FRIEGAS Y FRIEGAS Y EL EMPACHO PEGADO[1]

 

 

Esto de la medicina y cirugía, y especialmente la asistencia en los hospitales, todos estamos mirando que no anda a derechas. En cuatro minutos o menos se pasa la hora de visita en cada sala de treinta o más hombres. Con tres terminillos de tornillo: con un lo mismo; y con la conclusión en cada cama de su ración y curación, ni los facultativos saben lo que curan, ni los platicantes,[2] cómo han de curar. Pues cata aquí que, con motivo de haber muerto el contralor del hospital del terrorismo, don Severo Rígido, ha llenado su plaza don Benigno Amable, y mudando aquella casa de humanidad a la plaza de la beneficencia. Lo primero que hizo fue poner la botica a cargo de don Patricio, proveyéndola de toda clase de específicos selectos, pectorales suavísimos, colirios, esencias, espíritus y cuanto conduce a la conservación de la vida. Pero ¿será creíble que haya dolientes tan connaturalizados con sus males que sienten y se irritan aún con sólo oír la voz de curación? Pues es cierto que los hay, y ojalá no los hubiera. Mayormente si la enfermedad es de corazón, de hígado o en las entrañas; malo, malo: la curación es muy difícil.

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Por cuantos caminos pueden discurrirse se dedicó otro de los médicos a pensar y más pensar los medios de curación metódica y saludoble [sic]. Extendió sus recetas con los específicos mejores del arte: las explicó en buen castellano para que las entendieran los enfermos; pero se le levantó tal polvareda, que ni sus mismos opositores se entienden entre sí. Ellos ni son sistemáticos, ni modernos, ni antiguos, ni cosa que lo valga; pero al fin los enfermos friegas y friegas, y el empacho pegado.

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Con una nueva máquina eléctrica[5] unos, y con la pluma y la espada[6] otros, querían curar a tajos y reveses; pero como don Patricio les hizo ver que desde su ingreso al hospital [de locos], había arrojado de la botica los bisturís, lancetas, faringotomos, vejigatorios y sanguijuelas, no se adoptó el método curativo que proponían; pero al fin los enfermos friegas y fr[i]egas, y el empacho pegado.

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Mientras se les despega, reciban estas friegas cariñosas de su afectísimo.


El Fregandero

 


[1] México: Oficina de don Alejandro Valdés, año de 1820, 4 pp.

[2] Así en el original.

[3] Resumen de texto omitido: Don Patricio desistió de curar a los enfermos, pues éstos huían ante la voz curación, y fue forzoso dejarlos en paz. Otro facultativo decidió que los enfermos lo estaban pero de la mente y “cargó con ellos a su casa de locos”; únicamente dejó a los de siempre que sufren de empacho y acostumbrados a manjares nada saludables. Otros médicos que también ayudaron a don Patricio propusieron alimentos para corregir, ya fuera “la debilidad en el sistema nervioso” o “daño en la masa de sangre”; se propuso “una buena dosis de chanfaina sequita”, otros la pidieron en diferentes presentaciones: chanfaina caldosa, pura chanfaina sin más condimento que chanfaina. Aún así, los médicos de cabecera decidieron embotar la curación que se redujo a “friegas y friegas, y el empacho pegado”.

[4] Resumen de texto omitido: Otro facultativo propuso su Cuestión curiosa; inmediatamente surgió un Quidam, que “formó en su respuesta una tercera entidad de los simples de la botica” la que dificultó la curación. Se desconoce si hubo respuesta de éste ante la contestación de un Curioso. Se menciona la participación del Amolador y el enojo de los Dolientes “de la difunta”, la Inquisición, con esto volvió a entorpecerse la curación de los enfermos.

[5] máquina eléctrica. Se refiere a El Conductor Eléctrico. Cf. nota 3 a Respuesta del padre Soto.., en este volumen.

[6] La pluma y la espada. Se refiere quizá al folleto Con las plumas y la espada se destruye la maldad. México: Imprenta de Ontiveros, 1820. 8 pp.

[7] Resumen de texto omitido: Se celebró una junta de facultativos, pero “sus conferencias, exámenes y recetas son allá para entre ellos solos”, no se tuvieron resultados. Últimamente, un médico cimentó su curación en varios Apuntes para la historia, se acompañó de los Cuentero. Así, don Antonio los desengañó “de que era siempre el mismo” con lo que se quedaron como antes. Se ofreció un barbero, que quiso hacer su trabajo bien pero molestó a unos grupos de capa y espada, acalorados porque “las verdades amargan”, así “en estos dimes y diretes, friegas y friegas, y el empacho pegado”.