INTRODUCCIÓN SOBRE UN GRAJO

 

A modo de presentación. Durante las postrimerías del virreinato, la Nueva España tuvo como fin liberarse de su Metrópoli. Y esto significa que la centuria decimonónica, desde sus inicios hasta su ocaso, fue una etapa de grandes redefiniciones históricas. Una hermosa aurora para la llamada América Septentrional se dibujaba en un horizonte borrascoso. Por lo mismo, quienes decidieron que su oficio dependía de un papel, una pluma, tinta, un cajoncito de salvadera y papel secante hubieron de replantearse sus funciones sociales: para quién escribían, cuáles eran sus principales destinatarios, qué temas interesaban a éstos -aspectos locutivos de su habla o discurso-, en qué les "iba el gallo", según dicharacho entonces en boga; cómo habían de escribir o cuál era su promesa, en términos de la Hermenéutica -los aspectos ilocutivos de su habla-: con qué lenguaje, en qué género y estilo, es decir, cuál era la tecné, el arte o los medios que era menester utilizar para que su escrito cumpliera los objetivos que como autores empíricos se plantearon, y que los lectores diferidos registramos como las estrategias textuales de un autor implícito -aspectos perlocucionarios de su habla.

Cuando un escritor desaparece, sus particularidades egocéntricas, sean el caso los escenarios en que ubicó la acción, son enterradas con su cuerpo, y con sus contemporáneos y coterráneos que lo conocieron. Bajo tales circunstancias, su obra es una inscripción que flota entre un número indeterminado de interpretaciones de quienes sepan y quieran leerlo. Sin embargo, el texto qua texto continúa siendo el punto de inicio y llegada de la hermenéutica pertinente, en el entendido de que es necesario contextualizarlo y ver sus relaciones intertextuales. Este método seguiremos en la presente Introducción y en las notas editoriales.

Empecemos con el encuentro de los aspectos locutivos o ilocutivos que propuso José Joaquín Eugenio Fernández de Lizardi Gutiérrez, o sea, sus estrategias compositivas, su declaración de principios y los temas que abordó, llevando en mente el aforismo de Goethe: nunca debe olvidarse el contenido de los textos, que Gramsci redondea: "por 'contenido' no basta entender la elección de un ambiente dado. Lo esencial para el contenido es la actitud del escritor y de una generación para ese ambiente. Sólo la actitud determina el mundo cultural de una generación y de una época y por consiguiente de su estilo."(1) Las épocas contemplan los enfrentamientos o luchas de contrarios. Por lo mismo, en este volumen hemos intentado dar una muestra, no exhaustiva, de cómo fue recibida, de 1811 a 1820, la oferta escritural lizardiana que, en afectuosa frase de Prieto, fue "sol de la prensa libre".(2) No perdamos de vista que el sol calienta a unos y quema a otros.

Esta colección de referencias críticas de quienes convivieron con nuestro autor es significativa por varias razones. Una. El habla sincera, veraz y contestataria de Lizardi que, con excepción de la época en que la libertad de imprenta fue suspendida, abordó las temáticas más álgidas, urgentes, inmediatas, o sea que vino y fue por los caminos donde la censura estaba al acecho, propició un elevado número de ataques y silencios, por demás sospechosos, cuyos motivos fueron esbozados en una Preguntilla suelta dirigida a El Pensador: "¿por qué se andan encogiendo ahí los escritores, y procediendo con un temor servil, como si hubieran de pasar la noche en la cárcel por las opiniones que han desembuchado en el día?, (3) Amado Nervo legó una contestación que desnuda la "biblia moderna". Habiendo inquirido a un amigo suyo acerca de sus elogios a un pésimo cuentista, le fue dicho: "porque nunca sabe uno a qué atenerse en esta perra vida. ¡El día menos pensado ese señor, a pesar de sus malos cuentos, ocupa una Secretaría de Estado y es capaz de hacer que me fusilen!"(4)

Dos. También en este corpus estamos rescatando los mordientes párrafos de un poder clientelar, esgrimido por el pragmatismo instrumental que trata de obtener algún beneficio, mostrándose afecto al Estado, desde el rey y sus virreyes hasta el último administrador, o afecta al alto clero, a la sazón el mayor propietario de tierras cultivables de la llamada provincia autónoma de la Nueva España, así como la mayor institución de crédito usurero. Tal poder estuvo aparejado con una decisiva influencia política y cultural. Los críticos de El Pensador Mexicano, aparentando ser afines con sus enemigos, esperaban que éstos pensaran que el enemigo de su enemigo era su amigo, y, cayendo en este viejísimo truco retórico, los favorecieran.

Si la actitud de un escritor es valiente, padece la perversión de quienes detentan el poder destructivo, que se subdivide en el vertical y el difuso. Y esto intenta decir que en México el dominio vertical, colonizador, ejercido por las numerosas autoridades y el alto clero, se apoyó en otro poder masivo, difuso entre una población aduladora y pragmática, o bien enseñada a obedecer porque, en decir lizardiano, nació en el Planeta Ovejo y se deja gobernar a chirrionazos.(5) En un ámbito tal, los líderes de la manada llevan un cencerro en el cuello. En llegando la ocasión, conducen al rebaño y, posiblemente a sí mismos, hasta el cuchillo del carnicero.

Las razones aducidas explican, básicamente, por qué en el ámbito reducido de 1811 a 1820 nuestro escritor hubo de hacer frente a una cohorte de enemigos, y consolarse de tantas críticas acerbas: sobreponerse con optimismo al abatimiento, dejándose acariciar con las palabras generosas y solidarias de unos cuantos, realmente escasos, amigos suyos. Y si no fueron sus amigos, al menos le tributaron su amabilidad o dulzura.

Pongamos las cosas en su lugar. Si el hablar lizardiano a boca de jarro fue bastante inusual en el ethos de la hoy centuria antepasada y del milenio que recién terminó, y esto le acarreó muchos dolores de cabeza, también es verdad que este mismo escritor se había iniciado como poeta, haraposo y macilento, que llevaba resmas de sonetos, odas, octavas, quintillas y romances en un cartapacio repleto de disparates(6) en alabanza de corte. Con uno, que exalta a Fernando VII como hijo del vientre mariano, ganó, obviamente, un concurso. No, no fue un santo en altar, como le echa en cara Fefaut;(7) pero es verdad que, años después, admitió que tales "espantosas carantoñas"(8) impedían la entrada de la verdad en Palacio. O sea que cuando le llegó la sinceridad, se convenció de que más digna de respeto es la nación entera que un jefe político. Además, según confesión expresa, se convenció de que la autoestima, adquirida por quien dice la verdad con recta intención, ni se comercia ni es politiqueable.

En esta brega constante por hacer de sí mismo una personalidad magnánima, como el Ave Fénix, Lizardi había renacido de sus propias cenizas. No contemplaron la misma espléndida ave un puñado de talentos, desairados en sus intenciones torcidas por los rebeldes desplantes comunitarios de Lizardi. Un irónico amigo suyo, disfrazado de su enemigo, mañosamente aclara que dijo que no dijo por El Pensador, aunque se sobrentiende que de esta manera era analogado:

[...]estamos en tiempos de que hasta las cucarachas del Templo de Minerva quieran escupir la rueda y ensuciar con sus esputos las prensas [...], ahora que callan los sabios, han de charlar los majaderos (no lo digo por usted), porque si pasa esta época y empiezan a trinar los jilgueros... A Dios grajos, enmudecerán para siempre como los oráculos de Egipto.(9)


El sensus communis de los grajos. Entre los materiales que estamos editando, resalta un memorable párrafo de Gregorio Torres Palacios que, al modo de héroe de epopeya, sintetiza el avasallamiento colonial, atacando indirectamente a sus epígonos americanos o criollos que lo mantenían en pie:

Pero no, nada diga usted, enmudezca su pluma y la de todos los americanos escritores, callen y adviertan sólo que nos hallamos en la infeliz América, y con la nota de ser sus hijos, que esta Nueva España cuenta de infelicidad 299 años, que siempre hemos sido tratados como esclavos, pues su Conquista no nos proporcionó más que unas halagüeñas esperanzas, el despotismo tomó posesión sobre nosotros, y nos ha sumergido en las desgracias que aún lloramos.(10)

El destinatario de este mensaje, Fernández de Lizardi, como brazo de potencia de una palanca, trataba de oponerse a la inercia, o brazo de resistencia, que dejó tras de sí la evolución de la por entonces llamada Nueva España. Al autodefinirse como patriota liberal, (11) siendo tal ideología característica de "la parte sana del reino", (12) nuestro escritor se había comprometido con la plena autonomía nacional o derecho a independizarse de los pueblos que deciden tener una personalidad autónoma en el escenario mundial. O sea, el derecho de realizarse como sociedad adulta.

Dentro de la tendencia de independendizarse por vías pacíficas, que tomó cuerpo después de haber sido derrotado el revolucionario movimiento armado inicial, El Pensador Mexicano consideró necesario mantenerse alerta, no caer en revanchas, sino ocuparse de las leyes en beneficio de la salud general, no benefactoras de los gobernantes y las instituciones vigentes.(13) Sus incursiones explicativas en los artículos del Código "que felizmente nos gobiernan" sin duda producirían, se creyó, buenos efectos entre las clases bajas urgidas de explicaciones claras y sencillas, según le reconoció el Semanario Político y Literario.(14) Como será patente en los textos críticos en cuestión, estoy refiriéndome a El Conductor Eléctrico, donde, precisa uno de sus inteligentes lectores, "ha dado pruebas de su buena disposición, cuando no sea el mejor comen[ta]rista de nuestras nuevas instituciones. ¡Ah, sí cuánto le debe a usted México, y la nación toda, de que nos haya aclarado e ilustrado los artículos 1, 2 y particularmente 3 y otros de nuestro sagrado Código!", (15) o sea, la liberal Constitución de 1812, por la que lucharon denodadamente los diputados americanos, puesta de nuevo en vigencia ocho años más tarde, y que, en mi opinión, fue entendida como un paso adelante que ayudaría a la liberación de la Metrópoli. Y esto porque su puesta en práctica auguraba el ascenso de los liberales al gobierno español que, a su vez, probablemente reconocerían la realidad, por demás evidente de que mantener la economía colonizadora era una política que estaba afectando a la misma España.

En el horizonte lizardiano, dentro de la Ilustración y el sentido común o comunitario, forjar patria dependía de ejercer la libertad de acción, y, consiguientemente, opinar sin descanso sobre los acontecimientos que se sucedían en tropel, girando muchos grados de sentido en un escaso número de días. En tal organización inestable, en desequilibrio, nadie pudo mantener una y misma táctica de lucha ni las mismas finalidades a corto plazo, y esto porque las únicas opciones fueron renovarse a fondo o bien morir. Nótese el conflicto. Para llegar a la meta última, profetizada utópicamente, de una sociedad justa, autónoma y diferenciada, la carrera hubo de sobrepasar peligrosos obstáculos que bifurcaron el sendero en dos: o se consolidaban algunos de los logros, o el desorden, la entropía social, haría permanecer a los americanos en medio de la niebla hasta que tropezasen y despeñaran en el vacío. Sí, alertó con insistencia nuestro ilustrado, la patria estaba en peligro de naufragar.(16)

Como bella persona mantuvo sus ideales, lanzados prospectivamente a un futuro distante, a un tiempo histórico que seguramente habría de rebasar su tiempo vivencial, esto es, quiso renovar los cimientos de su espacio colectivo, revolucionarlo en favor de un deseable mañana lejano. Si se olvida esta doble cara de la moneda, este doble reto, no se comprenderán las gestas más destacables escenificadas, por él y otros, a lo largo del siglo XIX mexicano.

A buen entendedor media palabra le basta: el plausible objetivo lizardiano de trabajar por la mejoría de su suelo natal e intentar procurarla, se lee en los Apuntes para la historia;(17) eran los "bellos pensamientos de usted" que "le hacen acreedor al general aprecio."(18) En la prensa libre, por lo tanto, que "lleve la vanguardia El Pensador, como la lleva en la utilidad de sus escritos."(19)

De hecho, lo crítico de aquel enclave obligó a las definiciones personales, a la toma de partido, y, por lo tanto, los odios afloraron con violencia. La gente se mataba a cañonazos o con la palabra: "siguiendo el buen uso que hasta ahora hemos hecho de la libertad de imprenta, pronto lograremos la incomparable felicidad de rompernos todas las cabezas y despedazarnos unos a otros."(20) Vistas desde la perspectiva nacional, las bracuvonadas lizardianas y de sus oponentes podían acabar en pólvora usada en infiernillos.

Para que los cohetes estallaran con éxito dijo nuestro periodista, en un momento de gran lucidez, la población de esta nuestra América Septentrional y del Continente había de marchar al unísono, solidariamente, dejando en el pasado las taras de un statu quo profundamente opresor, que actuaba al tenor de la máxima archisabida que reza divide y vencerás. Era menester apoyarse en el espíritu comunitario, que fue enterrado con la Edad Media europea y también, a su juicio, con la Conquista de América. Era menester emprender una labor cimentadora con un profundo sensus communis que pasa de lado junto a la injuria.

Gramsci sentencia que la propuesta de un arte puro, de una literatura que pasa en medio del fango sin ensuciarse ha sido el escudo de políticos aventureros.(21) En antítesis, este arte u oficio ejerce la prerrogativa del sentido común, que ha sido identificado con la doxa platónica, entendida como la opinión falsa, o, un generalizado conocimiento ilusorio. Sin embargo, los filósofos estoicos de Roma lo pensaron como el soporte de un modo generalizado de vivir y hablar con una dirección comunitaria. En el libro IX de sus Soliloquios, Marco Aurelio lo delimita como el darse a los otros que condiciona la comunicación enriquecedora o dialogante, y fortalece el amor entre seres humanos que, si se extendiera por el mundo -cosmopolitismo o internacionalismo-, lograría que se disfrutara de una vida bella. Para los humanistas este sensus es un bien común, la afección de una especie social por naturaleza que la inclina a la solidaridad, al amor y la simpatía con el otro. Los oportunistas odian este tipo de sentido.

En Ciencia nueva y en De nostri temporis studiorum rationae, Vico dijo que el sensus communis se manifiesta en algunos sitios de privilegio: la Historia y las Letras, y esto porque exponen esta inclinación socializadora, y también sus desviaciones, mediante ejemplos personalizados, o generalidad concreta, con sus valores, sus creencias, sus formas de pensar, o suma de criterios y enjuiciamiento. En sus narraciones, el literato e historiador manifiestan no sólo una retórica, o arte de hablar bien, sino la elocuencia: el arte de decir lo correcto, lo verdadero, propia del lego, o poseedor de la sabiduría práctica (la phrónesis), y de unos ideales que persuaden como si estuvieran fundados en axiomas.

Las ciencias no educan o forman la comunidad o sensus communis, escribe Vico, porque, a diferencia de las imaginaciones históricas y poéticas, no están centradas en el poder explicativo de lo particular, en el ejemplo, con sus situaciones concretas, con sus peculiaridades distintivas. La voluntad no la mueven, sigue diciendo, las generalizaciones abstractas, sino lo justo, lo evidente, lo verisimile, que se le presenta como unos casos que arraigan en la memoria, en la vita memoriae de que habló Cicerón. Los paradigmáticos ejercicios de virtudes, que ofrecen la retórica y la elocuencia de los escritos literarios, sirven para encontrar y entender las reglas que atañen, en unas circunstancias dadas, a lo correcto o incorrecto, lo conveniente o inconveniente, lo justo o injusto para el bien común. Como tacto para la conducta práctica, rectitud del juicio y evidente sentido moral, el sensus communis evita las deficiencias de los dogmatismos y las utopías ciegas a la sabiduría práctica, remata este filósofo.

En concordancia con este sentido común no enfermizo, en aquellos días, marcados por una trascendente redefinición histórica, Fernández de Lizardi prestó atención a un bloque nacional que nunca es homogéneo, conocido, sino que ha de conocerse en su riqueza y variedad, y en este tenor hizo propios los sentimientos populares. Esto es, trató de hallar el punto de encuentro entre lo nacional y lo popular, marchando en dirección contraria a los intelectuales "puros", desarticulados, sin una función orgánica. Consecuentemente, se expresó mediante un estilo franco, respetuoso, familiar, (22) al modo de la razón, salpicado con anécdotas, frases célebres y moralejas que entendiera el pueblo.(23) El punto clave de esta decisión es que ese pueblo mayoritariamente era analfabeto.


Sensus communis y oralidad. ¿Escribir para ágrafos que tampoco leían no fue una decisión necesariamente fallida? Temerariamente, este periodista de vocación respondió con un no rotundo. ¿Cuál fue la tabla de salvación de su quehacer? La sana y generalizada costumbre de invertir los ratos de ocio en escuchar la lectura de algún escrito, motivando los oídos ávidos y captando la atención de la audiencia mediante títulos ingeniosos, "dicharachos de bodegón" con que se "atrae y engolosina al pueblo bajo, lo empeña en su lectura, lo familiariza con las ideas de lo justo y decente, y acaso saca más provecho con sus lecciones que algunos predicadores en el púlpito."(24) Esta forma colectiva de invertir el ocio junto con los bajos niveles de ingreso que hubo dan cuenta de la importancia que alcanzaron los folletos y artículos periodísticos: los argumentos, vertidos en escasos pliegos, adquiridos por un comprador y disfrutados por varios, eran escenificables durante el corto lapso de la convivencia. E inclusive estas formas de consumo dan cuenta de por qué las pioneras novelas lizardianas aparecieron por entregas.

Para que cubrieran con el mayor éxito posible su misión de ejecutantes o intérpretes, los lectores eran cuidadosamente orientados por el emisor mediante indicadores inequívocos. Por ejemplo, las letras cursivas o itálicas se colocaban en las palabras o enunciados que habían de ser enfatizados y también, con frecuencia, en las citas textuales, o argumentos de autoridad. En notas al pie se precisaban los giros cultos, la procedencia de una copia, y demás aclaraciones necesarias para unos y prescindibles para otros. Trabajo minucioso que con asiduidad echaban por la borda los impresores.

En el caso de Lizardi, otra huella indicadora de la oralidad en juego es su recurrencia a diálogos, que facilitaron a la voz o a las voces del lector o lectores matizar los tonos, las formas de hablar y hasta las gesticulaciones. Este recurso teatral, de larga historia, había sido la mejor oferta catequizadora de la Iglesia. La tradición facilitaba, pues, que las percepciones auditivas, amenizadas con las visuales, llamaran a la siempre creativa imaginación del público para que, llenando los huecos de información o indeterminaciones del escrito, recibiera de manera festiva y gozosa la oferta. Obviamente, esta modalidad periodística del género dramático operaba más como un hecho para el común que como un regalo para los elitistas bachilleres y doctores.

El estar salpimentado el plano expresivo lizardiano con versificaciones, dichos y refranes, es otro indicador no sólo de su conocimiento de la literatura española, sino del habla popular y, consiguientemente, de a qué clase de receptores daba prioridad.


Sensus communis y la fiesta instructiva. La labor histórica lizardiana estuvo dentro de un moderno humanismo laico, contrario al mundo anticuado, mezquino, de textos leídos por imposición o castigo. A principios del analfabeto siglo diecinueve, el virtuosismo literario de El Pensador pretendió alcanzar en los receptores una resonancia múltiple y festiva.

Gadamer(25) ha enseñado que la fiesta cubre su naturaleza si recupera la comunicación de todos con todos, lo que, en principio y por principios, sobrepasa los privilegios clasistas y de profesiones. Asimismo, ha de permanecer inmune a las agobiantes manipulaciones comerciales, porque no es una mercancía, como bien supo Lizardi cuando abrió las suscripciones a la frustrada Sociedad Pública de Lectura(26)para que nadie se perdiera la oferta suya y de otros autores. Tal oferta es el embrión del gigante proyecto de José María Lafragua, a saber, instituir la Biblioteca Nacional e instrumentar el Archivo General de la Nación, abiertos, en este caso, para el público que sabe leer.

El Pensador Mexicano no admitió que su oficio se redujera al intercambio mercantil, a que sus destinatarios le entregasen unas monedas, que eran las ganancias de su modus vivendi -vendía sus "papeles"-, sino que estuvo dispuesto a prestarlos para las pequeñas fiestas, o ratos de ocio, donde los contertulios gustaban juntos, compartían, se entregaban al placer comunitario que evita el aislamiento. El hecho de escuchar los hacía copartícipes, por lo cual los oyentes se animaban a improvisar juicios y discutirlos tras la lectura. Entonces se preguntaban por sus comportamientos automatizados. Esta clase de experiencia festiva y juguetona renovaba el deseo de repetir la vivencia. Por lo tanto, en fases subsecuentes, la congregación rebasaba el usual sentido del tiempo, el llenado con una actividad, para volverlo actividad gozosa y de provecho. Si primeramente la gente se reunía para lo que saliera al encuentro, a partir de entonces su pasatiempo alcanzaba las alturas de la libertad creativa que siempre ejerce el intérprete de las obras.

Así pues, la fiesta en cuestión divertía educando y, simétricamente, educaba de manera divertida. Los envidiosos del éxito que obtuvo Lizardi le reprocharon haberse conferido la tutela nacional, es decir, cuidar la distribución del medio real que gastaban los pobres en divertirse.

Esta acendrada capacidad que manifestó nuestro autor de atraer a los humildes e iletrados explica por qué se opuso radicalmente a la prohibición de vocear periódicos y folletos que se adquirían bajo la motivación de su título. Para Lacunza los encabezados de nuestro amigo "nos atruenan los oídos."(27) A juicio lizardiano, la libertad de imprenta debía ir aparejada con la de circulación y del consumo que se realizaba casi siempre en tertulias.

En suma, pretendió que las piedras preciosas en bruto y enterradas en el polvo fueran puliéndose, se tallaran, esculpieran y adornaran con la pintura del saber, en palabras de un Plebeyo.(28)

El joyero Pensador no dudó en predicar que la libertad y justicia están comprendidas en la democracia, cuya realización cabal presupone educar a los oprimidos. Los colonizadores habían creado un enorme y sustituible ejército de reserva no especializado y, además, dejado a la enorme mayoría de la población en el analfabetismo. Todos hemos nacido groseros, pero capacitados para aprender, exclama;(29) sin embargo pocos se ocupan de la enseñanza. Debilidades formativas y de información existían porque el dominio nunca ha sido proclive a entregar armas intelectuales a sus subyugados; su lema fue y ha sido "dámelos tontos, y te los daré esclavos", (30) o en condición de máquinas semovientes.(31)


El grajo socialista. Entender quiénes fueron los destinatarios que tuvo en mente Lizardi, o aspecto perlocucionario de sus textos, nos lleva a su ideología, enfrentada a otra partidaria de las diferenciaciones clasistas. Para frenar las injustas políticas disgregadoras, que operaban en favor de los centros metropolitanos y en contra de sus periferias, afirmó que si cada quien es experto en algo, la societas ha de reconocer las habilidades de cada quien, deshacerse de las irracionales discriminaciones que, a la larga, no benefician a nadie. Cuestionó las jerarquizaciones instituidas que se había mostrado como desvaídos fantasmas después de conjurados. Ni los zapateros ni los comediantes son peores o mejores que el resto de trabajadores, dijo.

Sus argumentos sobre la intrínseca igualdad de los oficios debieron provocar el derramamiento de bilis de una organización que mantenía (y aún mantiene) una escandalosa distancia entre las clases. Así, contra nuestro folletinista, El Amolador citó leyes para decir que, en derecho (que no de hecho, que era el problema que se discutía), los curtidores, herreros, sastres, zapateros, carpinteros y otros más eran oficios honrados que no envilecían, ni inhabilitaban a quien los ejercía para obtener empleos municipales, ni para asistir a ciertas escuelas. Tan burda artimaña legaloide no pudo engañar a nadie. En prueba, el que se identificó como El Pobre Roto, Plebeyo Ordinario dijo: "la canalla es una porción respetable del Estado";(32) y benefactora, porque sus artes proveen el pan y el abrigo. Los albañiles de cuartos, los costureros de vestidos y los labradores no sólo tienen conocimientos que ignoran los filósofos, sino que puestos en práctica son mucho más útiles para la supervivencia de la especie.

Este Roto y Lizardi hicieron suya la rebelión que tuvo lugar en el Renacimiento que ponderó la dignidad de las manualidades. En "De la ociosidad", Montaigne(33) afirma lo positivo de que el espíritu no caiga en delirante fantasía (pero también defendió su derecho a tener un tiempo para escribir juguetonamente sus fantasiosos acudidos de los que, quizá, con el tiempo se avergonzaría).

En México había, sí, muchos ladrones que encontraban las cucharas de plata antes que sus dueños; empero, ¿detentar el poder exime de vicios y robos?, se pregunta el Plebeyo, "¿Cuántos crímenes hay para los cuales es menester ser poderosos?", (34) ¿cuántos dejan de serlo cuando la justicia se compra con el oro? Y, redondea con J. J. Rousseau: si la simplicidad de los vestidos degrada ante la mirada de unos, es porque la falta de penetración no les facilita enterarse de que los rotos conservan la simplicidad de la naturaleza, no desfigurada por la moda. En creencia lizardiana, y posiblemente de este Roto, también la división mundial del trabajo era flagrantemente arbitraria. Y henos, pues, sería de justicia una distribución más equitativa de la riqueza -igualar a todos en una clase media fue anhelo de El Pensador.

Para ascender hasta el estadio social de esta clase, que eliminaría la existencia de clases, era indispensable, creyó, que se instaurasen nuevos modos de producción, acabando con la sobrexplotación de los "pardos", o sea, los negros y sus mezclas, a la sazón esclavizados o sometidos a la servidumbre, y también de los indios.

Además, si bien la música que inventó al respecto estuvo llena de ruidos, en su melodiosa composición la mujer, soltera o viuda, había de participar económica y políticamente en la vida pública, tanto en la economía cuanto en el Congreso, ejerciendo labores distintas a la costura y prostitución. Y en sus Calendarios no dudó en registrar a las insurgentes como simbólicas madres de la patria. En el corto periodo que abarca este volumen, una mujer, o un feminista de primera hora, que firmó como La Mujer Constitucional, sospechando estas inclinaciones del loco o a-normal Pensador, lo invita a que "usted que sabe decir, hable, grite, aturda: diga que aun las mujeres somos constitucionales."(35) Y si hoy sobra este "aun", en tiempos de una organización rigurosamente patriarcal estas palabras estaban abriendo la puerta a los derechos ciudadanos de las mujeres.

El radio de las discriminaciones también abarcó a las artes. Los actores y actrices, que cantaban y decían sus papeles, aún cargaban el menosprecio de haber sido cómicos de la legua. Fernández de Lizardi exigió que no se les quitara el tratamiento ciudadano de "don" y "doña". Con este motivo N. comete un "equivoquillo" que le viene a "pedir de boca": también ha de dársele a "las mulas y los caballos, porque al fin piensan, y no es justo que, siendo pensadores, estos animalitos carezcan de tan satisfactoria distinción."(36)

En resumen, con unos cuantos papirotazos humorísticos y técnicas escriturales, Joaquín Lizardi puso al desnudo las petulancias clasistas del momento, y dejó entre paréntesis la reverencia obligada, quiera que no, a que estaban obligados los oprimidos en lo interno y en el ancho mundo. Supo, admite José Gregorio de Torres Palacio, sacar el "brillo con que suelen algunos adornarlas [las verdades] para hacerlas por este medio menos fastidiosas a los perversos."(37)


Sensus communis y humor. Para hacer la verdad menos fastidiosa, la pluma lizardiana bromeó mediante un humor satírico, una "caústica dureza", una ironía que lo vincula con el Arciprestre de Hita, Cervantes, Quevedo, Iriarte y José Francisco Isla. Lacunza objetó la "ininteligible" sátira quevediana, o brillante mordacidad que, en tanto nunca le fue ajena, retomó El Pensador.

Este tipo de sentido común humorista es detestado por los malos. Si en su Pensamiento Extraordinario del 26 de enero de 1814, El Pensador Mexicano escribió que esperaba que los americanos apreciaran sus producciones, y que los vernáculos de la Nueva España le dieran la razón, Nugagá, tras descubrir los pocos estudios de su oponente, arremete en contra de las sátiras de Lizardi, que éste valoraba como un jugoso plato contrario al seco e indigerible de los errores atávicos. Que corrigiera defectos nacionales, escribe Nugagá, o vicios generalizados mediante ironías era imposible, porque los papeles lizardianos o no llegaban a noticia de la totalidad de individuos porque no todos sabían leer (pero sí escuchar, agrego), o porque no todos querían ni podían leer los complejos juegos retóricos lizardianos. Quidam catalogó esta agudeza de ingenio dentro del "estilo macarrónico y el jocoso."(38)

En aquella situación histórica desgarrada, estuvo implícitamente prohibido lo chocarrero y burlesco, "¿Pues qué?, ¿todos deben tener la mesura y gravedad de Catón en el senado?"(39) La semilla corrosiva del humor, que puso en marcha Lizardi, provocaba urticaria en la agresiva petulancia de las clases dominantes y sus satélites.


El grajo que se pensó cisne. Un buen día el amanuense Joaquín Lizardi decidió ser, de tiempo completo, escribano de sí mismo, asumiendo una profesionalización en "desamparo", (40) o aún impensable varias décadas más tarde, porque la mayoría de los literatos ocupaban cargos político-burocráticos o tenían algunos negocios.(41) Como atleta de Olimpiadas participó en la justa que presuponía superar las escaseces, los sobrados temores de la intolerancia y los competitivos embarazos, (42) fraguados incluso entre colegas que mostraban, observó atinadamente José María de Heredia, nociones "vagas y superficiales de sus méritos respectivos."(43)

En nadie, como en el caso Lizardi, fue tan patente la asunción de un compromiso que limitó unas posibles ególatras aspiraciones de fama y reconocimiento.(44) Ni siquiera se pensó como un simple proveedor de "insumos" para las obras maestras que harían realidad "los sabios del porvenir."(45) En prosa y en verso escribió libros, periódicos, dramas, cartas y folletos para unos destinatarios y sólo para ellos. Nosotros lo espiamos por la cerradura.

De esta decisión suya y de los consiguientes apremios derivados en alguien que no tenía otro medio de trabajo, nació su declaración de principios (Suplemento a El Pensador Mexicano, septiembre 13 de 1814): en sus escritos no se proponía guardar ningún método, "porque no quiero o no me conviene", "y así tan presto hablaré de esto como de aquello, como de lo otro, o como de lo que me diere la gana, que ninguno manda en mi pluma ni en mi cabeza", que dará más saltos de una materia a otras que las de "un volantín en la cuerda."(46)

Como autor limitado por la necesidad de escribir cotidianamente, su producción no siempre estuvo al mismo nivel. Él lo sabía: "el dolor [...] y [la] desesperación entumecen la pluma", (47) "se me aglomeran las ideas y se me exalta la bilis de modo que no es extraño que estos mis papeles carezcan de método, de exactitud, de orden. El lector prudente discúlpeme: no escribo por lucir, sino [por] advertir a mi patria."(48)

El asunto de que hermanar la pluma con el sable liberador significaba esterilizarla literariamente estuvo repleto de fuertes tintes elitistas: las Bellas Letras no se manchan, se decía, con banderas políticas: "En la historiografía literaria del siglo XIX mexicano se aceptó como truismo la idea de que, durante el periodo que va de la segunda época del Diario de México hasta antes de la Academia de Letrán, o aún después, la agotada vida política del país había esterilizado la pluma para 'empuñar el sable'."(49) Juicio también de José Luis Martínez en La emancipación literaria en México.(50) Nada más falso. Sin embargo, la expresa confesión lizardiana motivó que las críticas sobre la "rudeza" de su estilo se repitieran aun en épocas donde su producción, con excepción de El Periquillo Sarniento, o había sido olvidada o había salido del país.

El comprensible desagrado y cansancio en contra de Lizardi los generaba la incoherencia (al modo del Guzmán de Alfarache o El Gil Blas de Santillana y tantas otras novelas) en la caracterización de los personajes de El Periquillo Sarniento y La Quijotita - "¡poder de Dios, qué par de empanadas!"-.(51) Puso en boca de pícaros una moralina que opera como un "chorrillo de alcantarilla" que dilata los periodos, (52) siendo que el buen arte presupone que en un texto, ofrecido como un bien de uso y de goce, sus partes den una cohesión al todo, a tiempo que el toda las preforma como algo que debe "ser-así-y-no-de-otra-manera."(53)

Una amistosa defensa, igualmente sin matices de El Periquillo..., exagera hasta el absurdo los méritos de esta obra y su autor: "un soberbio talento como el de usted, y una sal para producirse que no poseen sus contemporáneos literatos" ha derivado en esta novela de "inspiración celestial" que desluce las producciones maestras de Cervantes.(54) La defensa de nuestro autor escrita por Tomás de Cuéllar, que posiblemente sólo conoció parcialmente la obra lizardiana, o sea, las últimas novelas mencionadas, dijo que antes de emitir juicios desfavorables, convenía promover algunas orientaciones "filosóficas" de Fernández de Lizardi, pasando por alto su "rudeza" estilística:

Lizardi escribía bajo el seudónimo de 'El Pensador Mexicano', seudónimo que en esta época parecía pretensioso y pedante, pero que en los tiempos a que nos referimos no dejaba de ser la expresión del estado de las letras en México, si se atiende a que Lizardi con el valor de Larra y la intención de Cervantes, en medio de la rudeza de su estilo, puso, el primero, el dedo en las llagas sociales con sus escritos, en los que sobrevivirá la intención filosófica a despecho del estilo que condena el buen gusto.(55)

El consejo de sus contemporáneos de que no escribiera precipitadamente se repite en este volumen: la "manera de escribir desaliñada y descuidada demuestra siempre poca atención y mucha falta de respeto, sin que pueda servir de disculpa la sanidad de las sentencias y utilidad de las ideas".(56) Un Fabulista afirma que Lizardi no debería escribir periódicamente, y ejemplifica: El Conductor Eléctrico logró "apenas algunas chispas errantes y escasas de electricidad, por lo mal dispuesto de la máquina."(57) Lacunza admite que como poeta Fernández de Lizardi expresa algún pensamiento feliz, pero le falta una herramienta pulidora: si su "flujo" es ser escritor y necesariamente ha de lucrar con sus "papeles", no sería humano "empeñarlo" a que cambie de rumbo, "sino a que los lime antes de darlos al público."(58) Y Uno de Tantos hace memoria de que en la "Advertencia Preliminar" a La Quijotita y su prima se lee que El Pensador trataba de conciliar su interés con la utilidad común, incluso atropellando las "reglas del arte". Luego, concluye, su público es una "congregación de parvulitos, y él una vieja cuentera, dispensada de toda regla y arte por la imbecilidad de sus oyentes."(59) En Solfeada y palo de ciego a todo autorcillo lego le recomendaron consultar, borrar, quitar y añadir, dejando reposar el mosto literario por lo menos tres días. Juan Nepomuceno Troncoso se une a los objetores: "Piense antes de escribir, escriba sin precipitación, y evite el mismo vicio que imputa a otros."(60)

Afinar sus obras hubiera implicado que la escritura no fuese su ingreso principal, que no costeara sus impresiones, arriesgando su inversión en cada "papel" suyo, y esto porque la voluntad de los impresores se resumía a pagas y no te pago, (61) ni, tampoco, que fuera un periodista abocado a los asuntos de cada día. O sea que le exigieron que no fuera lo que quiso ser. De tener otros ingresos, no le hubiera convenido este reproche: "salga pez o salga rana, el asunto es extraer los medios del público, y adquirirse la fama de sabio."(62)

La perfección de las "bellas letras" era la quimera que atormentaba a los escritores, por aquellos días temerosa de "haber dado a luz una criatura imperfecta e inacabada."(63) Al respecto, simbólicamente Manuel Martínez de Navarrete recordaba la leyenda de que Virgilio dispuso que su Eneida fuera quemada, lo cual muestra "la idea de la extremada perfección artística, el culto a la obra concluida, editada cuidadosamente por el autor y, quizás también, la decisión de no arriesgar la gloria ganada."(64) En antítesis, los cantos de nuestro grajo, que se autocalificó como "escritor segundo", nunca pretendieron ascender al Monte Olimpo, ni menos ser un oráculo egipcio. Según predijo, sus obras terminarían hechas cenizas aunque, quizás, despertarían a los modorros, a la sazón metamorfoseados en viles animales de carga o en simple carne destinada a ser comida. Quizás contribuirían a revolucionar el Planeta Ovejo. Tal vez esto ocurrió, pienso yo, cuando su palabra ya era palabra de muchos; quizás entonces sus escritos, tiros de cerbatana, ayudaron a romper unos cuantos báculos de los pastores en turno.

Hagamos un alto en esto de la gloria. El Pensador era consciente de que vivir es habitar un espacio-tiempo; habitar es amar a los contemporáneos, y amar es luchar de buena fe por la superación de las unidades sociales, desde las más prójimas hasta las más distantes. Supo que bajo las prescripciones del sentido común se lucha hoy por un mañana profético. El que no labra un horizonte futuro jamás se compromete. Y quien no se compromete no ama, ni habita, ni vive en plenitud, sino en una anomia o enfermedad con fuertes visos paranoicos. Así también, por sus anhelos megalómanos, los individuos competitivos, escritores incluidos, pasan su existencia cuidándose la espalda, envidiando al bueno, odiándolo, y disfrazándose de grandioso ante un público de ovejas: "¡Qué mezquino el corazón que no sabe amar! Si no estás enamorado, ¿cómo puedes gozar con la deslumbrante luz del Sol o la suave claridad de la Luna."(65)

Las entrañas de un enamorado habitan, arraigan, sin que se considere el eterno ombligo del mundo. Y todo lo anterior explica por qué Lizardi nunca proyectó sus obras hacia un incierto mañana, en el cual, descontextualizadas, hicieran palabra, o sea, que tuvieran un sitial de honor en la "república de las letras", presididas por semidioses gobernando un genial séquito de espabilados intelectuales cultilatiniparlos y agraciados con el exquisito buen gusto. ¡Ah, pobre "hombre material y de toscas potencias", cómo te atreviste a codearte con gente de la altura de Soto! se lee en Descubierto el carácter y la pluma impía... Cómo osaste ocuparte de la ingente tarea de defender a quienes no tenían acceso a los medios de comunicación, olvidándote de los finos mineros, comerciantes, burócratas de la corte e intelectuales, sectores hegemónicos, dejando intuir que en aquellos días su papel de guías del país estaba en franca crisis de credibilidad. No faltaron los perdona vidas: "¿A qué, pues, es esta crítica tan cáustica, puntualmente contra el que menos la merece?", (66) porque si sus receptores eran "una multitud ignorante, dejémosle proporcionarse a su rusticidad y abandono."(67)


El pavorreal y los cisnes. En estos dimes y diretes que ocurrieron hace dos siglos, Nugagá puntualizó una extravagante clasificación social, que se antoja en orden ascendente: el vulgo; la gente de mundo, lo que refiere a la notoriedad mundana de costumbres morigeradas; la de meditación o virtud, o clase libre, electora y elegible; los genios superiores y trascendentales, y las gentes de Letras. El Pensador Mexicano, escuálido grajo o zanate, sólo embonaba en los dos primeros estratos. Oteaba goloso la iluminada genialidad trascendental de los literatos, dejando a la posteridad sus abortos "ramplones y miserables", (68) o andadas de mal gusto que abochornan el amor propio de las preclaras mentes.

De manera consciente o inconsciente, Lacunza habla sin rubor de su propio "genio", (69) que lo autoriza a señalar a nuestro poeta, que no tuvo escribiente, como ignorante "alma media", "necio", sandio", y sobre todo "engreído" "con el aprecio que de sus mamarrachos forman el aguador, la cocinera y el muchacho, quienes por lo común sólo se diferencian de los brutos en la cualidad risible", aunque usan "este atributo esencial y distintivo de su alma racional por antojo, por capricho y poquísimas veces con fundamento."(70) La exquisitez fulminó sentencia: usted "coplero idiota" sólo es "merecedor de ser el Apolo y oráculo de los poetas que tienen su Parnaso en las banquetas de la Plaza Mayor de esta capital."(71)

En el actual Zócalo se miró, pues, a un imprudente zocao, picho, urraca, papate o iztlaolzanate, que tales son otros nombres regionales del grajo, y a una multitud de lectores que se esforzaron en cazar toda suerte de gazapos en la obra del gritón pajarillo nonato, todavía dentro del cascarón, según la fabulita que le obsequió Patricio Vero: los hinchados o batidos huevos no tienen sustancia. La paletilla llena de aire su "pompa altiva/ cuya grandeza en viento estriba."(72)

Los reflejos azul metálico de los zanates se posan sobre su plumaje negro -pájaros tordos o prietos también les llaman-, que era color de los esclavos, homínidos sin alma, opinaron muchos hasta la manumisión de éstos en 1825. Otro testimonio burlón, que recogió el diccionario de Santamaría, asegura que este feo avechucho se pavonea en las cimas de árboles y tejados, y, mirando al cielo, ladea la cabeza con orgullo complacido de su belleza, o bien se contonea al caminar, brincando con las alas semidesplegadas, sin reparar en sus ojillos rojos y su porte carbonizado. Mírate, Fernández de Lizardi, eres un negro grajo "bizcornado", (73) un "pobre mentecato", un loco delirante que, sin otro oficio ni beneficio que el de mal escritor, ignora su fealdad, pobre inteligencia y falta de "buen gusto": en qué fundas, pues, tu osadía, mequetrefe, si eres el negro y último átomo de la "república literaria"(74) colado entre blanquísimos cisnes.

La defensa de la creatividad individual, que a veces estuvo en "desintonía" con el mérito, (75) encumbró a la personalidad genial. El artilugio de la firma desde entonces funcionó como valor agregado, que aprovecharon los mercaderes, y, visto desde el ángulo del emisor, como un refrendo narcisista. Si el árcade Juan María Lacunza firmaba como J. M. L. era obvio, dice, que tales iniciales sólo tenían una referencia: había ganando la reputación de iluminado, y esto porque admitieron sus versos en el Diario de México, el sin duda heroico vehículo difusor de las Letras. En oposición, las iniciales J. F. L., con que firmaba Lizardi, lo dejaban en el anonimato, porque "como se deja entender, pueden convenir a muchos", (76) incluyendo a los "poetas bastardos" que infestan con sus abortos las prensas de "nuestro México."(77)

Una fábula de Iriarte vino como anillo al dedo a los enemigos de Lizardi: nadie triunfe y luzca con lo ajeno, sino que viva con su suerte. En decir de la diosa Juno, para desgracia de la corneja, pajarillo semejante al grajo, en decir de la diosa Juno, cuando el hado repartió las propiedades, le tocó ser ave de la mala suerte, (78) dijo Esopo. Sí, feo y "de muy mal agüero" ratifica Iriarte. Además, siendo pobre, nuestro zanate, despreciando el sino que le fue marcado por los dioses, se atrevió a escribir con sus negras plumas. En opinión de muchos de sus contemporáneos, a este oscuro avechuco le vino como anillo al dedo otra moraleja: "Bien merece la burla y el desprecio/ El Cuervo que á ser Águila se mete."(79)

La oposición blanco y negro no siempre estuvo en la mente de Tomás de Iriarte o de Samaniego, probables influencias, no reconocidas, de este símil de El Pensador con los grajos. Tal vez no se citó al primero de estos autores españoles, de fuerte ascendencia en Lizardi, con la finalidad de evitar, tramposamente, el eje semántico de "pavonearse". Reproduzco su fábula "El grajo vano y el pavo real", inspirada en una original de Esopo:

 

Hinchado un Grajo de arrogancia vana, / De un Pavo Real las plumas recogía; / y después con ellas se engalana / Despreciando la antigua compañía/ De todos sus iguales/ En la hermosa manada/ Se introduce de varios Pavo reales./ Ellos quitan la pluma al ave osada, /Y con los duros picos la escarmientan, / Hasta que de su gremio al fin la ahuyentan./ El Grajo mal parado, / Se vuelve á los demás de su linaje, / Mas padeció el ultraje/ De que no le sufriesen a su lado./ Y díjole un honrado compañero / De aquellos que él menospreció primero./ Si aquí hubieras vivido, y el estado/ Á que te destinó Naturaleza/ Hubieras tolerado con firmeza, / Ni entre los Pavo Reales/ Padeciera tu honor sonrojos tales, / Ni tampoco te vieras en trabajos, / Abandonado ahora de los Grajos.(80)

 

¿Si Lizardi era pobre y no era doctor borlado, ni se hallaba a los pies de las Musas, con qué falta de caletre, deseando volar demasiado alto, y con una lengua desconocida por su rival, o sea Lacunza, reprodujo una cita en francés?: "si deseaba usted pasar por incomprensible, pudo usted conseguirlo más fácilmente, poniéndonos un lema chino."(81)

En la escalera de la genialidad no podía ascender un escritor de ideas rústicas y campesinas, a juicio de un arquitecto, porque, a todas luces, El Pensador era un "Caballero de la Triste Figura, duque de Híjar, marqués del Corral", "criado, si no nacido, entre los terrones y majadas de las huertas de Tepot[zo]tlán." Esto es, un autor "chocarrero" que deshonraba a su patria.

El Pobre Roto compendia irónicamente las bases de estas impertinencias: "Si el barniz forma el mérito, el favor hace la virtud, los ricos y los grandes llevan entonces la ventaja."(82) Contra las petulancias de los ricos de gusto excelso, cupo la tesis de El Amolador: las producciones literarias valen por sí, no por el nombre, la casta y ralea de su autor empírico.(83) Carlos María de Bustamante también se lanzó al ruedo: Cervantes no tuvo capa de bardo ni se sentó a la faz de Apolo, sino que hubo de escribir para entretener el estómago y mal baratar sus obras. A qué viene que los ávidos de mecenas zahieran e insulten a El Pensador Mexicano. Desengáñense. Los ricos jamás han honrado ni tampoco alentarán las producciones literarias, concluye.

Este cúmulo de ataques tuvieron como punto nodal el "desaliño" de la obra lizardiana que agrede, se afirmaba, el buen gusto, propio de las obras artísticas y que captan los individuos congeniales o de espíritu pulimentado. En su epopeya de pionero, nuestro hombre enamorado y de buena fe no parecía tener muchos cómplices: la miopía autocomplaciente le repitió que en las artes únicamente han de participar los agraciados, los fantásticos demiurgos de musas, que nunca son embrolladores ni embrollados. La moraleja que le restregaron fue que un grajo nunca ha de chistar porque carece del más elemental buen gusto.

Henos, pues, que las personas habían sido escalafonadas en las clases privilegiadas e intelectuales que ejercían las artes libres y de gusto refinado, y en insensibles, de mal gusto; en tontos e inteligentes; en quienes invierten sus ratos de ocio en la elevación del espíritu e incultos pobres que sólo están entregados a su neg-ocio, porque, como fue el caso de Lizardi, sólo tienen tiempo para dedicarlo a su supervivencia. En conclusión de las elites decimonónicas, tales menesterosos jamás alcanzan el "buen tono" en su obrar ni en su recibir las delicias literarias del individuo genio. Se había encumbrado, pues, a la personalidad genial. El resto canta horrible. Según conseja, los grajos, una familia de mirlos americanos, amiga de procrear "bastardos", al caer la tarde llegan en bandadas a la copa de los árboles, produciendo una algarabía que se asemeja a los goznes sin aceitar de las carretas. O sea, a un molesto chirriar.


Recordatorio histórico sobre el origen de los cisnes. El cúmulo de estigmas mencionados que se agrupan en el eje semántico de las "bellas letras" y "artes nobles", (84)del buen gusto y de los espíritus geniales, han de entenderse siguiendo algunos hechos de larga tradición, que nos envían hasta Grecia y, más cerca, al siglo XVIII.