RECUERDOS DEL 9 DE JULIO DE 1820.

CARTA DE EL COLEGIAL A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

 

Señor Pensador: mañana es el día más brillante y glorioso que la divina providencia del Dios de paz y de bondad señaló más allá en sus inmortales designios, para instalar solemnemente las bases de la felicidad. Los individuos todos de esta vasta monarquía han recobrado su justa libertad civil, arrancándola de manos de la arbitrariedad ministerial cuando más se empeñaba en asegurar la usurpación a la sombra del rey más benéfico y justo que han visto los anales de España. Día 9 de julio de 1820,[2] día de honor y de inmortalidad para los fastos de nuestra historia, en que una nación religiosa y fiel se ve representada bajo el solio de la majestad unida ya al padre de los pueblos, que ha de sancionar las leyes dictadas por ellos mismos para su felicidad total. ¡Cortes, religión, ley, libertad, monarca! Nombres preciosos que deben llenar de un entusiasmo puro y sincero a todos los que se glorian de ser individuos de esta gran familia. Cortes, nación, españoles de ambos mundos, mañana levantáis vuestra frente majestuosa a la faz del universo para llenar de satisfacción a los amigos de la libertad civil, y a los adoradores de virtudes sociales consagradas por la religión, en las aras de la patria para la felicidad común. La religión se verá libre del fanatismo y de la impiedad, que son las dos sombras opuestas que empañaron hasta aquí su candor divino. La ley no dependerá ya del arbitrio de los hombres, porque su divina influencia los dominará a todos con amor y con dulzura. La libertad será conducida por la misma ley augusta que la cubrirá con su égida divina, para que ni los abusos la perturben, ni la ambición intente oprimirla en la servidumbre; y el monarca, nuestro amado Fernando VII ya no será una sombra funesta que nos presente la caja de Pandora en recompensa de nuestro acendrado amor, sino la de un padre bondadoso y lleno de ternura, que llenará su alma de delicias al verse rodeado de sus heroicos hijos, que en vez de mirarse con ojos sumisos, y con semblante triste y macilento, sumergidos en el temor de la mano ominosa que empuñaba aquel cetro de hierro, sólo le adorarán con semblante risueño en las efusiones de su amor, reciprocando sus miradas de majestad y de ternura.

            ¿Y será posible, señor Pensador, que nosotros miremos con indiferencia este gran suceso señalado para el día de mañana, del cual dependen todas nuestras felicidades sobre la tierra? No creo yo esto de mis paisanos: recuérdeles usted en lo particular que,por lo que pertenece a las autoridades que nos gobiernan,[3] como tan religiosas y tan amantes del rey y la Constitución[4] que hemos jurado, ya estarán previniendo por lo menos una función de rogación pública en la santa iglesia Catedral,[5] donde los excelentísimos señores virreyes, ayuntamiento, etcétera, unidos con nosotros, pidamos al Dios de las misericordias dirija los primeros pasos de nuestro rey y representantes en la grande obra de nuestra regeneración política. El ilustrísimo señor arzobispo,[6] que apenas supo otras veces que nuestra reina aguardaba su parto, cuando luego mandó celebrar rogaciones en Catedral, y demás iglesias y parroquias de la mitra,[7] hará lo mismo ahora, dirigiendo sus fervorosas súplicas al Supremo Legislador, para que en un negocio de tanta trascendencia en lo moral y político se tenga el acierto necesario, que como verdadero príncipe de la Iglesia desea (como lo tiene acreditado) la felicidad de todos los españoles; y nosotros, todos los que nos gloriamos de ser cristianos primero que ciudadanos, debemos implorar las luces del Espíritu Divino, para que dirija e ilumine a nuestros representantes en las Cortes Generales, y que en todo se haga lo que convenga a la voluntad del Legislador Eterno que es la misma Ley por esencia.

            Su afectísimo

 

El Colegial[8]

 



[1] México: Impreso en la Oficina de don Alejandro Valdés, 4 pp. Fernández de Lizardi respondió a este folleto con otro titulado El día nueve de julio. En respuesta al papel de El Colegial, cf. Obras X-Folletos, pp. 211-213.

[2] “El día 9 de julio tenía lugar la ceremonia de apertura de las Cortes, comenzando los actos con la renovación por parte del rey del juramento de la Constitución, que anteriormente hiciera en difícil coyuntura. Tras unas palabras adecuadas a las circunstancias del momento, pronunciadas por el presidente de las Cortes, Fernando VII dio lectura de su primer discurso de la corona [...] con el que se inicia la tradición política de informar al país sobre las líneas fundamentales del programa de gobierno del Gabinete. El texto que leyó el monarca comprendía ciertas alusiones críticas a la época anterior y concluían con la promesa de mantener y defender la Constitución: ‘Al establecimiento y conservación entera e inviolable de la Constitución, consagraré las facultades que la misma Constitución señala a la autoridad real, y en ello cifraré mi poder, mi complacencia y mi gloria’ [...] Las Cortes de 1820 pondrán de manifiesto el carácter democratizante de la Constitución de 1812, por cuanto es a partir del 9 de julio de aquel año, cuando se inicia el régimen de cogestión monarca-Cortes.” Cf. Ramón Menéndez Pidal (dir.), Historia de España, t. XXVI, p. 677.

[3] Fernández de Lizardi respondió en El día nueve de julio...: “dudo que nuestras autoridades respetables no se presten orgullosas a tan sagrado desempeño [de celebrar públicamente la jura de la Constitución] [...] si yo tuviera la competente autoridad, lo mandaría por bando. Pero ya que no puedo, avisaré, a lo menos qué conviene.” Cf. Obras X-Folletos, pp. 212-213.

[4] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[5] Catedral. Cf. nota 12 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Marzo 3, 5 y 6 de 1813, en este volumen. A esto respondió Fernández de Lizardi en El día nueve de julio...: “aunque es muy buena y muy santa la invitación de usted para que se diga una solemne misa de rogación, implorando la gracia del Espíritu Santo para los señores diputados que abrirán mañana la primera sesión de Cortes, como que es muy regular que se haya hecho, sería yo de parecer que acá celebráramos este día primeramente con una solemnísima misa de gracias, ofreciendo al Eterno padre la hostia inmaculada y agradable, por habernos concedido ver el presente 9 de julio.” Cf. Obras X-Folletos, pp. 211-212.

[6] Se refiere a Pedro José de Fonte (1777-1839), último arzobispo español en México, electo en 1816, cargo que ejerció hasta 1822. Doctor en cánones y canónigo penitenciario de Zaragoza. En México fue juez de testamentos, provisor, vicario general, cura del Sagrario, canónigo doctoral, inquisidor honorario y primer catedrático de disciplina eclesiástica en la Universidad. Se opuso a la Independencia. En 1821 la reconoció condicionalmente y colaboró a su implantación. Al desconocerse los Tratados de Córdoba en España se retiró a Cuernavaca, después se embarcó en Tampico rumbo a la Península, no volvió ni renunció hasta que lo obligó la santa sede en 1837.

[7] parroquias de la mitra. Las conforman el actual Sagrario, San Miguel, Santa Catarina, Santa Veracruz, San José, Santa Ana, Santa Cruz y Soledad, San Sebastián, Santa María la Redonda, San Pablo, Santa Cruz Acatlán, Salto del Agua, Santo Tomás la Palma y San Antonio de las Huertas.

[8] El Colegial. José María Iturralde y Revilla. Hizo sus estudios en el Colegio de San Juan de Letrán. Doctor en cánones y licenciado en leyes por la Universidad. Catedrático de la misma. Fue diputado al primer Congreso Constituyente, y rector de Letrán de 1825 a 1834. Siendo diácono entró como prebendado al Cabildo de Guadalupe. Publicó versos y estudios jurídicos. El otro folleto de Iturralde a Fernández de Lizardi se titula El Colegial a El Pensador sobre elecciones de electores, firmado por J. M. I., véase en el volumen dos de esta Antología. En El día nueve de julio... Fernández de Lizardi se dirige a él en estos términos: “Amigo mío: Acabo de leer su papel de usted. Me gusta por su estilo, por su objeto y por el espíritu constitucional que dirigió su pluma al escribirlo.” Cf. Obras X-Folletos, p. 211.