EL MOLEDOR CONSTITUCIONAL A EL PENSADOR MEXICANO[1]

 

 

 

Señor Pensador: no es posible que pueda explicar a usted el placer que recibí al ver restablecido el sistema constitucional, considerando todas las ventajas que debía proporcionarnos, y el cúmulo de males que debe alejar de nosotros, al paso que se le vaya dando toda la extensión que requiere y la nación desea ardientemente. No es posible, repito, pintar la satisfacción con que recibí la noticia, que me trajo uno de mis dependientes, a la sazón que me hallaba en el campo, mirando una hermosa tabla de trigo que me prometía una abundante cosecha. “Constitución,[2] exclamé saltando de gozo, Constitución y mieses abundantes, ¿se podrá apetecer mayor felicidad?”

A pocos días me mandó un amigo varios impresos de esa capital. Léolos, y repentinamente me viene a la cabeza el proyecto de escribir también; pues, aunque estoy retirado en el campo, allá en tiempo de entonces frecuenté las aulas, y conservo afición a la lectura, que, por una parte, me suele distraer en mis soledades, y por otra, me proporciona una sociedad, que de algún modo contrapesa la grotesca a que está uno condenado fuera de la corte. Extendí, pues, mi papel: lo enseñé a un amigo que me hizo en él varias correcciones; monté a caballo, y tomé el camino de esa capital.

Yo no había tratado en mi vida con impresor; pero juzgaba que, como dedicados al servicio del público, estarían siempre prontos a despachar, según su turno, a los autores sin distinción del literato, del rico, del amigo, del fraile, etcétera. Y así, muy ajeno de lo que pasaba en las imprentas, me dirigí a una de ellas, y, aún estaba ya en la puerta, cuando un amigo me abraza repentinamente, y después de los amistosos cumplimientos, trata de informarse del objeto que allí me llevaba. Se lo dije francamente y “ni piense usted —me contestó— imprimir nada en esta oficina. Aquí con el pretexto de que despachan tal y tal periódico, de que los oficiales están enfermos, de que más cuenta le tiene al amo imprimir las novenitas, libros, devocionarios, y otras disculpas semejantes, despiden muy bonitamente a todos los que sospechan que pueden traer papeles de la clase del Amante de la Constitución,[3] del Pan y toros,[4] etcétera.” “Pues entonces —dije yo— voy con mi papel a otra parte.” “Vaya usted y llévelo —me replicó—; pero desde ahora le pronostico que será mal despachado, si no tiene amistad o un buen empeño para con los administradores de las imprentas; y aun así no me atrevo a asegurarle un buen éxito, porque estas oficinas ent[r]an en anarquía y no conoce allí el orden. Lo que manda el administrador lo deshace un oficial por el vil interés de cuatro reales[5] o un peso;[6] y si después llega otro autor que sabe gratificarlo con más liberalidad, éste es el preferido, y el papel de otro infeliz duerme ocho o quince días más. No obstante, haga usted su diligencia por si tuviere más fortuna que otros. Yo me despido, porque tengo que evacuar un negocio urgente”.

Me dejó, pues, mi amigo y yo me dirigí a otra imprenta. No fue poco conseguir el poder hablar al administrador, el que inmediatamente me preguntó si el papel que llevaba decía algo de los señores eclesiásticos y religiosos, porque allí no se imprimía nada que tocase este punto, especialmente después que el señor arzobispo[7] lo prohibía expresamente en su edicto.[8] Yo, que había leído ya el tal edicto, y que sabía muy bien que no tenían semejante prohibición, me vi tentado de sacar al buen hombre de su error; pero estaba de prisa y así me contenté con protestarle que mi obrilla en nada ofendía a aquellas personas, y que si alguna vez las tomaba en boca era sin exceder los límites del respeto que se les debe. Tranquilizado al parecer con mi respuesta, y después de haber estado pensativo un gran rato, me dio el plazo de una semana para resolverme sobre el particular. No pude menos de manifestarle mi extrañeza porque me asignaba tan largo término para una obra tan corta, que no debía pasar de un pliego de letra chica. Pero él se mantuvo inflexible, y me añadió que los escritores podían irse despidiendo de su oficina, porque dentro de dos meses ya no debían contar con ella, pues sus dependientes iban a dedicarse exclusivamente a la máxima obra del calendario.[9] Vamos, dije entre mí, a otra parte.

Ya usted me supondrá muy sosegado, porque he dejado al compositor formando la planta, o creerá tal vez que estoy muy entretenido corrigiendo la prueba y enmendando los innumerables defectos y erratas crasísimas en que incurren nuestros impresores. Nada de eso. El Cuadernillo de los padres fernandinos, la Biblioteca Hispano-americana:[10] he aquí a los grandes escollos que me impiden la entrada al puerto, después de tan penosa derrota. “Ni dentro de quince días estarán expeditas las prensas.” Yo creí entonces que se me trataba de buena fe, pero me he desengañado después, viendo que, sin embargo de aquellas graves ocupaciones, salen de esta oficina bastantes impresos, y he llegado a sospechar que para ciertas personas no hay embarazos ni dificultades, habiendo confirmado mi juicio con un suceso original que voy a contar a usted.

Cierto amigo mío llevó a la imprenta para que se le reimprimiese el Testamento de la señora de la vela verde.[11] Quedó muy formal el administrador en que así se haría; y aquél se despidió, aunque desconfiando de la palabra que se le había dado, porque dejó al otro contestando con un reverendo padre y un ex-inquisidor. Sus temores no fueron vanos, porque al mediodía recibió su papel con un recado de parte del administrador en que lo desahuci[ab]a enteramente. Hemos de suponer que esto sucedió cuando aún no se ponía el espantajo del Cuadernillo de los fernandinos, ni el de la Biblioteca hispano-americana. Pues, ¿qué diremos si, después de tomado este pretexto, vemos salir impresos de la misma oficina que se negó a la reimpresión del Testamento? Yo no hablo de memoria, y podría citar muchos hechos; pero baste uno solo. El miércoles 2 del corriente salió a luz el Duelo de la Inquisición vindicado,[12] y salió en ocasión en que nadie lo aguardaría seguramente, por ser contestación al graciosísimo y moderadísimo Aviso amistoso, que había salido muy pocos días antes, y nadie ignora la increíble morosidad con que se despacha a los autores. Y ¿no es ésta una prueba de que se tiene cierta predilección a cierta clase de personas? Y si cotejamos el fondo y el asiento del Testamento con el del Duelo, ¿no diremos también que se da la preferencia a ciertas materias y a cierta clase de papeles? Léase si no el Testamento, y no verá allí otra cosa que una ingeniosa sátira que en nada choca con los principios constitucionales; y léase el Duelo, y se verá que en él se llama a la Inquisición,[13] santo y rectísimo Tribunal (que digieran esa píldora los liberales); se dice que ella ha celado como nadie sobre los libelos infamatorios, las Juntas de Censura[14] (que digieran esa otra); y se concluye diciendo que ya caída, ya levantada, la lleva el Señor por el camino de sus justos. ¿Puede haber decisión y parcialidad más clara?

En vano se tratará de salvar este hecho con mostrar el Diario Constitucional,[15] y tal cual otro papel de este género. Habría sus empeños, sus amistades y por eso se imprimieron. Y si no, explíquese en qué consiste el arcano de desechar tan abiertamente el Testamento, y darse tanta prisa para publicar el Duelo? ¿Qué significa aquella negativa para el primero y esta festinación para el segundo? Yo no hago más que dar el texto. Usted hará los comentarios.

Pero basta de digresiones (me dirá usted), vamos al caso. ¿Se llegó a imprimir o no el peregrinante papel? No, señor, no se imprimió; pues aunque cierto sujeto que dice que tenía amistad en la imprenta me ofreció que de su cuenta corría, al fin se aburrió con tantos plazos como le dieron, alargándolos cada vez que se apersonaba a la oficina y, por último, me lo devolvió. Yo me lo eché en el bolsillo, volví a tomar mi caballo y me regresé a esta finca, donde permanezco a la disposición de usted, aunque firmemente resuelto a no volver a escribir un renglón mientras no haya libertad de imprenta,[16] o yo no tenga dinero para comprar una, o poder gratificar pródigamente a los impresores. Y si esto no pudiere ser, aguardaré a hacerme de partido con ellos, bien sea adquiriendo una fama que me sirva de pasaporte, para estampar, seguro del aplauso, cuantos disparates se me antojen, bien sea profesando en alguna religión y vistiendo el hábito venerable de capuchino o jesuita, aunque por desgracia ya no se puede, a mi entender, apelar a este último recurso. Molino Constitucional, y agosto 6 de 1820.

 

E. M. C.

 
 


[1] Puebla: Oficina del Gobierno, calle de Herreros, 1820, 5 pp.

[2] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[3] El Amante de la Constitución. Cf. nota 5 a El Teólogo Imparcial, número 2, en este volumen.

[4] Pan y Toros. Cf. nota 6 a El Teólogo Imparcial, número 2, en este volumen.

[5] real. Cf. nota 23 a El Pensador Tapatío a sus Censores, en este volumen.

[6] peso. Cf. nota 13 a Todos pensamos..., en este volumen.

[7] Pedro José de Fonte Hernández y Miravete. Cf. nota 4 a El Teólogo Imparcial, número 4, en este volumen.

[8] El primer comunicado del número 16 de El Conductor Eléctrico se titula “Reflexión sobre el edicto del ilustrísimo señor arzobispo, publicado con fecha 18 de julio de 1820”. Fernández de Lizardi escribe: “Extinguido el Tribunal de la Inquisición, la autoridad eclesiástica que tenía delegada para juzgar sobre asuntos de religión, volvió a los señores obispos, como que son los legítimos jueces en la materia; pero no pasó a estos prelados la autoridad civil que tenía delegada la Inquisición; por consiguiente, no estando facultados dichos señores para prohibir ningún papel político, tampoco pueden dejar prohibidos iguales libros y papeles que prohibió la Inquisición, usando de la autoridad civil que no tienen los obispos. Se dice en el párrafo citado que se entienden alzadas o revocadas virtualmente aquellas prohibiciones que sean contrarias a lo que expresamente ordena el nuevo sistema; es así que expresamente ordena la libertad de los escritos políticos, luego la prohibición de ellos es contraria a lo que ordena la Constitución. Por tanto, y mientras no se nos explique el verdadero sentido de esta proposición, me parece que lo que debemos entender prohibido por este edicto son los escritos contra la fe que justamente prohibió la Inquisición”. Cf. Obras IV-Periódicos, pp. 363-364.

[9] José Mariano de Zúñiga y Ontiveros trabajó en la formación de efemérides, pronósticos, calendarios y guías de forasteros. Su calendario manual se siguió editando por lo menos hasta 1853. Ontiveros tenía privilegio exclusivo para imprimir él sólo calendarios de bolsa. Él y su hijo Felipe desde 1795 “arreglaron a los meridianos de México y al de Puebla tres clases de calendarios, aunque no todos aparecieron en la misma fecha ni dejaron de salir en la propia a saber: Calendario manual pequeño, propio para ser llevado en el bolsillo; Epheméris, dedicadas a los agricultores ya los enfermos, y el Calendario manual y Guía de forasteros, donde figuraba todo el personal eclesiástico, militar y político del virreinato, con mención individual de la categoría de los personajes y domicilios en que vivían”. Cf. Luis González Obregón, Croniquillas de la Nueva España, pp. 72-73.

[10] Biblioteca Hispanoamericana Septentrional. Obra del erudito mexicano José Mariano Beristáin de Souza (1756-1817), que fue presidente del gobierno arzobispal desde el año de 1809. Editada en México, 1816-1821 y Ameca, 1883.

[11] Testamento de la señora de la vela verde. Tal vez se refiere a Testamento y última voluntad de la Santa Inquisición y pública declaración de sus culpas. Escrito por el  mismo Ciudadano que tuvo el sentimiento de pronunciar su Oración fúnebre. México: Reimpreso en la Oficina de Mariano Ontiveros, 1820, 7 pp. Publicado originalmente en Madrid.

[12] Duelo de la Inquisición vindicado. Cf. nota 1 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[13] Inquisición. Cf. nota 4 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[14] Junta de Censura. Cf. nota 7 a El Teólogo Imparcial, número 3, en este volumen.

[15] Diario Constitucional. México: Oficina de Alejandro Valdés, 9 de julio – 6 de agosto de 1820. El número correspondiente al 9 de julio contiene los siguientes artículos: “Santa Libertad Mártir”; “Necronología”; “Avisos”. El correspondiente al 22 de julio contiene: “Santa Religión Reina”; “Agradable idea de la solemne y triunfante entrada de nuestra sabia Constitución en la generosa fantasía de los liberales el día 9 de junio del presente año, en que se publicó solemnemente en esta capital”; “Eclipse asombroso”; “Teatro”; “Encargos”. El correspondiente al 6 de agosto contiene: “San Temor de Dios Ermitaño” [sic]; “Artículo remitido al editor desde las montañas de la Luna”; “Raro, útil, ingenioso, y sin igual descubrimiento”; “Anécdota”; “Encargos”. Tenemos noticia de Diario Constitucional de Barcelona en el que se insertaba una obra de Luis Gonzaga Oronoz, que denunciaba que las causas de la guerra en las provincias fueron el gobierno dirigido por ineptos y amorales; las imposiciones, los tributos excesivos y los injustos castigos; la Inquisición, que sólo obraba de acuerdo con sus intereses; las injusticias cometidas por Venegas y Calleja. Exhortaba a los españoles para que junto con los americanos lucharan por el cumplimiento de la Constitución.

[16] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.