Número 3

 

EL TEÓLOGO IMPARCIAL

 

 

Respuesta del autor del Duelo de la Inquisición a El Pensador Mexicano,

 

en su papel de El Conductor Eléctrico número 15 [1]

 

 

“¿Pero por qué está este buen señor tan enojado con esa runfla de papeles?[2] Claro es que el perverso Amolador[3] tiene la culpa. Él con su maldito Aviso amistoso ha puesto de mal talante a nuestro ilustrador, y con razón, pues habló contra la Inquisición,[4] de quien es hijo predilecto, y con esto lo ha herido en las niñas de sus ojos.

“El Doliente[5] adora en este lóbrego Tribunal: acaso habrá subsistido a sus expensas; acaso habrá adornado su pecho con la placa de la paz y la justicia, y por eso es su acérrimo defensor y su panegirista eterno. Mas debería advertir dos cosas: la una, que se engaña demasiado en el concepto que ha formado de tan odioso establecimiento; y la otra, que se hace sospechoso del más negro servilismo con su impolítica vindicación, poniéndose de camino en riesgo de que alguna mano más pesada que la del Amolador lo mortifique por enemigo declarado de la sabia Constitución.[6]

“Concluye su famosa Vindicación con este apóstrofe: ‘Qué desgracia la tuya, oh santo y rectísimo Tribunal de la Inquisición! ¡Tú celabas como nadie la prohibición de los libelos infamatorios, como especialmente perturbativos del buen orden! Y ahora que salen tantos contra ti, nadie se mueve a defenderte de su ira! Buena prueba (¡excelente!) de que ya caído, ya levantado, te lleva Dios por el camino de los justos. México y julio 28 de 1820. ‘Un Doliente de la Inquisición, y afecto a la obra del Duelo.’

“No se puede dar mayor candidez o malicia que la que incluyen estos pocos renglones. ¿Con que el Tribunal de la Inquisición es justo, santo y rectísimo? Luego, las leyes que lo han demolido son injustas, perversas, inicuas. Usted es, señor vindicador un Doliente de la Inquisición; luego, es un enemigo declarado de nuestra sabia Constitución. Esto se llama atacar la ley fundamental con desvergüenza: así se escriben papeles sediciosos, y así se hacen sus autores responsables a la Junta de Censura[7] de sus extravagancias, siempre que se denuncien judicialmente.

“¿Qué me hubieran hecho a mí ahora seis años si hubiera impreso un papel en que rajara[8] a los que hablaban entonces contra la Constitución, y hubiera dicho: ¡Oh, santo y justísimo Código! Tú fuiste sancionado para hacer la felicidad del pueblo español, y ahora este mismo pueblo ingrato que te abandona es el que aún no se cansa de baldonarte por cuantos modos puede? ¿Qué hubiera hecho el gobierno, repito, en ese caso conmigo? La prisión y la muerte hubieran sido castigos moderados. Pues la comparación es bien igual en su sentido.”[9]

¡Válgame Dios! Y ¡cuán desaforado está El Pensador Mexicano contra mí en estos párrafos de su papel! ¡Se aturde el entendimiento al considerar su facilidad de discurrir en materias por su naturaleza tan delicadas, sin temor a Dios, sin miramiento al público, ni remordimiento a su conciencia! Confieso estuve algunos días vacilante sobre responder a su papel; pero al fin hube de resolverme, contemplando la fea nota de anti-constitucional que me infiere, y la cual vale tanto como reo de Estado, o traidor a la patria. ¡Terrible cargo sin duda! Yo debería caer de ánimo con su peso, a no asistirme la esperanza de hacerle ver a El Pensador la ninguna repugnancia que hay entre el respeto y compasión manifestado por mí a la Inquisición, y la veneración debida que por de contado se debe a la Constitución y potestad superior que lo extinguió. Y ¿con qué fundamentos apoya El Pensador mi delito? Están bien a la vista. Primero: el que aun nombro al Tribunal con el epíteto de santo y rectísimo. Segundo: que me muestro lastimado de su suerte, haciendo como delito a cuantos no sacan la cara por él. Tercero: que aun me intitulo Doliente de la Inquisición.

A lo primero respondo que, no habiendo quitado la Constitución ni las Cortes a la Inquisición los honores que tenía, ni menos formándole causa criminal en tela de juicio, estoy en derecho de dárselos, y citarla ahora muerta del mismo modo que la citaba cuando vivía. Así lo vemos hacer a los señores Obispos,[10] que tanto vivos como muertos se tratan de ilustrísimos; y lo que es más, aun cuando alguno haya sido depuesto de su dignidad judicialmente, se le sigue tratando del mismo modo, a no ser que el juicio se extendiese a despojarlo de los honores. El Pensador es regular hablase antes de la Inquisición con diverso pulso que ahora, en que la maldice como un carretero,[11] porque va con el tiempo; pero yo, a Dios gracias, que he nivelado mi conducta sobre otros principios. La llamo ahora santa y recta, porque así la traté todo el tiempo que la serví, por cuanto ni entonces ni ahora observé cosa que desdijese de esos gloriosos títulos; y aun cuando lo hubiese observado, no por eso variaría de dictamen, considerando que la Iglesia se llama santa no obstante abrigar dentro de su seno muchos malos, y que a pesar de su defecto, propio de todo establecimiento, era obra siempre de los papas y reyes, fomentada y cultivada por varones santísimos que veneramos en los altares. No obstante, protesto delante de Dios que, así como las sátiras de El Pensador y otros me servirán de nuevo de estímulo para seguir citando a la Inquisición del modo susodicho, así dejaré de hacerlo al punto que las Cortes, u otra autoridad legítima, determinaren prohibirlo; bien persuadido que, como verdadero súbdito, sólo me toca obedecer, sin ser de mi inspección inculcar los motivos en que pudo estribar la determinación.

A lo segundo respondo que ningún inconveniente hay en que alguna persona se lastime de la extinción del Tribunal, sin perjuicio del respeto, veneración y obediencia con que debe recibirse esta providencia por venir de legítima autoridad. Así como, hablando con proporción, no lo hay en que un hijo llore, sienta y se lastime del ajusticiamiento de su padre, siempre que al mismo tiempo salve los derechos de la justicia, y venere el orden de la Providencia conformándose con ella. En el caso voy yo por menos, como quiera que en las palabras que se me objetan no me lastimo de la Inquisición por su extinción, sino por la persecución que está padeciendo en tanta injuria, escarnio y calumnias, como es notorio recibe cada día en los papeles públicos, principalmente en el que impugno. Del mismo modo es falso delito a los que, viéndolo tan calumniado y mofado, no saquen la cara por él para defenderlo; porque una cosa es enunciar eso simplemente como una desgracia suya, de que habiendo defendido a tantos de los libelos, nadie lo haga ahora con él; otra cosa es calificar esa conducta de criminal, como que en no hacerlo obren mal y falten a su obligación. Aquello digo yo, y no esto. El Pensador me ha feriado[12] ambas cosas, porque así presentaban mejor fachada para fundar su acriminación. Por las mismas razones claudica el ejemplo que éste pone de la Constitución, que en todo difiere de mi apóstrofe hecho al Tribunal. En primer lugar: aquél estriba en expresión positiva, cuales son los baldones que asienta recibía la Constitución del pueblo, lo cual por sentado era un insulto y un agravio; éste por el contrario, estriba en negativa, cual es que nadie se mueva a defender al Tribunal viéndolo infamado de tantos papeles, lo cual, como se ve, no expresa eso como insulto ni injuria inferido al Tribunal, sino como una desgracia o mal suyo. En segundo lugar: el ejemplo se introduce son expresión y doctrina que lo contradiga ni contrapese, como que se formó con el fin de significar sin ambigüedad la aversión que en tal caso se manifestaría hacia la Constitución. En mi caso está perfectamente preocupada cualquiera de esas malas inteligencias con la protesta solemne que hice en mi papel a favor de la Constitución. A la verdad, habiendo asentado yo tan terminantemente en él, que admitida y jurada la Constitución por la Nación, no admite más gestión que una sencilla y decidida obediencia, prestándole siempre la debida veneración. ¿Con qué fundamento usted, señor Pensador, me describe enemigo declarado de ella, y a mi papel sedicioso y subversivo de la patria? ¿Adónde ha aprendido usted ese modo de criticar y discurrir, que debiendo en todo escrito exponerse lo obscuro por lo claro, lo general por lo particular, lo no expreso por lo expreso, haya vuestra merced de hacer conmigo todo lo contrario? Algo más. Las puras cavilaciones, las ilaciones quiméricas e imaginarias, los falsos raciocinios ha preferido usted a mis expresos y terminantes asertos. Sea enhorabuena,[13] pero entienda usted que en eso prueba, tanto su mala lógica, como su mala voluntad: aquélla, deduciendo lo que no existe en la premisa; ésta, acreditando la pasión con que obra.

A lo tercero, confieso me intitulo todavía Doliente de la Inquisición. Pero al mismo tiempo pregunto: ¿qué delito ese para tratarme de traidor a la patria, sedicioso, subversivo, y enemigo de la respetable Constitución? ¿De cuándo acá no es el hombre libre para opinar francamente en las cosas que son de disciplina, cual es la conservación o extinción de la Inquisición? Parece que en eso más bien se ataca la Constitución, que se defienda, en virtud de que siendo uno de sus principales objetos proteger[14] la libertad del hombre,[15] ésta recibiría el mayor golpe impidiéndola el uso de aquella misma facultad por donde se constituye racional, y en que no tiene prohibición. Por sentado que los sesenta señores diputados que disintieron la extinción de este santo Tribunal, serán todavía en el día de la misma opinión que fueron entonces, y, con todo, nadie los deberá tratar por eso enemigos de la Constitución, ni de las Cortes,[16] porque, siendo cosas diversas la obediencia y veneración de la ley, de sus discusión, crítica y opinativa, según que dijimos al principio, ningún inconveniente hay para que junten ambas cosas.

Vaya en confirmación de esta doctrina, señor Pensador, el siguiente caso. Hubo en cierta comunidad un religioso, que hizo especial resistencia para impedir la elección del prelado que salió electo a tiempo que aquélla hizo su capítulo. Creyó el superior que de este súbdito tendría que sufrir muchos malos ratos, en virtud de su opinión manifestada antes hacia su elección; pero fue tan al contrario que en ninguno experimentó más obediencia a sus mandatos, ni más veneración hacia su persona. Concluido en trienio, hubo el superior de hacerle presente la novedad que le había causado su porte, y le respondió en esta substancia. No le extrañe vuestra reverencia, una cosa soy yo como elector, otra como súbdito: como elector me opuse a la elección de vuestra reverencia, y me volveré a oponer siempre que se repita, porque a mi juicio y conciencia había otros sujetos más dignos que vuestra reverencia; como súbdito varió ya el caso, porque, habiendo salido vuestra reverencia, y no otro, debía obedecerle y venerarle, como que explicándose la voluntad divina por vuestra reverencia, ya de vuestra reverencia se verificaba también lo que su majestad nos dice de todos los superiores: qui vos audit, me audit: qui vos spernit, me spernit,[17] quien a vos oye, a mi me oye, quien a vosotros desprecia, a mi me desprecia. Éste es el caso, señor Pensador, sólo falta que me lo explique usted. En cuanto Doliente de la Inquisición, lo fui, lo soy, y lo seré sin duda, mientras que no ocurran mejores razones que me hagan variar; pero sin perjuicio siempre de las obligaciones que tengo por cristiano y vasallo, de obedecer ala ley, antes lo fui acérrimo, acaso en  el día puede ser no lo sea tanto, por agregarse ahora el sufragio del Rey,[18] que faltó entonces.

En este concepto, señor Pensador, debe usted corregir[19] esas duras consecuencias que saca contra mi en fuerza de su nimio celo por la Constitución; pues a lo sumo podrá usted inferir aún retenga hacia la Inquisición los oficios composibles con Leonor debido al respetable Código. Si valieran sus consecuencias de usted, también debería valer esta otra, que evidentemente es la falsa: la Iglesia dejó la disciplina antigua por la nueva; luego aborrece y es enemiga de aquélla; pues más se oponen entre sí estas dos disciplinas, que a Constitución e Inquisición.

Vuelva usted sobre sí, señor Pensador. Esa enemiga tan encarnizada contraun tribunal que ya no existe no le puede traer a usted ningún honor, ni de alma, ni de cuerpo. Para usted no hay delito que no haya cometido, no tragedia que usted no abrace y la ponga luego en sus papeles. Debiera usted reflexionar que él es obra de los papas, de los reyes, de varones santísimos, yo de sí mismo.  ¿Qué cosa más sabida, que el que sus calificadores no gozaban sueldo alguno ni ningún emolumento temporal, teniendo por el contrario, que lastar de su cuenta el mucho papel que consumían en sus decisiones? Con todo tiene usted la desvergüenza de introducirme mantenido acaso a sus expensas, en comprobación de que la ignorancia es uno de sus móviles, y que, hablando dela Inquisición, no sabe de quien habla, lo que afirma, ni lo que niega.

Lea usted el informe dado a las Cortes extraordinarias por la comisión de la Constitución, designada por ellas para deliberar sobre la Inquisición.[20] Sin duda alguna que usted no podía estar más penetrado de su extinción, que estuvieron [sic] aquellos señores encargados. Con todo, allí no se encuentran sátiras, burlas, bufonadas, dicterios, maldiciones, ni imposturas atroces; sino erudición, criterio, juicio, historia y raciocinios que dieron a las causa cuanto valor era capaz de recibir. Imite usted este ejemplar, y no será tan notado por ser anti-inquisicional, como quiera que las cosas se hacen tales, más por el modo de tratarlas, que por sí mismas. ¡Ah!, por el destemplado y furioso que usted y otros han tenido, hemos visto a los muchachos inocentes blasfemar de la Inquisición, y a las mujeres piadosas horrorizarse de su memoria como de un tigre, por haberlas impresionado servían sus casas para asesinatos, sacrificios, violaciones, etcétera.

“No queremos, ni Dios lo permita, que al Vindicador se castigue como se me hubiera castigado; pero sí queremos que se desfacine y despreocupe; que entienda que la obra del Duelo es una obra del fanatismo, que abunda en despropósitos y equivocaciones; que fue generalmente despreciada, y lo será siempre que se lea; que sabemos bien que no se costeó la impresión, y que se quedaron sin vender (no sin regalar) los más ejemplares; y que siempre que el Vindicador nos incite, sacaremos a la palestra algunos despilfarros del Duelo bien criticados, para que no diga que no lo conocemos ni por el forro.”[21]

No se puede negar, señor Pensador patriótico, que las dos proposiciones primeras de su párrafo son muy católicas y laudables. Sin embargo, si he de decir a usted lo que siento, no creo ni la una ni la otra. La primera, por falta de sinceridad; la segunda, por falta de justicia. Usted ha calificado mi papel como de un enemigo disfrazado del buen orden, subversivo y sorprendedor de los incautos: no como quiera, sino escrito con ese ánimo. Usted me ha condenado como enemigo declarado de la Constitución, atacador con desvergüenza de su ley fundamental, digno de la prisión y la muerte, y todo con cavilaciones, sin dar prueba alguna, antes contra expresas protestas en contrario. Luego, mostrándose usted un enemigo mío tan acérrimo y declarado, sería un imprudente si, contra testimonios tan opuestos, creyese la primera sólo porque usted lo dice, y conviniese en la segunda porque usted lo quiere así. En este supuesto, sólo asentiré en que la primera es efecto del arte para ser creído, al modo que dejamos expuesto desde el principio; y la segunda, flaqueza o condición de la miseria humana, que con facilidad echa a puerta ajena los defectos propios, teniendo a todos por preocupados y fascinados, cuando en la realidad lo son los mismos objetadores. Por estas mismas razones no me conformo con la calificación honorífica que usted hace de mi pobre obra el Duelo de la Inquisición, haciendo de ella y de usted una solemne expresa recusación, como que hasta ahora estoy hecho a oírla y verla un poco más honrada. La enemiga que usted ha descubierto conmigo, condenándome tan ligeramente de traidor a la patria, y delincuente de lesa majestad, y, sobre todo, la especial encarnizada que usted manifiesta hacia el santo Tribunal ya extinguido, es preciso que cada línea de esa obra le haga ver un absurdo, y cada raciocinio una paradoja. A esto se añade que, siendo necesaria para semejantes juicios una ciencia congruente, usted debe reputarse juez incompetente por falta de ella.

En cuanto a las nuevas noticias que usted se sirve comunicarme sobre el costo, venta y regalo de la tal obra, debo extrañar a usted, ¿cómo, habiéndome quejado en mi papel de esa chocante intrusión, tan ajena de su inspección, y más de manifestarla al público, venga desentendiéndose de mis justas razones, y reproduciendo el delito con más desvergüenza y falsedad? En el particular ha tomado usted, señor Pensador, más empeño del que merece el asunto, y, por lo mismo, aunque yo estoy en lo contrario de lo que usted dice, convendré ya en cuanto usted quisiere por darle gusto, contentándome sólo con hacerle estas reflexiones. Primera: ¿en qué se funda usted para querer saber más que yo en una cosa que me es tan privativa, queriendo a fuerza sacarme mentiroso? ¿Es acaso en que usted es El Pensador Mexicano, público, político y patriótico? Pero en esos títulos más bien está excluido que incluido el ser juzgón, entremetido y averiguador de cosas ajenas y privadas, como quiera que esa pésima ocupación es anti-patriótica, anti-política y anti-benéfica al público. Segunda: sea de eso lo que sea, ¿a qué vienen esas noticias para los óptimos fines de la libertad de imprenta, ni menos para el mérito o demérito de la obra? Para eso conduciría mejor empezar a apuntar algunos de esos despilfarros que usted amenaza sacar en público, y que, por lo que toca a mí, puede usted emprender la obra desde mañana, por el deseo que tengo de contribuir a su mejora a costa de usted. ¡Quedemos, pues, que en esto abusa usted de la libertad de imprenta, y que, a lo sumo, lo más que se le puede conceder es que sólo usa de la de conciencia. Tercera: ¿por qué aborreciendo usted tan de muerte el espionaje en el Tribunal ya extinguido, lo ama usted tan entrañablemente en su casa? A la verdad, asegurar usted con tanta confianza que regalé más Duelos que vendí, que me perdí en la impresión, que se quedaron los más sin expendio, negándolo yo todo, no sólo es espionaje, sino intrusionaje, e importunaje el más imprudente. Parece, señor Pensador, que esto no es otra cosa que ver la paja del vecino, y no la viga en los propios ojos. Confieso que el asunto no merece la formalidad con que lo revisto. Sin embargo, como veo a usted tan empeñado en elevarse a costa de humillar a otros, quiero mortificarle un poco el apetito con la exhibición de dos documentos, que por sentado hacen más honor a la obra del Duelo que cuanto deshonor puede usted inferirle. El primero es del Definitorio general de mi Orden, en la patente que me confirió de escritor. El segundo del reverendo padre definidor general, fray Manuel de San Martín, confesor y teólogo de Cámara del ilustrísimo señor obispo de Tarazona. Dice el primero: “Habiéndose hecho presente al venerable definitorio general, celebrado en este nuestro convento de Ciudad Real,[22] los méritos literarios del reverendo padre fray José de San Bartolomé, conventual en nuestro convento de México: su talento particular, manifestado en la obra que ha dado a luz con el título de Duelo de la Inquisición, recibida (ojo, señor Pensador patriótico) y celebrada por los sabios,” etcétera. Dice el segundo: “Desde luego que leí con particular gusto la disertación de vuestra reverencia intitulada el Duelo de la Inquisición, reimpresa (ojo, señor Pensador político) ya dos veces en esta Corte, concebí un particular afecto a vuestra reverencia y sus trabajos literarios, escritos con exacta lógica (el otro ojo, señor Pensador público) y buena crítica,” etcétera.

 

Se continuará.

 
 


[1] México: En la Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, 12 pp.

[2] runfla de papeles. Runfla, serie de varias cosas de una misma especie.

[3] El Amolador. Cf. nota 3 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[4] Inquisición. Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, llamado por oficio a perseguir delitos contra la fe, también tuvo una finalidad política al servicio de la Corona. Se instaló en 1522, aunque formalmente el 4 de noviembre de 1571. Los indios quedaron fuera de su jurisdicción desde 1573. Suprimido el 9 de junio de 1813 fue repuesto por Fernando VII en 1814. Se extinguió definitivamente el día 9 de marzo de 1820. Las penas inquisitoriales en México eran penitencias, prisiones, multas y la infamia que siempre acompañaba al que tenía la desgracia de ser procesado. Estuvo en la esquina de Perpetua (hoy 1ª de República de Venezuela) y Santo Domingo.

[5] Fray José de San Bartolomé. Cf. nota 20 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[6] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[7] Junta de Censura. Por decreto de 11 de marzo de 1820 el rey mandó restablecer “las Juntas suprema y provinciales de Censura, las cuales se arreglen en el desempeño de sus funciones á los decretos de las mismas Cortes sobre este particular reuniéndose inmediatamente para formar la Junta Suprema los mismos individuos que la componían cuando se disolvió [...]; y previniendo que si algunos hubieren fallecido, sean reemplazados por los suplentes que había en la misma época y que cuide la misma Junta Suprema del pronto restablecimiento de las Juntas provinciales en los mismos términos.” El virrey Apodaca mandó restablecer las Juntas de Censura de México y la de Guadalajara, “únicas mandadas establecer en este Reino” con fecha 19 de junio de 1820. Dos días después, el 21 de junio, los integrantes de la Junta de México, José María Fagoaga, Tomás Salgado, Pedro González y Agustín Villanueva “juraron ... por Dios Nuestro señor y los Santos Evangelios, usar bien y fielmente los empleos de Vocales de la Junta Provincial de Censura de esta capital, guardando y haciendo guardar la Constitución Política de la Monarquía Española sancionada por las Cortes Generales y Extraordinarias de la Nación, ser fieles al Rey, guardar secreto en lo que lo demande, y arreglarse en un todo á la instrucción remitida por las mismas Cortes, para su régimen y gobierno.” El Reglamento de las Juntas de Provincia, en su capítulo III, fracción XXVI dice: “Cada una de las Juntas de Provincia consta de cinco individuos, con arreglo al citado decreto de la libertad de imprenta. Estos son nombrados por las Cortes, á propuesta de la Suprema, para la cual tomará los informes que tuviese por convenientes.” Con fecha 1° de agosto (1820) fueron nombrados por la Junta Suprema nuevos vocales para completar la Junta de Censura de México: Miguel Guridi y Alcocer, Manuel Gómez (catedrático de la Universidad), José Mariano Zardenete (marqués de San Juan de Rayas), Pedro Acevedo (coronel retirado) y Andrés del Río (catedrático del Colegio de Minería); como suplentes: Vicente Ortiz (catedrático de la Universidad), el marqués del Apartado y Carlos María de Bustamante. Cf. La Constitución de 1812... , t. I, pp. 116-126.

[8] rajar, rajarse. “Echarse para atrás”, desdecirse, negar alguna acción pasada o quebrantar una promesa.

[9] Estos cinco párrafos iniciales constituyen parte del número 15 de El Conductor Eléctrico. Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 358-359.

[10] obispos con mayúscula en el original.

[11] carretero. “Voz de carretero. Se llama la que es aspera, gruessa y desapacible. Mejor es tu aposento que las bardas, / Y estoi en ellas hasta que me muero, / Y esto con una voz de un carretero.” Dic. autoridades.

[12] feriar. Vender, comprar o permutar una cosa por otra. “Acá se entiende solamente por lo último”. Santamaría, Dic. mej.

[13] en hora buena en el original.

[14] protejer en el original.

[15] El título I, capítulo I, artículo 4, dice: “La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen”. Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 60.

[16] Cortes de Cádiz. Cf. nota 8 a Advertencias a varias equivocaciones..., en este volumen.

[17] qui vos audi, me audit: qui vos spernit, me spernit. Quien a vosotros oye, a mí oye; quien a vosotros desprecia, a mí desprecia.

[18] La Constitución en el título III, capítulo VIII, artículo 142, establece: “El rey tiene la sanción de las leyes”. El artículo 143 dice: “Da el rey la sanción por esta fórmula, firmada de su mano: ‘Publíquese como ley’” El artículo 144 establece: “Niega el rey la sanción por esta fórmula, igualmente firmada de su mano: ‘Vuelva a las Cortes’; acompañando al mismo tiempo una exposición de las razones que ha tenido para negarla”. Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 77.

[19] correjir en el original.

[20] La Comisión de Inquisición estuvo formada por Diego Muñoz Tornero, obispo de Mallorca; Antonio Joaquín Pérez, obispo de Puebla; Pablo Valiente, Francisco Gutiérrez de la Horta, Pedro María Riesco, Evaristo Pérez de Castro, Alfonso Cañedo, José Espiga, Antonio Oliveros, Francisco de la Bárcena, Vicente Morales, Joaquín Fernández de Leyva, Antonio Ranz Romanillos, Andrés Jáuregui, Mariano Mendiola y Agustín Arguelles. Los diputados conservadores lograron que el asunto de la Inquisición pasara a esta comisión, en virtud de la proposición de 13 de diciembre de 1811, conforme a la cual ningún asunto que estuviese relacionado con la Constitución se debería discutir sin ser antes examinado por dicha comisión. En la sesión del 8 de diciembre de 1812 tal comisión presentó el dictamen en el sentido de que la Inquisición era incompatible con los preceptos constitucionales y de que la religión católica fuese protegida por leyes conforme a la Constitución. Se mandó imprimir el dictamen, seguido de la opinión de los disidentes, y se fijó el día 4 de enero de 1813 para la discusión. Cf. La Constitución de 1812..., t. II, pp. 4-14.

[21] Párrafo de El Conductor Eléctrico, número 15. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 359.

[22] Ciudad Real. Ciudad Real de las Chiapas. Actualmente San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Ciudad, cabecera del municipio del mismo nombre. Tuvo los siguientes nombres. Villa Real (1527), Villa Viciosa (1531), San Cristóbal de los Llanos (1531), Ciudad Real (1536), San Cristóbal las Casas (1829) y Ciudad las Casas (1934). Fue la capital del Estado, desde su fundación en 1527 hasta 1892, en que la sede de los poderes se trasladó a Tuxtla Gutiérrez. En 4 de Junio de 1823 se instaló una junta de representantes de los diversos departamentos de la provincia. El general Filisola, que había sido enviado a Guatemala pasó a Ciudad Real, con instrucción de disolver la junta, reinstalar la diputación provisional, y valiéndose de la persecución, tratar de conservar Chiapas unido a México. Ciudad Real fue el nombre que le dio Carlos V, en recuerdo de la ciudad en que nació su fundador, Don Diego de Mazariegos.