LAVATIVAS Y SINAPISMOS AL PRACTICANTE[1]

 

 

La ciega presunción del idiotismo, la falta de educación, y principalmente la vanidad ridícula de hacer papel en el mundo, ha compelido a muchos infatuados a tomar la pluma, para hacerse expectables bajo el glorioso título de escritores. Estos infelices se han creído que es lo mismo formar un discurso, tratar materias políticas, cuestionar puntos delicados, e introducirse en el santuario de las ciencias, que obrar por mecanismo, y verter sus ideas mezquinas entre un corrillo de ignorantes.

El vulgo, juez inicuo del mérito de los sujetos, tal vez prodiga vivas al que solo es acreedor a maldiciones, y el amor propio refinado (carácter esencial del hombre débil) le priva del más escaso conocimiento de su flaqueza, y le hace repentinamente caer para oprobio de su elación en un caos de monstruosidades y delirios.

Seducido por ambas sugestiones el miserable autor de un papelucho titulado El Practicante de San Andrés a El Pensador Mexicano[2] aturdió pocos días ha al público con tan indigesto fárrago. Las musas se escondieron oyendo unos rebuznos tan atroces, y la sana moral atacada allí directamente en los cardinales apoyos de la decencia y el pudor, con los dicharachos más obscenos hubo de conciliarse la execración de los sabios, los fríos aplausos de los idiotas y el caquino de los inmorales.

Presentarle a El Pensador una obrilla de esta especie es un agasajo sobremanera importuno. Yo no sé cuál será la contestación de este ilustrado individuo: la mía sería en caso igual, rebatirle con el desprecio, y así lo hiciera siempre, a no prever que con mi silencio pueden formarse sospechas poco favorables a mi honor. Bien conozco que ningún erudito podrá persuadirse a que ese cúmulo de inepcias fue producción mía, principalmente si ha leído mis discursos anteriores de El Religioso Constitucional,[3] y otros varios a que me refiero, empero no faltará quienes, o por antipatía que me profesen, o por la escasez de luces en que se hallen, intenten diseminar la especie de que ese papelón terrible fue parto de mi mente. Cortar el vuelo a la maledicencia, sacar al ignorante de su error, y exponer a la censura pública un folletico tan sucio y desvergonzado, son los motivos que me obligan a confundir a ese locuaz.

Dígame usted, señor sandio, ¿a quién trató de beneficiar con unos tan garrafales desatinos?, ¿qué le movió a escribir? Si está usted mismo confesando desde el principio su torpeza para todo trabajo, su negligencia y omisión, su falta de ingenio, y otros varios defectos que hacen formar de usted y de su cuna la idea más baja, ¿por qué se creyó que le asistirían las perfecciones contrarias a estos vicios, cuando emprendería escribir? ¿Qué, (le diré yo a usted ahora con Moratín), no hay más que tomar la pluma, visitar al impresor, zurcir unas oraciones sin método, y ya soy autor de nota? ¿Qué motivo tiene usted para hablar con acierto por letra de molde al público? ¿Qué ha aprendido usted de bellas letras?... Pero... ¡Oh!, que yo me estoy batiendo con una piedra, ¿qué ha de saber de bellas letras quien ignora la moral, quien tiene audacia para perder el respeto a un público ilustrado, y en el cual descollan varios sujetos de una virtud muy delicada?

Esas expresioncillas del “ángel de santa Mónica de Puebla”; “entran gallos y salen capones”; “una pecadora la cual al que llega sabe”... ¿qué otra cosa son sino unas disfrazadas, y quizá no disfrazadas obscenidades? ¡Insolente! Esas frases de taberna, esa locución de los libertinos y desmoralizados, esos conceptos impuros jamás se vierten en un papel público, porque no sólo puede leerlo el vicioso, el truhán, el petardista y el histrión; sino que acaso puede ofender los oídos del sencillo, profanar el decoro de la doncella, perder el respeto, y escandalizar al virtuoso eclesiástico. Los papeles denunciables son éstos, porque quien falta a la moral con tanto descaro, cuando trata de fungir la representación de maestro y escritor público, ¿qué obstáculo hallará para invadir mañana directamente al solio, y atentar contra la libertad de sus conciudadanos? Quien publica sus defectos personales, quien no perdona a su mismo honor, y quien pintando falsedades denigra su colocación y zahiere a todos sus compañeros, quien hace desestimable su profesión y carrera, ¿qué embarazo hallará otro día para calumniar al gobierno, usurpar el derecho a las potestades, alarmar al pueblo y desacreditar a su nación? Acaso el autor de ese papelucho estará bien lejos de hacerlo; pero yo creo que si omite cualquiera de estos crímenes, no será por bondad, sino por flaqueza y bastardía, o juzgando con más equidad, porque su genio ratero no le permitirá elevarse del polvo de la tierra.

Pero mudemos de tono y vaya un poco de sazón. Óigame usted un cuentecito. Habiendo oído un estudiante que todo el que tuviera suficiencia para escribir podía hacerlo, caminando bajo el supuesto falso de que le asistía tal gracia, trató de escribir la composición más difícil en su género, como es una tragedia sobre la fábula de Píramo y Tisbe.[4] El pobrecillo apenas sabría traducir a Luis Vives, y en ratos perdidos (que para él lo eran todos), comentar el teatro de los dioses. Con tan vastas noticias, ¿qué tal saldría la pieza? El suceso lo dirá. Trabajó en fin su drama, y después de limado, lo presentó ante un grave erudito de su siglo para quedar tranquilo con su aprobación. El sabio recibió la obra: hizo en su mente la calificación debida, y esperó al día inmediato la venida de tan canoro cisne para darle la enhorabuena. Llega el estudiante muy ufano, esperando oír encomios dignos de su presumido mérito, pregunta al erudito sobre su obra, y éste sin detenerse en pelillos[5] le dice: Señor mío, no me hable usted de ese asunto. ¿Pues qué tiene, (decía el atolondrado mozalbete), y el censor con mucha calma le contesta. Nada friolerilla: tiene más desatinos que palabras. ¿Cómo así, padre maestro? Como usted lo oye, señor mío. Sólo el primer renglón tiene tres desatinos, el resto de la obra ¿cuántos tendrá? Y para que usted vea, dice el primer renglón: “Sale el conde don Pedro.” Señor mío: en el tiempo en que se supone la existencia de Píramo y Tisbe, ni había condes, ni dones, ni Pedros. Conque conde es un desatino, don, otro, y Pedro otro. Pues al caso.

Habrá usted extrañado que usando yo de un método analítico (¿usted sabe lo que es analítico?) en todas las impugnaciones que se me han ofrecido, solo con usted me maneje de distinta suerte. ¿Usted sabe por qué mudó de conducta? Pues nada menos es que porque otro cualquier escrito digno de información lo hallo con alguna luz, éste de usted, con ninguna. Paréceme a la carta de doña Escolástica Poliantea fraguada por Quevedo. Ni se sabe cuál es el objeto del papel, aunque todos los que se discurren no pasan de criminales, frívolos o falsos, ni se entiende a qué clase pertenece el estilo. Los párrafos concluyen donde parece se cansó la mano, y dio treguas el delirio; últimamente, ni las letras se conocen.

Allí se dice que para la cirugía se necesita menos talento que para las demás profesiones. Y ya se ve, si éstas se han de saber mal, ninguno casi se necesita; pero el buen cirujano debe tener una lectura bastísima en todo género de materias, un juicio rectificado y exquisito, una comprensión vivísima y profunda, una imaginativa enérgica, y una política finísima, dejando aparte otras cualidades no menos dignas de consideración, como son: buena conducta, perspicacia en todos los órganos, destreza en los miembros, y corazón benigno y compasivo.

Hay algunos, ¡oh, dolor!, que se hallan sin las más de estas cualidades, y por esto la profesión tan desestimada, pero esto ¿sabe usted de qué depende? De muchos principios que me es forzoso callar algunos; depende en parte de... de unos jóvenes que hallándose vagos en la calle, y habiéndose entregado a la relajación desde su niñez, ni tuvieron quien los refrenara ni proporción para solicitar otro destino; depende de que asociados de estos primeros se pervirtieron en sus costumbres; depende... pero no... es forzoso callar; a nada conduce decir de qué depende. Si hay sus díscolos, ignorantes, charlatanes y libertinos en esta profesión, igualmente los hay tratables, comedidos, sabios y virtuosos. En todas carreras y en todos destinos hay buenos y malos; eso exige el influjo de la gracia y el predominio de la naturaleza corrompida por el pecado del primer hombre. ¡Dichosísima corporación aquella, donde los malos se cuentan por unidades, y los virtuosos por centenares! Pero esta es felicidad que jamás la lograremos acá en la tierra.

Los vicios y errores que usted asigna de este hospital en orden al tratamiento y curación de los enfermos, no es usted capaz de probarlos, y lo desafío a que lo verifique. Pero, ¿qué ha de probar un motroco[6] que ni castellano entiende? Siendo un practicantazo de tanto caletre como él se supone, escribe “kilo” por “chilo”[7] ¿qué se puede esperar desde ahora permanecer mudo aunque le acribillen (como él elocuentemente dice). Léanse además estas originales palabras: “negras desdichas”, ¿pues qué, hay desdichas blancas? Lo negro se aplica a lo terrífico y funesto, este mismo concepto envuelve desdicha; conque decir “negra desdicha” es lo mismo que decir “luz lúcida”, “malaventurada ventura”. Este Practicante sin duda está muy leído de Bertoldo,[8] doña María de Sayas,[9] Jacinto Polo,[10] y otra chusma de corruptores de nuestro lenguaje. Dice que de matar a enterrar va corta diferencia. La misma que va de comer a tirarse con los platos; matar a no ser por virtud de justicia, contingentemente es siempre un crimen, y enterrar a no ser que se haga por respeto sórdido es siempre una acción de misericordia. Va tanta diferencia de matar a enterrar, como de la vida a la muerte. Quien mata priva de la vida. Quien entierra sepulta un tronco inanimado, a no ser que entierre un hombre vivo, y en este caso ya no hay ninguna diferencia, sino que es lo mismo.

Dice también... ¿pero para qué es analizar lo que él dice, si dice tanto desatino, que no es posible el numerarlos; ahora se le debe decir a él después de recordarle el cuentecito del estudiante citado arriba; que hace bien en quejarse de su suerte, porque sobre la nota de pobre, la ignominia de rudo, y el borrón de locuaz, es una desdicha intolerable; que en esta virtud, compadecido de su malaventurada ventura, se le aconseja se ponga en viaje para la puerta otomana, implore la audiencia del emperador y le suplique que en atención al vivísimo deseo que tiene de quemar a todas las mujeres escandalosa[s] y prostitutas, va con el designio de ejecutar, es por si solo tan bárbara costumbre, con la concubina que le fuere infiel. Mas para que su petición tenga el efecto deseado, igualmente se le aconseja que vaya en la clase de aquellos vivientes racionales que no pertenecen a sexo alguno, designados con la voz de eunucos; porque de otro modo se expondrá a que si usa de alguna libertad en el serrallo, padezca la misma suerte que él desea para las prostitutas de México. En orden al número de estas, sus castigos y tolerancia, yo le insertaría aquí una doctrina respetable, autorizada por varios políticos, especialmente por dos de excelente nota; pero es peligroso el asentarla. Necesita explicarse con difusión y claridad, y solo mi objeto ha sido hacer conocer al público las sandeces, obscenidades y desatinos de que abunda el papel de El Practicante a El Pensador Mexicano, e impedir que se me prohíje una producción tan descabellada.

Hospital General de San Andrés.[11] México y diciembre 29 de 1820.

 

El Religioso Constitucional[12]

 

 

Nota

 

 

Éste y los números de El Religioso Constitucional se expenden en la librería de don Manuel Recio,[13] portal de Mercaderes[14] letra A, junto al número 7.



[1] México: Imprenta de don Alejandro Valdés, 1820, 8 pp.

[2] El Practicante de San Andrés a El Pensador Mexicano. Véase folleto anterior.

[3] El Religioso Constitucional. Se refiere a El Religioso Constitucional, o sea analogía de nuestros principios constitucionales con las máximas evangélicas, número 1. México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1820. 8 pp. “Al pie una nota que dice que el periódico saldría una vez por semana, hasta enterar próximamente 19 números. Salieron sólo cinco, todos de 8 pp. Y de foliación seguida, desde la 1 a la 40.” Cf. Amaya Garritz, Impresos novohispanos 1808-1821, t. II, p. 872. El número 4, impreso también en la Oficina de Alejandro Valdés aborda el tema de los beneficios eclesiásticos y políticos de la Constitución de Cádiz; el número 5, en la misma imprenta, dice que sin el amor a la patria no se camina por los senderos de la ley. En El Religioso Constitucional contra el Suplemento al Noticioso del día 27, México, número 3, Oficina de Alejandro Valdés, 1820, defiende indirectamente la representación en Cortes de españoles y americanos. Véase Meza Oliver y Olivera López, Catálogo de la colección Lafragua...

[4] Fábula de Piramo y Tisbe. Francisco de Corral y Sotomayor, Fábula de Piramo y Tisbe: burlesca escriviola don Francisco de Corral y Sotomayor. Impreso en Cádiz: por Francisco Ivan de Velasco, 1646 [8 p.], 4°. Ilustración y defensa de la Fabula de Piramo y Tisbe compuesta por D. Luis de Góngora y Argote, escriviolas Cristóbal de Salazar Mardoves (En Madrid: en la imprenta Real: a costa de Domingo Gonçalez, 1636) [10 ¿??], 192 [i. e. 194] h., 4°; también existe La fábula de Piramo y Tisbe de Miguel Botelho de Carvalho, en Madrid: por la viuda de Fernando Correa, 1621 [4 ¿¿¿], 24 n., 4°; Pedro Rosete Niño escribió una comedia titulada Piramo y Tisbe publicada en Parte veinte y nueve de comedias nuevas escritas por los mejores o ingenios de España, en Madrid: por Ioseph Fernández de Buendía: a costa de Manuel Meléndez, 1668 [8], 464 p.

[5] Detenerse en pelillos. Pararse uno en pelillos. Notar las cosas más leves; tomar ocasión de ellas para desazón o enojo; detenerse o embarazarse en cosas de poca substancia.

[6] motroco. Que no termina las cosas ni las hace bien. Santamaría, Dic. mej.

[7] kilo por chilo. Cf. nota 28 a El practicante de San Andrés a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[8] Bertoldo. En el capítulo I del tomo I de El Periquillo Sarmiento, este personaje dice: “Así que unas veces me advertiréis tan serio y sentencioso como un Catón, y otras tan trivial y bufón como un Bertoldo”. Cf. Obras VIII, op. cit., pp. 43-44. Se refiere a las aventuras de este personaje cuya primera versión de la novela es de Madrid, 1745. Uniendo las aventuras de su hijo Bertolino y su nieto Cacaseno se publicó en un volumen de 1769, Barcelona, con el título Historia de la vida, hechos y astucias utilísimas del rústico Bertoldo, Bertoldino y las de Cacaseno su nieto.

[9] María de Zayas y Sotomayor (1590-1661). Escritora española. Autora de poesías y comedias. Debe su fama a las Novelas amorosas y exemplares cuya segunda parte se titula Novelas y saraos. Se trata de textos cortos de tipo picaresco. En La Quijotita y su prima (tomo I, VI) se cita en una lista de libros que poseía la familia de Pomposita, la protagonista. No era lectura recomendada por los profesores según consta en el Periquillo Sarmiento, tomo I, capítulo III. En Avisos de El Pensador, en contestación a Taleo Fernández de Lizardi refiere que han dado tantas noticias de su muerte que se acordó de “aquel cuentecillo que trae, me parece que doña María de Zayas en sus Novelas, de aquel tal Lizardo que asistió en vida a sus funerales y a todos los que preguntaban ¿Quién era el difunto?, les respondía que él mismo”. Cf. Obras X-Folletos, p. 83.

[10] Salvador Jacinto Polo de Medina (1603-1676). Autor festivo español de Academias del jardín; A Lelio. Gobierno moral; El buen humor de las musas; Fábula de Apolo y Dafne; Fábula de Pan y Siringa; Hospital de incurables. Viaje de este mundo y el otro y Ocios de la soledad.

[11] Hospital General de San Andrés. Cf. nota 13 a La Mujer Constitucional a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[12] El Religioso Constitucional. Véase la nota 3.

[13] Librería de Manuel Recio. Cf. nota 1 a El público no es juguete..., en este volumen.

[14] Portal de Mercaderes. Cf. nota 6 a La Canoa, número 2, en este volumen.