Número 2

 

EL PASTOR DEL OLIVAR JUNTO CON OTROS PASTORES[1]

 

PASTOR: Aplicó la vista a leer lo que contenía el pasaporte,[2] que hasta entonces no había tenido esa curiosidad, y después de advertir en él un grande escudo de armas, leyó: “concedo libre y seguro pasaporte”, etcétera, y sigue, “mando a las justicias, dueños o administradores de haciendas, le faciliten los auxilios que pida,” etcétera. Luego que leyó estas formales palabras, mudó el semblante, se llenó de gozo, y dio por bien empleado todo lo pasado, considerando que el tiempo que había perdido lo podía resarcir aligerando; pues decía entre sí: aunque se canse la mula, en cualesquiera paraje que llegue, presentando este papel me han de auxiliar con otra, y así ahora, ahora estoy en mi tierra. ¡Pobre payo!, ¡qué cuentas tan alegres se formaba! Pero a pocas fojas, qué cuentas tan funestas le formaron; pues apenas dio vuelta a la calle de las Damas,[3] cuando le salió un fariseo, que así le pareció, con espada en mano, pidiéndole la mula en nombre del rey. En vista de lo cual, no con poca satisfac[c]ión le presenta nuestro payo el pasaporte diciendo: tan lejos estoy de darla, que por este papel, que sabe Dios lo que me ha costado, puedo pedir a cualesquier justicia, y en cualesquiera hacienda otra mula, si ésta se me cansase; pero el embargador, que conoció lo que el papel contenía, le dijo: amigo mío, puede usted romperlo, porque en el caso de nada le sirve; y así, sin hablar más palabras, o echa a pie, o le hago echar.[4] Aquí fue Troya.[5] ¡Santo Dios!, exclamó el miserable, ¡pobre familia, pobre de mí y pobre de mi mula!

Dime: ¿te cabe en el juicio que sea justo dejar a un pobre hombre a pie, que no tiene más animales que en el que va montado, en el cual busca la subsistencia propia y de su familia, que cualesquiera demora puede causarle gravísimos perjuicios, por lo cual no puede seguirla hasta donde la llevan, o acaso alguna enfermedad no le permite andar a pie? Pues sea de uno o de otro modo, ¿quién le responde por su animal?, ¿quién le resarce los daños que se le siguen?, ¿quién se lo devolverá? Nadie, ojos que te vieron ir...,[6] ¡ah, cuántos insurgentes ha creado esta y otras semejantes injusticias![7] Y contra ellas declamo, y declamaré, pues son diametralmente opuestas al espíritu de la Constitución,[8] ésta nos quiere hacer felices y libres, y aquéllas quieren tenernos sumergidos gimiendo bajo el cruelísimo yugo de la tiranía.

Otro pasaje, y bonito. Dime: ¿será justo que un pobre hombre, con delito o sin él, esté desde la ventana de la cárcel mirando jurar la Constitución con veinte y ocho libras de fierro en los pies, y permanecer con ellas, aún después de juradas, muchos días, hasta salir en libertad, siendo uno de los capítulos jurados extinguir los apremios? Y dime, ¿no comprehenderá[9] esta gracia los miserables que están en la calzada con un grueso anillo, no en el dedo, ni en la oreja, como algunos usan, sino en la taba, con un gran pendiente que les llega enredado a la cintura?[10]

ATRO: Los segundos, pienso que, como están en la calle, será necesario estén así para la seguridad de su persona.

PASTOR: ¡Ah!, empiezan las interpretaciones: pues para evitar esto, que se pongan en las calzadas gente voluntaria pagándole su jornal, y así estarán mejor trabajadas y más pronto se concluirán; y para esto es muy regular que haya fondos; y cata que aquí entra bien el gasto inútil de pasaportes, que algo ha de ayudar; y a los que están en la actualidad en este trabajo que se les haga cuanto antes su sumaria,[11] porque la Constitución no permite esclavitud.[12]

ATRO: Pero mira, así esto, como otras muchas cosas no se pueden remediar hasta que lo determinen las Cortes.[13]

PASTOR: En el hecho de haber formado la Constitución las mismas Cortes ya lo tienen determinado. A más de esto, ¿cuando la juraron dijeron que la observarían así que estuviesen juntas las Cortes? No por cierto, porque juraron clara y distintamente, con toda la solemnidad posible, cumplir, guardar y hacer guardar en todas sus partes los capítulos que en ella se contienen. Conque si así no lo verifican, lo que consiguen es que pierda el crédito el sagrado Código, y que las cosas se pongan como el mus,[14] peor que antes. En fin, Dios los ayude, y a todos nos abra los ojos del entendimiento: a aquellos para que obren en justicia, que no ponen nada de su bolsa, y a mí para cumplir con mis obligaciones, y no meterme en lo que no me importa.

SOLRAC: Parece que ya acabaste, caramba, cuánto has hablado.

PASTOR: Y mucho más hablaría, si no fuera porque...

SOLRAC: ¿Por qué? Di, ¿por qué, porque vamos a cenar?

PASTOR: No, sino porque no me suceda...

SOLRAC: ¿Qué?

PASTOR: Lo que a El Pensador.

SOLRAC: ¿Pues qué le sucedió al señor don Pensador?

PASTOR: Que lo metieron en la que hiede.[15]

SOLRAC: ¿Pues cuál es ésa que hiede?

PASTOR: La cárcel.

SOLRAC: ¡Pobrecito! Yo lo quiero mucho, por lo que de él he oído contar; de suerte que si en mi mano estuviera, lo nombraba diputado de Cortes, y creo que desempeñaría el cargo a las mil maravillas.

PASTOR: ¡Cómo podía ser eso, hombre! ¿No consideras que es pobre?

ATRO: Ya se acabó ese tiempo. La Constitución no pone su mira en las riquezas; ya no ahorca el dinero a los hombres; ésta castiga el vicio en el rico, como premia la virtud en el pobre; ya cesarán los cohechos, empeños y favoritos; ya no dará los cargos honoríficos el obligado, o protector, sino la observación del pueblo, que calificará las buenas cualidades y actitud de sus hermanos para nombrar aquellos que más les acomode, sin interés ni pasión.

SOLRAC: ¿Y por qué metieron a ese señor en la cárcel?

PASTOR: Porque habló y escribió.

SOLRAC: Pero si tú no escribes ¿qué tienes que temer?

PASTOR: Es verdad, ni lo pienso, pues no quiero exponerme a cantar el alabado en clausura.[16]

ATRO: Y aunque escribieras, ¿pues no sabes que está la imprenta libre,[17] y en no hablando cosa que sea contra nuestra santa religión, estás autorizado como lo están los sabios para hacerlo, sin más riesgo que perder el papel y los derechos que pagues en la imprenta,[18] porque tu papel por malo no tenga salida?

PASTOR: El estar la imprenta libre no me quita el temor, porque también lo estaba cuando enclaustraron a El Pensador, y lo mismo le iba a suceder al perro[19] del farolito en la boca;[20] pero éste, ya se ve, como perro la olió, y no necesitó de pasaporte para salir por la garita.[21] ¡Pobre perro! Quién sabe si esa imprudencia sería causa de su perdición. Dios perdone a quien de ello tuvo culpa, y no se lo tome en cuenta.

ATRO: Pero entonces no estaba la Constitución con las formalidades que ahora.

PASTOR: ¿Cómo no? Conque hasta en el Coliseo la juraron.

ATRO: Es cierto; pero en esa época se aceptó sin parecer del rey, que se hallaba ausente, y a su llegada la extinguió engañado por algunos aduladores, que atendiendo a sus depravadas miras y propio interés, perjudicaron a toda la nación, hasta que con el tiempo corriendo el velo al engaño, descubrió nuestro amado monarca a toda luz las ventajas que traía la Constitución, y la juró, y mandó jurar.

PASTOR: En esta parte quedo convencido; pero con todo eso no me atrevería a escribir, porque sin duda perdería el costo de la imprenta como tú dices, pues quién había de comprar mis disparates.

ATRO: Pues aún eso te aseguro que no lo perderías todo, y menos si a tus escritos le ponías un título retumbante, que se llevara la atención, cuando los pregonaran por las calles los muchachos y las viejas;[22] porque los que los compraran sólo les quedaría, después de leerlos, el arrepentimiento de haber gastado su real[23] en tal friolera, pero sin esperanza de resarcirlo, aunque con la experiencia para no comprar otro; y de ese real mal gastado no te debía quedar el menor escrúpulo, pues no les decías que a fuerza comprasen tu papel. Para qué son curiosos, pues por esta causa están expuestos a llevarse muchos petardos.[24] Lo único que sucedería era perjudicar a los buenos autores, pues, aquéllos escarmentados del tuyo, se aguardarían de comprar aun los buenos, temiendo no llevarse otro clavazo.[25]

PASTOR: Pues pasemos a otro asunto. Me han contado que en las garitas, y principalmente en la de la Viga, exigen[26] los guardas a los traficantes de verdura y otros efectos a que les contribuyan con lechugas, cebollas, jitomates, miel, y lo demás que por allí pasa. Pregunto: ¿todo esto lo juntarán, y junto que sea lo venderán, y su producto lo enterarán en la Aduana[27] como alcabala?[28] ¿Es verdad?

ATRO: Nada menos que eso. Cómo habían de hacer caso de estas bagatelas. Las lechugas son para la ensalada, las cebollas para los frijoles, los jitomates para la salsa de los señores guardas, y la miel para sus muchachos, porque ellos no comen dulce.

PASTOR: ¿Pues estos guardas no tienen su sueldo señalado por la Aduana?

ATRO: Sí lo tienen.

PASTOR: ¿Pues por qué le han de ser gravosos a las pobres naturales que van a México a vender su verdura? Si quieren comer ensalada, y lo demás ¿por qué no lo compran?

ATRO: Porque lo primero, les es más barato. ¿Y qué tiene de malo tres o cuatro piecesitas de verdura que les[29] arrancan a las infelices, que en realidad viene a ser una gratificación?

PASTOR: ¿Y de qué, o por qué ha de ser esa gratificación?

ATRO: De que las maltraten, y apaleen, si se ofrece, por quita de aquí esas pajas.[30]

PASTOR: Muy bueno; ésa es otra cosa que me aturde, y se nota en la mayor parte de los empleados. Después que andan con mucha sumisión pretendiendo su destino, luego que llegan a conseguirle, se olvidan de que tienen sueldo, y que en las más se les da este sueldo porque sirvan al público, y con todo eso tratan a los negociantes con el mayor despotismo, como si les hicieran alguna gracia en cumplir con su obligación en aquello porque se les paga el dinero. Aquí los pasaportes; aquí el monte de impiedad,[31] aquí la secretaría;[32] y otras muchas, que para hablar de ellas, lo que se merecen en esta parte, era menester un día, y aun quedarían en bosquejo sus mal fundados orgullos.

SOLRAC: ¡Jesús!, con cuánta libertad se habla en el campo. ¿A qué no decías ni la mitad en la ciudad?

PASTOR: Ya se ve que no, ni la cuarta parte; pues qué cuidado les diera a mis señores colgarme como racimo de uvas.

ATRO: Ya se acabó ese tiempo; aún tú no lo quieres creer.

PASTOR: Es cierto que ahora se pueden decir las verdades, y caiga quien cayere; a más de que no hay regla sin excepción, pues entre los oficinistas hay muchos hombres buenos, que cumplen con los deberes de la humanidad, y por esto se hacen dignos de obtener el mayor empleo, y muchísimos que son de la clase que hemos dicho, y éstos también son dignos y redignos de una buena albarda;[33] en fin al que le venga el sayo que se lo ponga.[34]

Otra cosa me ocurre, y no quiero pasarla en blanco, y es esa vieja costumbre, que si hablamos a lo zángano,[35] bástale el ser vieja para que sea mala. Un subalterno recibe agravios de su jefe, se presenta al superior quejándose en justicia, y el proveído es que informe al jefe. Dime, ¿será capaz que el acusado declare en su contra? De ninguna manera; ¿pues qué resulta de esto? Quedar el acusador en peor estado que antes, pues el acusado le toma entre ojos, y por cualesquier cosa lo muele al doble, con justicia o sin ella; y para probar esto, quisiera que se revolviesen los archivos a ver[36] si en algún informe de esta clase se le daba la razón al acusador, y hallaríamos que entre millares de éstos no ha habido uno que la tenga. ¡Me horrorizo!, ¡me confundo al ver que semejantes procedimientos estén tanto tiempo ha disimulados! Esto no es otra cosa, que cerrar la puerta a la queja; pues cuántos infelices sufrirán tamañas injurias, por no caerse delante del toro, porque no le pidan a su contrario el informe, que por falso que sea, se le ha de dar más crédito que a la queja, por fundada que sea del subalterno. ¡Gran Dios, ábreles los ojos del entendimiento!

SOLRAC: Caramba, hombre, parece que te has picado en hablar; y por cierto que esto último se me figura misión.

PASTOR: En algo se ha de pasar el rato, a bien que nadie nos oye.

SOLRAC: También el corderito se va pasando; mira qué dorado está; y la barriga no quiere pasar más en ayuno, porque las tripas ya hacen remolino.

ATRO: Dices bien, saquemos las tortillas[37] y la sal, y socorramos nuestra necesidad. Mas parece que el ganado se alborota; escuchemos no vaya a ser el coyote.[38]

PASTOR: Siéntense, ya descubrí que es un vecino pastor. Acercaos, compañero, ¿qué novedad os trae a esta hora?

ONILEVA: El terrible aguacero me impidió encerrar mi rebaño temprano en el corral, y ahora que me retiraba a mi choza divisé esta lumbrada,[39] y su amor me trajo, pues estoy tieso de frío.

PASTOR: Pues bien, compañero, siéntate, acompáñanos a cenar.

ONILEVA: Yo lo agradezco, y aquí traigo chiles, cebollas y sal.

ATRO: Muy bueno está.

ONILEVA: Mirad un buen hallazgo que tuve en el cerro.

SOLRAC: Está chulo[40] el hallazgo, una piedra.

PASTOR: ¡Pero qué piedra!, tú no lo entiendes, es un famoso metal.

ATRO: En efecto que lo es; dime, Onileva, ¿esta piedra estaba suelta, o la arrancaste?

ONILEVA: La arranqué con bastante trabajo de una gran peña.

ATRO: Pues sábete que ésa ha de ser muy rica mina, y te aconsejo que la denuncies al Tribunal de Minería,[41] y cuanto antes la trabajes.

ONILEVA: ¡Trabajarla yo!

ATRO: ¿Y por qué no?

ONILEVA: Porque no tengo dinero.

ATRO: El Tribunal te habilitará, que para eso fue establecido, y en esto se deben invertir sus fondos.

ONILEVA: ¿Qué fondos?, si dicen que está pereciendo, y que por eso hay una porción de minas varadas, pues no puede aviar, ni entre los particulares se encuentran aviadores.

PASTOR: Cierto que es una compasión ver este ramo parado; y a la verdad si no se promueve con alguna atención el que se fomente, desde luego perecerá el Reino, pues las minas son el blanco de su opulencia.

SOLRAC: ¿Y por qué estará pereciendo el Tribunal, cuando dicen que tenía considerables fondos?

PASTOR: Es verdad que tenía; pero parte se invirtió[42] en salvas de artillería, pues, quiero decir, que regaló porción de cañones en tiempo pacífico para adorno de la ciudad,[43] por otra parte el dineral que gastó en ese Palacio que formó en frente del Hospital de San Andrés.[44] Ya tú ves que todo está muy bueno; pero si ese dinero se hubiera girado en su verdadero objeto que son las minas, ni el Reino estuviera tan pobre, y habría fondo en el Tribunal para dar y prestar. Y sábete que si en el día trabajaran las minas, que por falta de avío no se trabajan, verías la plata en abundancia; y ojalá se moviera eso, que ocurrían muchos denunciando muy ricas negociaciones, las que, tomando el curso correspondiente, volvería la América a su antigua opulencia, y se desterraría la moneda de cobre,[45] sirviendo solamente para el manejo de las tiendas de pulpería,[46] para donde es muy propia, pues en todas correría sin que en ninguna dijeran: este tlaco[47] no es de acá, como se observaba en otro tiempo.

SOLRAC: Muy buena ha estado la cena; demos gracias al coyote.

PASTOR: No seas disparatero, demos gracias a la divina Providencia, que el coyote no fue más de un instrumento de que se valió para socorrernos en nuestra necesidad, porque incesantemente vela sobre nosotros para nuestro favor; y así no seamos ingratos, ni desconocidos a su divina Majestad, atribuyendo a acasos los beneficios que de su liberalidad recibimos.

ATRO: Es verdad, y esta advertencia jamás olvidaremos.

PASTOR: Pues a Dios, amados compañeros, ya me retiro a dar una rondada a mi ganado, y les encargo encarecidamente, que a ninguno digáis lo que entre nosotros ha pasado, ni mencionéis a nadie nuestra conversación; pues aunque nuestro ánimo no ha sido agraviar directamente a persona, sino notar a nuestro parecer los abusos, no sea que nos resulte algún mal.

ATRO: Todo quedará en silencio, id con Dios.

SOLRAC: Y nosotros, compañeros, vamos también a rondar.

ONILEVA: Vamos, pues que se fue


El Pastor del Olivar[48]

 


[1] México: Impreso en la Oficina de d[on] Alejandro Valdés, 1820, 8 pp., núm. 2.

[2] pasaportes. El intendente Ramón Gutiérrez del Mazo, en dos avisos publicados en el Noticioso General (Suplemento núm. 11, 15 sept. 1821) y en la Gaceta del Gobierno de México (t. XII, núm. 125, 15 sept. 1821) anuló el requisito de pasaporte para entrar a la ciudad de México o salir de ella, y el del permiso para montar a caballo dentro de la ciudad. Cf. Nettie Lee Benson, La diputación provincial..., pp. 89-90. En su folleto Pasaportes y caballos (1820), Fernández de Lizardi escribió lo siguiente: “Pasaportes. Son inútiles para su objeto, gravosos a la hacienda pública, perjudiciales al pueblo y opuestísimos al nuevo sistema que protege la libertad individual”. Cf. Obras X-Folletos, p. 264.

[3] calle de las Damas. Calle y Callejón de las Damas. “Dos son las calles de las Damas, seguidas la una de la otra, las dos situadas de Norte á Sur, después de la del Colegio de las Niñas [Bolívar]. La que sirve de continuación de ésta, se llama primera, y segunda la que sigue al Sur, hasta el crucero formado por ella con las calles de San Felipe Neri [Salvador 3, PO] y Puente Quebrado [Salvador 1, PO]. Más de cien años carecieron de nombre estas calles, aunque algunos las extendían al del Colegio de las Niñas; sin embargo, en documentos oficiales consta que todavía en la primera mitad del siglo XVII, no era tal denominación fija y constante [...] de la calle del Colegio de las Niñas, dijimos que su nombre primero fue Colegio de las Doncellas, igual suerte corrieron las calles á que se extendió y fueron la del Coliseo y las dos de que tratamos. Es de creer que de la necesidad de distinguir unas de otras las cuatro calles, proviniera la mudanza de nombre de éstas, y por la próxima relación que hay entre niñas y damas se las llamara de las Damas, no pudiendo decirse propiamente del Colegio de las Damas.” Cf. José María Marroqui, La ciudad de México..., t. II, p. 259.

[4] hechar en el original.

[5] aquí fue Troya. Dícese cuando hay escarapela, o en el lugar donde la hubo; “damos a entender que sólo han quedado las ruinas de alguna gran población o edificio, o bien que ha ocurrido algún acontecimiento infausto o ruidoso, ya sea con relación a un hecho pasado o presente. Alude a la ruina de Troya, célebre y antiquísima ciudad de Asia Menor, situada en la falda del Monte Ida, a la que tuvieron sitiada los griegos con mil naves por espacio de más de 10 años, rindiéndose al fin de 1282 antes de la venida de J. C.” Cf. José María Sbarbi, Diccionario de refranes, adagios, proverbios, modismos, locuciones y frases proverbiales de la lengua española, t. II, p. 418, citado por Horacio López Suárez, La paremiología en la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi, t. I, p. 8.

[6] ojos que te vieron ir. “Ojos que te vieron ir. Phrase con que se significa, que la ocasión que se perdió una vez, no vuelve después.” Dic. autoridades.

[7] insurgentes. Así fueron llamados los sublevados que participaron en 1810 con Hidalgo.

[8] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[9] así en el original.

[10] Se refiere a la condena por delitos como el fraude, el homicidio, sexuales, portación de armas prohibidas o conducta sospechosa, como circular por las noches sin pasaporte, los hombres jóvenes y de buena salud “eran enviados a trabajar en las obras públicas que se realizaban fuera de la capital, como el camino nuevo de Veracruz”, aunque, si el delito era cometido en la ciudad de México, era allí donde los procesados cumplían sus condenas “donde era muy necesario su trabajo”. Cf. Lozano Armendares, La criminalidad en la ciudad de México 1800-1821, p. 178.

[11] El artículo 287 de la Constitución establecía: “Ningún español podrá ser preso sin que preceda información sumaria del hecho, por el que merezca según la ley ser castigado con pena corporal, y asimismo un mandamiento del juez por escrito, que se le notificará en el acto mismo de la prisión.” Cf. Tena Ramírez, Leyes  fundamentales..., p. 94.

[12] Artículo 4 de la Constitución. Cf. nota 9 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[13] Cortes. Cortes Generales y Extraordinarias fue el nombre que recibieron las Cortes de Cádiz reunidas en 1812. Se formó un Congreso en una sola cámara con los diputados de todos los dominios españoles de Europa, América y Asia, nombrándose uno por cada setenta mil habitantes, eran elegibles también los eclesiásticos; la elección era indirecta, pasando por tres juntas electorales: de parroquia, de partido y de provincia. Sobre ellas Fernández de Lizardi escribió en El Pensador Mexicano, t. II, núm. 1: “El Soberano Congreso de las Cortes Generales y Extraordinarias, representando a toda la nación española, acaba de sancionar a La Constitución, compuesta de unos sabios artículos, bajo cuya religiosa observancia no se puede esperar otra cosa que la defensa y seguridad del Estado, la libertad del ciudadano, la exaltación de las ciencias, los progresos de las artes, y el aumento del comercio, el fomento de la industria, la perfección de la agricultura, y, finalmente, la felicidad general de la monarquía.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 159.

[14] ponerse como el mus. También “estoy como el mus”. Equivalente a “estar como el naipe”, frase que se usa para referirse a una persona flaca y seca. Cf. José Luis González, Dichos y proverbios populares.

[15] encarcelamiento de Fernández de Lizardi. Cf. nota 8 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Marzo 3, 5 y 6 de 1813, en este volumen.

[16] cantar el alabado en clausura. Delatar. “Cantar, en germanía, descubrir lo que era secreto”. Dic. autoridades.

[17] libertad de imprenta. Cf. nota 19 a Sermón político–moral, en este volumen.

[18] Fernández de Lizardi en su Tercero diálogo crítico, realizado entre el Crítico y el Poeta, trata el tema de los costos de impresión: “POETA: Aunque sea un majadero,/ ¿la impresión no me cuesta mi dinero?/ y cuando no se venden mis papeles,/ ¿no los doy para aforros de pasteles/ sin quejarme de nadie? Pues amigo,/ ¿por qué tanta ojeriza?”. Cf. Obras X-Folletos, p. 20. En el núm. 2, t. I de El Pensador Mexicano, nuestro autor publica un diálogo entre el Autor y el Impresor que dice: “AUTOR: ¿Qué tenemos de papeles? IMPRESOR: Vea usted la cuenta: trescientos ejemplares mandó usted imprimir; se vendieron doscientos; existen sesenta y tres; se llevó usted cuatro y se repartieron treinta y tres... AUTOR: ¿Cómo es eso de ‘se repartieron treinta y tres’? IMPRESOR: Así: veinte y dos a la Audiencia, cuatro a la Intendencia, tres a la Inquisición y cuatro al Arzobispado, son treinta y tres. AUTOR: De milagro no mandó usted cinco al Protomedicato, veinte al Consulado, doce a la Minería, diez a las madres capuchinas, ocho al hospicio de pobres y repartió los que quedaban entre los trinitarios y cargadores de la Aduana. ¡Voto a ...! IMPRESOR: Vamos ¿para qué son esos aspavientos, cuando está usted cansado de saberlo? AUTOR: Y de pagarlo también. En un año que llevo en imprimir en casa de usted [María Fernández de Jáuregui] he impreso como cincuenta papeles lo menos, y de todos se me han cercenado los treinta y tres ejemplares; de modo que, haciendo la cuenta por mayor, he perdido como doce reales en cada papel (valiéndome medio real el ejemplar), que es decir, he perdido setenta y cinco pesos, que ya los tomara ahora para salir de algunas apuraciones”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 43.

[19] perro con mayúscula en el original.

[20] Se refiere a la estampa del Juguetillo, periódico editado por Carlos María de Bustamante; éste aconsejó a Fernández de Lizardi que se pusiera a salvo cuando el virrey Venegas suspendió la libertad de imprenta. El mismo Bustamante estuvo en peligro de ser aprehendido. Véase el expediente sobre la prisión de Fernández de Lizardi en Obras XIV-Miscelánea, pp. 371-441.

[21] garita. Cf. nota 31 a Consejos a El Pensador..., en este volumen.

[22] voceo de los periódicos. Cf. nota 5 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[23] real. Cf. nota 4 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[24] petardo. Estafa, engaño.

[25] clavazo. Clavar. Engañar; comprometer o perjudicar los intereses de una persona o los propios. Santamaría, Dic. mej.

[26] exijen en el original.

[27] Aduana. Las alcabalas se establecieron en México el 11 de enero de 1572, desde cuya fecha quedó establecida la aduana. En 1676 fue trasladada a la plazuela de Santo Domingo. El Consulado de la ciudad de México tuvo en arrendamiento la administración de alcabalas, hasta que sus utilidades aumentaron considerablemente durante el decenio de 1740. La Corona se hizo cargo directamente de la recaudación en la ciudad de México en 1752; entre 1752 y 1777 amplió su control sobre la administración y recaudación de la aduana y la alcabala. Las calles de la Aduana, hoy 6ª y 7ª de 5 de Febrero, correspondiendo la 7ª a la de la Aduana y la 6ª a la de la Aduana Vieja. En esta calle estuvo el edificio de la Aduana, luego pasó a Santo Domingo en el que había sido tribunal del Consulado. En el último siglo han ocupado este edificio diversas dependencias de la Secretaría de Educación Pública.

[28] alcabala. Era el impuesto de 6% que gravaba todas las ventas. Hacia 1776 sólo en lugares muy distantes o aislados seguía cobrándose la alcabala, por particulares y no por funcionarios reales.

[29] las en el original.

[30] quita de aquí esas pajas. “ ‘Por quitarme allá essas pajas’ Phrase con que se dá à entender, que alguno se irrita con facilidád y poca razón, o corto motivo [...]. Canc. Obra Poet. Quintillas al nacimiento: Que con todos reñiría/ por quítarme allá essas pajas.” Dic. autoridades.

[31] El Real Monte de Piedad de las Ánimas fue fundado por Pedro Romero de Terreros, primer conde de Regla, en 1774, en el antiguo colegio jesuita de San Pedro y San Pablo [El colegio se abrió en el año de 1574, la calle de San Pedro y San Pablo debe su nombre a ese colegio, lo tomó a mediados del siglo XIX. Esta calle comprende desde la esquina occidental de la calle de Chavaría hasta la oriental de la de San Ildefonso. En 1767 con la expulsión de la Compañía el colegio pasó a manos del Estado, otorgándose una sección al Monte de Piedad y otra a albergar guarniciones militares. Con la supresión de las órdenes religiosas en el siglo XIX, de nuevo el edificio pasó a manos del Estado, que lo destinó a las instalaciones de la Escuela Nacional Preparatoria, y años más tarde al establecimiento de una escuela secundaria]. Prestaba por seis meses sobre prendas y una limosna voluntaria por las almas del Purgatorio.

[32] Secretaría del Virreinato. Tramitaba todo el papeleo del imperio en la ciudad de México. La política borbónica de reforma administrativa para mejorar los ingresos y el control de la Corona sobre sus reinos, llevó a varias reorganizaciones de esta Secretaría y a la profesionalización de su burocracia. En 1756 fue emitida una real cédula que creaba una secretaría virreinal permanente de tres oficinistas asalariados con títulos reales. Otros dos departamentos ayudaban al virrey en sus tareas: la oficina legal (asesoría) y las oficinas de los notarios titulares de gobierno y de defensa (escribanías mayores de gobierno y guerra). Para Linda Arnold, la organización del trabajo en esta Secretaría, sobre la base de asuntos y temas, “propició la unidad geopolítica y redujo las diferencias administrativas parroquiales. Tal herencia administrativa colonial fue muy útil para la naciente república [...] la adaptación del sistema de dirección colonial al gobierno nacional independiente no fue particularmente creativa, pero sí fue muy pragmática. El sistema colonial trascendió el cambio político y ha persistido como la base de organización de un moderno ejecutivo federal.” Cf. Linda Arnold, Burocracia y burócratas..., p. 47.

[33] albarda. Según la Real Academia es la “pieza principal del aparejo de las caballerías de carga, que se compone de dos a manera de almohadas rellenas, generalmente de paja y unidas por la parte que cae sobre el lomo del animal.” En el sureste del país, nombre que se le da a la silla ordinaria de montar de hombre de campo, del vaquero, vestida, por lo común, con cuero crudo. Santamaría, Dic. mej.

[34] al que le venga el sayo que se lo ponga. O “al que le venga el saco que se lo ponga”: “Esto es algo así como un remate, después de haber lanzado un insulto, una sátira, con intención de que quien se crea aludido tome para él las palabras vertidas.” Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios..., p. 37. En la Segunda parte del Muerto y el Sacristán Fernández de Lizardi usa la siguiente variante: “no hablo con todos, pues, no escrupulice; al que le venga el saco, buen provecho” Cf. Obras X-Folletos, p. 14.

[35] hablamos a lo zángano. Zángano se dice de quien es holgazán o que se sustenta con lo ajeno; hombre flojo, desmañado y torpe. En el país se dice del pícaro, bribón o tunante. Santamaría, Dic. mej.

[36] haber en el original.

[37] tortillas. Masa de maíz de forma redonda, cocida en comal que constituye la base de la alimentación de la gente pobre, del campesino y del indígena, usándose mucho también en la mesa de cualquier categoría social. A veces se hace de trigo y se llama tortilla de harina [o de trigo]. Santamaría, Dic. mej.

[38] coyote. (Del mex. coyotl). Especie de lobo, del tamaño de un perro grande, y con piel de color gris amarillento. Dotado de mucho instinto y astucia como la zorra, a la cual se asemejan sus costumbres. Por los años de 1828, en la época de la mayor efervescencia del odio contra los españoles, se les daba por injuria el apodo de coyotes.

[39] lumbrada. Lumbre grande.

[40] chulo. Esta palabra, que es del estilo familiar, no tiene aquí la fea acepción que en España: significa simplemente bonito, lindo, mono, agraciado; y usada como vocativo se prodiga al extremo, especialmente entre mujeres. El chula, que ofendería a una señora española, se toma aquí como expresión de cariño. Santamaría, Dic. mej.

[41] El Tribunal de Minería se creó en 1777, con residencia en la ciudad de México y diputaciones en las principales zonas mineras. El visitador José de Gálvez influyó decisivamente para la organización del gremio minero en esta institución con privilegios y derechos especiales. Las nuevas Ordenanzas de Minería de 1783 fueron el primer resultado del Tribunal. “Su autor fue Joaquín Velásquez de León, quien apoyándose en los Comentarios de Gamboa, explicó con gran claridad todos los procesos técnicos y administrativos que tenían que observar los mineros para impulsar el ramo y mejorar la resolución de sus asuntos.” Para su financiamiento, el Tribunal obtuvo de la Corona la concesión de recibir un real de cada marco de plata introducido en la Casa de Moneda de México. Con estos ingresos fue posible fundar el Banco de Avío para los mineros y el Real Seminario de Minería (1792). El Banco funcionó con problemas y terminó beneficiando más a la Corona con préstamos que a los propios mineros. La fundación del Seminario de Minería  contribuyó a la difusión del conocimiento técnico y científico; fue la principal institución educativa de su tiempo. En 1811 el Seminario se trasladó de la vieja casona de Guatemala al espléndido edificio neoclásico construido por Manuel Tolsá en la actual calle de Tacuba, conocido hasta hoy día como Palacio de Minería. Cf. Enrique Florescano e Isabel Gil Sánchez, “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico 1750-1808”, en Historia General de México, t. II, p. 227.

[42] invertio en el original.

[43] El Tribunal de Minería regaló cañones para adorno de la ciudad en tiempos de paz.

[44] Hospital General de San Andrés. El edificio, convertido en hospital en 1779, por una peste de viruelas, fue el Colegio de San Andrés de los jesuitas, clausurado por la expulsión de éstos en 1777. Estuvo situado frente al Colegio de Minería, en el sitio ocupado hoy por el Museo Nacional de Arte, antes Palacio de Comunicaciones. Eran enviados aquí algunos sentenciados a cumplir prisión para auxilio de los enfermos, por lo que se montaba una guardia especial para que los presos no escaparan. Ver Lozano Armendares, La criminalidad en la ciudad de México, 1800-1821. El panteón del hospital, de nombre Santa Paula, tenía una capilla consagrada al Salvador y 35 sepulcros para personas adineradas. No era un cementerio público y por muchos años sólo fueron sepultados los pacientes del hospital. Cf. Ángeles González Gamio, “Santa Paula ¡vive!”, en La Jornada, núm. 6546, 17 nov. 2002.

[45] moneda de cobre. Debido a los asaltos de los insurgentes a los cargamentos de plata, al descenso en la producción minera, la interrupción del abasto del mercurio, y el acaparamiento de mercancías, se produjo una escasez de monedas de baja denominación, muy usadas en el mercado. El 30 de septiembre de 1814, el virrey Calleja ordenó que se acuñara una moneda de cobre de muy bajo valor, la emisión tuvo un valor de 51 mil pesos. Estas monedas estaban destinadas al comercio de poco precio, “para beneficio de los pobres”. Cf. Timothy E. Anna, La caída del gobierno español..., pp. 166-167.

[46] pulpería. Tienda, en América, donde se venden diferentes géneros para el abasto; como son vino, aguardientes o licores y géneros pertenecientes a droguería, buhonería, mercería, etcétera.

[47] tlaco. Cf. nota 5 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[48] El Pastor del Olivar. Sólo publicamos el número 2 de este folleto. Además de estos dos es autor de Hay verdades que no amargan. Del Pastor del Olivar. México, Oficina de Alejandro Valdés, 1821, 16 pp. Sabemos de un Pastor Anfriso que era Mariano Albaro Barazábal; Pasto Anfriso y Pastor Antimio que era Anastasio de Ochoa y Acuña.