DUDAS DEL INDIGENTE PARA ALIVIO DE SUS PENAS[1]

 

 

Señor Pensador, mi amigo: usted se nos ha hecho ya un vocabulario de preguntas y respuestas con las cuales más de una vez nos ha aclarado algunas dudas y desenrollado varios pensamientos útiles. Tales son las que a mí me ocurren tiempo hace acerca de los suplementos que nos hace el Montepío,[2] y los logreros o usureros públicos, que es lo mismo, y que no me he atrevido a descubrir, mientras nos veíamos precisados a callar, con razón o sin ella; pero hoy que por beneficio de nuestra sabia Constitución,[3] desde el primero hasta el último gozamos de la libertad de promover cuanto nos parezca provechoso, sin abusar, como ya lo están haciendo algunos, de la que nos franquea la imprenta,[4] parece que, sujetándonos a los límites que aquélla nos prescribe, no habrá embarazo en que discutamos el punto hasta dejarlo como un pelo.[5] Vamos al caso.

Usted sabe que el Montepío se fundó con un fondo respetable a beneficio del público y de las almas del Purgatorio; pero que, por las vicisitudes a que lo redujo luego el sistema abusivo de su administración, lo está hoy considerablemente por los descalabros que ha sufrido, y que, por ser bastante sabidos, no hay para qué recordar; que por aquella misma razón, aun habiéndose aumentado el relicuato del primer fondo, duplicado el premio de los préstamos, y economizado algunas dotaciones de los empleados, los menesterosos o no se socorren muchas veces, o si lo consiguen es siempre con cantidades muy inferiores a las que necesitan, aunque la alhaja sea de cuatriplicado valor, por lo cual, quedándose por lo general sujetos a la misma o peor necesidad, tienen que valerse de otras, si las tienen, y que ocurrir a los usureros particulares, con sujeción a premios excesivos, cuales son los del 12 1/2, 15, 18 y 25 por ciento, y a condiciones tan duras como la de pico torcido[6] y otras insoportables, y que quedarse después de todo con muy poca o ninguna esperanza de rescatar su prenda, si se la dan por perdida antes o después de tiempo, como a cada paso sucede; y lo que es más duro, sin recurso a reclamar el sobrante, si se la venden (hablo de las que se empeñan a los usureros particulares, que lo son la mayor parte de los tenderos),[7] y he aquí donde van a empezar mis preguntas, a saber:

Primera. ¿El Montepío es árbitro a vender las alhajas, sin un público previo apercibimiento a sus dueños, por las ínfimas tasaciones de sus peritos, o tal vez por menos y a sus propios dependientes, como dicen que ha solido suceder?

Segunda. ¿Debe ser responsable al demérito de ellas?

Tercera. ¿Debe serlo el particular, o el tendero a quien se empeñan si por su ineficacia o descuido se enratonan,[8] se le queman o se las roban?

Cuarta. ¿Éste está autorizado para usarlas o alquilarlas mientras las tenga en clase de empeño, o para venderlas en el conjunto de otras, y quedarse con el sobrante de cada una de ellas sin un grave cargo de responsabilidad?

Quinta. ¿Le serán lícitos esos premios usurarios y excedentes del seis por ciento que es el corriente y tolerado al comercio?

Sexta. ¿Lo será igualmente que condicione con el amo de la prenda que si no la saca tal día o a tal hora, la ha de perder y ha de quedar sin derecho a reclamarla, que es la que titulan pico torcido?

Si para nada de esto está, como probablemente es de creer que no debe estar facultado, parece estamos en el caso de excitar el celo del respetable magistrado mediante la acción popular, que con más autoridad que ningún otro particular debe promover el caballero síndico procurador general del común[9] para que se reformen si hubiere lugar abusos tan perniciosos. Pero antes será conveniente oír el dictamen de usted y de otros para no errar.

Dios guarde a usted los muchos años, que le desea su atento servidor


El Indigente. J. M. B.[10]

 


[1] México: En la Imprenta de don Juan Bautista de Arizpe, 1820, 4 pp.

[2] Montepío. Cf. nota 4 a El abogado lego, en este volumen.

[3] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[4] libertad de imprenta. Cf. nota 7 a El Irónico Hablador..., en este volumen.

[5] dejarlo como un pelo. “Estar en un pelo” es “estar a punto”. Cf. José Luis González, Dichos y proverbios populares.

[6] pico torcido. “Todas las águilas tienen el pico torcido, y la uña muy corva.” Dic. autoridades. Con lo que suponemos que son condiciones ventajosas para el prestamista, comparándolo con una ave de rapiña como lo es el águila.

[7] tenderos. Fernández de Lizardi en defensa de los pobres que empeñan sus pertenencias reproduce aquel bando de Revillagigedo de 4 de mayo de 1790, en donde se establece que los tenderos han de dar boletas de empeño a sus marchantes y se norman las condiciones para tal empeño; señala que el bando está vigente porque no se ha revocado. Además dice que el “poco precio” de su papel “facilita que lo tengan los pobres, para que ni ellos ni los tenderos se perjudiquen mutuamente por ignorancia, y con este objeto lo escribió.” Cf. Aviso a los tenderos y también a los marchantes, en Obras X-Folletos, p. 262. Fernández de Lizardi se refiere también a este asunto en sus novelas El Periquillo Sarniento, t. II, cap. 6, en Obras VIII-Novelas, p. 323; y en Don Catrín de la Fachenda, cap. 6, en Obras VII-Novelas, pp. 578-579.

[8] enratonar. Llenarse de ratones una casa. Santamaría, Dic. mej.

[9] Los Ayuntamientos se componían de varios alcaldes y regidores, y de un síndico. Los alcaldes tenían funciones judiciales de primera instancia y aun de apelación en algunos casos. Los regidores formaban el cuerpo del ayuntamiento y el síndico cuidaba de los intereses de la corporación, propio de los regidores (entre los cuales había algunos hereditarios) era elegir otros regidores y alcaldes.

[10] El Indigente. Amaya Garritz en Impresos novohispanos, t. II, p. 722, identifica a J. M. B como José Mariano Beristáin de Souza.