EL PRACTICANTE DE SAN ANDRÉS A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

Hace ya, por mis negras desdichas y malaventurada ventura, señor Pensador, tres años que murió mi padre, hombre de bien a carta cabal y, por lo mismo, que lo era quiso morir, o no quiso (pero murió) como cristiano viejo, apostólico, romano, haciendo su testamento en el que me dejó por única herencia a un tío, a quien debía precisa y ciegamente obedecer lo mismo que a la madre que me parió.

El tío, que es un grande filósofo a la paripatética [sic], y un viejo de la imprenta pasada,[2] cumplidos los funerales de mi difunto padre, lo primero de que trató, discurriendo a la antigualla, para sacudir la carga, que apenas le había llegado a las espaldas, fue hacerme entender lo muy útil que sería el que yo tomase algún destino, y mucho mejor el dedicarme al estudio de alguna facultad. Pintóme la necesidad de ello con colores tan vivos, ponderándome su utilidad con tanta energía que, juntando a ella el respeto que le debo, no hubo más sino consentir en estudiar aunque no era muy de mi gusto.

Tuvimos muchas y muy largas conferencias sobre la elección de la materia, y por fin convenimos a favor de la cirugía,[3] atendiendo a que para ejercerla se necesita menos talento que para las demás porque, en sabiendo poner cuatro emplastos (me decía el tío), y aprendiendo de memoria tres docenas de vocablos o términos facultativos con que alucinar a quien te oyere, ya eres cirujano como todos. A mí, que para flojo nunca me ha faltado nada, no me pareció mal la propuesta, y así sin más examen consentí en ella, con lo que di al bendito viejo tal placer, que me valió una peseta;[4] y él, no perdiendo tiempo, hizo en pocos días cuantas diligencias fueron precisas hasta conseguirme un lugar de practicante en este hospital.[5] Loco estuve de contento a los primeros días, porque como aquí hallé a otros cortados con mi misma tijera, consideré que no me faltaría con quien divertirme y pasar el tiempo alegre, como en efecto así fue. ¡Pero ay, señor Pensador de mi alma! ¡Cuán breve te acibararon[6] estos gustos! No porque ni ellos a[h]í sus causas pararon, que en buenas manos está el pandero, sino que como ya fui por precisión entrando a hacer lo que los demás, por cuya causa padecía terribles ascos, con los que se me pasaba a pares los días sin comer, era el juguete y la irrisión[7] de los compañeros, hasta que con el tiempo me volví[8] diablo como todos.

Lo que no puedo sufrir, y lo que más me mata es andar todo el día como el ángel de santa Mónica (que dicen los poblanos) porque en verdad es para mí cosa repugnante; bien que si he de hablar con ingenuidad, no es tanta la repugnancia cuanta la compasión que causa ver a tantos en este bendito hospital, que entran gallos y salen capones, si es que salen, pues a los más (como es poco lo que nos duelen porque a ninguno parieron nuestras madres) los echamos,[9] y no de cualquier modo, sino en coche como si fueran alguna cosa buena.

No es esto lo peor para mí, sino la multitud que de estos desdichados todos los días vienen, por ser tantos los oficios que con ellos hacemos, de manera que yo, sin ser pensador, señor Pensador, pensaba[10] que sería lo mejor quitarme de este oficio, y pedirle por mucha merced que entre sus muchos amigos me buscara un destino, aunque fuera de sepulturero en San Lázaro,[11] por ser oficio que ya tengo medio aprendido, pues a lo que entiendo del matar, al enterrar va corta diferencia.

Esto pensaba, como digo, pero antes de hacerlo quiero tentar otro medio y es éste. Pero pregunto primero:¿de dónde nos viene tanto trabajo? Voto[12] a siete docenas, señor Pensador, que ya me parece que me responde que en el rodeo del Parián[13] y en otras parte recogen más de cuatro las maulas[14] que aquí nos traen, y nos hacen gastar mercurio,[15] como si no costara la plata, y luego se quejan de su mala suerte, como si ella fuera la causa. El medio, pues, que antes de mudar de carrera quería tentar, es éste: ver si hallamos un arbitrio con qué impedir tantos males, y de tanta consideración, cuanta que de ellas resultan tan funestas consecuencias. ¿Pero qué consecuencias? Éstas. Resultan unos gastos tan cuantiosos cuales se dejan considerar, que debe erogar una enfermedad cuyas medicinas y alimentos son de mayor costo que los demás, y mucho mayores, si atendemos a que continuamente es más crecido el número de estos enfermos, que el de los de medicina, etcétera. Inviértense[16] sumas en ellos que, aplicadas a otros establecimientos (si para éste no fuesen necesarios), no dejarían de ser igualmente útiles. Resultan de este mal atrasos considerables en la población, y no menores desfalcos en el ejército, pues arrebata de nuestra vista a muchos millares de hombres en lo más f[l]orido de la juventud, de lo cual necesariamente quedan muchos padres sin hijos, esposas sin maridos, casas sin sucesión,[17] y otros bien conocidos extravíos, siendo no el menor de ellos la desesperación con que muchos mueren acordándose de quién fue el autor de su desgracia.

Aunque no fuera si no por éste, que es entre los males el más considerable, debía arrancarse de raíz el árbol venenoso que lo produce. ¿Cuál es este árbol? Claro está: es una multitud de mujeres profanas, prostituidas y escandalosas, y con sus vicios enemigas acérrimas de la humanidad, de la sociedad y de la naturaleza misma, que se entregan de tal modo a la satisfacción de sus vicios que parece que no se sacian. Enemigas de la humanidad, porque la ultrajan; de la sociedad, porque la destruyen, y de la naturaleza porque la aniquilan. Es por fin un enjambre de animales ponzoñosos que derraman su veneno de tal modo, que a la eficacia de él no sólo desaparecen los hombres de nuestras manos, sino que también...

Tales enemigos, señor Pensador, soy de parecer que debían ser arrancados de entre nosotros, como miembros podridos para que no infesten a los demás, y entonces trabajarían menos los practicantes de éste y otros hospitales, y de no ser así, mudo de oficio, aunque me cueste la peseta que me valió el entrar en esta asquerosa carrera. ¿A usted qué le parece, amigo mío? Quizás preguntará usted que cómo vamos a conocer y saber a dónde habitan estas maulas: bien fácil es. No hay sino de las siete hasta las diez de la noche tomar la capa, y también el paragua[s] cuando llueve, y en aquellas ac[c]esorias cuyas puertas de día están cubiertas con celosías, en ellas, digo, verá usted de centinela una pecadora, la cual al que llega sabe... No hay más que hacer sino entrar adentro, y sacar de cada una media docena. A las mismas horas anda una nube de estas lechuzas dando vuelta[18] al Parián, portales de Agustinos,[19] las Flores,[20] Coliseo Viejo[21] y calles de la Monterilla[22] y San Francisco,[23] buscando qué hacer; y lo hacen con tal primor, que si escasean los marchantes, ellas saben no sólo llamarlos, sino también estirarlos y hacer otras cosas que no las digo. ¿Pues qué haremos con ellas?, no dejar una, ¿y cómo? Si yo lo digo quizás parecerá tiranía: quemarlas, porque nada hacemos con desterrarlas, pues nos hallaremos entonces lo mismo, pues desterrándolas de esta capital, verbigracia a Puebla,[24] y haciendo lo mismo con las de aquella ciudad a ésta, quizás tendremos mayor número que antes, y de todos modos Juan te llamas.[25]

Yo espero que la bondad de usted, señor Pensador, y el interés que siempre ha manifestado por la patria, que si discurre algún medio más seguro y favorable, me hará la merced de comunicármelo;[26] y al mismo tiempo le ruego que si (como es de esperar) oyere que alguno de los aficionados a estas maulas me critica, le diga, de mi parte, que me acribille[27] cuanto quiera, pues no he de responderle palabra, aunque me saquen el kilo,[28] porque necesita el tiempo para aplicar emplastos y echar lavativas, su más afecto amigo

 

El Practicante

 
 


[1] México: Oficina de don Manuel Salas, calle de San Francisco [Cf. nota 1 a Revoltijo del padre Soto, en este volumen], 1820, 4 pp.

[2] Antes de haberse decretado la libertad de imprenta en 1812 por las Cortes de Cádiz.

[3] Fernández de Lizardi trató sobre la charlatanería de los médicos en varias obras: El médico y su mula, La mula más racional, fábula VII Hipócrates y la muerte, fábula XVI El Médico, la Enfermedad y el Paciente, cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 188-192; 192-197; 302-304, y 323-324. En su drama Todos contra el Payo y el Payo contra todos, acto III, escena V. Cf. Obras II-Teatro, pp. 246-247. El Suplemento del 27 sept. 1813 a El Pensador Mexicano, t. II, titulado Cuartazo a los Boticarios, cf. Obras III-Periódicos, pp. 287-292. Aborda también el tema en sus novelas: La Quijotita y su prima, t. I, caps. II y V, El Periquillo Sarniento, t. III, caps. II, III y IV, t. IV, cap. III; t. V cap. VIII, y en el cap. XII de Don Catrín de la Fachenda, cf. Obras VII-Novelas y Obras IX-Novelas. En especial es conocido el cap. II del t. III de El Periquillo titulado “En el que refiere Periquillo cómo se acomodó con el doctor Purgante, lo que aprendió a su lado, el robo que le hizo, su fuga y las aventuras que le pasaron en Tula, donde se fingió médico”, sobre esta aventura la obra se extiende en los siguientes dos capítulos. Fernández de Lizardi dedicó también folletos al tema: El sacristán enfermo. O crítica contra los malos médicos y boticarios; Propuestas benéficas en obsequio de la humanidad; Receta o método curativo propuesto por medio de El Pensador en la presente peste; Respuesta de El Pensador al Amigo Consejero; Chanzas y veras de El Pensador Mexicano; Las porfías de El Pensador y Los diálogos de los muertos, publicados en Obras X-Folletos.

[4] peseta. Cf. nota 29 a Señor Pensador Mexicano..., en este volumen.

[5] Hospital de San Andrés. Cf. nota 13 a La Mujer constitucional a El Pensador Mexicano, en este volumen.

[6] azibararon en el original.

[7] ser irrisión. Burla con que se provoca risa a costa de una persona o cosa. Persona o cosa que es o puede ser objeto de esta burla.

[8] bolbí en el original

[9] hechamos en el original.

[10] pensava en el original.

[11] Cementerio de San Lázaro. Corresponde al hospital para leprosos de igual nombre, fundado en el siglo XVI. Estaba en el extremo oriental de la ciudad, en el actual barrio de San Lorenzo. El hospital fue clausurado en 1862.

[12] boto en el original.

[13] El Parián. Mercado en la Plaza de Armas. Construido después de 1692, cuando una rebelión popular destruyó el original de madera o cajones de ropa. Fue derribado durante un motín de la Acordada en 1828. Su forma era de cuadros incluido uno en el otro con tiendas en sus dos partes. Allí se vendían mercancías que llegaban en la Nao de China.

[14] maulas. Cosa o situación despreciable. Cuando se aplica a personas significa ser taimado y bellaco, persona perezosa o deudor que no paga. Cf. Obras X-Folletos, p. 10. “Maula es un individuo que no sirve para nada bueno. Dícese también mula, y es grave injuria vulgar.” Santamaría, Dic. mej.

[15] Se creía que el uso del mercurio era provechosos para curar la sífilis, peritonitis puerperal, hidrocefalia aguda, reumatismos, escrófulas, tisis, enfermedades del hígado, de los ojos, en la albuminaria, afecciones de la piel y como artelmúntico o como fundente de diversos humores. En Chanzas y veras de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi escribe: “Aunque nos dicen que el mercurio es un antivenéreo segurísimo, y la quina un antifebrífugo sin falla, yo lo que he visto es muchos azogados gálicos [sifilíticos] y muchos quinados tabardillentos [Tabardillo. Tifus. ‘Enfermedad peligrosa, que consiste en una fiebre maligna, que arroja al exterior unas manchas pequeñas como picaduras de pulga, y a veces granillos de diferentes colores: morados, cetrinos, etcétera’]” Cf. Obras X-Folletos, p. 129.

[16] ynvierte en el original.

[17] succesión en el original.

[18] buelta en el original.

[19] Portal de Agustinos. Cf. nota 6 a La Canoa, número 2, en este volumen.

[20] Portal de las Flores. Cf. nota 6 a La Canoa, número 2, en este volumen.

[21] Coliseo Viejo. Cf. nota 5 a Gaceta de Cayo-Puto..., en este volumen.

[22] calles de la Monterilla. Cf. nota 17 a La horca para Amán..., en este volumen.

[23] calles de San Francisco. Cf. nota 1 a Revoltijo del padre Soto, en este volumen.

[24] Puebla. Cf. nota 7 a Va de cuento, en este volumen.

[25] De todos modos Juan te llamas. “disfrazado o a las claras, con subterfugios o sin ellos, se te mira cual eres.” Cf. Velasco Valdés, Refranero popular mexicano, p. 57.

[26] El Religioso Constitucional contesta a este folleto en Lavativas y sinapismos al Practicante. México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1820, 8pp. Fechado en el Hospital de san Andrés de México, el 29 de diciembre de 1820. Véase siguiente folleto.

[27] acriville en el original.

[28] sacar el kilo. “Sacar el quilo”. Chylo. “Substancia blanca en que se convierte el alimento en su primera transmutación en el estomago: de la qual se sepára despues lo util que sirve para engendrar la sangre y nutrir el cuerpo, de lo inútil que se expele convertido en excrementos. Es voz Griega, y se pronuncia la ch como k.” Dic. autoridades.