Número 2

 

EL TEÓLOGO IMPARCIAL

 

Respuesta del autor del Duelo de la Inquisición a El Pensador Mexicano,

en su papel de El Conductor Eléctrico número 15

 

 

En prueba de la mucha inconsecuencia de El Pensador, achacando a otros lo que en él es defecto capital, sólo especificaremos dos intrusiones suyas que, aunque ajenas de la contestación actual de su papel, no lo son de su objeto e instrucción, por decir ambas relación con mi orden,[2] y conmigo. Vaya la primera, ¿quién ha de negar que la prohibición canónica de militar los clérigos tiene varias excepciones, fundadas en el derecho natural de conservar la propia vida y salvar la patria del furor enemigo, y que en ese caso de necesidad se vieron los sacerdotes seculares y regulares de ambas Españas en nuestra época? Sin embargo, nuestro componedor del mundo, que no pudo sufrir de mí hablase en un papel público, y, en general, de las transgresiones pecaminosas que se cometen contra la Constitución,[3] no dudó asentar en uno de sus papeles que, sin efecto, quiso imprimir, la siguiente chocante doctrina: “Sé que en todos tiempos, en guerras justas e injustas, no sólo clérigos, sino cardenales y obispos han tomado las armas y regenteado aun ejércitos, vestidos de pontifical; pero aquello que he leído, y esto que he visto, siempre me ha parecido y me parecerá ajeno del instituto que profesaron. Los sagrados cánones no distinguen excepciones: excomulgan, suspenden y degradan a todo clérigo asesino, sea cual fuere. Los casos de necesidad, y las excepciones que se pretextan son muy remotos. Léanse los cánones sin pasión y sin interés, y se verá cuántos clérigos están por ellos excomulgados, irregulares y depuestos en nuestro reino y en nuestra época”. Hasta aquí nuestro Pensador, sobre una materia tan intrincada en la práctica, tan expuesta a inconvenientes, tan difícil de sujetarla a reglas generales. ¿Quién dirá no está hablando un canonista envejecido en los negocios eclesiásticos, o un teólogo consumado en la dirección de las conciencias, o finalmente algún pontífice que habla ex-cathedra? Juzgue ahora el lector imparcial, quién canta más fuera de su coro, él hablando así de una materia tan eclesiástica, o yo, hablando de las transgresiones pecaminosas de la Constitución.a

La segunda intrusión de que hicimos mención consiste en la crítica que El Pensador ha hecho del sermón del reverendo padre lector fray Nicolás de Santa María, y la cual constará más claramente de sus palabras, tomadas de El Conductor Eléctrico número 13. “Otros varios hechos (dice) pudiera referir de esta clase, y de cuya justificación, en caso de reclamo, quedaría responsable bajo mi firma. ¿Pero para qué he de molestar a mis lectores con una relación tan odiosa, y más cuando les suena el sermón predicado en Catedral[4] el 25 de este julio por el reverendo padre fray Nicolás de Su Majestad? Yo no estuve en él; pero me han contado mirabilia. Unos dicen que habló mucho contra el papel titulado El Amante de la Constitución,[5] y contra el Pan y toros del señor Jovellanos;[6] otros, que peroró contra el Catecismo Constitucional;[7] otros, que declamó contra la libertad de imprenta;[8] y todos convienen en que concluyó diciendo que si el nuevo sistema había de ser origen de que se perdiese la religión, que permitiese Dios que se confundiera la América, o no sé qué imprecación igual.”

Repito que no oí el sermón, y añado que respeto el carácter, virtud y letras del orador; pero si así lo dijo, dijo mal: su proposición es subversiva, injuriosa al rey y a la nación en sus representantes, y demasiadamente perjudicial y escandalosa; mucho más cuando ni en hipótesis se puede, ni se debe, decir que la Constitución pueda ser causa de nuestra ruina espiritual, pues estamos bien seguros de la probidad de sus principios.

“Malo sería vertir estas proposiciones en un estrado; pero es más que peor vertirlas en un lugar tan ventajoso como un púlpito, desde donde se ataca a salvo, si se quiere, la opinión del pueblo rudo, porque nadie puede oponerse ni rebatir al orador.

“¿Y cómo se aquietarán las conciencias agitadas con los escrúpulos erróneos que sacaron del templo? ¿Cómo se consolidará la opinión extraviada sobre semejantes materias, y cómo se resarcirán los perjuicios espirituales, y aun corporales, que se puedan seguir por estas y semejantes expresiones[?]

“Repito, que ni aun en hipótesi[s] debemos juzgar por un instante que nuestro sabio y justo Código pueda ser causa de la irreligión ni de la inmoralidad de las costumbres. Otras son las causas de estos daños que nunca faltarán en el mundo, con Constitución o sin ella. La adulación, el egoísmo, la ambición, la ignorancia, la mala fe... Estos, estos vicios son, y serán siempre, el origen de la irreligión, del fanatismo y de la perversidad de las costumbres, y nunca una legislación bien ordenada.

“¿Qué se hubiera hecho ahora seis años si un orador hubiera exclamado: si la venida de Fernando a España ha de motivar la discordia, los odios, las venganzas, el trastorno de las costumbres y la perdición de las almas, perezca amén el trono y toda la monarquía española? ¿Qué se hubiera hecho con el orador, vuelvo a decir? A buen librar lo habrían despachado a predicar a Ceuta. Pues lo que se pudiera decir de esta proposición hipotética, se puede decir de la del carmelita, porque ambas están paralelas.

“Yo dejo al reverendo padre en su buena opinión y fama. Acaso el vulgo interpretó sus proposiciones; mas aun siendo así, me parece que debe satisfacer al público, ora sea predicando otro sermón más claro, ora dando a las prensas el que predicó y ha escandalizado tanto a todo México.

“Después de todo, santo padre[9] sabrá lo que le convenga hacer: lo que no tiene duda es que, como muy bien sabe, la cátedra del Espíritu Santo es para predicar el Evangelio.”[10] Hasta aquí las reflexiones de El Pensador Mexicano contra las cuales oponemos las siguientes, por el orden de sus párrafos.

Se extraña, ¿por qué esos informantes de usted, señor Pensador, unos le informaron de uno, otros de otro, siendo así que todos igualmente asistieron a sermón, y el orador para todos hablaba en un mismo tiempo? A la cuenta, ya dormían, ya vigilaban, naciendo de ahí el que unos diesen razón de una cosa, otros de otra. Algo de eso hubo sin duda, por cuanto preguntados algunos de los que asistieron al sermón aseguran es falso hubiera echado el orador contra la libertad de imprenta, sino contra su mal uso; tampoco contra ningún papel absolutamente, sino contra algunas proposiciones suyas: lo cual es muy diverso, y que en nada ofende la Constitución. Todo esto prueba, señor Pensador, la ligereza y poco juicio discretivo de usted, pues un asunto tan grave y delicado como el presente no debió usted fundarlo en dichos sueltos y errantes del público, que por su naturaleza consta de muchas partes demasiado heterogéneas, y más teniendo los medios fáciles por donde arreglar y rectificar su juicio. El primero, pidiendo al orador copia del sermón, o párrafos de que se hablaba, para que, constándole a usted ciertamente del hecho, afijase su discurso, y dejase de hablar al aire, a Dios te la depare buena, si topa topa, venga el real,[11] y vamos adelante. El segundo, descansando en el sabio dictamen del ilustrísimo Cabildo Eclesiástico[12] que, como sabe usted, no sólo no tuvo que reparar en el sermón, sino que todos los que asistieron lo celebraron, dieron galas al orador, y lo exhortaron a continuar el ministerio. Parece que, habiendo siempre en esa respetable corporación excelentes teólogos, distinguidos oradores, deben ser preferidos a los informantes de usted, ya se miren como testigos, ya como jueces, ya como constitucionales. Pero eso no le tuvo a usted cuenta, porque entonces ¿cómo había de poner su papel anunciando mirabilia?

Dado que fuese idéntica la proposición del orador a la que aquí se le atribuye, ningún inconveniente tiene su prolación,[13] por lo mismo que sólo se habla hipotéticamente, cuyo modo está universalmente recibido en toda ciencia y materia, sin las censuras que a su antojo saca en la presente El Pensador; pues no es otra cosa que hablar bajo cierta suposición puramente intelectual, posible o imposible, que nada influye en la existencia, con el fin de avivar y especificar más el concepto de que se trata. El que aquí tuvo el orador fue sin duda el de empeñar las virtudes, e inspirar horror al pecado respecto de la Constitución; concluyendo, que si no había de servir para eso, permitiese Dios primero nuestra ruina temporal. ¿Y qué repugnancia tiene este discurso? Él es consecuente a lo que universalmente se enseña en la santa teología de que todo cristiano debe convenir primero en la destrucción de todo el mundo entero que consentir en un solo pecado venial. Él igualmente es idéntico a esta otra proposición, que del mismo modo se enseña en la teología, de que lícitamente puede desear la made al hijo la muerte, antes que casarse, si del matrimonio se le ha de seguir su perdición espiritual.

Todos estos inconvenientes son por demás, en virtud de que no existiendo su fundamento, tampoco deben existir ellos. Adonde ciertamente hubieran existido los últimos, era asentado que todos los sacerdotes que militaron en nuestra época, aquí y en España, estaban suspensos, excomulgados e irregulares, como asentó El Pensador en uno de sus papeles, de que hicimos mención arriba. ¡Con todo eso no le ocurrieron a la mente, y sí los supuestos del padre carmelita, para que se vea la facilidad con que se aumenta el mal ajeno, y se disminuye el propio!

Es falso que ni por un instante podemos juzgar, aun hipotéticamente, que la Constitución no pueda ser causa de nuestra ruina espiritual, porque siendo ese modo de hablar puramente intelectual, y sólo ex supositione,[14] ningún agravio se le hace ni se le infiere. Si la Constitución por sabia y justa no puede ser causa de nuestra ruina espiritual, tampoco el matrimonio por sacramento y santo lo podrá ser de la del joven que se casa. Con todo, hemos visto como lícitamente la madre piadosa le puede desear la muerte a su hijo, primero que verlo casado con ruina de su alma. ¿Pues por qué no se podrá discurrir del mismo modo, hablando de la Constitución? ¿Qué privilegio es el suyo? Esta ruina espiritual, o perdición eterna, puede seguirse de ella, o por razón de sí misma, o por razón de nosotros. Y aunque de ambos modos puede decirse hipotéticamente, sin perjuicio de su mérito, es claro que la proposición del orador debe tomarse en el último y no en el otro, que es camino más hábil, y más conducente a su propósito. En el pecado hay causas interiores, que son los malos hábitos e inclinaciones viciosas del pecador; y las hay exteriores u ocasionales, entre las cuales se numeran las cosas más inocentes, por el abuso que podemos hacer de ellas. ¿Y quién ha dicho no podemos pedir a Dios ser librados de éstas en cuanto a este respecto, del mismo modo que podemos hacerlo de las otras? Por todas estas razones no es del caso el ejemplo de El Pensador, pues lejos de concluir lo que pretende, debe concluir lo contrario. Mejor fuera que se abstuviera de tratar estos puntos teológicos, o que, para hacerlo, se aconsejera en ellos con quien le pudiera ilustrar.

Es falsa esa primera proposición, y sólo dejará de serlo invirtiéndola, porque estando el padre lector en posesión de su fama, El Pensador la ha turbado y puesto en controversia con su papel. Antes no era más que un rumor popular infundado, que por su peso se había de ir extinguiendo y acabando, como sucede en semejantes cosas, que con la facilidad que se levantan y arman una gran polvareda, con esa misma se apagan y desaparecen de repente. Ahora ha recibido el caso cierta perpetuidad y propagación por medio de este impreso, que su autor hará correr por todo el mundo, así como lo hace con los demás suyos. La otra proposición que sigue destruye de un golpe todo el edificio que se propuso levantar su autor, porque sin duda hubiera sido todo malas inteligencias o interpretaciones del vulgo, es claro que tampoco sus informantes salen de esa esfera, o que sólo lo hicieron por informes de aquél, resultando de todas maneras un cimiento por su naturaleza débil y despreciable. La satisfacción que en conclusión se pide es una sentencia verdaderamente pilatuna, propia de quien la diera, porque, en suposición de no haber certeza ni probabilidad del delito, antes bien pruebas positivas de su inexistencia cuales se han apuntado, es lo mismo que castigar a uno sin culpa. ¿Acaso el púlpito, ni los oradores que suben a él, son juguete de los legos, para que a su contemplación, y por quítame allá esas pajas, se digan y desdigan con esa facilidad?

Para esa resolución, por último, era mejor que El Pensador no se hubiera metido en nada, y dejado las cosas en el estado en que estaba, como que teniendo el orador más de veinte y cinco años, y siendo lector de teología, ya él sabía, desde muy antes que El Pensador echase su papel, lo que había de hacer, y de qué modo debía obrar para predicar el Evangelio. Para roborar[15] su consejo, vacía a la letra la circular del reverendo padre Alameda,[16] general de los padres franciscanos, en que manda a sus súbditos obedezcan sin controversias a las potestades constituidas, y que su ministerio sea el de hacer amables las virtudes y reprender los vicios.

He aquí, lector, indicada por El Pensador la famosa distinción de lo político y religioso,[17] a fin de instruirnos a todos los sacerdotes que en el púlpito sólo podemos tocar lo uno y no lo otro. Y he aquí unas voces hábiles y precisivas de la jurisdicción de ambas potestades, secular y eclesiástica, que, bien entendidas y manejadas, son la llave maestra para entrar y salir con magisterio en cuantas materias ocurran al caso; y que, por el contrario, mal entendidas y manejadas, sólo sirven de embrollarlo y obscurecerlo todo, como sin duda sucede a nuestro Pensador. Para que en el particular dude un poco, y sea más detenido, le hacemos las siguientes reflexiones. Primera: si el padre fray Nicolás no debió meterse en su sermón con la Constitución por ser cosa política en su propio concepto, tampoco usted debió meterse con su sermón por ser de su concepto cosa religiosa y evangélica. ¿No es esto degollarse con su propia espada o, de otro modo, ver la paja del vecino y no la propia viga? Segunda: si la Constitución de la Monarquía es capaz de virtud y vicio, aquélla, observándose con puntualidad por motivo de justicia y conciencia, éste, abusando de sus fines rectos e intenciones, ¿por qué el orador no podrá hablar de ella bajo estos dos conceptos, siempre que quiera y le convenga? Sin duda alguna que el religioso franciscano que haga esto no irá contra su General.[18] Quizás querrá usted que cuando el orador vaya a predicar de la Constitución, le pregunte a usted ¿cómo se peca y abusa contra ella, o no? Tercera: siendo cierto que toda política para ser verdadera, legítima y laudable debe subordinarse a la religión, ¿quién no ve que siempre deben andar juntas, principalmente en un orador, ya para perfeccionarse y protegerse mutuamente, y ya para que se guarden sus fueros[19] sin ofenderse, en términos que, siendo la primera inferior y la última su superior, deba siempre darle cuenta de su conducta y porte?

¿Y qué otra cosa hizo el padre fray Nicolás en su sermón? Fajó como predicador contra el abuso de la libertad de imprenta, es verdad; pero, en eso mismo reconoció como vasallo la obligación de la ley, aprobando su buen uso por el mismo hecho que sólo reprendía el abuso. Declamó del mismo modo contra el que podía hacerse de toda la Constitución, hasta asegurar que si había de ser para nuestra ruina espiritual, permitiese Dios pereciésemos antes con la privación de la vida. Y esto, como se deja entender, no fue negar ni su justicia, ni su obligación, ni los frutos que se pueden esperar de ella, sino, supuesto todo ello, hacerlo dependiente de la religión para que cause una verdadera felicidad, y se revista de un bien sólido y verdadero, lo cual es evidentemente cierto.

Luego es preciso decir, señor Pensador, que en el particular ha hecho usted causa de lo que era asunto de alabanza, y que lejos de tener el padre que satisfacer al público, usted es el que debía satisfacer al reverendo y a aquél. ¡Oh, señor Pensador, eso tiene fiarse demasiado de sí mismo! Usted habla mucho, como que de eso vive, y, por consecuencia legítima, es preciso que yerre también mucho. Toda intrusión es mala; pero las de esta clase son de mayor esfera. Yo alabo a usted su celo por la Constitución, porque ella es la ley que nos gobierna, y en quien debe enlazarse nuestra unión; pero le advierto que, consistiendo la virtud en un medio prudente, tanto puede pecar usted contra ella y contra Dios por exceso, como por defecto. Los sacerdotes no deben injerirse en lo político, es verdad; pero debe usted siempre tener presente que las ideas generales son muy fáciles, y su aplicación a los casos muy difícil. Finalmente: que así como las cosas de religión se sujetan a lo político cuando se revisten de alguna afección temporal, así las políticas se sujetan a la religión cuando por el contrario se revisten de alguna afección de religión.


Se continuará.

 


[1] México: Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, 11 pp.

[2] José de San Bartolomé. Cf. nota 20 a El Teólogo Imparcial, núm. 1, en este volumen.

[3] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

a Por comisión del señor provisor censuré este papel de El Pensador, formando una disertación teológica-canónica-historial, que por repetidas veces se me ha pedido para la imprenta, y no he querido darla en consideración de no haberse impreso el tal papel que la motivó. En el día parece cesar este respeto, por el poco que me ha tenido El Pensador: Fragenti fidem non est servandam fides [no debe guardarse amistad para quien la quebranta].

[4] Catedral. Al norte de la Plaza Mayor o Plaza de Armas. Comenzada en 1573. Se consagró en 1667, pero su construcción se terminó en 1813 bajo la dirección de Manuel Tolsá. “Es hermosa, de vastas proporciones y de construcción sólida y serena, aunque afeada por su mal pavimento de madera, por los altares nuevamente construidos, que abiertamente pugnan con el estilo general del edificio, por las rejas de hierro desprovistas de arte, que cierran algunas capillas en substitución de las antiguas, que eran de maderas finas [...]. El tabernáculo es una obra moderna que desdice mucho de la serenidad arquitectónica del edificio”. Leduc, Lara Pardo y Roumagnac, Diccionario de geografía, historia..., p. 155. Véase Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17, del jueves 23 de diciembre de 1813, entre un arquitecto y un petimetre..., en este volumen. Fernández de Lizardi criticó el edifico de la Catedral, véanse las seis partes de este folleto.

[5] El Amante de la Constitución. Por A. R. México: Reimpreso en la Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp. Ataca a Fernando VII y exhorta a los españoles a combatir a los enemigos de la Constitución. Además, menciona que el clero regular era el verdadero enemigo de España “por ser inútiles y perjudiciales”. También escribió El Amante de la Constitución. Discurso segundo, reimpreso en Cádiz y por su original en México en la Imprenta de Mariano Ontiveros, 1820. Del primero existen reimpresiones en Veracruz en la Imprenta de Priani y Quintana, que tomaron la madrileña de la Imprenta de Repulles. A. R. también escribió El Amante en cumplimiento de nuestra sabia Constitución. México: Imprenta de Juan Bautista Arizpe, 1820. P. S escribe Defensa a El Amante de la Constitución. México: Oficina de Mariano Ontiveros, 1820, 4 pp.; Segunda defensa a El Amante de la Constitución contra el que se dice su impugnador. México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 7 pp.; Tercer defensa a El Amante de la Constitución dirigida a los señores F. R. y F. A. A. G. México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 8 pp. El texto en cuestión es criticado en los siguientes folletos: El Amante de la Religión y de la Constitución contra el papel titulado: El Amante de la Constitución. [México]: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 4 pp., firmado por El Amante de la Religión y de la Constitución; El ciudadano preocupado. México: Oficina de don Alejandro Valdés, 1820, 8 pp.; El ignorante a los sabios. Puebla: Oficina de don Pedro de la Rosa, 12 de julio de 1820, 7 pp., firmado por E. I.; Espíritu del Amante de la Constitución. México: Imprenta de Mariano Ontiveros, 1820, 11 pp.; Censura de un liberal al papel El Amante de la Constitución, dirijida a su defensor. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 7 pp., fechado en México el 14 de julio y firmado por F. A. A. G.; Contra el papel titulado El Amante de la Constitución. [México]: Oficina de Alejandro Valdés [1820, 4 pp.], firmado por F. R.; Papel segundo contra el que se dice Amante de la Constitución. [México]: Oficina de Alejandro Valdés [1820, 4 pp.], firmado también por F. R.; Un puñado de consejos a los que los necesiten. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.], firmado por Jorge Pitillas, y Defensa del instituto religioso. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp., firmado por R. A. El texto referido suscitó, a su vez, defensas, tenemos noticias de las siguientes: Al impugnador del Amante de la Constitución, que publicó un papel. [México]: Ontiveros, 1820, [4 pp.], firmado por A. Está escrito en verso, del mismo autor Herir por los mismo filos. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.], escrito en contra de F. R.; El Amante de la Constitución vindicado, o impugnación al primer papel de F. R.. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 8 pp., firmado por S. I. L.; Un bocadito salado al autor más preocupado. O refutación a las sandeces del segundo papel de F. R.. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.], firmado por I. S. L.; Triunfo del Amante de la Constitución, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, [4 pp.], firmado por J. M. R. H.; y, Refuerzo al benemérito Amante de la Constitución, contra el papel titulado Censura de un liberal. México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 12 pp., firmado por N. (de este autor, publicamos en este volumen dos folletos titulados Piénsalo bien y Sal y pimienta a la chanfaina).

[6] Pan y toros. Se refiere a la obra conocida como Vicios de España, cuyo título original es Oración apologética que en defensa del estado floreciente de España. Este libelo anónimo se difundió entre 1793 y 1796, años en que España sostuvo enfrentamientos militares con Francia; hubo copias del mismo en Villamil, Valladolid, Alcalá, Madrid, Granada, pero sobre todo en la Universidad de Salamanca. Ramón de Salas, catedrático de ésta, fue acusado de su autoría; pronto la autoría se trasladó a la persona de Jovellanos, y curiosamente las ediciones a partir de 1812 —Jovellanos murió en 1811— lo consignan como su autor, de ahí que algunos ejemplares tengan por título Oración apologética que en defensa del estado floreciente de España en el reinado de Carlos IV, dixo en la plaza de toros de Madrid Gaspar de Jovellanos. En el Bulletin Hispanique de 1969, François López, de la Universidad de Burdeos, probó en su artículo “Pan y toros”, que éste se debía a uno de los ilustrados más marginados, al escritor satírico León de Arroyal, quien escribió también Cartas político-económicas, dirigidas al conde de Llerena, una de las críticas más severas a la monarquía de Carlos III. Cf. Antonio Elorza (ed.), Pan y toros y otros papeles sediciosos de fines del siglo XVIII, Madrid: Editorial Ayuso, 1971. En México se imprimió sin firma de autor en la casa de Ontiveros, 1820, 16 pp. Este texto demuestra la decadencia de España en su sistema político económico, así como en las ciencias, las artes, la agricultura, en su moral y costumbres. El texto estaba prohibido. Fernández de Lizardi consigna en El Conductor Eléctrico núm. 24, mediante un remitido de Oaxaca firmado por M. S. E., que este sujeto aprendió de memoria el texto por el año de 1801, y que lo recitaba y discutía con varias personas que le solicitaban les recitara el texto. M. S. E. pide a Lizardi le informe si tiene el texto tantas herejías como se dice. Nuestro autor le contesta en el mismo número de El Conductor Eléctrico que Pan y toros es una fina sátira de los abusos que el autor notó en España, con el fin de que se remediasen. Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 423-425.

[7] Catecismo Constitucional. D. J. C. Catecismo político arreglado a la Constitución de la Monarquía Española; para ilustración del pueblo, instrucción de la juventud, y uso de las escuelas de primeras letras. Puebla: Imprenta de San Felipe Neri, 1820, 76 p. Mediante preguntas y respuestas explica los siguientes puntos: De la Constitución; De la nación española; De la ley; De los españoles y de los ciudadanos españoles; Del gobierno; De las Cortes; De la formación de las leyes y de la sanción real; De la diputación permanente; De las Cortes Extraordinarias; Del rey; De los secretarios del Despacho; Del Consejo de Estado; De los tribunales; De la Administración de justicia; Del gobierno interior de las provincias y de los pueblos; De los ayuntamientos; De las diputaciones provinciales; De la fuerza militar nacional; De las contribuciones. Cf. Meza Oliver y Olivera López, Catálogo de la Colección Lafragua..., pp. 190-191.

[8] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[9] Fernández de Lizardi escribe “su persona” no “santo padre”. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 344.

[10] Ibidem, pp. 342-344.

[11] real. Doce centavos y medio.

[12] cabildo eclesiástico. La Catedral de México fue erigida por fray Juan de Zumárraga en 9 de septiembre de 1534, por bula de Clemente VII, bajo el título de la Asunción de Nuestra Señora. El cabildo eclesiástico “se compone de cinco dignidades, que son deán, arcediano, chantre, maestrescuelas y tesorero, de diez canonjías, de las cuales las de penitenciario, lectoral y magistral se proveen en virtud de públicas pruebas y ejercicios literarios, cinco de merced o gracia, y la venta de la otra está aplicada al tribunal de la Inquisición: seis prebendas de ración entera, seis de media ración, tres curas párrocos, treinta capellanes, seis acólitos, y diez y seis infantes de coro; veinte músicos, un sacristán mayor y dos menores, con varios mozos de la sacristía, dos celadores, dos apuntadores del coro, periquero, caniculario, y otros ministros y dependientes. Es metropolitana de la Nueva España y tiene por sufragáneas las iglesias de Tlaxcala, Puebla de los Ángeles, Valladolid de Michoacán, Antequera de Oaxaca, Guadalajara de la Nueva Galicia, Yucatán, Durango de la Nueva Vizcaya, Sonora y Monterrey del Nuevo Reino de León, y hasta el año de 1743, lo fueron también Guatemala, Chiapas, Nicaragua y Comayagua [...] Ha tenido hasta este año de 1811, veinte y nueve arzobispos, venerables todos por su virtud y doctrina, de los cuales nueve han sido virreyes de la Nueva España, tres prelados grandes cruces de la Orden de Carlos III, y un arzobispo de Toledo y cardenal de la Santa Iglesia Romana. Sus capitulares en la mayor parte doctores teólogos o canonistas, han resplandecido siempre por su nobleza, gravedad de costumbres, letras, virtudes eclesiásticas, y de ellos ha habido tres arzobispos de la metropolitana, y más de cincuenta obispos y arzobispos de otras iglesias de las Américas, de Asia y de Europa”. Cf. Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca Hispanoamericana..., t. III, p. 217.

[13] prolación. Acción de proferir o pronunciar.

[14] ex supositione. Por suposición.

[15] roborar. Dar fuerza y firmeza a una cosa. Otorgar, confirmar, rubricar una cosa. Reforzar con razones o argumentos.

[16] Fray Cirilo Alameda (1781-1872). Cardenal español. General de la orden franciscana, jefe del grupo carlista. Transaccionista que propició el Acuerdo de Vergara. En el reinado de Isabel II estuvo en los arzobispados de Santiago de Cuba, Burgos y Toledo.

[17] Fernández de Lizardi publicó parte de la pastoral del padre Alameda en el número 13 de El Conductor Eléctrico, a la letra dice el texto citado: “Nada interesa tanto al buen nombre que se debe a los institutos religiosos como obedecer a las autoridades constitutidas, respetar las leyes, contribuir a mantener el orden y dar ejemplo de respeto y adhesión a los principios del gobierno. [...] Por tanto, mandamos a nuestro padre reverendo que ordene a todos los religiosos [...] que ni en palabras ni obras, ni en consejos e instrucciones, así públicas como privadas abusen de su ministerio [...]”. Cf. Obras IV-Periódicos, p. 344.

[18] general con mayúscula en el original.

[19] fueros. Título V, capítulo I, artículo 249: “Los eclesiásticos continuarán gozando del fuero de su estado, en los términos que prescriban las leyes o que en adelante prescribieren”. Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 89., y cf. nota 22 a El Irónico Hablador..., en este volumen.