Número 4

 

EL TEÓLOGO IMPARCIAL[1]

 

Respuesta del autor del Duelo de la Inquisición a El Pensador Mexicano, en su papel de El Conductor Électrico número 15

 

 

 

“Últimamente para que sepa lo legal y rectísimo del santo Tribunal por quien aboga, le copiaremos una carta que acabamos de recibir, y con cuya firma cubro la responsabilidad que me queda de imprimirla.”[2] Esta carta es del padre Lequerica,[3] preso antes del Santo Oficio, y cuando la escribió del señor arzobispo,[4] por cuya cuenta estaba en el Convento de Santo Domingo.[5] Se omite ponerla aquí, por haberse hecho ya su asunto de quejas bastante público, con motivo de haberla insertado en su periódico El Pensador. Nada tendría yo que decir sobre esta carta, por ser su asunto de juicio totalmente inconexo con el mío; pero estampándola El Pensador a pretexto de mi instrucción y desengaño en cuanto inquisicional, debo en el particular hacerle algunas reflexiones.

Primera: uno de los fundamentos de los anti-inquisicionales para exigir la extinción del Tribunal[6] fue siempre el que su objeto era propio de los obispos, por ser los jueces ordinarios de las cosas de religión, y cuya prudencia era más notoria para manejar a los reos con la prudencia y mansedumbre que no se prometían de aquél. Parece que, estando el padre Lequerica ya en el juicio de su señoría ilustrísima, debió El Pensador descansar en ese juez de apelación, que por tanto tiempo han clamado él y otros, y más cuando, habiendo pasado tan poco tiempo de su conocimiento, y siendo tantos los negocios de una curia eclesiástica, pudo intervenir justo motivo que cohonestase la dilación de la causa. Sin embargo, nada de eso obró, para que, a la más leve insinuación del reo, se pusiese El Pensador de parte de él, creyendo contra el honor del prelado lo que en derecho debía presumir a su favor. Esto prueba que para El Pensador y otros tan de su confianza son los inquisidores como los obispos, y que, llegando el caso, igualmente se tira contra los unos como contra los otros, porque a la cuenta lo que se quiere es que, a pretexto de humanidad y piedad, los delitos no sean juzgados ni castigados.

Segunda: aún cuando el caso fuese de aquéllos, que por justicia o caridad fundaba reclamo al superior, no debió hacerse por medio de un periódico que, corriendo por todo el mundo, hizo público lo que por su concepto era como oculto, exponiendo a la común censura los respetos de un prelado de tanta jerarquía y consideración. Si en el particular hubiese El Pensador querido obrar de buena fe, ocurriría entonces privadamente a su señoría ilustrísima por medio de un memorial o de un informe verbal, que necesariamente produjesen el remedio de lo que se pretendía, o su mejor instrucción sin la referida publicación, o más bien difamación. De esta manera creeríamos su celo patriótico, porque a la caridad fraternal juntaba la veneración debida a los prelados de la Iglesia, que no es de menor obligación.

Tercera: la libertad de imprenta,[7] y la defensa o celo de la Constitución,[8] nunca deben servir de capa para faltar a otros preceptos ya divinos, ya naturales, ya de ella misma, que fácilmente pueden intervenir y concurrir en sus gestiones, pues mutuamente deben ayudarse y no destruirse. Contra este justo prescripto ha obrado El Pensador, cuando sin suficiente fundamento creyó al padre Lequerica contra su juez actual, y publicó sus quejas a son de campana en un impreso, atropellando así los respetos debidos al superior, y omitiendo la corrección fraterna que la Constitución no puede dispensar, y que, aun en caso de defecto, debió hacerse primero, antes de ocurrir al último remedio de la ley, que era la publicación. Dije sin suficiente fundamento, porque realmente no lo es en reglas de prudencia, el testimonio solo del reo en su propia causa, que regularmente informan a su paladar, y no conforme a la verdad, cuando no por lo que dicen, sí por lo que callan, como a lo menos sucede en el presente caso del padre Lequerica.

Cuarta: todo esto no pudo menos que ofrecerse a la mente de un ente tan pensante como El Pensador, y por eso, para cubrirse de su torpeza, echó mano del especioso pretexto de que publicaba la carta para desengañarme de quién era la Inquisición, descartándose de toda responsabilidad con la firma del interesado. Pero se le responde que si la Inquisición había ya terminado todas sus funciones, y en nada había quedado pendiente con el reo, ¿a qué fin viene su memoria en el caso presente, cuando a aquel sólo le importaban los males actuales, y no los que habían pasado? ¿Qué otro objeto pudo proponerse El Pensador en estas llamadas intempestivas que fomentar su idea maniática de infamar y denigrar la Inquisición? ¿Qué cosa más exótica que producir toda esa tramoya del padre Lequerica para mi desengaño? Aun cuando el documento no fuese del todo fallido, por venir de un reo inquisicional, debía reflejar El Pensador que ninguno me puede manifestar malo o bueno, que no haya pasado por mis manos primero que por las suyas, y masticado por la atingencia y penetración de que él no es capaz. Sea pues el resultado de todo que, siendo su fin echar ese papel más al público, para su interés, y chocándole interiormente su objeto, procuró darle color de honestidad a mi costa. Últimamente se le responde que siendo él quien publicó la carta, y no el padre Lequerica, él, y no éste, es el responsable del hecho en cuanto a esta circunstancia.

“Hasta aquí el padre Lequerica. Yo ni lo conozco, ni lo defiendo, ni tengo más noticia de sus negocios que la que él me da en su carta, pero ni un momento dudo de la legitimidad de su queja contra la Inquisición; y le parece a usted que el soterrar a un sacerdote, o un hombre (sea o no delincuente) tanto tiempo en unos lóbregos calabozos que hemos visto, sin oírlo, sin juzgarlo, sin sentenciarlo, es cosa propia de un santo y rectísimo Tribunal? Maldita sea, amén, su santidad y rectitud. Yo quisiera ver a usted sumido en estas obscuras cavernas tantos años, sin saber ni el estado de su causa ni su paradero, a ver si entonces se manifestaba tan doliente...

“¿Pero para qué nos hemos de cansar? Los necios aman y defienden la Inquisición; los que no lo son, la odian y detestan como al mismo infierno. La opinión general está tan decidida a abominarla y a no dejarse echar su infando yugo, que primero sufrirán el gobierno de Nerón que las infames crueldades del maldito Santo Oficio.

“No creemos que suceda; pero estaremos con el mayor cuidado para saber si se aumentan las mortificaciones, o espionaje al infeliz sacerdote Lequerica. Si así fuere, o no se le diere público curso a su causa, como manda la ley, avisaremos con energía para que sepan los mexicanos que la Inquisición se abolió por la ley; pero el Santo Oficio se pasó al Convento de Santo Domingo, con todas sus preeminencias y privilegios de incomunicación perpetua, infracción de las leyes civiles, espionaje, crueldad, etcétera, etcétera. Esto no se puede creer del ilustrísimo prelado eclesiástico, que nos dice en su pastoral de 18 de julio que los ciudadanos son libres de toda arbitrariedad y gravamen injusto.

“Acaso el ilustrísimo prelado ignorará (y no será mucho) los trabajos del padre Lequerica, y la publicación de este papel se los aliviará. ¡Ojalá y nuestra pluma fuera tan eficaz que aliviara a este sacerdote desgraciado! Si ha delinquido y está reconciliado, ya ha purgado bastante su delito con la prisión de diez y seis años que ha sufrido.”[9]

La confesión del padre Lequerica en su carta de andar diez y seis años en prisiones, es justificación de sus jueces, porque otro tanto estuvo sin duda dándoles que hacer. De facto se dice huyó en ese tiempo de su propio obispo, que era el de Guadalajara,[10] que por su encargo fue enjuiciado en este Arzobispado,[11] que prófugo a España, cayendo allá en el Santo Oficio, que, restituido a América, le sucedió lo mismo con el de México, por todo el conjunto que se deja entender de tanto tiempo de despilfarro. Claro está que con este reo intervinieron varios jueces; pero El Pensador sólo hace alto sobre la Inquisición, porque ahí es adonde está su manía. También lo es que en tanto tiempo de extravío, por tierras entre sí distantes, no eran mucho dos años y medio para averiguar y comprobar los documentos que pudiesen obrar en su causa; pero El Pensador, conducido del mismo principio, le parece un siglo, porque de otro modo su pasión de acriminar a la Inquisición quedaría sin ejercicio. Si así no fuera, hallaría en el mismo gobierno la solución a este cargo o, a lo menos, motivo para disminuirlo. En él se detenían con frecuencia, por años enteros, el despacho de los reos de infidencia, unas veces por la dificultad de realizar las pruebas, otras porque esa dilación entraba en parte del castigo, y otras porque siendo aquéllos de condición revolucionaria, la república no se juzgaba segura con su libertad. En cuanto a creer a El Pensador, yo variaría de dictamen, si me viese en semejantes críticas circunstancias de encierro, etcétera. Debo decirle que, aun cuando fuese así, no por eso mi primer discurso dejará de ser cierto, y por el contrario falso y erróneo el segundo; como quiera que el hombre para juzgar rectamente de las cosas no ha de tener por regla el que le sean gratas o ingratas, sino su mérito y justicia por orden a la razón. En tal caso, ilustrado de la filosofía cristiana que desconoce, El Pensador sacaría consecuencias muy diversas de las que me supone, ya fuese mi fracaso con justicia, ya sin ella. Del primer modo me llevaba Dios por el camino de la tribulación, que es por donde llevó a Tobías, José, Susana y demás amigos suyos.[12] Del segundo, me castigaba su Majestad acá, lo que de otro modo me había de castigar allá, que es una de sus más especiales misericordias.

Que maldito sea el Santo Oficio; y que los necios aman y defienden la Inquisición son dos proposiciones dignas de El Pensador que, después de tanto pensar, viene a blasfemar en lugar de discurrir. Según la cuenta, para él no son prójimos los Inquisidores,[13] pues por esa razón no quería se usase ese lenguaje del infierno con los insurgentes. ¡Dijo bien un sabio que no hay cosa más atrevida que la ignorancia! Las fuentes propias para hablar de la Inquisición son la teología, la historia y disciplina eclesiástica, y por eso, falto de estos principios, se produce con tanta grosería, irreligión, bajeza, y mala crianza. Confieso me avergüenzo de contestar a semejante hombre. Sólo el haber empezado me hace ir adelante. Hacen bien los que le dejan hablar, sin hacerle caso.

Tras estas memorables sentencias viene bien el insulto que infiere a la gravísima religión de Santo Domingo, haciendo al convento de México sucesor del Santo Oficio, con la misma criminalidad que siempre supone en éste, aunque sin probarlo. Pero se engaña miserablemente, porque así como esta sabia religión fomentó cual ninguna los objetos santos de la Inquisición, cuando existía por la ley, así, dejando de existir por la misma, será la primera en celar el nuevo método. ¡Qué asombro! Entre tantas glorias, como condecoran a esta sagrada religión, es una la de haber dirigido con sus servicios y luces al santo Tribunal, como por boca de los papas, autores graves, y varones santísimos, lo testifican las historias eclesiásticas. Y ahora se le pone de repente un átomo miserable de la república literaria, que con osadía se atreve a decirle: vana es tu gloria, tinieblas tus luces, ilusiones tus méritos; tus servicios no han sido más que crueldades, y persecuciones contra la humanidad. Me abstengo de más, porque nunca ha necesitado esta sagrada familia de vejigas para nadar sobre aguas aun más alborotadas y tempestuosas. ¡Religión de Santo Domingo, abre tus anales, y confunde a un impostor de tu honor, tan lleno de mordacidad, ignorancia y ligereza!

Si El Pensador creyó sinceramente podría su señoría ilustrísima ignorar la situación del padre Lequerica, tuvo entonces otro motivo más poderoso para impedir la publicación, fuera del agravio que le infiere en pensar eso. Lo primero consta de que en cuanto su señoría ilustrísima fuese informado de lo que ignoraba, inmediatamente pondría el remedio conveniente, sin aguardar a que se le requiriese de público en un impreso. Lo segundo consta de que semejante ignorancia no venía bien con la obligación de conocer sus ovejas. Del mismo modo puede dudarse de la sinceridad de El Pensador, en la protesta de haberse movido por el alivio del padre Lequerica, sin embargo de que ella es muy conforme a la que tantas veces nos ha hecho en otros papeles de ser muy afecto del estado eclesiástico. ¿Qué objeto más eclesiástico que la Inquisición, ya se mire a sus fines, ya a sus jueces, ya a sus instituidores y fomentadores? ¿Qué objeto más eclesiástico que un convento de religiosos como el de Santo Domingo de México? ¿Qué objeto más eclesiástico que el señor arzobispo de esta capital, apreciable por su dignidad, digno de nuestro respeto por prelado superior, y venerable por sus virtudes personales y prudencia en el gobierno? Sin embargo, el papel mismo de El Pensador que estoy impugnando testifica bien la veneración y decoro con que ha tratado estos objetos.

“Sea usted prudente y justo, estudie y escriba, sea buen católico y será buen ciudadano, y mientras regálese con estos versitos.”[14]

Llegamos, señor Pensador al último párrafo de su papel intitulado con más sátira que gracia Paño de lágrimas para un Doliente de la Inqusición.[15] En él, haciendo usted oficio de ambos médicos, me da consejos de patriotismo y religión. Bendiga Dios a usted por su bondad. A primera vista quise resistirlos, en consideración del poco aprecio que le han merecido los míos, despidiéndome de su casa luego que me oyó tratar de pecados constitucionales, y soltándose en maldiciones contra el Santo Oficio, porque exigía de sus enemigos la generosidad de un corazón noble que, viéndole rendido y postrado a sus pies, exigía de ellos más moderación.

Pero reflexionando en que el buen consejo debe recibirse aunque venga del diablo, admito gustoso y agradecido los que usted se sirve darme, contentándome por despedida con hacerle dos cargos. Primero: ¿por qué siendo el Santo Oficio tan perteneciente a la religión, que por eso se intitule Tribunal de la Fe, se mete usted con él a todas horas, y, de tantos modos, cuando al mismo tiempo no quiere nos metamos los sacerdotes con la Constitución, a pretexto de ser cosa política, como con particularidad se lo previno usted al padre fray Nicolás sobre su sermón? Segunda: ¿cómo cumple usted en ese mismo Tribunal con el precepto de amar a los enemigos, impuesto expresamente por Dios, diligite inimicos vestros,[16] supuesto que siempre está usted respirando odio contra él, creyendo cuanto malo oye, maldiciéndolo y mofándolo, y vaciando al punto en sus papeles, opportune et importune, sive verum, sive falsum,[17] cuanto puede acumular? Todo esto debe enseñar a usted que no está la bienaventuranza en ser constitucional, sino en serlo con un celo prudente, que evite los extremos. No ha faltado quien juzque lícito hurtar para dar limosna, y del mismo modo no falta quien sea irreligioso por ser constitucional.

No admito el regalo que usted me hace de sus versos,[18] y por eso omití el transcribirlos. Entré grande en los estudios, con cuyo motivo entiendo tanto de ellos como usted de Teología,[19] fuera de que siempre viví persuadido es profesión que favorece poco a sus alumnos.

 

Fray José de San Bartolomé[20]

 

 

NOTA. Los últimos papeles de esta respuesta se entregaron a la imprenta más hace de un mes, pero ésta no ha podido despacharlos hasta ahora, por estar ocupada de otras impresiones.

 

 



[1] México: En la Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, 8 pp.

[2] Párrafo del número 15 de El Conductor Eléctrico. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 359.

[3] Ignacio de Lequerica. Cf. nota 25 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[4] Pedro José de Fonte Hernández y Miravete (1777-1839). Último arzobispo español en México, electo en 1816, cargo que ejerció hasta 1822. Doctor en cánones y canónigo penitenciario de Zaragoza. En México fue juez de testamentos, provisor, vicario general, cura del Sagrario, canónigo doctoral, inquisidor honorario y primer catedrático de disciplina eclesiástica en la Universidad. Se opuso a la Independencia. En 1821 la reconoció condicionalmente y colaboró a su implantación. Al desconocerse los Tratados de Córdoba en España se retiró a Cuernavaca, después se embarcó en Tampico rumbo a la Península, no volvió ni renunció hasta que lo obligó la santa sede en 1837.

[5] Convento de Santo Domingo. Fundado en 1526. En la manzana formada por las actuales calles de Belisario Domínguez, República de Chile, Perú, y Brasil, existe la calle de Leandro Valle que fue abierta a través del conventoTribunal de la Inquisición.

[6] Tribunal de la Inquisición. Cf. nota 4 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[7] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[8] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[9] Párrafos del número 15 de El Conductor Eléctrico. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 361.

[10] Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo fue obispo de Guadalajara de 1796 a 1825. Promovido en 18 de diciembre de 1795, tomó posesión por apoderado el 19 de julio de 1796; entró a la ciudad el 3 de diciembre del año siguiente. Fue el fundador del Hospicio y Casa de Misericordia para huérfanos, su construcción inició en 1803 y se concluyó en 1810; en sus ordenanzas se contemplaba la enseñanza de oficios a los desamparados. Dio nuevas constituciones al Seminario, aumentó las cátedras y le donó su biblioteca, con el fin de formar un clero ilustrado y disciplinado en Guadalajara. Se empeñó en fundar el Colegio Apostólico de Zapopan; protegió la agricultura, y especialmente el cultivo del añil y del cacao. Murió el 28 de noviembre de 1824, en el rancho de las Delgadillas, al regresar de una visita a su diócesis. Dejo 25 mil pesos a beneficio de los pobres. Fue su intención cooperar con el gobierno en materia social y religiosa para alcanzar el progreso económico y la reforma eclesiástica. Meses antes del estallido de la insurgencia había escrito: “Los tiempos son tan malos que no hay quien obre el bien, que no se conoce otro móvil en las acciones humanas que el placer sensual y el sórdido interés según lo errados principios de la mala y dominante filosofía del siglo pasado.” Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Dic. de geografía, historia..., p. 836; Brian Connaughton, Ideología y sociedad en Guadalajara..., p. 97.

[11] El obispado de Guadalajara fue erigido en 1574, siendo el primer obispo Pedro Gómez Maraver. La catedral se comenzó a construir el 31 de julio de 1561 “Este obispado comprende setenta y cuatro beneficios curados, diez y siete doctrinas y seis encomiendas, que todos hacen noventa y siete”. Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Dic. de geografía, historia..., p. 79.

[12] Dios Lleva por el camino de la tribulación a Tobías, José, Susana y demás amigos suyos. “En los dos Tobías tenemos un perfecto retrato de dos justos. Hijos de Abraham, aún más según el espíritu que según la carne, se hicieron dignos [...] de ser contados entre los santos [...] En Tobías el padre, brilla extraordinariamente la fe en las divinas promesas, el espíritu de oración [...] Atribulado por Dios con el destierro, con la pobreza y con la pérdida de la vista, teniendo que sufrir de sus mismos amigos y hasta de su propia mujer, perseguido de muerte por un príncipe cruel y violento, nunca se disminuye su fe ni su constancia; y por eso le premia Dios revelándole sucesos futuros, que le llenan del más suave consuelo. Ve en su espíritu aquella nueva Jerusalén [...] Adoctrinado por tal padre el joven Tobías, [...], se hace luego un completo y acabado modelo de buen hijo”. Libro de Tobías. La historia de José se encuentra en el Génesis 37; hijo de Jacob fue vendido por sus hermanos como esclavo a los israelitas quienes lo condujeron a Egipto. Llegó a manos del Putifar, la mujer de éste le pidió a José yacer con ella, José se negó y por calumnias Putifar lo recluyó en la cárcel. Ahí estuvo durante dos años, después de los cuales gracias a su talento para interpretar los sueños fue conducido ante el faraón. José interpretó dos sueños del faraón que profetizaban un tiempo de abundancia seguido por uno se sequía. El faraón lo hizo ministro y por este medio vuelve a ver a sus hermanos a quienes trata duramente, pero se reconcilia y regresa con su padre Jacob. Gn. 37; 39-48. Susana, puede referirse a la hija de Helcías y esposa de Joachim, uno de los judíos que habían sido deportados a Babilonia al principio del cautiverio. Susana era rica y poseía un vasto jardín (parádeisos), al cual tenían libre acceso sus correligionarios. Dos magistrados judíos, ya de edad madura, se prendaron de la belleza de Susana, sin saberlo uno ni otro. Habiéndose confesado mutuamente su culpable pasión en el acto mismo en que imaginaban poderlo satisfacer, sorprendieron a su víctima cuando se hallaba sola en el baño y la amenazaron con acusarla de haberla encontrado con un joven si se resistía. Resistióse en efecto, entonces los dos viejos la acusaron ante el pueblo, que, fiado de la palabra de los magistrados, iba a apedrear a Susana, entonces se presentó Daniel (el profeta) y propuso que se interrogara a ambos hombres por separado. Expuesta la impostura el pueblo volvió las piedras contra los viejos, quedando vindicada la inocencia de Susana. Esta historia no figura en la Biblia hebraica, pero sí en los Setenta y en la Vulgata latina, como también en la versión de Theodotion. Hoy se conoce por el manuscrito Chisianus, del siglo IX. También existe Santa Susana, mártir cristiana, hija de un sacerdote llamado Gabinio, sobrina del papa Cayo y emparentada con el emperador Diocleciano, quien quiso casarla con su hijo adoptivo Maximiano; ella había hecho voto de castidad y se negaba a casarse con un pagano al ser cristiana. Fue decapitada en 245 y la emperatriz hizo retirar su cuerpo, que ella misma embalsamó y sepultó. Su fiesta se celebra el 11 de agosto.

[13] inquisidores con mayúscula en el original.

[14] Los “versitos” son un soneto y una décima: Soneto: “Yace aquí para siempre, caminante,/ la negra Inquisición, con que inclementes/ quemaron a millones de inocentes/ millones de inhumanos mendicantes. /La que a déspotas viles e intrigantes/ sirvió sumisa y abrasó creyentes,/ la que con sus amigos y dolientes/ hizo temblar a sabios e ignorantes./ Los políticos reyes la sufrieron,/ los pueblos menos bárbaros la odiaron,/ los marqueses más tontos la aplaudieron./ Los serviles más necios la aclamaron, los sabios con razón la aborrecieron,/ y aquí los liberales la enterraron:/ Yace aquí la Inquisición/ que cometió infamia tanta, /que habiendo sido una santa/ murió en perversa opinión”. Décima: “Con la Inquisició, chitón,/ comúnmente se decía; la verdad era herejía;/ la defensa, obstinación./ Tribunal en conclusión,/ fue el más cruel en su ejercicio,/ a la virtud con el vicio/ ignorante confundió,/ y obrando tan mal, logró/ el nombre de Santo Oficio”. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 362.

[15] Paño de lágrimas para un Doliente de la Inquisición. Cf. nota 1 a El Teólogo Imparcial , número 1, en este volumen.

[16] Diligite inimicos vestros...benefacite his, qui oderunt vost. “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen.” Lc. 6, 27.

[17] opportune et importune, sive verum, sive falsum. Oportuna e inoportunamente, ya la verdad, ya la falsedad.

[18] Cf. nota 14 de este folleto.

[19] teología con mayúscula en el original.

[20] Fray José de San Bartolomé. Cf. nota 20 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.