PRIMERA PREGUNTA A EL PENSADOR MEXICANO

SOBRE PASAPORTES Y CABALLOS[1]

 

 

 

Señor Pensador: hallándome yo anoche recostado fumando un puro en el canapé de mi cuarto, después de haber leído infinidad de papeles, y con mi cabeza transtornada por las innumerables ideas que contienen éstos, se me ocurrió hacerle a usted una pregunta. Ella, a la verdad, parece majadera; pero, no obstante, como ha llegado el caso de manifestar cada uno sus pensamientos, sean tuertos o derechos, vengan a tiempo o no vengan, no dudé un punto en hacerlo, pues como he visto en sus apreciables obras que siempre ha manifestado un acendrado amor a la patria y el interés más grande en defender los derechos del ciudadano y la Constitución de la Monarquía,[2] yo, que no entiendo palotada[3] de ninguna de estas cosas, sino el pan, pan y el vino, vino, me pareció muy prudente el preguntar a usted un asunto (a mi corto entender) muy importante, que hace mucho tiempo que traigo barajando en mi desbaratada cabeza, y es el caso.[4]

Hace días que se publicó en esta capital felizmente nuestra amada Constitución,[5] por la que tanto hemos suspirado; y siendo una de las leyes fundamentales de ella la libertad del ciudadano,[6] quiero preguntar a usted ¿por qué razón no se han extinguido ya esos pasaportes y esas licencias de caballos,[7] siendo incompatibles con las leyes que hemos jurado guardar y defender y con la libertad política de cada individuo?[8]

Aseguro a usted que bastantes malos ratos me han dado los malditos pasaportes (ni siquiera quiero acordarme) en nueve meses que por mi desgracia estuve obligado a expenderlos. ¿Creerá usted, señor Pensador, que muchas noches me levantaban de la cama a las dos de la madrugada para pedirme pasaportes? Pues no le parezca a usted ponderación, ésta es la realidad; y efectivamente tenían razón estos infelices: yo en su pellejo no hubiera dispertado[9] a un triste teniente que era yo entonces de Justicia,[10] sino al sursum corda;[11] porque, amigo mío, diez pesos no juegan ni son moco de pavo; además que está el tiempo muy malo para andar con tales chanzas. Llegó el caso de decirme los indios muy afligidos que más querían encontrarse con un duende o una bruja que con los pasaporteros de la garita,[12] pues, cuando no llevaban el pasaporte, se quedaban sus pobres sabanitas arrestadas para sécula sin fin; y no era esto lo peor, sino que si por desgracia le tocaba a uno ir con quien no tenía pasaporte, si llevaba uno dinero, aunque presentara una resma de éstos,[13] pagaba a la fuerza por el compañero que no lo llevaba. ¿No le parece a usted, señor Pensador, bonito modo de...? Esto voy a probarlo con el ejemplar siguiente:[14] se ofreció en un curato, no muy lejos de esta capital, que al párroco se le concluyeran los santos óleos, y se vio precisado a mandar por ellos a esta Catedral,[15] porque no carecieran los fieles de este auxilio cristiano. El fiscal, a quien mandó al efecto, era muy caballero y no quiso llevar las ánforas ni el farol que debe acompañarlo según rito, sino que llamó a un sacristán para que lo condujese. Hemos de advertir que el cura había dado al fiscal veinte pesos para que le comprara algunos encargos; marcharon nuestros dos viajeros y encuéntranse al llegar a los fariseos de la garita que mi buen sacristán no llevaba pasaporte. Se acerca el musulmán a pedírselo, y, como si estuviera el infeliz indio delante del tribunal de Poncio Pilatos, responde temblando como un azogado:[16] no lo traigo. Aquí fue Troya;[17] más le hubiera valido el decir al pobre que era luterano, francmasón o calvinista que semejante palabra; arremeten los fariseos como furiosos a los dos, y he aquí que encuentran en la bolsa del fiscal (que llevaba pasaporte) los veinte pesos de mi cura: a Dios fiscal, cura y dinero de misas, sermones y casamientos, todo dio de costilla,[18] todo fue convertido en chinguirito[19] y pulque.[20] Amigo mío, no hubo más remedio, le arrancaron al fiscal diez pesos de los veinte que llevaba, y esto con harto dolor, porque les quedó el mayor sentimiento en no pescarlo todo. Reclamó el cura su dinero a ese señor, que por mi mala memoria no me acuerdo de su título ni de su nombre; en fin, dicen que es el pasaportero mayor de esta ciudad[21] quien contestó con la mayor circunspección y seriedad: ya está hecho, yo no puedo faltar a las órdenes del gobierno, y otras cosas a este tenor. En fin, aunque nuestro cura le hubiera echado una gruesa de excomuniones, no le hubiera vuelto a ver la cara a sus desgraciados diez pesos, porque, en agarrando son como las monas en Tetuán,[22] que primero se dejan coger que soltar el puñado de la mano.

Sucede también otra cosa, señor Pensador, y es que cuando se le acaban los pasaportes a algún individuo de los que los dan, y manda a pedirlos, se tardan mucho en entregarlos, de que yo saco la consecuencia que, en no remitiéndolos, el pobre que no lo tiene y le precisa pasar a esta capital cae infaliblemente en el costal de las alesnas[23] con sus diez pesos del pico para sufragio de las ánimas vivas.

Y ¿se puede sufrir esto, señor Pensador? ¿Puede usted persuadirse (ni racional alguno) que el gobierno haya dado semejantes órdenes? Yo no lo creo, y lo que sí estoy viendo es que nos querían hacer el juego cuco;[24] pero ya, gracias a Dios y a mi madre la Constitución, que se acabó ese tiempo; es menester desengañarse que el pueblo ha abierto los ojos de la razón y que conoce cuáles son sus derechos: los conservará o haremos que se los conserve.

Vamos tocando otro punto, porque es punto muy substancial. ¿Qué dice usted, conque para andar a caballo es menester llevar licencia, y ésta dicen que vale doce pesos cada año?[25] ¿Qué tal anda la cosa, conque en dando doce pesos, ya puede andar a caballo aunque sea una beata?, ¿sabe usted qué pienso?, que ya nos vamos pareciendo a los hebreos, que sólo andaban a caballo los príncipes y los nobles, y éstos pagando un tributo al César, y el pobre pueblo andaba en mula, burro o lo que cada cual tenía (con tal que no fuese caballo o yegua). Si no, recuerde usted cuando nuestro Redentor entró en Jerusalén, iba su majestad en un asnito; allí lo dejaron entrar y lo recibieron con júbilo y alegría; pero si, por nuestra fortuna, hubiera venido a México, no hubiera entrado si no traía pasaporte, o su santa túnica hubiera sido arrestada, y si no jugada sobre un tambor, a lo menos a los alburitos.[26]

He oído decir que esta prohibición de caballos fue hecha para evitar los progresos de los insurgentes, y que éstos no entrasen en esta capital ocultos;[27] ¡pero cuántos se engañan! Los rebeldes han entrado y salido en esta capital con pasaportes y licencias de caballos.[28] Al contrario, esta providencia aumentó considerablemente su número, pues puedo nombrar a usted más de tres cabecillas que no fue otra la causa de que se insurgentasen, y porque no les quitaran sus caballos andaban fugitivos hasta encontrar[se] con alguna gavilla a que se unían.

Si usted me dice que éste fue un arbitrio para sufragar en parte los grandes gastos de la nación, quedo convencido de que fue muy justo; pero todavía no ha llegado a mí noticia en qué se invierte este fondo: la multa de los que andan a caballo sin licencia y la de los pasaportes.[29]

Pero yo que estoy enteramente satisfecho de la bondad y adhesión a la Constitución de nuestro excelentísimo señor virrey,[30] y de la Junta Provincial[31] cuando se instale,[32] que en virtud de hallarse ya casi concluida a favor de la justa causa la insurrección, librarán al ciudadano de una pensiones contra el orden y las leyes de la Constitución y el derecho de libertad política que nos concede.

Y yo, señor Pensador, espero de su mucha atención y de su acendrado amor al bien público que, si sabe algo acerca de mi pregunta, me sacará de esta duda, y puede disponer del afecto de su seguro servidor que besa su mano


El Hijo de la Constitución[33]

 
 


[1] México: Imprenta de Ontiveros, año de 1820, 4 pp. Fernández de Lizardi responde a este folleto con Pasaportes y caballos. Respuesta de El Pensador a quien pregunta sobre esto. Cf. Obras X-Folletos, pp. 263-270.

[2] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[3] palotada. Cf. nota 11 a Auto de inquisición contra el Suplemento..., en este volumen.

[4] Fernández de Lizardi escribe en la respuesta citada: “¿Y es posible que un hermano mío me haga unas preguntas tan precisas que, para responderlas con la energía debida, es necesario comprometerme con todos aquellos a quienes puedan dolerle las respuestas?” Cf. Obras X-Folletos, p. 262.

[5] En el mes de marzo de 1820 Fernando VII restableció la Constitución. En Nueva España, Campeche y Veracruz se adelantaron a jurarla, por lo que el virrey Apodaca se vio obligado a hacerlo el 31 de mayo.

[6] El artículo 1 de la Constitución establece: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”; el artículo 2 señala: “La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 60.

[7] pasaportes y caballos. Con el fin de obtener fondos para cubrir los dos millones de pesos que requería el gobierno para mantener la campaña de guerra, el virrey Venegas dictó el Bando de 30 de enero de 1812 en que se exigía “la entrega de toda la plata y oro labrados en vajilla y objetos de lujo de los particulares.” El 1° de febrero de 1812 en otro Bando, “prescribía la requisición de caballos con el propósito de privar de ellos á los insurgentes. En México y en las capitales de provincias deberían establecerse juntas que recibiesen todos los caballos; á ellas habían de enviar los subdelegados todos los que se hallasen en pueblos, ranchos y haciendas, pagándose á sus dueños según la tasación que se hiciese por los peritos, que eran individuos de las mismas juntas; y á las personas que por su clase, enfermedades u otras causas legítimas se permitiese el uso del caballo, se habían de destinar los inútiles y conceder una licencia por escrito, condenando á la pena capital á todos los que, quince días después de publicado el bando en la cabecera de su distrito, se encontrasen a caballo sin aquélla. ‘El descontento que estas disposiciones produjeron fue tal, dice Lucas Alamán (Historia de México, t. IV, p. 140) que varias personas se pasaron á los insurgentes, entre los cuales una fue don José Antonio Pérez, hermano del magistral de Puebla y diputado por aquella ciudad en las Cortes’”. Cf. México a través de los siglos, t. III, p. 343.

[8] Fernández de Lizardi responde en Pasaportes y caballos...: “Dos miembros tiene la pregunta: si son compatibles estas pensiones con la libertad del ciudadano y que por qué razón no se han extinguido. A lo primero digo redondamente que no, y a lo segundo, que quién sabe [...]. Que es opuestísimo este mezquino arbitrio a la libertad del ciudadano es cosa tan clara que se ve por tela de cedazo. ¿Hay cosa más opuesta a esta decantada libertad que tener que pedir licencia para salir del Santuario de Guadalupe? ¿Hay cosa más ridícula que el español, ciudadano y en ejercicio de sus derechos, haya de tener que sufrir, como dije antes, una revista, una filiación escrupulosa en casa de los pasaporteros?” Cf. Obras X-Folletos, pp. 263, 266.

[9] Así en el original.

[10] teniente de justicia. “A lo largo de la época colonial, sobre todo en el siglo XVIII, con el aumento de la población, las alcaldías mayores se dividían en distritos, los cuales, a su vez, se dividían en circunscripciones más pequeñas que eran del mismo rango. Estas circunscripciones o distritos se llamaban tenientazgos y se administraban por auxiliares del gobernador provincial, con el título de tenientes o encargados de justicia”. Cuando el corregidor o alcalde mayor no podía despachar por ausencia o enfermedad, delegaba su autoridad en un teniente general, que ejercía los mismos poderes que el titular, por debajo de este teniente general estaban los tenientes de distrito; además, había los encargados de justicia. “La diferencia legal entre un teniente y un encargado de justicia era que el primero tenía nombramiento aprobado por el virrey o en alguna forma por el gobierno superior, mientras que el segundo funcionaba sin tal aprobación, a base de un poder del titular de la provincia”. La ley prohibía nombrar tenientes o encargados de justicia que fueran vecinos del distrito o parientes del gobernador hasta el cuarto grado. No tenían sueldo señalado, lo obtenían de los derechos que cobraban por cada servicio y acto administrativo o judicial, tasados en un arancel. Cf. Woodrow Borah, “Los auxiliares del gobernador provincial”, en Woodrow Borah, (coord.), El gobierno provincial..., pp. 51-59.

[11] sursum corda. Elevad los corazones. Palabras que pronuncia el sacerdote en la misa, al comienzo del prefacio. Se citan estas palabras para significar que uno hace llamada a los sentimientos elevados o que debemos elevar nuestro pensamiento.

[12] garita. Cf. nota 31 a Consejos a El Pensador..., en este volumen.

[13] resma. Conjunto de veinte manos (cinco cuadernillos) de papel.

[14] Fernández de Lizardi escribe en Pasaportes y caballos...: “Ni quiero acordarme del caso del cura de T... que usted cita, porque yo sé millares, y adornados de peores circunstancias. Queden en su buena opinión y fama los gariteros honrados”. Cf. Obras X-Folletos, p. 266.

[15] Catedral. Cf. nota 12 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Marzo 3, 5 y 6 de 1813, en este volumen.

[16] azogado. Dícese de la persona que azoga por haber absorbido vapores de azogue (ár. Az-za’ūq, el mercurio). El mercurio se utilizaba para la extracción de la plata, y su comercio era monopolio real.

[17] aquí fue Troya. Cf. nota 5 a El Pastor del Olivar..., en este volumen.

[18] dar de costilla. Equivalente a dio de cogote. Dar de cogote. “Metaphoricamente vale arruinarse, perderse y destruirse el que temerariamente se arresta à vencer à quien no es capáz de resistir.” Dic. autoridades.

[19] chinguirito. “El chinguirito era aguardiente hecho de miel de caña. Fue muy prohibido por la justicia [...], se publicaron bandos en su contra, cargando con muchas y rigurosas penas a consumidores y fabricantes, por lo que se elaboraba clandestinamente por temor a la Real Sala del Crimen, y a los alcaldes mayores y ordinarios que no cesaban en sus persecuciones; hubo hasta jueces especiales dedicados a su extinción y la gente les llamaba con burla capitanes del chinguirito.” Cf. Artemio de Valle Arizpe, Historia de la ciudad de México, p. 439.

[20] pulque. Cf. nota 12 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[21] Fernández de Lizardi escribe en Pasaportes y caballos...: “Pero es menester decirlo todo, hermano mío. El pasaportero mayor no tiene culpa de las estafas y picardías de algunos gariteros. Él está puesto para dar pasaportes y cobrar o recoger las multas, y no tiene arbitrio para dispensarlas en ningún caso.” Cf. Obras X-Folletos, p. 267.

[22] Tetuán. Ciudad de Marruecos, antiguamente capital del Protectorado español. Fungía como residencia del califa y alto comisario de la zona española. La ciudad se caracteriza por su gran número de fuentes (tetúan procede de la palabra shelja tittuan que significa ‘manantiales’, las dos más importantes son: Bab-el-Okla y Bab-el-Tsuts).

[23] alesna. Por lesna, instrumento que se compone de un hierro con punta muy fina y mango de madera, del cual usan los zapateros y otros artesanos para agujerear, coser y pespuntar. “Caer la rata en el costal de las aleznas: encontrarse en una situación comprometida” Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios..., p. 71.

[24] hacer el juego cuco. Burlarse de alguno, engañarlo. Santamaría, Dic. mej.

[25] Fernández de Lizardi en Pasaportes y caballos... escribe: “se prohibió andar a caballo, o pagar doce pesos al año para hacer uso de este enorme animal, que es el pie en que estamos. Esta restricción es odiosísima a todo el mundo, no tanto por los doce pesos al año, cuanto por el motivo con que se exige. Semejante prohibición tiene visos de infamia: Los romanos prohibían a sus esclavos montar a caballo, los inquisidores, por un efecto de su religiosa piedad, impedían lo mismo a sus penitenciados, que reputaban cristianamente por infames, y no era permitido conducir al suplicio en caballos a los malhechores si no probaban nobleza competente. He aquí la razón por que los mexicanos están tan mal con esta prohibición. El pueblo sabe pensar y hace sus reflexiones muy a tiempo. Dice que si es libre, ¿por qué no se le quitan estas trabas? Y que si somos españoles, si formamos una sola nación con la Península, y si gozamos iguales privilegios, ¿por qué acá hemos de andar a pie cuando allá andan todos a caballo y sin pagar un cuarto?” Cf. Obras X-Folletos, p. 269.

[26] jugada sobre un tambor o jugar a los alburitos. Albur: en el juego del monte, las dos primeras cartas que saca el banquero. Puerta es la primera carta. Con una o dos barajas corrientes se sientan alrededor de una mesa el que hace de banquero y los puntos. El banquero baraja una de ellas y la da a cortar. Enseguida, sacando por debajo de la baceta, pone la primer carta que sale, teniendo la baraja vuelta, a su derecha, y la segunda, que también saca por debajo de la baceta, a su izquierda (el albur). Los soldados solían jugar empleando los tambores como mesa. Fernández de Lizardi consideró el juego como un vicio que traía múltiples males a la población; en sus novelas El Periquillo Sarniento, cap. IV, t. II, cf. Obras VIII-Novelas, pp. 282-299 y Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la Fachenda, cap. VII, cf. Obras VII-Novelas, pp. 580-583, los protagonistas emprenden ser jugadores para evadir el trabajo, en ambos casos nuestro autor despliega amplios conocimientos sobre el léxico propio de los juegos de mesa de la época, describiendo las trampas y nombres de las jugadas.

[27] Fernández de Lizardi escribe en Pasaportes y caballos...: “La requisición de caballos fue uno de los golpes más impolíticos del gobierno antiguo. No parece sino que los insurgentes lo dictaron para hacerlo odioso y atraer al partido de la revolución una buena proporción de camaradas. Los hechos hicieron ver muy en breve el fruto de esa determinación atropellada. Una multitud de ciudadanos pacíficos que fomentaban al gobierno con sus comercios, labores e industrias, que no tenían el más mínimo deseo de injerirse entre los insurgentes [...] lo abandonaron todo apenas vieron la recolección de los caballos [...]. Todo lo dejaron de una vez y se fueron con los insurgentes.” Cf. Obras X-Folletos, p. 268. Lizardi publicó una letrilla, sin pie de imprenta, titulada Denuncia de los caballos que faltan que presentar que toma como pretexto el bando aludido para hacer escarnio de los currutacos y de los vicios que los padres provocan en sus hijos al mimarlos. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 19-27. Nuestro autor retoma el tema en 1823 en su folleto Representación de El Pensador al Soberano Congreso, suplicándole se quite a la libertad de imprenta la traba que le ha impuesto el señor Molino del Campo: “Nada. Es muy manso, señor, el pueblo mexicano para moverse por el grito de un muchacho ni por el título de un papel. No se alteró con los tiranos Bandos de Venegas cuando mandó matar los sacerdotes, entregar las platas y caballos, imponer pasaportes rigurosos, etcétera, etcétera; ya no se alarma con nada de esta vida; pero sin embargo, no somos manada de carneros que nos hemos de dejar gobernar a chirrionazos, como le aseguró el oidor Aguirre al procónsul Venegas que podía hacerlo; hay mucha diferencia del año de 1810 a la del año 1823”. Cf. Obras XII-Folletos, p. 541.

[28] Fernández de Lizardi escribe en Pasaportes y caballos...: “El objeto con que se establecieron [los pasaportes] no fue otro sino el de embarazar que entrasen los insurgentes en los pueblos pacíficos y que saliesen de ellos los insurgentes mansos a prestarles auxilios a los bravos. Nada de eso se consiguió: los insurgentes han entrado y salido en la capital como les ha dado la gana, con pasaporte o sin él, por las garitas o por las zanjas y no sólo ellos, aun han introducido cargas y las han sacado guiadas o clandestinamente, cuando han querido”. Cf. Obras X-Folletos, pp. 264-265.

[29] Fernández de Lizardi contesta en el mismo folleto: “Que son dañosos [los pasaportes] a la hacienda pública: Pues, según informes que tengo, entre el impresor y los empleados se llevan anualmente más de ocho mil pesos, los que no rinden las multas para pagarles, tiene la hacienda pública que cubrir el déficit. Lo que es un bello modo para acabar de arruinarla, porque donde se saca y no se hecha... [se acaba la cosecha] ” Ibidem, p. 266.

[30] Juan Ruiz de Apodaca. Cf. nota 74 a Séptimo juguetillo..., en este volumen.

[31] Junta Provincial. Se refiere a la Diputación Provincial. Esta expresión fue utilizada por Ramos Arizpe en la Memoria que dirigió a las Cortes el primero de noviembre de 1811, en la que describía detalladamente las provincias internas de oriente y exponía los métodos para remediar los males que padecía. El término diputación sólo implicaba la idea de un grupo de  diputados cuyas facultades podían enumerarse claramente. Se prefirió este término al de Junta Provincial. Los americanos trataban de que la diputación representara a cada provincia con su diputado por cada partido, para los españoles esto significaba un paso hacia el federalismo, incompatible con una monarquía. Para México se autorizaron seis Diputaciones Provinciales: dos en la Nueva España —una en la capital (de las provincias o intendencias de México, Veracruz, Puebla, Oaxaca, Michoacán, Querétaro y Tlaxcala) y otra en san Luis Potosí (de las provincias o intendencias de San Luis Potosí y Guanajuato)—; una en Guadalajara, de la Nueva Galicia y Zacatecas; una en Mérida, de las provincias de Yucatán, Tabasco y Campeche; una en Monterrey, de las provincias internas de Oriente (Nuevo León, Coahuila, Nuevo Santander y Texas); y una en Durango, delas Provincias internas de Occidente (Chihuahua, Sonora, Sinaloa y California).” Cada diputación era independiente de las demás. Cada provincia debía ser gobernada por un jefe político, un intendente y la diputación provincial subordinados a la corona mediante el jefe político y el ministro de asuntos ultramarinos. Las facultades de estas diputaciones provinciales quedaron establecidas en el artículo 335 de la Constitución. En Justa defensa del excelentísimo señor virrey de Nueva España, Fernández de Lizardi se dirige a Félix Merino, autor de El liberal a los bajos escritores: “¿Por qué no grita a las juntas provinciales para que sacudan esa modorra en que yacen y comiencen a ejercer sus funciones, usando de la autoridad que les concede la ley?” Cf. Obras X-Folletos, p. 334.

[32] Fernández de Lizardi escribe en Pasaportes y caballos...: “esperamos que, convencido [al virrey Apodaca] de las verdades que quedan expuestas, y de la odiosidad con que el pueblo mira estas trabas tan perjudiciales a sus individuos, tendrá la loable dignación de libertarnos de ellas. No como usted quiere, amigo mío, hasta que se instale la Junta Provincial, sino antes, lo más pronto, y ahora. Y puede ser ahora, pues probada la inutilidad de estos arbitrios [...], toda morosidad que se tenga en la materia es una agravio manifiesto a la libertad del ciudadano, de que no debe privársele ni por momentos. Confíe, ante todo, en la acreditada bondad y justificación de su excelencia, que no tardaremos en vernos libres de estas odiosísimas pensiones.” Ibidem, p. 270.

[33] El Hijo de la Constitución. De este autor publicamos en este volumen dos de los tres folletos que conocemos de él: los dos dirigidos a El Pensador Mexicano; el tercero es La publicación y jura de la Constitución en el pueblo de Tlanepantla el día 18 de junio del presenta año. México: Imprenta de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1820, 7 pp.