EL ABOGADO LEGO[1]

 

Muchos y muy buenos papeles están saliendo todos los días, desde que se publicó la libertad de imprenta,[2] ya reclamando los derechos de los ciudadanos, ya pidiendo el cumplimiento del sagrado Código constitucional y declamando contra esos malvados serviles, y hasta han hablado acerca de que se les debe dar el tratamiento de Don a los cómicos;[3] pero nadie se ha acordado de la porción mas recomendable y digna de una alta consideración y ternura. Sí, esas infelices señoras viudas y huérfanas de los empleados en los tribunales y oficinas que gozan Montepío.[4]

Estas pobres señoras e hijos han resentido más que ningún otro ciudadano los estragos de la insurrección, porque todos los demás, aunque hemos contribuido con las pensiones que se han impuesto, ha sido de un modo, cuanto cabe, equitativo; pues a unos se les ha exigido el tanto por ciento de los sueldos que disfrutan, a otros con préstamos o contribuciones proporcionadas a sus caudales o rentas, y a todos de un modo insensible con el tanto por ciento de las casas; pero a estas infelices se les ha quitado, y sigue rebajando nada menos que la mitad de la escasa pensión que gozan: y si con  toda ella no les alcanza a algunas para pagar una reducida habitación, ¿qué harán con la mitad? Óiganse sus clamores, examínense bien sus necesidades, y verán si hay corazón para sufrir tanta miseria.

Ya el reino está tranquilo, los descuentos de los empleados de fuera en corriente, ¿pues por qué no se ha de acudir con prontitud a remediarlas cuando no con el todo, siquiera con algún aumento? Mucho mas siendo mayor en el día el ingreso de estos fondos que su extracción.

Yo no dirijo la palabra a los señores Pensador, Amolador,[5] Chanfaina,[6] Impertinente,[7] Conductor Eléctrico,[8] etcétera, etcétera, etcétera, pero sí hablo con todos suplicándoles tengan la bondad de reclamar y pedir con instancia de remedio de estas pobres señoras, en la inteligencia de que yo no soy casado, ni me hacen descuento alguno para el Montepío, ni menos tengo empeño por alguna interesada en particular, pero sí conozco a muchas, y me consta su infeliz situación, y no me deja de constar algo de socorrerlas como hombre sensible a las necesidades de mis semejantes, y mucho más de los que tanto se recomiendan por su horfandad, y que acaso vimos todos a algunas de estas señoras por esas calles con bastante decencia, pues eran el objeto más amable de sus buenos maridos y padres.

Me parece que esta petición no necesita fundarla por su notoriedad; pero sin embargo el que quisiere certificarse puede ocurrir al fin de cada tercio a las casas de los señores don José María Beltrán,[9] y don Adrián Ximénez,[10] y alli verán la escena más dolorosa y tierna, y en casa del segundo cuando les dicen que no hay dinero para pagar, y ni aún les permiten que pasen del patio, verán regar con lágrimas el zaguán; bien que el señor Ximénez no les impide que lo vean cuando no tiene numerario por orgullo ni dureza, sino al contrario, porque se consterna demasiado.

Imploro las plumas de los señores escritores, porque la mía no es capaz de ocupar ese lugar en el público, ni tampoco tengo tiempo para ello.

También les suplico se muevan a decir algo sobre las raterísimas pensiones que tienen las viudas de los abogados, pues sólo les dan doce pesos cada año, y las de los escribanos tiene[n] seis pesos cada mes, lo que no guarda proporción, tanto por ser menor el número de éstos, como porque son las exacciones más moderadas. No por eso trato de ofender su ilustre colegio, ni a sus beneméritos rectores que tanto han trabajado por aumentarles, sino por instimular [sic] a los señores licenciados que tiene mujeres e hijos a que discurran arbitrios para crecer los fondos.

Dispénseseme lo malo de este papel, y recíbase la santa y recta intención que lo dirije, pues sólo desea el alivio de tanta infeliz.

 

J. C. U.

 

 


[1] México: En la Oficina de don Alejandro Valdés, año de 1820, [4 pp.]

[2] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a  El Irónica Hablador..., en este volumen.

[3] Fernández de Lizardi en su Respuesta a la Cómica... escribe: “Se queja usted de que a los cómicos se les quite el tratamiento del don. Tiene y no tiene razón en esto, señora mía. La tiene cuanto ni yo encuentro en toda la Constitución un artículo que excluya a ustedes de la clase de ciudadanos ni en toda buena política hay razón para semejante acepción [...] se les ha considerado como infames contra toda regla de justicia [...] los cómicos no cometiendo ningún delito no son infames. Esto lo defenderé a espada desnuda.” Cf. Obras X-Folletos, p. 229-230. Nuestro autor ya había tratado este tema en el año de 1812, en un diálogo en dos partes: La igualdad en los oficios. Diálogo entre un zapatero y su compadre y No es señor el que nace, sino el que lo sabe ser. O sea la continuación del Diálogo entre el zapatero y su compadre, sobre la igualdad en los oficios. Cf. Obras X-Folletos, pp. 61-64 y 65-69. También trató al respecto en su volumen de Fábulas: XII, “El herrador y el zapatero”, pp. 313-314; XIII, “La espada y el sombrero”, pp. 315-317; y la XXX, “El Martillo y el Yunque”, pp. 352-352; entre otras. Cf. Obras I-Poesías y fábulas. En 1823 publicó Fuera dones y galones y títulos de Castilla. Cf. Obras XII-Folletos, pp. 399-402.

[4] Montepío. El Real Monte de Piedad de las Ánimas fue fundado por Pedro Romero de Terreros, primer conde de Regla, en 1774, en el antiguo colegio jesuita de San Pedro y San Pablo [El colegio se abrió en el año de 1574, la calle de San Pedro y San Pablo debe su nombre a ese colegio, lo tomó a mediados del siglo XIX. Esta calle comprende desde la esquina occidental de la calle de Chavaría hasta la oriental de la de San Ildefonso. En 1767 con la expulsión de la Compañía el colegio pasó a manos del Estado, otorgándose una sección al Monte de Piedad y otra a albergar guarniciones militares. Con la supresión de las órdenes religiosas en el siglo XIX, de nuevo el edificio pasó a manos del Estado, que lo destinó a las instalaciones de la Escuela Nacional Preparatoria, y años más tarde al establecimiento de una escuela secundaria]. Prestaba por seis meses sobre prendas y una limosna voluntaria por las almas del Purgatorio.

[5] Amolador. Cf. nota 19 a El Teólogo Imparcial, número 1, en este volumen.

[6] Chanfaina. Cf. nota 11 a La Mujer Constitucional..., en este volumen. En el volumen 1 de esta Antología publicamos los siguientes folletos: Chanfaina sequita o carta a El Pensador, La chanfaina sequita. Carta a El Pensador Mexicano [Número 1] y Número 2, así como Sal y pimienta a la chanfaina.

[7] Impertinente. El Escritor de la Bombé, El Impertinente. México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 4 pp. El autor denuncia la represión del ejército en los lugares de diversión pública. Sabemos además del siguiente folleto: El Jaleador, Jaleo al Impertinente, México: Oficina de Alejandro Valdés, 1820, impugna las murmuraciones de El Impertinente sobre el elegido secretario de la Junta Provincial, un abogado que no conocía la economía política.

[8] El Conductor Eléctrico. Cf. nota 8 a Respuesta del padre Soto..., en este volumen.

[9] José María Beltrán. Escribió Oración que ante la Junta Suprema pronunció el contador mayor don José María Beltrán. México: Imprenta Imperial de don Alejandro Valdés, 1821, donde felicita a Iturbide por haber consumado la Independencia. Fue ministro de Hacienda en 1826. Fernández de Lizardi lo menciona en La herejía justificada y desengaño de viejas, 1 y 2, ambos impresos por el autor en 1823. Cf. Obras XII-Folletos, pp. 381-386, pp. 417-422 respectivamente.

[10] Adrián Ximénez. En copia del real decreto de 1804 remitido al virrey de la Nueva España, José de Iturrigaray, por Miguel Cayetano Soler y publicado por Ximénez se manda separar una novena parte del total de los diezmos de cada diócesis para destinarlo a la caja de consolidación. En otra copia del real despacho general de 26 de diciembre de 1804, remitida a Iturrigaray por Antonio Porcel, para que se ejecutara el real decreto de 28 de noviembre de 1804 y la instrucción sobre enajenación y renta de los bienes de obras pías en la Nueva España para que se destinaran a la real caja de amortización fue publicado por Ximénez.