NOTICIOSO GENERAL 

del viernes 18 de diciembre de 1818[1]

 

Remitido

 

Señor Editor.[2] Para manifestar a usted mi gratitud por la buena acogida que dió a mi eclipse teatral en el número 454[3] le remito en este papel un apreciable descubrimiento que espero tendrá la dignación de admitir en calidad de obsequio, y ya que con tal motivo ésta es la primera vez que tengo el honor de dirigirle la palabra, se la doy desde luego de ser cofrade de su periódico, si es que no me juzga indigno de alternar con los beneméritos sujetos que lo honran e ilustran con su prosa y con sus versos; y en el concepto de que mi amor propio sabe hacerme conocer y confesar que estoy muy distante de entrar en paralelo con ellos, creo no levantarme un falso testimonio aplicándome en el presente caso lo que en otros se ha dicho: no es del todo necio quien se conoce ignorante.[4]

De uno que lo era en superlativo grado, aunque muy gracioso, no por las concertadas producciones de su razón, sino por el gran desconcierto de las mismas producciones, voy a contar a usted después de mostrarle su filiación o retrato, el disparate más peregrino y que merece un lugar distinguido en la historia de los disparates, un descubrimiento raro y hasta ahora inaudito: El apellido de Apolo. Los poetas deben estimarlo como una fuente abundantísima de que sacarán en lo sucesivo nuevas brillanteces para hermosear más sus composiciones, y mientras ellos hacen de esta noticia el uso que les convenga, hónreme usted con su atención porque ya es hora.

Concurría a cierta tertulia en que yo me hallaba con frecuencia, un buen hombre —don Celestino se llamaba— que a pocas vistas se declaró mi apasionado, dándome en seguida, sin precaución alguna, las mayores pruebas de confianza en la manifestación de sus secretos; me parece que lo estoy mirando: era mediano de cuerpo, y de rostro más feo que respetable; bien cerrado de barba, pero mucho más de mollera; sus pies estaban en razón de cuatro, su edad considerada como billete de lotería, era la aproximación posterior del número 7, pues ya no jugaba números bajos cuando lo conocí; y como su locución era pausada y balbuceante, cualquiera retazo de su conversación era tan largo como el camino de Veracruz[5] a Chihuahua,[6] y de más a más no se le podía oír platicar sin el socorro de un paragua[s] por la abundante lluvia de saliva cruda que arrojaba sin cesar.

Con un triunfo de este tamaño juzgue usted si estaría bueno mi juego: en el momento que lo veía acercarse a mí, me imaginaba acometido de un escuadrón de tabardillos[7] armados con lanzas de jaquecas, y en verdad que me las pegó muy buenas con la eterna relación de sus aventuras de amor y valor allá en su mocedad. La temprana muerte de sus padres y consiguiente necesidad de encargarse de la administración de los bienes que le dejaron único heredero, le hicieron abandonar la carrera literaria que había aprendido, ¡lástima!, pues si se hubiera dedicado, no a la carrera literaria sino a la carrera de las literas, habría hecho rápidos progresos.

Como todo su empeño era que yo formase[8] un gran concepto de sus conocimientos —acaso porque los míos no le parecieron muy avanzados— jamás dejaba en todas sus conversaciones de apuntarme y dispararme algo que me los persuadiera: “¡He leído mucho amigo mío!, (me decía), ¡ésta es mi pasión dominante!, tanto, que no me escapan ni aun los pedacitos de papel escrito en que los tenderos envuelven el azafrán. No es ponderación; pasan de trescientas las novenas que he leído, y también las tuviera andando todas, si el maldito reumatismo no me tuviera los pies como me los tiene; pero volviendo a mi asunto, sepa usted que tengo en la uña[9] todo el libro de Electo y Desiderio,[10] lo mismo las Novelas Ejemplares de Doña María de Zayas,[11] lo mismo las Soledades de la vida y desengaños del mundo,[12] lo mismo Las guerras civiles de Granada,[13] lo mismo la reciente fresquísima historia de Periquillo el Leproso, y lo mismo...”

No me pude contener, y solté una carcajada al oír el diverso adjetivo o apellido que le puso al Periquillo, y como le interrumpí la chorrera de obras que había leído, me preguntó algo serio: “¿De qué se ríe usted con tantas ganas?” —Me río, le contesté, del lapsus lingüe[14] de usted, pues Periquillo no es Leproso, es Sarniento.[15] “Tiene usted razón, continuó, pero me parece que de la sarna a la lepra no hay mucha distancia, y no haciendo caso de estas bagatelas, dígame usted ¿qué juicio ha formado de esta obra?” —Yo ninguno, respondí, porque a más de que no soy voto en materias de literatura, todavía no he pedido la pata a ese Periquito, es decir, que aún ni por el forro lo he saludado. “¿Pues qué, me dijo sonriéndose, teme usted que le dé alguna mordida?” —No señor mío, le contesté, ni por tan pueril motivo había yo de dejar de leer una obrita que tanto alaban muchos; mi arranquera[16] me ha privado de este gusto porque no puedo comprarla, ni aun conseguirla prestada, pues ninguno de mis conocidos la tiene.

—Siento que no la haya usted leído, me dijo, pues yo que, gracias a Dios, no me chupo el dedo en esto de buenos libros, aseguro a usted que el Periquillo tiene mucho mérito, tanto en lo substancial como en lo accidental . ¡Periquillo!, o Periquito que es lo mismo, es un nombre travieso y misterioso; ya sabe usted que los periquitos son unos loros pequeños que aturden por lo mucho que charlan, y cátese usted que el Sarniento idem per idem[17] no deja títere con cabeza: tiene manojos o racimos de sentencias, autoridades y refranes para toda clase de personas; pero principalmente a las del pueblo bajo les habla al alma y las va a buscar por todos los andurriales de cárceles, presidios, hospitales, pulquerías,[18] lupanares, velorios, tabernas, bodegones, etcétera, etcétera, con el caritativo fin de que reformen sus depravadas costumbres, y se hagan miembros útiles de la sociedad, ya que en toda su vida anterior fueron podridos y agusanados.

Aún no salía yo del asombro que me causó la sarnienta descarga que me disparó el buen don Celestino, cuando después de una breve pausa continuó diciéndome: —También soy muy devoto de la poesía, y tengo una colección de las mejores comedias; oiga usted los títulos de algunas: El Anillo de Giges,[19] El Asombro de Xeréz,[20] El Mágico de Asiracan,[21] y El [Mágico] del Mogol,[22] La Conquista de México,[23] El Príncipe tonto,[24] La Mexicana en Inglaterra,[25] La Bestia de Babilonia,[26] etcétera, etcétera. También tengo un archivo de romances, todos impresos, que tratan de mil primores ya a lo divino, y ya a lo humano; ya de amor, y ya de odio, con historias y relaciones tan prodigiosas como bien versificadas; de todas me acuerdo, pero mucho más de una que me hace erizar los pelos, pues trata del horroroso castigo que dio el cielo a un joven por el crimen atroz que cometió pegándole una bofetada a su madre. Este infeliz se transformó en un horrible cochino jabalí, y tenía cuatro cuernos como de carnero, cola de caballo, y pies de mono; y para que forme usted un juicio exacto de semejante monstruo, mañana en la noche, Dios mediante, verá usted su estampa, pues he de traer la misma relación que la tiene al frente, oiga usted como empieza:

 

Sepan los que esto leyeren,
y cuantos lo oyeren leer,
el castigo más horrendo
la catástrofe más cruel
que se cuenta en los anales
de la historia, pues sabréis...

 

—¿Qué me va usted a encajar todo ese tremendo romanzón? —le dije con enfado.

—Sí amigo, me contestó, porque es muy bueno, y así óigalo usted con mucha atención.

—¡No lo permita Dios!, exclamé, pues estos sucesos tan espantosos en su objeto, como en su desempeño, son capaces de causar una alferecía[27] no digo a mí, sino a un elefante, y en tal concepto, omita usted referirlo, pues sobre poco más o menos ya me hago cargo de todo el caso.

—Pues sea así, dijo, y pasemos a otra cosa.

—¿Supongo que usted es poeta?

—Absurda suposición, contesté.

—Pero aseguro a usted entendido amiguito, continuó, que ninguno de los más celebrados en ella ha sabido el apellido de Apolo, yo debo este descubrimiento más a la casualidad que a mis estudios.

—¿Pues qué, Apolo tiene apellido?, le pregunté admirado.

—Sí señor, dijo, lo tiene, y mucho que lo tiene.

—¡No puede ser!, repuse yo.

—¿Cómo que no?, dijo él.

—¿Pues cuál es?, pregunté entonces.

¾Gético.

—Vuelvo a decir que no puede ser.

¾¡Dale con la porfía! ahora lo verá usted señor incrédulo; y, sacando de la bolsa un rancio libro, lo abrió por donde tenía un registro, lea usted aquí, me dijo, y verá escrito con letras de molde grandes y gordas, que Apolo se apellida Gético; leí en efecto, y decía así: Discurso apologético de las materias contenidas en este libro.

—¡Válgame el alado casquete o peluquín de Mercurio! exclamé lleno de admiración, usted ha hecho un descubrimiento tan importante como el de la cuadratura del círculo, y yo en este momento le soy deudor de otro particularísimo descubrimiento que bajo las mismas reglas del de usted acabo de hacer.

—Deseo saber cuál es, me dijo con ahínco.

—El de otros dos Apolos, le contesté, él uno se apellida Gía, y el otro Gista. Véalas usted también con letras de molde; y mostrándole un librito de novelas que tenía en la mano, a cuyo frente estaba la apología de la obra, y más adelante una acción de gracias al apologista, le dije, vea usted si es cierto que también contamos ya con otros dos Apolos, que unidos al de usted forman un rico terno con que vamos a engalanar al Parnaso, a saber: Apolo Gético, Apolo Gía, y Apolo Gista.

—¡Deme usted un abrazo! me dijo entusiasmado, pues merece por este gran descubrimiento que los poetas lo conduzcan en un triunfal carro al Pindo[28] para que se ponga Pando[29] con las caricias que desde luego le harán las musas como deudoras que le son del conocimiento de dos parientes de que no tenían noticia, así como me lo son a mí del apellido que en lo sucesivo usarán llamándose Calíope Gético, Euterpe Gético, Talía Gético, Urania Gético, Terpsícore Gético, Melpómene Gético, y por este orden todas las demás como hijas legítimas de Apolo Gético. Sólo nos resta que saber si este caballero es tío, hermano o primo de los dos sus tocayos Apolo Gía, y Apolo Gista; pero ya es tarde, otro día haremos este escrutinio con presencia del árbol genealógico de cada uno.

No llegó este caso, porque a la siguiente noche supe que don Celestino había muerto de dolor cólico. Dios lo tenga en paz, y usted, señor editor, no lo olvide en sus oraciones, siquiera porque tiene prendas suyas en el importante descubrimiento que le he regalado para que haga de él el uso que quiera, así como de la buena voluntad que le profesa su atento servidor q[ue] b[esa] s[u] m[ano].


El Tocayo de Clarita[30]

 
 


[1] Núm. 463, México: Imprenta de Arizpe [Cf. nota 1 a Sermón político-moral..., en este volumen] Con licencia. pp. 2-3.

[2] Cf. nota 1 a Calendario..., en este volumen.

[3] Noticioso General, núm. 454, t. V, 27 nov. 1818, México: Imprenta de Arizpe (Con licencia), p. 2. Se trata del artículo titulado “Eclipse” en el que menciona el “eclipse” de las luces de los candiles del teatro, la noche del 19 de noviembre en que se presentaba “la comedia trágica de María Stuard”, que había comenzado a las 9:11 p.m., y que a las 10:28 p.m la escena estaba en tinieblas, hora a la que la concurrencia dejó el Coliseo. Incita a Torrescano, Barazábal y Madariaga a escribir festivamente sobre el particular, así lo hace El Tocayo con una “Décima”: “En donde hay muchas criaturas/ de tunico y pantalones,/ se han de dar mil tropezones/ estando la casa a obscuras./ No son en verdad, locuras/ en necia imaginacion,/ porque nuestra inclinacion/ al sexo que tanto alhaga,/ rarísima vez no apaga/ la vela de la razon.” En respuesta a la cual se publica De un aprendiz en obsequio de... “El Tocayo de Clarita,/ que és talento conocido,/ con salero ha producido,/ una décima exquisita:/ y su pluma muy bien quista/ sin lastimár a ninguno,/ pide remedio oportuno/ de luz, que sin deslumbrar,/ evite el no tropezár/ al viejo, al joven y al tuno.” Fimado por M. S. en el Noticioso General, núm. 455, t. V, 30 nov. 1818. Imprenta de Arizpe (Con licencia) p. 4.

[4] no es del todo necio quien se conoce ignorante. El Diccionario de Autoridades consigna en seguida de la acepción de “ignorante” las siguientes citas que apoyan a El Tocayo de Clarita para definirse a sí mismo como un hombre conocedor de sus limitaciones, por lo tanto, sabio y prudente: “El querer un Principe mostrarse sabio en todo, es dexar de serlo: el saber ser ignorente à su tiempo, es la mayór prudencia”, Diego Saavedra, Empresas políticas, 43; y “La creyó perfecta en todo,/ en su ignorancia tan diestro,/ que él ignorente y Dios sabio,/ con Dios compitió el acierto.” Antonio de Mendoza, Vida de Nuestra Señora, copla 220.

[5] Veracruz. Cf. nota 114 a Inquisición de México..., en este volumen.

[6] Chihuahua. Formaba parte del reino de Nueva Vizcaya bajo la autoridad del gobernador intendente de las Provincias de Occidente. Chihuahua se encuentra en el norte de la República mientras que Veracruz está en el sureste.

[7] tabardillos. Tifus. Enfermedad febril, aguda y grave, acompañada por perturbaciones del sistema nervioso y perturbación de la sangre. Según el Diccionario de Autoridades es una enfermedad peligrosa “que consiste en una fiebre maligna, que arroja al exterior unas manchas pequeñas como picaduras de pulga, y a granillos de diferentes colores: como morados, cetrinos, etc.”

[8] formase de un gran concepto, en el original.

[9] tengo en la uña. “En las uñas. Modo adverbial, con que se explica la facilidad o brevedad de executar alguna cosa [...] Cerv nov. 2. pl. 70 El Cadi es el Juez competente de todas las causas, que las abrevia en la uña y las sentencia en un soplo.” Dic. autoridades.

[10] Electo y Desiderio. En el apartado “El maestro de escuela”, José María Rivera cita, entre los libros de un maestro, además del Catecismo de Ripalda, un silabario y cartilla, el Fleuri, el Catón y el Electo Desiderio; página 208 de Los mexicanos pintados por sí mismos, obra escrita por una sociedad de literaros, la edición original fue de México, Casa de M. Murquía, Portal del Águila de Oro, 1855. Se reeditó en 1946. En la Biblioteca Nacional se conservan nueve ejemplares de la obra de Jaime Barón y Arín (1657-1734), titulada Luz de la fe y de la ley: entretenimiento cristiano entre Desiderio y Electo maestro y discípulo en dialogo y estilo parabolico adornado con varias historias y moralidades para enseñanza de ignorantes en la doctrina cristiana, Madrid: Por Juan de Aritzia, a costa de la Hermandad del Glorioso San Jerónimo, 1726, 631 pp.

[11] María de Zayas y Sotomayor (1590-1661) escritora española. Autora de poesías y comedias. Debe su fama a las Novelas amorosas y exemplares, cuya segunda parte se titula Novelas y saraos. Se trata de tres textos cortos de tipo picaresco. En La Quijotita y su prima t. III, cap. VI, Fernández de Lizardi lo cita en una lista de libros que poseía la familia de Pomposita, la protagonista de la novela; en la obra dice Eufrosina, madre de Pomposita: “Vea usted: tengo las Novelas de doña María de Zayas, las Obras jocosas de Quevedo, las Aventuras de Gil Blas, la Pamela, el Eusebio, Novelas sin las vocales, la Clara, la Diana enamorada, la Atala [...]; y a más de eso, un celemín de comedias y sainetes, que más bien lee Pomposita que yo.” Cf. Obras VII- Novelas, pp. 102-103. La autora era recomendada como lectura por los profesores según consta en El Periquillo Sarniento t. I, cap. III. Nuestro autor conocía la obra personalmente. En sus Avisos de El Pensador refiere que se han dado tantas noticias de su muerte que no puede más que recordar el cuentecillo de doña María de Zayas sobre un Lizardo que asistió en vida a sus funerales y a todos los que preguntaban quién era el difunto respondía que él mismo. Cf. Obras X- Folletos, p. 83.

[12] Soledades de la vida y desengaños del mundo. Colección de novelas cortas de Cristóbal Lozano (1609-1677), publicadas por primera vez en Madrid en 1658, dice de este libro Joaquín de Entrambasaguas: “La popularidad y la estimación de que gozó lo atestiguan, además de mejores pruebas [...], las numerosas ediciones que alcanzaron sus obras, reimpresas continuamente, casi con periodicidad, no sólo en el siglo XVII, sino durante todo el XVIII y primeros años del XIX, a pesar de los crueles ataques —fruto de juicios realmente anacrónicos— que le dirigieron los neoclásicos, censurando el fuerte realismo de sus obras y los argumentos de ellas, inspirados en las historias medievales y los viejos cronicones, e indiferentes en su desarrollo a todo precepto literario”. Prólogo a C. Lozano, historias y leyendas, p. VIII. Fernández de Lizardi alude a esta obra como lectura inconveniente para Perico Sarniento en el t. I, cap. II, y para las mujeres casadas en La Quijotita y su prima, t. I, cap. VI.

[13] Guerras civiles de Granada. Título con que es conocida la novela de Ginés Pérez de Hita, Historia de los bandos de zegríes y abencerrajes caballeros moros de Granada. La primera parte de 1595 y la segunda de 1604, en ambas se combinan elementos fantásticos e históricos, predominando aquéllos en la primera, y éstos en la segunda. La parte primera se refiere a la lucha de bandos en la Granada anterior a 1495, la segunda a la Guerra de Alpujarra en 1568. Se considera a Pérez de Hita fundador de la novela histórica, porque contribuyó a popularizar los romances moriscos, de esta novela se hicieron muchas ediciones.

[14] Forma inusual por lapsus linguae.

[15] Cf. nota 3 a Calendario..., en este volumen.

[16] arranquera. En Cuba aún se usa con el significado de pobreza suma o carencia absoluta de dinero. Cf. Santamaría, Dic. mej.

[17] idem per idem. Igual por igual, o de igual a igual, o bien de idéntico modo.

[18] pulquería. Expendio de pulque. Cf. nota 12 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos [diciembre 7 1812], en este volumen.

[19] El Anillo de Giges. Comedia de José Cañizares, conocida también por el título La sortija de Venus, también autor de Maxico rey de Lidia. Según Olavarría y Ferrari El anillo de Giges se presentó en México en octubre de 1806 en el Coliseo Nuevo; el autor cita el periódico El Sol, que, para fines de 1825, anuncia que se representaba esta obra en el Teatro Provisional. Cf. Enrique de Olavarría y Ferrari, Reseña histórica..., t. I. En 1748-1749 obtuvo gran triunfo esta comedia de magia en el Nuevo Teatro del Príncipe en Madrid; para los años 1795-1796 sigue representándose, recaudando fabulosas sumas a lo largo de diecinueve sesiones. La obra gozaba de prestigio en la metrópoli española y era del gusto del público. René Andioc, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, p. 37.

[20] El asombro de Xerez. Se encuentra entre las obras más aplaudidas de 1793 y 1794 en Madrid, escrita por Antonio Pablo Fernández en 1757. Comedia en tres actos. Olavarría y Ferrari la registra bajo otro título por el que también fue conocida Juana la rabicortona o El asombro de Jerez. Olavarría mismo asienta que en junio de 1806 la Compañía del Coliseo Nuevo representó la obra; en 1824 da noticia de que “se han desterrado todas aquellas todas aquellas piezas que el buen gusto había condenado a justo olvido, por ejemplo [...] Juana la Rabicortona”. En 1844 los teatros “Nuevo México y el Principal continuaban honrando la buena comedia con sus excelentes compañías, pero de vez en cuando salían con sus comedias alegóricas [...] y con magias como [...] Juana la Rabicortona o El asombro de Jerez”. Cf. Enrique de Olavarría y Ferrari, Índices a la Reseña histórica del teatro en México, pp. 161, 191, 197 y 423. René Andioc la considera “comedia de magia”, en esta categoría la obra se acompañaba de música instrumental, pero también de canto y “modo de coreografía”. En el Memorial Literario de 1794 acerca de esta obra se hace la siguiente crítica: “no inspira sin escarnio y degradación de la Justicia y Magistrado que no puede menos de causar risa y menosprecio del ignorante vulgo que se complace y deleita viendo ridiculizados aquellos personajes que sólo deberían representar con nobleza y seriedad”. Cf. René Andioc, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, pp. 551 y 598.

[21] El mágico de Asiracán por El mágico de Astracán, comedia representada con mucho éxito de 1781 a 1782 en Madrid, su autor fue Antonio Valladares de Sotomayor. “Astracán”, de Astrakhan, ciudad rusa del Caspio, se le llama también a la piel de cordero nonato o recién nacido, muy fina y con el pelo rizado, que se prepara en la ciudad rusa del mismo nombre. Olavarría y Ferrari afirma que en 1824 se representó en México junto con Juana la Rabicortona. Ver nota anterior.

[22] El mágico del Mogol. Comedia de magia de Antonio de Valladares y Sotomayor representada en Madrid para concluir la temporada 1781-1782.

[23] La Conquista de México por Conquista de México, de Fernando Zarate. Se publicó en Parte treinta. Comedias nuevas y escogidas de los mejores ingenios de España, en Madrid por Domingo García Morrás, a costa de Domingo Palacio y Villegas, 1668, 463 pp. (Biblioteca Nacional de España; de este autor se incluyen en esta recopilación su obra S. Antonio Abad. Olavarría la registra como parte del caudal de bailes del asentista del teatro para 1790, Jerónimo Marani, quien fue beneficiado en dos ocasiones por el virrey. Cf. Olavarría, Reseña histórica..., t. I, pp. 129-130. Según Alfonso Reyes “Los actos teatrales acontecían con motivo de festejos del Habeas, San Hipólito, recepción de virreyes, nombramientos de prelados, fastos notables, ‘campañas administrativas’ eminentes y aun calamidades públicas. Año por año, al aniversario de la victoria de Cortés (13 de agosto) reaparecía cierta Conquista de la Nueva España obra u obras perdidas (todavía se danzan ‘conquistas’) cuya representación tomaba a su cargo el cabildo amén de otorgar una ‘joya’ o premio al autor o actor sobresaliente en los varios actos dramáticos que se acostumbraban. Las representaciones se hacían, según el caso, en tablado callejero, durante los altos de los desfiles, en templetes junto al coro de las iglesias, en el interior de los colegio, y antes de cerrarse el siglo XVI en una o quizá dos Casas de Comedias”. Cf. Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España, p. 64.

[24] El príncipe tonto por Quando no se aguarda: el príncipe tonto, de don Francisco de Leiva Ramírez de Arellano, natural de Málaga. Publicada con licencia en Sevilla: En la Imprenta del Correo Viejo, frente del Buen-Suceso, en el siglo XVIII; también apareció publicada en 1833 en Comedias escogidas de don Francisco de Leiva, Madrid: Impr. de Ortega, mayo de 1833; y en Teatro escogido desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Segunda parte que comprende las mejores comedias de J. B. Diamante, J. de la Hoz, L. de Belmonte et al., París: Librería Europea de Baudry, 1838. Con este título Olavarría y Ferrari registra una obra representada en México en el Coliseo durante las cuarenta y nueve semanas de la temporada que inició el domingo 27 de marzo de 1785 y concluyó el 28 de febrero de 1786. Esta comedia en particular se representó en abril de 1785. Cf. Olavarría, Reseña histórica..., t. I, p. 62.

[25] La mexicana en Inglaterra. Olavarría informa que en el año de 1813, cuando tomó posesión Félix María Calleja como virrey, en el Real Coliseo se representó “la famosa comedia La Mexicana en Inglaterra” por la famosa cantante Inés García, mejor conocida por “La Inesilla”. Ibidem, t. I., p. 167.

[26] La bestia de Babilonia por El bruto de Babilonia de don Iván de Mateos Fragoso, publicado en Parte treinta. Comedias nuevas y escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid: Por Domingo García Morrás, a costa de Domingo Palacio y Villegas, 1668, 463 pp. (Biblioteca Nacional de España). Olavarría asienta que esta obra se encuentra entre “las comedias más en boga” alrededor de 1778, más adelante indica que formaba parte del caudal de música del Coliseo. Ibidem, t. I., pp. 28-29.

[27] alferecía. “La primera espécie de enfermedad convulsivas, que consiste en una lesión y perturbación en las acciónes animales en todo el cuerpo, o en alguna de sus partes, con varios accidente: como son el de apretar y rechinar los dientes, echar espumarajos por la boca, y ordinariamente con contracción del dedo pulgar” Dic. autoridades.

[28] Pindo. Macizo montañoso de Grecia occidental en el Olimpo. Una de sus cimas estuvo consagrada a Apolo y a las musas.

[29] Pando. Departamento del norte de Bolivia y población del Ururguay.

[30] El Tocayo de Clarita. José Ignacio Paz autor de El gran hospital de Cayo Puto, dedicado al autor del papel titulado La Canoa, México: 1820, en la Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 8 pp., y de El cascabel sonador contra notorios excesos, México: Imprenta Imperial de Alejandro Valdés, 29 de diciembre de 1821, donde ataca a los escritores que abusan de la libertad de imprenta y predisponen al público contra el gobierno. En él menciona el folleto de Lizardi, Cincuenta preguntas de El Pensador a quien quiera responderlas, en Obras XI-Folletos, pp. 339-349. Fernández de Lizardi escribió: “la general aceptación con que mi “Periquillo” ha sido recibido en todo el Reino, la calificación honrosa que le dispensaron los señores censores, los elogios privados que ha recibido de muchas personas literatas, el aprecio con que en el día se ve, la ansia con que se busca, el excesivo precio a que las compran y la escasez que hay de ella, me hacen creer no sólo que no es mi obrita tan mala y disparatada como ha parecido al señor Ranet y al ‘Tocayo de Clarita’, sino que he cumplido hasta donde han alcanzado mis pobres talentos con los deberes de escrito”. Cf. Obras VIII-Novelas, pp. 25-26.