LA CIUDADANA A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

Señor Pensador: me parece que también a nosotras las mujeres nos debe comprehender la libertad de la prensa; pues, aunque pese a cierto señor Lavater,[2] de quien en otra ocasión me ha hablado mi marido, gozamos de la facultad de discurrir.

Y así, urgida del vivo deseo de ver remediadas ciertas cosas que me tienen en pecado, me determiné a escribir, a excusas de mi marido, porque aunque me da gusto en muchas cosas, en ésta temí que fallase: pues al buen señorito no sé qué diablos, desde que juró nuestra Constitución,[3] se le han metido en el cuerpo.

Pero no, no vaya usted a pensar que es por ser anticonstitucional: no, señor, Dios nos libre, es porque desde aquel día le persigue la arranquera,[4] pues era el pobrecito del cuño pasado. Ya usted me entiende.

Pero vamos al caso: determinada ya a escribir, no dudé un punto en la elección del sujeto a quien me había de dirigir, pues decía a mi sayo:[5] éste ha de ser de quien el público tenga un buen concepto, de quien se reciban bien sus reflexiones, quien esté impuesto de las costumbres de nuestra Corte, quien esté instruido de sus bandos y reglamentos. Y ¿en quién mejor que usted se han de encontrar unidas estas bellas cualidades? En cuanto reflexionaba tantito en cada una de ellas, brincaba en mi imaginación la idea de usted. Parece que al oído me decían: a El Pensador, a El Pensador.

Pues ya está hecho, señor mío. A usted y a usted sólo se han de dirigir mis cortas reflexiones; y si no le acomoda, ¿para qué descubrió su habilidad? Espero en su política que no despreciará las voces de una su conciudadana; y que, como amante de su patria, se dedicará no sólo al destierro de los errores, como hasta aquí lo ha hecho, sino que también al de muchos males físicos, pecuniarios y morales, que de la infracción de muchas sabias providencias vemos con dolor originarse cada instante.

Está patente mi fin: objeto que quiero ocupe la atención de usted para que, no cesando de dar cuartazos a los fernandinos[6] que se aparezcan, ni pescozones a los hermanitos del Entremetido de Puebla,[7] que tal vez resuellen, proponga usted en público dichos males con la gracia que le es característica, demuestre sus causas, y al mismo tiempo indique los remedios que halle por más oportunos.

De esta manera llegarán a los oídos de los sabios que nos gobiernan (que no pueden saberlo ni verlo todo) y se conseguirá su absoluto exterminio, tendrá efecto uno de los principales objetos de la libertad de imprenta,[8] usted llegará al colmo de la gloria que se ha merecido, y yo lograré la satisfacción de haber contribuido en algo a estos tan interesantes fines.

Pues manos a la obra. Le apuntaré a usted por ahora algunos en general; y si tuviere ésta buena acogida, seguiré especificando otros muchos. Ya comienzo, vaya por artículos:

1. ¿Qué le parece a usted de la venta de todos licores en las vinaterías las mañanas de los días festivos? Ellas efectivamente (aunque no siempre, ni todas) se están cerradas hasta la una; pero ¿qué importa, si por la trastienda, casa, o accesoria contigua, o valiéndose de una casilla de panadería, o cafecito, se expenden, que es un primor, desde las cinco de la mañana a todos, y en todas cantidades. Y esto es que decía un viejecito, tío mío, que había muchos, y buenos bandos para cortar estos abusos,[9] y los siguientes que notaré.

2. ¿Qué le parece a usted de estarse los borrachos en semejantes casas, todos los días por mañana, tarde y noche, como en la suya? Se unen los dos sexos, obra el chinguirito,[10] y ahí tiene usted mil pleitos, mil insolencias, y una multitud de cosas que la modestia no permite que se digan; pero esto principalmente en varias tabernitas, por no decir en todas, en las que por lo bajo viven de asiento[11] veinte o veinte y cinco borrachos, edificando a los vecinos, y calificando la ajustada conducta de los taberneros.

3. ¿Qué dirá usted de los tenderos que prestan sobre prendas? Hablo en lo común: prestan a puro ruego la cuarta parte, o tal vez menos, de lo que la prenda vale; hacen llevar la mitad de esta cuarta parte en recaudo, que es el peor, y la otra mitad le dan en tlacos;[12] llevan un real[13] en cada peso;[14] y lo peor de todo, que como no en todas dan boleto, por lo regular se pierden muchas. Daños que ya usted notó en su benéfico papel titulado: Aviso a los tenderos, y también a los marchantes;[15] del que en las más casas de este trato no hicieron caso, como ni del consejo que usted les dio, aunque les mostró usted con el Bando de 4 de mayo del año de [17]90,[16] que era lo mismo que estaba mandado por nuestro excelentísimo Revillagigedo,[17] virrey entonces de este reino.

4. ¿Y qué me dirá usted de los regatones,[18] que los hay en tanto número, causándonos tantos daños?

5. ¿Qué, de tantos animales respetables por su ferocidad y cuernos, de que por las mañanas temprano, y al pardear la tarde, se ven llenas nuestras plazuelas y calles?

6. ¿Qué, de tantas macetas que desde los balcones y ventanas nos amagan un golpe, o, a lo menos, nos ensucian con el agua que destilan?

7. ¿Qué, del agua inmunda, que por las ventanas y accesorias arrojan sin cesar?

8. ¿Qué, del riego de las calles, con agua de los caños, y del baño de los coches y caballos en las calles y pilas públicas?

9. ¿Qué, de la poca paciencia de los carretoneros[19] matutinos y nocturnos, que si no salen a regalarlos mientras tocan la campanilla, nos dejan con aquello en casa?

10. ¿Qué, del dejarnos los aguadores muchas ocasiones sin agua, por estarse escondidos de miedo de algunos soldados que, a golpes y sin pagarles nada, los llevan muy lejos con aquélla?

11. ¿Y qué de tantos perros que de día nos incomodan, y de noche no nos dejan dormir?

12. ¿ Y qué..., pero basten, señor Pensador, basten por ahora estos puntos en general. Ya le habré cansado la atención; sírvase usted perdonarme, que no ha de ser la última, si a ésta aprecia usted: yo le prometo que no he de dejar huesito que roer, porque tengo cuatro viejas que me cuentan y me ponderan todo lo que pasa. En el ínterin mande su afectísima servidora que su mano besa

 

La Ciudadana

 
 


[1] México: Impreso en la Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, 4 pp.

[2] Lavater. Médico de Zurich. En el Diario de México, t. XV, núm. 2041, 5 mayo 1811, se reproduce del Correo de las Damas el siguiente pasaje: “Apología del entendimiento de las mugeres. Dice el célebre Lavater: ‘Que la muger no tiene capacidad para pensar, que percibe y puede asociar ideas; pero no más’ No sé como Lavater, el sapientísimo y filosófico Lavater, formó una opinión tan derogatoria al bello sexo, y a sí mismo. Lavater no se asociaría íntimamente con mugeres, las conocería solamente de lejos, y formaría esta opinión encerrado en su gabinete, sin otros datos que las observaciones que haría de ellas en público. El verdadero carácter de una persona no puede conocerse con exactitud por medio de tales observaciones, y más difícil se hace este conocimiento en una época, en que la erudición es tenido por demencia, y la virtud y modestia por ignorancia; época en fin, en que las modas ranas nos gobiernan y hacen profunda impresión con su tiránica influencia.” En el Diario de México, t. XIII, núm. 1916, 31 dic. 1810 y en el t. XV, núm. 2183, 24 sept. 1811 se publicaron comentarios al capítulo 162 de su obra, Paris,“Palacio real”.

[3] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[4] perseguirle a uno la arranquera. Falta de dinero, habitual o pasajera. En Cuba, “pobreza suma, carencia absoluta de dinero que antes se ha tenido”. Santamaría, Dic. mej.

[5] decir a su sayo. Decir uno a, o para, su sayo una cosa. Frase fig. y fam. Recapacitarla, decirla como hablando consigo a solas.

[6] Cf. nota 12 a Censura de un Ciudadano..., en este volumen.

[7] En su folleto Pescozón de El Pensador al Ciudadano Censor, Fernández de Lizardi responde a la obra Censura de un Ciudadano a la carta instructiva en estos términos: “Vea usted por su alma y por su honor, pues ya dicen malas lenguas que usted es hermanito carnal de El Entremetido de Puebla y de otros entremetidos de otras partes.” Cf. Obras X-Folletos, p. 301. El Entremetido de Puebla es seudónimo de Diego Martín de Tovar Valderrama, autor de El Entremetido a los entremetidos, impreso en Puebla, y por su original en México: Oficina de Ontiveros, 1820, 4 pp. Critica dos folletos: El Ciudadano a sus conciudadanos españoles y Enfermedad y muerte desgraciada del pobre Entremetido, Puebla: Imprenta del Gobierno, reimpreso en México en la de don Alejandro Valdés, 4 pp.

[8] libertad de imprenta. Cf. nota 19 a Sermón político-moral, en este volumen.

[9] En Bando del virrey Venegas sobre licores, vinos, aguardiente y pulque, 27 sept. 1811, artículo 10 se lee: “Aunque aquellos no cierren su casa de trato en las mañanas de los días festivos, ni a la hora de la queda por las noches [diez]. Suplirá esta providencia la pena a que quedarán sujetos irremisiblemente por el hecho de vender un medio una quartilla en dichas horas vedadas”. Artículo 11: “Que qualquier vinatero, o dueño de pulquería, que por sí, o por medio de sus administradores contravinieren a las prohibiciones dictadas, sufrirá por la primera vez la multa de cincuenta pesos, fuera de las costas de la causa; por la segunda ciento, y por la tercera la de trescientos, con más la de la expulsión o separación del oficio.” Cf. Hernández y Dávalos, Colección de documentos..., t. V, pp. 906, 908.

[10] chinguirito. “El chinguirito era aguardiente hecho de miel de caña. Fue muy prohibido por la justicia [...], se publicaron bandos en su contra, cargando con muchas y rigurosas penas a consumidores y fabricantes, por lo que se elaboraba clandestinamente por temor a la Real Sala del Crimen, y a los alcaldes mayores y ordinarios que no cesaban en sus persecuciones; hubo hasta jueces especiales dedicados a su extinción y la gente les llamaba con burla capitanes del chinguirito.” Cf. Artemio de Valle-Arizpe, Historia de la ciudad de México..., p. 439.

[11] vivir de asiento. Estar uno de asiento. Estar establecido en un pueblo o paraje. Asiento, o contrata con el gobierno o público para la provisión o suministro de víveres u otros efectos.

[12] tlaco. Cf. nota 5 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[13] real. Cf. nota 4 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[14] peso. Cf. nota 13 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[15] Aviso a los tenderos y también a los marchantes, cf Obras X-Folletos, pp. 259-262. Fernández de Lizardi en defensa de los pobres que empeñan sus pertenencias reproduce aquel bando de Revillagigedo de 4 de mayo de 1790, en donde se establece que los tenderos han de dar boletas de empeño a sus marchantes y se norman las condiciones para tal empeño; señala que el bando está vigente porque no se ha revocado. Además dice que el “poco precio” de su papel “facilita que lo tengan los pobres, para que ni ellos ni los tenderos se perjudiquen mutuamente por ignorancia, y con este objeto lo escribió.” Fernández de Lizardi se refiere a este asunto en sus novelas El Periquillo Sarmiento, t. II, cap. 6, cf. Obras VIII-Novelas, p. 323; y en Don Catrín de la Fachenda, cap. 6, cf. Obras VII-Novelas, pp. 578-579.

[16] Fernández de Lizardi reproduce el bando en el folleto citado, Aviso a los tenderos..., cf. Obras X-Folletos, pp. 260-262.

[17] Revillagigedo. Cf. nota 56 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[18] regatones. Cf. nota 7 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[19] carretoneros. Cf. nota 62 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.