SEGUNDA CARTA DE EL SEVERO CENSOR A EL PENSADOR MEXICANO

EN DEFENSA DEL ESTADO ECLESIÁSTICO[1]

 

 

Muy señor mío: antes que hablemos de la libertad, que es de la que usted trata al número 12,[2] página 97, después de habernos explicado la igualdad,[3] me permitirá usted una corta digresión,[4] porque a la verdad estoy algo incómodo y electrizado contra esos sacerdotes, confesores, predicadores frailes, etcétera, que son delincuentes y abusan de su ministerio, y, por tanto, es justo permitirle a usted use de su libertad a su salvoconducto y como quiera: publique enhorabuena todos sus defectos, llénelos de injurias y trátelos como más sea de su agrado, llévense esa pena, pues son dignos del más severo castigo. Mas antes que lo practique, quiero hacerle una pregunta bien corta y de poca consideración, y es ésta: ¿está usted inocente? ¿Qué tal se halla esa conciencia? ¿Qué dice el Conductor Eléctrico?[5]

            No imagine usted ni nadie que quiero difamarlo, y que quizá tengo algunos motivos particulares para hacerlo, pues, aunque así fuera, guardaría silencio por ordenármelo la caridad: hablo sólo por aquella razón general (y por la conducta que observo en su periódico), por la cual todos nos debemos confesar reos, como efectivamente lo somos a los ojos de Dios. Supuesto esto vamos al caso, entre dentro de sí mismo; vea usted si se halla inocente, coja la piedra en su mano y prevéngase a ejecutar la justicia mientras le refiero este pasaje del Evangelio.

            Presentan a Jesucristo, vida nuestra, sus enemigos a una mujer adúltera, criminal y digna de muerte, según la ley, la acusan y quedan suspensos, entre tanto esperan de su boca la sentencia. El Señor inclinado a la tierra escribe..., pero ¿qué? (estreméscase, usted, señor Pensador los pecados de los acusadores, dice san Jerónimo); ellos al ver tanta demora en sentenciar la causa, claman, instan e importunan al Salvador; mas el Señor entonces, poniéndose en pie, no niega que la mujer que le presentan sea delincuente, ni que no deba morir juzgada con todo el rigor de la ley: “eha, pues, les dice, cúmplase la ley: el que de vosotros se hallare sin pecado, tire la primera piedra.”[6] Vosotros, o escribas (expone el sapientísimo Cornelio Alapide),[7] sois reos de mayores crímenes que esta adúltera que me presentáis, como lo testifica vuestra misma depravada conciencia, a la que os remito. No seáis pues tan rígidos ni importunos en solicitar la condenación de esta mujer, y si vuestra conciencia os pone a la vista vuestros delitos, perdonadla, vedla con misericordia para que a vosotros se os trate del mismo modo. No es mucho que siendo vosotros reos os compadezcáis de una reo, siendo pecadores de una pecadora; si la condenáis, del mismo modo debéis condenaros a vosotros mismos. Si os resolvéis a apedrearla, con más justa razón debéis ser apedreados. ¿Qué digo apredreados?, aun quemados vivos. “¡Oh, respuesta de la sabiduría eterna! (exclama el gran padre san Agustín) ¿de qué modo, con qué industria los hace entrar dentro de sí mismos? En lo exterior calumniaban; mas en lo interior no registraban sus conciencias.” ¡Ojalá, señor Pensador, si el tiempo que consumimos juzgando a nuestros prójimos, y prójimos tales como los sacerdotes, lo empleáramos en juzgarnos a nosotros mismos, para no ser reprobados con este mundo! ¿Por qué juzgas a otros (nos reconviene el apóstol), y a ti mismo no te juzgas? En el mismo hecho, haciéndote reo, echas contra ti la sentencia.[8] ¿Ha oído usted ,señor Pensador? Pues dígame ¿qué hay en el caso? Si está usted inocente, tire enhorabuena su piedra; pero si no, tome el partido prudente de los acusadores de la adúltera, largue la piedra, cuelgue su pluma y escápese. Y volvamos a nuestra conferencia sobre la libertad que consideraremos, primeramente, en el estado natural y de la justicia original, como la recibimos de nuestro Criador; después, sujeta a la ley o escrita o de gracia, y últimamente como virtud civil y del modo como la ordena nuestra sabia Constitución.[9]

            Ella es en el primer estado (según expresión de un célebre autor de nuestros tiempos),a una joya preciosísima que el Omnipotente sacó de su seno para enriquecer al hombre noble hechura de sus manos. Este precioso don lo distingue de los demás seres sensibles, haciéndolo superior a todos ellos, y semejante a su Criador. Ella lo pone capaz de obrar con merecimiento, eligiendo el bien (si es recta y gobernada por la razón) y detestando el mal. Es ella el muelle real o agente principal, que pone en movimiento todas sus operaciones, y sin la libertad sería el hombre un autómata. Ella lo vivifica y lo hace superior a todo en este mundo visible, conduciéndolo, por último, a la posesión del Sumo Bien.

            Dotado el hombre de esta emanación del divino Ser, en el instante de su creación, y en el estado de la justicia original, quedó en disposición de obrar el bien o el mal según le pareciese, sin que para esto hubiera quien le atase las manos. Mas al mismo tiempo, por medio de un soplo de vida, le infundió el Creador la luz de la razón eterna con que se gobernase, y, por tanto, podía más fácilmente, y sin ninguna violencia, amar el bien y detestar el mal, pues la parte concupiscible estaba sujeta a la razón, imagen viva de la divinidad, que poseía el hombre dentro de sí mismo como atributo esencial que constituía su ser.

            Mas ofuscada esta razón por el pecado original, y debilitado y enfermo el libre albedrío por la rebelión de las pasiones, necesitó después el freno de la ley ya escrita, ya de gracia.

            La dura cerviz del pueblo hebreo, su propensión a la idolatría, y las groseras ideas de que estaba poseído, dio ocasión a que en la ley escrita, que se le intimó, hubiese una especie de servidumbre que la hacía áspera y austera, y, habiendo vivido en ella por espacio de veinte siglos, apareció por último sobre la Tierra el divino Reparador del género humano, que había de librar no sólo a aquel pueblo que gemía bajo el yugo de la ley, sino también a todo el género humano de la esclavitud del pecado. Así lo testifica el apóstol por estas palabras:b “Mas cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su unigénito Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que gemían bajo de su yugo.” Y he aquí que, gobernado el pueblo hebreo en la antigua ley por el temor, comenzó en la nueva ley él y todo el universo a ser regido por la ley del amor o de la caridad que es lo mismo. “Y sin embargo de que en ambos Testamentos (dice el gran padre San Agustín), se hallen unidos amor y temor, con todo, prevalece en el antiguo el temor y en el nuevo el amor, llamado aquél por los apóstoles ley de servidumbre, éste ley de libertad.”c

            “Ley de libertad es pues la evangélica, como regida y gobernada por la caridad, que es ley de amor, y esta santa libertad evangélica se dejó ver luego en el sagrado día de Pentecostés, en que fue publicada la nueva alianza, día en que recibieron los apóstoles juntamente con los demás dones del divino Espíritu que los animaba, el de fortaleza, por el cual, revestidos de una santa libertad, en el momento mismo anunciaron al pueblo la venida del Justo, y sin perturbarlos temor alguno dieron en rostro al terrible y déspota Synedrio[10] y juntamente a todo el rebelde pueblo con el horrendo deicidio que poco antes habían cometido. Le aseguran francamente que en ningún otro nombre hallarán salud, sino en el de aquel que juzgado por criminal acaban de suspender en un patíbulo. Pero como esta santa libertad estaba fundada en la caridad, al punto los disculpa el Príncipe de los apóstoles hablándoles de esta manera: ‘Ea, hermanos (les dice), yo bien sé que este atentado lo habéis cometido así vosotros como vuestros príncipes, por pura ignorancia, contribuyendo ésta al cumplimiento de los vaticinios que Dios, por boca de los profetas, os tenía anunciados: no temáis, pues tenéis francas las puertas del arrepentimiento para borrar vuestras culpas, y así se os abrirán las de la salud eterna, cuando lleguen los tiempos del refrigerio en el nombre de aquel mismo que habéis crucificado.’”[11]

            Armado de esta misma libertad evangélica el intrépido e ilustre protomártir Esteban,[12] después que hace una prolija y circunstanciada narración de la dureza y depravada conducta con que este rebelde pueblo se había manejado desde los tiempo de Moisés, hasta los del Salvador, no duda llamarle, a vista del suplicio que le espera, gente de dura cerviz y de incircunciso corazón, y siempre resistente al Espíritu Santo. Mas la caridad, inseparable compañera de este santo celo, le dicta en el mismo suplicio y al tiempo de expirar, mirando al mismo tiempo los cielos abiertos y al Hijo de Dios a la diestra de su Padre, que no maldiga ni injurie a sus perseguidores, antes bien ruegue por ellos, y así entregue dulcemente su espíritu en manos de Jesús que ve presente. Compare usted señor, Pensador, esta santa libertad apostólica, regida por la caridad, con la desenfrenada y maldiciente de su periódico.

            La sangre de Esteban me ha servido para dar el último y más bello colorido a la libertad evangélica: libertad ilustrada por la fe, sostenida por la esperanza y animada de la caridad. Libertad que dio vigor a los mártires para resistir, confundir y burlarse de sus tiranos. Libertad que les hizo despreciar y sufrir los más espantosos y crueles tormentos que el más cruel y fiero despotismo les preparaba, y arrostrar con alegría y serenidad la misma muerte. Libertad que en los siglos de oro de la Iglesia pobló los desiertos de ángeles en carne humana. Libertad que hizo de los confesores unos verdaderos atletas para luchar con sus pasiones, desafiando al mundo, al demonio y al hombre carnal y terreno. Libertad, en fin, que ocupa en el empirio los asientos que dejaron vacíos los ángeles rebeldes.

            A la libertad considerada en el orden civil nada añadiré a lo que usted, por sí mismo, o citando al excelentísismo señor arzobispo de Toledo tiene ya referido,[13] pues confieso con la ingenuidad que me es genial, que está perfectamente explicada y distinguida, como es razón, del libertinaje, tan contrario al orden social y al espíritu de nuestra sabia Constitución. Sólo resta ver si la conducta que usted observa en su periódico se aviene con estas justas ideas de su entendimiento, y si es regida por las leyes de la caridad cristiana, principio por donde debe gobernarse la libertad en todo evento; o sólo quedan reducidas a ideas platónicas.

            Es el hombre, en orden a su libertad, de cualquier modo que se considere, al modo de una máquina bien organizada y perfecta, cuyo movimiento depende del muelle real (así se explica el grande Almeida) que es la libertad, y cuyo moderador o péndula es la ley divina, o, por mejor decir, la caridad, la más sublime de las virtudes y centro común a que se dirigen las demás: sin esta péndula o moderador, se desordena y precipita a lo profundo el libertinaje, al modo que sucedería a la supuesta máquina si le faltase la péndula, pues el muelle real, principio de sus movimientos, la desordenaría y daría con ella en tierra, completando su ruina. En el caso estamos, la libertad sin la caridad es causa de nuestra ruina temporal y de nuestra miseria eterna: la libertad dirigida por la caridad nos colmará de imponderables bienes, nos hará buenos ciudadanos, buenos religiosos y nos conducirá, por último, a lo sumo de nuestra felicidad.

            Toda la suma de la ley es la caridad, o la ley en suma es la misma caridad: amar a Dios sobre todas las cosas (dice Cristo vida nuestra) y al prójimo como a nosotros mismos,[14] es todo el hombre. El apóstol san Pablo en su primera epístola a los de Corinto, al capítulo 13, versículo 4, nos enseña a conocer a esta reina de las virtudes por los caracteres u oficios siguientes, que yo expondré en el progreso de esta censura conforme la explican, o ya el padre San Gregorio en el primer libro de sus Morales, capítulo 8,[15] o el sapientísismo Calmet[16] en el lugar ya citado. Dice pues el apóstol: “La caridad es paciente y benigna; la caridad no conoce lo que es celo o emulación; no obra con perversidad, desenfreno o malicia; no se infla o envanece; no es ambiciosa; no busca lo que es suyo; no se irrita; no piensa mal; no se alegra en la iniquidad; congratula a la verdad. Todo lo sufre, todo lo tolera; todo lo cree; todo lo espera”;[17] veremos pues si el modo de proceder de usted respectivo a los eclesiásticos es conforme a estos caracteres de la caridad.

            No haré por ahora un exacto análisis de todo lo que hay censurable en su periódico sobre la materia que me propongo (pues esto sería nunca acabar), y sólo quedaré sastisfecho con probarle a usted que, faltando a estos oficios de la caridad, carece de ella, que es moderador o péndula que rige nuestra libertad, como he demostrado, y, por consiguiente, se ha precipitado... ¿a dónde? Yo no lo digo, hable el Conductor Eléctrico.

            Baste por ahora, pues me acaban de decir ha llegado de Tontonatepec el señor don Marcos Martín Moreno,[18] en consorcio de más de la mitad de aquellos vecinos, que vienen a contestar con usted sus asuntos y escrúpulos, y sería imprudencia quitarle el tiempo que necesita para resolver sus dudas.

            Dios guarde a usted muchos años, etcétera

 

El Severo Censor[19]

 

(Se continuará)[20]

 

Se expende ésta y la primera Carta en la Librería de Recio, Portal de Agustinos letra B.[21]

 

 

 



[1] México: Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 1810. Por ser continuación del folleto anterior, el presente lleva numeración corrida, inicia en la página 9 y concluye en la 16.

[2] Este número de El Conductor Eléctrico, lleva por subtítulo: “Destrúyese la última objeción que la ignorancia y el servilismo oponen a la Constitución y ésta es la mal entendida. LIBERTAD.” Fernández de Lizardi aborda aquí la libertad, y la distingue del libertinaje. Trata sobre el derecho que tiene cualquier hombre a ejercer su libertad. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 335-340.

[3] Cf. nota 32 a Primera carta de El Severo Censor..., en este volumen.

[4] degresión en el original.

[5] El Conductor Eléctrico. Cf. nota 6 a Cuartazo a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[6] “Mas como porfiasen ellos [escribas y fariseos] en preguntarle, se enderezó, y les dijo: El que de vosotros se halle sin pecado, tire contra ella el primero la piedra. Y volviendo a inclinarse otra vez, continuaba escribiendo en el suelo [...] Entonces Jesús, enderezándose, le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Ella respondió: Ninguno, Señor.” Jn. 8, 7-11.

[7] Cornelio Alapide. Cf. nota 95 a Auto de Inquisición contra el Suplemento..., en este volumen.

[8] Por lo cual eres inexcusable, oh, hombre, cualquiera que juzgas porque en lo que juzgas á otro, te condenas á ti mismo; porque lo mismo haces, tú que juzgas.” Ro. 2, 1. “Mas tú por qué juzgas á tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias á tu hermano? Porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo.” Ro. 14, 10.

[9] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen. Fernández de Lizardi había argumentado que si la Constitución declaraba como religión única del Estado la de Jesucristo, no se tenía libertad para oponerse directa ni indirectamente a la moral cristiana ni a las máximas del Evangelio, y añadía: “Empero, siempre habrá, como ha habido, hombres pervertidos y relajados que burlándose de las leyes divinas y humana traten de satisfacer sus pasiones criminalmente.” Cf. Obras IV-Periódicos, p. 336.

a El padre Almeida en su Hombre feliz [El hombre feliz, independiente del mundo, y de la fortuna; o Arte de vivir contento en qualesquiera trabajos de la vida: Dedicado a la Serenísima Señora Infanta Doña Carlota Joachina, obra escrita en portugués por Teodoro Almeida. Sabio y erudito sacerdote portugués, crítico y naturalista, nacido en Lisboa en 1722 y muerto en 1803. Ingresó como religioso en la Congregación del Oratorio y fundó la Academia Real de Ciencias de Lisboa. Entre sus obras se cuentan además: Recreación filosófica ó Diálogo sobre la filosofía natural, Armonía de la Razón y de la Religión (1742), El Amigo de la religión y del Rey, Tesoro de paciencia escondido en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo].

b Epístola ad Galat, capítulo 4, versículo 4 [“mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción”].

c De morib ecc, libro I, capítulo 28 [De Moribus Ecclesiae Catholicae, cap. 28 “Sobre hacer el bien al alma de nuestro prójimo. Dos partes de la disciplina, restricción e instrucción. Por medio de la buena conducta alcanzamos el conocimiento de la verdad.” En el apartado 56 se lee: “esta disciplina, entonces, que es la medicina de la mente [...] incluye dos cosas, restricción e instrucción. La restricción implica temor, y la instrucción, amor, en la persona beneficiada por la disciplina; y para el que da el beneficio hay amor sin temor. Para ambos Dios mismo [...] nos ha dado una regla de disciplina en los dos Testamentos. Porque, aunque ambos se encuentran en los dos Testamentos, el temor sigue siendo prominente en el Antiguo, y el amor en el Nuevo; al primero llaman los apóstoles servidumbre, y libertad al segundo.”].

[10] Synedrio. Sinedrio. Vocablo de origen griego que nombra el consejo supremo de los judíos, o bien el sitio donde se reunían. En este caso se refiere a aquellos judíos que reunidos en Jerusalén se burlaron del don de lenguas dado a los apóstoles el día de Pentecostés diciendo: “están llenos de mosto”. Hch. 2, 13.

[11] San Pablo a la letra escribió: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros no fui con altivez de palabra o de sabiduría, a anunciaros el testimonio de Cristo. Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve yo con vosotros con flaqueza, y mucho temblor y temor, y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios. Empero hablamos sabiduría entre perfectos, y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que se deshacen, mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de gloria” 1 Co. 2, 1-8.

[12] San Esteban. Primer mártir del cristianismo, lapidado en Jerusalén. Se recuerda el 26 de diciembre. Después del día de Pentecostés, los apóstoles nombran 7 diáconos para que sigan con la predicación, nombraron a Esteban, Felipe, Prócoro y Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás. Esteban obró milagros, hecho que levantó a algunos de la sinagoga en su contra. Éstos, infamándolo lo llevaron a concilio, donde se defendió con un elocuente discurso (Hch., cap. 7) en que los acusó de resistirse al Espíritu Santo. Enfurecidos lo arrojaron fuera de la ciudad, donde lo apedrearon hasta matarlo, uno de los testigos fue Saulo, quien como los otros consintió en el suceso. Hch. 6,7 y 8. Fernández de Lizardi cita a San Esteban en el Suplemento de 12 feb. 1814, t. III, de El Pensador Mexicano. Cf. Obras III-Periódicos, p. 515.

[13] Cf. notas 28 y 32 a Primera carta de El Severo Censor..., en este volumen.

[14] “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos pende toda la Ley y los profetas.” Mateo 22, 36-40. También en Marcos 12, 28-31, Lucas 10, 27, Romanos 13, 9, Gálatas 5, 14 y Santiago 2, 8. Fernández de Lizardi lo cita también en El ángel que anoche se apareció a El Pensador Mexicano. Escrito por él mismo; Protestas de El Pensador ante el público y el señor provisor y en Generosidad de los ingleses y baile benéfico a los apestados. Cf Obras XIII-Folletos.

[15] San Gregorio. San Leandro, siendo arzobispo de Sevilla hacia 580, instó a San Gregorio a escribir los Comentarios sobre Job. Los Morales es pues la interpretación alegórico histórico del libro de Job y sus aplicaciones morales. La obra entera consta de 35 libros, en el año de 595 llegan los Comentarios a Sevilla. El capítulo 8 del libro I analiza el versículo 5: “Y después que eran pasados los días del convite de cada uno, enviaba Job y santificábalos; y levantándose por la mañana, por cada uno de ellos ofrecía sacrificio”. San Gregorio expone que los convites raramente vez se dan sin pecado, pues hay vicios que difícilmente se apartan de los convites, ya que el deleite es compañero de los manjares. El convite se sigue por la locuacidad, pues “cuando el vientre está harto la lengua se desenfrena”. En la Santa Escritura, dice, “muchas veces se trata de las virtudes y también de los vicios con tal condición que, cuando nos demuestra lo uno hablando, callando, nos declara lo otro.” Job hacía convite al octavo día, lo que muestra que honraba el misterio de la Resurrección: “porque el día que ahora llamamos domingo es tercero del día en el cual el Redentor murió; pero el que es octavo en el orden de su condición, es primero en la condición de su dignidad”. San Gregorio Magno, Los morales, versión del licenciado Alonso Álvarez, t. I, Buenos Aires, Poblet, 1945, pp. 8-10.

[16] Agustín Calmet (1672-1757). Teólogo e historiador francés. Autor de Historie de l’Ancien et du Nouveau Testament, un Comentario literal acerca de todos los libros del Viejo y del Nuevo Testamento y de la Historia eclesiástica y civil de Lorraine. En el Correo Semanario de México, núm. 16, se lee: “El benedicto Calmet ha impreso tres gruesos volúmenes del diccionario de la Biblia, en los que, para explicar mejor los Mandamientos de Dios ha añadido cien grabados en los que se ven planes de batallas y de sitios”. Cf. Obras VI-Periódicos, p. 259.

[17] A la letra san Pablo: “La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no hace sin razón, no se ensancha; no es injuriosa, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; no se huelga en la injusticia, mas se huelga de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca deja de ser: mas las profecías se han de acabar; y cesarán las lenguas, y la ciencia ha de ser quitada; porque en parte conocemos y en parte profetizamos; mas cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte será quitado.” 1 Co. 13, 4-10.

[18] Marcos Martín Moreno. Cf. nota 4 a Motivos para que mueran..., en este volumen.

[19] Severo Censor. Cf. nota 36 a Primera carta de El Severo Censor..., en este volumen.

[20] Se anuncia la continuación de esta Segunda carta, no sabemos si efectivamente se publicó.

[21] Librería de Recio. Librería de [Manuel] de Recio. En el actual Zócalo se ubicaban las alacenas donde se expendían los diarios, y folletos publicados en México y España. La librería pertenecía a Manuel Recio y estaba en el Portal de Mercaderes en el lado occidental de la Plaza Mayor, frente al Palacio Nacional, interpuesto en medio del Parián.