella, ya que no podemos poner pronto remedio a los abusos, por lo menos nos queda el gran gustazo de decir con libertad y sin miedo cuanto nos parezca que no está en el orden, como ahora lo del peaje que he dicho en un principio. Ya sabe usted que hace tiempo hay establecido en Tacuba[10] un peaje para los carboneros, en que le arrancan a cada pobrete una cuartilla[11] por cada mula, y tlaco[12] por cada burro (o burra, que es lo mismo). Este fondo entra en las cajas de Guadalupe (según las llaman las de allí) y tienen razón por lo cajeado que están ellos con éstas. Estos ingresos en el día tienen buena inversión, pero en otro tiempo... ¡Jesús, y cuántas cosas se me han ocurrido en este momento que decir! Sobre este particular no quiero decir ninguna, por no ponerlos encarnados, ni amarillos; pero sí les suplico se compadezcan de los pobres indios carboneros que pagan las mulas a cuartilla.

A usted tampoco le cogerá de nuevo la noticia de un peaje que se cobra a todo bicho viviente en Guadalupe, hacienda Ahuehuetes y en el pueblo de Tlalnepantla.[13] Me contestará usted que no; pero sí creo que no sabrá usted en qué se invierte este fondo que hasta el día, según mi cálculo, asciende a quince o diez y seis mil pesos, y que se están empleando en grandes obras (y todas de misericordia): la primera, dar de comer al hambriento, porque, en las circunstancias presentes, es obra de misericordia mantener tres peajeros con buenos sueldos, y con la proporción, a más de coger de lo que se junta todo lo que se les antoje a su arbitrio.[14] Le explicaré a usted cómo anda la cosa, y usted me dirá si tengo razón.

Les entregan una porción de boletos a los peajeros, los que deben dar según el número de mulas que pasan, de individuos a caballo, y de coches de retorno (que éstos pagaban a peso). Las primeras si van cargadas a real, y si vacías a medio:[15] cada papelito vale su real, y, por consiguiente, veinte mulas, veinte papelitos y de treinta, treinta, etcétera. Si es el dueño el que va con las mulas, reniega, patea, maldice a los peajeros, expone que está el camino intransitable, que es injusto el pagar: nada le vale, si se resiste lo amenazan con embargo o prisión, pues para el efecto hay un soldado serio, negro y feo (para que infunda respeto), el que da (cual Caifás) la última sentencia de pagar,[16] porque si no... Qué se ha de hacer, dice mi pobre arriero, y con su cara muy afligida va sacando de su bolsa de cuero la cantidad que le han señalado, medio a medio, como si sacara almas del Purgatorio, y al fin, con un gran suspiro, entrega la cantidad que tantos sudores le ha costado. Entonces el peajero le va poniendo en la mano los papelitos que deben ser su recibo; pero el pobre, que aun tiene la mohina en el cuerpo, los tira o le dice que se los guarde, que él no come con papeles, y se marcha, dejando éstos y el dinero para la bolsa de aquel Judas. ¿No le parece a usted hermano mío, esta segunda obra de misericordia vestir al desnudo con la ropa de otro que se ha quedado en cueros? ¿No le parece a usted bien invertido el tal peaje?

¿No le parecen a usted éstas, hermano mío, unas obras muy útiles al público? Pues, hermanito, lo serán pero no en mi concepto: hasta aquí se ha ido y venido a la Villa sin aquella calzadita que debió haber costado poco más de tres mil pesos. Por lo que toca al albarradón,[17] que habrá costado otro tanto, siempre fue suficiente el que había y, a mi entender, aunque hubiera caído otro Diluvio, en ninguna parte hubiera estado uno más seguro de ahogarse que encima de su bordo. El empedradito lo podían haber pagado los vecinos, pues disfrutan de él, y no haber echado una carga a los pobres caminantes que pasan por todas partes, y que éstos no lo disfrutan, ni siquiera tienen el gusto de ver estas obras tan magníficas y bien dirigidas. Usted me dirá si tengo razón para decir que no son útiles al público, sino sólo a la Villa, de que resulta un acendrado egoísmo.

Vamos a otro punto: el peaje precisamente es la causa de la escasez de entradas en esta capital, y de lo caro de los comestibles.[18]

Prueba indudable: supongamos que semanariamente se internan en la capital en mulas doscientas cargas de todos efectos; éstas pagan de peaje doscientos reales, que suben a los efectos que conducen estas doscientas cargas; supongamos que debían expenderse a ocho pesos y, con este insoportable impuesto, resulta que las darán a ocho pesos un real, cuya cantidad que, al parecer, es corta, pero resulta anualmente en perjuicio del público mil trescientos pesos de solo el cálculo de las doscientas cargas. Con esto solo queda probado que el peaje es una de las causas (y no la menor) de la escasez y carestía de los efectos, añadiendo que en el día se han valido los transeúntes de tierra dentro de rodear dos leguas más de camino, por la hacienda de Santa Mónica[19] a salir al Puente de Vigas[20] para entrar a la capital por la garita de San Cosme,[21] donde no de halla establecido el peaje.

En fin, mi amado hermano, ¿no le parece a usted que este gravamen es contra nuestra madre la Constitución? ¿No sería mejor y nada gravoso al público que cada pueblo o individuo compusiese los caminos a su costa como carga consejil? Resultaría de esto tres utilidades: la primera, que francamente podrían caminar con amplitud los pasajeros sin pensión ni desembolso alguno; la segunda, que los caminos compuestos por los síndicos de los ayuntamientos a costa de los propios y arbitrios de éste, como procuradores del pueblo, tratarían de conservarlos en el mejor estado, y la tercera que, pues me consta que en el día ha decaído mucho el peaje y se está sacando de los fondos ya en cajas para pagar los empleados destinados a este objeto, resulta que si inmediatamente se extinguiera el peaje, los fondos existentes podrían invertirse francamente en la composición de los caminos que lo necesitan.

El 23 de diciembre del año próximo pasado, cuando su excelencia pasó para el desagüe, ¿por qué no se le condujo por la Calzada de Vallejo[22] a este pueblo? Porque hubiera visto lo anegada e inservible que estaba —ésta es la esencial y por donde entran los efectos a la capital—; no hubiera su excelencia accedido a la propuesta que se le hizo para aquellas obras tan de poca necesidad, y sí hubiera parado la atención en la compostura de este camino, que es el más interesante. ¿Que se reduce la composición de los caminos sólo a las calzadas de Guadalupe? Puedo asegurar a usted, hermano mío, que por el de Vallejo muy breve me parece que tendremos de ocurrir a las cenizas del célebre maquinista Montgolfier[23] para conseguir la renovación de sus globos aerostáticos, pues sólo de este modo podremos pasar a la capital por el citado camino de Vallejo, por el cual ya hoy día hay que ir haciendo maromas encima del caballo para no ahogarse en uno de los muchos pantanos que tiene.

El de Tlalnepantla a Guadalupe se pone en este tiempo tan malo y atascoso que no es posible andar por él, además de ser una legua más largo. ¿Le parece a usted bien la inversión del peaje? ¿Las obras hechas en utilidad del público, y a costa de tantos infelices? Creo que le oigo decir a usted, en voz quedita, no; y en voz más altita le voy a decir a usted  ni a mí tampoco, porque, hermano mío, cuando a los pobres se les arrancan los medios con utilidad general, están muy bien arrancados; mas cuando es en utilidad de un solo egoísta, debemos llamar con voz en cuello a nuestra madre la Constitución para que nos auxilie con sus benéficas leyes. Usted dirá qué cansado estás, hermanito, y yo le responderé (con aquel refrancillo) allá va este carnero, a ver si topa.[24]

Digame usted, amado hermano, hijo también de la Constitución, y nacido del mismo vientre que yo, qué le parece mi papelucho: él no está elocuente, pero habla la verdad con claridades, y juntos los dos defenderemos a nuestra madre la Constitución, pues ya, bendito Dios, no habrá quien nos lleve a cenar al mesón de la pita.[25] Su hermano y seguro servidor


El Hijo de la Constitución[26]

 


[1] México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 6 pp.

[2] Es moraleja de la fábula CXXIII de Tomás de Iriarte, El elefante y otros animales. En dos dísticos anteriores: “Estaba el elefante/ Viéndolo con pachorra;/ Y su razonamiento/ Concluyó en esta forma:/ A todos...” Cf. Fábulas completas de Samaniego e Iriarte..., p. 321.

[3] Fernández de Lizardi en Pasaportes y caballos... escribe: “¡Hola, amigo! ¿Conque usted es el Hijo de la Constitución? Pues yo también soy su hijo, y muy amante, con que cate usted que somos hermanos aunque no nos conocemos.” Cf. Obras X-Folletos, p. 263.

[4] Cf. nota 4 a Primera pregunta a El Pensador Mexicano..., en este volumen.

[5] Cf. nota 8 a Primera pregunta a El Pensador Mexicano..., en este volumen.

[6] Fernández de Lizardi dedicó al tema de la carestía del carbón dos Suplementos de El Pensador Mexicano, t. II, titulados Juanillo y el tío Toribio de 8 y 22 nov. 1813, Cf. Obras III-Periódicos, pp. 331-338 y 346-349, respectivamente.

[7] gabelas del carbón. Cf. nota 11 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[8] Guadalupe. En el sitio donde se verificó la última aparición de la Virgen de Guadalupe se construyó una ermita; a mediados del siglo XVI se amplió. Y después de varios templos, se determinó hacer uno de mayores dimensiones para la Virgen de Guadalupe. Se puso la primera piedra el 12 de marzo de 1695 y se concluyó en 1790. En 1740 se inició la construcción de la Iglesia del Cerrito. La Iglesia del Pocito de planta circular se empezó en 1777. Entre 1802 y 1836 se le hicieron reformas.

[9] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[10] Tacuba. Antes Tlacopan. Ciudad confederada a las de Tenochtitlán y Texcoco, a partir de la destrucción de la de Atzcapotzalco, hacia el año 1430, fungió en sustitución de aquélla. Hoy día se denomina Tacuba, y es una de las zonas urbanas de la ciudad de México. El significado del nombre náhuatl es “Sobre varas de dardos”.

[11] cuartilla. Cf. nota 6 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[12] tlaco. Cf. nota 5 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[13] Tlanepantla. Cf. nota 4 a Calendario, en este volumen.

[14] advitrio en el original.

[15] medio. Cf. nota 21 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[16] Caifás. Sumo pontífice de los judíos de 18-36 d. C., era el sacerdote del templo que entregó a Jesús. Mt. 26, 3 y siguientes; Jn. 11, 49-50.

[17] Albarradón. Albarrada. En 1449 se construyó, bajo la dirección de Nezahualcóyotl, un muro, que iniciaba en Atzacualco y terminaba en las cercanías de Iztapalapa, para dividir el lago de México-Texcoco en dos: el este de agua salada y el oeste de agua dulce. Cuando el nivel del lago subía, se incomunicaba el contacto de las aguas. En tiempo de secas se abrían las compuertas. Posteriormente, en 1555, bajo el mando del virrey De Mendoza se construyó un dique para obstruir la invasión de los lagos septentrionales del Valle de México, es decir, Zumpango o Xaltocan. En 1607 el virrey Luis de Velasco, hijo, encomendó a Enrico Martínez una solución técnica para evitar las frecuentes inundaciones. El proyecto de Martínez comprendía la apertura de un conducto que iría del cerro de Sincoque a la loma de Nochistongo. A partir del 28 de noviembre de 1607, se trabajó en la construcción de la enorme galería subterránea. El túnel fue recubierto de tepetate y redorzado con maderos, luego de mampostería, pero fue insuficiente ante la fuerza del canal. En 1623 por sugerencia del holandés Andrian Boot, el virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel dispuso el cierre del socavón. La medida fue revocada ante una inminente inundación; sin embargo, las obras prosiguieron hasta el 20 de junio de 1629, durante una noche toda la ciudad quedó cubierta por el agua. La capital novohispana permaneció inundada durante un lustro y desde Madrid se ordenó su traslado a los llanos situados entre Tacuba y Tacubaya; lo que no fue necesario porque en 1634 un sismo abrió enormes grietas que permitieron el drenaje. En 1670 el virrey Antonio Sebastián de Toledo suspendió los trabajos que hasta entonces se llevaban a cabo en el sistema de desagüe, cinco años después, el virrey Payo Enrique de Rivera reanudó las obras. Desde 1689 y hasta 1790 cada uno de los virreyes dio mantenimiento diverso al desagüe, en 1767 el marqués de Croix quitó a los franciscanos el cargo y lo cedió al Consulado, que concluyó el trabajo 12 años después, Revillagigedo se preocupó especialmente por su mantenimiento. El famoso desagüe de Huehuetoca fue inspeccionado por Alejandro de Humboldt, el virrey Iturrigaray y los técnicos españoles y mexicanos, en la segunda semana de enero de 1804. Durante la Guerra de Independencia las obras se suspendieron por completo.

[18] Al respecto, en 1813 Fernández de Lizardi asentó en El Pensador Mexicano, t. I, núms. 8 y 13, cf. Obras III-Periódicos, pp.77-82 y 111-121, respectivamente; y en los Suplementos a ese tomo La voz del pueblo y Erre que erre la falta de suministro de alimentos a la capital. Ibidem, pp. 127-128129-131. Y en su folleto Prevención de El Pensador hace constar la carestía de “sebo, chile, abarrotes”, además denuncia el alza excesiva de costos, lo que provocaba la desgracia de los pobres, proponiendo una tarifa fija semanal que se colocara en la Plazuela del Volador para el público conocimiento del precio establecido. Cf. Obras X-Folletos, p. 161.

[19] Santa Mónica. En la actualidad perteneciente a Tlanepantla, en el Estado de México.

[20] Puente de Vigas. Por la parte occidental del Paseo de la Viga se extendían campiñas interrumpidas por las arboledas de las calzadas de San Antonio Abad, Niño Perdido y Canal de la Piedad y remataban al pie de las lomas de Tacubaya. Aún hoy existe.

[21] San Cosme. Cf. nota 31 a Consejos a El Pensador..., en este volumen.

[22] Calzada de Vallejo. En la época se encontraba a las afueras de la ciudad de México al poniente; en la actualidad, mantiene el mismo nombre y se encuentra en un área industrial dentro de la zona metropolitana.

[23] José Montgolfier (1740-1810) y Esteban Montgolfier (1745-1799). Industriales franceses, inventores de los primeros globos aerostáticos.

[24] allá va este carnero, a ver si topa. Equivalente a “allá va eso”, frase usada cuando se arroja un objeto que puede caer sobre algo. Cf. José Luis González, Dichos y proverbios populares.

[25] mesón de la pita. La cárcel.

[26] El Hijo de la Constitución. Cf. nota 33 a Primera pregunta a El Pensador Mexicano..., en este volumen.