PRIMERA CARTA DE EL SEVERO CENSOR

A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

 

Muy señor mío: me he llenado de asombro al recordar que, por los años de [1]812 y siguientes, teníamos en esta capital un pacífico Pensador, tan decidido por los sagrados fueros y derechos del santuario que, con una heroica intrepidez y libertad, verdaderamente reglada por la caridad, posponiendo todo interés y comodidad propia, no dudó hacer patente, al jefe que entonces nos gobernaba,[2] los estrechos cargos que como mortal debía hacerle el Supremo Juez sobre el Bando de proscripción[3] publicado en el mismo año contra los sagrados ministros del altar (aunque culpados), revestidos del indeleble carácter sacerdotal, sufriendo por este motivo una ilustre y honrosa prisión; y que, al presente, por una metamorfosis, para mí incomprensible, les ha declarado guerra, mudando el nombre de Pensador pacífico en el de Conductor Eléctrico,[4] agitando su máquina para electrizar por su medio los ánimos de todos los habitantes de esta capital, y aun de todo el reino, por donde vuelan sus papeles, aunque en diverso modo: a los anti-eclesiásticos,[5] encendiéndolos en odio, e infundiéndoles desprecio de los sagrados ministros del culto, y a los verdaderos católicos, sus apreciadores, inflamándolos en el celo de la Casa de Dios, que devora sus corazones al ver difamados a estos sus fieles ecónomos, imaginándose quizá que escribe en Ginebra, o sólo para los discípulos de Condorcet,a y no advirtiendo lo hace en medio de una ciudad y un reino religioso por excelencia.

            No es extraño que usted, al pasar los ojos por estas primeras líneas, se figure soy algún canónigo flojo y planchado[6] (hablo en términos de moda, ya usted me entiende), o algún prelado regalón y pancista,[7] como los llama el gran Siglo de las Luces, de ésos que tienen ración doble, y usted cita en su periódico,[8] y a más de eso, muchas onzas en su gavetas, y que, por tanto, abogo en causa propia. Pero no es así, y debo advertirle, lo primero, que no tengo el honor, para mí muy grande, de pertenecer a esta sagrada y recomendable familia. Soy en verdad un triste desertor del palacio de Minerva, teólogo del Baratillo[9] y evangelista del Caballito,[10] donde tengo mi canasta para que usted mande cuando se le ofrezcan algunas coplas trovadas, u otras producciones de mi bello ingenio. Y lo segundo, que sólo extenderé mi censura a la defensa de este pueblo de adquisición, singularmente escogido de Dios y segregado del común de los demás fieles. Puede usted francamente aguzar su pluma y escribir cuanto quiera en otras materias como más le convenga, sea bien o mal, seguro de que yo contra usted [no] tome la mía. Y si me dijere, no me toca esta defensa siendo un simple lego, le respondo: que es mucho lo que me interesa, pues en todo derecho, sea el que fuere, siempre se ha tenido por parte al hijo que defiende a su padre. Hijo soy de la Iglesia católica, hijo por muchos títulos de los venerables sacerdotes, hijo porque me engendraron en Jesucristo por las aguas del bautismo, hijo porque me alimentan del pan de los ángeles y del de la divina palabra, hijo porque ellos, cual tierna madre, me asisten y me curan de mis enfermedades espirituales, e hijo, en fin, porque son los guías que me conducen por el camino de la vida eterna, que espero alcanzar por los méritos de Jesucristo.

            Ya preveo que, al acabar usted de leer este párrafo, tajará bien su pluma, moverá su máquina eléctrica y comenzará algún número de su Conductor por un pescozón,[11] un latigazo,[12] un cuartazo,[13] sarcasmo, ironía o cosa semejante. Me tratará de hipócrita, vecino y natural de Tontonatepec,[14] servil, anticonstitucional, etcétera. Se levantarán otros ejusdem farinae,[15] y me dirán lo mismo o peor; pues es costumbre corriente entre ellos, cuando se les ataca, impugna o censura, sustituir en lugar de razones, injurias, y, tomando el rábano por las hojas, notar a sus censores de anticonstitucionales y serviles, acogiéndose a la sagrada égida de la Constitución,[16] para intimidar así a sus adversarios y hacerlos que callen y ellos puedan a salvo conducto injuriar y zaherir a los sagrados ministros del santuario.

            Nada de esto me obsta: protesto de corazón, y sin ficción alguna, que respeto y venero la Constitución y leyes fundamentales de nuestra monarquía; pero, al mismo tiempo, detesto y abomino los perniciosos abusos que algunos de nuestros filósofos ilustrados hacen de sus sabias y justas leyes, particularmente cuando declaran guerra al santuario y sus ministros; protesto igualmente que estoy dispuesto a que usted y todos los que quieran me injurien y ofendan a todo su gusto, pues, por lo que a mí toca, vivo satisfecho delante de Dios de que defiendo una buena causa: me mantendré firme, si se levantase contra mí guerra, y si a mi frente se fijaren campamentos, pues en esto mismo pondré mi esperanza. No responderé, sino a razones, y, por lo tocante a injurias, doy desde ahora libranza abierta y endosada para las verduleras de la plaza: ellas me vengarán y dirán a todo el que quiera injuriarme el huevo y quién lo puso,[17] mientras yo, con el apóstol, bendeciré a los que me maldigan, rogaré por los que de mí hablen mal, padeceré persecución y la sufriré con paciencia.[18] ¡Qué hipocresía, dirán! No obstante, no me hace fuerza.

            La modestia y la verdad caracterizan mi censura en cuanto mis débiles fuerzas alcancen; por la primera, procuraré no injuriar a usted ni a ninguno que tome la pluma contra mí, y si por inadvertencia o ignorancia lo hiciere, celebraré tenga usted u otro la bondad de notármelo, para darle entera y completa satisfacción. Por la segunda, no tendré embarazo de hacer a usted patente cuanto siento, aunque le amargue y no lo lleve a bien.

            Ojalá, señor Pensador, y consideremos a los venerables sacerdotes como a ministros de Cristo y fieles dispensadores de los misterios de Dios, como desea el apóstol,[19] veámoslos como mediadores entre Dios y el pueblo; cuando por sus manos se ofrece al Padre de las Misericordias la adorable víctima de nuestra reconciliación, contemplémoslos como conductores no eléctricos, sino pacíficos de la gracia que por ellos se nos comunica en los Sacramentos; estimémoslos como distribuidores de la divina palabra, venerémoslos como padres que nos han engendrado en el Señor, según expresión del mismo apóstol:  ego vos in Domino genui,[20] nos dice, cubramos sus defectos si se los advertimos, con la capa de una modestia y silencio respetuoso para hacernos dignos de las bendiciones del Cielo, como en otro tiempo lo practicaron Sen [sic] y Jafet con el justo Noé. Quien tiene arrojo de tocarlos, lastima y ofende las pupilas de los ojos de Cristo, según frase del Evangelio;[21] quien los escucha y atiende, atiende y escucha a Jesucristo; quien los desprecia, injuria y escarnece, injuria, desprecia y escarnece al mismo Jesucristo: no lo digo yo, hable el mismo Señor. Exclamemos, finalmente, igualmente entusiasmados con los de Licaonia, al ver saltar al tullido listrense andar libremente y pasearse por sus calles y plazas.[22] Dii similes facti hominibus dessenderunt ad nos,[23] sí, unos dioses en figura humana, bajados del Cielo, andan entre nosotros. Sí, unos dioses en figura humana bajados del Cielo repetiremos al ver diariamente renovados estos prodigios en los confesionarios con millares de tullidos, cojos, mancos y ciegos que de ellos salen saltando, andando ligeros y restituida la vista a sus ojos, publicando las maravillas de su poder. ¿Quién puede perdonar los pecados (decían los fariseos) sino sólo Dios?,[24] igualmente asombrados, que escandalizados del Salvador, y nosotros que por la fe sabemos que esta potestad tan privativa de Dios se ha comunicado a los hombres, ¿qué diremos? Dii similes facti hominibus dessenderunt ad nos, unos dioses en figura humana, han descendido de las alturas, y andan entre nosotros. ¡Qué digresión!, ¡qué transportes éstos tan enfadosos para usted! Mas tenga usted la bondad de dispensarme, pues me servirá de disculpa el afecto que desde mi niñez profeso a sus sagradas personas. Con ellos me crié, con ellos me nutrí, a ellos debo mi educación, y no puedo ver a sangre fría se les desprecie y envilezca.

            Me admiro, en verdad, al ver que usted en las primeras páginas de su periódico, asienta esta juiciosa advertencia. “Lo que encargamos es que no se abuse de la libertad de la imprenta de ningún modo, pues no publicaremos papel alguno que contenga sátiras contra el gobierno, ni injurias contra nadie”,[25] etcétera. Pero, ¿y contra los eclesiásticos se puede? Sí, éstos no entran en la regla general, o usted tiene privilegio para no ajustarse a ella.

            Revestido usted de magisterio, se sienta en la cátedra constitucional, como en otro tiempo los fariseos en la de Moisés, y ¡con qué energía y claridad explica el número 11 de su Conductor Eléctrico,[26] ya por sí mismo, ya por boca del Colegial[27] su amigo, ya trasladando al excelentísimo señor cardenal de Scala,[28] los fueros y justos límites de una verdadera igualdad y libertad cívica, tal como la sanciona nuestra sabia Constitución; pero ¿qué lejos de arreglarse a ella en la práctica y conducta que usted observa en su periódico? “Todos somos iguales (dice usted en boca de los necios), pretendiendo confundir al criado con el amo, al súbdito con el magistrado, y aun al hijo con el padre”[29] (al lego con el sacerdote, le faltó a usted decir; pero esto lo calla porque le tiene cuenta). Mas usted no tiene embarazo en adoptar esto mismo que reprueba, levantándose siendo hijo contra sus padres espirituales, no sólo igualándose, si no haciéndolos inferiores, echándoles en rostro a cada paso su ignorancia, alzándose usted solo con las llaves de la ciencia. “¡Funesta confusión (exclamo con usted), parto sólo de la ignorancia, y parto sólo de la malignidad de los enemigos del bien público que tratan de consumar la ruina, no ya de sus semejantes, sino de sus superiores, sumergiéndolos en el abismo, no sólo de la discordia, sino de la ignominia!”[30]

            A pocas líneas dice usted que “la igualdad que hemos jurado no está en los errores criminales de Hob[b]es, sino en los principios de la moral cristiana que tanto nos honra en la nación a que pertenecemos. Mas yo me pregunto, ¿esa igualdad y libertad que usted usa en su periódico está por ventura fundada en los principios de la moral cristiana; moral establecida por el Evangelio, moral sancionada por nuestra sabia Constitución, moral dictada por todas las leyes, aun de los romanos y griegos siendo gentiles; o es moral del Alcorán? Pero, ¡qué dolor! Ni aun del Alcorán, porque, ¿qué veneración no tributan los mahometanos a sus cadiis,[31] ministros de su falso culto? ¡Qué vergüenza!, ¡qué rubor para los cristianos!

            Mas adelante, a la página 95, vacía usted un párrafo de la sabia pastoral del excelentísimo señor cardenal de Scala, en la que este digno prelado, enérgicamente hablando, da una justa y clara idea de la igualdad racional y religiosa que nos concede nuestra Constitución, y añade usted estas notables palabras: “ en esta inteligencia ya usted ve que si debemos todos cumplir con la ley para que la misma ley nos favorezca, debemos estar subordinados a las autoridades eclesiásticas, a las potestades civiles, a nuestros padres, amos, jefes y superiores, sean de la graduación que fueren, porque así lo manda Dios, así lo requiere el orden social y así lo prescribe la Constitución que hemos jurado obedecer.”[32] Mas usted ¿cómo compone esta subordinación a las potestades eclesiásticas que tanto encarece, como es justo, con el poco respeto, con el menosprecio y con el empeño que pone en envilecerlas y difamarlas, haciendo odiosos y despreciables a los ojos del público a los sagrados ministros del culto, sin perdonar a clase ninguna eclesiástica de su crítica poco piadosa, y ni aun al mismo prelado que con tanto tino y prudencia nos gobierna?[33] O si no, dígame usted, por ejemplo, si a los confesores, a quienes en el fuero interno debemos obedecer, si a los predicadores, por quienes se nos comunica la divina palabra, se les desacredita y difama en los papeles públicos que se diseminan por todo el reino, y quizá más allá, ¿cómo nos sometemos a sus exhortaciones y consejos? A esto se agrega que abre usted un espacioso campo a todo el que quiera, sea sabio o ignorante, con razón o sin ella, saque al público por medio de la imprenta sus flaquezas reales, o supuestas, con notorio detrimento de la divina palabra, que tan repetidamente nos recomiendan las Sagradas Letras tanto en el Viejo, como en el Nuevo Testamento, coartando al mismo tiempo aquella santa libertad evangélica, que tanto encarga el apóstol a su discípulo Timoteo por estas notables palabras: “Predica (le dice) la divina palabra, oportuna e importunamente, arguye, ruega y reprende en toda paciencia y doctrina”,[34] por usar usted de su libertad cívica erróneamente entendida, dije mal, por lo que a usted toca, pues la entiende perfectamente, diré con más propiedad, pésimamente practicada.

            Ni me diga usted que no habla con todos, sino con los de Tontonatepec, con los que abusan del sagrado ministerio, desacreditando la Constitución, pues yo le respondo, lo primero: que lo que usted dice cede en detrimento universal de todo el estado eclesiástico. Amigo mío, aunque es cierto en rigorosa lógica que de puros particulares, por muchos que sean, no se puede sacar una consecuencia universal. Pero el pueblo, a quien usted escribe, aunque se compone de una parte ilustrada, y que puede discernir lo negro de lo blanco; pero también se compone de otra, que es la mayor, que no entiende de lógica, ni de precisiones escolásticas, y así de la multitud de sus particulares, tantos, tan repetidos y sin perdonar clase alguna, como usted lo hace, y ya tengo dicho, resulta un descrédito universal de todos los eclesiásticos. Digo lo segundo, que no es propio de los legos (aunque tengan la investidura de escritores públicos) criticar ni censurar su conducta, ni mucho menos en los confesionarios y púlpitos. En los primeros, somos unos reos que esperamos la sentencia de perdón y misericordia que allí se pronuncia a favor nuestro. En los segundos, debemos ser unos oyentes dóciles y humildes, como que estamos escuchando a un Dios que nos habla por boca de sus ministros, quien a vosotros oye (dice el Salvador), a mí me oye; y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia. Y si les notásemos defectos, un silencio respetuoso debe ocultarlos sin hacerlos públicos, esperando que los corrijan los prelados eclesiásticos, a quienes, según el apóstol, está encomendado regir y gobernar la Iglesia de Dios.[35] Así lo han practicado ya en su edicto nuestro ilustrísimo prelado y varios de nuestra España en sus pastorales, llenas de sabiduría y moderación cristiana.

            Ceso de molestar a usted por ahora y hasta otra ocasión, rogando a Dios nuestro señor despoje a usted de esa electricidad antieclesiástica, y que guarde su vida muchos años


El Severo Censor[36]


(Se continuará)

 
 


[1] México: En Imprenta de don Juan Bautista Arizpe, 1820, 8 pp.

[2] Francisco Xavier Venegas, 59° virrey de Nueva España. Entró a gobernar el 9 de julio de 1809, sustituyendo a Pedro Garibay, que había ejercido el mandato provisionalmente; el 4 de marzo de 1813 fue removido y entregó el cargo a Félix María Calleja. Con motivo de la publicación del número 9 de El Pensador Mexicano tomo I, el virrey Venegas envió a Fernández de Lizardi a la cárcel por siete meses. Cf. “Al excelentísimo señor don Francisco Xavier Venegas, virrey, gobernador y capitán de esta Nueva España en el día 3 de diciembre de 1812”, El Pensador Mexicano, t. I, núm. 9, en Obras III-Periódicos, pp. 83-90; Respuesta del virrey Venegas a José Joaquín Fernández de Lizardi, 1810; “[Carta al virrey venegas 1]”, “[Carta al virrey Venegas 2]” en Obras XIV-Miscelánea pp. 329-332 y 333-335, respectivamente.

[3] Se trata del Bando publicado en México a 25 de junio de 1812, en donde el virrey Francisco Xavier Venegas, en el artículo 10 manda lo siguiente: “Los eclesiásticos que fuesen aprehendidos con las armas en la mano haciendo uso de ellas contra  las del Rey, o agavillando gentes para sostener la Rebelión y transtornar la Constitución del estado, serán juzgados y executados del mismo modo [pasados por las armas], y por el mismo orden, que los legos, sin necesidad de precedente degradación.” Cf. Hernández y Dávalos, Colección de documentos..., t. IV, pp. 307-308.

[4] El Conductor Eléctrico. Cf. nota 6 a Cuartazo a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[5] Fernández de Lizardi escribió críticamente sobre el Tribunal del Santo Oficio en el t. II, núm. 5 de El Pensador Mexicano, titulado Sobre la Inquisición del 30 sep. 1813, cf. Obras III- Periódicos, pp. 175-182, papel denunciado y procesado cuando fue reinstalado este tribunal en 1815, cf. Inquisición de México, en este volumen. Nuestro autor publicó además el “Dictamen del doctor don Antonio Josef Ruiz de Padrón, diputado por las Islas Canarias en las Cortes de Cádiz sobre el Tribunal de la Inquisición” en los números 4-10 de El Conductor Eléctrico, en el que se dan razones para la extinción del tribunal; trató sobre el clero en los núms. 16, 18, 19, 23 y 24; y en sus folletos Repique brusco al Campanero, La palinodia de El Pensador en respuesta al desafío y amenaza del padre Soto, Carta de los indios de Tontonapeque a El Pensador Mexicano, cf. Obras X-Folletos, 303-312, 371-377, 401-408, respectivamente.

a No quiero decir sea usted hereje como los habitantes de Ginebra, ni impío como Condorcet, sino que se toma una libertad como si allí escribiese, y lo hiciese para los discípulos de éste. [Antoine Caritat, marqués de Condorcet (1743-1794). Filósofo, matemático y político francés, autor de un Esquema de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano].

[6] planchado. Adjetivo familiar. Connota la idea de competencia por listo, muy apto; o valiente, bragado, resuelto. Santamaría, Dic. mej.

[7] pancista. Individuo que con todos los partidos está bien; acomodaticio, vividor. Santamaría, Dic. mej.

[8] Fernández de Lizardi escribió en El Conductor Eléctrico, núm. 16: “Novena pregunta. ¿Qué motivo hay para que se les dé [a los favoritos de los graduados] ración duplicada a unos y a otros, ni media tajada, trabajando más que ellos?”. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 367.

[9] Plaza del Baratillo. Mercado destinado a la compra-venta de prendas usadas. Estuvo en la Plaza de Armas. El virrey Revillagigedo mandó construir tiendas de madera en la que fue Cámara de Diputados.

[10] evangelista del Caballito. Cf. notas 35, 36 y 38 a Piénsalo bien, en este volumen.

[11] pescozón. Se refiere a Pescozón de El Pensador al Ciudadano Censor. Cf. Obras X-Folletos, pp. 295-302.

[12] latigazo. Cf. Vaya ese latigazo, en este volumen.

[13] cuartazo. Cf. nota 2 a Cuartazos y más cuartazos..., también Cuartazo a El Pensador Mexicano, ambos en este volumen.

[14] Tontonatepec. Cf. nota 4 a Motivos para que mueran..., en este volumen.

[15] ejusdem farinae. De la misma calaña.

[16] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[17] el huevo y quién lo puso. Equivale a “Decirle a uno cuántas son cinco. Expr. fig. fam. Decirle las verdades, que también se dice ‘decirle cuatro frescas’”. Santamaría, Dic. americanismos.

[18] San Pablo: “Y trabajamos, obrando con nuestras manos: nos maldicen, y bendecimos: padecemos persecución, y sufrimos: somos blasfemados, y rogamos: hemos venido a ser como la hez del mundo, el desecho de todos hasta ahora.” 1 Co. 1, 4: 12-13.

[19] San Pablo: “Téngannos los hombres por ministros de Cristo, y dispensadores de los misterios de Dios.” 1 Co. 1, 4:1.

[20] ego vos in Domino genui. En la Biblia aparece ego hodie genui te: Yo te he engendrado. La idea completa es la que sigue según el apóstol san Pablo en su Carta a los Hebreos dice: “Así, tampoco Cristo se arrogó la gloria de hacerse Pontífice, sino que se la dio el que dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Al modo que también en otro lugar dice: Tú eres sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec.” He. 5, 5.

[21] Esto se encuentra en tres autores del Nuevo Testamento como sigue: “El que a vosotros oye, á mí oye: el que a vosotros desecha, á mí desecha; y el que á mí desecha, desecha al que me envió.” Lc. 10, 16; “El que os recibe á vosotros, de mí recibe; y el que á mí recibe, recibe al que me envió” Mt. 10:40; “El que recibiere en mi nombre uno de tales niños, de mí recibe; y el que á mí recibe, no recibe á mí, mas al que me envió.” Mr. 9, 37 y Jn. 13, 20.

[22] Cuando los apóstoles huyen a Listra y Derbes, “ciudades de Licaonia, y por toda la tierra alrededor. Y allí predicaban el Evangelio. Y un hombre de Listra impotente de los pies, estaba sentado, cojo desde el vientre de su madre que jamás había andado. Éste oyó hablar a Pablo; el cual como puso los ojos en él, y vio que tenía fe para ser sano; dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y saltó, y anduvo. Entonces las gentes, visto lo que Pablo había hecho, alzaron la voz, diciendo en lengua licaónica: Dioses semejantes a hombres han descendido a nosotros.” Hch. 14, 6-11.

[23] Dii similes facti hominibus dessenderunt ad nos. Unos dioses hechos semejantes a los hombres bajaron hasta nosotros.

[24] “Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban sentados allí algunos escribas, que pensaban entre sí: ¿Cómo habla así éste? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” Mr. 2, 5-7, Lc. 5, 20-21 y Mt. 9, 6.

[25] Fernández de Lizardi había invitado a toda la población a enviar sus escritos y advirtió: “Lo que más encargamos es que no se abuse de la libertad de imprenta de ningún modo, pues no publicaremos papel alguno que contenga sátiras contra el gobierno, personalidades, ni injurias contra nadie; lo primero, porque no es justo; y lo segundo, porque debiendo quedar responsables en la imprenta de las obras que publiquemos, sería una necesidad el comprometernos por otros.” El Conductor Eléctrico, núm. 1, en Obras IV-Periódicos, p. 261.

[26] El núm. 11 de El Conductor Eléctrico lleva por título: “Se destruyen las otras dos preocupaciones que tienen los ignorantes contra la Constitución, o sea pretextos de que se valen los maliciosos para malquistarla, y son la igualdad y la libertad mal entendida.” Ibidem, pp. 329-334.

[27] El Colegial. Cf. nota 8 a Recuerdos del 9 de julio de 1820, en este volumen.

[28] Luis María de Scala, cardenal de Borbón. Cf. nota 34 a Séptimo Juguetillo...., en este volumen.

[29] Fernández de Lizardi había escrito en El Conductor Eléctrico, núm. 11: “ ‘Todos somos iguales exclaman unos, pretendiendo confundir al criado con el amo, al súbdito con el magistrado, al pobre con el rico, [...]. No, amados conciudadanos, la ley que hemos jurado no está en los errores criminales de Hobbes que enseñan esa igualdad funesta que existía sólo en los cerebros delirantes de sus secuaces, sino en los principios de la moral cristiana que tanto nos honran en la nación a que pertenecemos. La igualdad sancionada por la Constitución es la igualdad de las virtudes para el premio y de las penas para los delitos; es igualdad delante de la ley que obliga lo mismo al monarca que al más ínfimo de sus súbditos.” Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 329-330.

[30] Fernández de Lizardi había escrito respecto a la igualdad en el mismo número de El Conductor Eléctrico: “¡Funesta confusión, parto sólo de la ignorancia y muchas veces de la malignidad de los enemigos del bien público, que tratan de consumar la ruina de sus semejantes, sumergiéndolos en el abismo de la discordia! De aquí es que los inferiores intenten contrarrestar con los superiores, y éstos conspiren contra esa ley benéfica, que en su concepto ofende su reputación o su orgullo ignorante.” Idem.

[31] cadiis. Ministros mahometanos. Entre turcos y moros “cadí”, juez que entiende en las causas civiles.

[32] El Conductor Eléctrico, núm. 11 en su paginación original está numerado de 89 a 96. La cita del cardenal de Scala proviene de la Carta Pastoral del 15 de marzo de 1820, publicada en este número del periódico, a la letra dice: “la igualdad que nos ha concedido la Constitución —dice este benemérito prelado— es igualdad de remuneración en los premios y castigos; igualdad ante la ley pública que prescribe las obras buenas y abomina las malas; igualdad de relaciones, esto es, que en su posibilidad natural o de su fortuna, cada uno ha de contribuir al bien general: el alto en la medida de su estatura, el rico como rico, el mediano como mediano, el pobre como pobre, el sabio como lo es, el magistrado y demás funcionarios públicos en el desempeño de sus ministerios, contribuyendo todos con esta igualdad relativa a mantener el edificio del bien y de la prosperidad.” Adelante, Lizardi habla más sobre la igualdad que prodiga la Constitución: “ésta es, amigo don Marcos, la legítima igualdad que se nos concede, en esta inteligencia ya ve usted que si debemos todos cumplir con la ley para que la misma ley nos favorezca, debemos estar subordinados a las autoridades eclesiásticas, a las potestades civiles, a nuestros padre, amos, jefes y superiores, sean de la graduación que fueren, porque así lo manda Dios, así lo requiere el orden social y así lo prescribe la Constitución que hemos jurado obedecer. El que lo contrario hiciere será un perjuro, un díscolo, un infractor de las leyes y acreedor por lo mismo a los castigos que ellas imponen a los que las vulneran.” Cf. Obras IV-Periódicos, p. 333.

[33] Pedro José de Fonte. Cf. nota 6 a Recuerdos del 9 de julio de 1820, en este volumen.

[34] Cita a san Pablo: “Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta con toda longanimidad y doctrina”. 2 Ti. 4, 2.

[35] A esto se refiere san Pablo en 1 Ti. 3, 1-6.

[36] De El Severo Censor conocemos dos folletos: Primera carta de El Severo Censor a El Pensador Mexicano, y Segunda carta de El Severo Censor a El Pensador Mexicano, ambos publicados en este volumen. Fernández de Lizardi dice de él: “Ya era tiempo, sí, ya era tiempo de que hubieran escrito contra el Bosquejo [se refiere a Un bosquejo de los fraudes que las pasiones de los hombres han introducido en nuestra santa religión, impreso en Palma, año de 1813; reimpreso en Barcelona en 1820 y reimpreso en México en el mismo, en la Oficina de D. J. M. Benavente y Socios. Firmado por M.D.B.], El Campanero [Fernando Demetrio González, firmaba F.D.G., escribió El Campanero a su compadre El Pensador Mexicano y Segunda parte del Campanero a su compadre El Pensador Mexicano con respecto a su Repique brusco, ambos publicados en el volumen 2 de esta Antología], el Severo Censor [...] y otros que se alarmaron contra mí no ha mucho...” Cf. Impugnación y defensa del folleto titulado Un Bosquejo de los fraudes, etcétera, en Obras XI-Folletos, pp. 34-35.