PREGUNTA A EL PENSADOR SOBRE

BAGAJES Y COCHES DE PROVIDENCIA[1]

 

 

Señor Pensador: cada cual piensa con su cabeza, unos la tienen aguda, y otros a manera de bola,[2] la mía, que pertenece a la segunda especie, no puede menos de pensar simplezas, pero sean las que fueren no dejan de dirigirse al bien público, y como buen patricio vengan cuartazos[3] y coscorrones, parezca bien o mal, salgo con mi mal cocida empanada.

Es pues el caso, señor mío, que tuve un mozo en un tiempo que después de sufrir mil reveses de la fortuna vino a parar en arriero, y con cuatro únicas mulas que tenía hacía sus viajes y adquiría una ratera utilidad con que mantenía [a] su crecida familia. Éste, pues, poco días hace se comprometió a conducir a esta capital algunas cargas de trigo de un lugar inmediato; pero con la condición de que si no lo entregaba todo al concluir la tarde de aquel día, perdía todos sus fletes; él, como hombre de bien, considerando cuán corto era el número de sus mulas, comenzó muy de mañana para concluir a buena hora su comisión; pero he aquí que a las cuatro de la tarde, que traía el penúltimo viaje, no bien entraba por las primeras calles de esta ciudad, se le aparecieron cuatro o cinco soldados revestidos de la piel de Caifás,[4] amonestándole que descargase pronto y les entregase las mulas. Mi pobre arriero se sorprendió, considerando al momento la pérdida de sus fletes, y tal vez el extravío de sus animales. En vano les suplico, en vano quiso persuadirlos con la relación de sus pobrezas y el trato que había celebrado el día anterior. Los soldados, más duros que un mármol, apenas permitieron descargar el trigo y se apoderaron de las bestias, diciéndole que si daba un paso adelante le darían de cintarazos. El desdichado mozo no tuvo otro arbitrio que acudir a casa a contarme el lance con mil lágrimas y suspiros, suplicándome reparase su pérdida si no en todo, por ser el dueño del trigo un egoísta refinado, tomando algún arbitrio para que las mulas no se perdiesen. Por desgracia estaba lloviendo fuertemente, y para determinarme a salir, mandé al sitio por un coche; pero el criado vino diciéndome que no había ninguno en el lugar acostumbrado; y que uno u otro, que vio en la calle del Refugio[5] valían dos, tres y más pesos.[6] ¿Cómo?, repliqué yo, sí, señor, me dijo el criado, dicen los cocheros que tiene dueño, y que en caso de hacer alguna falta notable había de ser con alguna utilidad. Por no cansar a usted, amigo mío, no se encontró coche en toda la tarde: el arriero se quedó sin mulas y yo sin salir de casa.

Discurramos, pues, señor Pensador, sobre estos dos lances: ¿hay razón para que a un hombre de bien, más útil a la república que muchos ricos holgazanes, se le quite el arbitrio de subsistir? ¿Será razón que sin examen alguno tomen los soldados las mulas que encuentra[n], ultrajen a los dueños, a aún dejen tirada la carga de los infelices arrieros? Tómense enhorabuena las mulas de un rico hacendado, de un dueño de muchas recuas; pero no se ultraje al pobre ni menos se le deje por quince o veinte días sin tener con qué ganar un pan. No sé cuáles serán las órdenes que hay sobre este particular; pero no me supongo que haya un caso tan urgente que necesite para socorrerse la pérdida de tres o cuatro miserables indios que no sabemos el trabajo que les ha costado adquirir algunas bestias para pasar con mil trabajos su miserable vida.

Dígame usted lo que piensa sobre esto, y pasemos[7] a otro punto, que aunque menos interesante se dirige al buen orden y servicio del público.

Usted y todos saben que hay una contrata por la que deben ponerse cierto número de coches en la plaza, con el precio fijo de cuatro reales[8] por cada hora, y que ésta está impuesta tanto para evitar la arbitrariedad de los precios, como para que nunca falten a las urgencias de los que necesiten; pero ni uno ni otro se consigue por lo que diré a usted.

Apenas comienza a llover, o saben los cocheros que hay alguna función pública, cuando ocurren a la alacena del despacho, diciendo que tiene carga: apunta el administrador la hora de salida, y se paran en la calle del Refugio, de la Diputación[9] u otras inmediatas. Solicita usted coche, y no hallándolo en el sitio, ocurre a los que ven en las cercanías; pero, amigo mío, ahí[10] entra la intriga: unos cocheros dicen que está ocupado, otros que es de algún particular, otros (que son los más), fingiendo hacer a usted un gran servicio, dicen que, a pesar de estar esperando al legítimo alquilador que ha entrado a la casa inmediata, daránle coche si les paga desde tal hora que salieron del sitio, y finalmente otros dicen que lo han tomado a cuenta y piden tres, cuatro o más pesos por un corto viaje, y al cabo usted tiene que agachar la cabeza y darles lo que quieren.

Y bien, amigo mío, ¿a quién toca la reforma de este abuso? Creo que al dueño de la contrata, supuesto que para evitar estas nulidades se prohibió la libertad en este ramo.

Me dirá usted que hay dos remedios, o no tomarlo al precio que quieren los cochi-monopolistas,[11] o decirles que se admite el trato y después pagarles arreglado a arancel; pero hay estos inconvenientes. Cuando alguno busca coche con legítima necesidad, ya por estar lloviendo y tener algunas presición [sic] de salir o volver a casa, ya por compromisos (algunas veces inevitables) con mujer, hijas o personas de respeto para asistir a funciones públicas, debe caer precisamente en la trampa, aun gastando más de lo que tiene. Si paga arreglado a arancel, debe saber que al cochero le cobran las horas que ha faltado del puesto y, por consiguiente, éste tiene que sufrir el valor del tiempo que ha estado ocioso, ¿y será justo cualquiera de los dos partidos?

Dígame usted lo que le parezca, y no juzgue fuera de propósito mis preguntas, pues mientras los sabios se fatigan en aclarar las leyes de nuestra Constitución,[12] los que no lo somos debemos cumplir con la obligación de perfectos ciudadanos, advirtiendo los defectos que notemos, o informándonos de las leyes y reglamentos que nos gobiernan para mejor cumplirlos.

Guarde Dios la vida de usted los años que desea


F. H.

 


[1] México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 4 pp. Fernández de Lizardi trató este tema en un artículo titulado “Coches de alquiler” en El Pensador Mexicano, t. II., que inicia en el Suplemento de 13 sept. 1813, y concluye en el del 20 del mismo mes. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 283-286; y en 1820 en el folleto Pasaportes y caballos. Cf. Obras X-Folletos, p. 264.

[2] cabeza de bola. “Cabeza redonda. Figuradamente se aplica y dice del que es duro en comprender las cosas, y no menos torpe en explicarlas: lo que regularmente denota ignorancia y corta capacidad: y assí quando se habla y trata de alguna obra, escrito ú discurso grande y profundo, se usa decir No es esto para cabezas redondas.” Dic. autoridades.

[3] cuartazo. Cf. nota 2 a Cuartazos y más cuartazos..., en este volumen.

[4] Caifás. Cf. nota 16 a Segunda pregunta de El Hijo de la Constitución..., en este volumen.

[5] calle del Refugio. “Corre de Oriente a Poniente, a continuación de la de los Tlapaleros [16 de Septiembre] y termina en la esquina de la del Espíritu Santo [Motolinia 1 S. N ]. Tres nombres ha tenido esta calle: Llamóse de la Acequia, como todas las que estaban antes y después de ella por la misma línea. A principio del siglo pasado tomó el nombre de calle de los Tlapaleros [...] y, finalmente poco después de haber mediado el siglo, comenzó a llamarse del Refugio.” Como se ve la fecha es incorrecta debido a que en esta calle se amontonaba la basura y se cometían actos de escándalo; el padre Francisco Javier Lascano, de la Compañía de Jesús, determinó que allí se pusiera una imagen de María bajo la advocación de refugio de pecadores que hizo Miguel Cabrera, pagando el costo el presbítero Juan de la Rosa y el comerciante Francisco Martínez Cabezón. La imagen fue colocada a fines de 1557, cuando el cuadro de madera formado de pluma que la recubría se reventó, se le hizo un nicho de piedra. En el lapso intermedio —hasta 1760— estuvo en la Iglesia de las Capuchinas. Los gastos de este retablo, la función y procesión la pagaron los vecinos. Cf. José María Marroqui, La ciudad de México, t. III, p. 655.

[6] pesos. Cf. nota 21 a Consejos a El Pensador..., en este volumen.

[7] pacemos en el original.

[8] reales. Cf. nota 4 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[9] calle de la Diputación. La Diputación estuvo en el edificio del Ayuntamiento, en el lado sur de la Plaza Mayor. El portal de la Diputación miraba hacia el oriente también llamado del Ayuntamiento.

[10] hay en el original.

[11] monopolistas. Cf. nota 2 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[12] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.