EL GENIO DE LA LIBERTAD[1]

 

 

[...][2]

 

Comparad ahora, habitantes del Nuevo Mundo, esta libertad noble y amplísima, que la ley fundamental del Estado os concede, con la conducta que os cr[e]éis precisados a seguir, y que sólo sirve para desacreditar a la opinión pública. ¿Cómo ha de saber la Madre Patria los males que os abruman, las reformas que se deben promover, si os andáis ahora por pequeños accesorios, sin llegar al tronco y raíces del escandaloso desorden? Relevate animae meae, stumque timorem mitite.[3] Esgrimid con valentía vuestras plumas. La verdad sea dicha, y caiga quien cayere. Se trata de la suerte de unos españoles hasta aquí juguete de unos mandones osados, porque no hay quien los enfrene. Se trata de establecer leyes saludables en un país donde más que en ninguna parte del orbe se ha prostituido ese santo nombre, aplicándolo a los antojos del orgullo o a ruinosas arbitrariedades: se trata de conciliar los intereses de toda la familia española, funestamente dividida por el espíritu de partido, de desvanecer errores erigidos en principios por la codicia y la hipocresía; de sujetar a unos hombres habituados en sus extravagantes arbitrariedades a constituirse el centro y único fin de las instituciones sociales, de obligarlos a reconocer que la salud de los hombres, y no la del corto número a quien tocó en suerte el gobierno, es la suprema ley. Empresa más ardua es todo esto que domesticar fieras, y es la que debe empeñar a vuestras plumas: que lleve la vanguardia El Pensador, como la lleva en la utilidad de sus escritos. Nada importa publicar los ultrajes que sufrió el año de [18]13[4] si no hace útil para sus conciudadanos la persecución de que justamente quiere hacer un mérito: que acuse en toda forma al tirano que lo vejó, como al primero que dio el ejemplo de hollar el Código santo. ¡Qué brillantemente hermoso aparecerá a sus ojos el sol!,[5] etcétera, si, apurando los recursos de su genio fecundo, alcanza de la justificación del Soberano Congreso el escarmiento del primero de esta casta de rebeldes que tantos males ha causado en N[ueva] E[spaña]. ¡Día fausto, día benigno y lisonjero aquel en que se haga justicia a los españoles mexicanos, y sea efectiva una responsabilidad hasta aquí ilusoria y nunca vista! Levántese, pues, el grito contra Venegas[6] y su acuerdo. Esta acusación importa para solidar la base de las leyes patrias: documéntese por El Pensador, que se ha consagrado a la utilidad pública, con el bando escandaloso[7] que le reclamó por medio de su bien pensada representación, y con el otro bando en que aquel bárbaro anuló la ley fundamental de la libertad de imprenta.[8] No causará novedad en el Congreso promover un juicio contra un general desenfrenado, de quien ya el señor Cisneros[9] dio algunas noticias, imputándole con razón que había ensangrentado la revolución del reino, haciendo pertinaces a cien mil rebeldes, que sólo quería degollar: los valientes gallegos no habrán dejado de experimentar nuevos crímenes, cuyo conocimiento llevarán al Congreso augusto clamando justicia, justicia contra el enemigo irreconciliable del pueblo español.

[...][10]

 

 


[1] Puebla: Oficina de don Pedro de la Rosa, se[p]tiembre de 1820. [El año de 1777 don Pedro de la Rosa comenzó a figurar con su taller tipográfico en Puebla de los Ángeles, gozó del privilegio de imprimir esquelas y en 1783 obtuvo el de editar catecismos, cartillas, catones y otros libros de estudios menores. En 1787 fundió él mismo los tipos que usaba, sin desmedro de la perfección a la que había llegado entonces ese arte. Cf. Iguíniz, La imprenta en la Nueva España, México: Porrúa Hnos. y Cía., 1938, pp. 43-44. De la Rosa imprimió el mayor número de folletos y volantes de 1820-1821 en esta ciudad , así como de las cuatro primeras hojas anteriores a La Abeja poblana. En el campo de la elaboración del género periodístico, aun cuando éste sea oficial, aparece como un precursor capital de la prensa poblana. Cf. Laurence Coudart, “Nacimiento de la prensa poblana”, en Miguel Ángel Castro (coord.), Tipos y caracteres: la prensa mexicana (1822-1855). Memoria del Coloquio celebrado los días 23, 24 y 25 de septiembre de 1998. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Seminario de Bibliografía Mexicana del Siglo XIX, 2001, p. 125]. Precio un real [cf. nota 23 a El Pensador Tapatío a sus censores, en este volumen]. 8 pp.

[2] Resumen de texto omitido: El autor hacer una revisión histórica de la patria como tiranía hasta el advenimiento de la Constitución y la libertad.

[3] relevate animae meae tuumque timorem mitite. Alzaos otra vez, almas mías y arrojad vuestro temor.

[4] Fernández de Lizardi fue encarcelado por la publicación del número 9 del tomo primero de El Pensador Mexicano, titulado “Al excelentísimo señor don Francisco Xavier Venegas, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España en el día 3 de diciembre de 1812. El Pensador Mexicano dedica afectuoso el siguiente periódico”, pues pedía la revocación del bando de 25 de junio de 1812 que daba injerencia a los comandantes militares en el enjuiciamiento de los clérigos revolucionarios. El número provocó el encarcelamiento de nuestro autor y la suspensión de la libertad de imprenta en 1812. Fue sometido a varios interrogatorios, el primero de ellos el 8 de diciembre de 1812; junto a su compadre José Gabriel Gil, fue puesto a disposición de la capitanía general el 9 de diciembre de 1812. Tuvo que escribir varias cartas de súplica a Venegas y a Calleja pidiendo perdón y su libertad. Este proceso seguido a Lizardi véase en Obras XIV-Miscelánea, pp. 371-441.

[5]¡Qué brillantemente hermoso aparece a mis ojos el Sol!”. Con esta frase inicia el núm. 9 del tomo primero de El Pensador Mexicano. La frase completa es como sigue: “¡Qué brillantemente hermoso aparece a mis ojos el Sol, dorando con sus luces el triste valle de la gran Tenuxtitlán en este día! Día fausto, día benigno y día lisonjero, no sólo porque recuerda el del feliz nacimiento de vuestra excelencia, sino que bajo este auspicio, apadrina a El Pensador, para que pueda, con la respetuosa confianza de un hijo rendido a un padre protector, manifestarle ciertas verdades.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 83.

[6] Francisco Javier Venegas, marqués de la Reunión de la Nueva España (1760-1838), 59° virrey de la Nueva España (1810-1813). Luchó contra los franceses durante la invasión de España. Fue teniente general y gobernador de Cádiz. Formó un ejército para combatir a los insurgentes. A su regreso a la Península, se le nombró capitán general de Galicia. Fernández de Lizardi y muchos de sus contemporáneos juzgaron déspota a este virrey.

[7] Se trata del “Bando publicado en México a 25 de junio de 1812”, en donde el virrey Francisco Xavier Venegas, en el artículo 10 manda lo siguiente: “Los eclesiásticos que fuesen aprehendidos con las armas en la mano haciendo uso de ellas contra  las del Rey, o agavillando gentes para sostener la Rebelión y transtornar la Constitución del estado, serán juzgados y executados del mismo modo [pasados por las armas], y por el mismo orden, que los legos, sin necesidad de precedente degradación.” Cf. Hernández y Dávalos, Colección de documentos..., t. IV, pp. 307-308.

[8] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[9] José Cisneros. Colegial del Real y Tridentino Seminario de México, catedrático de prima de leyes; fue electo en 1807 vicecancelario de la Real y Pontificia Universidad. En 1811 era catedrático jubilado de la Universidad de México.

[10] Resumen de texto omitido: Continúa el autor escribiendo contra Venegas, a favor de las leyes y de la representación en Cádiz.