PALOS A EL PENSADOR MEXICANO O REFLEXIONES SOBRE EL PENSAMIENTO EXTRAORDINARIO DEL 26 DE ENERO DE 1814[1]

 

O quisquis volet impias

Caedes, aut rabiem tollere civicas:

... indomitam audeat

Refrenare licentiam.

 

Horacio. Oda 1. 3.[2]



 

Señor Pensador: ¿no es una cosa chocantísima que, sabiendo vuestra merced de memoria, y estampando en su Pensamiento Extraordinario (¡caramba y qué extraordinario!) que para escribir sobre materias tan delicadas es menester mucho tino, mucha penetración, y lo que más importa, desnudarse de toda pasión y no perder de vista la verdad,[3] haya tenido el arrojo de vertir en el mismo papel tan desatinados despropósitos? Vaya que con razón ha sido menester dar a algunos con el texto en los ojos, para hacerles creer que el mismo Pensador de marras es el que ahora ha disparatado tan orgullosamente.

1 ¿Conque la ignorancia, el orgullo, el desperdicio y la desunión constituyen el carácter de los americanos?[4] 2 ¿Conque vuestra merced no sabe lisonjear?[5] 3 ¿Conque nuestra patria sin los vicios que la afean podría alternar con las ciudades más cultas de la Europa?[6] 4 ¿Conque nuestra ignorancia es evidente hasta lo sumo?[7] 5 ¿Conque la altivez y el orgullo acompañados del valor y amor a la patria son recomendables?[8] 6 ¿Conque los criollos hemos sabido aprender y conservar los defectos del español y el indio sin sus virtudes?[9] ¿Conque somos soberbios, orgullosos, cobardes y apocados?[10] 7 ¿Conque vuestra merced jamás trata de explicarse en perjuicio de su patria?[11] 8 ¿Conque después de este cúmulo de lisonjeros regalillos espera vuestra merced que los americanos sabios estimen sus producciones, y que muchos criollos digan al leerlos ¡qué bien dice El Pensador!...?[12] ¡Oh, amor propio y de qué monstruos eres padre! En efecto, señor Pensador, aunque vuestra merced no nos dijera desde la primera página de su papel que agitaba sus consideraciones el amor propio,[13] era fácil adivinarlo en vista de lo que escribe. Pero vamos a ver cuánta razón ha tenido vuestra merced para proferir cada cosa de éstas.

En primer lugar: el que vuestra merced diga que la ignorancia, el orgullo, etcétera, constituyen el carácter de los americanos, no prueba que esto sea una verdad, antes al contrario, el que sólo un hombre como vuestra merced lo asegure, cuando tantos sabios no se atreven a proferirlo, arguye claramente que es una falsedad. El que se atreve a escribir proposiciones tan injuriosas a todo un pueblo debe, si no quiere ser tenido por un loco, probarlas con fundamentos sólidos e irrefragables. Esto es lo que vuestra merced no ha hecho ni hará jamás, contentándose con asegurarlo, y esperando ridículamente que los españoles americanos con humillada cerviz se sometan a su magistral decisión, sólo porque vuestra merced lo ha dicho, sin que haya uno que se atreva a decir esta boca es mía. Pues no, señor, mientras vuestra merced no pruebe su aserto, no espere que lo hemos de creer bajo su palabra de Pensador, y más teniendo en su contra el silencio de los verdaderamente sabios, que en la materia son mejores votos que vuestra merced.

2. No sé cómo se atreve vuestra merced a decir que no sabe lisonjear, cuando los que hemos leído todos sus papeles sabemos que existe en letras de molde un testimonio irrefragable de que lo sabe hacer muy bien.[14]

3. Dice vuestra merced que nuestra patria sin vicios podría alternar con las ciudades más cultas de Europa.[15] Esto es suponer que en estas ciudades no hay vicios,[16] lo que es una notoria falsedad. Por otra parte, una nación sin vicios y sin virtudes (de que vuestra merced la despoja como veremos adelante) es una cosa imposible, y que sólo podría alternar en ese caso con las bestias, que no tienen vicios ni virtudes. ¡Oh, y qué honor hacen estos absurdos a su patria y a su talento! Sin embargo, vuestra merced, que se precia de buen patriota y amante de la verdad, los ha estampado con caracteres indelebles.

4. Vuelvo a decir que no basta que vuestra merced asegure una cosa para que sea cierta, especialmente si es injuriosa a todo un pueblo. Sí, señor: nuestra ignorancia por más que vuestra merced lo grite no es evidente hasta lo sumo. De lo contrario hay tantos y tan evidentes testimonios[17] que es menester cerrar los ojos y los oídos para no conocerlo, y atreverse a imputar tamañas injurias. La apuesta pública con que vuestra merced en aire de triunfo cree haber probado nuestra ignorancia, es un grosero sofisma, capaz sólo de alucinar a los que no sepan más lógica que la que vuestra merced sabe. La mayor parte de los que transitan las calles es una clase de gente que, aunque no sepa leer ni escribir, su ignorancia no puede probar la nuestra, porque no tiene obligación de saber estas artes, que vuestra merced con su acostumbrado tino llama bagatelas. ¿O quiere vuestra merced que sepan leer y escribir los cargadores, los lacayos, los mandaderos, los aguadores, los fruteros, los dulceros, las mamoneras,[18] los bizcocheros, los pasteleros, las ceberas, las melcocheras,[19] los carboneros, y en una palabra, la ínfima plebe? Pues ésta es la clase de gente que por sus destinos se presenta en las calles siempre en mayor número que la gente mediana y superior. La ignorancia de estas últimas en leer y escribir es la que podría argüir parte de la nuestra; pero de ninguna manera la nuestra como vuestra merced quiere concluir. Pues ahora sepa vuestra merced que estas dos clases de gentes tienen por lo regular un género de ocupaciones, que no se desempeñan en las calles, sino en los estudios, oficinas, talleres, etcétera; y así de ninguna manera puede haber regularidad y proporción en la apuesta que vuestra merced hace, que desde ahora le digo que ganaría seguramente, por quererla celebrar a su modo. Pero no sucedería así si vuestra merced admitiera una apuesta semejante que se le podía hacer.

Y si no, ¿a que no admitía vuestra merced al Arquitecto[20] este trato si se lo hiciera? Vuestra merced y él se ponían a la entrada de la Universidad,[21] de una Academia,[22] de la Biblioteca Turriana,[23] o de cualquiera otra pública, y por cada uno de los criollos que entrase que supiera leer y escribir daba vuestra merced medio real,[24] y por cada uno de los que ignoraran esta bagatela se le daba a vuestra merced un real, vaya, ¿admitiría vuestra merced esta apuesta? A que no, ¿eh?

5. No condena vuestra merced la altivez y el orgullo cuando están acompañados del valor y amor a la patria;[25] pero la sana moral y el Evangelio sí lo condenan. ¿A quién deberemos estar?

6. Afirma vuestra merced con tono magistral y decisivo que los criollos,[26] que son una casta de indio y español, han sabido aprender y conservar los defectos de ambas clases sin sus virtudes;[27] y no contento con decir esta proposición general, que les da todos los viciosa de unos y otros, y no les deja una virtud siquiera, quiere vuestra merced todavía, para que no nos quede duda, especificar algunos de estos vicios, añadiendo que somos soberbios, orgullosos, cobardes y apocados... ¡Hombre de Dios! ¿Quién ha de creer, sólo porque vuestra merced lo dice sin pensar en probarlo tan garrafales despropósitos? ¿Sabe vuestra merced las cualidades que son necesarias para poder con acierto definir el carácter moral de toda una nación? O las sabe vuestra merced o no. Si no las sabe, ¿cómo se atrevió con injuria de toda la nación a definir su carácter? Si las sabe, ¿cómo tuvo la osadía de definirlas sin tener las cualidades necesarias? No admire vuestra merced que diga que no las tiene, pues no hay cosa más fácil de saberse, después que vuestra merced ha hecho alarde de dar su nombre al público y de que éste lo tiene tan conocido. Todos sabemos sus principios y cuáles han sido sus estudios,[28] que ciertamente están muy distantes de acercarse a los conocimientos indispensables para la espinosa materia de que se trata. Y aunque eso no fuera tan público, en los papeles de vuestra merced se encuentran defectos, que desde luego anuncian su ineptitud y pequeñez para tan elevada empresa.

Y para que vuestra merced conozca lo errado que anduvo en su injuriosa y atrevida definición, voy a hacerle ver de bulto[29] que en los americanos hay la virtud de la unión[30] de que vuestra merced los despoja, y no tienen los vicios de la cobardía, entumecimiento y desunión que les imputa. ¿No es verdad que nuestras tropas en la mayor parte están compuestas de criollos? Pues esas tropas de criollos, no una sino muchísimas veces, han llenado de admiración a la América toda con mil y mil prodigios de valor y gloriosa intrepidez; y de ello tenemos repetidos testimonios en cada una de las Gacetas;[31] testimonios que vuestra merced no podrá negar, y que para su confusión serán eternos monumentos del ínclito valor de los americanos. Ahora bien, estas gloriosas acciones ¿podrán ser el efecto de la desunión, el entumecimiento y la cobardía?[32] Es imposible, porque es imposible que las huestes en que reinen estos tres vicios como característicos puedan hacer no digo lo que han hecho nuestras tropas, pero ni aun conseguir la mínima y más fácil de sus victorias.

Pero quiero permitir a vuestra merced, sin concedérselo, que el que nos ha pintado sea el verdadero carácter de los americanos: vuestra merced no debía ignorar la sabia máxima de que no todas las verdades deben decirse. Puntualmente en el caso, permitido ésta sería una de ellas, porque con decirlo no se conseguía otra cosa que ofender y hacer odioso a todo un pueblo, y la bastardía de descubrir a cuantos los saben y no los saben los defectos de la patria no es ciertamente una acción con que el que se precia de amarla tanto, como vuestra merced, pueda probar el filial amor que la tiene.[33] Ni quiera vuestra merced decirnos que ese mismo amor a la patria le hace ridiculizar sus vicios para que los deteste.[34] Lo primero, porque vicios que constituyen el carácter de un pueblo entero, no son de los que se detestan y corrigen por el débil medio de la sátira,[35] aunque se suponga a vuestra merced autor el más sabio y el de mayor crédito en su nación; circunstancias que a la verdad no concurren en vuestra merced. Lo segundo, que aunque en vuestra merced concurrieran estas circunstancias, y los defectos de que hablamos fueran de los que se corrigen con la sátira, siempre quedaba imposible su corrección, porque como son vicios que comprehenden a la nación entera, sería imposible que la sátira llegase a noticia de todos sus individuos, ya porque no todos saben leer, ya porque, aunque sepan, no todos quieren ni pueden leer semejantes papeles, y no llegando a noticia de todos, es claro que la sátira no podía producir su efecto en todos. Además que vuestra merced no los ha ridiculizado según las leyes de la sátira, sino que sólo los ha expuesto desnuda y sencillamente, lo que de ningún modo puede llamarse sátira.

7. En vista de todo esto no sé cómo vuestra merced nos asegura que jamás trata de explicarse en perjuicio de su patria, antes sí de servirla. Vaya, que si esto es servirla, la patria tan agradecida como escarmentada podría decir a vuestra merced el siguiente epigramilla, que un aficionado a la poesía dijo a un sujeto que solía favorecerlo del mismo modo que vuestra merced favorece a su patria:

 

Atendiendo a mi provecho

según tú mismo dijiste,

mil favores me ofreciste

y a tu modo los has hecho.

Voy a pedirte el mejor

si quieres favorecerme

y es que no vuelvas a hacerme

en tu vida otro favor.[36]

 

Sí, señor Pensador, si trata vuestra merced de servir a la patria, del modo que lo ha hecho en su Extraordinario, con mucha más razón que vuestra merced al Arquitecto, se le puede aplicar aquello de Virgilio que vuestra merced no supo copiar:

 

Non tali auxilio, nec defensoribus istis

Tempus eget.[37]

 

Acaso querrá vuestra merced evadirse de la nota de haber ofendido e injuriado a su patria con decirnos que en su paréntesis, que se halla al fin de la página 18, concede a los americanos algunas bellas prendas;[38] pero además de que esto es casi nada, respecto de los muchos vicios que les imputa, esas bellas prendas (que pueden ser o no virtudes) no entran, o vuestra merced no las hace entrar en la formación del carácter de los americanos, sino que sólo están envueltos con los defectos que por sí constituyen su carácter. Fuera de esto vuestra merced mismo nos quita toda duda, cuando mucho después, hablando decisivamente y para desengañarnos por si nos hubiera quedado alguna esperanza, nos dice bien claramente que hemos sabido aprender y conservar los defectos de los españoles y de los indios sin sus virtudes: que es decir que tenemos todos y cuantos vicios tienen ambas clases juntas, sin tener una sola siquiera de sus virtudes. Ni quiera vuestra merced negar que habló con esta generalidad, porque sus proposiciones, si hemos de estarnos a las reglas de la lógica, son tan generales como las que más. A lo dicho debe añadirse que en materias tan delicadas para evitar cualquier motivo de obscuridad o confusión, no debe omitirse ninguna palabra que pueda contribuir a la claridad con que deben tratarse.

Y después, señor Pensador, que vuestra merced que es un español americano, vuestra merced que es un escritor público, vuestra merced que se precia de amante de la patria, vuestra merced, en fin, que tanto se dice amador de la verdad, ha estampado tales cosas, ¿cuál de los españoles americanos tendrá frente para quejarse si algún extranjero le imputa vicios de tamaña fealdad?,[39] pero ¿qué digo de tamaña fealdad? Ningún extranjero o no extranjero se ha atrevido a decir tanto mal de los americanos.[40] Señáleme vuestra merced uno siquiera que nos haya absolutamente despojado de todas las virtudes, dejándonos en posesión de todos los vicios de dos naciones juntas... ¡Oh, cuánto mejor es ser autómatas u orangutanes! Éstos, ya que no son capaces de alabanza en lo moral, a lo menos tampoco lo son de vituperio.

8. Sin embargo de todo esto, es tal el orgullo o amor propio de vuestra merced que está seguro de que los americanos sabios estiman sus producciones, y cree que muchos criollos dirán al leer su papel ¡qué bien dice El Pensador![41] Pues qué, ¿los cree tan insensatos, tan ciegos por vuestra merced que, desnaturalizados huellen bajo sus pies los sagrados intereses de la patria, que no deja perder de vista el naturalísimo amor que se la tiene? ¿Han de arrancar de su corazón los justos sentimientos que puso allí naturaleza en favor de la patria, para sacrificarlos en las aras del que se atreve a despedazarlos tan atrozmente? No, señor Pensador, no espere vuestra merced tan inauditos milagros. No espere vuestra merced que en su obsequio se trastorne todo el orden de la naturaleza.

Si vuestra merced quiere merecer la estimación pública, desdígase de tamañas injurias, confiese su error, que seguro está que esta ingenua confesión sea un obstáculo para granjearse el aprecio público. Dé vuestra merced este paso, ya que antes no hizo lo que sin duda le hubiera estado mejor. Quiero decir, que se hubiera vuestra merced contentado con arrollar a su flaco y débil enemigo,[42] sin meterse en honduras que requieren necesariamente genio particular, grande experiencia y vastísimos conocimientos; y sin usar tampoco de un estilo que en el principio, medio y fin de su papel está rebosando una satisfacción y un orgullo poco tolerables y que no le hacen honor alguno.

No debe vuestra merced ofenderse del título de mis reflexiones, en atención a que los palos que yo le puedo tirar son blandos y suaves[43] respecto de los que merecía, después de haberlos vuestra merced tirado algo más que de ciego,[44] ya por su espantosa extensión, ya por su cáustica dureza. Tampoco he tratado de ofender a vuestra merced, cuando lo he notado de orgulloso, pues lo he hecho solamente con el objeto de que vuestra merced lo conozca y se enmiende, sin pasarme siquiera por el pensamiento herirlo en la persona, tanto porque esto es muy ajeno de cualquiera crítica juiciosa y razonable, como del modo de pensar de


Nugagá[45]

 
 


[1] En la Oficina de don Mariano Ontiveros [Cf. nota 1 a Aplaudo el mérito..., en este volumen], año de 1814, 7 pp. Sobre el Suplemento extraordinario de 26 ene. 1814 de El Pensador Mexicano véase la nota 1 a Segunda parte. Del diálogo entre el Arquitecto y el Petimetre contra El Pensador número 18, en este volumen. Fernández de Lizardi contesta a este folleto Palos... en el núm. 6, t. III de El Pensador Mexicano, titulado Escudo de defensa contra los palos del señor Nugagá, 24 feb. 1814. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 409-417.

[2] O quisquis volet impias/ Caedes, aut rabiem tollere civicas/ ...indomitam audeat/ Refrenare licentiam: (Oh, cualquiera que anhele poner fin a las los impíos asesinatos y cívico furor.) Si quaeret PATER URBIUM subscribi statuis, indomitam audeat. (Si el padre de las ciudades buscara subscribir con estatutos y osara refrenar el salvaje libertinaje). Horacio, Libro III, oda XXIV, vv. 25, 26, 28 y 29. Traducción de José Quiñones Melgoza.

[3] En el Suplemento de 26 ene. 1814, la idea completa es como sigue: “Para escribir sobre materias tan delicadas es menester mucho tino, mucha penetración y, lo que más importa, desnudarse de toda pasión y no perder de vista la verdad, porque en faltando el equilibrio, por cualquiera parte es peligroso.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 503.

[4] En el Suplemento de 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi había escrito: “Por desgracia, la ignorancia, el orgullo, el desperdicio y la desunión, peor que todo, constituyen el carácter de los americanos (envueltos estos defectos con otras bellas prendas, como he dicho y repito), pésele a usted o a otros como usted o no les pese.” Ibidem, p. 500; después responde en  Escudo de defensa... que el error fue generalizar: “En mis anteriores papeles [...] verá que jamás he tratado de generalizar” y después aclara: “A la verdad que es un cobarde modo de combatir a un escritor andarle al alcance de una que otra proposición que, o se le haya escapado como hombre o no haya explicado bien por un descuido natural, desentendiéndose al mismo tiempo, de otras que haya estampado en anteriores, probando su modo de pensar en la materia”. Ibidem, p. 412.

[5] En el Suplemento de 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribió: “Tanto así dista mi carácter de lisonjero que no sé lisonjear ni a mis paisanos.” Párrafos adelante dice: “yo a nadie contemporizo ni lisonjeo, pues, a ningún europeo, que es lo que usted trata de dar a entender. A dos visito; pero son dos más pobres que yo, y son dos que cuando tuvieron principal fueron mis amos y me franquearon su dinero, su mesa y su estimación como lo podía haber tenido en la casa de mi padre. Fuera de éstos, que alce el dedo cualquier europeo, a ver quién me favorece ni con dinero ni con empeño, que son los motivos porque se lisonjea.” Ibidem, pp. 504-505.

[6] En el mismo lugar Fernández de Lizardi continúa: “¿qué tengo, pues, que entumecerme por el desprecio y mal agradecimiento de cuatro pedantes, que hacen consistir el amor de la patria en adular y hacer pasar por virtudes los mismos vicios que la afean, y sin los cuales podría alternar con las ciudades más cultas de la Europa?” Ibidem, p. 500.

[7] En dicho Suplemento nuestro autor escribió literalmente: “Nuestra ignorancia es evidente hasta lo sumo, y si no, ¿a que no celebra usted conmigo una apuesta pública? Soy pobre y no puedo apostar sino dos onzas de oro; pero éstas se las apuesto a usted a que no admite el trato que le voy a hacer, y es éste: usted y yo nos ponemos en la calle que usted elija de la ciudad, y por cada uno de los criollos que pasen enfrente de nosotros que sepan leer y escribir bien, le doy a usted un real; y por cada uno de los que ignoren esto, me da usted a mí medio real.” Idem.

[8] Cf. nota 16 a Segunda parte del diálogo entre el Arquitecto y el Petimetre contra..., en este volumen.

[9] En el Suplemento en cuestión, Fernández de Lizardi escribió: “Desengañémonos: los criollos somos una verdadera casta de español e indio, y hemos sabido aprender y conservar los defectos de ambas clases sin sus virtudes. No tenemos el secreto, la unión ni el amor al paisanaje del español, pero tenemos su orgullo y altanería; no tenemos la misma unión del indio, pero sí su entumecimiento y cobardía.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 504.

[10] Fernández de Lizardi continúa el párrafo de la cita anterior con lo siguiente: “No hay contradicción: somos (lo he dicho) soberbios y orgullosos con los inferiores y cobardes y apocados con los que son algo más que nosotros por su caudal o destino.” Idem.

[11] Continúa Fernández de Lizardi en el mismo Suplemento: “yo jamás trato de explicarme en perjuicio de mi patria, antes sí, de servirla en lo que puedo, y que el verdadero patriotismo consiste en procurar ser útil a los paisanos, no en aborrecer a los españoles, sean buenos o sean malos.” Idem.

[12] En el Suplemento señalado de 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribió que condenaba “aquel orgullo con que Pedro, por ejemplo, si tiene cuatro reales, ve con el mayor abandono, no sólo a sus paisanos, sino a sus hermanos cuando éstos han tenido la desgracia de ser pobres, negándoles entonces no sólo los socorros, sino aun aquellas demostraciones de urbanidad propias de todo hombre bien nacido y dignas de practicarse aun con los extraños. Este vicio lo detesto; este orgullo egoísta lo abomino, y ¡oh, cuántos criollos al leer este papel dirán: qué bien dice El Pensador!” Ibidem, p. 501.

[13] En el mismo Suplemento, Fernández de Lizardi escribió: “El primer papel de usted lo contesté, o por mera diversión, o por haber usted sido el primer criticastro que salió de su cocina para impugnarme; porque reparé que si miraba sus tareas con un silencioso desprecio, el público menos avisado diría: ‘¿Qué tal? El Pensador habla y ha hablado a tintín de boca porque no ha habido quien lo impugne; pero ahora que ya encontró la suela de su zapato con el señor Arquitecto se ha callado la boca como un puto, y no se atreve a chistar palabra.’

     Esta consideración agitada por el amor propio no me dejó despreciar la crítica de usted como debía. Sin embargo, ahora, ya asegurado de que me había sacudido bien (según dicen por ahí), pensaba el no contestar a ésta ni semejantes críticas sino con el silencio.” Ibidem, pp. 499-500.

[14] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde como sigue: “Amigo, siempre que he escrito algunas alabanzas ha sido persuadido de que las merece el héroe o héroes a quienes las he tributado [...] no hay tal testimonio de mi lisonja entre mis papeles [...] le suplico que públicamente lo señale diciendo éste es”. Ibidem, pp. 413-414.

[15] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi respondió: “no dije tal cosa, ni hablé con tanta generalidad; lo que dije fue que sin los vicios que la afean, no sin vicio alguno, como usted quiere dar a entender.” Ibidem, p. 414.

[16] En el mismo Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde con la afirmación siguiente: “un error craso o una malicia cabalística [es] hacerme autor de una mentira para hilarme una consecuencia absurda [...] que ‘todo hombre tiene sus vicios y virtudes’, y que ‘no hay nación alguna cuyos habitantes sean todos malos, ni todos buenos’; conque ¿cómo podría suponer que en las demás ciudades o naciones no había vicios, diciendo puntualmente todo lo contrario?” Idem.

[17] En el mismo texto Fernández de Lizardi responde: “Aquí habla de los sabios del reino; ¿y quién ha negado que los hay? En mi número 18, folio 162, se lee estas mis palabras: ‘Digo que en América hay muchos sabios; pero hay infinitamente muchos más ignorantes’.” Ibidem, p. 415.

[18] mamoneras. Dulcera o repollera que vende mamones (biscocho blando de harina y huevo; especie de marquesote o panqué; de almidón y huevo). Fue muy conocido en México este tipo popular de vendedor ambulante. Santamaría, Dic. mej. En la ciudad de Oaxaca sigue siendo un dulce muy popular y característico de la región.

[19] melcocheras. Que hacen o venden melcocha (pasta especial de dulce que se prepara con el jugo hervido de la tuna) en general, miel que, estando muy concentrada y caliente, se echa en agua fría, y sobándola después, queda muy correosa. En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi afirma que la educación popular estaba contemplada en los artículos 366, 367, 368, 369, 370 del título IX de la Constitución de 1812, que no exceptuaba a nadie como persona de “menos” valor. Cf. Obras III-Periódicos, p. 415.

[20] Cf. Los siete textos inmediatamente anteriores a éste en el presente volumen. En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “la retorsión de la apuesta que hice al Arquitecto contiene una disparidad gorda que cualquier sumulista la conoce. Ojalá se multiplicaran las escuelas de primeras letras. ¡Ojalá que [...] cuidaran de que esta clase de enseñanza no se alquilara a mercenarios ignorantes, y de que los hijos de la plebe se instruyeran.” Idem.

[21] Universidad. Cf. nota 60 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[22] Real Academia de San Carlos. Cf. nota 25 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[23] Biblioteca Turriana. La fundó el chantre de la Catedral de México, doctor Luis Antonio Torres Quintero, muerto en octubre de 1756. En diciembre de 1788, a la muerte del heredero Luis Torres Quiñón, y según lo dispuesto por el chantre Torres Quintero, la Biblioteca quedó en poder de la Catedral para que fuera de uso público. El local de la Biblioteca estuvo en las oficinas arzobispales; para su construcción, el donador entregó 20 mil pesos. En 1844 tenía 12, 295 volúmenes.

[24] real. Cf. nota 4 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[25] En el Suplemento de 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi había escrito: “La altivez y el orgullo de las naciones, cuando se acompaña del valor y del amor a la patria es recomendable.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 501.

[26] criollo. Cf. nota 46 a [Contestación a Quien llama al toro...], en este volumen.

[27] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “En el sentido en que lo dije así me parece; pero no es cierto que ésta sea una proposición general (como usted quiere) que los ponga en posesión de todos los vicios de unos y otros, sin dejarles una virtud [...] no sé dónde aprendió usted a sacar consecuencias tan depravadas.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 416.

a He dicho vicios, señor Pensador, porque la clase de defectos de que se trata, contraponiéndose a las virtudes, es claro que han de ser, y porque vuestra merced mismo, hablando de estos defectos al fin de la página 2 o 18 de su extraordinario, expresamente los ha llamado vicios.

[28] En Respuesta de El Pensador al Defensor de El Payo del Rosario (1825) dirigida a José María de Aza, Lizardi escribe: “estudié gramática latina en la casa de mi respetable maestro y padrino, el señor don Manuel Enríquez de Ágreda, donde obtuve el primer lugar; cursé retórica en esta misma Universidad Nacional, bajo la enseñanza del señor doctor don Francisco Zambrano; estudié filosofía en el Colegio de San Ildefonso, siendo mi maestro el doctor don Manuel Sancristóbal y Garay. De todo tengo en México condiscípulos vivos con qué atestiguar. El padre Izquierdo, ese héroe de la insurrección, el padre Espino, etcétera, fueron mis condiscípulos en gramática; el comerciante Quezadas, Cerero, el presbítero bachiller Carrera, el señor doctor don José Sotero Castañeda (hoy oidor de Valladolid), lo fueron en filosofía. No me gradué ni de bachiller, porque al tiempo de los grados se enfermó mi padre, que era médico del Colegio de Tepotzotlán; fui a asistirlo, y destripé el curso. He aquí toda mi carrera literaria.” Cf. Obras XIII-Folletos, pp. 616-618.

[29] ver de bulto. Manifiesto, visible, claro. Santamaría, Dic. mej. En Escudo de defensa...,Fernández de Lizardi responde: “¡caramba, y qué bulto tan aéreo!” Cf. Obras III-Periódicos, p. 412.

[30] En el Suplemento de 21 mar. 1814, t. III de El Pensador Mexicano, titulado Sobre una ridiculeza como decir: sobre el Diálogo fingido entre don Junsto, don Cándido y don Yucundo, como el presente entre tío Toribio y Juanillo, Fernández de Lizardi dirá en respuesta: “que es lo mismo que decir: en todos los americanos hay esta virtud, sin que haya uno solo que no la tenga y esta generalidad disparatada se le prueba en la página 6 del diálogo [Cf. Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen] donde dice o dicen por él, que lo mismo significa los que todos, y después se le aplica la reglita de lógica que nos hizo favor de enseñar.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 540.

[31] Gaceta. Cf. nota 32 a [Contestación a Quien llama al toro...], en este volumen.

[32] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “¡Hombre de Dios! [...] ¿quién le negará a usted que nuestras tropas son en mayor número de criollos? [...] Pero tome usted un polvo, si lo acostumbra, y respóndame, ¿quiénes o a qué pueblo pertenecen los vencidos? ¿No es verdad que son americanos iguales a los vencedores? Dígame usted, ¿la opinión y las armas de aquéllos no están en la más terrible desunión con nosotros? Finalmente, las derrotas continuas que han sufrido ¿han sido milagrosas o muy naturales por efecto de su ignorancia, de su culpa o de su cobardía? Es constante que a estos principios se deben atribuir [...] esto también lo expresan nuestras gacetas diciendo que tres o cuatro o veinte mil insurgentes o más huyeron cobardemente a la presencia de un puñado de valientes. Así lo dicen las gacetas, y usted tampoco podrá negar que son testimonios y eternos monumentos para su confusión, de la desunión y cobardía de sus paisanos; y tanto mejor me sirve a mí el argumento que a usted...” Cf. Obras III-Periódicos, pp. 412-413.

[33] laísmo. Cf. nota 7 a La visita a la Condesa de la Unión, en este volumen.

[34] En el Suplemento de 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responderá: “el amor de la verdad prefiere al de la patria, y éste no consiste en adular los vicios de los paisanos, sino en ridiculizarlos para que los detesten.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 500.

[35] Cf. nota 2 a Contestación al señor d [on] J[osé Joaquín]..., en este volumen.

[36] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “pues vaya la paga: Que no te haga otro favor/ me dices; ¿sabes por qué?/ Pues únicamente fue/ porque te advertí tu error./ Tomar tu consejo trato,/ porque estoy bien persuadido/ que es beneficio perdido/ el que se le hace a un ingrato.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 416.

[37] “El tiempo no necesita de tal ayuda ni de estos defensores” Eneida, libro II, vv 521-522. En el Suplemento de 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi, o los impresores, habían escrito: “Non iis auxiliis, nec defensoribus istis tempus eget”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 504. A esta objeción, en Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “Aquella friolerilla [...] de que no copié bien el verso latino que apliqué al Arquitecto con más propiedad que usted a mí se satisface remitiendo a usted a la imprenta, donde lo hallará bien escrito en mi original.” Ibidem, p. 417.

[38] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “digo ‘que sus defectos [de los americanos] envueltos con otras bellas prendas’, que es lo mismo que decir que en los mismos americanos en quienes encuentro aquellos defectos, hallo también otras bellas prendas o virtudes que los recomiendan. No puede ser más claro el descargo” Ibidem, p. 416. En el Suplemento de 26 ene. 1814 había escrito: “Por desgracia, la ignorancia, el orgullo, el desprecio y la desunión, peor que todo, constituyen el carácter de los americanos (envueltos estos defectos con otras bellas prendas como he dicho y repito), pésele a usted y a otros como usted o no les pese.” Ibidem, p. 500.

[39] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “muy fácil es la respuesta [...]. El que no los tenga. Si usted no los tiene, usted se puede quejar, y a fe que será atendido en justicia.” Ibidem, p. 417.

[40] Continúa Fernández de Lizardi en Escudo de defensa...: “¡Qué poco ha leído usted del juicio que muchos se han formado de nosotros.” Idem.

[41] Continúa Fernández de Lizardi en el mismo lugar: “De hecho lo he oído decir a bastantes: a algunos los conozco, y están prontos a repetirlo delante de usted y darle la razón; pero esto son boberas.” Idem.

[42] Por flaco y débil se entiende a Quidam, autor de los diálogos entre el Arquitecto y el Petrimetre, véase en este volumen.

[43] En Escudo de defensa..., Fernández de Lizardi responde: “Mi Escudo a esos palos no tiene señal de arma ofensiva, porque ya estamos en la santa Cuaresma y es preciso pedir de nuestros agravios y perdonar los que nos hayan hecho.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 417.

[44] Palo de ciego. “El golpe grande, dado con el palo. Dícese porque el ciego, como dá à tiento, descarga con furia el golpe. Y por alusión a qualquier daño ò injúria que se hace, sin reflexión ò medída.” Dic. autoridades. Palo de ciego es el título que Juan María Lacunza dio al primero de la serie de textos polémicos contra Fernández de Lizardi que publicó en el Diario de México entre octubre de 1811 y enero de 1812. Véase en este volumen.

[45] Nugagá. Fernández de Lizardi polemizó con éste debido a la publicación de estos Palos... Esta polémica, iniciada por el Suplemento de 26 ene. 1814 y continuada en el núm. 6, t. II de El Pensador Mexicano, 24 feb. 1814, como señalamos en la nota 1 de este folleto, se extiende hasta el 5 de mayo del mismo año, en el núm. 11, t. III de El Pensador, donde Fernández de Lizardi dice que se vindicó “en el número anterior de las maledicencias y equivocadas opiniones de nuestros privados rivales (por no decir enemigos), esto es, de aquellos que hablan y no escriben. Trataremos ahora sobre los públicos que dejamos pendientes [...], sobre los que hablan y escriben o, por mejor explicarme, sobre su opinión (aunque algo se les ha contestado)”, cf. Obras III-Periódicos, p. 445. Entre éstos cuenta a Nugagá: “Por último, ¿qué cosa extraña es que un americano publique y vitupere los defectos más visibles de su patria? [...]. A la verdad que Nugagá y sus aliados, a pesar de sus letras de facistol y de sus accidentales licenciaturas, han probado con solo su coraje mi verdad. Esto es, han hecho ver que en mi patria hay mucho vulgo entre bonetes y capas de golilla. Y si no, vaya una prueba de bulto. Yo dije en uno de mis números que los americanos [...] eran orgullosos y soberbios con sus iguales y entumidos y cobardes con lo que no lo son [...]. Dije que la mayor parte de este pueblo es ignorante, pero no necio; pueden saber si los enseñan, que esto quiere decir que son ignorantes por educación, [y no] por naturaleza. Aquí está invívita la disculpa y el elogio; pero no lo entendieron. En cuanto dije esto, salieron por ahí como unos bernardos echando palos y garrotazos, diálogos y fabulillas majaderas que se las pelaban; reclamando mi grande atrevimiento; levantándome mentiras que yo no había escrito; interpretando mi sentir.” Ibidem, p. 449. Termina Lizardi “Éste he sido yo para mi patria, éstos han sido los frutos que ha percibido de mis afanes y cariño; y Nugagá y el charlatán del Patricio Vero y sus aliados, ¡qué provecho han traído a nadie con sus impertinentes e infundadas críticas y mamarrachos? Dígalo el público.” Ibidem, p. 454.