PREGUNTA A EL PENSADOR MEXICANO

SOBRE PENSIONES DE CASAS Y COCHES[1]

 

 

Muy señor mío: hace algunos días, y con particularidad desde que se restableció la libertad de la imprenta,[2] que mi espíritu no descansaba sólo en considerar la esclavitud y opresión que experimentan los infelices operarios de las panaderías de esta capital, y en obsequio de la humanidad afligida, estaba resuelto a dar a las prensas un discurso que coadyuvase en parte a aliviar a estos miserables para libertarlos de tal servidumbre, como diametralmente opuesta a la libertad civil que prodiga la sabia Constitución Política de la Monarquía Española que hemos jurado.[3] Pero, habiendo llegado a mis manos la pregunta que se le hace a usted por el señor F. H., sobre bagajes y coches de providencia,[4] me obligó a suspender mi proyecto, y a tomar la pluma para hacerle a usted otra no de menos interés que aquélla, por estar convencido, a pesar de que soy lego, de obscuros talentos y sin más ilustración que la muy escasa que prodiga a todo hombre la lógica natural, el leer diversos papeles y residir en la Corte, que la impolítica contribución, que el anterior gobierno impuso sobre las casas y coches, es enormemente perjudicial y gravosa a los que la sufren: contraria a la libertad individual que concede a todo español el Código divino: no necesaria ya en las presentes circunstancias, y sólo útil y provechosa a los manipulantes y empleados en ese desconocido ramo.

Aunque algunas de mis proposiciones parecerán muy avanzadas, en especial a los egoístas y serviles, no lo son en manera alguna, si se examinan con cordura, madurez y un pleno desinterés. Y aunque por estolidez e ignorancia no seré capaz de manifestarlo, pero sí de apuntar algunos principios que, sirviendo de un tosco borrón a la pericia y literatura de usted, le animarán para producirse en la materia con la claridad y acierto que le es característico, hasta conseguir se decrete la extinción absoluta de unos gravámenes no conocidos, sino en los tiempos que predominaba el despotismo, arbitrariedad y revolución.

Que aquellos son enormemente perjudiciales y gravosos a los que los sufren es un aserto tan positivo y evidente que no hay quien dude lo contrario: pues, cuando los contribuyentes pagan esa inicua pensión, es sin retribución alguna, no a manera de los que satisfacen alcabala de los efectos que expenden, que por lo regular la resarcen de los consumidores, y de ahí[5] dimana el que se les haga sumamente doloroso desembolsar una pensión por vivir en la casa, y disfrutar del coche que les ha costado su dinero.

Tal sentimiento se lo aumenta en sumo grado la juiciosa reflexión, que no se les aparte de su memoria, de que la construcción de casas, así como es el ramo más importante a la conservación y aumento de las poblaciones, es la negociación menos pingüe del Estado; de manera que por esa razón, si aquellas fincas urbanas no se equipararan tan necesarias como la subsistencia, creo sin equivocación no habría quién comprase ni fabricase la choza más infeliz.

De tal principio ha dimanado que, desde que las casas reportan ese nuevo impuesto, no se encuentra quién las compre, si no es por la mitad de su intrínseco valor; que muchas se vean destruidas en lo absoluto; otras arruinadas, y distintos sitios sin pretender levantar en ellos edificios suntuosos como lo exige lo inmejorable de su situación.

Mas yo les concedo justicia y razón, porque los que disfrutan facultades tienen por mejor emplear su dinero en otros giros y comercios que les prodiguen rateras utilidades, que no en construir y comprar casa, cuando advierten que no les acarrean más que incomodidades y desembolsos, ya con los inquilinos que no quieren o no pueden satisfacer los arrendamientos, ya con los continuos gastos que ofrecen los casi diarios reparos que proporcionan los temblores, aguas, etcétera, y ya particularmente por la pensión del diez por ciento, donde el cobrador, orgulloso por el destino que obtiene y oficina de donde depende, se hace más temible que el déspota más bárbaro, pues muchas veces querrían más bien los dueños de casas verse rodeados de su más importudos[6] acreedores, que no de los recaudadores de semejantes arbitrios.

En corroboración de esta verdad, pregúntese a los infelices deudores de ese ramo las tribulaciones y amarguras que han experimentado cuando han sido reconvenidos por la solución, principalmente si han sido pobres y destituidos de respeto, pues muchísimos, por no verse molestados e injuriados de los cobradores, han tenido por mejor el postergar sus precisos alimentos y los de su mujer, hijos y familia, por pagar lo que se les exige.

Aún hay más: como que tan temeraria contribución es extensiva no sólo a esta capital, sino a todo el reino de Nueva España, ha sucedido que [en] los países más distantes del centro del poder se palpen y ejecuten mayores extorsiones con los deudores de esa pensión. Me acuerdo, entre otros casos memorables, que en cierta población de las no poco civilizadas, contaba una pobre mujer viuda, de avanzada edad, muy enferma, y sin los más mínimos recursos de subsistencia, con una casilla tan infeliz y despreciable que apenas le proporcionaba a ella sola dónde pudiese vivir con alguna incomodidad. Por sus notorias necesidades, le había sido moralmente imposible satisfacer en algún tiempo la contribución que se le impuso. Mas [sic] llegado el último plazo que su acreedor le puso, y no convencido éste de su miseria, desnudo de los sentimientos de humanidad y fraternidad, como también el que lo mandaba, o de quien se numeraba dependiente, le decretó el embargo de la casilla, se ejecutó; se le hizo salir a la dueña, y se dio a otro extraño en arrendamiento hasta que las rateras rentas cubrieron la cantidad en que se le dijo hallarse descubierta por la contribución.

¿Cómo quedaría y viviría aquella desgraciada mujer viuda, vieja, enferma, sin recursos, sin alimentos, y sin su casilla, mientras que sus rendimientos se distribuían entre los manipulantes de los inicuos arbitrios y sus dependientes?

Innumerables de [sic] acontecimientos tan bárbaros e inhumanos ha ocasionado la imposición de gravámenes en las habitaciones, y otros no menos sensibles, como los de que muchos leales vasallos, resentidos del gobierno por ésta y demás pensiones que no podían reportar, se emigraron de las poblaciones donde residían, y se unieron con los insurgentes,[7] ya por vengarse de los agravios que habían resentido, y ya porque iban en solicitud de recursos para sostenerse, y a sus obligaciones.

Que la constribución de que se trata es contraria a la libertad individual que concede a todo español el Código divino es una proposición más evidente que la primera que senté. Para conocerlo no es menester más que entender lo que es la libertad que la Constitución nos prodiga, por la que todo ciudadano puede hacer lo que quiera, no siendo opuesto a la ley, y conocer lo que deprime y envilece al hombre pagar por morar en la casa que le costó sus sudores, y por andar en el coche que es suyo propio.

Que no es necesaria en las presentes circunstancias es igualmente una verdad que no requiere justificación. El Estado, o la monarquía antes de la rebelión, con los productos de los ramos que conservaba, lejos de faltarle para cubrir su precisos gastos, antes mantenía un regular sobrante. Por el transtorno que sufrió el reino en la propia revolución, se vio en precisión el gobierno de aumentar sus desembolsos, y, a proporción, las contribuciones. Cesó ya la rebelión, y vemos rayar la aurora de la paz en este hermoso Continente: y he aquí que, por tan dichoso resultado, deben disminuirse los gastos, y destruirse en lo absoluto unos impuestos tan perniciosos y destructores, y que sólo se pudieron tolerar por lo sagrado de su destino.

Que es útil y provechosa a los manipulantes y empleados en ese desconocido ramo es un acerto tan claro como los rayos del sol: porque si los recaudadores, que es la plaza más despreciable de la oficina, disfrutan anualmente seiscientos pesos cada uno,[8] manos libres, y pasearse todo el día, ¿cuál será el sueldo de los demás que gravitan sobre ellos, que por la superioridad de su destino tienen mejor asignación y los caudales a su arbitrio?

Dije que sólo era útil y provechosa a los manipulantes y empleados, porque estoy cierto de que en este ramo sucede lo mismo que en las aprehensiones de contrabandos de tabacos[9] que, para que la hacienda pública perciba una parte, es necesario que antes se repartan las nueve restantes entre los aprehensores, denunciantes, dependientes y jefes de ese ramo, pues a todos les alcanza el pan bendito,[10] siguiéndose de aquí que cuando todos aquellos se están labrando su fortuna sobre las ruinas de los desgraciados que se ocupan en esos comercios, éstos perecen con sus familias en manos de la hambre y necesidad.

Por tanto, señor Pensador, como que yo y muchos rudos e ignorantes necesitamos de ilustración y de saber si los gravámenes que he referido son o no perjudiciales a la sociedad, espero de su amor a la nación y anhelo por la común felicidad que nos comunicará sus luces, y lo conveniente al gobierno en el caso que se deba decretar su abolición.

La existencia de usted es necesaria para la ilustración del pueblo, ahora que puede hacerlo por la libertad de la imprenta, y por lo que el Autor de la Naturaleza se la conserve hasta el último día de los tiempos, como lo desea su apasionado


J. V. G.[11]

 


[1] México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 8 pp.

[2] libertad de imprenta. Cf. nota 19 a Sermón político-moral, en este volumen.

[3] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[4] Véase el folleto anterior.

[5] hay en el original.

[6] importudos por importunos o inoportunos. “importuno, na. Lo que es fuera de tiempo ù de propósito. Del latín importunus. Intempestivos.” Dic. autoridades.

[7] insurgentes. Cf. nota 7 a El Pastor del Olivar..., en este volumen.

[8] En la Oficina de la Aduana en 1793 y en 1802 el superintendente recibió un salario anual de 6 mil pesos, el tesorero 3 500 y el contador principal de 3 mil. En 1794, el superintendente de la Casa de Moneda tenía un salario de 6 mil pesos. En 1790, el administrador municipal de Correos y Postales recibía un salario anual de 4 mil, la misma cantidad para el año de 1825. En 1809 el contador mayor de la Contaduría General de Tributos ganaba 36 mil pesos, cuatrocientos menos que en 1804.

[9] tabaco. Los nahuas lo llamaban “yetl”. El visitador José de Gálvez estableció su estanco como una de las primeras reformas. Fue uno de los principales ramos de la Real Hacienda destinados a España. El estanco del tabaco conllevó restricciones a su cultivo, elaboración y comercio. Los cosechadores vendían el tabaco al gobierno al precio que éste fijaba.

[10] pan bendito. “el que suele bendecirse en la misa y se reparte al pueblo. Cualquier cosa que, repartida entre muchos, es recibida con gran aceptación.” Cf. José Luis González, Dichos y proverbios.

[11] J. V. G. Sólo tenemos noticia de J. V. El Observador. Estas iniciales corresponden a José Manuel Valdés, un cura simpatizante de los insurgentes que hizo publicar varios pasquines contra la dominación. En el Diario de México, t. XII, núm. 1068, 11 mayo 1810, pp. 523-524, aparece una “Proclama o qué sé yo a los compañeros de México y sus habitantes” por Perico el de los Palotes, el J. V. Otro escritor o quizá el mismo J. V., firmó Espíritu constitucional: viva nuestro rey, Puebla: Imprenta Liberal, 23 oct. 1820, en donde dice: “donde nos hallemos, contad con nuestros hermanos [...] defendemos constantes y resueltos nuestros sagrados derechos y la ‘augusta y respetable Constitución’”, p. 1; también firmó La Inquisición se quitó pero sus usos quedaron. México: Imprenta de Valdés, 1820. En el Diario de México, 2 feb. 1806, aparece un poema firmada por Br. J. V. o J. V; también el 23, 29 de junio y 17 de julio de 1808; 11 de mayo y 6 de junio de 1810; colaboró en la Gaceta de México. Consumada la Independencia publicó Delirios y corderos bélicos del Br. José Valdés, México, 1821. Como Perico el de los Palotes publicó la “Proclama” de 1810 en el Diario de México. Cf. Ruiz Castañeda, Diccionario de seudónimos..., p. 837.