Número 2

 

LA CHANFAINA SEQUITA.

CARTA A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

Que se cumpla la ley, con la ironía,

como buen ciudadano promovía.

 

 

Muy señor mío: ¿Conque Fernando VII el grande, el moderado y magnánimo juró solemnemente guardar y hacer guardar la Constitución Política de la Monarquía Española?[2] ¿Conque de este modo correspondió aquel amor que la inflamó en el año de [1]808, y le hizo acometer proezas inmortales, que nunca cesan de alabar las demás envidiosas de nuestras glorias? ¿Conque el amable rey constitucional de las Españas en el centro de ellas, en las Cortes, y a la faz del universo todo, demostró con acto tan solemne ser el único soberano digno de presidir a los que en ambos hemisferios componen la nación heroica, grande, siempre fiel, y siempre invencible? ¿Y no debemos hacer el último esfuerzo los españoles de ultramar para aplaudir este día augusto, que en los anales de nuestras dichas formará la época más memorable? En efecto, debemos esforzar nuestros talentos, conforme cada uno pueda, para desempeñar deber tan importante. Por mi parte comienzo con excitar a usted, señor Pensador, para que tome la pluma, nos describa los inmensos bienes que logra la nación con el acto más prodigioso que ha hecho rey alguno, que tanto lo ensalza, y tanto lo engrandece: pondere usted que sólo su alma generosa, y amante de sus súbditos, fue capaz de un desprendimiento tan portentoso que, al paso que demuestra el sumo desinterés de su corazón, atrae a la monarquía bienes incalculables: numérelos usted, y concluya con felicitarla por la prosperidad que le va a originar, y al rey por su virtud, para que así los pueblos, conociendo los bienes de que le son deudores, lo amen, le correspondan su bondad, por medio de la exactitud en imitarlo, y nunca olviden que es el primer ciudadano y el padre virtuoso que los dirige con arreglo a la liberal y sabia Constitución.

¡Con qué gusto leeremos todos el papel que usted escriba sobre este u otro pensamiento, pues su pluma feliz sabrá realzarlo de un modo primoroso y delicado! Si fuera concedido a mí el hacerlo, ya estaría sudando la prensa con mis producciones: no rehuso el trabajo, pero es materia improporcionada a mis fuerzas. Sólo puedo en asuntos de cocina; sin embargo, como todos debamos aplaudir un suceso que no tiene semejante en la historia, lo haré refiriendo el feliz resultado que produjo en este suelo, en el momento mismo en que se recibió la noticia; y para lo cual me presenta materia el feliz descubrimiento que se hizo en el convento de la chanfaina.

Por ser necesario componer su empolvada biblioteca, se trasladaron los libros a otra pieza, y con este motivo se encontró una crónica muy antigua manuscrita, de que antes no había razón. Refiere que luego pasada la elección del prelado, el definitorio le dirigió diversas respetuosas representaciones, haciéndole ver lo perjudicial que era a la comunidad el comer la chanfaina sequita: que lo mismo demostraron otros papeles que los frailes dieron a luz, siendo unos y otros ineficaces. En medio de estas instancias, ocurrió una función extraordinaria muy solemne de la orden. El prelado, cuyo buen corazón era notorio, deseoso de aumentar el gozo público, accedió a las súplicas generales en la parte posible, bajó a la cocina del convento y dijo al hermano cocinero: la chanfaina se-quita hoy.

Lo era un donado indio muy viejo, rudo, que apenas mal hablaba el castellano: luego que el prelado se ausentó tomó una cacerola, y tocándola como si fuera pandero con un asador, corrió por los claustros dando de brincos, y gritando equivocadamente: el chanfaina se quitó. Las voces y el ruido hicieron que los frailes salieran de sus celdas, los unos reían y celebraban la inocencia del cocinero; otros, contentos porque se les libertaba de la chanfaina, creyendo lo que oían, lo acompañaban en sus demostraciones; y otros, por razón del placer general, corrían igualmente y repetían: el chanfaina se quitó. Aquel día todo fue fiesta y aplausos, y los religiosos carecían de expresiones que fuesen bastantes para demostrar cuál era el odio que tenían al maldito guisote, cuyo solo nombre los atormentaba.

¿Y qué, señor Pensador, no podremos nosotros, imitando a los religiosos, gritar a la par del donado cocinero: la chanfaina se-quita? Sí, en efecto, lo debemos ejecutar, por cuanto en el día feliz en que resuena por todas partes la dulce voz que anuncia el hecho más sublime del mejor de los reyes, se advierte acrecentado el placer y la alegría del público por la providencia que abolió los pasaportes y la pensión de caballos.[3] ¡Día dichoso en que el pueblo mexicano logró el exterminio de la traba establecida y sostenida para su mayor vilipendio! En todo el reino no se procedía con el rigor que en la capital: las gentes transitaban los pueblos sin que se les incomodase por su falta, y los habitantes de la capital para salir necesitaban de ese requisito; y lo que sobre todo apuraba más su paciencia, se exigía fuesen la casada, la doncella y la viuda a pasar revista en la oficina en donde se daban los pasaportes,[4] repugnándolo el pudor del sexo, el decoro de las familias, y el pundonor y delicadeza nacional. Acabó así la desconfianza que inducía un poder tan rigoroso limitadamente respecto de un lugar, cuando a los demás se les veía con tanta indulgencia.

No ignora el público que las naciones cultas de la Europa usan de los pasaportes; pero al propio tiempo sabe que el cuidado es igual en todos los pueblos, que éstos están amurallados, y por lo mismo sí producen resultados benéficos, que no son posibles en lugares abiertos como los del reino, que no se resguardan con fosos ensolvados; y que, finalmente, allí son necesarios para que el gobierno sepa los extranjeros que entran y salen, el objeto que los conduce, etcétera, de lo que no hay necesidad en un país tranquilo y sosegado como está ya el reino.

La afición y necesidad de usar el caballo es tan general en este suelo, que no es exageración decir se quitan los hombres el alimento de la boca para mantenerlo. No sería muy difícil presentar pruebas decisivas de que la impolítica medida de las requisiciones, hizo muchos disidentes, lo mismo que la insaciable codicia de los más de los comandantes militares que se apropiaban los que les parecían bien, quitándoselos a los dueños a viva fuerza. ¡Ojalá que por esta causa no se hubiera inmolado víctima alguna!

He aquí el origen del excesivo placer del público: él mira que la providencia dictada por el excelentísimo señor jefe político superior, abolió los dos gravámenes más odiosos, el de los pasaportes porque lastimaba su honor, y el de los caballos su afición, y lo reducía a una extrema necesidad por la distancia de las poblaciones. Bendice por lo propio la mano que le quitó estas dos cadenas pesadísimas con que lo ató la arbitrariedad. Nunca cesará de recordar este día feliz porque en él celebra el hecho grande sin modelo que admira el universo, y se mira libre de dos pensiones que lo agobiaban, por eso mezcla festivo entre las aclamaciones del rey constitucional, los vivas alegres que dedica a la nación y a las Cortes, los aplausos del jefe político superior, rematando su gusto con repetir a mi ejemplo. Señor Pensador, la chanfaina se-quita.

En este memorable día concurre otro motivo de placer. Se publicó por bando el decreto de las Cortes Extraordinarias de 9 de noviembre del año de 1812 que abolió las mitas,[5] demás servicios personales de los indios, y dictó otras providencias muy útiles y muy necesarias para su mayor beneficio.[6] Para que ellos perciban su espíritu, y lo tengan presente, mandan asimismo se circule a las autoridades respectivas, a los ayuntamientos y párrocos “para que leído por tres veces — dice — en la misa parroquial conste a aquellos dignos súbditos el amor y solicitud paternal con que las Cortes procuran sostener sus derechos y promover su felicidad.” Sólo esto falta que se ejecute para que se logre el fin importantísimo del Congreso Nacional.

Indios, ya acabó ese nombre, el que distingue a los habitantes de esta región es el de españoles de ultramar.[7] De una misma manera protege la ley los derechos de todos, pero para con vosotros es más indulgente por dispensaros ciertas consideraciones que justamente merecéis por vuestras apreciables circunstancias. Atended y advertid que el mismo día que llegó a la capital de la deliciosa Nueva España la noticia de haber jurado el monarca la Constitución Política de la Monarquía, se ha publicado el decreto que os saca de las garras feroces de la servidumbre, que es decir que el soberano, que ha jurado a Dios guardar y hacer guardar la Constitución, será el que en virtud de ese mismo juramento os liberte de todos los que os agravien, abusen de vuestro encogimiento, o imbecilidad y moderación. Respirad alegres, bendecid a la nación que os distingue, a las Cortes porque os sostienen, al rey constitucional porque es vuestro escudo, vuestro defensor y vuestro amparo.

La alegría común, de que reboza mi corazón, me ha hecho separarme del único camino proporcionado a mi pluma: conozco lo mucho que me falta para poder significar mis pensamientos, sirva usted de medianero para que el público dispense mis faltas, pues yo en todo evento no puedo salir de los canceles moderados que me corresponden. Debo contentarme con repetir a usted mi afecto y decirle muchas veces: señor Pensador, la chanfaina se-quita.

 

El Irónico[8]

 
 


[1] México: En la Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, 8 pp.

[2] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[3] pasaportes y pensión de caballos. Cf. nota 2 a El Pastor del Olivar..., y nota 6 a Segunda parte del Diálogo entre el Arquitecto y el Petimetre..., ambos en este volumen.

[4] Cf. nota 21 a Primera pregunta a El Pensador..., en este volumen.. Véanse también los siguientes folletos: Motivos para que mueran... y Segunda pregunta de El Hijo de la Constitución..., ambos en este volumen.

[5] mitas. Cf. nota 42 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[6] Cf. nota 42 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[7] La Constitución de 1812 en el título I, capítulo I, artículo 1 señala que la “nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.” En el capítulo II, artículo 5 se define a los españoles como “Todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas y los hijos de éstos.” Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 60.

[8] El Irónico. Cf. nota 25 a La Chanfaina sequita. Carta a El Pensador Mexicano [número 1], en este volumen.