LA CHANFAINA SEQUITA.

CARTA A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

Que se cumpla la ley, con la ironía,

como buen ciudadano promovía.

 

 

Muy señor mío: No tengo el honor de conocer a usted; pero ciertamente le compadezco, por considerarle muy atareado con la multitud de cosas que le ocurren. Todos le han constituido su oráculo, y hasta las ciudadanas[2] y los colegiales[3] le consultan sus dudas. Yo, que naturalmente soy compasivo, quiero distraerle un rato de sus atenciones, divirtiéndole con contarle un cuento. Vaya: quítese usted las gafas, deje esos librotes que se parecen a los de coro, tome un polvo[4] y présteme atención.

En un convento de poca renta había un prelado muy mezquino, el que por esta causa y el poco dinero daba de comer irremisiblemente a la comunidad chanfaina[5] en caldo, muy aguado y sin ninguna especie. Si a los tres días ya estaban aburridos los frailes con el tal plato, ¿cómo lo estarían después de dos años? Considérelo usted por la regla de que aun perdiz diariamente enfada. Pues, como digo de mi cuento, ellos, rechinando, fueron adelante, mas en sus conversaciones se desquitaban. La materia favorita era la malditísima chanfaina de la que decían primores; amén de los tajos que de ribete le tocaban al prelado. Un religioso grave de genio socarrón, y con más conchas que un galápago, calculó que el disgusto de sus hermanos podría ser la escala ascendente para colarse en la prelacía. Toma el partido de granjear su estimación en medio de la risa y la broma, y en las conversaciones serias les decía: Si alguna vez fuere prelado, que no lo espero, crean vuestras reverencias que la chanfaina sequita. Tantas ocasiones lo repitió, que la comunidad se decidió a favor de su persona. Llega la ocasión, pónense en movimiento todos los resortes que en semejantes casos se acostumbran, y héteme aquí a nuestro buen fraile de prelado. El gusto fue universal: se daban los parabienes unos a otros, todo era bulla, y hay memoria de que rompieron las dos esquilas más grandes de tanto que repicaron. Aquel día, como que muy entrada la mañana concluyó la elección, comieron con paciencia la chafaina, por considerar no haber habido tiempo para disponer otro guiso; mas el siguiente, en que todo dependía ya de las órdenes del elegido, aguardaban la hora del refectorio, como la tierra la agua de mayo. Hasta adelantaron el reloj de la torre. Sea de esto que lo ser se fuere, bajaron a comer. No hubo más asombro en Troya cuando comenzó a arder la ciudad, como el que les causó a los frailes el mirar que el plato que se les ponía era de chafaina seca sin caldo. Bramaban de cólera, deliraban en todo lo que decían, y embriagados con la ira, reconvinieron al prelado por la falta de lo que tantas veces les prometió. Él con sorna respondía haber cumplido con la mayor puntualidad, porque su oferta había sido: si fuera prelado, la chanfaina sequita, y que así la estaba dando. No hubo remedio: tuvieron que apelar a la paciencia y comieron chanfaina sequita otros tres años, para igualar el tiempo en que la tomaron caldosa. ¿Y cree usted, señor Pensador, que ese cuento no es una realidad? Reflexione en lo que actualmente pasa, y podrá hacer aplicaciones con mucha propiedad. Veámoslo.

El artículo diez y seis del capítulo primero del decreto de las Cortes sobre arreglo de tribunales manda que los señores regente, ministros y fiscales de las audiencias no podrán tener comisión alguna, ni otra ocupación que la del despacho de los negocios de su tribunal.[6] ¿Y los jueces de letras podrán tener comisiones y otras ocupaciones que les distraigan la atención, que deben dedicar únicamente a los negocios de su juzgado? ¿La prohibición tiene sólo por objeto las personas, o termina a promover el bien público, proporcionando a los jueces el tiempo que necesitan para llenar sus deberes a satisfacción? Señor Pensador, la chanfaina sequita.

Ni la asesoría de patronato y hacienda pública, ni la fiscalía de ella son empleos conocidos por la Constitución[7] y reglamento citado. El artículo treinta y uno del capítulo segundo declara quedar suprimidos los asesores, que, además de los auditores de guerra,[8] tienen los virreyes, capitanes o comandantes generales de algunas provincias, debiendo éstos asesorarse con los auditores para el ejercicio de la jurisdicción militar que les compete.[9] Manifestó así que no permite asesores perpetuos a los virreyes, ni bajo este concepto ni el de jefes políticos, pues para los casos ocurrentes de la hacienda pública en unión de la diputación provincial resolverán lo conveniente, y en los de substanciación económica y directiva, como en los de patronato, podrá consultar con las personas o letrados que más le acomode, no con un asesor únicamente. Por lo que respecta a la fiscalía de hacienda pública, los artículos veinte y cuatro hasta el veinte y nueve inclusive del capítulo primero y reglamento citado presentan que sólo debe haber dos fiscales y cuáles son sus atribuciones.[10] De lo que se infiere rectamente ser desconocidos ambos empleos de la Constitución, o con más propiedad que son contrarios a ella.

Que así se dispusiera el año de trece no es bastante fundamento.[11] Esa providencia es uno de los muchos borrones del gobierno despótico del Tiberio de la Nueva España, el excelentísimo señor don Félix María Calleja, enemigo declarado de la Constitución. Quiere decir que entonces se quebrantó la preciosa Carta en los puntos anotados, que fue un abuso que no se debe imitar ni repetir. El abuso y la arbitrariedad mientras más antiguos son más perjudiciales, porque siempre originan muchos males. El abolirle sin dejar memoria de él habría sido proporcionar a la Constitución un triunfo por el medio de la exactitud.

La necesidad, la barrera de que se prevale el despotismo, tampoco pudo servir de motivo para violar la ley. ¿Qué se habría perdido en consultar al gobierno, y entretanto nombrar en cada expediente un defensor, como se ejecuta en otros casos según lo dispuesto generalmente por las leyes? Los remedios ordinarios se usan primero que los extraordinarios, y más para violar la ley en el mismo instante en que se publica. Señor Pensador, la chanfaina sequita.

El artículo tercero de los añadidos al Reglamento de la libertad de imprenta prohíbe puedan ser individuos de la Junta de Censura[12] los prelados eclesiásticos, los magistrados y jueces, ni otra persona que ejerza jurisdicción civil ni eclesiástica.[13] ¿Y lo podrá ser, como lo es, un juez de letras? Señor Pensador, la chanfaina sequita.

Los jueces conservadores de mayorazgos acabaron, por haber cesado toda jurisdicción privilegiada, según el artículo treinta y dos del capítulo segundo del Reglamento de tribunales.[14] Cesó también la facultad de nombrarles administradores sin su consentimiento; pues a los pródigos o desbaratados se los nombrará el juez de letras que conozca de sus negocios, o ante quien ocurran las partes legítimas para pedirlo, porque a ninguno se da curador contra su voluntad. Se han dado muchas administraciones, o protecturías de esta clase. Señor Pensador, la chanfaina sequita.

El día treinta y uno de mayo juramos la Constitución en el mayor transporte de alegría, desde entonces todas las corporaciones, establecimientos, y oficinas que usaban el adjetivo Real por distinción, o por privilegio, o por naturaleza de su origen, comenzaron a usar del Nacional, no obstante todavía se lee en la fachada del colegio metálico, a cargo del Tribunal de Minería,[15] la inscripción que dice en el segundo renglón: Real Seminario de Minería. Señor Pensador, la chanfaina sequita.

Según el artículo primero, del título trece, tratado sexto de las Ordenanzas del Ejército, los bagajes se deben dar de pueblo en pueblo, para que sea más tolerable este servicio. No se practica así, sino que se les compele a los dueños a ir, por ejemplo, hasta Querétaro,[16] etcétera. De aquí proviene que los arrieros rehusan entrar a la capital con sus recuas, que el gravamen recaiga en las de los que conducen víveres, que éstos se encarezcan y las trácalas[17] de recibirse dinero para redimirlas del gravamen, etcétera, etcétera. Señor Pensador, la chanfaina sequita.

A esfuerzos de los paternales desvelos del excelentísimo señor conde del Venadito,[18] como actual virrey, el precio que ha tenido en la capital el maíz no fue tan exhorbitante,[19] como en otras partes que subió hasta doce o catorce pesos.[20] Nunca pasó de diez en la alhóndiga,[21] y de cinco días a esta parte bajó a nueve. En las plazas piden los vendedores diez pesos, pero no es enjuto y según la medida a que le expenden sale a once y medio o doce pesos, lo que es una bribonada. La libertad de la venta consiste en que el vendedor pida lo que guste, no en que asigne un precio y la medida no sea conforme con él, sino a otra cantidad mayor. Eso es un robo manifiesto, y tanto más criminal, cuanto se hace sobre seguro, quebrantando la buena fe que sigue el comprador en estar a la medida que se le dice o se le manifiesta. Hasta la presente, ignora el público se haya escarmentado a esas sanguijuelas que se chupan la sangre de los pobres, descubriendo las perversas artes con que adulteran las medidas. Señor Pensador, la chanfaina sequita.

Los vinateros y pulperos[22] encontraron con la piedra filosofal para adquirir dinero. Consiste en burlarse de todas las providencias santísimas, que prohíben se abran las tabernas en los días festivos hasta después de dadas las doce. Ponen una cortina de cotense[23] que divide la tienda, quedando cubierta la parte en donde están los caldos, y como ella no es alguno de los lienzos de las murallas de Babilonia, los viciosos se juntan, y, a puerta cerrada y sin testigos, el día que deben santificar le vuelven de prostitución: comen, beben, hablan hombres y mujeres revueltos; y quién sabe qué otras cosas harán a la sombra de la cortina y de la codicia. Con el mismo ardid grosero se mantienen muchas abiertas hasta las diez de la noche, sin que las rondas[24] adviertan el fraude que es tan visible. Otras tienen piezas interiores con entrada por los patios con que se comunican: en ellas también hay mezcla de hombres y mujeres, y están francas hasta las horas más avanzadas de la noche. En todas se ven con admiración gentes que sacrifican al ídolo de su vientre cuanto la gula y la embriaguez les dicta, y que viven peor que los mismos animales irracionales. Señor Pensador, la chafaina sequita.

Quería continuar; mas reflexiono que para carta sobra con lo dicho. Las demás cosas que quedan en el magín las manifestaré a usted en otra ocasión y con más espacio. Reconozca en mi persona un afecto a sus buenas circunstancias; y que le suplica no olvide lo de la chanfaina sequita a cada cosa que vea de las muchas que palpamos y sobrevendrán. Crea usted que las leyes y disposiciones mientras más útiles son a estos reinos, en pasando el trópico, se tuercen a manera de lo que sucede al vino delicado. Si usted, como instruido en la física, pudiere encontrar la causa de un fenómeno tan admirable, particípele a quien, como los frailes, hace paciencia para comer la chanfaina sequita, y besa su mano

 

El Irónico[25]

 


[1] México: Impreso en la Oficina de don Alejandro Valdés, año de 1820, 8 pp.

[2] Véase La Ciudadana a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[3] Véase Recuerdos del 9 de julio de 1820, en este volumen.

[4] tomar un polvo. Cf. nota 47 a Auto de Inquisición contra el Suplemento..., en este volumen.

[5] chanfaina. Cf. nota 2 a Chanfaina sequita..., en este volumen.

[6] Cf. nota 5 a Chanfaina sequita..., en este volumen.

[7] Constitución. Cf. nota 13 a Sermón político-moral, en este volumen.

[8] auditor de guerra. Como capitanes generales, los virreyes no podían manejar la enorme cantidad de casos y apelaciones que llegaban a la capitanía general. Para atenderlos nombraron un auditor de guerra, que era uno de los oidores de la Audiencia, quien, además debía cumplir sus funciones regulares en ella. “En 1789 había un gran rezago de juicios que esperaban ser atendidos por el auditor de guerra Miguel Bataller y Vasco. Éstos incluían importantes juicios criminales, apelaciones cuando las cortes marciales habían aplicado severas penas, las disputas jurisdiccionales (competencias) entre el ejército y otros tribunales, y el amplio campo de los asuntos legales relacionados con las fuerzas milicianas y regulares. De hecho, el auditor debía examinar las transcripciones de cualquier juicio que implicara delitos tan comunes como la deserción. Tenía la obligación de vigilar la forma y los procedimientos judiciales adecuados, y a menudo modificaba las sentencias antes de presentarle los casos al virrey para que tomara una decisión final. Como podría esperarse, este último paso casi siempre llevaba la firma acostumbrada, acompañada de la afirmación: ‘Como parece al Señor Auditor’. Este magistrado no sólo ejercía un considerable poder discrecional sobre el ejército, sino que también podía acelerar o retardar los procesos legales de acuerdo con sus necesidades [...] A pesar de que el gobierno borbónico hizo que los oficiales del ejército ocuparan una gran cantidad de puestos administrativos en Nueva España, el auditor de guerra siempre fue un civil. Por medio de este puesto importante, la audiencia podía mantener al ejército dentro de ciertos límites y vigilar a la justicia marcial en una época en que los privilegios militares se extendían en un amplio sector de la población.” Cf. Christon I. Archer, El ejército en el México borbónico. 1760-1810. Trad. de Carlos Valdés. México, Fondo de Cultura Económica, 1983, pp. 151, 154.

[9] Decreto de Cortes sobre arreglo de Tribunales (9 de octubre de 1812), capítulo II, artículo 31: “También quedan suprimidos los Asesores que, además de los Auditores de Guerra, tienen los Virreyes, Capitanes ó Comandantes Generales de algunas provincias; debiendo éstos asesorarse con los Auditores para el ejercicio de la Jurisdicción militar que les compete.” Cf. La Constitución de 1812..., t. I, p. 319.

[10] Decreto de Cortes sobre arreglo de Tribunales (9 de octubre de 1812), capítulo I: “Artículo 24. Los dos fiscales de cada Audiencia despacharán indistintamente en lo civil y criminal, por repartimiento que autorizará la misma. Artículo 25. Los fiscales tendrán voto en las causas en que no sean parte, cuando no haya suficientes Ministros para determinarlas ó dirimir una discordia. Artículo 26. En todas las causas criminarles será oído el Fiscal de la Audiencia, aunque haya parte que acuse. En las civiles, lo será únicamente cuando interese á la causa pública ó á la defensa de la jurisdicción ordinaria. Artículo 27. Los Fiscales de las Audiencias no llevarán por título ni pretexto alguno derechos ni obvenciones de cualquiera clase y bajo cualquier nombre que sean por las respuestas que diesen en los asuntos que se les pase. Artículo 28. Los Fiscales, en las causas criminales o civiles en que hagan las veces de actor o coadyuvante al derecho de éste, hablarán en estrados antes que el defensor del reo o la persona demandada, y podrán ser apremiados á instancia de las partes como cualquiera de ellas. Artículo 29. Las respuestas de los Fiscales, así en las causas criminales como en las civiles no se reservarán en ningún caso para que los interesados dejen de verlas.” Ibidem, p. 309.

[11] Decreto de Cortes sobre Arreglo de Tribunales. Cf. nota 7 a Chanfaina sequita..., en este volumen.

[12] Junta de Censura. Cf. nota 85 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[13] Artículo 3 del Decreto de 10 de junio de 1813. Cf. nota 15 a Chanfaina sequita..., en este volumen.

[14] Reglamento de tribunales. Cf. nota 7 a Chanfaina sequita..., en este volumen.

[15] Tribunal de Minería. Cf. nota 41 a El Pastor del Olivar...,  en este volumen.

[16] Querétaro. Cf. nota 23 a Calendario, en este volumen.

[17] trácala. Consignada como de uso en México y Puerto Rico. Trampa, ardid, engaño. Santamaría consigna esta palabra como variante de trápala en su tercera acepción: embuste, engaño. Robelo escribe: “Los diccionarios españoles traen esta voz como americana. La Academia en su último diccionario dice que es mejicana. Debe estar muy estropeada, porque en el idioma nahuatl no hay letra r. Tal vez sea adulteración de tlacaitlalistli, que significa hipocresía, simulación”. Citado en Santamaría, Dic. mej.

[18] Conde del Venadito. Cf. nota 74 a Séptimo Juguetillo..., en este volumen.

[19] Hubo escasez de maíz entre 1797 y 1803, lo que hizo subir el precio por fanega, de 13 a 26 reales en 1803. Después, de 1808 a 1813, el precio ascendió de 19 reales a 36. Ha sido señalada la relación entre los ciclos periódicos de aumento de los precios y las grandes epidemias; de 1709 a 1803 siete de las diez epidemias ocurridas se han atribuido a las crisis agrícolas y aumento de precios. El 1° de marzo de 1813, el virrey Calleja liberó el pago de impuestos de aduana y alcabala a todos los granos y las carnes. En 1819 se restableció el pago de aduana de estos productos, no así el de alcabala. Cf. Timothy E. Anna, La caída del gobierno español..., p. 164, 165.

[20] peso. Cf. nota 21 a Consejos a El Pensador, en este volumen.

[21] alhóndiga. La Alhóndiga y el Pósito eran los graneros públicos de la ciudad de México. Obtenían sus ingresos de los impuestos a las cargas de maíz y de trigo que entraban a la ciudad. Durante la guerra de Independencia, ambos almacenes dejaron de funcionar totalmente. En 1814 la Alhóndiga informó que sólo tenía 10 cargas de maíz (una carga 27 600 kg.). La creación de la Alhóndiga tuvo como propósito esencial “estorbar la regatonería [intermediarios] y excesos”, en la introducción y venta de granos. Se pretendía con ella obligar a los agricultores a llevar y vender sus granos en un solo lugar. Cf. Enrique Florescano, Precios del maíz y crisis agrícolas en México. 1708-1810. México, Ediciones Era, 1986, pp. 157, 159.

[22] pulperos. Cf. nota 46 a El Pastor del Olivar..., en este volumen.

[23] cotense. Tela burda de cáñamo. Sirve para abrigar fardos, asear las casas y otros usos. Santamaría, Dic. mej.

[24] rondas. Cf. nota 3 a Preguntilla sueltas.

[25] El Irónico. Juan Francisco Azcárate y Lezama. Abogado, historiador y literato nacido en la ciudad de México. Conciliario de la Pontificia Universidad. Ejerció como fiscal y vicepresidente de la Academia de Jurisprudencia Teórico-Práctica. En 1808 fue nombrado regidor honorario del Ayuntamiento de México. Con motivo de la invasión de Napoleón, a nombre del Ayuntamiento declaró nulas las renuncias de Carlos IV y Fernando VII. A la caída del virrey Iturrigaray, junto con el licenciado Verdad, otro representante del partido americano, fue reducido a prisión. Durante la etapa iturbidista fue miembro de la Junta Provisional. En administraciones sucesivas fue ministro del Supremo Tribunal de la Guerra, síndico del Ayuntamiento y secretario del Hospicio de Pobres. En su contra se escribió No más chanfaina o Carta a El Irónico, México: Imprenta de Alejandro Valdés, agosto 2 de 1820, que ha sido atribuido erróneamente a Fernández de Lizardi.