LA VISITA A LA CONDESA DE LA UNIÓN

CARTA A EL PENSADOR[1]

 

Señor Pensador Mexicano: estimado amigo, deseaba la mejor ocasión de que estableciéramos una correspondencia sincera, porque los bellos pensamientos de usted le hacen acreedor al general aprecio,[2] los que sin particulares objetos quieran comunicarle sus ideas[3] para que las coloque en su periódico, si las considera útiles a la patria, necesitada hoy más que nunca de toda clase de materiales y artífices para la grande obra de su libertad. Baste de parangones y cumplidos, porque nuestra amistad exige más confianza: va de cuento,[4] y aunque largo, no dejará de interesar.

El día de Todos Santos[5] se me puso en la cabeza hacer una visita a mi señora la Condesa de la Unión, matrona digna de todo nuestro respeto y gratitud, por los títulos que usted no ignora.[6] Advertí en aquella casa un regocijo extraordinario, que me movió a inquirir la causa con cierto arte político, trabando conversación con la persona que tenía a mi lado. La Condesa, que nada tiene de boba, me salió al encuentro con un semblante muy risueño y agradable, diciéndome: usted habrá extrañado el verme tan contenta cuando antes todo era tristeza y melancolía; pero quiso Dios que bien aconsejada acertara a quitar la manzana de la discordia.

Creció más mi curiosidad, y la respondí:[7] pues hágame vuestra señoría favor de decirme lo que hay para tener la satisfacción de celebrar igualmente este buen día, ya que en otras ocasiones he participado de los disgustos caseros. Entonces me dijo: ¿pues qué no sabe usted que mi hijita Matilde se halla libre de las garras de aquella maldita negra[8] que se había empeñado en desbaratar todo el plan de educación que me había propuesto con esta tierna niña?

Es el caso, ya usted conoce las bellas prendas de Matilde, así en su persona como en sus costumbres: no ignora las cuantiosas posesiones y riquezas que la corresponden por su padre; y que con estos antecedentes debía prometerme el más feliz resultado de mis trabajos y desvelos para llenar mis obligaciones; pero la malvada Eugenia, sí señor, esa diabólica negra, se apoderó del corazón de Matilde con tal maña que la obligó a separarse de mis consejos hasta el grado de negarme la obediencia, y aun de disputarme el gobierno interior de mi casa.[9]

No es ponderable el trastorno que padecí con esta pesadumbre. Se acabó el sosiego: mis familiares se dividieron en partidos, creyendo unos que por mi avanzada edad[10] aseguraban más sus esperanzas en la sucesora universal de mis bienes, y otros menos preocupados me consideraban con más experiencia, firmeza y recursos para sostenerme en la lucha.

Pero de todas maneras mi casa era una confusión y los desórdenes de la niña crecían por momentos del mismo modo que su partido, hasta que en uno de aquellos instantes en que suelen calmar las pasiones entré en cuentas conmigo misma, y vi que el remedio era de lo más fácil, porque sin necesidad de azotes, malos tratamientos y crecidas erogaciones, estaba todo compuesto con separar a Eugenia, borrándola de la memoria de Matilde.

El daño había penetrado hasta lo sumo; pero la curación era radical, y a todo riesgo me resolví a tomar esta providencia, bien que consultando con facultativos para el acierto. ¡Qué de malas noches en las primeras semanas! ¡Qué contraste de afectos tan terrible[s] para una madre sensible y amorosa! Unas veces me derretía en lágrimas de ternura al considerar el candor de mi hija, y otras me enfurecía creyéndome obligada en justicia a ejecutar con ella toda especie de rigor, sin miramiento a su sexo, delicadeza y minoridad, y aquí me tiene usted, don Prudencio, que, en resumen de cuentas, iba perdiendo mis intereses, la salud y aun el juicio, porque nada me consolaba.

En medio de estas convulsiones, se me aparecieron, cuando menos lo pensaba, aquellos tres eclesiásticos, que puede ser que usted conozca o haga memoria de ellos, a saber: don Justo, don Benigno y don Severo, y con dos palabras me llenaron de consuelo. Ésta fue la pregunta que me hicieron. Díganos vuestra señoría de buena fe, ¿en qué consistía el ascendiente que esa negrilla despreciable había tomado en la señorita doña Matilde para tenerla tan subordinada a sus ideas?

¡Ah, señores míos!, les respondí, ¿en qué había de consistir sino en las libertades y desahogos que a mi hija proporcionaba esa hidra, abriéndola los ojos con decirla que los mayorazgos y todo el caudal eran suyos porque los había heredado de su padre,[11] que yo, con título de tutora de su persona y administradora de sus bienes, la tenía hecha una esclava sin dejarla resollar y menos disponer de lo suyo, contentándola con cuatro mimos y con falsas promesas; y por último que, separada de mi lado, se libertaría de que a cada paso la estuviese preguntando los artículos al revés?[12]

Perdone vuestra señoría, me dijeron los venerables, ¿qué frase es esa de los artículos al revés, que no podemos entender? ¿Es posible, señores míos, les contesté que, siendo tan doctos y tan viejos, ahora estemos en ésas? Pues sépanse ustedes que ésta es una de las mayores prerrogativas que tenemos las personas de rango, y aun las autoridades del antiguo sistema para mitigar alguna vez la cólera, porque no siempre podemos estar bailando boleras;[13] y así está recibido por una costumbre general, y muy inveterada, que cuando queremos azotar a un hijo, o castigar a un súbdito, con razón o sin ella, se le llama de improviso, y, con aire majestuoso y grave, se le pregunta la declaración de los artículos de la fe, que ya ustedes ven ser de las [sic] más difíciles de la doctrina. Si salió bien del ataque, se le manda que los diga salteados: si salva este escollo, aunque sea con trabajos, se le estrecha con cierta violencia política a que los diga al revés; y como entonces ha de ser indispensable la falta, ya tienen ustedes justificado el castigo de azotes, o de muerte si fuere necesario, y quitado nuestro enojo particular con la vindicta pública y con...

Calle vuestra señoría, señora (me interrumpieron), calle vuestra señoría por Dios: ya no queremos saber más; ¿pues cómo no había de hacer migas Matilde con Eugenia cuando ésta ni al derecho ni al revés ni salteados le preguntaba los artículos? ¿Cómo no había de reventar por lo más débil esa cuerda tan tirante? Las preocupaciones de vuestra señoría y de todos esos déspotas que oprimen la humanidad son la causa inmediata de esas trágicas escenas; ¡fuego de Dios!, preguntar los artículos al revés, ni el demonio lo había pensado.

Mas para que vuestra señoría vea que si procede sinceramente tiene el remedio en su mano (dijo don Justo tomando la palabra): en su arbitrio está mejorar o,  por lo menos, igualar la postura que ha hecho la negra Eugenia de promesas halagüeñas a la niña doña Matilde; pero esa mejora ha de consistir en la exhibición, de contado, de lo que se ofrezca con franqueza, porque en este caso es indispensable que finque en vuestra señoría el remate de la voluntad libre de la niña, sin necesidad de reconocimientos falaces y tramposos.

Sí, señora, vuestra señoría la puede dar más, y por caminos más llanos y medios más honestos que lo que la promete Eugenia, extraviándola de las sendas de la virtud. Ahora se halla esta niña en la edad de doce años, y en disposición de disfrutar, con superioridad a las pasiones, de todas las delicias y placeres inocentes que la proporcionan sus riquezas y talentos. Si vuestra señoría se presta dócil a mis consejos, el asunto es concluido.

¿Por qué ha de sujetar vuestra señoría a su hijita de sus entrañas a que siempre haya de vestirse de géneros ultramarinos,[14] y eso de los comprados en la tienda de don Francisco?[15] ¿Por qué la ha de precisar vuestra señoría con la pena de crimen de estado a que diga magras de jamón, y no jamón magro, puchero en vez de olla, estrechándola a que prometa con franqueza, para no cumplir, a que se asegure con ventaja para ofender, a que adule con bajeza a los poderosos, a que oprima con tiranía a los miserables, y a que represente todos los demás papeles que pide el rígido ceremonial de la falsa política? Qué bien dicen: no se acuerdan el padre prior y la madre abadesa de cuando fueron novicios.[16] Esa leche venenosa con que vuestra señoría quiere nutrir a la señorita su hija es alimento propio de fieras, que también las hay en las sociedades, y mucho más temibles que en los montes. En fin, si vuestra señoría no cambia de sistema, manejándose con más liberalidad y prudencia, tendrá que llorar amargamente, y después de sus días quién sabe cómo se conducirá la niña; porque en la variedad de albaceas, tutores y curadores,[17] hay la misma sensible mutación que experimentamos en nuestros días con la diversidad de gobiernos, de manera que para resistir esta intemperie política ya necesitamos de un cuerpo de acero y bien templado.

Sobre todo, señora Condesa, de lo que debe cuidar vuestra señoría principalmente es de borrar las impresiones materiales que han causado este trastorno en la alterada fantasía de la niña. No hay que contentarse con solos discursos que convenzan al talento, porque cuando la voluntad manda en jefe, más obran las sensaciones que los silogismos redondos. Absténgase vuestra señoría de acercarse a San Hipólito[18] en el mes de agosto,[19] de ver las comedias de Hernán Cortés en Tabasco,[20] etcétera, porque éstas eran las fábricas en que la astuta negra sabía tener sus seducciones. Evite vuestra señoría que la niña pase por los lugares destinados a las horcas,[21] que tan ingrata impresión causan en los corazones bien formados, y acostúmbrela a que vea en el premio y el castigo y en dar a cada uno lo que es suyo una igualdad de proporciones y de cantidad; pero lo más importante será que ni directa ni indirectamente vuelva a tratar con Eugenia, ni con persona semejante, porque siendo el entusiasmo una llama voraz y pasajera, sólo el curso del tiempo basta para apagarla.

Me aproveché con mucho gusto de estas lecciones, amigo don Prudencio, procurando inspirar una ciega confianza en Matilde, cumpliéndola a la letra cuanto la prometía, y siempre que consideraba que en sus entretenimientos no había acción pecaminosa, yo era la primera que me empeñaba en complacerla. Sin embargo, de tener surtidas sus cómodas de alhajas y ropas finas, como usted puede pensar, la dejaba comprar paños de Ozumba,[22] cotonías[23] de la Puebla[24] y otros géneros del país de que hacía bastante aprecio, y conociendo yo que la naturaleza jamás sufre violencias, redoblé mis cariños en términos que a pocos días se unieron nuestras voluntades con los lazos más indisolubles.

Tal ha sido el resultado de la docilidad con que me presté a recibir tan saludables consejos, y aseguro a usted, por el alma del difunto conde, que materialmente he visto la diferencia tan grande que hay de obedecer por fuerza a obedecer por inclinación, y las indecibles satisfacciones que logran los que mandan cuando son obedecidos en esta forma. Algo más podré decir a usted, y es que toda la inquietud que antes tenía Matilde para ir a la comedia, a los paseos y demás concurrencias, queriendo un túnico[25] costoso todos los días con otras muchas profusiones, se ha convertido en un reposo y madurez admirable en su edad, que tiene algo de virtud sólida o, por lo menos, ya pisa esta vereda, porque muchas noches es necesario instarla para que vaya al Coliseo,[26] y es porque se halla más bien divertida en su casa con las ocupaciones honestas de su sexo, y con la lectura de varios libritos que nos facilita la libertad de las prensas.[27]

Para no cansar a usted más, porque he estado bien pesada, créame, en conclusión, que ahora es cuando comienzo a disfrutar los maravillosos efectos de la paz y tranquilidad, que por mi educación altanera creía vinculados en el rigor y el capricho; y así no extrañe usted, don Prudencio, que en esta casa brille la alegría, y que todo sea gusto y placer, porque éstos son efectos necesarios de la sinceridad de nuestro trato, y de la fe inviolable de mis promesas que ha producido el sazonado fruto de la confianza de mi hija Matilde, y de todos mis criados y familiares, de manera que ahora me echo a dormir a pierna tendida, porque con este alimento del espíritu tengo siempre muy buen humor y muy restablecida mi salud.

Bravo, bravo señora Condesa, le respondí. Celebro infinito que vuestra señoría logre de esas satisfacciones, y mucho más de que haya conocido cuánto se aventuraba en cambiar el amor, que sinceramente la profesa la señorita doña Matilde, por el miedo y temores de que antes estaba poseída con aquel tren muy ajeno de la nobleza de vuestra señoría. Yo quisiera también dar mi pincelada sobre el asunto; pero la hora es incómoda, hemos empleado toda la mañana en esta amena conversación, y con su permiso me retiro, que tiempo tenemos para extendernos sobre una materia tan fecunda. No tenga vuestra señoría cuidado con sus encargos, porque jamás oirá en mi boca el aborrecible nombre de Eugenia que sepultaré en el olvido.

Todo esto acaeció, señor Pensador, en dicha visita, y aunque los pasajes y ocurrencias de la segunda, son mucho más notables e interesantes, me reservo para otra ocasión hasta saber si a usted le importa tener más exactas noticias del gobierno económico de esa grande casa que debemos ver como patria común, prescindiendo del histérico y flatos[28] que padecía la Condesa porque ha tratado de curarse radicalmente, y en el día nos está haciendo mil favores, que debemos aceptar para consolidar una amistad perpetua y sincera.

Espera su contestación lo más pronto su afectísimo apasionado


El Amigo de El Pensador[29]

 
 


[1] Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui [cf. nota 6 a Palo de ciego], año de 1812. Fernández de Lizardi contesta en Respuesta de El Pensador al Amigo visitante. Cf. Obras X-Folletos, pp. 71-74.

[2] En Respuesta de El Pensador al Amigo visitante Fernández de Lizardi agradece las “sinceras y comedidas expresiones” con que lo favorece. Ibidem, p. 71

[3] Las preguntas que le hacían a El Pensador eran de muy diversos temas.

[4] va de cuento. Expresión familiar que sirve para dar principio a la narración; Fernández de Lizardi lo usa en Denuncia de los caballos que faltan por presentar. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 21.

[5] El día de Todos Santos se celebra en México el primero de noviembre. Por esta razón suponemos que este folleto se publicó en días posteriores a esa fecha.

[6] Fernández de Lizardi escribe en su Respuesta de El Pensador al Amigo visitante: “Sin duda sería a usted muy satisfactorio el rato que estuvo en la visita de mi señora la condesa de la Unión, mediante las diferentes ideas que la han inspirado estos tres honrados eclesiásticos; conozco así a su señoría como a la niña Matilde, sin serme extraña la figura ni natural de la etiopisa Eugenia”. Cf. Obras X-Folletos, p. 71. Estos personajes sirvieron de inspiración a Lizardi para escribir La Quijotita y su prima, este personaje corresponde a Eufrosina, madre de Pomposa, en la novela. Cf. Obras VII-Novelas.

[7] la respondí. El laísmo era frecuente en la época. Fernández de Lizardi se ocupa de este fenómeno lingüístico en un folleto de 1820 titulado Quien llama al toro...: “tatita [se refiere al autor de Piénsalo bien, folleto publicado en el volumen II de esta Antología], este rigorismo [contra el laísmo] es propio en la poesía, no en la prosa, donde es indiferente el artículo le o la para el género femenino. Oiga usted, no a mí, sino a nuestra maestra la Academia. [...] El añadir al dativo el le o les, lo tiene usted por un crimen gramatical. Pues estudie la Gramática castellana, y verá que dice en la parte 2, capítulo 2, artículo 4, página 260: ‘Muchas veces es necesario repetir el pronombre en dos distintas terminaciones antes o después del verbo para dar mayor claridad a la expresión, y así se dice: a mi me consta la verdad; cónstate a ti lo cierto; a sí se hace el daño; hácese a el perjuicio; a él le parece bien, y aún algunas veces se juntan las terminaciones de un pronombre con el verbo, como cuando se dice: Yo me culpo a ; tú te alabas a ti; él se desprecia a .’” Cf. Obras X-Folletos, p. 241.

[8] Que fuera “negra” aclara el uso que hizo Lizardi de etiopisa, expresión usual en los siglos XVI y XVII en España (Cf. fray Juan de los Ángeles, Obra mística, y Lope de Vega, Roma abrasada), que extiende el gentilicio de los naturales de Etiopía a los negros.

[9] Fernández de Lizardi objeta en su Respuesta de El Pensador al Amigo visitante: “No soy amigo de Eugenia. Por tanto, y por conocer su natural sedicioso y chismoso creo muy bien que ella era la causa de todo alboroto. Sin embargo, muchas veces, acá a mis solas, atribuía las faltas de Matilde a las imprudencias de su madre.” Cf. Obras X-Folletos, p. 72.

[10] Fernández de Lizardi ratifica que la condesa era “vieja”, Idem.

[11] En La Quijotita corresponde al padre de Pomposita, Dionisio Langaruto, que también fallece.

[12] Fernández de Lizardi aclara en Respuesta de El Pensador al Amigo visitante: Matilde “amaba a la condesa como a su madre y resentía sus operaciones como de madrastra; agradecía los buenos oficios que alguna vez le había hecho, y lloraba las amarguras y malos ratos que recibía. De esta confusión se valió la cizañera negra para contentar su maldito espíritu, y fue tanto lo que ponderó a Matilde las ingratitudes de su madre, que logró que ésta la diese un crédito ciego a cuanto la decía.” Más adelante agrega que a la sugerencia de su hija de no malgastar el dinero y de que ella, siendo su hija podría trabajar, respondió: “Yo soy tu madre y te mando; tú eres mi hija y sólo te toca obedecer. No quiero que trabajes en nada, y así te vestirás de lo que yo quisiera, y más que los franceses o los turcos se lleven el dinero, y tú y yo nos quedemos por puertas, ¿qué te importa? ¡Bonita soy para sufrirte tantas libertades!” Cf. Obras X-Folletos, p. 73.

[13] boleras. Baile al son del bolero, aire español de compás ternario y movimiento reposado.

[14] Según Fernández de Lizardi en su respuesta Matilde dijo a su madre: “ya yo soy grande, nada tonta ni desaplicada, ¿me da usted licencia para que aprenda a tejer mis blonditas y muselinas, hilar mis medias, y hacer por mi mano todos mis utensilios?” Cf. Obras X-Folletos, p. 73. Las blonditas eran encajes de seda para adornar la ropa, y las muselinas una tela de lana. También se usaban las llamadas “bretañas”, lienzo fino fabricado en Bretaña.

[15] Uno de los lugares donde se expendían ropa y telas era el Parián, ocupaba un cuadrilátero en el ángulo suroeste de la Plaza Mayor o Plaza de la Constitución.

[16] no se acuerda el padre prior y la madre abadesa de cuando fueron novicios. Equivale a “no se acuerda el guardián de cuando fue lego” y “no se acuerda el maestro de cuando fue aprendiz” y “no se acuerda el cura de cuando fue sacristán”. Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios..., p. 337.

[17] curadores. Personas elegidas o nombradas para cuidar de los bienes o negocios del menor, o del que no está en estado de administrarlos por sí.

[18] san Hipólito. Hospital de locos. La iglesia, el convento y el hospital de San Hipólito fueron una sola cosa. Su fundador, Bernardino Álvarez, obtuvo los terrenos junto a la ermita para la construcción del hospital, actualmente Hotel Cortés sobre la Avenida Hidalgo.

[19] El 13 de agosto se llevaba el pendón de Hernán Cortés desde la Iglesia y Hospital de Jesús María hasta los de San Hipólito, en celebración de la caída de la gran Tenochtitlán. En Vida y entierro de don Pendón (1822), Fernández de Lizardi ironiza el paseo de “don Pendón”. Cf. Obras XII-Folletos, pp. 107-113. El 13 de agosto de 1528 Cortés ordenó el Paseo del Pendón, que fue la primera festividad cívico religiosa que se llevó a cabo en la ciudad de México; sin embargo, en 1745 había decaído tanto la fiesta que la corte ordenó castigar con multa a los que no asistieran. “Entre los detalles curiosos que existen sobre el paseo, debemos mencionar el siguiente: sucedió varias veces, que como en el mes de agosto en que se celebraba solían caer fuertes aguaceros, la comitiva entraba en los portales o en algún zaguán, sabido esto por el virrey, ‘vino una orden estrechísima, mandando que ni el Regidor con el Pendón, ni los Ministros de los tribunales pudiesen guarecerse del agua en casa alguna, sino seguir a su destino, y así se ejecutó’. A pesar de tan severas disposiciones, encaminadas sin duda a darle mayor brillo y esplendor a la fiesta en más de una vez estuvo a punto de acabar [...]. Vino sí a ser ridícula, ‘cuando el paseo se hacía ya en coches, y no a caballo, y el Pendón iba asomando por una de las portezuelas del coche del Virrey’”. Luis González Obregón, México viejo (época colonial)..., pp. 55-56. El 7 de enero de 1812 fue abolido el Paseo del Pendón por las cortes españolas, desde esa fecha hasta la consumación de la Independencia fue reducido a una simple función religiosa con asistencia del virrey o de las autoridades. Éste sería el golpe de gracia dado a dicha festividad, sin embargo hubo uno antes, en septiembre de 1810, cuando Miguel Hidalgo enarboló un óleo de la imagen de la virgen de Guadalupe como estandarte y bandera de los ejércitos de los insurgentes, esa fue “la primera estocada al Paseo del Pendón”.

[20] Tabasco. Estado de la República Mexicana en la parte sur del Golfo de México, por el norte lo limita el Golfo de México, al sur Chiapas y Guatemala, y al oeste Veracruz. El sistema fluvial tabasqueño es el más importante de la República. En 1519 en la selvas de este estado Hernán Cortés ganó su primera batalla; tomó posesión del país en nombre del rey de España y aceptó del cacique el regalo de veinte esclavas, entre las que se contaba la Malinche.

[21] Durante los siglos XVI y XVII las ejecuciones públicas se llevaban a cabo en la Plaza Mayor (Cf. nota 23 a [Críticas a las poesías...], en este volumen); para el siglo XVIII y principios del XIX las ejecuciones se trasladaron a la Plazuela o Plaza de Mixcalco. Situada hacia atrás de Palacio Nacional, entre las calles de Guatemala y Soledad, antes de llegar a Anillo de Circunvalación. En época de Venegas fueron ahorcados Ignacio Cataño, Antonio Ferrer y Antonio Rodríguez Dongo y otros implicados en la conspiración para apoderarse de este virrey. Cf. Remedios contra la Liga que ya tenemos encima en Obras XII-Folletos, pp. 651-659 e Impugnación que los gatos Barbilucio y Machucho hicieron del papel titulado: Si los liberales no dejan la lenidad, perece la república, o cuatro palabras a El Pensador Mexicano, cf. Obras XIII-Folletos, pp. 31-59. Otro lugar de ejecuciones fue el Ejido que en aquel tiempo estuvo al poniente de la ciudad de México. “Las plazas y plazoletas llenas de baches y charquetales, cuando no servían de mercados, como la Mayor; de baratillo, como la de la Cruz del Factor; de sitio a coches y carros como la Santo Domingo; para horca o picota, como la de Mixcalco; de quemadero de la Inquisición como la de San Diego, o de coso taurino como la del Volador, veíanse pobladas de barracones con una gran tina de pulque en el centro”. Cf. Luis Castillo Ledón, “La ciudad de México a fines del siglo XVIII”, en Artemio de Valle Arizpe, Historia de la ciudad de México..., p. 485. La Plaza de Mixcalco situada hacia atrás del Palacio Nacional, quedaría entre las calles de Guatemala y Soledad.

[22] Ozumba de Alzate. Municipalidad en el distrito de Chalco, Estado de México. Su terreno es muy accidentado, pues ocupa la falda este del Popocatépetl. Perteneció al señorío de Chalco en la etapa prehispánica. Se le agregó “de Alzate” en recuerdo del sabio astrónomo José Antonio Alzate que allí nació en 1729.

[23] cotonías. Tela blanca de algodón comúnmente labrada de cordoncillo.

[24] Puebla. Estado de la República Mexicana, fundado en 1531; la ciudad fue fundada el 30 de abril de 1530 por fray Toribio de Benavente, quien en 1532 delineó la ciudad y se empezó a construir. Los límites del estado son: al norte y al este Veracruz, al oeste Hidalgo, Tlaxcala, México y Morelos; al sur Guerrero y Oaxaca. Fue un importante centro comercial e industrial por su posición geográfica entre México y el puerto de Veracruz.

[25] túnicos. Las definiciones que figuran en los diccionarios de la Real Academia, Santamaría, Malaret y otros no son aplicables al túnico de los tiempos de Fernández de Lizardi, a juzgar por las sátiras que se leen en el Diario de México, e incluso por lo que Fernández de Lizardi escribe en diversas composiciones, el túnico era el vestido femenino a la moda francesa, de los primeros tiempos del Directorio a los primeros años del Imperio, tardíamente llegada a la Nueva España. Por extensión, durante algunas décadas siguió aplicándose ese nombre a los vestidos femeninos en general, aunque ya no fuesen en forma de túnico, sino compuestos en corpiño y falda muy ancha.

[26] Coliseo Viejo. Construido por los religiosos de San Hipólito junto al Hospital Real (en la actual cuarta calle de Bolívar). Su primera representación fue la noche del 19 de enero de 1722. Se incendió y los religiosos construyeron uno nuevo en 1725, en la calle que se bautizó como del Coliseo Viejo (hoy 16 de septiembre). Poco duró éste, pues se deterioró y fue demolido, levantándose otro en 1732. Por más de veinticinco años fue el principal teatro de Nueva España. El 6 de febrero de 1752 se inició la construcción del Coliseo Nuevo, estrenado el 25 de diciembre de 1753, situado en la calle del Colegio de Niñas, hoy Bolívar. Después llamado Teatro de México.

[27] Libertad de imprenta. El primer decreto sobre libertad de imprenta es de 10 de noviembre de 1810; el segundo de 10 de junio de 1813, que modifica y amplía el primero debido a los “varios recursos y consultas” hechas a las cortes generales y extraordinarias sobre la materia. En la Constitución de 1812, el artículo 371, capítulo único del título IX se registra la libertad de imprenta. El 5 de diciembre de 1812 el virrey Venegas suspendió esta libertad, misma que fue restablecida el 19 de junio de 1820 por el virrey Ruiz de Apodaca. Fernández de Lizardi dedica el primer número de su periódico El Pensador Mexicano a hablar sobre la libertad de imprenta, que le permite publicarlo. Cf. nota 5 a Primer número de [El] Juguetillo, en este volumen.

[28] histérico y flatos. Además del sentido usual de las palabras, la primera significaba útero o matriz y la segunda, melancolía, tristeza, orgullo y presunción. En el Semanario económico de noticias curiosas y eruditas, sobre Agricultura y demás artes, oficios, & [Cf. nota b [Palabritas al autor...], en este volumen] número 1, tomo I, p. 4, se publicó un “Tratado del afecto histérico” en que se consigna: “Ella es una enfermedad que recopila quantos síntomas traén consigo todas las demás que atormentan al cuerpo humano, y que solamente se conoce baxo el nombre de afecto histèrico en las mugeres, y de afecto hipocondríaco en los hombres” en las primeras “tienen su causa en la matriz, y los segundos en los hipocóndrios, que son las partes laterales puestas debaxo de las costillas sobre el hígado y bazo”.

[29] El Amigo de El Pensador. En este texto y en la respuesta de Fernández de Lizardi es identificado como Don Prudente. Tanto Rocío Meza Oliver y Luis Olivera López en Catálogo de la Colección Lafragua... 1811-1821, p. 32. cuanto María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez, Diccionarion de seudónimos..., p. 54, identifican este seudónimo con el propio José Joaquín Fernández de Lizardi.