LOS BORRACHOS Y LOS NIÑOS SUELEN DECIR LAS VERDADES

CARTA DE UN VINATERO A UN AMIGO SUYO,

SOBRE EL PAPEL LA CANOA[1]

 

 

                                                         Quien atrevido o vano se ha gloriado

                                                         Saber tirar pedradas al vecino,

                                                         Acuérdese al hacer tal desatino,

                                                         Que es formado de vidrios su tejado.

 

Mi apreciable amigo: mis incesantes ocupaciones no me han dado lugar para escribirte con la frecuencia anterior. Entonces tenía tiempo y materia; pero ahora me hallo sujeto y circunvalado de la frágil muralla o mostrador de una vinatería, a cuyo maldito destino me ha conducido mi infeliz estrella. Mis tertulianos no son otros que los alumnos de Baco y las discípulas de Venus, cuya mutua unión no proporciona a la vista objetos agradables, ni al oído discursos lisonjeros. Sus viles pasiones, encendidas con el ígneo licor, son el pasto de su conversaciones, y toda idea de honor está muy distante de unos hombres que no le conocen, ni saben apreciar a su patria. ¿Cómo quieres, pues, con tanto empeño que te comunique noticias, si no tengo libertad para explorarlas, ni mis necios concurrentes me las facilitan? Esa ansiosa curiosidad en que te consumes, podrían satisfacértela cumplidamente la multitud de papeles que en esta capital se publican, y de que haces tanto acopio; pero ya veo que tus miras se dirigen también a indagar la clase de concepto que se merecen sus autores. ¡Es buena, por cierto, la pregunta que haces a un vinatero! Tú mismo, como entendido, podrás hacer a sus papeles la justicia a que sean acreedores, pues ellos mismo recomiendan a sus autores respectivos o para su apología o para su desprecio.

El mismo temor que a ti te contiene para calificar el mérito de los escritos del día, me impide a mí cooperar a tu intención. Sólo diré que hay buenos y malos; pero no seré tan vano que me atreva a señalar cuáles son éstos, ni a decidir con magisterio sobre el mérito de ninguno y a la verdad ¿cómo habría de tirar pedradas al vecino, teniendo yo de vidrio mi tejado?

[...][2]

Y pues la misma facultad que tiene él [el autor de La Canoa] para enviar a Cayo-Puto,[3] tenemos nosotros [dice el soldado] para remitirlo a la Laguna Estigia, hagámoslo desde ahora, y en sus negras aguas démosle no tres, sino trescientas zambullidas para que mitigue la sed de criticar, y pague la arrogancia con que nos conmina.

¿Y en qué se funda (preguntó a este tiempo el ciego) para desaprobar los versos que El Pensador estampó en el número 16 de su Conductor,[4] y los que se publicaron contra el Impugnador del Amante de la Constitución?[5] (¿a qué llama usted fundar, compadre?, respondió el evangelista). Ese autor no acostumbra poner autos motivados para el destierro de su ciudadanos: basta su calificación interior para dar por fenecido el juicio y ejecutada la sentencia. Cuando más, usa de las palabras generales, verbigracia: Un huacal que contiene al autor (de tal papel) por fútil, necio, servil y ofensor liberalium aurium.[6] Aquí tiene usted en dos renglones formado el juicio, pronunciada la sentencia y, al mismo tiempo, en problema la sabiduría del calificador. Desenrrolle, pues, ese talento poético que finge encubrir, y veamos si su habilidad corresponde a su arrogancia. De otro modo, bien podré yo decir, bajo mi palabra, que el que califica por buenas las obras de Lorenzo Gracián, don Alonso de Ercilla, don Pedro Calderón de la Barca y otros poetas, así españoles como extranjeros, merece ir al Cayo-puto; y para hacer más misterioso mi concepto, añadiré, como nuestro autor, que “no puedo menos que reconocer en estos individuos buenas disposiciones para la poesía, y que hubieran adelantado en ella si eligen mejores asuntos”,[7] quedando en los lectores la duda de si seré un segundo Ovidio, o un loco despreciable, aunque yo creo que más se inclinarán a lo segundo que a lo primero.

[..][8]

Conociendo el muchacho que iba a levantarse la sesión, dijo: señores, a mí me ocurre un pensamiento que no puedo dejar de exponerle por conclusión. Y es éste: o el autor de la Canoa es un verdadero constitucional, o no. Si lo primero, luego que se le presente un papel que respire liberalismo, y que coincida con las ideas constitucionales, debe apreciarlo, pagándose de sus buenas intenciones, aun cuando el asunto que elija no sea muy recomendable, ni su estilo sublime: éstos son pelillos en que no debemos reparar, cuando la común felicidad consiste en la buena disposición de nuestros corazones, y en el mayor número de adictos al nuevo sistema. El que se produzcan de este o de aquel modo son accidentes en que jamás podremos conformarnos, pues los hombres nos diferenciamos en el modo de pensar, lo mismo que en los rostros. O no es verdadero constitucional, en cuyo caso debe quitarse el embozo y manifestar descubiertamente sus serviles ideas.

[...][9]

Estoy satisfecho de que esta conversación será bastante a saciar tu curiosidad, y te servirá para formar del autor de la Canoa el concepto que te parezca. Si volvieren mis concurrentes y tratasen asuntos dignos de ponerlos en tu noticia, lo haré inmediatamente sin poner nada de mi caudal, como lo he verificado en la presente carta. Tú, entre tanto, dispón de mi buena voluntad, teniendo como verdad eterna que

 

Aunque entre mil necedades,

 Torpezas y desaliños,

 Los borrachos y los niños

 Suelen decir las verdades.


V. R.

 



[1] México: En la imprenta de don J. M. Benavente y Socios. Año de 1820, 12 pp. La Canoa. Cf. nota 1 a La Canoa, número 1, en este volumen.

[2] Resumen de texto omitido: El autor critica a los autores que se han erigido en censores de ideas, temas e incluso ortografía, hace notar el clima de intolerancia entre escritores. Tales censores se consideran sabios, si lo son, entonces, pregunta el autor, ¿tienen los demás obligación de serlo?, y si no lo son, ¿sólo por esto deben callarse? Con estas bases ataca al autor del papel titulado La Canoa, porque se ha constituido en juez de los demás escritores; lo culpa de carecer de ilustración en sus papeles y Gacetas, en los que se insertan “ridículas ficciones, viajes ideales, críticas insolentes, infundadas censuras, fantásticas transportaciones” y otros vicios. Con el fin de no ser víctima de lo que él mismo descalifica, argumenta “que no es mi propio juicio el que decide, sino la opinión pública, en que se incluyen aun las personas más ínfimas de la plebe”; para apoyar esta idea reproduce los sucesos que se llevaron a cabo en su vinatería la noche del 16 de octubre de ese año: llovía, un vendedor de papeles entró a la tienda, extendió los papeles en el mostrador para que se secaran, pidió un vaso de aguardiente y se quedó dormido, cosa que aprovechó el vinatero para mirar los papeles, entre ellos se hallaban los seis números de La Canoa, más la Gaceta de Cayo-puto de 15 de agosto, el Suplemento a tal gaceta, el sueño del Gran Hospital Cayo-putano, y la Carta dirigida al cargador de las canoas. El autor renegó al encontrar que los papeles se habían contagiado de la fiebre cayoputana iniciada por el autor del periódico, y que además corrían con la suerte de no venderse, hecho que no era del conocimiento del autor, quien “persuadido del buen expendio de sus producciones, cobra nuevo aliento para llenar al público de simplezas”.

  Entran en ese momento un Evangelista, un Soldado y un Ciego con su lazarillo de aproximadamente doce años. El Evangelista lee a los demás todos los números de La Canoa, todos censuran la ligereza con que el autor del escrito califica a los demás escritores. El Evangelista aprovecha la ocasión para exponer el asunto de un papel que quiere sacar a luz, pero no se atreve por falta de aparato retórico, tal asunto es acerca del inserto en el Suplemento al Noticioso General del 27 de septiembre, en el que se ofende a la nación, el Evangelista pretende pedir al jefe del gobierno que remedie tal asunto de la misma manera que lo hizo con los papeles de F. M. y de Rafael Dávila —veánse al respecto El liberal a los bajos escritores, Al que le venga el saco que se lo ponga y Las zorras de Sansón desolladas, en este volumen— a quien encarcelaron.

A pesar del consenso, el muchacho deduce que el papel del escritor de La Canoa en el gran teatro de los escritores de entonces, es el de bufón que almibara las verdades amargas. Con esta reflexión, el Soldado exhorta a los demás a buscar algo de provecho al periódico en cuestión, sin embargo, continúan su descalificación de la cuarta Canoa.

[3] Cayo Puto. Cf. nota 27 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[4] Número 16 de El Conductor Eléctrico. Cf. nota 12 a La Canoa, número 1, en este volumen.

[5] Impugnador del Amante de la Constitución. Entre los folletos que impugnan a El Amante de la Constitución los escritos por F. R. fueron los más atacados, este autor publicó dos folletos: Contra el papel titulado El Amante de la Constitución, [México]: Oficina de Alejandro Valdés, 7 de julio de 1820, 4pp., y Papel segundo contra el que se dice Amante de la Constitución, [México]: Oficina de Alejandro Valdés, 10 de julio de 1820, 4 pp. Entre los que escribieron contra este autor se cuentan: A., Al impugnador del Amante de la Constitución que publicó un papel, [México]: Ontiveros, 1820, [4 pp.]; del mismo autor Herir por los mismos filos, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.]; I. S. L., Un bocadito salado al autor más preocupado. O refutación a las sandeces del segundo papel de F. R., México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.]; J. M. R. H., Triunfo del Amante de la Constitución, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.]; P. S., Segunda defensa al Amante de la Constitución. Contra el que se dice su impugnador, México: Imprenta de Mariano Ontiveros, [1820], 7 pp., del mismo autor Tercera defensa al Amante de la Constitución. Dirigida a los señores F. R. y F. A. A. G., México: Imprenta de Mariano Ontiveros, 1820, 8 pp.; y S. I. L., El Amante de la Constitución, o impugnación al primer papel de F. R., México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [8 pp.].

[6] Se refiere a La Canoa, número 5 donde se lee lo siguiente sobre F. P. A, Médico de la Patria: el cargamento de la Canoa lleva: “1° mil cartas de la isla de Cayo, papel fútil disparatado, insultador de los mexicanos, y anticonstitucional. 2° mil ejemplares de la tercera y cuarta reflexión por el Médico de la Patria. Pues el gobierno no trata de recoger ese papel miserable, subversivo, sedicioso, y simplicium aurium offensor [nota de La Canoa: ‘Creemos que el Médico de la Patria nos agradecerá que hablemos el lenguaje de su difunta madre, la malograda señora de la Vela Verde’], Pandolfo ha tomado las más serias providencias para prohibir su circulación porque los sencillos no traguen el veneno que encierran las declamaciones contra los liberales en que abunda”. México: Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 1820, pp. 2-3.

[7] En La Canoa, número 2 se dice del cargamento que conduce: “2°. Seiscientos ejemplares de los versos contra el Impugnador del Amante de la Constitución. Pandolfo para evitar que los mexicanos se calienten la cabeza en la interpretación de estos versos, los remite al Cayo; sin embargo no puede menos de reconocer en su autor buenas disposiciones para la poesía, y no duda que adelantará en ella si elige mejores asuntos y rebaja un poco a la ridícula y chocante hinchazón que hace tan sublimes algunos pasajes que no se entienden.” México: Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 1820, p. 1.

[8] Resumen de texto omitido: Se sigue la lectura de los suplementos y gacetas de Cayo-Puto, pero todas son descalificadas por los lectores de la vinatería, y deciden pedirle al canoero que se dedique a asuntos más provechosos para la patria, tales como clamar por el cumplimiento de la ley.

[9] Resumen de texto omitido: Los concurrentes estuvieron de acuerdo con el muchacho, el vendedor de papeles quedó dormido y los demás coincidieron en reunirse después.