LA CÓMICA CONSTITUCIONAL A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

 

Vaya, señor Pensador, que apostaría yo una tunicela[2] de color de felicidad que estrene el día de la jura de la Constitución,[3] a que entre tantas baratijas como ha pensado y piensa cada día, jamás le pasó por la imaginación[4] el que podía llegar un momento en que lograse usted la dicha y la completa satisfacción de que una actriz del teatro de México tomase la pluma para dirigirle la palabra, y comunicarle sus cómicos pensamientos.[5]

En efecto, querido, como de Pensador ha ascendido usted a consultor general, o por mejor decir, a oráculo, pues todo el público le consulta como a tal; me ha parecido, después de nombrar a usted como desde luego lo nombro por la presente, mi consultor de cámara y mi secretario favorito, repito que he tenido la bondad de hacer a usted una Preguntilla suelta,[6] ahora que todo el mundo tiene libertad de dar a la prensa sus producciones,[7] hasta los que no saben escribir.

Es el caso que anoche en la guarda-ropa se ofreció una reñidísima disputa que comenzó en el primer intermedio, se continuó en el segundo, y que aun después de concluida la comedia no se pudo finalizar.

Dio motivo a la disputa el anuncio de la comedia de hoy, en que quería uno de mis compañeros se extinguiese el título de señores, que hasta aquí se nos ha dado, sustituyendo el de don en su lugar. Decía, y decía muy bien en mi concepto, que se debían contar los cómicos en el número de los ciudadanos; y siéndolo ¿por qué (repetía con el mayor entusiasmo cómico) no hemos de gozar de todos los privilegios de tal? Luego de justicia se nos debe dar el don, o de lo contrario que se nos declare solemnemente excluidos de aquél número, e ínterin que esta declaración no se haga, estamos en posesión de los derechos de ciudadanos. Veamos en la Constitución si lo somos, si acaso estamos comprendidos entre los que pierden estos derechos, o por lo menos si por ser cómicos estamos suspensos del ejercicio de ciudadanos.[8]

Nada de esto, todo lo contrario aparece de la sabia Constitución, a pesar de que algunos de mis compañeros defiendan lo contrario, creo que más bien que por espíritu de servilismo, por aquel temor infundado que tenemos todavía por no estar acostumbrados aún a ser ciudadanos libres.

He aquí, señor Pensativo, el caso y el motivo de nuestra disputa, y al mismo tiempo la causa que ha proporcionado a usted de un golpe tantos bienes cuantos no era capaz de imaginarse; pues se halla repentinamente condecorado con los honrosos y brillantes títulos de mi consultor de cámara, de mi secretario favorito, y al mismo tiempo va a entablar tal vez una correspondencia acaso con la más pintada de las actrices del teatro mexicano.[9]

A consecuencia de todo espero una respuesta decisiva y fundada sobre el particular, y en caso de que ésta sea favorable, como debe serlo, espero igualmente que no se quede sólo en conversación, sino que sin más dimes ni diretes, salida que sea a luz su opinión de usted, en el momento mismo se nos dé el brillantísimo título de don y que usted, sus amigos y nuestros conciudadanos nos sostengan en la posesión de nuestros derechos y... Mas, ¿qué digo?, si nosotros mismos no nos sostenemos, ninguno es capaz de hacerlo, me parece que ínterin usted contesta, bueno será que se comience a anunciar en estos términos; verbigracia, el primer intermedio se cubrirá con un terceto que cantarán los ciudadanos don Antonio Andrés Castillo,[10] don Juan López Extremera[11] y doña Mariana Gutiérrez.[12]

Parece una friolera el tal donecilllo, él, en sustancia, es un mero accidente, mas él solo es capaz de hacernos felices y de sustraernos de mil males que nos cercan tan solo por la falta de este accidente.

Y si no, dígame usted, mi amado Pensadorcillo, ¿no es una cosa muy chocante el que una pobrecilla de nosotras, que tal vez podría lograr un enlace cuando no ventajoso, al menos regular, por ese maldito capricho (que ha reinado hasta el día y gracias a la sabia Constitución ya desapareció) se nos prive de esta ventaja, condenándosenos o a casarnos con un pillo que nos haga infelices toda nuestra vida, o a vivir en mal estado con el sujeto que nos ama, porque éste no puede verificarlo aunque lo desee, por temer de perder su empleo, su reputación y todo cuanto un hombre tiene que perder?

Sea ejemplo nuestra primesa [sic] dama (comencemos a hablar a lo ciudadano), doña Cecilia Ortiz[13] que enlazada con un caballero,  que tuvo espíritu, por el amor que la profesaba, para arrostrar con cuanto se le opusiera, ¿no ha tenido este individuo que perder su grado militar, no ha vivido excluido de los empleos a que pudiera haber aspirado por sus talentos y su clase? Y ¿qué defecto se la pone[14] a la citada doña Cecilia? ¿no es una joven honesta, juiciosa y de cuya conducta cristiana y política nadie podrá decir nada en contra de su buen nombre?[15]

El público, justo apreciador del mérito y al mismo tiempo el crítico más severo, ¿se atreve acaso a sindicar[16] a esta joven? ¿No es ella el ejemplo, no sólo de las de su clase, sino aun (hablo sin pasión) de las damas de primer rango? Pues bien, y con las demás actrices no podría y debería suceder lo mismo encontrando enlaces tan honrosos como el de la joven Cecilia, y que por este medio contenidas viviésemos con honor al lado de unos caballeros que sabían que con nuestra mano no habían degradádose ni perdido sus honores, sus empleos y reputación.

Muy bien, mi carísimo Pensador, ya es tiempo de sacudir el yugo, estamos en la época feliz en que las preocupaciones se han ido a acompañar al despotismo, que ya fue desterrado a la isla de la ignorancia, y en consecuencia de todo e ínterin usted tiene la bondad de responder esta carta, digamos con toda la energía que nos inspira la libertad de que gozamos: Viva la Constitución Política de la Monarquía Española, y vivamos nosotros felices bajo sus benéficos influjos.

Es de usted, amabilísimo Pensador, su más efecta [sic] servidora a quien por ahora sólo debe conocer por la Cómica Constitucional, pues hasta la presente hemos tenido la desgracia de tener que ocultar nuestro verdadero apellido por causa de la preocupación.

 

J. M. M.[17]

 
 


[1] México: En la Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 1820, 4 pp. Fernández de Lizardi responde a este folleto en Respuesta de El Pensador a la Cómica Constitucional. Cf. Obras X-Folletos, pp. 229-235. El folleto empieza así: “Señorita [...] ¿conque usted se ha propuesto consultarme como un oráculo? [...]; pero así como yo tengo el honor de que usted se fíe de mí y me dirija la palabra, así usted tenga la satisfacción de que merece mi respuesta, porque son tantos los preguntones, públicos y secretos, impresos y manuscritos, que necesitaría tantas cabezas como las de la Hidra Lernea y tantas manos como las del gigante Briareo para responder a todos.” p. 229. La ley de la oferta y la demanda, implícita en la respuesta de Lizardi está basada en los conceptos que Adam Smith desarrolló en Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, refiriéndose a que la infamia limitaba el número de actores, y por consiguiente su paga era alta.

[2] tunicela. Pequeña túnica. Se llama también así la vestidura episcopal, a modo de dalmática, con mangas cortas aseguradas a los  brazos por medio de cordones. Úsase en los pontificales debajo de la casulla y de su mismo color.

[3] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[4] Fernández de Lizardi en su Respuesta de El Pensador a la Cómica... escribe: “Menos razón tiene usted para decir que se me ha obligado tratar esta materia. Lea usted el tercer tomo de mi Pensador Mexicano, y hallará impresos mil primores a favor de su opinión.” Cf. Obras X-Folletos, p. 234. La referencia a El Pensador Mexicano corresponde a el Suplemento al t. III “Juanillo y el tío Toribio” de 28 feb. 1814, que continúa el 7 mar. 1814. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 519-522 y 525-530. Ahí Fernández de Lizardi reconoce el esfuerzo de algunos autores y ataca a los que dirigen el teatro por su elección de malas piezas dramáticas. Afirma que se vilipendia a la actuación únicamente porque ha sido despreciada desde la Antigüedad. Así, aunque las habilidades de carniceros, zapateros, volantines, toreros y otros se alaben, en público se les envilece: “Ahora, ¿por qué hemos de envilecer a los cómicos, toreros, volantines y otros? ¿Por sus conductas morales o por sus ejercicios? Por sus conductas morales claro es que no; porque éstas o son buenas o son malas. Si lo primero, sería una torpeza decir que la conducta del cómico merece desprecio por ser suya; si lo segundo, por la misma causa despreciaremos y envileceremos a tantos que sin ser cómicos tienen tal vez una conducta más relajada.” Ibidem, p. 526.

[5] Si el autor es realmente una actriz y hubo de guardar el nombre, según anota, entonces sólo podemos dar una lista de posibilidades. Las actrices que dieron función en 1820-1821 fueron: Mariana Gutiérrez, Inés García, la Rodríguez, Dolores Munguía, Margarita Olivares, Ramírez, Juana Martínez (cuyas iniciales corresponden parcialmente), la Montenegro y la Peñalosa.

[6] Preguntilla suelta. Cf. nota 2 a Preguntillas sueltas, en este volumen.

[7] libertad de imprenta. Cf. nota 13 a Sermón político–moral, en este volumen.

[8] Fernández de Lizardi en su Respuesta de El Pensador a la Cómica... escribe: “Se queja usted de que a los cómicos se les quite el tratamiento del don. Tiene y no tiene razón en esto, señora mía. La tiene cuanto ni yo encuentro en toda la Constitución un artículo que excluya a ustedes de la clase de ciudadanos ni en toda buena política hay razón para semejante acepción [...] se les ha considerado como infames contra toda regla de justicia [...] los cómicos no cometiendo ningún delito no son infames. Esto lo defenderé a espada desnuda.” Cf. Obras X-Folletos, p. 229-230. Nuestro autor ya había tratado este tema en el año de 1812, en un diálogo en dos partes: La igualdad en los oficios. Diálogo entre un zapatero y su compadre y No es señor el que nace, sino el que lo sabe ser. O sea la continuación del Diálogo entre el zapatero y su compadre, sobre la igualdad en los oficios. Cf. Obras X-Folletos, pp. 61-64 y 65-69. También trató al respecto en su volumen de Fábulas: XII, “El herrador y el zapatero”, pp. 313-314; XIII, “La espada y el sombrero”, pp. 315-317; y la XXX, “El Martillo y el Yunque”, pp. 352-352; entre otras. Cf. Obras I-Poesías y fábulas. En 1823 publicó Fuera dones y galones y títulos de Castilla. Cf. Obras XII-Folletos, pp. 399-402. Sobre este tema véase el folleto siguiente en este volumen.

[9] Las únicas iniciales que se corresponden parcialmente con las del folleto son las de Juana Martínez, que trabajaba en 1827.

[10] Antonio Andrés Castillo. Cantante desde 1805 hasta 1826. El 9 de octubre de 1805 representó varias piezas y cantó arias y boleras. El 4 de noviembre de ese año, La polaca del astrólogo. El 4 de octubre de 1806 cantó boleras en una folla o diversión teatral compuesta de varios pasos de comedia en seis nexos, mezclados con otros de música.

[11] Juan López Extremera. Estuvo en varias funciones. En 1827 estuvo excluido del cuadro de actores: “Pasada la Cuaresma y venida la Pascua en qué quedaron con disgusto del pueblo, fuera del cuadro La Munguía, Fernández, Extremera, Garay, Amador y Herrera.” Cf. Olavarría y Ferrari, Reseña histórica del teatro en México 1538-1911, t. I, pp. 227-228.

[12] Mariana Gutiérrez. Olavarría y Ferrari asienta que para la función del 9 de septiembre de 1823 en el Coliseo se ejecutó “un aria escogida, por la ciudadana Mariana Gutiérrez”; ella misma dio función en el Palenque que fue de gallos el 9 de octubre de 1822, la Compañía cómica de Luciano Cortés participó en el intermedio con la comedia de cinco actos Aradín Barba Roja o los piratas en el bosque de los sepulcros, como parte de un terceto por Victorio Rocamora, Bernardo Contreras y ella misma. Ibidem, pp. 185 y 187.

[13] Cecilia Ortiz. Fue actriz y bailarina en la temporada de 1808-1809: “guapa y muy graciosa mujer de quien sus contemporáneos hacen así su retrato sindicada ‘gustábale lucir su garbo en la calle, y vestía por lo regular un traje corto y alto de talle, de muselina con olanes de tarjas, que le permitía lucir sus pies calzados con zapatos escotados de seda; casi siempre llevaba al cuello un grueso hilo de perlas con un pendiente de dos granos en figura de guaje, montado en diamantes rosas; los zarcillos eran de igual forma y figura que el pendiente; sujetaba el reloj a la cintura con un broche de oro, que remataba la sogilla, de un delicado trabajo de filigrana; llevaba con mucha gracia la mantilla de punto blanco, y solía cubrir sus hombros con un magnífico tapado de China, que recogía con la mano izquierda en la cintura a la moda de las majas españolas.’” En El Sol del 8 de noviembre de 1823, Erasmo Lujan publicó el siguiente romance heroico a raíz de la representación de El delincuente honrado: “la divina Cecilia, el gran milagro/ cómico, que reunir en sí ha sabido/ la tragedia, comedia, baile, canto.” Ibidem, pp. 187-190.

[14] se la pone. Cf. nota 7 a La visita a la condesa de la Unión, en este volumen.

[15] Fernández de Lizardi respondió en Respuesta de El Pensador a la Cómica...: “pone de modelo de virtud entre las actrices a doña Cecilia Ortiz. Ello está muy bueno que se merezca todos los elogios que usted le hace y más; pero está muy malo el que usted se singularizara con esta señorita. ¿No ve usted que no está en buena política hacer elogios semejantes a persona determinada en ninguna corporación que se halle, pues una es la agradecida y las demás las celosas?” Cf. Obras X-Folletos, pp. 234-235.

[16] sindicar. Acusar o delatar. Poner una nota, tacha o sospecha.

[17] J. M. M. En el Diario de México aparecen dos colaboraciones firmadas con estas iniciales, correspondientes a José María Madariaga. Podrían corresponder también a José María Moreno (1811?-1864), identificado por José María González de Mendoza. También tenemos noticia de un “Epitafio” inserto en Colección de Poesías, México, núm. 6, 1809, firmado por J. M. de M.