LA CASA DE LA DEMENCIA, O LOS POLÍTICOS LOCOS.

 

SUEÑO PRIMERO[1]

 

Una de estas noches en que la tenacidad de la lluvia me hizo estar encerrado en casa, me dediqué a registrar una multitud de papeles públicos, donde hallé un buen repuesto de injurias a la Inquisición, opresión y tiranía; encontré proposiciones impugnadas por unos, y defendidas con ardor por otros, y en ellos vi que todos se llaman liberales, todos religiosos, profiriendo muchos de éstos, que usurpan tan santo nombre, expresiones las más escandalosas, y gran parte de aquéllos vertiendo el más refinado servilismo. Tan varia lectura no pudo menos que producir en mi cabeza el tropel más confuso de ideas contrarias y opuestas todas entre sí.

Cansado y confundido me recogí dentro de mí mismo, dando así lugar a la reflexión, y rumiando las especies esparcidas en tanta multitud y variedad de escritos, para formar después un juicio prudente de ellos; pero hete aquí que la fatiga, el silencio, la soledad y el apacible susurro de las aguas introducen en mis sentidos un entorpecimiento agradable, y el sueño me roba aquellos instantes dedicados a la meditación.

Ya comienzo a soñar; pero ¡qué sueño!...[2]

[...][3]

¡Lindo proyecto!, dije yo entre dientes, y temiendo encolerizar a este loco maestro, me escabullí; y adelante estaba otro en ademán de pensativo, observando a unos muñecos de camelote que bailaban sobre una pieza que parecía patena,[4] próxima a una multitud de culebras de bronce, que con sus dientes casi tocaban a unos discos de cristal, y allí decían que todos estos títeres se llama máquina eléctrica.[5] Es imposible pintar la admiración y silencio con que admiraban los muchachos, y yo entre ellos, aquellos instrumentos, que apellidaban mágicos, lo que todos creían, viendo que allí hacían cabriolas hasta los mismos inquisidores. Ni parpadeaba yo, por no perder de vista cosas tan admirables, cuando hete aquí que suena una campanilla, y una ronca voz, que hizo estremecer a todos los circunstantes: misiones, misiones, decían las gentes, y sobre la alcantarilla que estaba junto a la fuente que mediaba el patio, se aparece el Fernandino Constitucional,[6] entonando el acto de contrición o, por mejor decir, dando principio a las misiones de los serviles. Allá corrió toda la gente; y las viejas lloraban, y se cacheteaban aun antes de haber oído al predicador, que dio principio con esta cantinela que pronunció en tono espantoso:

 

Cuando en el infierno estés

ardiendo como tizón,

allí te dirán los diablos:

¿no querías Constitución?[7]

 

A estas voces los loqueros, que no eran frailes, sino otros locos medio mansos, bajaron al pobre misionero de la alcantarilla a cuartazos y coscorrones,[8] porque decían que estaba furioso: y fue tanta la zurra, que le quitaron la máscara al tal Fernandino, quien por librarse de los azotes se vio precisado a retractarse de cuando había dicho, como lo hizo en efecto, y no faltó quien lo defendiese de sus compañeros, que fue premiado con un caramelo[9] agridulce, que le regaló un liberal.

[...][10]

 
 


[1] México: Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, donde se está expendiendo la Apología de Nuestra Señora de Guadalupe. Su autor, el doctor don José Miguel Guridi [y] Alcocer. 8 pp. Amaya Garritz en Impresos Novohispanos..., t. II, p. 789, identifica a Guridi y Alcocer como el autor de este folleto. Un folleto anónimo, titulado La casa de la demencia, o los políticos locos, publicado en la Oficina de Alejandro Valdés el mismo año; fue atribuido por Toribio Medina a Francisco Granados. Ibidem, p. 787.

[2] El autor ubica el sueño en San Hipólito, hospital de locos. La iglesia, el convento y el hospital de San Hipólito fueron una sola cosa. Su fundador, Bernardino Álvarez, obtuvo los terrenos junto a la ermita de san Hipólito para la construcción del hospital, que se fundó en 1566. A éste se le dio el uso de manicomio. El edificio de la iglesia se conserva en la actual Avenida Hidalgo.

[3] Resumen de texto omitido: El autor del folleto se identifica con el “mismo don Antonio de siempre”, y refiere su visita a la casa de los locos, a los que clasifica en locos serviles y locos liberales. Se habla de la Constitución, a la que se describe como “una tinaja, que parecía criba por sus muchos agujeros”; se refiere a la felicidad de los locos liberales, entre ellos El Irónico y el autor de Don Antonio, ocupados en llenar su tinaja.

[4] patena. Platillo de oro o plata o de otro metal, en el cual se pone la ostia en la misma desde acabado el pater noster hasta el momento de consumir.

[5] Se refiere al periódico El Conductor Eléctrico, de Fernández de Lizardi. Cf. nota 3 a Respuesta del padre Soto..., en este volumen.

[6] El Fernandino Constitucional. Cf. nota 25 a La Canoa, número 1, en este volumen. Además de Fernández de Lizardi otros respondieron a la polémica entre Guridi y Alcocer y El Fernandino, entre ellos Jorge Pitillas, Un puñado de consejos a los que los necesiten, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 4 pp; y el L[icenciado] J[osé] M[aría] I[turralde], Parabién al Fernandino arrepentido, por El Colegial. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp.

[7] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen..

[8] cuartazos y coscorrones. Cf. los folletos Cuartazos y más cuartazos al Ciudadano Censor, Cuartazo a El Pensador Mexicano, que publicamos en el tomo 1 de esta Antología. Por coscorrón se refiere al folleto Coscorrón al Entremetido, México: Oficina de Mariano Ontiveros, 1820, 4 pp.

[9] caramelo. Véase el folleto Un caramelo en la mano para el lego ciudadano, que publicamos en el tomo 1 de esta Antología.

[10] Resumen de texto omitido: batalla de los locos en el refectorio, a los que se les ha servido “chanfaina caldosa para los serviles, y sequita para los liberales”. Con lo cual hace referencia a los folletos: Chanfaina sequita o carta a El Pensador Mexicano, La Chanfaina sequita. Carta a El Pensador Mexicano, [número 1], La Chanfaina sequita. Carta a El Pensador Mexicano, [número 2], que publicamos en el tomo 1 de esta Antología.