SEGUNDA PARTE DE EL CAMPANERO

A SU COMPADRE EL PENSADOR MEXICANO

CON RESPECTO A SU REPIQUE BRUSCO[1]

 

Vae homini illi, per quem scandalum venit[2]

 

Ay del hombre por quien viene el escándalo. ¡De

otra suerte, desdichado de aquel que con sus pala

bras u obras es causa de que otros prevariquen!

 

San Mateo, capítulo 18, versículo 7.[3]

 

 

 

Compadre, antes de entrar en la contestación de su respuesta a mi insensato papel, el cual intituló: Repique brusco, tomando esta denominación por lo indisplicente y grosero, como le llama nuestro Diccionario de la lengua castellana,[4] antes de todo, le contaré a usted un pasajito gracioso, que me sucedió con tres chiquillos que tengo como fruto de mi matrimonio, y que usted acomodará según le parezca, y le venga. Es el caso: noches pasadas jugaban estos inocentes, poniendo por objeto de su diversión algunos bultos o espectáculos, que ellos formaban con petates,[5] rebozos y cuanto encontraban a las manos. En una de éstas acertaron a poner un bulto tan feo y horroroso que ellos mismos le tuvieron miedo, y tanto, que comenzaron a dar gritos de temor, y asustarse hasta el grado de llamar mi atención, y ocurrir donde se hallaban por examinar la causa de su espanto. Luego que advierto el motivo de la gritería, les hago ver que aquello no es otra cosa más que un coco[6] de trapos, que ellos mismos han puesto; y así que, para evitar otro mal rato, no vuelvan a poner el coco, si se han de asustar.

Así, compadrito, intelligenti pauca,[7] y vamos al asunto. Usted sin duda habrá extrañado mi corta demora en volverle a tocar mis campanas,[8] aunque usted, como prudente, sabrá disculparme, porque no todo lo que se quiere, se puede; fuera de que ciertos Efluvios literarios de las Galias me han tenido trastornada la cabeza; y, a la verdad, compadrito, por no prolongar más su impaciencia, quiero desde luego manifestarme sensible, y auditor de su bien indisplicente Repique, con un doble, o clamor general, que sin remedio lo ponen a usted a la entrada del sepulcro. Compadre, sabiendo es usted el portaestandarte de la libertad literaria, tuve a bien (como suele decirse) dirigir a usted como al non plus ultra, y como al oráculo de la América, mis cuatro gerundiadas; y, además, viendo que son tantos los papeles que usted imprime, ya suyos y ya ajenos, tengan azucenas y rosas, o cicuta, o arsénico, no me pareció fuera del caso (sin meterme a escudriñar su vida privada) hacerle oír a usted por segunda vez el dulce sonido de mis campanas de oro.

Compadre, por cuanto el rencor y mala voluntad contra el prójimo, es muerte del alma; y no queriendo yo que usted la experimente, no tengo inconveniente en pedirle (a la faz del mundo todo) perdón, como se lo pido, de la infamia que contra su buena opinión le haya podido resultar del sonido de mis campanitas; aunque, mucho antes que yo las repicara, ya le roían a usted los zancajos entre los hombres sensatos, y se quejaban amargamente en sus conversaciones, y no cesan de quejarse de... Pero vamos por puntos, compadre, que aunque no sé ribetear mis papeles con seda podrida, ni con piedras falsas de la Francia, sino con fuerte y robusto cáñamo, que jamás me lo podrán romper, digo que los muchos textos de la Sagrada Escritura que me plantifica en su insipidísimo Repique,[9] no vienen al caso; pues yo no me meto en sindicar su vida privada ni menos me he metido en murmurar de usted ni en alabarle al mismo tiempo que es a lo que se contrae usted, refiriendo el texto de David que dice: os bilinguae[sic] detestor.[10] Este pueblo, decía Dios por Isaías, me honra con su boca, me alaba con sus labios; pero su corazón está muy lejos de mí.[11] Vea usted, compadrito, cómo se aplican los textos, pues lo contrario es amarrarlos por la cintura, y vengan, o no vengan, acomodarlos uno a su paladar. Compadre, el hombre que tiene sindéresis (no estando preocupado) no necesita de que otros le adviertan sus yerrros, ni menos se los puede ninguno echar en cara, cuando ninguna esperanza se tiene de la corrección, porque a este tal se le puede aplicar aquel terrible texto de Jesucristo, curavimus Babilonem, et non est sanata; derelinquamus eam. Ya se ha cuidado de curar a la enferma Babilonia; en sus manos ha estado el sanar, pero ella no ha querido;[12] y así no hay más que abandonarla. Loor eterno al médico de la Patria;[13] loor eterno al muy reverendo padre San Bartolomé;[14] loor eterno a, También al verdugo azotan;[15] alabanza eterna a los buenos patricios que defienden y defenderán la Iglesia y el Estado.

Hasta tercera vez, compadre, consintió Jesucristo que se le cultivase la tierra a aquella higuera infructuosa; pero como jamás llegase a dar higos ni brevas, perdidas en un todo las esperanzas, la mandó cortar y echar al fuego.[16] No hay remedio, compadre, que David nos dice que pongamos a nuestra lengua guardias, candados y puertas de bronce,[17] para que, como tan fácil en moverse, no se oigan sus detractores acentos. Medice, le puedo yo decir a usted aquí, cura teipsum.[18] Usted mismo es el fiscal que, sin advertirlo, se apropia aquí la sentencia. Asimismo, compadre, me cita usted al Eclesiástico y a San Juan,[19] cuyas citas son falsas, pues en ninguno de los capítulos que usted pone se hallan tales textos; y si así son todas sus citas, ya pueden despachar a usted no a Cayo P...,[20] sino al gran Cairo a recitar textos del Alcorán a los turcos. Aquí, compadre, sí que le puedo decir a usted que ha oído campanas, pero no sabe en dónde; que salga pez o salga rana, el asunto es extraer los medios del público, y adquirirse la fama de sabio; pero ésta entre los ignorantes, y entre el pueblo sencillo. Yo, compadre, ni soy de Opalandas y ni de Cogulla,[21] como usted dice, y aun cuando lo fuera, lo tendría a mucho honor. Para que usted vea, compadre, que también los que estamos debajo del celemín de cuando en cuando arrojamos nuestros destellos.

Vamos adelante, compadre, usted no sabe, cómo en el siglo XIII, Guillelmo a Santo Amore compuso un libro lleno de invectivas y sátiras contra los regulares, el cual intitulaba: Peligros de los últimos tiempos, el cual libro fue condenado por Alejandro IV como execrable e impío, y muy injurioso a los santos fundadores. Lo mismo hizo León X condenando la doctrina de Lutero,[22] que contenía otras e iguales invectivas contra el estado monacal. En el año de 1581, en el Concilio, que se celebró en Ravena,[23] encarga a los obispos, y arzobispos que protejan a los regulares, que le ayudan en sus ministerios, alimentándolos y defendiéndolos como a su persona. Asimismo, nuestro santísimo padre Pío VI[24] condena las proposiciones de los modernos como injuriosas, denigrativas, falsas y temerarias, impugnadas ya por los santísimos y sapientísimos doctores san Agustín, san Jerónimo, santo Tomás, san Buenaventura, y san Juan Crisóstomo, cuya doctrina no podrán obscurecer jamás las negras e inmundas tinieblas de los luteranos, calvinistas y jacobinos. Sí, compadre, los jacobinos que, a más de suscitar y revolver el asqueroso cieno de los primeros heresiarcas, han añadido ellos mismos otra multitud de suciedades que tienen apestada la Iglesia. Vea usted, compadre, como le tengo dicho con acierto que se está reproduciendo lo que tantas veces tiene condenado la sapientísima madre Iglesia, maestra y ejemplar de toda santidad, la más sublime, contra quien dirigen sus golpes aquellos que se burlan de la observancia de los consejos evangélicos para atacarla a su más salvoconducto.

Vamos a otra cosa, compadre, que ya que usted se ha metido a campanero, sin saber cuando ni cómo ha de repicar, le quiero sonar a usted una campanita, para que vaya aprendiendo, y ésta es del Sol de la Iglesia. San Agustín, quien dice: “la excomunión, sea justa o injusta, siempre se debe temer.” Me acuerdo (si no me engaño) haber leído en su Conductor Eléctrico (número 16) una reflexión, o reconvención, que usted hace a nuestro ilustrísimo prelado sobre un edicto del 18 de julio último, en que usando de las facultades anexas a su alta dignidad, prohíbe los libros impíos, que la despótica Inquisición[25] con su acostumbrada e inaudita autoridad impidió.[26] Pregunto. ¿Si esta restricción la hacía por sí sola la despótica Inquisición, o no? Si la hacía por sí sola, y por la autoridad eclesiástica y civil que gozaba, está muy bien meditada su reflexión. Pero si no la hacía por sí sola, debe inferirse que impedía los libros que pueden introducirnos el veneno en la más vistosa y dorada copa de otra autoridad más privilegiada, como es la Silla Romana. Luego, el ilustrísimo señor arzobispo[27] nada ha hecho en eso más que hacer ver a usted y a otros (que les acomoda todo lo que huele a francés) que la excomunión, que en sí contiene la Bula de la Cena[28] (que es la primera) está siempre en toda su fuerza y rigor, mientras no se nos haga saber lo contrario; por que ha de saber usted, compadre, que hay cosas que son malas, quia prohibita;[29] y hay cosas que son prohibidas, quia mala.[30] Ya usted me comprende, ¿eh?... Pero se las explicaré mejor: hay cosas que extrínsecamente sólo son malas porque el Legislador las prohibe; y hay cosas que intrínsecamente son malas, y por eso prohibidas. Pongo por ejemplo, compadre, usted le prohibe a mi señora doña Doloritas[31] (que para mí lo mismo es que sea Dolores o Tormentos, Joaquina o Crisanta, siempre es mujer, y yo por la Gracia de Dios nada sé de ella, como ni de usted tampoco, y me es doloroso haya hecho con usted el oficio de los gatos, pues podía haberle sacado los dos ojos, y haberlo dejado imposibilitado para toda su vida; y así por Dios Señorita que se contenga usted y no sea tan celosa con mi Compadre);[32] la prohibe[33] que vaya a la Alameda[34] con sus niñas[35] a tener un honesto recreo. Si lo hace, obra mal, porque usted se lo prohibe, no porque el paseo en sí sea malo. Usted la prohibe que coma tierra, porque sabe que esto la puede acarrear la muerte, y ninguno puede ser homicida de sí mismo, so pena de eterna condenación... ¡Ea!, bien compadre, ¿pues como tiene usted la loca osadía de reconvenir así a nuestro ilustrísimo y respetabilísimo prelado, diciendo la proposición chocante [que] es a la letra como sigue: ¿a dónde estaba usted cuando tan desaforadamente se explicó así contra su pastor?[36] ¿Qué, no sabe usted que san Pablo con mandato expreso nos dice: obedite praepositis vestris, et subjacete eis; que obedezcamos a nuestros pastores, y que en un todo les vivamos sujetos?[37] ¿No le desdice a usted, compadrito, el que la oveja se quiera poner a mayores con su rabadán? En dónde tenía usted la cholla[38] para no conocer que sus papeles darán grandes materiales a los del grande Oriente (la lógica principal de París) para que digan... quoque in America intentum habemus,[39] ya vamos consiguiendo también en América lo que intentamos. Ya un Quidam[40] le reconviene en público papel a su arzobispo. Ya vemos que a la sordina se está allí minando el altar: pronto el edificio del cristianismo se vendrá a plomo. Los frailes y los clérigos[41] ya son objeto del desprecio, y ¿para qué queremos más emisarios? Con los pocos que allá han ido, y con los que se les asocian, conseguimos nuestro intento. Compadre, ¿usted sabe el escándalo y la ruina que con esto habrá causado? Vae homini illi, per quem scandalum venit.[42] No en vano le hacía cosquillas en su conciencia cuando escribía tales expresiones pues, para amortiguarlas, sale usted con la paradoja de que en los tiempos de la esclavitud y de la ignominia se miraría la presente reflexión como un delito atroz, y como un sacrilegio castigable.[43]

¡Hola, señor Pensador Mexicano! ¿Qué, ya no somos ahora católicos, apostólicos, romanos, como lo éramos antes que nos gobernase la sabia y benéfica Constitución?[44] Porque usted y otros que sólo por el vil interés de sacar los reales[45] del público abusan del incomparable beneficio de la libertad de la imprenta, ¿no estamos ya sujetos a ninguna ley eclesiástica, ni civil? Usted y ellos seguramente creen que la libertad que se concede para imprimir el hombre sus pensamientos es para zaherir a otros ciudadanos españoles, y echar invectivas contra los eclesiásticos. Pues no, señores míos, no es ésta la intención del sabio Código, ni lo ha pensado jamás, sino para ilustrar a los pobres ignorantes, primeramente en los rudimentos de la fe y de la religión; y por eso dice que en todos los pueblos de la monarquía se pongan escuelas públicas, que para el año de [18]30 todos han de saber leer.[46] Segundo, para ilustrarlos en los adelantos de sus artes mecánicas: para que con menos trabajo se haga más; para que con un celemín de sembradura, se coja más que con una fanega; para que muchas tierras que están incultas se les haga fructificar; para que por medio del aseo y de la limpieza se eviten muchas enfermedades; para que se inventen modos de subvenir a los miserables, que mueren de hambre, porque desde chicos se criaron a viga derecha, sin oficio ni beneficio; para éstos, y otros objetos interesantísimos al bien de la nación, se permite la libertad de la imprenta. En esto habían ustedes de hacer sudar las prensas, y en esto habían de emplear sus talentos y sus plumas, no en facetadas y sandeces: de personalitatibus jam satis verborum est.[47]

Vamos más adelante, compadre. Anímese usted que aún nos falta mucho que oír. También me parece (si no me han engañado mis ojos) que en el mismo Conductor fulminante fulmina usted honras, alabanzas y glorias perpetuas a los enemigos, y deshonra a nuestro patrio suelo, a los enemigos de sus semejantes, a los enemigos de la ley, del rey y de la nación, no menos que de la sociedad y tranquilidad pública... Compadre..., aquí confiese usted que perdió la chaveta: pues si no, no era capaz que dijese honor eterno a los insurgentes,[48] porque han jurado la Constitución; honor eterno a estos amantes de la ley, del rey, de la nación y de su patria. Implicas in terminis,[49] compadre: usted, por un efecto de su bondadoso corazón (que piadosamente creo lo tendrá), ha querido usted ensalzar a esos miserables hombres obcecados, haciéndose asimismo muy poco honor, porque crea usted, compadrito, que también los mochuelos o cernícalos saben coger a los ratones, por muy ágiles que sean. Otra vez, compadre, pida usted oraciones y sacrificios por esos señores, que ninguna honra nos acarrean con haber jurado la Constitución. ¡Sabe Dios lo que habrán hecho!

Compadre, usted me dispensará tanta gerundiada, y vamos a otras. Usted sabe que qui bene legit, multa mala tegit.[50] Si a usted no le hubieran sabido tan mal mis repiquitos, desde luego hubiera dicho: en esta expresión de mi compadre que dice limitar los votos y preces del vice-Dios de Israel[51] (que es Moisés, compadre, de quien allí se va hablando, no del papa, como usted dice, compadre) hubiera dicho es yerro de imprenta, como de facto lo es, así como tiene otros dos en la gramática, y en unos acentos; para que vea como ya estoy libre por ahí de que me quería usted meter en las calderas de Pedro Botero.[52] Si a usted le hubiera tocado por su diñeiro alguno de los muchos, que se les borró la l, cate usted que no había qué temer. Aún no quiero dejar todavía el repique, compadre, me he hecho el ánimo que sea general, para no tener que estar después repicando a cada instante. Oiga, usted compadre, ¿quién bautizó a usted? ¿Quién a los demás cristianos? ¿Quién nos ha administrado muchos de los Santos Sacramentos? ¿Quién a la hora de la muerte puede hacer que nos salvemos? ¿Quién, si no un sacerdote, aunque sea malo y relajado (o pícaro como usted dice),[53] es el mediador entre Dios y los hombres, ofreciendo al Eterno Padre una víctima capaz a aplacar su justa ira, y detener el inmenso torrente de sus venganzas? Yo bien sé que ni aún en los Infiernos[54] se le borrará al sacerdote su alta dignidad y carácter, y que, por lo tanto, el que se condenare sufrirá muchos más atroces suplicios, incomparablemente más insufribles que los de los otros condenados; pero a fe, a fe, compadrito, que si a la hora de la muerte se le apareciera a usted otro como Briene[55] desconfiaría usted de él, porque en aquella hora crítica no lo fuera a trastornar, bien podía Voltaire haber llamado (cuando se acercaba a la eternidad) un sacerdote de los que le seguían; pero lo cierto es que no quiso, y clamaba por el Sacerdote Católico.[56] Así es como se debe entender mi expresión de que un Eclesiástico Sacerdote (no lego, compadre)  es útil, provechoso y necesario para otros, aunque sea perverso, como no haya dejado la fe, como Briene, arzobispo de París, sobre cuyas expresiones está muy mal hecha su crítica, lo mismo que muy mal aplicados aquí los versos de David en que le pide al Señor lo libre del hombre malo y de corazón doble, que no pierda su alma con la de los impíos, que lo librara de los hombres que les gusta ver correr la sangre humana, en cuyas manos están todas las iniquidades.[57] Estas súplicas hacen, y deben hacer sin cesar en estos tiempos de impiedad y de persecución los ministros del santuario contra quienes dirigen sus envenedadas saetas los libertinos de nuestro suelo.

Yo bien digo, compadre, y dicen todos, que desde que usted se ha metido a canonista y a teólogo, se lo ha llevado todo pateta:[58] y ahora que se ha declarado anti-arzobispo, anti-canónigo y anti-fraile. ¿Si querrá usted, compadre, llegar a echar bendiciones, y hacer las demás funciones de los eclesiásticos, como los franceses? No dé usted ahora en esa manía, porque se le pierden los bártulos, ¿o querrá usted que se casen los clérigos y frailes,[59] como en Francia, a ver si alguno de los que tienen una inmensidad de talegas y montones de onzas le toca a una de sus niñas? Yo no sé cuántas tendrá usted y por eso no nombró a ninguna, pues ni sé cómo se llaman, ni menos las conozco; así como ni a usted, jamás he conocido ni a mi doña Dolores. Pero, compadre, ¿qué de veras es necesaria la reforma de los frailes, como inútiles a la Iglesia y perjudiciales al Estado? ¿Usted está soñando, compadre? ¿O usted está impregnado de los principios de la falsa filosofía? Vamos poco a poco, compadre, que más bien me parece querrá usted la total extinción del Estado Eclesiástico Apostólico Romano, como en Francia lo hicieron los declamadores de las excesivas rentas de los Eclesiásticos,[60] que no la reforma del excesivo número de frailes (como usted dice).[61] A ver si así no queda ninguno que reprenda nuestros vicios. Puntualmente, compadre, son los dos títulos alegados por los impíos contra el justo, por querer exterminarlo del mundo. Circumveniamus ergo justum, quoniam inutilis et contrarius operibus nostris.[62]

Compadre, el que las legítimas potestades en tales y tales circunstancias, o casos, juzguen necesaria la reforma de los regulares para mayor bien de la Iglesia y del Estado, no nos metemos en las determinaciones que para ello hayan de tomar. Asentada con ellas está en el Solio la Religión, la equidad y la sabiduría. Su  juez es Dios, la conciencia, el mundo y la posteridad. Yo como particular trato con particulares, como racional con racionales, como filósofo con filósofos, no Ascéticos, sino filósofos cristianos, o a lo menos racionales. Compadre, la idea que es la base de nuestro discurso pide en primer lugar nuestra consideración. La verdadera idea de lo que nos sea útil, inútil o dañoso se debe tomar del recto amor de sí mismo, que es el primer móvil del corazón humano, y que naturalmente mira a la humana felicidad. Por tanto es inútil aquel que no hace algún bien, digo, bien verdadero conducente a esta felicidad. Dañoso el que ocasiona mal, verdadero mal, contrario a la misma felicidad. Pregunto a usted, compadrito Pensador, ¿los frailes generalmente son autores de estos males? Usted dice son inútiles a la Iglesia, pues gracias a Dios que ya no hay: herejías que combatir; infieles e idólatras que iluminar con la luz del Evangelio; escuelas ni cátedras que regentear; hombres enfermos que asistir; locos que cuidar; púlpitos y confesionarios que ocupar; ni tampoco Sacramentos que administrar. ¡Dichosos tiempos que ya se han aclarado: que hasta ahora han vivido los hombres envueltos en las tinieblas, y fascinados con un sinfín de preocupaciones y delirios! ¡Ah, compadre! ¿No decía yo bien, con otros muchos, que usted bebía en las fuentes vedadas? ¿A que no ha leído usted esas proposiciones en el padre Ripalda,[63] en el padre Astete, ni en otros verdaderos católicos? Sabe usted, compadre, ¿cuáles son los que con razón pueden llamarse del todo inútiles? Ciertos zánganos humanísimos que no hacen más que comer, beber, murmurar, jugar, dormir, engalanarse, divertirse, y... Estos tales son inútiles a sí y a los demás. Inútiles a sí, si no en cuanto atienden a una felicidad vana e imperfecta, no humana, sino brutal. Inútiles a los demás, si no en cuanto éstos se aprovechan de su holgazanería y necedad. Pero mejor diré que estos zánganos de colmena o tábanos son a sí mismos y a los demás sumamente dañosos. A sí mismos porque, atendiendo a una felicidad falsa y de brutos, olvidan la felicidad verdadera y de racionales. Dañosos a los demás, [por]que los corrompen con ejemplos depravados y con conversaciones escandalosas. ¿Pues qué diré de los que nos vienen ahí con un caterva de expresiones retumbantes (de humanidad, de derechos del hombre, de filosofía, de razón), pero vacías de cuanto en sí suenan; que más bien llevan consigo las doctrinas de Epicuro para corromper así la filosofía moral[64] con pretextos de refinarla, y perseguir la Religión con pretexto de purificarla? ¡Ah, compadre! ¿Conque son inútiles los frailes por su excesivo número? Eche usted bien los cartabones, para ver cuántos frailes caben a cada mil almas; apenas tocará uno solo a cada millar. De aquí sacaremos más adelante otros cálculos muy errados, por lo dañosos que son al Estado.

Alerta, compadre, alerta que hay moros en la costa: hay entre nosotros Cerutis[65] y Condorces,[66] Mirabaus[67] y Moyes. Pregunto, compadre, ¿después de los Apóstoles y sus Discípulos, quiénes fueron lo que con mayor celo y éxito propagaron el Evangelio entre los bárbaros y entre los idólatras? Pregunte usted a la España, a la Francia, a la Suecia, a la Inglaterra, a la Alemania, a la Panonia,[68] a la Rusia, a la Polonia...Todas unánimemente nombran por sus apóstoles unos hombres que usted y otros muchos llaman inútiles a la Iglesia y dañosos al Estado; esto es, a los frailes, los que también pueden acallar los gritos de usted y demás concofrades, mostrándoles convertidas por ellos y sujetas a los monarcas cristianos la Ibernia,[69] la Tartaria y la Persia, con otras muchas regiones de la Asia, de la África y de nuestras Américas, iluminadas todas por ellos con la luz Evangélica. Y si el Evangelio se va continuamente dilatando, y fructificando hasta los últimos términos de la Tierra, y aun en las selvas más bárbaras, ¿a quién se debe todo esto? ¿Será a los filósofos economistas o a los pobres frailes, que sólo aspiran a sujetar hombres a la Iglesia y a dar vasallos a sus príncipes, para que la Sangre del Divino Maestro no se pierda en tantas almas? ¡Ea, qué!, ¿quiere usted, compadre, meterse ahora a Misionero, llevando consigo una porción de esos señores que se llaman filósofos, para ir a predicar a la gran Quivira?[70] Concluyamos este punto, y cortemos los muchísimos materiales que se ofrecen para sofocar a usted, y a cuantos filósofastros (que son el oprobio de la filosofía) con una preguntica. ¿Por qué, compadre, los frailes son siempre el blanco de las mayores contradicciones? A lo que yo le respondo que siempre las cosas más grandes han sido el objeto de la persecución y de la maledicencia, como en otro tiempo (así como en el nuestro) sucedió al Cristianismo. Ubique ei contradicitur, sigum, cui contradecitur. San Lucas capítulo 2, versículo 34.[71] Los frailes, pues, mi amadísimo compadre, tanto más deben ser amados de los hombres y de los fieles, cuanto son más aborrecidos de los infieles, y de esta casta de monas y macacos.

Compadre, voy en cuatro palabras a confundir a usted con su expresión de que también son los frailes perjudiciales al Estado; es decir, absolutamente dañosos. Dígame usted compadre, ¿qué los frailes son víboras ponzoñosas, o como las plagas de Egipto, que acaban con los hombres y con los campos, o como el Ángel exterminador, salteadores de caminos, infieles a su Príncipe y a toda sociedad, asesinos, crueles, y tiranos opresores de la viuda y del huérfano, no menos que enemigos de todos sus semejantes? Obstupes cite Coeli super hoc![72] ¡Pasmaos, Cielos, al oír tan horrenda blasfemia!, bien nos dice san Juan en su Apocalipsis: veniet enim tempus quale non fuit;[73] que llegará tiempo en que los hombres se manifiesten tales como jamás lo hubo desde que lo sacó de la nada. Vea usted, compadre, cómo suelto mis gerundiadas, las cuales huelen también a serviles. Sí, compadre, soy Servil, lo he sido y lo seré, lo mismo que usted lo es, y todos los hombres lo han sido, y lo serán. Soy servil porque soy amante acérrimo de mi Nación y de mi Rey; y aborrezco todo cuanto viene del otro lado de los Pirineos; soy servil porque soy Cristiano viejo, Católico, Apostólico Romano, que me viene por herencia, desde que Santiago y San Pablo y sus Discípulos predicaron la Fe de Jesucristo en España. No tengo nada de la doctrina que predicó Chepe Botellas;[74] soy Español por la gracia de Dios y de la Santa Madre Iglesia. No soy perjudicial al Estado, porque obro cuanto me mandan las legítimas Autoridades; así como tampoco lo son los Clérigos, Frailes y Monjas, pues por el estado Eclesiástico, y por las muchas almas justas que entre ellos hay, a fuerza de sus ruegos y súplicas detiene Dios los severos castigos que merece un siglo tan corrompido como el nuestro. Por los Frailes se conservan entre nosotros muchos preciosos monumentos de la antigüedad, pues ellos fueron depositarios de casi todos los libros antiguos de ciencia y de literatura, aun profana, y de los Claustros salieron también matemáticos, astrónomos, críticos, filósofos en todo género, y los más consumados teólogos; y lo que se dice de las ciencias, dígase también sin duda de toda literatura, historia, elocuencia y poesía en todo género en que muchísimos Frailes se han distinguido y se distinguen muy célebres en el mundo erudito.

Mas usted y otros dicen que a los escritos de los Frailes les falta cierta gracia y cierta elegancia, que se adquiere con la práctica del mundo, y que ésta no puede esperarse de unos hombres que están muertos para el mismo mundo. Usted sin duda quiere decir aquella elegancia que se encuentra demasiado en las prosas y poesías de los mundanos, dirigidas únicamente a halagar los sentidos y los apetitos con pinturas y con amores, que parece que vienen del santuario de la diosa de Pafos[75] para aumentar sus devotos adoradores. No permita Dios que tal gracia y elegancia se vea jamás en los escritos de ningún Fraile. Así los más sabios que hay de ellos sumamente la aborrecen, y la dejan toda para vosotros; pero la dejan no sé si para vuestro honor o vituperio, o más bien para vuestro daño y el de otros. Trasládense ustedes, señores críticos, si son justos, a aquellos siglos de tanta ignorancia y barbarie, y verán que sólo por milagro pudieron los Frailes llegar a tan alto grado de Sabiduría por estar todo el mundo envuelto en las mayores tinieblas, pudiéndoseles con razón llamar, sino primeros autores, a lo menos restauradores y ordenadores de toda la varia Teología que después se elevó, y continuamente se va elevando a la mayor perfección: por lo que se debe a los Frailes el mayor elogio, pues siempre trabajaron en ella con la mayor aplicación. La misma santa madre Iglesia honra a nuestros Frailes como Padres y Doctores suyos. Ella propone a los Frailes para el universal magisterio de sus hijos; y los Monarcas Católicos los han solicitado para sus reinos, conociendo las inmensas ventajas que les resultaban de tener Frailes en sus dominios. Dígame usted, compadre, ¿son los mequetrefes apoltronados del día los que, por dar vasallos al Monarca Español, trasiegan los mares, trepan las montañas, arrostran los peligros, exponen su vida, y la pierden con gusto; o son los Frailes, a quienes usted y otros llaman dañosos? ¿Es acaso usted y otros como usted los que andan cuidando de los hospitales, enfermerías y lazaretos? ¿Van ustedes a aquellos asquerosos lugares a ser compasivos espectadores de la mísera humanidad? ¿O son los frailes, a quienes ustedes llaman dañosos al Estado? Excitan ustedes a la observancia de las virtudes útiles y morales, como son (si no me engaño) la probidad, la lealtad y subordinación, la templanza, la caridad, el amor al trabajo, la tolerancia y conformidad en las penalidades, la honestidad, y el cumplimiento en suma de los propios deberes, ¿o lo hacen los frailes a quienes ustedes llaman dañosos y perjudiciales? Usted y todo el mundo son testigos de sus privados y públicos discursos.

Pero para ustedes son virtudes útiles el lujo desmedido, la vanidad de las modas, la superfluidad de los adornos, la pompa de los saraos, la delicadeza de las mesas, la multiplicidad de los placeres, las artes lisonjeras de los sentidos y apetitos. Y, al contrario, son para los hombres del día virtudes inútiles la aplicación a las propias obligaciones, la modestia decente, la directa economía, la frugal moderación, la beneficencia caritativa y, especialmente, la piedad religiosa. Si tales son los sentimientos de ustedes mismos, hacen a los frailes no la acusación, sino el elogio: se contradicen a sí mismos, promoviendo puntos arduos por su naturaleza; quieren la prosperidad de los estados, y sólo aplican los medios de su ruina; en lo que también contradicen ustedes a los mayores filósofos y políticos paganos, como Platón, Cicerón, Plutarco, Marco Aurelio, etcétera, etcétera, etcétera.

Ya yo me enfado, compadre, y no quiero proseguir, porque era necesario para rebatir su denigrativa, injuriosa, calumniante y criminal expresión de que los frailes son perjudiciales al Estado, escribir magistralmente, como a filósofos racionales y católicos, y sólo me contento con decir Ignosce eis Domine, quia nesciunt, quid faciunt, neque quid dicunt: perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen, ni lo que dicen.[76] Contarle [he] un cuentecito que me viene muy al caso. Ha de saber usted, compadre, que en cierta ocasión predicó un religioso o, vaya, Fraile, como ustedes dicen por desprecio (cuyo término viene derivado de la voz frater, que quiere decir hermano, desde el tiempo de los Apóstoles), y apoyado en una opinión, que había leído, aseguró que Pilatos se había salvado. ¡Error muy clásico! Fue denunciado, y le obligaron a que satisfaciese al público, que había escandalizado. En efecto, nuestro buen predicador se sujeta a la pena y, lleno de arrepentimiento y fervor, se presenta ante un auditorio numeroso, que esperaba oír la satisfacción más completa del clásico desatino, poco antes dicho por su boca; mas ¡cuál fue su sorpresa al escuchar las siguientes palabras! Señores, yo ni soy pariente ni allegado por otra línea de Pilatos; tampoco he estado en el Cielo, ni en el Infierno para ver dónde se halla[n]; y así supuesto que se me ha mandado me desdiga de lo que prediqué el otro día, lo hago diciendo que el tal Pilatos quede en la opinión que cada cual quiera darle. Sus afectos, y amigos podrán seguir la defensa de su felicidad, y sus contrarios y desafectos asegurarán que se condenó, siendo esto cuanto puedo decir sobre la materia. He aquí, compadrito, la satisfacción al público que usted me exige. Yo ni soy su pariente de usted ni lo conozco más que por sus hechos públicos: su honor se queda en su lugar. Yo me gloriaré en ser su fiel servidor y su constante amigo. Vivo en la casa del Imperio Romano, número tres, para lo que usted guste ocupar la inutilidad de

 

Fernando Demetrio González[77]

 

 


[1] México: Oficina de don José María Betancourt, calle Segunda de la Monterilla [1ª. y 2ª que iban al convento de san Agustín. Llamadas así por los alcaldes de montera que asistían al Ayuntamiento. Actualmente son las del 5 de febrero] número 7, 1820, 19 pp. Véase el folleto anterior.

[2] Vae homini illi, per quem scandalum venit. Ay de aquel hombre por quien viene el escándalo.

[3] “¡Ay del mundo por los escándalos! Porque necesario es que vengan escándalos; más, ¡ay de aquel hombre por el cual viene el escándalo!” Mt. 18, 7.

[4] Diccionario de la lengua castellana. Hoy conocido como Diccionario de autoridades. Editado en 6 volúmenes, entre 1726 y 1739, y reeditado en 1770; se editó un resumen en 1780 en un volumen, despojándolo de citas de las autoridades, que a su vez se reeditó en 1783, 1791, 1803, 1817 y 1822. Fernández de Lizardi conoció hasta la 6ª edición del Diccionario.

[5] petates. (Del azteca petatl, estera). Estera tejida de hojas de palma, en casi todo el continente americano. Por lo general se usa para acostarse, y sustituye al colchón entre la gente pobre. Se hacen de distintos tamaños y se aplican, además, a usos varios, principalmente entre indios campesinos, que construyen con ellos cestillas, canastillas, petaquillas, sombreros, tenates, etcétera, por lo común de vivos colores. Santamaría, Dic. mej.

[6] coco. Fantasma que se figura para meter miedo a los niños.

[7] intelligenti pauca. Al inteligente pocas palabras. Frase latina que equivale al refrán español: “al buen entendedor pocas palabras bastan”.

[8] En Repique brusco al Campanero, Fernández de Lizardi escribió: “[...] le doy de plazo quince días con apercibimiento de que si no lo verifica, lo denunciaré judicialmente, si antes no me da usted una pública y justa satisfacción, pues aunque le perdono la injuria [pues me califica de hereje a boca llena] no puedo consentir que vacile la opinión de mi catolicismo”. Cf. Obras X-Folletos, p. 312.

[9]Fernández de Lizardi cita: Pr. 22, 1; Pr. 26, 5; Ec. 19, 13-14; 5, 14-15; 28, 24-25; Sal. 25, 9-10; 26, 9.

[10] os bilinguae [sic] detestor. Detesto la boca de habla doble. Timor Domini odit malum, Arrogantium, et superbiam,/ Et viam pravam, et os bilingue detestor. Pr. 8, 13. La cita de Fernández de Lizardi es la siguiente: “Tenga usted presente que es maldecido el murmurador y el hombre de dos lenguas”. Cf. Obras X, p. 304. Corresponde a Ec. 5, 17, citado por Blanchard, Escuela de las costumbres, t. III, p. 237.

[11] “Y el Señor dice: Pues este pueblo se me acerca sólo de palabra y me honra sólo con los labios, mientras que su corazón está lejos de mí”. Is. 29, 13. “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí”. Mt. 15, 8.

[12] Curavimus Babilonem, et non est sanata; derelinquamus eam. “Hemos curado a Babilonia y no ha sanado; abandonémosla.” Jer. 51, 9.

[13] Médico de la Patria. F. P. A. autor de Remedios para el flujo de sangre por el Médico de la Patria, y reflexiones sobre la Confederación Patriótica al obispo de Málaga. México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1820. Analiza la elección de diputados a Cortes. Llama a elegir los que conocieran los problemas de España porque les darían las soluciones adecuadas.

[14] José de San Bartolomé. Cf. nota 20 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[15] También al verdugo azotan. Véase en este volumen.

[16]  “Y por la mañana volviendo á la ciudad tuvo hambre. Y viendo una higuera cerca del camino, vino á ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente, y le dijo: Nunca más para siempre nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera”. Mt. 21, 18-19. También Mr. 11, 12 y 11, 19.

[17] “Haz de espinas una cerca á tus orejas, y no des oídos á la mala lengua; y pon puerta y candado á tu boca”. Ec. 28, 28. En la obra de Blanchard leemos: “Haz, dice [el sabio], como un cercado de espinas a la entrada de tus oídos, y no escuches la lengua malvada (Seni aures tuas spinis, lingnam nequam noli audire. Eccles. 28, Prov. 25)” Escuela de costumbres, t. III, p. 196, vid. t. II, p. 256.

[18] Medice, cura teipsum. Médico, cúrate a tí mismo.

[19] Fernández de Lizardi había citado en su Repique brusco al Campanero Ec. 3, 19, que en realidad es 19, 13-14; Ec. 1, 28, que corresponde al capítulo 28 versículos 24-25.

[20] Cayo P... por Cayo Puto. Cf. nota 27 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[21] hopalandas y cogulla. Cf. nota 12 a El Campanero a su compadre..., en este volumen.

[22] En 1517 Martín Lutero se enfrentó a los predicadores de la Bula de las Indulgencias y en 1520 fue excomulgado por León X. Fernández de Lizardi recogió el juicio de Pico de la Mirandola contra Juan de Médicis, electo papa a los 36 años: infiel, desconocedor de la doctrina cristiana, ateo que compró el pontificado. Asimismo reproduce el juicio de Juan Antonio Morente sobre las ambiciones políticas expansivas. Sobre el tema de la condena en cuestión escribió: “Se suele ponderar el celo que manifestó de la religión católica contra Martín Lutero, y sus sectarios. Yo tendría por justo el elogio, si viese que León había quitado la materia de las declamaciones de Lutero y demás protestantes, refomando su curia eclesiástica [...] nada de esto hizo, sino irritar más a los que saltando por despecho la valla del dogma, pusieron el asunto en peor estado después de las luchas de León X contra Lutero [...] Si él [León X] hubiera sido como debía ser, hubiera conocido que fray Martín Lutero tenía razón en el principio para declamar contra las indulgencias vendidas.” Cf. Obras VI- Periódicos, pp. 316-317.

[23] Concilio de Ravena, año de 1581. Sólo tenemos noticia de Guibert, obispo de Ravena, antipapista conocido como Clemente III cuyo régimen duró de 1080 (¿1084?) a 1100. Fue adversario del papa Gregorio VII y pretendió realizar reformas influidas por la noble familia de los Margraves de Canossa. Después de la muerte de Alejandro II le sucedió Hildebrando, bajo el nombre de Gregorio VII; Giberto participó en el primer sínodo convocado en Roma en 1074, sin embargo poco tiempo después tomó partido en la oposición contra el pontífice con quien había luchado por la ciudad de Imola. Fue acusado de unirse en alianza con Cencius y el cardenal Hugo Candidus. Giberto se ausentó del Sínodo de Lenten en 1075, a pesar de su voto de obediencia, por lo cual Gregorio VII lo suspendió. El mismo año el emperador Enrique IV inició una guerra abierta contra el pontífice; en el concilio alemán de arzobispos en la ciudad de Worms, en enero de 1076, se resolvió deponer a Gregorio VII, entre los obispos simoníacos.

[24] Pío VI. Juan Ángel Braschi fue elegido papa en 1775. Murió en Valencia del Droma, Francia, en 1799. Se negó a aprobar la Constitución civil del clero de Francia. Fernández de Lizardi escribió: “No se puede negar a Pío VI el elogio de pacífico y prudente, [...] pero tampoco la historia podrá menos que imputarle tenacidad en la conservación de los derechos usurpados por sus antecesores en la Francia. ¡Es cosa terrible que los Papas no acaben de conocer la fuerza de la opinión pública, y que antepongan las grandezas del poder humano y temporal a la doctrina y ejemplos de Cristo y de San Pedro!” Cf. Obras VI-Periódicos, p.345.

[25] Inquisición. Cf. nota 4 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[26] El primer comunicado del número 16 de El Conductor Eléctrico se titula “Reflexión sobre el edicto del ilustrísimo señor arzobispo, publicado con fecha 18 de julio de 1820”. Fernández de Lizardi escribe: “Extinguido el Tribunal de la Inquisición, la autoridad eclesiástica que tenía delegada para juzgar sobre asuntos de religión, volvió a los señores obispos, como que son los legítimos jueces en la materia; pero no pasó a estos prelados la autoridad civil que tenía delegada la Inquisición; por consiguiente, no estando facultados dichos señores para prohibir ningún papel político, tampoco pueden dejar prohibidos iguales libros y papeles que prohibió la Inquisición, usando de la autoridad civil que no tienen los obispos. Se dice en el párrafo citado que se entienden alzadas o revocadas virtualmente aquellas prohibiciones que sean contrarias a lo que expresamente ordena el nuevo sistema; es así que expresamente ordena la libertad de los escritos políticos, luego la prohibición de ellos es contraria a lo que ordena la Constitución. Por tanto, y mientras no se nos explique el verdadero sentido de esta proposición, me parece que lo que debemos entender prohibido por este edicto son los escritos contra la fe que justamente prohibió la Inquisición”. Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 363-364.

[27] Pedro José de Fonte Hernández y Miravete. Cf. nota 4 a El Teólogo Imparcial, número 4, en este volumen.

[28] Excomunión de la Bula de la Cena. “BULA, in Caena Domini. Llamase así una Bula que lée públicamente el dia de la Cena, esto es, el Jueves Santo, un Cardenal Diacono, en presencia del Papa, acompañado de los demás Cardenales y Obispos. Contiene una excomunión contra todos los Hereges, los contumacos y desobedientes à la Santa Sede. Después de leida, tira el Papa una hacha encendida à la plaza publica, en señal de anatema fulminado. En la Bula del Papa Paulo III del año de 1536. Se enuncia desde el principio, que es costumbre antigua de los Soberanos Pontífices, el publicar esta excomunión el dia Jueves Santo, por conservar la pureza de la Religión Cristiana, y mantener la union de los Fieles; pero no se annota en ella el origen de esta ceremonia. Los principales puntos de esta Bula conciernen à los Hereges y sus Fautores, y alos Pyratas y Corsarios, à los que imponen nuevos peajes; à los que falsifican Bulas y demas cartas Apostólicas; à los que maltratan à los Prelados de la Iglesia; à los que turban ò quieren restringir la Jurisdicción Eclesiástica, aun con el pretexto de impedir algunas violencias, aunque sean Consejeros ò Procuradores Generales de los Principales Seculares, ya Emperadores, Reyes ò Duques; à los que usurparan los bienes de la Iglesia, etcétera. Todos estos casos son reservados al Papa, y ninguno [sic] Sacerdote puede absolver de ellos sino en el artículo de la muerte”. Cf. Luis Moreri, El gran diccionario histórico..., t. II, p. 517.

[29] quia prohibitia. Porque están prohibidas.

[30] quia mala. Porque son malas.

[31] María Dolores Orendáin. Hija de Manuel Orendáin y de Ildefonsa Hurtado. Natural de Tepotzotlán y vecina de la parroquia de San Pablo hasta el 5 de junio de 1813, fecha en que se casó con Fernández de Lizardi. Cf. nota 16 al folleto anterior.

[32] Fernández de Lizardi escribe en el Repique brusco al Campanero: “Pues ahí tiene usted, querido compadre, que como mi mujer se llama Dolores, ella ha sido la que ha pensado y la que se ha visto tentada de pegarme mis hurañadas, porque dice que quién es esa Joaquina que usted cita: yo le respondo que fue broma de usted, que no cree en boberías; mas ella no [tiene] forma de aquietarse. [...] es preciso, so cargo de conciencia que usted venga a mi casa y la saque de este error, pues no es justo que, sin comerlo ni beberlo, esté pasando una vida infernal con mi costilla”. Cf. Obras X-Folletos, p. 309.

[33] la prohibe. El laísmo era frecuente en la época. Fernández de Lizardi se ocupa de este fenómeno lingüístico: “tatita, este rigorismo [contra el laísmo] es propio en la poesía, no en la prosa, donde es indiferente el artículo le o la para el género femenino. Oiga usted, no a mí, sino a nuestra maestra la Academia. [...] El añadir al dativo el le o les, lo tiene usted por un crimen gramatical. Pues estudie la Gramática castellana, y verá que dice en la parte 2, capítulo 2, artículo 4, página 260: ‘Muchas veces es necesario repetir el pronombre en dos distintas terminaciones antes o después del verbo para dar mayor claridad a la expresión, y así se di