NOTICIOSO GENERAL

del lunes 1 de febrero de 1819[1]

 

México



Señor Editor:[2] acabo de recibir por el correo de hoy la adjunta contestación de mi ilustrado amigo el señor Januario,[3] y al mismo tiempo una carta fecha 22 del corriente en que me dice lo que sigue:

“Hace tres semanas que le escribí a usted contestando a sus dos últimos, e incluyendo la respuesta a El Pensador, o sea crítica de El Periquillo. Como ni usted me ha respondido, ni he visto impresa ésta, temo que se haya extraviado, etcétera.

No sé cuál haya podido ser la causa de este retardo; pero creo suficiente lo dicho; para que no parezca impertinente en el día la publicación de este papel.

Soy de usted señor editor, afectísimo servidor y amigo que besa su mano.

México, 26 de enero de 1819.”

 

El Corresponsal de Januario

 

Remitido de Puebla[4] en 22 de diciembre.


Fábula 61 de Iriarte


El Sapo y el Mochuelo

Escondido en el tronco de un árbol
Estaba un Mochuelo,
Y pasando no lejos un Sapo,
Le vio medio cuerpo.
¡Ah de arriba, señor solitario!
Dijo el tal Escuerzo:
Saque usted la cabeza, y veamos
Si es bonito, o feo.
No presumo de mozo gallardo,
Respondió el de adentro:
Y aun por eso a salir a lo claro
Apenas me atrevo;
Pero usted que de día su garbo
Nos viene luciendo,
¿No estuviera mejor agachado
En otro agujero?[5]

 

 

Señor Editor: por el favor de usted me hallo instruido de los motivos que embarazan al señor Pensador contestar al artículo Calendario inserto en el número 455.[6] El primero debe dejarnos plenamente satisfechos: sus ocupaciones literarias, de que esperamos en Dios ver el fruto, no le permiten entretenerse en asuntos de poca importancia.[7]

La otra razón del párrafo tercero es aún más poderosa. Las leyes de caballería prohiben que quien altamente las profesa se enristre con el que no es armado caballero, y aun el valeroso Manchego atribuyó a inobservancia de este precepto la desgraciada aventura de los yangüenses.[8] Por este orden un autor no debe contender, sino con otro que le sea conocido: las objeciones y reparos que se hagan a las producciones literarias no valdrán tanto por sí mismas, por sus fundamentos y demostraciones, cuanto por el nombre, casta y ralea del que las expone. Este bello principio, que desautoriza tan completamente a los anónimos, ha sufrido por desgracia una infracción reciente. La Periquilla o Quijotita[9] se está escribiendo a solicitud de una señora tan desconocida en la sociedad como el Januario de los almanaques, y si su autor aspira a que se descubran sus desafectos, para graduar el honor que le toca en el vencimiento, no sería fuera de razón que exigiera otro tanto de sus apasionados para apreciar dignamente sus elogios. Veo que éstos no pueden ser sospechosos; pero la misma caballería que dictaba una ley para no tomar armas contra gente ruin por librar a los caballeros de manos descomunales, les impedía asimismo que por la vía reservada mantuviesen comunicación con Curiosas[10] y dueñas desconocidas.

Con negar el señor Pensador su contestación a los reparos hechos a su Calendario,[11] estaría terminada esta discusión, si prevalido de aquello del desafecto, no me acusara de odio injusto y mala voluntad a su persona. Esta culpa es muy grave para que, aun siendo Uno de Tantos, me envuelva en mi propia obscuridad y halle decente quedar anotado de tal fealdad; ensayaré por tanto a ver si me libro de ella.

Por acá no tenemos la honra de saber otro nombre del autor de Periquillo,[12] que el de Pensador Mexicano: tan anónimo es para nosotros este título como debe serlo para él los de Januario, Pensador de Chachapalcingo,[13] y cuantos se vayan ofreciendo. Bajo este aspecto, juzgamos del escritor por sus producciones; del individuo en sus demás relaciones decimos con Tácito: nec beneficio, nec injuria cognitus.[14]

Después de esta advertencia, nos será lícito decir que a El Pensador Mexicano lo conocemos como al autor de una obra disparatada, extravagante y de pésimo gusto; de un romance o fábula escrita con feo modo bajo un plan mal inventado, estrecho en sí mismo y más por el modo con que es tratado.[15] La circunstancia de que Periquillo no escribe sus aventuras con más fin que el de instruir a sus hijos, no sirve más que para limitar el campo, que debía resultar de la invención, para amortiguar la acción y disminuir su interés; porque si bien es un objeto de mucha importancia la enseñanza de la juventud, considerada en su totalidad, los medios particulares de que un padre se vale privadamente para la de sus hijos nada interesan al mundo, a no ser muy extraordinario. Como que de esta mira se nos instruye en el preámbulo de la lectura, vamos a ella prevenidos y poco incitados. Comenzamos la relación y nos vamos hallando con sucesos vulgares, fatales siempre al interés,[16] pues si en los libros encontramos las peores gentes de la sociedad, obrando ordinariamente y según los vemos, hablando según los oímos, nuestra curiosidad no se excita y dejamos de sentir el atractivo que en el arte se llama interés. Éste acaba de desaparecer para las gentes de gusto, si, además de encontrarse con acaecimientos los más comunes, se les ve sucios, violentos y degradados.[17] La aventura de los jarritos merece no referirse, sino en el lugar inmundo que prestó la idea; la del robo al cadáver, al oído de un febricitante menesteroso de emético; la narración instructiva del coronel con las demás pláticas doctrinales son buenas dosis de opio para quien haya perdido el sueño.[18] El arte que gobierna toda la obra es el de bosquejar cuadros asquerosos, escenas bajas para contemplarlas muy despacio, predicar enfadosa y difusamente y sacar al fin una moralidad trivial, como la única que puede dar de sí el escrutinio de las últimas prostituciones de la canalla: no da un paso Periquillo sin que moralice y empalague con una cuaresma de sermones.[19] Está en todo muy de manifiesto que las variedades de la acción se determinan expresamente para depositar en ellas la doctrina, y así la férula del maestro se ve tan tirante en toda esta obra como por los ojos de un muchacho de la escuela. Éste es abreviadamente y por mayor el análisis de la acción. Veamos el estilo.

Cervantes dijo en un prólogo que era el primero que había novelado en lengua castellana,[20] y la circunstancia de ser nuestro autor el primero (y quiera Dios que el último) que novela en el idioma de la canalla,[21] lo hace tan original como aquél. En vano buscamos en Periquillo una variedad de locución que nace en los romances de la diversidad de caracteres: tan uniforme como en su acción el chorrillo de alcantarilla, propio para arrullarnos, se suelta desde el Prólogo, Dedicatoria y Advertencias a los lectores[22] hasta la última página del tomo tercero.[23] Desde una sencillez muy mediana pasa su estilo a la bajeza, y con harta frecuencia a la grosería del de la taberna.[24] La manía de explicar dilata enfadosamente sus periodos; cada frase determina el sentido de la que la antecede, y el recorre exactamente para fijar la acepción de la palabra. Difuso y relajado le parece que para persuadir es necesario presentarnos la idea con cien construcciones diferentes y por poco quisiera definirnos cada vocablo en forma de diccionario. Las digresiones son extravíos de donde no vuelve hasta que él mismo se siente con fatiga y agotado. Se dirá que este método es propio en un padre que instruye a sus muchachos; y entonces nos salta otra vez el inconveniente de que semejante invención no es adecuada al desembarazo que debe proporcionarse en el plan un escritor ingenioso para dominar sus materias, y de que el autor de Periquillo se esclavizó él mismo, y se ciñó a la empresa de hacer un romance con toda la frialdad de un comentario.

Como que en las ciencias y arte se necesitan métodos a que reducir los objetos en que se versan, en las obras morales se deben buscar las clases a que pertenecen. Yo no habré [de] colocar al Periquillo en la que le corresponde en el orden de romance; pero es una ocurrencia bien fácil compararlo al Gil Blas de Santillana.[25] Se halla que fuera de la mira general de enmendar las costumbres por medio de la sátira y lo ridículo. Estas dos obras no se pueden acercar para buscarles rasgos de semejanza. Analizaría detenidamente el paralelo; pero me he propuesto ser muy breve, y así [lo demos]traré nomás [en] lo que me falta de nuestro Periquillo.

Lo cómico y cualidad ridícula en estas obras se ha distinguido en noble, mediano y bajo, con relación más bien a los objetos de que se trata, que a la naturaleza de aquel estilo. No hay personaje tan elevado ni abatido que no pueda ser tratado ridículamente; pero se necesita más talento y arte para el primero. Los vicios de las gentes distinguidas son menos groseros, sus defectos menos chocantes porque están encubiertos con la civilidad y política, y de esta suerte es más trabajoso apropiarles un papel ridículo.[26] Lo cómico bajo (distinto del grosero) imita las costumbres de la plebe y puede tener el mérito del chiste, la verosimilitud y descripción. Por estos principios veremos que en Gil Blas se ha manejado con habilidad el instrumento de lo ridículo: desde la pintura que nos hace de su tío,[27] va por toda la obra tratando con toda clase de personas, desnudándolas de todas sus cualidades, para presentarlas en la actitud más cómica. Con tanto chiste describe la cueva de los ladrones, como el palacio del arzobispo de Granada,[28] el ademán jocoso de los comediantes lo sabe hallar en los ministros;[29] y en las bribonerías de don Rafael, Scipión, etcétera, ha puesto el mismo interés que en un acaecimiento heroico.[30] ¡Pobre de mi Periquillo apareado a este modelo![31] Verosímilmente se ha reducido al trato de la gente soez y un tanto mediana[32] porque sólo en esta clase encuentra en qué ejercer lo picante de su gracejo:[33] los grandes señores lo ofuscan, o no tiene el valor o el talento de rasgar sus exterioridades para sacar sus extravagancias.[34] La única vez que nos pone en la escena a un marqués, tan desnuda y seriamente nos figura un atentado, que no hay allí nada cómico ni romancesco: allí hay una causa infame que relatar en la Sala del Crimen.[35] También se introduce un coronel, ¿pero a qué? A dar un tratado elemental muy insípido de probidad. Reina tal desorden en la propiedad de los caracteres, que a veces hacen un papel opuesto al que el autor les acomoda. Al cura de Tula se le describe como un buen personaje, y reflexionando en la aventura se le halla descortés en el trato con Perico y maligno, porque sin más razón que la de acostumbrar éste proferir sentencias latinas disparatadas, lo desacredita en su facultad de médico, sin saber aún si era un embuste.[36] Hablando de lo cómico de esta composición, es preciso notar que falta, también, porque los sucesos están tomados en las últimas extremidades de la miseria humana.[37] No produzco esto por haber visto regla alguna, sino por mi propio sentimiento. Un sepulcro, un hospital, un calabozo no pueden presentárseme bajo un aspecto ridículo,[38] no me reiré ni divertiré aunque me los describa Terencio.[39] Tal vez a estos lugares en donde la humanidad sufre las últimas desgracias no debe llegar naturalmente la burla del estilo cómico, y sólo la sensibilidad y filosofía son a propósito con el patético para pintar unos cuadros que no deben excitar más que la compasión. Pero, señor editor, me fatigo en vano examinando las obras del señor Pensador a la luz de las reglas y principios: acaba de abjurarlo todo como si fueran dogmas del Alcorán en las Advertencias preliminares de su Quijotita.[40] Escarrón, el cínico de la literatura,[41] ¿sería capaz de decirnos que tratando de conciliar su interés particular con la utilidad común, atropella a sabiendas con las reglas del arte cuando le ocurre alguna idea que le parece conveniente ponerla de este o de otro modo?[42] Esto sí que es insultar a las gentes.[43] El público de Nueva España es en el concepto de este autor una congregación de parvulitos, y él una vieja cuentera, dispensada de toda regla y arte por la imbecilidad de sus oyentes. ¿Qué utilidad puede encontrar el común en que un escritor obre desatinadamente sin más guía que su capricho y por medios arbitrarios con el fin dice de ilustrarnos? Luego, lo que se escribe con regla y gusto es perdido e insuficiente para nosotros. Un hombre célebre ha dicho que los romances venían a ser la última lección que se podía dar a una nación corrompida, y ahora se nos da a entender que aun ésa es ineficaz para nosotros. ¡Ya perdimos hasta el uso del buen lenguaje! ¡Así se nos trata no en las obras del calumniador Paw,[44] sino en los escritos de un compatriota que se ha decorado con el título de Pensador Mexicano!

Quousque tandem abutere patientia nostra?[45] Pero ¿qué tengo con saber (dice) que se puede hacer una cosa con perfección, si yo carezco de la ilustración y genio propio para hacerla?a ¡Gran dificultad por cierto! La respuesta a tan desenfadada pregunta es fácil: no escribir; pero quien se disguste de oírla tan a secas la hallará en una obra bien conocida en el canto que comienza:

 

Un médico se cuenta hubo en Florencia
grande hablador y célebre asesino
único azote y peste de su tiempo.[46]

 

Pero no, si es fuerza escribir. Ya es tiempo de que en el Nuevo Mundo haya Cervantes, Islas y Fenelones;[47] de que los Periquillos  y Quijotitas perfeccionen el arte con reglas nuevas y distintas de las que sirvieron para los Quijotes, etcétera. Es necesario honrar nuestra literatura con los primores que quedan apuntados, y también las artes con esas graciosas estampas, modelos de invención en el dibujo. Paséese Periquillo con la Nao de Filipinas en la cabeza por todo el mundo,[48] hasta que la Gran Bretaña adopte ocurrencia tan feliz de aludir a la navegaciónb y le sirva en los trofeos de sus almirantes. Acoja la Real Academia de San Carlos[49] las demás estampas como la más bella producción del arte: nuestros niños aprendan la decente locución en sus índices: el demonio de Juan Largo; jarritos con orines; sopa de meados; vieja alcahueta, etcétera, etcétera. ¡Esta obra se propone para introducir decoro y dignidad en nuestros usos! ¡Primoroso medio! ¡Delicado, exquisito!


Gloria Dardanies tuque o sanctissime vates

[...] Foliis tantum ne carmina mandes

Ne turbata volent rapidis ludibria ventis.

                                               Virgilioc

 

Ya que el señor Pensador me hace la honra de dirigirme aquella advertencia, le diré que con el diccionario de nuestra lengua no conozco al verbo “inculcar” en la acepción que le da.[50] Investigar, examinar o inquirir será mejor. Al examen juicioso e imparcial que se hace de alguna producción literaria, se le llama con efecto crítica. Los nombres de los escritores no los ha menester esta ciencia, como que no se ocupa en personalidades: la sátira es buena arma y tal vez la más usual, pues ella:

 

Con expresiones claras y atrevidas
vindica a la razón del menosprecio
y atentados que comete un [...]

Boileau. Sátiras


Me parece que he dicho lo bastante para que se entienda que aquel desafecto se refiere a las obras de un autor, y ni remotamente a su persona en el orden social. Mis escritos abundan en descuidos y grandes defectos; pero nacerán de la medianía de mis luces, y no de las pasiones de mi corazón;[51] mayores pudieran suponerse en quien delatado de escritor descuidado se reduce para su vindicación al medio indirecto de acusarme de mal hombre, y desaprovecha los recursos que tiene para sostener la opinión de autor conocido y hacer la apología de sus escritos: exige mi nombre como si fuese indispensable requisito para juzgar de mis razones.[52] Las diferencias que hallé cotejando los Calendarios, el abuso que advertí de los anuncios meteorológicos y la impropiedad de señalar con la precisión de un agorero los efectos de una combinación de causas muy varias y accidentales, cuya regularidad, aun de las más generales, se nos esconde, no quedarán desvanecidas con que yo me llame Juan o Francisco, con ser doctor o carretero, con el afecto u odio que pueda tener a El Pensador Mexicano. La cuestión permanece intacta, y como que ya se acerca el año, permítaseme repetir la pregunta ¿a cuál de tres calendarios[53] en que no hay conformidad debemos arreglarnos?

Dios nos dé paciencia, señor editor, y vea usted en que puede servirle.

 

Uno de Tantos[54]

 
 


[1] T. VI, núm. 482, pp. 1-4. Precio un real [Cf. n. 21 a Aplaudo el mérito..., en este volumen]. Fernández de Lizardi responde a éste en un [Remitido] al Noticioso General núm. 487, 12 feb. 1819, y en la continuación al mismo en el núm. 488, 15 feb. 1819. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 199-208 y 209-213, respectivamente. En el [Remitido] respondió nuestro autor: “He leído en el Noticioso del lunes 1° del presente una impugnación a mi Periquillo, muy cáustica y descortés, escrita con resabios de crítica por D. M. T., o sea por Uno de Tantos, cuyo talento no alcanza para otra cosa que para roer los escritos ajenos como los ratones [...]. Ya me es indispensable contestar, no tanto por mi propia satisfacción, cuanto por defender mi obrita de los defectos de que la acusa este señor”. Ibidem, pp. 199-200. Véase también nota 1 a Calendario, en este volumen.

[2] señor editor. Cf. nota 1 a Calendario, en este volumen.

[3] Januario. Cf. notas 2 y 30 a Calendario, en este volumen

[4] Puebla. Cf. nota 9 a Calendario, en este volumen.

[5] Es la fábula CV y continúa “¡Oh qué pocos autores tomamos/ Este buen consejo!/ Siempre damos a luz,/ Aunque malo,/ Cuando componemos:/ Y tal vez fuera bien sepultarlo;/ Pero ¡ay, Compañeros!/ Más queremos ser públicos Sapos/ que ocultos Mochuelos”. Cf. Fábulas completas de Samaniego e Iriarte..., pp. 179-180.

[6] Véase en este volumen.

[7] Cf. nota 1 a Calendario, en este volumen.

[8] Es el capítulo XV de la Primera parte de El Quijote, se titula: “Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüenses”. En este capítulo Rocinante recibe una paliza por parte de unos arrieros gallegos, pues aquél se había inmiscuido entre el rebaño de éstos. Don Quijote junto con Sancho Panza deciden vengar el agravio; ambos son golpeados por los arrieros, después de los cual expresa don Quijote: “De mí sé decir —dijo el molido caballero don Quijote— que no sabré poner término a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había de poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como yo; y así, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería ha permitido el Dios de las batallas que se me diese este castigo.”

[9] Periquilla o Quijotita. Cf. nota 11 a Calendario, en este volumen.

[10] Curiosas. En el “Prólogo” a La Quijotita y su prima se inserta una carta firmada por La Curiosa, en la que entre otras cosas se lee lo siguiente: “Señor Pensador: he leído con gusto la obrita de usted que tituló El Periquillo Sarniento [...]. Pero, señor Pensador, ¿todo ha de ser a costa de los hombres y para el provecho de ellos? ¿Nunca se ha de acordar usted de las mujeres [...]. Sería, pues, recomendable dar a luz una obrita que, sin zaherir generalmente al sexo, ridiculizara los defectos más comunes que en él se advierten. Tal clase de trabajo sería útil y digno de nuestro aprecio [...]. Un librito semejante puesto en las manos de una niña de diez años, produciría mejores efectos que los de la diversión y pasatiempo [...]. En fin, señor Pensador [...], estoy recomendando el mérito de una obra que deseo y no se ha escrito [...]. Estos generosos sentimientos, fruto de la lectura de El Periquillo han agitado mi fantasía y puesto la pluma en mi mano para suplicarle a usted [...] que escriba una cotorra o lo que quiera, según la idea que le presento”. En seguida se inserta la “Respuesta”: “después de todo, yo no he de desairar a usted. Voy a escribir una obrita y ésta no será una novela, sino una historia verdadera, que he presenciado, y cuyos personajes usted conoce. Por ventura se acordará usted bien de la Quijotita y su prima, damas harto conocidas en esta capital. Pues la historia de estas madamas voy a escribir para complacer a usted.” Cf. Obras VII-Novelas, pp. 11-14.

[11] Cf. nota 1 a Calendario, en este volumen.

[12] Cf. nota 3 a Calendario, en este volumen.

[13] Véase Calendario, en este volumen.

[14] nec beneficio, nec injuria cognitus. No conocido ni por beneficio ni por injuria.

[15] En su [Remitido] Fernández de Lizardi responde: “¿Qué tal se explica este caballero? Más parece que trata de insultar al autor que de des[a]creditar la obra, aunque hace uno y otro bellamente”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 201.

[16] En el mismo lugar Fernández de Lizardi responde: “Toda esa jerigonza quiere decir que, para que la acción interese a la fábula, es necesario que no se vea en ella nada común ni vulgar. Todo debe ser grande, raro, maravilloso [...] los hombres grandes deben ser como los dioses y los plebeyos deben usar el idioma  de los reyes grandes y poderosos [...] tomo el Quijote de Cervantes, la obra maestra en clase de romances, y no veo en su acción nada raro, nada extraordinario, nada prodigioso [...] cada uno de sus personajes [...] habla como los de su clase.” Ibidem, pp. 201-202.

[17] Fernández de Lizardi responde en mismo texto: “para fundar esta acerción, se asquea mucho de la aventura de los jarritos de orines, que vaciaron los presos en la cárcel del triste Periquillo, y del robo que hizo a un cadáver. ¡Feliz hallazgo y prueba concluyente de ningún mérito de la obra! Pero si estas acciones son sucias y degradadas en ella, ¿en qué clase colocaremos la recíproca vomitada que se dieron don Quijote y Sancho cuando aquél se bebió el precioso líquido de Fierabrás?, ¿y cómo se llamará la limpísima diligencia que hizo Sancho de zurrarse junto a su amo por el miedo que le infundieron los batanes? [Cf. Parte primera, caps. XVII y XX] A la verdad el señor Ranet es demasiado limpio y escrupuloso.” Ibidem p. 202.

[18] Los pasajes de El Periquillo referidos son los siguientes: En prisión dice el protagonista “hice que me dormí [...] pero cuando estaba en lo mejor de mi engaño, he aquí que comienzan a disparar sobre mí unos jarritos de orines, pero tantos, tan llenos, y con tan buen tino, que en menos que lo cuento ya estaba yo hecho una sopa de meados, descalabrado y dado a Judas”. Cf. Obras VIII-Novelas, pp. 366-367; el robo del cadáver se cuenta en el cap. IX del t. III, cuando Periquillo prueba suerte metiéndose a sacristán. En el cap. IV del t. III, Periquillo se hace pasar por médico; a una mujer que padecía una fiebre no le suministró el tratamiento adecuado: “Después he sabido que si le hubiera ministrado a la enferma muchas lavativas emolientes y hubiera cuidado de su dieta y su libre transpiración, acaso probablemente no se hubiera muerto; pero entonces no estudiaba nada.” Cf. Obras IX-Novelas, p. 75. Las pláticas del coronel a las que se refiere el autor se encuentran en el cap. XI del t. III, personaje que Periquillo conoce cuando se embarca hacia oriente.

[19] En el [Remitido] señalado, Fernández de Lizardi responde: “Si los sermones y las moralidades son útiles y vienen al caso no son despreciables, ni la obra pierde nada de su mérito. Don Quijote también moralizaba y predicaba [...] tanto que su criado le decía que podía coger un púlpito en las manos y andar por esos mundos predicando lindezas”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 203.

[20] En su prólogo a las Novelas ejemplares Cervantes asentó: “yo soy el primero que he novelado en lengua castellana: que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi genio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa.”

[21] En el [Remitido], Fernández de Lizardi dice al respecto: “en mi novela se hallan de interlocutores colegiales, monjas, frailes, clérigos, curas, licenciados, escribanos, médicos, coroneles, comerciantes, subdelegados, marqueses [...] ¿y así dice el señor Ranet que novelé en el estilo de la canalla? Luego estos individuos en su concepto son canallas.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 203.

[22] El t. I de El Periquillo está precedido de una “Dedicatoria” en la que el autor reflexiona a quién va a dedicar su obra para que ésta pueda imprimirse, así piensa en dedicarla como era costumbre a algún mecenas, sin embargo un amigo le hace ver que los lectores deben ser los mecenas y por lo tanto a ellos dedicar su obra presente y las que están por venir, pues ellos costean la impresión. El “Prólogo” está escrito por Pedro Sarmiento, en él muestra el deseo de que la obra sirva a sus hijos y otros jóvenes para tomar ejemplo de su vida, buscando evitar “los escollos en donde más frecuentemente se estrella la mocedad cuando no se sabe dirigir o desprecia los avisos de los pilotos experimentados”. Cf. Obras VIII-Novelas, p. 34. En “Advertencias generales a los lectores” El Pensador expone la necesidad de digresiones morales en su novela. Incluye también unas “Advertencias a los señores subscriptores” en las que se describe la forma de entrega de los papeles, la colocación de las estampas, ofreciendo iluminarlas para quienes así lo quisieran. Asimismo invita a la subscripción a la obra. Ibidem, pp. 28-41.

[23] El cap. XII cierra el t. III de El Periquillo publicado en 1816, en él Perico se embarca con el coronel a Manila. El tomo IV no fue publicado hasta 1830, al respecto de la suspensión reproducimos lo siguiente: “Excelentísimo señor. He visto y reconocido el cuarto tomo de El Periquillo Sarniento: todo lo rayado al margen en el capítulo primero, en que habla sobre los negros, me parece sobre muy repetido, inoportuno, perjudicial en las circunstancias e impolítico por dirigirse contra un comercio permitido por el rey [...]. México, 19 de octubre de 1816” Cf. Obras IX-Novelas, p. 208, a pesar de lo cual circuló de manera manuscrita. En 1820 Fernández de Lizardi publica Rociada de El Pensador a sus débiles rivales en que se lee: “El Periquillo quedó trunco porque el superior gobierno prohibió la publicación del cuarto tomo, como lo saben todos.” Cf. Obras X-Folletos, p. 315.

[24] En su [Remitido] Fernández de Lizardi responde: “¿Se dará contradicción más torpe y manifiesta? Acaba de decir que mi estilo en la obra es tan uniforme, tan igual como el sonido del chorro de la alcantarilla, y luego luego hallar lo sencillo, bajo y grosero. ¿Cómo será una cosa igual en todo y de tres modos distinta?” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 204.

[25] Historia de Gil Blas de Santillana, novela de Alain René Lésage (1676-1747). Novela citada en los caps. V y VI del tomo I, de La Quijotita y su prima; y Don Catrín de la Fachenda, cap. II. Cf. Obras VII-Novelas.

[26] En el mismo [Remitido], Fernández de Lizardi responde: “¡Qué dos mentiras! [...] que sean menos chocantes los defectos y vicios de las gentes distinguidas. Cuando los tienen chocan más y se hacen más vergonzosos [...] disculpamos los vicios de la gente plebeya considerando sus ningunos principios y grosera educación [...]. Si el señor Ranet quiso decir que los vicios de las personas distinguidas, y generalmente de los ricos, se disimulan, se callan y aun se aplauden, eso ya lo sabemos [...] este disimulo [...] sólo cabe entre sus viles aduladores y corrompidos mercenarios”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 205-206.

[27] En el libro I, cap. I: “Nacimiento de Gil Blas, y su educación”, del Gil Blas se lee: “Como no tenían [mis padres] más bienes que su salario, corría gran peligro mi educación de no haber sido la mejor, si Dios no me hubiera deparado un tío, que era canónigo [...]. Llamábase Gil Pérez; era hermano mayor de mi madre, y había sido mi padrino. Figúrate allá en tu imaginación, lector mío, un hombre pequeño, de tres pies y medio de estatura, extraordinariamente gordo, con la cabeza zambullida entre los hombros, y he aquí la vera efigie de mi tío. Por lo demás, era un eclesiástico que sólo pensaba en darse buena vida, quiero decir, en comer y en tratarse bien, para lo cual le suministraba suficientemente la renta de su prebenda. [...]. Compróme una cartilla, y quiso él mismo ser mi maestro de leer, lo cual le fue tan útil como a mí, pues en dándome a conocer las primeras letras volvió a la lectura que siempre había descuidado [...]. También hubiera querido enseñarme por sí mismo la lengua latina porque ese dinero ahorraría; mas ¡ay!, el pobre Gil Pérez no pudo aprender en su vida ni siquiera los primeros principios: era quizás [...] el canónigo más ignorante del capítulo, y oí decir que no había obtenido el beneficio por su erudición; lo debía únicamente al agradecimiento de algunas buenas religiosas de las cuales fue discreto Procurador, y que se los acreditaba de haberle conseguido el orden sacerdotal sin examinarse.”

[28] La cueva de ladrones la describe en el libro I cap. V; el Palacio del arzobispo en el libro VII cap. II, de esta manera: “Si yo hubiera de imitar a los que escriben novelas haría una descripción pomposa del Palacio Episcopal de Granada, me extendería sobre la estructura del edificio, celebraría la riqueza de sus muebles, hablaría de sus estatuas y pinturas, y no perdonaría al lector la menor de todas las historias que en ellas se representan; pero me contentaré con decir que iguala en magnificencia al palacio de nuestros reyes.”

[29] En el libro III, cap. XI, Lesage trata la vida de los comediantes y describe cómo en casa de una actriz el autor Pedro de Moya es recibido como si de la corte se tratara, pues ruega ser recibido y que se le conceda la gracia de que Arsenia actúe el papel principal. Los ministros y la vida de intrigas que rodean al duque de Lerma y al duque de Olivares se narran en los libros VIII, XI y XII.

[30] La historia de don Rafael, hijo bastardo, se narra en el libro V, que consta de nueve capítulos. Scipión es criado de Gil Blas y realiza encomiendas de todo género para éste.

[31] Fernández de Lizardi menciona la obra de Lesage en el capítulo VI del libro I de La Quijotita y su prima, entre otras cosas para decir que no son lecturas aptas para las señoritas, pues son libros que buscan divertir. Escribió en el [Remitido]: “No trato de comparar mi obra con la del gran Cervantes; lo que hago es valerme de su Quijote para defender mi Periquillo”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 207. En la continuación al mismo [Remitido], nuestro autor dice: “Aún hoy necesitan muchas gentes un comentario para entender el Quijote, el Gil Blas y muchas obras como éstas, en que solo encuentra diversión” Ibidem, 211.

[32] Fernández de Lizardi responde en su [Remitido]: “¡Válgate Dios por inocencia! ¿Qué no advertirá este censor que cuando así se hace es necesario, natural, conforme al plan de la obra y con arreglo a las situaciones del héroe? Un joven libertino, holgazán y perdulario, ¿con qué gentes tratará comúnmente y en qué lugares le acontecerán sus aventuras? ¿Sería propio y oportuno introducirlo en tertulia con los padres fernandinos, ponerlo en oración en las santas escuelas, o andando el vía crucis en el convento de San Francisco.

“Pero además de que no siempre se presenta en escenas bajas, ni siempre trata con gente soez, cuando se ve en estos casos es naturalmente, y por lo mismo éste no es defecto sino requisito necesario según el fin que se propuso el autor. Hasta hoy nadie ha motejado que Cervantes introdujera a su héroe tratando con mesoneros y rameras, con cabreros y perillanes; ni han criticado al verlo riñendo con un cochero, burlado de unos sirvientes inferiores, apedreado por pastores y galeotes, apaleado por los yangüenses, etcétera. Era natural que a un loco acontecieran estos desaguisados entre esa gente, así como a un joven perdido es natural que le acontezcan, entre la misma, iguales lances que a Periquillo.” Ibidem, pp. 206-207.

[33] En el lugar citado, Fernández de Lizardi responde: “¿Conque los sacerdotes, no religiosos, oficiales, militares, médicos y demás que hacen papel en mi obrita, para este regidísimo censor nada valen, y cuando más, y haciéndoles mucho favor, los considera como gente un tanto mediana? ¡Caramba, y cómo se empreña en honrarlos!” Ibidem, p. 204.

[34] En [Remitido] Fernández de Lizardi responde: “Aquí es menester poner... y decirle claro que no lo entiende. ¿Pues qué querrá este señor que Periquillo ponga en ridículo el retrato de un embajador, de un príncipe, de un cardenal, de un soberano? ¿Cómo había de ser eso si en este reino no hay esta clase de señores? Está muy bien, dirá, pero a lo menos se podía haber sacado las extravagancias de un obispo, de un oidor, de un prebendado, de un gobernador, etcétera... Muchas gracias  le daría yo por el consejo, aunque no me determinaría a tomarlo.” Ibidem, p. 206.

[35] Sala del Crimen. Cf. nota 6 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Marzo 3, 5 y 6 de 1813, en este volumen.

[36] Corresponde a los caps. III y IV del t. III de El Periquillo Sarniento. El cap. III titulado “Cuenta Periquillo varios acaecimientos que tuvo en Tula y lo que hubo de sufrir al señor cura.” Cuando el Periquillo ejerce fraudulentamente de médico cita los versículos  del Eclesiástico (cap. 38) a favor de los médicos”. El cura ataja sus citas; aprovecha la ocasión para encomio de la medicina y de la labor de Hipócrates, agregando que “sé que después de estos descubrimientos se hizo la medicina un estudio de interés y de venalidad, y no como antes que se hacía por amistad al género humano [...] en el día no se escudriña el talento necesario para ser médico [en la Universidad] se reciben a examen, y como tengan los examinadores a su favor [...] se le da su carta de examen y con ella la licencia de matar a todo el mundo impunemente [...]. Esto sé y sé también que muchos médicos no son como deben ser [...] no estudian con tesón, no practican con eficacia, no observan con escrupulosidad, como debieran, la naturaleza, se olvidan que la academia del médico y su mejor biblioteca está en la cama del enfermo más que en los dorados estantes [...] y mucho menos en la ridícula pedantería con que ensartan textos, autoridades y latines. [...] veo que hay infinidad de médicos en el mundo que ignoran cómo se hace y qué cosa es [...] el sulfato de sosa y lo ordenan como específico en algunas enfermedades en que precisamente es perniciosos [...]. Sé también que no puede ser buen médico [...] el que no esté penetrado de los más vivos sentimientos de humanidad [...] porque un  médico que vaya a curar únicamente por interés del peso [...] seguramente éste debe tener poca confianza [...]. Los médicos cuando se examinan jurar asistir por caridad, de balde y con eficacia a los pobres, y ¿qué vemos?; que cuando éstos van a sus casas a consultarles sobre sus enfermedades sin darles nada, son tratados a poco más o menos [despreciativamente]; pero si son los enfermos ricos [...], entonces éstos van a visitarlos con prontitud, los curan con cuidado”. Cf. Obras IX-Novelas, pp. 63-64. Sigue en el cap. IV en el que el Periquillo interrumpe al cura con balandronadas y éste responde “con tanto saber, amigo, usted me va despoblando la feligresía sin sentir [...] y aunque otro cura más interesable que yo daría a usted las gracias por la multitud de muertos que despacha [...] conozco que a dura tiempo usted me quita de cura, pues acabada que sea la gente del pueblo y sus visitas, yo seré cura de casas vacías y campos incultos. Conque vea usted cuanto sabe, pues aún resultando mi interés, me pesa de su saber”. Ibidem, p. 67. Periquillo responde molesto a las inculpaciones del cura quien replica lo siguiente: “Todas las ciencias abundan en charlatanes pero más que ninguna la medicina [...]. Yo deseara que aquí se observara el método que se observa en muchas provincias del Asia con los médicos, y es que éstos han de visitar a los enfermos, han de hacer y costear las medicinas y las han de aplicar al paciente. Si éste sana, le pagan al médico su trabajo según el ajuste; pero si se muere, se va el médico a buscar perros que espulgar. [...]. En el título de los físicos y los enfermos, entre las leyes del Fuero Juzgo se lee [...] que el físico [...] capitule con los enfermos lo que le han de dar por la cura [...] y si en vez de curar los empeora [a los pacientes] con sangrías [...] que él pague los daños que causó. Y si se muere el enfermo, siendo libre, queda el médico a discreción de los herederos del difunto [...].” Ibidem, pp. 71-73. Más adelante concluye “estas leyes no están en uso y si me parece que lo está la práctica de los asiáticos”. Ibidem, p. 73.

[37] Se refiere a los caps. VIII y IX del tomo II de El Periquillo Sarniento. En éstos don Antonio —compañero de celda de Periquillo— cuenta cómo conoció al marqués de T., quien por medio de “una alcahueta refinada” pretendió enamorar y seducir a la esposa de don Antonio. Ibidem, pp. 349-379.

[38] En [Remitido] mencionado, Fernández de Lizardi responde: “La objeción [...] es tanto trivial. Los mismos lugares, cierto que no prestarán motivos de risa; pero sí se pueden poner en ellos los vicios bajo un aspecto ridículo, y si no se pueden poner ¿cómo yo los he puesto? Del acto a la potencia vale el argumento, y esto lo saben los muchachos. ¿Habrá quien no se ría al oír las aventuras de Periquillo en su prisión, en el hospital y cuando el robo del cadáver? ¿Falta en estos lugares la sátira contra el vicio y la moralidad necesaria como fruto de las mismas desgracias del héroe? ¿Son más espantosos los presos, los enfermos y los cadáveres que los demonios y los espectros? Pues con éstos tuvo quehacer el ingenioso Villarroel [se refiere a La barca de Aqueronte (1743)] para moralizar y divertir a sus lectores.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 208.

[39] Terencio (¿190?- 159 A. C). Poeta cómico latino nacido en Cartago que como Plauto imitó a los griegos en especial a Menandro en sus comedias El Heautontimorumenos, Andria, Hecyra, El eunuco, Adelfos o Los hermanos, y Formio entre otras.

[40] Cf. Obras VII-Novelas, pp. 9-10.

[41] Pablo Scarrón (1610-1660). Escritor francés conocido como “el cínico de la literatura”, y marido de madame de Maintenon. Autor de la Novela cómica, de inspiración picaresca, y de comedias y poesías burlescas.

[42] La cita proviene de las “Advertencias preliminares” a La Quijotita y su prima: “trato de conciliar mi interés particular con la utilidad común, de ahí es que muchas veces atropello a sabiendas con las reglas del arte, cuando me ocurre alguna idea que me parece conveniente ponerla de este o del otro modo”. Cf. Obras VII-Novelas, p. 10.

[43] En el citado [Remitido], Fernández de Lizardi aclara: “Yo no atropello con todas las reglas del arte [...] suelo prescindir de aquellas reglas que me parecen embarazosas para llegar al fin que me propongo, que es la instrucción de los ignorantes [...] [quienes] necesitan [...] que se les dé las moralidades masticadas y aún remolidas, para que les tomen el sabor y las puedan pasar, si no saltan sobre ellas con más ligereza que un venado sobre las yerbas del campo. Aun hoy necesitan muchas gentes un comentario para entender El Quijote, El Gil Blas [...] en que sólo encuentran diversión.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 210-211.

[44] Cornelio de Paw. Autor del libro racista Investigaciones filosóficas sobre los americanos. En el Diario de México de 4 de diciembre de 1809 se ataca a este autor que considera a los indios bárbaros y brutales: “Si Nezahualcoyotl fuese Griego, ó se pintase por la elocuente pluma de Plutarco seria comparable con Píndaro en la poesia [...] pero es un pobre indio, y por esta qualidad dista tanto de ser héroe, que acaso muchos dudarán colocarle en la clase de los hombres.” T. XI, núm. 1525, p. 640.

[45] Por quosque tandem abutere patientia nostra. ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia? Cicerón, Catilinaria I.

a La Quijotita. Advertencias preliminares.[La idea completa es “Por tanto ofrezco al benigno público esta obrita así como he podido escribirla, deseando que sea útil y esperando que los sabios disimularán los defectos que no hubiere sabido corregir o evitar mi escasa penetración.” Cf. Obras VII-Novelas, p. 10.

[46] Corresponde al inicio del Canto IV del Arte Poética de Boileau, en la traducción de Juan Bautista de Arriaza, en que se lee la siguiente nota (copia idéntica de la que Madramany y Carbonell asentó en su traducción de Boileau): “Esta Metamorfosis de un Médico en Arquitecto, se dirigió a Claudio Perraut. Médico de la Facultad de París, uno de los que abominaban de las Sátiras de Boileau.” Cf. Boileau, Arte poética, 1787, 1-3 vv.

[47] François de Salignac de la Mothe (1651-1715). Escritor francés, preceptor del duque de Borgoña y arzobispo de Cambrai. Entre sus libros de carácter pedagógico se encuentran Tratado de la Educación de los jóvenes (1687), Las aventuras de Telémaco (1699) su obra más importante, Fábulas en prosa y Diálogos de los muertos (publicados en 1712). Fernández de Lizardi lo cita en el Suplemento del 29 nov. 1813 del tomo II de El Pensador Mexicano titulado Educación de niñas. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 350-352. En La Quijotita y su prima, t. I, caps. II, VI, IX; y en el cap. II del t. II. Cf. Obras VII-Novelas. Posteriormente cita a este autor en sus periódicos El Amigo de la Paz y de la Patria, núm. 2, El Hermano del Perico que Cantaba la Victoria núm. 2 y en el núm. 16 del segundo tomo de Conversaciones del Payo y del Sacristán. Cf. Obras V-Periódicos. Y en sus folletos ¿Qué va que nos lleva el diablo con los nuevos diputados? Cf. Obras XI-Folletos, pp. 431-437; Carta cuarta de El Pensador al Papista y Quinto ocurso al Soberano Congreso. Cf. Obras XII-Folletos, pp. 119-136; A ti te lo digo nuera, entiéndelo tú mi suegra y Se acercan las elecciones: cuidado con los borbones. Cf. Obras XIII-Folletos, pp. 79-83 y 845-851.

[48] Se refiere al cap. XII del t. III de El Periquillo Sarniento titulado “En el que Periquillo cuenta la aventura funesta del egoísta y su desgraciado fin de resulta de haberse encallado la nao; los consejos que por este motivo le dio el coronel, y su feliz arribo a Manila”. Cf. Obras IX-Novelas, pp. 189-202, con este capítulo concluye el tercer tomo de la obra.

b Véase la estampa primera de El Periquillo y todas las demás [En la continuación del [Remitido] de 15 feb. 1819, Fernández de Lizardi responde en su posdata: “Nos hemos desentendido de la crítica contra las estampas, y de los favores que nos hace el señor Ranet llamándonos necios, habladores, etcétera, porque todo esto entra en la paja que nos propusimos aventar desde el principio”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 213].

[49] Real Academia de San Carlos. Cf. nota 25 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano núm. 17..., en este volumen.

c Gloria de Troya, escritor divino/ que no escribas, te ruego en hojas sueltas/ no suceda que hechas el ludibrio/ por el viento se vayan descompuestas. [Gloria Dardanies tuque o sanctissime vates [...] Foliis tantum ne carmina mandes Ne turbata volent rapidis ludibria ventis. “Y tú, oh poeta tan divino, gloria de Troya, no divulgues tus cantos sólo en hojas, no sea que vuelen como confusos juguetes de los furiosos vientos”. Traducción de José Quiñones Melgoza].

[50] Cf. nota 1 a Calendario, en este volumen.

[51] Cf. nota 1 a Calendario, en este volumen.

[52] En el Remitido publicado en el Noticioso General, 4 dic. 1818, Fernández de Lizardi había escrito: “puede tener entendido que responderé a cuanto ha dicho, siempre que nos diga quién es, firmándose con su nombre y apellido, y sin esconderse de Juan Largo o Juan Chaparro, pues esta corruptela de criticar a un autor conocido y ocultarse detrás de unas iniciales es tirar la piedra y esconder la mano, anagrama o nombre supuesto, es una traición literaria”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 194.

[53] Se refiere a los de Galván, Ontiveros y al de El Pensador Mexicano, que no hemos podido localizar.

[54] Uno de Tantos. Seudónimo de Manuel Terán. Cf. nota 1 de este texto. Si Uno de Tantos cita la fábula 61 de Iriarte, Fernández de Lizardi cita la 30 sobre un ratón avecindado en el cuarto de un erudito que se alimentaba de roer verso y prosa.