NO REBUZNARON EN BALDE

EL UNO Y EL OTRO ALCALDE[1]

 

 

¿Quién será más acertado en sus proposiciones?, ¿El Pensador Mexicano[2] cuando se propone la defensa del excelentísimo virrey[3] de N[ueva] E[spaña],[4] o J[uan] N[epomuceno] T[roncoso], en la carta que desde Puebla[5] escribe, impugnando aquel modo de pensar,[6] y culpando al propio tiempo al benemérito Apodaca?[7] ¿Quieres saberlo,[8] amado pueblo mío? Yo[9] te lo diré.

Erró El Pensador en suponer discutible la adhesión de nuestro jefe[10] al sistema constitucional, porque siendo positivos los datos para su cumplimiento, y no habiendo hasta la presente resistencia para hacerlo, es palpable que no admite discusión[11] el amor a la nueva ley. Las obras y palabras son la única regla[12] para conocer los pensamientos de cada uno.

Erró en suponer que las clases altas[13] e ínfimas no pueden amar la Constitución.[14] Ni todos aquéllos son egoístas, y amigos de su privativa conveniencia, ni todos éstos ignorantes. A unos y a otros se agravia[15] e injuria después de jurada la Constitución,[16] por suponer que no juraron con verdad,[17] o que no quieran cumplir lo que ante los Santos Evangelios ofrecieron.

El poner en problema la obediencia de los superiores, negarles el amor a la ley, y llamar ignorante a la plebe,[18] es mal principio para conservar[19] el pacto social que nuestra inmortal Carta nos describe.[20] Ni todos han de ser opuestos por hallarse en altos empleos,[21] ni las ínfimas clases son tan estúpidas, que dejen de conocer sus verdaderos intereses, y no hay mérito para una distinción tan odiosa, siendo la igualdad el origen de nuestro Código.

Hasta aquí, señor poblano,[22] iba usted por el camino derecho impugnando a El Pensador, y aún se quedó corto, en mi concepto,[23] porque es tanto lo que piensa este caballero que es indispensable lleve muchos costalazos literarios por aquello de que quien mucho habla, etcétera.[24]

Pero usted, señor crítico, después de que con tanto acierto iba con su pluma subiendo al grandioso templo de la razón[25] y justicia, ha resbalado rompiéndose las costillas. ¿Conque[26] nos hemos hallado con los dos alcaldes que encontró Cervantes para sus novelas del Quijote?[27] Erró El Pensador; usted lo funda muy bien, y aunque en aquél no debe extrañarse,[28] porque lo tiene de costumbre; pero usted, señor mío, que nos cita un auto acordado,[29] y no se olvidó del gran Felipe IV, ¿por qué no pensó como debiera al igualar a nuestro digno jefe[30] con Nerón y Tarquino, o a lo menos para darlo a entender así, cuando compara las alabanzas de éstos con las de aquél?

Los ejemplos son para formar pariedad. Si se pusieron con ese objeto, es un enorme desliz, contrario al artículo 7, capítulo 2 de nuestro Código[31] que manda respetar las autoridades establecidas; pero si el fin a que se aspiraba es diverso, habéis cantado fuera de coro.[32]

El excelentísimo señor Apodaca estableció la Junta de Censura,[33] y debe usted saber que sus vocales, según el reglamento de 10 de noviembre de [1]810 han de ser por nombramiento de las Cortes, a propuesta de los nueve individuos de la Suprema; por lo que sean tres[34] o sean cinco los que existan,[35] no es responsable nuestro jefe,[36] siendo otro el que ha de dar el empleo.

El artículo 16[37] del decreto de junio de [1]813 dice que ninguna autoridad podrá mezclarse en el ejercicio[38] de sus funciones. Sea pues cual fuere el número de los individuos que la componen, no es culpable el excelentísimo[39] señor Conde del Venadito. Los individuos de ella son responsables a las Cortes, cuando en el ejercicio[40] de sus funciones contravinieren a la Constitución o a los decretos de la libertad de imprenta;[41] y de aquí se deduce que, si hubiera defectos en el modo de proceder, estando ella exenta de la autoridad, a quien usted pretende culpar, no puede atribuírsele responsabilidad alguna.

La Junta de Censura[42] tenía cinco individuos propietarios, y tres suplentes. Murió el señor Beristáin;[43] se imposibilitó el ilustrísimo señor[44] Castañiza[45] por la dignidad de obispo de Durango;[46] el doctor Salgado[47] quedó impedido con el empleo de juez de letras, y el señor marqués de Guardiola[48] se vio en la precisión de renunciar por sus enfermedades. Quedaron, con los suplentes, cuatro, y no tres como falsamente dice el poblano, sin que pueda remediarse esta falta hasta que el supremo gobierno[49] nombre los sujetos que mejor le parezcan, y al modo que en todos los tribunales, aunque mueran o enfermen algunos individuos,[50] proceden los demás sin incurrir en nulidades, así también la Junta de Censura. ¿Ve usted, amigo mío, cómo llegaron sus letras hasta el pueblo del rebuzno? ¿Ve usted cómo injuria al excelentísimo virrey[51] y a la Junta de Censura, olvidándose de aquel santo precepto que nos dice no levantarás falso testimonio ni mentirás?

Las leyes se van cumpliendo conforme llegan. Nuestro jefe[52] no tiene obligación de comprar los Diarios de Cortes,[53] ni tampoco se le remiten más que las decisiones sancionadas, por consiguiente no hay responsabilidad.

De un aturdimiento resultan muchos, y de equivocados principios falsísimas consecuencias. La falta de reflexión produce desatinos en lo general, como ha sucedido a J[uan] N[epomuceno] T[roncoso], al asentar que los jueces de letras[54] son de más necesidad que la Junta[55] de Censura,[56] ¡qué disparate! ¿No ha visto que nuestras Cortes la establecieron con la libertad de escribir desde el año de [18]10, publicando esa ley al paso que los jueces de letras[57] penden aún de la distribución[58] y aprobación de partidos? ¿Cuál sería la causa de que se permitiesen discursos políticos antes de publicar el inmortal libro, y la ley de tribunales,[59] en que se establecen los jueces[60] letrados? ¿Sería porque hubiese menos necesidad de aquéllos que de éstos? Sin duda que no.

Los dignos diputados[61] quisieron oír los votos de la nación[62] para ocurrir a lo más urgente, y hacer lo mejor, y por eso consideraron de más necesidad la libertad de imprenta,[63] poniéndoles las indispensables trabas por medio de la Junta de Censura.[64] ¿Ve usted, señor Ciudadano, cómo debió ser, y fue más necesaria la libertad de escribir?

Pues oiga usted tronar, y tenga paciencia, ya que nosotros le toleramos tantos despropósitos. Supongo que usted no ha leído el capítulo cuarto del Reglamento de Tribunales,[65] que trata de la “administración de justicia en primera instancia hasta que se formen los partidos”,[66] porque, si a lo menos se hubiera dignado de medio verlo, habría entendido por el artículo primero “que hasta que se haga y apruebe la distribución de partidos... todas las causas y pleitos civiles y criminales se seguirán en primera instancia ante los jueces de letras de real[67] nombramiento, los subdelegados de ultramar[68] y los alcaldes constitucionales”.[69] “En los demás pueblos (dice otro artículo)[70] en que no haya juez de letras ni subdelegados en ultramar, ejercerán[71] la jurisdicción contenciosa en primera instancia los alcaldes constitucionales, como la han ejercido los alcaldes ordinarios”.[72]

Ha entendido usted, señor crítico, estos artículos, pues ellos quieren decir que, estando establecida la ley de censura[73] y la distribución y aprobación de Partidos,[74] los jueces de letras, por no haber llegado[75] el tiempo que nos prescribe el Reglamento.[76] Éstos se suplen por la ley con los subdelegados[77] y alcaldes,[78] y aquélla no tiene substituto legal.

De tales disposiciones puede usted entender que nuestro jefe[79] político, sin quebrantar la ley, no tiene arbitrio[80] para poner jueces de letras en Veracruz[81] y Puebla:[82] lo hará en los partidos que vaquen conforme al artículo quince del Reglamento de Hacienda,[83] y en esta parte se ha cumplido con la ley. Conviene[84] pues a usted y a El Pensador[85] el título de mi papel.

En México[86] hay jueces de letras,[87] y de aquí deduce nuestro crítico que debe haberlos en Puebla y en Veracruz, para sacar doble cargo al excelentísimo señor virrey. Hilación extraviada, y pésima consecuencia. Se conoce,[88] señor mío, que usted manchó el papel por los honores de escritor.

La Ley de Tribunales, en el artículo 9, capítulo 1, dice que: “ha de cesar la diferencia de oidores y alcaldes de provincia,[89] y que todos los ministros serán iguales en autoridad”.[90] “La primera facultad de las Audiencias “es conocer en segunda y tercera instancia de causas civiles y criminales”.[91] “Quedan suprimidos (según otro artículo) los juzgados de provincia”.[92]

Se cumplió con estas leyes, ¿y qué resultó de aquí? Que, siendo oidores los señores alcaldes, no hubiéramos tenido los jueces necesarios de primera instancia, si no se hubiese procedido al nombramiento interino de letrados.

Y en esta virtud, ¿se nos podrá decir que Veracruz y Puebla están en igual paralelo con México?[93] Abra usted los ojos, amigo, y advierta que aquí la necesidad hizo lo que no puede hacer en esas ciudades[94] el capricho. La cuestión[95] se ventiló con maduro examen, y puesta en planta la Ley[96] de Tribunales[97] en México,[98] creo que nadie encontrará otro remedio más conforme a nuestro inmortal libro.

El excelentísimo[99] virrey,[100] para publicarlo y jurarlo, necesitaba tiempo. El Diario de Veracruz[101] no era evangelio infalible. Desde el 23 al 31 de mayo no hay más que seis días. En Veracruz no había otra mutación que la de Ayuntamiento, y tal cual cosa fácil de expedirse; pero en México,[102] señor mío, fue inmenso el trabajo de dirigir[103] y llevar los procesos, como las guardias a sus respectivos destinos, el organizar infinitas cosas que no hay en Veracruz, y, sobre todo, proceder con madurez en asuntos graves para los que ni los seis ni los veinte días son bastantes a atribuir responsabilidad. Si yo[104] hubiera de contar punto por punto todas las razones, no acabaría con un grueso libro.

Usted nos dice que la Constitución proscribe la autoridad del virrey. ¡Pobre miserable! ¿En qué artículo se halla abolida esa autoridad? No lo encuentro. Lo que sé es[105] que una ley no se entiende derogada por otra, ínterin expresamente no lo ordene. ¿Ha visto usted esta disposición? Pues léala mientras nos enseña el artículo de proscripción.

Nadie ignora que el señor don Miguel Guridi y Alcocer,[106] cuya literatura es conocida, fue uno de los vocales que firmó nuestra Carta constitucional, y que el excelentísimo señor Foncerrada, como adicto, y por sus relevantes méritos, fue consejero de Estado.[107] Pues, amigo mío, estos dos señores en el año de [18]14 dijeron al señor Calleja que era virrey, y lo mismo le dictaminaron los señores Galilea, Salinas y Torres Torija.[108] ¿Qué dice usted de esto? ¿Entenderían la Constitución? Pasemos adelante.

Seis meses después de publicado nuestro Libro, se expidió el despacho de virrey al excelentísimo señor Calleja, y así se le nombró en las órdenes expedidas por el Ministerio de Ultramar,[109] en 16 de septiembre de [1]812, y 19 de mayo de [1]813, fuera de otras que omito.

La Ley de Tribunales, en el artículo 30 y 31, capítulo 2, hace mención de los virreyes, capitanes y comandantes generales.[110] Suprime los gobiernos de provincia, los corregimientos de capa y espada, los de letras y sus tenencias, las alcaldías y subdelegaciones, y deja intactos los virreinatos. ¿Cómo es que esta ley posterior a la inmortal Constitución no los da por difuntos si están proscriptos? Entienda usted mis reflexiones, señor poblano.

El que quiera que se castigue al delincuente, acuse o denuncie. Las expresiones vagas nada significan. El que se sienta agraviado ocurra a la autoridad competente, y si no se le administra justicia, podrá gritar como le acomode. Si alguno se toma el título de jefe[111] político, avísese, y se pondrá el remedio. En lo demás, ni el juez ni el jefe superior pueden remediar lo que ignoran.

Es mucho lo que usted ensarta, caballerito. A las autoridades se les puede representar sobre las infracciones, según lo que a cada una competa; pero respetándolas para no quebrantar el juramento prestado. Los ejemplos no son leyes. Porque uno obre mal, no debe seguir otro el mismo camino: ni lo manda Dios, ni lo quiere la ley.

Así es que la palabra visir,[112] aunque en su verdadero sentido es el primer ministro del sultán,[113] y ha habido muchos de excelentes virtudes políticas; pero ni el Liberal[114] ni El Pensador hablaron en ese sentido. El asunto se dirigió contra nuestro digno[115] jefe, que ni es ministro del sultán, ni tiene empleo de la puerta.

Se quiso presentar un déspota caprichudo, y ajeno[116] de las virtudes que usted exagera en califas y musulmanes.[117] Cada cosa se entiende según el caso y modo con que se aplica; y como el poblano liberal[118] vituperaba las virtudes morales y cívicas de nuestro jefe,[119] olvidándose de la afabilidad y dulzura con que iba consiguiendo la paz completa: es preciso entender la palabra según el punto a que se trae.

Negarle el mérito de la pacificación es error intolerable; pues aunque muchos han contribuido, entre otros el sabio ilustrísimo señor obispo de Puebla,[120] como dice usted, pero ¿habrá quien deje de confesar que todos los prelados y jefes[121] subalternos han sido como el espejo ustorio, que toma la virtud de los rayos que le ministra el sol?

Ve usted, señor crítico, que la obra de El Pensador y la carta que se le escribe son iguales en los equívocos con que se dictaron sus cláusulas. Parece, pues, que cuál más, cual menos, toda la lana es pelos,[122] y que...

 

 Pensándolo estaba Juana

 que El Pensador era enano,

 y lo mismo pensó Petra

 con la carta del poblano.[123]

 

Podía usted, para coronar la obra, haber gritado con El Pensador que nos quitasen las pensiones,[124] aunque fuera quebrantando el artículo de Constitución[125] que manda la permanencia de las antiguas, para que, verificado ese gran pensamiento, quedásemos como aquel que hostigado del vestuario viejo lo quemó sin haber comprado género para el nuevo.

Amigo mío, cuidado con Cien Ojos,[126] porque si llega a mirarlo, lo entrega a Moderato Malas Pulgas,[127] lo embocan en la Canoa,[128] y a buen librar hasta el Cayo no para usted, a la disposición de don Chilibrán de las Siete Alforjas.[129]

De El Pensador nada digo, porque aunque se agarró de su madre[130] del que lo llevaba, por ver si el sagrado le valía, pero ni por esas ni por las otras; porque ansí que el diablo[131] que todo lo añasca, yendo y viniendo días, hizo que recibiera la penitencia de enseñar a los cangrejos el modo de andar derechos. Yo aconsejo a usted, como buen amigo, lo que le conviene, no sea que le apliquen aquello de...


 Yo no lo entiendo

 ni usted tampoco;[132]

cógeme nana

que viene el coco.[133]

 

Amados ciudadanos, no os alucinéis con esos infundados papeluchos. Si alguno dice que la Constitución[134] se infringe, señale el artículo y especifique el hecho. Unámonos todos los amigos de la ley, sin permitir que so color[135] de argumentos sofísticos y proposiciones vagas, se transtorne el pacto social que hemos jurado, americanos y europeos,[136] de observar las leyes, vivir bajo de una religión y gobierno,[137] y amar a nuestros prójimos,[138] como ordena el Supremo Legislador, y esto lo conseguiremos si, apagando la tea de la discordia, nos unimos como hermanos a nuestro digno jefe,[139] tributando los obsequios debidos a su beneficencia y acertado Gobierno.[140]

 

Fefaut el Argelino[141]

 

 

NOTA

 

El que habla no tiene empleo ni lo pretende. Jamás ha contestado con el excelentísimo señor virrey. Se mantiene de su personal trabajo, por lo que no adula, ni quiere más que paz, unión y fraternidad.

 

 



[1] México: Impreso en la Oficina de don J. M. Benavente y Socios, y reimpreso en la de don Pedro de la Rosa [cf. nota 1 a El genio de la libertad, en este volumen], 1820, 12 pp. Un real. En la primera edición “rebuznaron”, en la reimpresión en el título “rebusnaron”. Fernández de Lizardi contestó a este folleto en No rebuznó con más tino el pobre alcalde argelino. Cf. Obras X-Folletos, pp. 353-370.

En el núm. 4 del t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi cita este dicho: “siempre que yo veo guerras o pleitos civiles refresco la memoria del cuentecillo de la pelea de aquellos dos pueblos sobre la preferencia en la habilidad de rebuznar y me acuerdo del lema de uno de los estandartes que decía: ‘No rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde’.” Y en una nota aclara: “Muchos pobres (o no pobres) que compran El Pensador no tienen el Quijote ni lo han leído jamás: por esto [...] les he de referir un cuentecillo. Un alcalde de monterilla o de capirote (que para el caso es lo mismo) perdió su borrico (según nos refiere el inimitable Cervantes) y comunicó su cuidado a otro alcalde, su compañero que gobernaba un pueblecito vecino. Éste le dijo lo llevara al lugar donde había perdido al jumento, porque él sabía rebuznar tan al natural que si el animal estaba allí, acudiría al reclamo de su voz sin duda alguna. Alegróse demasiado el alcalde perdidoso, y acordándose que él también tenía la gracia de rebuznar grandemente, aplazaron el día, y se fueron al bosque donde se había desaparecido el borrico. Luego que llegaron, se apartaron a rebuznar cada uno por su lado. En efecto, comenzaron la música jumentaria, y fue la desgracia que, por más que rebuznaron largo rato, no se dignó contestar el asno perdido a ninguno de los dos; pero como ambos alcaldes rebuznaban tan lindamente, se engañaron creyéndose borricos, y uno al otro se buscaron y se hallaron prontamente con la fiel guía de sus rebuznos. Diéronse los plácemes del engaño, y no volviéndose a acordar del borrico perdido, se ocuparon en elogiarse recíprocamente de la inaudita habilidad de que los había dotado el cielo en esto de rebuznar como los mejores borricos del mundo. Luego que se supo el chasco en sus respectivos pueblos, se celebró como era debido; pero siempre quedó entre ellos la duda de cuál alcalde era mejor rebuznador, y esta emulación llegó al extremo de odiarse unos con otros, de modo que se majaban a palos entre chanzas y veras al estilo de campaña. Una de éstas vio el infeliz Quijote, e informado del origen de la pendencia, trató de reducirlos con razones, olvidándose de que la razón es lo menos que escuchan los hombres irritados; no bastaron, y quiso (como loco) oponer él solo su fuerza a la de tanto villano, en cuya refriega salió tan mal como todos saben.” Cf. Obras III-Periódicos, pp. 171-172.

[2] mexicano en la primera edición y mejicano en la reimpresión.

[3] excelentísimo con mayúscula en la reimpresión.

[4] Cf. nota 3 a Carta El Pensador Mexicano, en este volumen.

[5] Carta a El Pensador Mexicano. Véase en este volumen.

[6] pensar con mayúscula en la primera edición.

[7] Juan Ruiz de Apodaca. Cf. nota 5 a Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, en este volumen.

[8] sin coma en la primera edición.

[9] yo con minúscula en la reimpresión.

[10] En No rebuznó con más tino el pobre alcalde argelino Fernández de Lizardi escribe: “Venga usted acá, señor Argelino [...]. Lea usted bien, amigo. Yo no supongo lo discutible, eso lo digo afirmativamente. Creo que es adicto su excelencia al sistema, y supongo que no lo fuera para hacer ver al Liberal que aún en este caso supuesto, no es lícito el denigrarlo de modo alguno. Conque, ¿quién rebuzna más recio en este punto, usted o yo?” Cf. Obras X-Folletos, p. 362.

[11] discución en la reimpresión.

[12] única sin acento en la primera edición.

[13] con coma en la primera edición.

[14] Fernández de Lizardi contesta en No rebuznó con más tino...: “Señor mío, yo he dicho una verdad a mi parecer, muy probable y en parte es evidente; pero usted no la entendió [...]. No hay duda en que en las clases altas e ínfimas hay muchos amantes al sistema constitucional; pero la experiencia, la razón y usted me aseguran que no son todos ni los más. Usted mismo confiesa que no son todos, cuando dice: ‘ni todos aquéllos (los de las clases altas) son egoístas... ni todos estos (los de las clases ínfimas) ignorantes’. Luego, algunos de aquéllos y de éstos son ignorantes y egoístas, y nunca serán amantes del sistema. La Constitución equilibra la preponderancia del noble, del magistrado y del rico con la humildad del ciudadano honrado, mediante la igualdad civil que nos declara, y he aquí un motivo para que los demás de aquéllos la detesten, porque advierten que su despotismo, autoridad y orgullo se deprimen. No han sido ciertamente en ningún tiempo individuos del estado medio los que han conspirado contra el sistema constitucional [...]. En México mismo vimos que un Venegas y un Calleja fueron los primeros y más declarados enemigos de la Constitución [...]. ¿Pues cómo creeré, aunque me lo jurasen padres descalzos, que todos los virreyes y capitanes generales de provincia, que todos los inquisidores, oidores, canónigos, grandes de España, ministros de consejos, etcétera, amen la Constitución de bueno a bueno? A unos se les deprime la autoridad, a otros enteramente se les quita; a éstos se les disminuyen las rentas, a aquéllos se les estancan las comisiones, y a todos se les cercena la autoridad y el dinero en beneficio general de la Nación. Según esto, ¿erraré en creer que en las clases altas se hayan muchos, muchísimos que no aman la Constitución, aunque la juren, ni la amarán en la generación presente? ¿Acaso todos son héroes como el gran Fernando para desprenderse voluntariamente del rango, comodidades, riquezas y poder que obtenían a merced del despotismo, de la preocupación o la ignorancia? Créalo usted, si quiere, mientras yo me río de su candor. Ya se ve cómo lo ha de creer cuando confiesa que ‘no todos han de ser opuestos por hallarse en altas empleos’. Eso mismo digo yo: no todos; pero probablemente los más. ¡Ojalá y me engañe! ¡Cuánto le diera a usted por errar el cálculo medio a medio!” Cf. Obras X-Folletos, pp. 363-364.

[15] con coma en la primera edición.

[16] sin coma en la primera edición.

[17] vervad en la reimpresión.

[18] pleve en la primera edición.

[19] conserbar en la primera edición.

[20] Fernández de Lizardi en No rebuznó con más tino... contesta: “En primer lugar, yo no he llamado ignorante a la plebe, lo que dije fue que ‘las clases ínfimas no pueden amar el bien que aún no conocen [...] en segundo lugar, que aun cuando yo las hubiera llamado ignorantes, usted no sólo lo concede, sino que las pone en peor clase cuando dice: ‘ni las ínfimas clases son tan estúpidas que dejen de conocer sus verdaderos intereses’. ¡Ojalá y fuera esto cierto! Pero vamos al caso: cuando usted dice que no son tan estúpidas, asegura no sólo que son ignorantes, sino brutos, estólidos, insensatos, que todo eso significa la palabra estúpido.” Cf. Obras X-Folletos, p. 364.

[21] sin coma en la primera edición.

[22] señor con mayúscula en la primera edición.

[23] punto y coma en la primera edición.

[24] entre comillas en la reimpresión.

[25] con coma en la primera edición.

[26] con que en ambas impresiones. Con mayúscula en la primera edición y con minúscula en la reimpresión.

[27] Don Quijote, cap. XXV de la segunda parte: “Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las admirables adivinanzas del mono adivino”.

[28] estrañarse en la primera edición.

[29] Véase Carta a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[30] gefe en la primera edición y con mayúscula.

[31] Artículo 7 de la Constitución. Cf. nota 10 a El Ignorante a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[32] cantar fuera del coro. Frase figurativa que significa hablar fuera de lugar, descubrir o denunciar un secreto. “Choro. En su riguroso y proprio significado vale multitud de gente, que se junta para cantar y regocijarse, ò aplaudir, alabar y celebrar algúna cosa. [También] se toma comunmente por la parte del Templo y lugár separado y destinado, donde asisten los clérigos, ò los Religiosos para cantar las Horas Canónicas, y celebrar los Divinos Oficios, respondiendo al Sacerdote que canta la Missa en el altar mayór.” Dic. autoridades.

[33] Junta de Censura. Cf. nota 7 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[34] con coma en la primera edición.

[35] sin coma en la primera edición.

[36] gefe en la reimpresión.

[37] Se trata del artículo 10, no del 16 del decreto de 10 de junio de 1813: “El Autor o Impresor podrá pedir copia de la censura y contestar á ella. Si la junta confirmase su primera censura tendrá acción el interesado á exigir que pase el expediente á la Junta Suprema”. Cf. Hernández y Dávalos, Colección de documentos..., t. V, p. 66.

[38] exercicio en la primera edición.

[39] excelentísmo con mayúscula en la primera edición.

[40] exercicio en la primera edición.

[41] imprenta con mayúscula en la primera edición. Libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[42] censura con minúscula en la reimpresión.

[43] José Mariano Beristáin de Souza. Cf. nota 12 a Apuntes para la historia, en este volumen.

[44] señor, omitido en la reimpresión.

[45] Juan Francisco de Castañiza Larrea y González de Agüero, marqués de Castañiza (1756-1825). Jesuita. Nació en la ciudad de México el 4 de octubre. Fue colegial, catedrático y rector del Colegio de San Ildefonso; doctor y rector de la Universidad de México; examinador sinodal del Arzobispado de México y calificador e Inquisidor honorario del Santo Oficio. Obispo de Durango desde 1816 y diputado por ese estado al Congreso Constituyente que disolvió Iturbide. En Durango su obra principal fue la restauración del Seminario Conciliar, fundó como complemento de éste, el Colegio de San Luis Gonzaga. Escribió Relación del restablecimiento de la Sagrada Compañía de Jesús en el reino de Nueva España y de la entrega a sus religiosos del Real Seminario de San Ildefonso de México. (1816).

[46] Durango. Estado de la República Mexicana. Sus límites son: al noreste Chihuahua, al noroeste, Coahuila; al este Sinaloa; al oeste Zacatecas, al sureste, Nayarit y al suroeste, Jalisco. La capital del actual estado del mismo nombre.

[47] Tomás Salgado. “Abogado y político. Nació en Valle de Santiago, Guanajuato. Fue colegial de San Ildefonso de México, desde 1797; abogado de la Real Audiencia; individuo del Ilustre Colegio de Letrados; teniente letrado de la Intendencia de México hasta la caída del gobierno español. Consumada la Independencia, fue Juez de letras y de la Hacienda Pública; diputado al tercer Congreso General; ministro de Hacienda; Vicepresidente de la Suprema Corte de Justicia.” Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Diccionario de geografía, historia..., p. 844.

[48] Marqués de Guardiola. El marquesado de Santa Fe de Guardiola concedido por Carlos II en 1690 a Juan de Padilla, Guardiola y Guzmán, caballero de Calatrava, oidor de la Audiencia de México. El marqués fue diputado de la Junta de Caridad (1811).

[49] gobierno con mayúscula en la primera edición.

[50] indivíduos en la reimpresión.

[51] virey con mayúscula en la primera edición y en la reimpresión.

[52] gefe con mayúscula en la primera edición.

[53] Diarios de Cortes sin cursivas en la primera edición.

[54] jueces de letras. Cf. nota 12 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[55] junta con minúscula en la reimpresión.

[56] Cf. Carta a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[57] juez de letras con mayúsculas en la primera edición.

[58] con coma en la primera edición.

[59] Se trata del “Decreto de las Cortes sobre arreglo de Tribunales y sus atribuciones reimpreso en México por orden del virrey de 19 de marzo de 1813 y á consecuencia de la regencia de 4 de noviembre del año anterior.” Consta de 4 capítulos, a saber: 1° De las Audiencias; 2° De los jueces letrados de partido; 3° De los alcaldes constitucionales de los pueblos y 4° De la administración de justicia en primera instancia, hasta que se formen los partidos. Cf. La Constitución de 1812 ..., t. I, pp. 304-323.

[60] jueces con mayúscula en la primera edición.

[61] diputados. Cf. nota 3 a &