EL LIBERAL A LOS BAJOS ESCRITORES[1]

 

 

¿Hasta cuándo escritores esclavos dejaréis de prostituir vuestras plumas a la torpe adulación? ¿Hasta cuándo habéis de estar abusando de la paciencia del público, llamando a lo negro blanco?, y, ¿hasta cuándo, por último, cesaréis de tributar esos epítetos honrosos al supremo jefe de esta N[ueva] E[spaña][2] que tiene tan poco merecidos? Toda ella mira con indignación vuestras lisonjeras alabanzas, y os desprecia justamente porque vosotros mismos, con esos bajos perfumes de vuestras adoraciones, contribuís a que sean más duraderas las odiosas y pesadas cadenas que oprimen la infeliz América. Sí, perversos, vuestros escritos circulan, y el monarca español, que solamente anhela por la felicidad de sus súbditos, creyendo venturosa esta vasta porción de la monarquía con el mando del virtuoso Apodaca[3] no le removerá tan pronto como se desea.

Sabed serviles, y no queráis alucinaros, ni alucinar, que la parte sana del reino, esto es, los liberales, sospechan de su adhesión, lo mismo que de la vuestra, a la preciosa Carta.[4] Responded, ¿no está entorpecida la marcha constitucional?, ¿no os son constantes todas las infracciones ejecutadas contra ella? Las señales de tibieza y desafecto manifestadas por su excelencia antes y después de jurarla, ¿no os convencen de que hombres envejecidos en el vicioso sistema antiguo, y bien hallados con su colosal poder que ven deslizársele de entre las manos, por las nuevas instituciones no pueden amarlas? Ellos son liberales a la fuerza; pero su corazón jamás puede serlo, y sujetos de esta clase no son buenos para mandar.

He dicho la parte sana del reino, y ahora añado que todo él, porque siendo todo él amante de la Constitución,[5] quiere, desea con ansia, un jefe superior político,[6] y nuevos gubernantes [sic] que desciendan de la rama del inmortal Quiroga,[7] esto es, constitucionales habidos y reputados por tales, que respeten los derechos del pueblo y sean los dignos sucesores de los que actualmente tenemos, quienes no disfrutan ya de la confianza pública, por más que tratéis de divinizarlos en vuestros miserables papeles.

Mas si el virtuoso Apodaca fuese tan amante del orden constitucional como vociferáis, habría imitado al señor Ágar,a[8] y no conservaría reunidos atributos que son contrarios a la misma Carta. ¿Quién le ha cometido poder para mandar el ejército y ser jefe político del reino? Responderé que el mismo que facultó al excelentísimo señor Llano[9] el día 18 del corriente para abusar de la fuerza que tiene a sus órdenes, destinada para la defensa de la provincia, convirtiéndola en instrumento de opresión y tiranía. Lo diré de una vez, el despotismo, y nuestro sufrimiento que les da audacia para perpetuar este abuso, y obrar como legisladores, debiendo como magistrados sujetarse a la ley.

Desengañaos miserables, todos estos hechos, que no podéis negar, prueban, hasta la evidencia misma que en América sólo se disfruta la teoría de la Constitución, ¿por qué, pues, descarados hipócritas, serviles aduladores, aseguráis que se va planteando en todas sus partes? Responded, ¿qué otra cosa se ha hecho, a excepción de aquello que absolutamente podía dejar de hacerse sin la nota de traidores? ¿Que haber establecido los ayuntamientos y ejecutado las elecciones de parroquia, de partido y de provincia,[10] es plantear la Constitución en todas sus partes?[11] os engañáis y queréis engañar. Ella tiene un tejido tan maravilloso, y sus partes guardan una relación tal entre sí, que es imposible infringirla en alguna, sin que el todo deje de resentirse. El que ataca la libertad individual, el que no conoce otra ley que su capricho, es un déspota, no puede amar la Carta y estorbará se ponga en planta.

Y convencidos de esto, ¿creeremos, porque así nos lo dicen, que el excelentísimo señor virrey, interesado en los vicios del gobierno antiguo, quiera plantearla de buena fe? Yo no lo creo, y apenas habrá quien pueda persuadirse.[12] Cesad pues, enemigos del orden, de atormentarnos con vuestras rastreras lisonjas, y si no tenéis objetos en qué ejercitar vuestras plumas, marchaos con el dignísimo visir que celebráis a habitar el imperio de Marruecos,[13] y libertaréis a la patria de un verdadero contagio.


F. M.[14]

 

 



[1] Puebla: Oficina del gobierno, 27 de septiembre de 1820, 4 pp. Fernández de Lizardi responde a este folleto con Justa defensa del excelentísimo señor virrey de Nueva España, cf. Obras X-Folletos, pp. 331-335.

[2] En su respuesta Fernández de Lizardi escribe: “Acabamos de ver, no sin escándalo, un papel impreso en Puebla y reimpreso en esta ciudad [...] con el título de El Liberal a los bajos escritores. Su objeto es llenar de los más viles dicterios a cuantos en sus escritos tributan algunos elogios al excelentísimo señor don Juan Ruiz de Apodaca; y como si con esto le hicieran un agravio terrible, se enfurece nuestro hombre y revestida de la más negra venganza los llama esclavos, perversos, serviles, miserables, descarados hipócritas, serviles aduladores, etcétera”. Ibidem, p. 332.

[3] Juan Ruiz de Apodaca, conde del Venadito. Cf. nota 5 a Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, en este volumen. Fernández de Lizardi escribe en Justa defensa...: “Decir que el virrey no tiene defectos, sería la más torpe lisonja, porque siendo hombre, es imposible que se halle exento de ellos. Decir que no es virtuoso ni benéfico es la mayor ignorancia, porque nos consta su piedad, su religión, su desinterés, beneficencia, etcétera. La Habana, si es agradecida, conservará en la memoria cuánto hizo en su beneficio, y este reino no podrá negar cuánto ha economizado la sangre de los pueblos, y aun el mismo México sabe que el año pasado contuvo a los monopolistas, fijando el precio del maíz a costa de su bolsillo, y socorriendo por algunos meses a una multitud de miserables, [...] Esto no hacen los visires, esto lo hacen los virtuosos y por esto son acreedores no sólo a loas alabanzas de los pueblos, sino a las bendiciones de Dios.” Cf. Obras X-Folletos, pp. 334-335.

[4] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador, en este volumen.

[5] Fernández de Lizardi continúa en Justa defensa...: “Si el virrey es adicto o no a la Constitución es discutible. Pero aún suponiendo como cierto lo segundo, ¿es justo denigrarlo públicamente, imputándole con criminalidad culpas que no son suyas, poniéndolo en ridículo, malquistándolo con todos y ultrajándolo con desvergüenza?”. Cf. Obras X-Folletos, p. 335.

[6] jefe superior político. Cf. nota 13 a Apuntes para la historia, en este volumen. Fernández de Lizardi dice al respecto en Justa defensa...: “Asegura [F. M.] que ‘todo el reino es amante de la Constitución’, y ya nos holgáramos de que no se equivocara tan de gordo. Si por todo el reino entiende el estado medio, se le concede; si entiende las altas clases y las ínfimas, se le niega. Aquéllas no pueden amar lo que creen que les daña, ni éstas el bien que aún no conocen; luego es falsísimo que todo el reino ame la Constitución”. Cf. Obras X-Folletos, p. 333.

[7] Antonio Quiroga. Cf. nota 8 a El Colegial a El Pensador..., en este volumen.

a Este virtuoso patriota, insensible al ambición, siendo presidente de la Junta de Galicia, renunció el mando del ejército que le confiaba el rey, por ser contrario a la Constitución la reunión de ambos mandos en un solo individuo.

[8] Pedro Ágar. Cf. nota 9 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[9] Ciriaco de Llano. Cf. nota 17 a Gritos de la humanidad afligida, en este volumen.

[10] elecciones de parroquia, partido y provincia. Cf. nota 3 a El Colegial a El Pensador..., en este volumen.

[11] Fernández de Lizardi responde a esto en Justa defensa...: “Que la Constitución no se halle planteada en todas sus partes es verdad; pero no lo es menos que el jefe político no es el único responsable, pues no es de quien únicamente dependen los remedios. Lea el Liberal lo que toca las diputaciones provinciales, y verá que si no hace muchas cosas buenas, y si se toleran otras malas, la culpa será de las diputaciones y no del jefe político que las preside, porque éste es uno y él solo no puede ni determinar lo malo, ni oponerse a lo bueno”. Cf. Obras X-Folletos, p. 334.

[12] Sobre los insultos a Apodaca responde Fernández de Lizardi: “¿Por qué no declama el Liberal contra tantos comandantes y subdelegados crueles y tiranos que no cesan de oprimir a los pueblos con enorme peso de contribuciones arbitrarias de que se aprovechan a su salvo? ¿Por qué no esfuerza su elocuencia contra tanto cura que, o por omisión, ignorancia o malicia, se desentienden de explicar a los indios y gente pobre la Constitución, sin olvidarse de hacerles ver que son españoles con el loable objeto de que les paguen los derechos de tales; motivo por el cual los indios que no perciben otro fruto están que rabian contra el nuevo sistema? Yo mismo, provocando a algunos indios a que me explicaran su sentir, les he oído decir: maldito sea el Costitoción. Ya se ve: ellos no prueban sus ventajas, sino que han de pagar derechos de españoles siendo una gente tan pobre y miserable.

  “¿Por qué el señor Liberal no alza la voz contra los ayuntamientos constitucionales que no cumplen con sus deberes? ¿Por qué no grita a las juntas provinciales para que sacudan esa modorra en que yacen y comiencen a ejercer sus funciones, usando de la autoridad que les concede la ley? ¿Por qué no les dice que por qué no se ponen en los pueblos jueces de letras, por qué no se relevan los comandantes acusados de infractores, por qué no alivian a los pueblos, exonerándolos de las contribuciones arbitrarias que ya no pueden sufrir; y por último, por qué no clama con toda la boca que se castigue públicamente no sólo a los infractores del Código, sino a tanto bribón como se empeña en desacreditarlo por palabra y por escrito?

  “¿No sería mejor que emplease en esto su pluma que no en denigrar hasta lo sumo al jefe del reino?” Ibidem, pp. 333-334.

[13] Fernández de Lizardi responde: “La Constitución [...] ¿nos autoriza en algún artículo para faltar al respeto a las autoridades, insultándolas o mofándonos de ellas públicamente? Lo contrario [...] en el artículo 7 [dice] que todo español está obligado a ser fiel a la Constitución, a obedecer las leyes y a respetar las autoridades establecidas; luego, siendo el virrey la primera autoridad estamos obligados a respetarlo. ¿Y qué género de respeto es insultarlo públicamente, asegurando que ‘está interesado en los vicios del gobierno antiguo,  que es un déspota, y, por último, que es un visir digno de habitar en el imperio de Marruecos, como se le dice en el groserísimo papel del Liberal”. Ibidem, p. 335.

[14] Félix Merino. Oficial del Fijo de México. Su padre fue intendente de Valladolid. Por manifestar ideas favorables a la Independencia fue detenido y se le condenó a trasladarse a España. En marzo de 1821, José Joaquín Herrera hizo prisionero al tesorero del fuerte de Perote y propuso al general De Llano el cambio de este prisionero por Merino, en ese momento conducido a Veracruz. Ni De Llano aceptó ni Merino se embarcó. Más tarde estuvo en el Ejército Mexicano y murió siendo general graduado de brigada de la República Mexicana. También escribió Centinela contra serviles. Puebla, 1820, 4 pp. Fernández de Lizardi en No rebuznó con más tino el pobre alcalde argelino escribe: “Para reclamar la observancia de la Constitución y la conservación de nuestros derechos, estamos bastante autorizados. Para faltar a los preceptos divinos y civiles no tenemos parco que nos valga, ni respeto a nuestros iguales, ¿qué será respecto a nuestros superiores? Si no me es lícito llamar a un igual mío droguero, ladrón ni petardista para cobrarle mil pesos que me deba, ¿cómo podré lícitamente apodar a mi jefe con esos términos, aunque sea por igual motivo?

  “Dije, que el caballero M. faltó a estas consideraciones en su papel que tituló El liberal a los bajos escritores, y me sostengo en lo dicho.” Ibidem, p. 356.