LA PRENSA LIBRE[1]

 

 

 

Señor Pensador: El suceso que refiere el artículo comunicado inserto en El Conductor Eléctrico número 18, y dirigido por J. G. T. P.,[2] tiene parte de verdad, y en lo demás comprehende una impostura. Al presentarse la primera vez en mi casa contó que en las otras dos imprentas no le habían querido imprimir el papel y, avisado de esta circunstancia, di orden para que no se le admitiera; pero que se tomara un pretexto para que desistiese de su pretensión. En consecuencia, el administrador[3] le hizo la segunda cita, y cumplida le propuso la impresión a medias: convino en dar la tercera parte, y remitido a mí le contesté secamente que no. Es falso se le dijese que había de erogar los gastos y lo demás que refiere de las cartillas.

En negarme a imprimir el papel no le inferí agravio. Las imprentas son oficinas de determinada industria para servir al público en las personas que lo necesiten, y lo paguen por medio del contrato innominado facio ut des.[4] Quiere decir que el dueño estará obligado a imprimir en general y no precisamente las obras de determinada persona, por depender hacerlo de su voluntad. El comerciante debe vender; mas no agravia si excusa dar sus efectos a señalado sujeto. Lo mismo que acontece a los artesanos. Esta libertad corrobora la que tienen todos los autores para elegir la imprenta que más les guste para imprimir sus obras; a la manera que el consumidor de cualquier otro renglón tiene arbitrio para comprarle de la tienda que más le guste por estar mejor, más barato, más cerca de su casa, etcétera. La Constitución[5] no altera estos principios: la libertad de la imprenta[6] es cosa muy diversa.

¿Pero por solicitar imprimirle a medias con el autor, incurriría en algún exceso? Ciertamente que no. Los actos voluntarios no sufren fuerza, y el contrato de compañía es de los que se perfeccionan con el consentimiento de los interesados, siendo la ley principal a que se atiende. Yo como impresor puedo proponer cuantas compañías me parezcan; y si los interesados se avinieren a mis propuestas, en nada pecaré. En la Europa toda, y en las ciudades más civilizadas, los impresores y compañías de mercaderes compran las obras a los autores que las quieren vender, y las imprimen de su cuenta. En unas ganan y en otras pierden, y sufren con resignación el quebranto. Con otros se componen por pensiones mensuales, o por cada papel; con otros se avienen a imprimir a medias de utilidades y pérdidas, y finalmente imprimen otras, siendo de su cuenta los gastos de la edición y las utilidades partibles por mitad, o dando sólo una tercera parte al autor. Ninguno de estos contratos es reprobado: ¿pues por qué ha de ser ilícito a mí lo que a otros es permitido por justo?

No es de extrañar ignore estas prácticas quien no sabe la definición del hurto. Yo no me tomaba su obra, ni las utilidades que produjera, contra la voluntad de su dueño para lucrar. La prueba consiste en que, aun suponiendo el hecho como lo refiere, se exigió su consentimiento, y convenía en dar la tercera parte. En su arbitrio quedó admitir, o no admitir, y llevarse su papel a otra oficina: conque ni hubo fuerza, ni se desatendió su voluntad; antes por el contrario, ella decidió la cuestión.

Para demostrar que la propuesta fue un pretexto para no imprimirle el papel, sin más motivo que no haberlo querido hacer las otras imprentas, apelo al testimonio de todas las personas que confiaron la impresión de sus obras a mi oficina: que digan ¿si se les ha puesto traba directa o indirecta?, ¿si se les ha exigido parte en las utilidades, o se les ha gravado de alguna otra manera? En ella se han vendido sin cargarles premio por este trabajo, que es bastante gravoso por la precisión de dar cuentas y hacer apuntes. Al propio tiempo del pasaje, se imprimían los papeles siguientes: Carta de un Constitucional,[7] Respuesta al Duelo de la Inquisición,[8] Victoria de un Americano,[9] Través de la razón,[10] Jaleo,[11] Proclama a los insurgentes,[12] Quejas de los chupadores,[13] Casa de locos,[14] Viaje de fray Gerundio a la Nueva España.[15] Digan su autores del modo que se les ha tratado, y si se les ha hablado una palabra siquiera sobre compañía y utilidades.

La circunstancia de que había de erogar los gastos de la impresión es impostura. Para hacerle propuesta tan irritante y tan injusta, era preciso creerle destituido de toda instrucción. ¿Y qué?, ¿no choca que, habiendo sido tantos los papeles que se han impreso en mi casa, hasta ahora sólo a J. G. T. P. sea el que se le propusiera esa compañía leonina? ¿Si será por ser el de más fama, y que más hace sudar las prensas? ¿Si pretenderé enriquecer por abreviatura con las producciones de su fecundo, sobresaliente y único ingenio?

Se le escondió a su sagacísima penetración que no ha de haber una persona siquiera que crea que en una imprenta se le dijese lo de las cartillas, por ser en donde mejor que en ninguna otra parte se debe saber que aún subsiste el privilegio, como todas las demás rentas públicas, hasta tanto dispongan otra cosa las Cortes. Con esta falsedad pretendió sostener la otra; mas fabricó en el aire, del modo que lo hacen siempre los que proceden dirigidos de la rabia y la cólera.

Por estas reflexiones tan obvias y sencillas, conocerá el público la ninguna justicia con que se satiriza mi conducta, y que las declamaciones de J. G. T. P. son únicamente efecto de sus pocos conocimientos. ¿En dónde habrá leído que, por ser individuo del Ayuntamiento Constitucional,[16] no puedo contratar compañías en mi giro? Entonces resultaría que el empleo me arruinase, lo que es contra la mente de la Constitución. Tengo dadas demasiadas pruebas públicas de mi desinterés en todas líneas, de mi patriotismo y de la moderación con que procedo en cuanto manejo: no estoy pendiente de raterías para vivir, y puedo señalar testimonios indelebles de que mi delicadeza es conocida, como lo ha sido en todo tiempo mi reputación y buen nombre. Los presentaré, si fuere necesario, para que el autor sepa que no tengo por Dios a mi vientre; y sí que, por el contrario, las urgencias públicas y las privadas son las que arrebatan mi principal atención.

 

Alejandro Valdés[17]

 
 


[1] [México] Alejandro Valdés. En su Oficina, año de 1820. Se da gratis. 4 pp.

[2] J. G. T. P. Fernández de Lizardi inserta un Comunicado en El Conductor Eléctrico número 18: “Señor Pensador. Amigo mío, cada día nos ponemos en peor estado, pues la libertad de imprenta que sabiamente nos tiene concedida la Constitución para que nos quejemos de los tiranos y déspotas, intentan suprimirla algunos egoístas, que ya en sus papeles públicos, ya en sus conversaciones privadas o en el sagrado púlpito declaman tenazmente contra esta libertad que tanto les incomoda. En el número de estos serviles debemos contar igualmente algunos impresores que, debiendo ser los más liberales y coadyuvar a la ilustración del público, son los más infractores de la ley, poniendo trabas injustas a los autores, pretendiendo aprovecharse del trabajo ajeno, como lo acredita el pasaje que me sucedió en la imprenta de un señor regidor. Quise elogiar por medio de un papel a un escritor que ha merecido la estimación del público [El autor de El Indio Constitucional. México, 1820, 2 partes, en 4°, 8 pp. 100 pts.], y habiendo andado las tres imprentas de esta capital, suplicando con toda sumisión me hiciesen el favor (por mi dinero) de imprimírmelo: en una me dijeron no hay lugar; en otra, estamos muy recargados con los actos y otros papeles del gobierno; fui por último a la esquina de Tacuba, se me emplaza para la semana entrante; ocurro en efecto en el día citado, y se me dijo que hasta el miércoles 16 no había esperanza; vuelvo a reiterar mi súplica el mismo día, y me encuentro con una resolución que debe confirmar el concepto que usted tiene formado, y servir de escándalo al público, pues me dice el administrador estas viles palabras: tengo orden del amo que el autor que quiera se le imprima su papel, a más de pagar sus justos y estipulados costos, han de ser divisibles las utilidades que le resulten con el dueño de la oficina, porque más cuenta nos tiene imprimir cartillas (para lo que ya hay licencia) que esos papeles que únicamente nos dejan una ratera utilidad. ¿Qué le parece a usted, señor Pensador, será éste el ejemplo que nos debe dar un padre de la patria, amante a sus conciudadanos? ¿Será éste el modo de desempeñar el honroso cargo que el público le ha confiado? ¿Será éste el medio de desterrar las felonías que por tantos años nos han oprimido, cuando él mismo las fomenta?, y finalmente ¿se conformará este proceder injusto con el de un verdadero católico que profesa la religión santa de Jesucristo, y que debe tener presente los preceptos del Decálago, en que se nos prohíbe el hurtar? ¿Y si de un simple ciudadano nos es tan odioso semejante procedimiento, cuanto más será de un individuo que está comprendido en el excelentísimo Ayuntamiento? Volvamos a nuestro cuento, propongo la tercera parte de la utilidad que ya usted sabe dejan 500 ejemplares de medio pliego (esto si se venden) y no contento con este injusto lucro, me respondió, ya no el administrador sino el mismo dueño, que no; salgo de allí tostado, no sólo porque se me exigía que pagara lo que no es justo ni costumbre, sino por el despótico modo con que fui tratado. Pero basta de digresión y concluyo diciéndole a usted que más gravoso nos es la bárbara revisión que pasamos con algunos administradores de imprenta que la censura que anteriormente sufríamos, y que con esas injustas gabelas que pretenden imponernos algunos avarientos, se perjudica en gran manera a los escritores y al público que carece de sus luces, aprovechándose únicamente los verdaderos egoístas; pero yo vengaré a los autores que con tanto trabajo han conseguido publicar sus pensamientos, y seré un continuo vigía de lo que suceda en las imprentas dando cuenta al público de todo, asegurado con la inviolable ley de la bien guardada libertad de imprenta. Entre tanto a los egoístas les regalo este versito. Duremos lo que duremos/ Dios a nuestro vientre hagamos,/ comamos hoy y bebamos/ que mañana moriremos. Queda de usted su afectísimo servidor que besa su mano. J. G. T. P. NOTA. Los editores públicos no son responsables de las opiniones ajenas que estampan en sus periódicos y que deben estampar con imparcialidad, siempre que no sean contra la religión y queden asegurados con las firmas de los autores.” Cf. Obras IV- Periódicos, pp. 383-385

[3] Fernández de Lizardi sostuvo una disputa con el administrador de la imprenta de Mariano Ontiveros, porque se negaban a imprimirle según previo acuerdo, al respecto escribió: “me peleo con el administrador porque éste, justamente, me hace presente lo recargada que está la casa de trabajo, y que no puede darme cumplimiento para el día que se me antoja; le digo un atajo de desvergüenzas, lo incomodo, y ya no hay Conductor : por esta causa, añade, que he faltado nada menos al respetable público de México.” Idem. Fernández de Lizardi en su Conductor Eléctrico núm. 22 titulado Aviso al Público, sobre despotismo de imprentas dice: “Estamos en el caso de que si los jueces constitucionales no saben o no quieren hacer justicia, se suspenda este periódico, porque el administrador de la imprenta de don Mariano Ontiveros no quiere continuar imprimiéndolo, sin más razón que porque NO QUIERE o porque NO QUIERE SU AMO, y ya se sabe que un no quiero es palabra castellana, aunque impolítica. Sosténgame y sostendré en juicio que no hay un motivo justo para desecharme, si ya no es que califica por justo el despotismo privado cuando se declara contra el público. Probémoslo. Se me da por casual para no imprimir mi periódico el que la imprenta tiene mucho que hacer y están muchos papeles rezagados, y que así ya no se me imprima, se les dará curso, como si en la dicha imprenta no hubiera sino una caja de letra, un cajista y una prensa, y yo diera dos pliegos diarios, de suerte que ocupara mi periódico toda la letra, prensas y oficiales. Es muy difícil, señor De Paredes, alucinar a los que hemos estudiado lógica y ponemos nuestros argumentillos en bárbara, y más difícil aturdir con esas espaciosidades a un público ilustrado como el de México. Responda usted si no, por la prensa, qué motivos justos alega para singularizarme y despedirme de la casa que administra, porque el que dice, no pega. ¿Será porque reclamo que se me entreguen a tiempo oportuno mis ejemplares? ¿Será porque he devuelto, aunque nunca he cobrado, varios pliegos rotos, sucios y cabalgados?¿ O será porque puse un Artículo comunicado acerca de una imprenta y a seguida increpé las excepciones, arbitrariedades, etcétera, que a todos nos consta saben ustedes cometer cuando quieren? ¿Por qué será, amigo mío? Creo que por algo de esto o por todo.” Cf. Obras IV-Periódicos, p. 405.

[4] contrato facio ut des. Entiéndase que es un contrato por consenso y que significaría “te lo doy para que lo imprimas” o bien “te lo doy para que lo hagas” en el sentido de que los impresores no están facultados para imprimir a discreción, sino obligados por el pago.

[5] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[6] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[7] F. F. F., Carta de un constitucional de Méjico a otro de La Habana. México: Reimpreso en la Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp. Fechado en México el 7 de junio de 1820. Censura a los infractores de la Constitución. Otro folleto titulado “Carta de un constitucional a su amigo sobre la Constitución”, insertándole el decreto de libertad de imprenta, se menciona en N. F. P. R Aviso importante a los señores gefes superiores militares, al público y a las oficinas de imprenta, [Puebla], Imprenta de Pedro de la Rosa, [1820] 1 p. Cf. Meza Oliver y López Olivera, Catálogo de la Colección Lafragua..., pp. 197 y 223, respectivamente.

[8] El autor se firma como Un Amigo de Liberato Anti-Servilio, Respuesta al Duelo vindicado. México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp., que responde al folleto El duelo de la Inquisición vindicado firmado por Un Doliente de la Inquisición y afecto de la obra del Duelo, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8pp. Fernández de Lizardi entró a la polémica en el núm. 15 de El Conductor Eléctrico titulado Paño de lágrimas para un doliente de la Inquisición y afecto de la obra del duelo. Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 357-362. En este volumen publicamos la polémica con José de San Bartolomé en los cuatro números de El Teólogo Imparcial, en los cuales discute con Fernández de Lizardi.

[9] Se refiere al folleto firmado por Un Americano, por Todos, Victoria del Americano contra el Europeo duelista, y contestación al papel titulado: Desafío del europeo al americano, por El Amigo de Todos. [México]: Oficina de Alejandro Valdés, [1820, 4 pp.] Fechado en México el 12 de agosto de 1820.

[10] Se refiere seguramente al folleto: El través de la razón. Conservador matritense núm. 7 y 15. Diálogo entre A y B. México: Reimpreso en la Oficina de Alejandro Valdés, 1820. 4 pp.

[11] J. J. D., Jaleo al Liberal de Puebla y falsos escritores. México, Oficina de Juan Bautista de Arizpe, 1820 [4 pp.] Combate la opinión de varios escritores que culpaban al virrey Apodaca de entorpecer el cumplimiento de la Constitución de Cádiz. El Jaleador, Jaleo al Impertinente. México, Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 4 pp. Impugna las murmuraciones de El Impertinente. Cf. Meza Oliver y López Olivera, Catálogo de la Colección Lafragua.., pp. 210 y 214.

[12] Probablemente se refiere al folleto firmado por El Americano Liberal, J. V., Proclama de un americano a los insurgentes y demás habitantes de Nueva España. Méjico, Imprenta de Alejandro Valdés, 1820 [4 pp.] Fechado en México el 1° de agosto de 1820. En él exhorta a los insurgentes a deponer las armas pues Fernando VII había jurado la Constitución. Ibidem, p. 176.

[13] Firmado por Los consumidores de puros y cigarros, Quejas justas de los chupadores. México: Imprenta de Alexandro Valdés, 1820. 4 pp.

[14] Publicamos en este volumen La casa de la demencia, o los políticos locos, firmado por J. M. R. H.

[15] A. A. A., Viaje de Fr. Gerundio a la Nueva España. Contiene sus descubrimientos literarios. México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1820, 16 pp. Refiere el itinerario y las peripecias de viaje de Manuel Agustín Gutiérrez, que se dirigía a África. Cf. Meza Oliver y López Olivera, Catálogo de la Colección Lafragua..., p. 171.

[16] ayuntamiento constitucional. Cf. nota 25 a Apuntes para la Historia, en este volumen.

[17] Alejandro era hijo de Antonio Valdés y Munguía (1742-1814), su nombre completo era Alejandro Valdés y Téllez Girón. En 1764 imprimía para el Colegio de San Ildefonso; después trabajó en el taller de Felipe de Zúñiga hasta 1807. En 1808 fundó su propio taller. “En 1821, la oficina de Alejandro Valdés estaba en la calle de Santo Domingo. En octubre de ese año la regencia del imperio le encomendó las impresiones del gobierno, y el establecimiento tomó el nombre de la Imprenta Imperial, que conservó hasta 1822, ya que el gobierno adquirió las oficinas de José María Ramos Palomera. Alejandro Valdés quedó en posesión del título de impresor de cámara de S. M. J. Por los interesantes servicios que ha prestado en su oficina, que llevará el título de Imperial, como que siempre se cuenta con ella para el más cumplido desempeño de los asuntos de gobierno”. Noticioso General, 27, 30 dic. 1822. Nicolás Rangel escribió que de 1833 fueron los últimos impresos con el nombre de Alejandro Valdés. Cf.  Antología del Centenario, II, p. 1035.