EL GRAN HOSPITAL DE CAYO-PUTO, DEDICADO

AL AUTOR DEL PERIÓDICO TITULADO LA CANOA[1]

 

 

Salud y pesetas, conciudadano mío. ¿Conque vuestra merced (según lo visto hasta ahora) trata de dejar despoblada la hermosa capital del Nuevo Mundo, puesto que no cesa de extraerle gente para confinarla en el islote-puto? En cuatro viajes de la maldita Canoa,[2] se ha llevado vuestra merced la flor y nata de nuestros más famosos escritores; y como está dicho por un refrán que comer y rascar todo es empezar,[3] luego se echará vuestra merced sobre los muchos que no escriben, pero que hablan muchísimo, y en otros cuantos luegos [sic], cargará con ricos y pobres, con señoritos y señoritas, con viejos y viejas, hasta dejar a México habitada solamente de chinches y cucarachas.

Cepos quedos, conciudadano, y no arrastre vuestra merced de malilla[4] por puro antojo, porque se le descompondrá el buen juego que ahora tiene en la mano. Ese maldito catarrón que nos está vuestra merced regalando, bajo el nombre de la Canoa o el susto de los serviles, ha puesto en alarma, no sólo a cuantos tienen grandes narices, sino también a los que aún mirándose al espejo no se las perciben. Yo que soy el término medio entre estos extremos, he pasado la más terrible trinquetada[5] sin haberla merecido, sufriendo por vía de suplemento una calenturilla que la primera noche de su estreno me tuvo en continuo delirio. Vaya, pues, con su pelo y su lana lo que entonces me representó en sueños mi desordenada imaginación, y que tengo el honor de ofrecer a vuestra merced en prueba de la devoción que le profeso aun sin conocerlo.

Halléme en Cayo-Puto,[6] sin duda por disposición de algún encantador que me llevaría en volandas sin que yo lo advirtiese. No me quedó la menor duda de que era Cayo la tierra que pisaba, porque al encontrarme en una plazuela, y cerca de un edificio algo más elevado que sus laterales, vi el rotulón que tenía sobre su puerta y decía así...

[...][7]

 

Se quitan los créditos

Con letras de molde,

y se dicen cosas

que ni en Tetuán[8] corren.

 

Todo esto y mucho más es fruto de la poca o ninguna reflexión con que hablan estos necios empachados [por la Constitución] que, no conociendo la esencia de las cosas, se precipitan a cada paso en un abismo de sandeces tan inmorales como impolíticas, sin premeditar (porque son incapaces de todo acto reflexivo) que la grande obra de poner en su plena observancia la sabia Constitución Política de la Monarquía Española[9] no está en el mismo caso que las descargas de armas de fuego.

Quedo entendido ya señor don Ingenuo, del modo con que se contraen estos empachos constitucionales, y pasemos, si vuestra merced gusta, a la pieza que sigue, cuyo rotulón dice: SALA DEL MORBO SERVÍLICO. Entramos a ella; pero ¡cuánto fue mi asombro al ver tantos enfermos! No era sala ciertamente, sino un galerón de ciento cincuenta varas de largo y setenta de ancho, y no pude contar el número de pacientes que contenía, por su muchedumbre y por el tráfico de los domésticos entrantes y salientes. Todos estos morbo-servílicos estaban tendidos en el suelo sobre arena gruesa humedecida con agua de la mar (quizá para que no se les agangrenasen[10] los riñones), y a una voz cantaban sin cesar, pero muy tristemente, este mismo tercetito:

 

¡O tempora, o mores,[11]

cómo habéis cambiado

nuestras situaciones!

 

¿Señor don Ingenuo? —Mande vuestra merced mi amigo.—¿Querrá vuestra merced decirme, como facultativo que es, cuáles son los síntomas de este mal servílico, pues cuantos están en esta galera, tienen buenas carnes y colores, tanto que no dan el menor indicio de estar enfermos? —¡Oh amigo!, vuestra merced está rapado a navaja, puesto que no sabe que el morbo servílico no se manifiesta por señales exteriores, ni reside en el cuerpo, sino en la opinión. La de los que padecen este mal es diametralmente opuesta al liberal sistema de la Constitución. Sistema santo, porque lo es el principio en que está fundado, y es éste: lo que no quieres para ti, no quieras para otro; como si dijera, a tu prójimo como a ti mismo. Este precepto, que es la segunda clave de los del Decálogo,[12] está adaptado por la Constitución en el hecho mismo de hacernos iguales a todos ante la ley.[13] He aquí el sólido cimiento del hermoso edificio de nuestra libertad civil. Ante el respetable supremo tribunal de aquéllas, tanto supone el duque como el zapatero, porque allí (esto debe ser) no se atiende a la calidad o jerarquía de la persona, sino al derecho que se reclama, sea quien fuere el reclamante.

El sórdido interés, la intriga, las pasiones, soberbiamente robustecidas con el favor del príncipe,[14] aunque dispensado con inocencia, y la envejecida punible tolerancia, que llegó al extremo de indolencia brutal, allanaron al despotismo todos los caminos para que se apoderase de la libertad civil del hombre, don precioso que le concedió el Ser Supremo para que, usando bien de él, se hiciese útil a sus semejantes, y después feliz eternamente.—Amén, señor don Ingenuo, y vaya ese mediecito[15] nuevo por el sermoncito constitucional con que me ha favorecido vuestra merced.

A este tiempo entró el lacayo de don Virgaférrea, que era un muchacho sarnoso, y dijo al enfermero mayor: de orden de mi amo que mande vuestra merced al camposanto los cuerpos de seis de los cincuenta enfermos, que se pasaron al departamento de las cosquillas de hormiguero, y murieron en el acto de estarlas recibiendo. ¿Vamos al camposanto, señor don Ingenuo? Vamos. Me tomó de la mano y nos pusimos en aquel sitio, y a poco rato entraron seis mozos, arrastrando por los pies otros tantos cadáveres, de los cuales sólo conocí dos: el de F. R.[16] y el del Fernandino[17] que predicó sobre la alcantarilla; y sucedió un caso horroroso a tiempo que estaban enterrando a estos dos (los otros cuatro ya no se veían), pues, ya metidos en la zanja, a las dos paletadas de tierra que recibieron, se sentaron gritando: ¡qué hacen con nosotros! Enterrarlos (contestaron los mozos) —¡Pero por qué nos entierran estando vivos! —Mienten vuestras mercedes, pues no pueden estar vivos, habiendo dicho el señor don Virgaférrea que están muertos; y sin más ni más les descargaron cuatro golpes con las palas y los dejaron bajo de tierra.

Señor don Ingenuo (le hablé temblando), estoy asombrado, aturdido y escandalizado de este suceso: vámonos de aquí, no sea que se le antoje al doctor decir que estamos muertos, y nos afiancen.—Vámonos, carísimo, pues no me hallo más tranquilo que vuestra merced, y cuando íbamos a tomar la puerta, entró el sarnoso lacayo del señor Virga diciendo en alta voz: ¡Catrín! —¿Qué se ofrece? —Me envía el amo a que vea si están bien cubiertos de tierra esos seis cadáveres, para que no infeccionen a los cuerpos vivos, los fétidos efluvios de los cuerpos muertos. —Avisa que están enterrados a toda mi satisfacción, contesto Catrín.

—¿Quién es este fenómeno (pregunté a don Ingenuo).—Es el guarda de este campo. —¿Y el sarnoso lacayo? —Se llama Periquillo,[18] y es hermano de Catrín,[19] y ambos de una niña cuyo nombre es Quijotita,[20] y está en el departamento de las hidrópicas. —¡La Quijotita en el Hospital de Cayo-Puto! (dije admirado). Mas no bien proferí esto, cuando se me acercaron el lacayo y Catrín, preguntándome a un tiempo, y en tono amenazante, ¿qué negocios o asuntos tiene vuestra merced con la Quijotita? —Ni asuntos ni negocios tengo con ella; pero como la vi nacer en México, al oír su nombre paré la atención, porque me chocó que estuviese en Cayo-Puto, y lo que es más tan enferma. —Pues qué, ¿vuestra merced es de México? (me preguntaron). —Como si lo fuera, porque cuento veinte y siete años de residir en aquella hermosa ciudad. —¿Para venir a esta tierra, salió vuestra merced de México en canoa? —Yo no sé como salí, ni cómo vine; pero a vuestras mercedes ¿qué les importa? —Nos importa mucho, caballero, (hablándome ya en estilo muy comedido); pues la Quijotita y nosotros somos hijos de El Pensador Mexicano, y de la tierra en que piensa. Deseamos saber de su salud, aunque es un padre desnaturalizado, pues ha puesto en olvido que en las tres primeras suscripciones que abrió,[21] anunciando nuestro nacimiento, recibió algunos pesos fuertes,[22] y ahora nos abandonó, porque lo ha electrizado o envenenado uno que dicen se llama Conductor.[23]

¡Sanctus Deus! (exclamé). ¿Conque vuestra merced es el famoso Periquillo Sarniento? —¡Criado de vuestra merced, señor! —¿Y vuestra merced el célebre don Catrín de la Fachenda? —¡Y también servidor de vuestra merced! —¿Y la niña Quijotita, hermana de ambos? —¡Sí, señor! Sanctus fortis... Sanctus inmortalis! Miserere nobis![24] (respondieron a un tiempo), Periquillo, puesto de rodillas, y don Catrín por ser cojo, arrimado a la pared y atrancado con su muleta, pero con la cabeza agachada, y al verlos en esta disposición, les pregunté ¿por qué hacen vuestras mercedes esas demostraciones? Porque como vuestra merced (hablando a un tiempo) ha rezado el Trisagio,[25] creímos que estaba temblando la tierra, y nos asustamos. —Pues aquietarse, porque no hay novedad, y sigamos nuestra conversación. ¿Conque, señor don Perico, a qué vino vuestra merced a Cayo-Puto? —A probar fortuna. —¿Y vuestra merced don Catrín? —A lo mismo. —¿Y la hermanita? —A curarse. —¿Señor, don Ingenuo? —¿Qué cosa, mi amigo? —¿Qué dice vuestra merced de esto? —Que cada pobrete... está obligado a hacer su diligencia. —¿No es verdad? —Así es.

—¿Señor don Catrín? —¿Qué manda vuestra merced? —Yo no puedo mandar a quien debo servir; no más una pregunta. —¿Cuál es? —Ésta: antes de saber quién era vuestra merced lo vi con esa muleta, aunque con indiferencia; más ahora, que ya tratamos de cerca, y con interés, veo que le falta a vuestra merced casi todo el medio cuerpo perpendicular de la izquierda: a saber: un ojo, una oreja, un brazo y una pierna. ¿Qué méritos hizo vuestra merced para tamaña mutilación? —Ningunos, señor mío: lo mismo que vuestra merced me está mirando, idem per idem[26] como estoy, así salí del vientre de mi padre El Pensador Mexicano. —¿Y le ha escrito vuestra merced manifestándole su situación? —Sí, señor, le tengo escritas dos cartas, con ésta que ahora voy a echar al correo; pero de ninguna he tenido respuesta.

Don Ingenuo soltó una gran carcajada por la sandez de don Catrín, a tiempo que el doctor Virgaférrea llegó donde estábamos; y antes de que se acercara más, le dije al oído a don Ingenuo: ¡si vendrá a mandar enterrarnos! Ya con nosotros el doctor nos preguntó en tono de befabemí[27] regrave. “¿Qué hacen vuestras mercedes aquí?”; pero dio tan fuerte varazo sobre un ataúd que estaba junto a sus pies, que desperté sobresaltado, y con tan inesperado acaecimiento se acabó la soñada que me propuse dedicar a vuestra merced, suplicándole se digne aceptarla, con la buena voluntad que (sin lisonja) le profesa su atento servidor que besa su mano

 

El Tocayo de Clarita[28]

 
 


[1] México: En la Oficina de don Juan Bautista de Arizpe, 1820, 7 pp.

[2] La Canoa. Cf. nota 1 a La Canoa, número 1, en este volumen.

[3] comer y rascar todo es empezar. “Comer, en su acepción de picar o sentir comezón, y no es en la hoy más usual de alimentarse. Así un anónimo dijo comentando este refrán: ‘Porque en comenzando a dar comezón en alguna parte y acudiéndola a rascar luego, se va aumentando y cuando de tal manera, que come todo el cuerpo, y desta manera se ha de entender esto, y no como vulgarmente lo sienten algunos’” Cf. Francisco Rodríguez Marín, Más de 21, 000 refranes...

[4] malilla. Carta que en algunos juegos de naipes forma parte del estuche y es la segunda entre las de más valor; en oros y copas se toma el siete por malilla y en espadas y bastos, el dos. Juego de naipes en que la carta superior o malilla es para cada palo el nueve. Lo que se hace servir para fines diversos, comodín. Santamaría, Dic. mej.

[5] trinquetada. Temporada de penuria, racha o periodo más o menos largo de mala suerte que toca a alguno. Dícese también trinqueteada. Santamaría Dic. mej.

[6] Cayo Puto. Cf. nota 27 a El Irónico Hablador, en este volumen.

[7] Resumen de texto omitido: El autor refiere su entrada al Gran Hospital de la isla en el que el médico doctor Virgaférrea recetaba a los enfermos de morbo servílico recién llegados de México, Puebla y Veracruz. Encuentra a don Ingenuo Liberal, médico dedicado a los hilados, el Tocayo alaba su quehacer como artesano y lo pone como modelo. Ambos realizan una visita por el hospital en el que encuentran a los empachados de la Constitución. Pues con el pretexto de ésta se evitan el pago de impuestos, se venden puros y cigarros de contrabando, se hace pública la vida privada y porque hay libertad de imprenta se deshonra públicamente como asevera el siguiente verso.

[8] Tetuán. Ciudad de Marruecos, antiguamente capital del Protectorado español. Fungía como residencia del califa y alto comisario de la zona española. La ciudad se caracteriza por su gran número de fuentes (tetúan procede de la palabra shelja tittuan que significa ‘manantiales’, las dos más importantes son: Bab-el-Okla y Bab-el-Tsuts).

[9] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador, en este volumen.

[10] agangrenasen por gangrenar.

[11] O tempora, o mores. “¡Oh, tiempos!, ¡oh, costumbres!” Expresión de Cicerón contra la perversidad de los hombres de su tiempo, Catilinarias, I, 1; y Verrinas: De signis, 25, 56.

[12] “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos pende toda la Ley y los profetas.” Mt. 22, 36-40. También en Mr. 12, 28-31, Lc. 10, 27, Ro. 13, 9, Ga. 5, 14 y Stg. 2, 8. Fernández de Lizardi lo cita también en El ángel que anoche se apareció a El Pensador Mexicano. Escrito por él mismo; Protestas de El Pensador ante el público y el señor provisor y en Generosidad de los ingleses y baile benéfico a los apestados, cf. Obras XIII-Folletos.

[13] En el artículo primero de la Constitución se lee: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.”; más adelante el artículo 7. “Todo español está obligado a ser fiel a la Constitución, obedecer las leyes y respetar las autoridades establecidas.” Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., pp. 60-61.

[14] príncipe con mayúscula en el original.

[15] mediecito. Seis centavos y tres cuartos del real que equivalía a doce centavos y medio. Primero tuvo la efigie de Carlos IV y en 1810 la de Fernando VII. En sistema decimal equivalía a seis y un cuarto de centavo (0.625 pesos).

[16] F. R. Cf. nota 7 a La Canoa, número 1, en este volumen.

[17] Fernandino Constitucional. Cf. nota 25 a La Canoa, número 1, en este volumen.

[18] Periquillo. En la escuela de primeras letras, sus compañeros llaman a Pedro Sarmiento, Periquillo y puesto que “contraje una enfermedad de sarna [...] me encajaron el retumbante título de Sarniento”. Cf. Obras VIII-Novelas, t. I, cap. II, p. 62. El título completo es Vida y hechos de Periquillo Sarniento, escrita por él para sus hijos. La primera edición se publicó con las licencias necesarias. México: Oficina de don Alejandro Valdés (Calle de Zuleta), 1816. Tres volúmenes, en 4°, sólo se publicaron éstos, pues el gobierno español negó el permiso para la impresión del cuarto volumen. Contienen los 3 volúmenes 36 grabados firmados por Mendoza. Hubo una segunda edición parcial impresa en Casa de Daniel Barquera, otra en la Oficina de don Mariano Ontiveros, 1825, “corregida y aumentada por su autor”, dedicada a Guadalupe Victoria; la tercera edición también corregida y aumentada en la Imprenta de Galván, con 5 volúmenes en 8° y 55 grabados.

[19] Catrín. El protagonista de la novela Vida y hechos del famoso caballero Don Catrín de la Fachenda queda cojo en el capítulo XII. La expresión “quedar cojo” significa también “trunco”, “inacabado”, hecho que los críticos de Fernández de Lizardi señalaron en sus obras. Esta cuarta y última novela de Fernández de Lizardi quedó incompleta; fue aprobada en 1820 por Manuel Mercadillo con fecha de 22 de febrero. En Rociada de El Pensador a sus débiles rivales, Fernández de Lizardi aclara que el “Catrín no ha salido a la luz”. Cf. Obras X-Folletos, p. 315. En un folleto titulado Hemos dado en ser borricos y no saldremos con ello de 1822 El Pensador invita a la suscripción y aclara que no la ha publicado “por no haber suscriptores”, agrega que se encuentra “habilitado ya de una imprenta”, “saldrá la obrita en un tomo en octavo con diez o doce láminas. Su precio será de dos pesos en México y veinte reales fuera de la Corte”. Cf. Obras XI-Folletos, p. 498-499. La primera edición se realizó en 1832 en la imprenta de Alejandro Valdés con una lámina, la segunda en 1843 en la imprenta de Antonio Díaz con otra lámina.

[20] Quijotita. Don Catrín muere en el hospital de hidropesía, causada por su alcoholismo. La Quijotita sufre mal “gálico” que no hidropesía. La educación de las mujeres o la Quijotita y su prima. Historia muy cierta con apariencias de novela. Con las licencias necesarias. México: Oficina de don Mariano Ontiveros (calle del Espíritu Santo), t. I, 1818 y Alejandro Valdés (calle de Santo Domingo), t. II, 1819. El t. I consta de una hoja de preliminar, cuatro de prólogo, sin numerar, 322 páginas de texto y 1 hoja de índice; el t. II consta de 268 páginas y una hoja de índice, la obra viene ilustrada con láminas en cobre del grabador Torre Blanca. Esta primera edición quedó trunca, pues a su autor le faltaron recursos económicos para terminarla. La edición completa en cuatro volúmenes es de 1831-1832. Cf. Obras VII-Novelas, pp. 8-532.

[21] Las tres primeras suscripciones que Fernández de Lizardi abrió de sus novelas: en el Prospecto de la vida o aventura de Periquillo Sarniento, impreso en diciembre de 1815, según Spell en transcripción de Genaro García, se anuncia que la obra constará de cuatro tomos, que cada semana saldrán dos capítulos, la suscripción costaría cuatro pesos para la ciudad y cuatro pesos cuatro reales para fuera, por cada tomo; con cuarenta y ocho láminas en toda la obra. Fernández de Lizardi anuncia que “comenzará a salir la obra el primer martes del próximo febrero de 1816”. Cf. Obras VIII-Novelas, pp. 3-9. El 22 de julio de 1818 en el Noticioso General se anuncia la suscripción a La Quijotita y su prima al mismo tiempo que se vendía el Prospecto de dicha obra en el puesto de la Gaceta. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 279 y Obras VII-Novelas, pp. 9-10. El primero de abril de 1818 en el Noticioso General se anuncia la impresión de Idea de las noches tristes y el 4 de enero de 1819 en el mismo periódico se abre la suscripción para la reimpresión de los cuadernitos Noches tristes añadidas con un Día alegre, el costo de la suscripción era de diez reales en papel y trece en pasta. El 25 de octubre del mismo año en el Noticioso General se anuncia que las Noches tristes se pueden comprar empastadas en el puesto de la Gaceta. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 277, 285 y 291.

[22] peso. Cf. nota 13 a Todos pensamos..., en este volumen.

[23] Conductor Eléctrico. Cf. nota 3 a Respuesta del padre Soto..., en este volumen.

[24] Sanctus fortis. ¡Santo fuerte, santo inmortal! Ten piedad de nosotros. Se leía en Domingo de Ramos.

[25] trisagio con mayúscula en el original.

[26] Idem per idem. Cf. nota 20 a Respuesta del padre Soto..., en este volumen.

[27] befabemí. En la música antigua, indicación del tono que principia en el séptimo grado de la escala diatónica de do y se desarrolla según los preceptos de canto llano y del canto figurado.

[28] El Tocayo de Clarita. José Ignacio Paz autor también de El cascabel sonador contra notorios excesos, México: Imprenta Imperial de Alejandro Valdés, 29 de diciembre de 1821, donde ataca a los escritores que abusan de la libertad de imprenta y predisponen al público contra el gobierno. En él menciona el folleto de Lizardi, Cincuenta preguntas de El Pensador a quien quiera responderlas. Véase Obras XI-Folletos, pp. 339-349. Fernández de Lizardi escribió: “la general aceptación con que mi “Periquillo” ha sido recibido en todo el Reino, la calificación honrosa que le dispensaron los señores censores, los elogios privados que ha recibido de muchas personas literatas, el aprecio con que en el día se ve, la ansia con que se busca, el excesivo precio a que las compran y la escasez que hay de ella, me hacen creer no sólo que no es mi obrita tan mala y disparatada como ha parecido al señor Ranet y al ‘Tocayo de Clarita’, sino que he cumplido hasta donde han alcanzado mis pobres talentos con los deberes de escrito”. Cf. Obras VIII-Novelas, pp. 25-26. En el Noticioso General del 18 de diciembre de 1818 el Tocayo de Clarita publicó un Remitido en el que se refiere a El Periquillo Sarniento. Véase en el tomo 1 de esta Antología.