EL COLEGIAL A EL PENSADOR

SOBRE ELECCIONES DE ELECTORES[1]

 

 

Amigo mío: llenos del mayor gusto y complacencia, nos debemos dar mutuos parabienes en este día, al ver satisfechos nuestros sinceros patrióticos deseos; todo debe ser satisfacción y regocijo, admirando lo acertado de esta elección en beneméritos ciudadanos amantes del bien y de la patria; un conjunto de hombres de bien, de verdaderos patriotas, decididos a cumplir el juramento que, a la faz del universo, han proferido de guardar escrupulosamente el sagrado Código[2] que rige a la Monarquía Española, no ocupa otro objeto su atención que el acertar en la elección que se ha confiado a ellos de la de electores de partido;[3] y que sea ésta conforme al espíritu que en todo nos debe conducir. Ya estamos enteramente satisfechos de haber terminado aquel partido de rivalidad, que ignorantemente ocupó algunos entendimientos poco cautos. Hoy hemos dado una prueba nada equívoca al mundo entero de verdadera unión con nuestros hermanos de Europa. Conduciéndonos el verdadero objeto de acertar, hemos puesto la vista en el virtuoso ciudadano, en el hombre sabio y de bien, y en el despreocupado constitucional. Bajo este firme cimiento, vamos a fabricar nuestra dicha, y los felices resultados los experimentaremos muy en breve. La unión, la inestimable unión, ese bien poco conocido de los enemigos de la patria, es el apoyo y fundamento de nuestra seguridad. Siendo unas mismas las ideas, unos mismos los medios, y uno mismo el fin, sin duda vamos a fijar un camino seguro por donde, sin tropiezos ni dificultades que vencer, hallemos la tan suspirada felicidad civil. Nos inspiran una completa satisfacción y confianza los sabios eclesiásticos, los íntegros, instruidos ministros, los constitucionales militares, los desinteresados ciudadanos. En una palabra, los que componen esa ilustre Junta,[4] en quien hemos depositado nuestros derechos; nos aseguran que ni los respetos, ni la sangre, ni las intrigas han de torcer los sagrados deberes, ni las leyes con que se hallan comprometidos; extenderán la vista, examinarán muy por menor, y con la más escrupulosa diligencia; las virtudes, el patriotismo y la sabiduría de los que han de reasumir la representación electiva, para constituir los individuos del cuerpo legislativo, hallarán un elector de partido, en donde vean un ciudadano que reúne las cualidades necesarias para el desempeño de unos deberes tan trascendentales a la patria; de éstos depende la acertada elección para los diputados de Cortes,[5] aquí está nuestra felicidad, aquí el reintegro de nuestros derechos, y aquí todos los bienes de que por tanto hemos carecido.

Y qué, señor Pensador, habiendo acertado en los principios, trabajando para hacerlo en los medios, ¿no es casi necesario conseguirlo en los fines? Congratulémonos enhorabuena, mientras que los enemigos de la patria, confundidos y llenos de vergüenza, huyen a lo más oculto, diciéndose mutuamente, ¿conque quedaron frustradas nuestras ideas? Tanto discurrir, tantas combinaciones, tantos desvelos y, en una palabra, ¿tanto trabajo ha sido echado por tierra el día 6 de agosto, en la elección de compromisarios y electores? Acabaron nuestras esperanzas, y la tan grande obra, que con tanta satisfacción nuestra creíamos muy avanzada, se ha convertido en humo: no hay europeos, no hay americanos, no hay discordia, no hay diversidad de ideas. Todos son españoles,[6] todos constitucionales, todos con unos mismos pensamientos. Dirigidos todos a un mismo fin, no nos queda camino que tomar, indultémonos, acojámonos a esa sin igual bondad, por la que desde luego seremos bien recibidos de los buenos constitucionales, en virtud de nuestro arrepentimiento, porque ellos son, sin duda, los verdaderos amantes de la religión, del rey y de la patria. ¿Qué le parece a usted de este diálogo entre los serviles, que de buena fe conozcan sus errores y los abjuren? Yo me creo que, por este acaecimiento, ya todos en esta ciudad somos liberales, porque, después de tentar cuantos medios pudieron discurrir, publicando falsas noticias existentes sólo en sus cerebros delirantes, de que las naciones extranjeras auxiliaban su servilismo con grande número de ejército, llevando adelante el injurioso principio al soberano, de que sin toda deliberación ha jurado la Constitución de la monarquía española, pintaban con el entusiasmo más ardiente la poca quietud de la Península, queriendo hacernos creer, reinar allí el espíritu de partido o división, donde, por lo general, no ha habido sino confraternidad y verdadera unión, cosa que sólidamente debemos creer, por los buenos efectos producidos. Gracias al Dios de bondad, a los valientes Riego[7], Quiroga[8], Arcoagüero[9], etcétera, y a nuestro amante Padre[10] Fernando VII que, satisfecho de que en sancionar el Código sagrado estaba nuestro bien, no perdió un instante para que todos fuéramos felices, descubrióse, muy en breve, que aquellos a quienes nos ponían por enemigos, se alegran con nosotros, envidian nuestra suerte, y nos dan los parabienes por nuestra futura felicidad. Lean si no, estos preocupados enemigos de sí mismos las contestaciones de las majestades extranjeras al aviso que nuestro Fernando les da de haber jurado la Constitución. Ése es el más vergonzoso desengaño que les deshace el plan que tontamente habían trazado, dándonos a nosotros seguridad de que, sin otra atención, trabajemos en plantear nuestras sabias leyes, principio seguro de nuestra incomparable dicha, dejando el contener, y, si fuera necesario, escarmentar al corto número de inquietos, a esos vigías defensores del bien público, valientes, esforzados guerreros y amantes padres de la patria, cuyas brillantes espadas, sostenidas por sus respetables brazos, impondrán silencio a los perturbadores del buen orden. Lean por último la contestación del amable Pío VII a nuestro soberano[11], y allí verán igualmente cerrado el camino de querer hacer creer a los preocupados e ignorantes que la Constitución era mala, por ser contra Dios, contra el rey, y contra nosotros mismos. Trabajaron, sí, repito, sin perder medio alguno para indisponernos por ese espíritu maldito de rivalidad, que algún tiempo nos ha hecho carecer de quietud, y llorar con lágrimas imponderables males que jamás podremos resarcir; pero gracias al Dios de la paz que, teniendo misericordia de nosotros, nos ha concedido lo que deseábamos, poniendo de manifiesto a nuestros enemigos la unión con que debemos caminar para que nuestras operaciones sean gratas a sus ojos. Desengañémonos: no podemos cumplir con los deberes de ciudadanos constitucionales, si no tratamos de dar cumplimiento a los deberes de cristianos, en cuyo principio está fundada la Constitución de la Monarquía Española, que hemos jurado. En una palabra, nuestro bien consiste en la unión, trabajemos en que no haya desavenencias, no demos motivo a sospechas. En las elecciones sea nuestro objeto el acertar, evitando la ocasión de que digan que preferimos nuestro bien particular al común. No son culpables los que, reuniendo en una lista el número de individuos idóneos para desempeño de estos cargos, la extienden a diversos sujetos, pues, careciendo algunos del conocimiento de ellos, pueden poner o quitar a los que fueren o no de su aprobación, caso en que no se puede entender que se coacta la voluntad, pues quedan del todo libres para hacer lo que les parezca conveniente. Por lo contrario, son muy reprensibles aquellos que, valiéndose de la ignorancia de algunos, les dan listas, poniéndose ellos en primer lugar para lograr, por este vil medio, llevar adelante sus designios: egoístas declarados que, por el prurito de parecer lo que no son, atropellan el incomparable bien que resultaría a la patria de que desempeñaran ese destino beneméritos ciudadanos. Así se ha hecho en un[a] u otra parroquia, habiendo alguno logrado, por este tal manejo, ser electo con el crecido número de ochocientos o novecientos votos; pero paciencia, y tratemos de evitar, cuanto sea a nuestros alcances, por medio de la imprenta, como se va consiguiendo, manifestando las infracciones de la ley.

Algo más quisiera decirle a usted; pero los colegiales en este tiempo estamos muy ocupados, tenemos actos, oposiciones, exámenes, etcétera, etcétera. En desocupándome, cumpliré con mi deseo; en el entretanto, es de usted afectísimo

 

L. J. M. R.[12]

 
 


[1] México: Oficina de don Alejandro Valdés, calle de Santo Domingo [hoy República de Brasil], 1820, [4 pp.].

[2] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[3] electores de partido. El artículo 34 de la Constitución estableció que para la elección de diputados de Cortes se celebraran juntas electorales de parroquia, de partido y de provincia. Los capítulos III, IV y V del título III (De las Cortes) se ocupan de las elecciones respectivas en cada instancia. Las elecciones parroquiales debían celebrarse “el primer domingo del mes de diciembre, quince meses antes de la celebración de las Cortes” (artículo 37). Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 64. Fernández de Lizardi trata el tema de las elecciones de parroquia en su periódico El Pensador Mexicano; en el número 8 del tomo primero publica una “Prevención” en la que señala que: “El primer domingo de diciembre se ha de proceder a las juntas electorales por parroquias, según el artículo 37 del capítulo III de la Constitución.” En esta breve nota el autor informa sobre la naturaleza y conformación de tales juntas. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 77-82. Dedicó además dos folletos al tema: Aviso importante sobre las juntas parroquiales citadas para el próximo domingo 29 del corriente, y Reflexión patriótica sobre la primera elección. Cf. Obras X-Folletos, pp. 75-80 y 163-166, respectivamente. Los compromisarios eran representantes para votar en elecciones de segundo grado. La imprenta de Ontiveros publicó como folleto la Lista de los señores electores que han sido nombrados el día 6 del corriente Agosto por los Compromisarios de las Parroquias de esta Capital. (1820. 4 pp.) Fueron 14 las parroquias en las que se eligieron: 1) Sagrario — 48 electores, 2) San Miguel — 12 electores, 3) Santa Catarina — 12 electores, 4) Santa Veracruz — 11 electores, 5) san José — 9 electores, 6) Santa Ana — 7 electores, 7) Santa Cruz y Soledad — 14 electores, 8) San Sebastián — 9 electores, 9) Santa María la Redonda — 5 electores, 10) San Pablo — 12 electores, 11) Santa Cruz Acatlán — 2 electores, 12) Salto del Agua — 5 electores, 13) Santo Tomás la Palma — 5 electores, 14) San Antonio de las Huertas — 2 electores.

[4] Se refiere a la Junta Preparatoria. El 23 de mayo de 1812 se expidió un decreto en el que se convocaba a la elección de diputados a las primeras Cortes ordinarias, como lo estipulaba la Constitución. Los artículos I y II de la “Instrucción conforme a la cual deberán celebrarse en las provincias de ultramar las elecciones de diputados de Cortes para las ordinarias del año próximo de 1813”, mandaban formar Juntas Preparatorias. Cada junta se compondría del jefe político, el arzobispo, obispo o quien hiciese sus veces, el intendente si lo hubiere, el alcalde más antiguo, el regidor decano, el síndico procurador y dos hombres de buena reputación, vecinos de la misma provincia, nombrados por las personas antedichas. La Junta haría la división del territorio de su jurisdicción en provincias y en cada una de ellas designaría la ciudad donde habrían de reunirse los electores de los partidos para elegir los diputados a Cortes; elegiría un diputado por cada 70 mil habitantes. Las Juntas preparatorias resolverían breve y sumariamente todas las dudas antes de las elecciones y sus resoluciones deberían ejecutarse sin recurso; iniciadas las elecciones en las parroquias partidos y provincia, las Juntas no deberían interferir en nada. Cf. Nettie Lee Benson, La diputación provincial..., pp. 33-36.

[5] diputados de Cortes. Cf. nota 27 a Todos pensamos..., en este volumen.

[6] La Constitución de Cádiz establece en su artículo 18: “Son ciudadanos aquellos españoles que por ambas líneas traen su origen de los dominios españoles de ambos hemisferios, y están avecindados en cualquier pueblo de los mismos dominios.” Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales de México..., p. 62.

[7] Rafael de Riego y Núñez (1785-1822). El primero de enero de 1820 se rebeló pidiendo que se restableciera la Constitución de Cádiz; los franceses lo apresan y lo entregaron a las autoridades realistas. Fue acusado de alta traición y posteriormente ahorcado. Publicaron en inglés sus memorias. La proclamación hecha por Riego de la Constitución en todos los lugares, había decidido realmente la cuestión [sobre el programa político] a que servía el levantamiento, no sin que se manifestara el disgusto de Quiroga y Arco y Agüero, que debían de encontrar comprometida.

[8] Antonio Quiroga, militar español (Betanzos 1784-Madrid 1841). En 1804 ingresó en la armada como guardiamarina, pero en 1808 pasó al ejército de tierra, para combatir contra los franceses, y al término de la guerra de Independencia era ya comandante. En 1818 formaba parte del ejército expedicionario que se reunía para pasar a Ultramar; se le escogió para llevar a Madrid la noticia de que el conde de La Bisbal había sofocado un intento revolucionario liberal, y ello le valió el ascenso a coronel. Poco después participó él mismo en los preparativos revolucionarios, se sublevó conjuntamente con Riego (1820), y ocupó con sus tropa la Isla de León y el arsenal de La Carraca, pero fracasó en su intento de apoderarse de Cádiz. El triunfo de la revolución le valió el ascenso a mariscal de campo y el ser nombrado ayudante de campo del rey. Emigró en 1823, y residió especialmente en Londres. No volvió a España hasta 1834; fue entonces ascendido a teniente general de Castilla la Nueva.

[9] Felipe de Arco y Agüero. Bartolomé Navarro de San Antonio dedica un sermón a “Phelippe de Arco y Agüero, secretario del Rey y tesorero de su Consejo y Cámara de Castilla”. Había tomado consistencia el rumor de que se iba a proclamar la Constitución. “Tres comisionados salieron a dar cuenta de tan fausto suceso (que por consumado lo daban ya los vecinos de Cádiz) al ejército constitucional situado en San Fernando al mando de Quiroga, y éste acordó que pasasen á aquella ciudad otras personas que, representando á sus tropas las pusiesen en amistosas relaciones con la guarnición y autoridades del puerto, revistiendo con esta misión a don Antonio Alcalá Galiano y a los coroneles Arco Agüero y López Baños.” Cf. México a través de los siglos, t. III, pp. 638-639. La proclamación de la Constitución por Riego en todos los lugares decidió el programa político, tanto Quiroga como Arco Agüero se manifestaron a disgusto. “Éste, en una carta que días después dirigió al general Freyre, nuevo comandante de las fuerzas fieles al régimen, afirmó que su intención se reducía a que Fernando VII abandonase el sistema de gobierno que venía practicando ‘y adoptar la monarquía moderada y representativa que hacía la felicidad de otros países, curando, como en Francia, las profundas llagas que había abierto el sistema tiránico de Napoleón’. A pesar de estas reservas hechas públicas por la lectura y publicación del manifiesto que escribiera Alcalá Galiano, se proclamó igualmente la Constitución en San Fernando y se restableció el Ayuntamiento constitucional”. Cf. Historia de España, t. XXVI, p. 643. El 6 de enero Arco Agüero publicó una proclama en el pueblo de Santa María donde se lee: “El ejército nacional, al pronunciarse por la Constitución de la monarquía española, promulgada en Cádiz por sus legítimos representantes, no trata de atentar a los derechos de legítimo monarca que ella reconoce. No trata el ejército de atentar a las propiedades ni a las personas, ni tampoco de hacer innovaciones que la equidad, la injusticia y la religión de nuestros padres no autorice”. Ibidem, p. 668.

[10] padre con mayúscula en el original.

[11] Fernández de Lizardi reprodujo la semblanza de Juan Antonio Llorente sobre este pontífice: “Bernabé Charamontí [...] creatura de Pío VI, fue elegido papa en Venecia en 14 de marzo de 1800 [...] vive ahora mismo en la edad de 74 años”. “De resultas de las desgracias de Napoleón, reina Fernando VII en España. Durante la Revolución hubo algunos presbíteros seculares y regulares, que abandonando la mansedumbre sacerdotal [...], dejaron sus iglesias y se hicieron jefes de bandidos, que se titulaban soldados defensores de la libertad española, contra la ocupación francesa, [...] añadieron a los vicios de asesinos y ladrones el de la lujuria desenfrenada y vida escandalosa [...]. Como las apariencias eran las de favorecer la causa de Fernando VII, ha mirado el papa Pío VII con benignidad nunca vista los delitos de tales monstruos, cuyas iniquidades tal vez publicará la historia, y ha librado a petición de Fernando VII una bula, dispensando cualquiera irregularidades y censuras en que hayan incurrido. “La conducta del papa es tanto más extraña, cuanto se ha negado pasar el más leve oficio al rey Fernando VII, a favor de los eclesiásticos que por librarse de la muerte con que les amenazaban aquellas mismas bandas, se refugiaron en Francia”. Cf. Obras VI-Periódicos, pp. 351, 353-354. También restableció la orden de los jesuitas a petición de la familia real de Borbón y los alabó en una breve a Fernando VII. Se publicó en México Copia de la Carta que con fecha 25 de septiembre dirigió el Papa Pío VII, al rey católico Fernando VII, en idioma italiano. México, Oficina de don José María Betancourt, 1820 [15 de septiembre]. Pide al rey que no dejara extinguir la Compañía de Jesús ni que se introdujeran doctrinas corruptoras de la fe y que transtornen la disciplina de la iglesia.

[12] L. J. M. R. El Colegial. José María Iturralde y Revilla. Hizo sus estudios en el Colegio de San Juan de Letrán. Doctor en cánones y licenciado en leyes por la Universidad. Catedrático de la misma. Fue diputado al primer Congreso Constituyente, y rector de Letrán de 1825 a 1834. Siendo diácono entró como prebendado al Cabildo de Guadalupe. Publicó versos y estudios jurídicos. El otro folleto de Iturralde a Fernández de Lizardi se titula El Colegial a El Pensador sobre elecciones de electores, México: Impreso en la Oficina de Alejandro Valdés, 1820, 4 pp., firmado por J. M. I., publicado en el siguiente volumen. En su respuesta Fernández de Lizardi se dirige a él en estos términos: “Amigo mío: Acabo de leer su papel de usted. Me gusta por su estilo, por su objeto y por el espíritu constitucional que dirigió su pluma al escribirlo.” Cf. Obras X-Folletos, p. 211.