DIARIO DE MÉXICO

del viernes 31 de enero de 1812[1]

 

[Fábula. El piojo y las hormigas][2]

 

Señor Diarista:[3] favor y lugar para la siguiente

 

 

         FÁBULA

 

El piojo y las hormigas.

 

         Hallóse al paso
de unas hormigas
cierto embustero
piojo arbitrista,
para venderlas
mil chucherías,
bajo unos nombres
que significan
alguna cosa.
Las simplecillas,
para comprarlas
se precipitan;
porque lo nuevo,
entre las mismas,
siempre acalora
su fantasía.
         A poco rato,
con ignominia,
notan que es todo
superchería;
pues sólo encuentran
la perspectiva,
paja, y sandeces
tal vez mal dichas.
Se dan al diablo,[4]
lloran la intriga,
reconociendo
que sacrifican
sus intereses
a la codicia
del piojo astuto.
         Éste, egoísta,
se burla de ellos,
y como se hinchan
sus talegones,[5]
de na[da] cuida.
         ¡Cuántos impresos
hoy se publican
que al vulgo halagan
con fruslerías;
mas que en el fondo
son sacaliñas,[6]
y nuestra patria
descreditan.[7]

 

Paréceme excusado prevenir que en la generalidad de la fábula anterior no se comprenden algunos de los impresos a que se contrae, aunque a la verdad son muy pocos. Soy justo y sincero, señor editor, y no tengo embarazo en confesar que el papel de don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi] Hacen las cosas tan claras, que hasta los ciegos las ven[8], publicado recientemente, es uno de los menos malos de este autor; y aun estoy por decir que, quitando uno que otro escrupulillo, es bueno en su clase. Esta mi ingenuidad es tanto más sincera cuanto que el citado don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi] publicó días pasados en mi contra el papel Quien llama al toro, que sufra la cornada,[9] cuya contestación mandé a usted oportunamente, y ha tenido la bondad de empezar a publicar en su Diario número 2302.[10]

 

Batilo.[11]

 
 


[1] T. XVI, núm. 2311, pp. 121-122.

[2] El Pensador escribe en [Respuesta a Juan María Lacunza]: “como don J[uan] M[aría] L[acunza], o sea Batilo, Inglés, Canazul, o lo que quiera, mantiene conmigo la tela literaria desde octubre de [1]811, debo creer, sin duda, que a mí dirigió la fabulilla del Piojo y las hormigas (estampada en el número 2311, o día 31 del pasado enero). Dije que está impropia; no sé si me expliqué bien: digo que está despilfarrada, insulsa, fría, no conforme a las reglas del arte: es más bien sátira que fábula.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 161-162.

[3] Diarista. Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[4] Se dan al diablo. Irritarse, enfurecerse, desesperarse.

[5] talegones. Alusión indirecta a los cangilones Cf. nota 53 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[6] sacaliñas. Por socaliñas, ardid para sacar a uno lo que no está obligado a dar.

[7] Juan María Lacunza estaba preocupado por las opiniones que los europeos podían hacerse de los poetas mexicanos. Cf. Palo de ciego, en este volumen.

[8] Fernández de Lizardi escribió Hacen las cosas tan claras que hasta los ciegos las ven. Cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 209-211.

[9] Fernández de Lizardi responde en [Respuesta a Juan María Lacunza]: “Si en mi papel ‘hacen las cosas tan claras que hasta los ciegos las ven’ hay escrupulillos, según don J[uan] M[aría] L[acunza], que lo constituyen malo, en su fábula hay pecados mortales, que la hacen nefanda.  No hablo a tintín de boca, señor editor. Si quiere que se insinúe y le haré ver sus despropósitos, así como los de su desgraciada contestación a mi papel Quien llama al toro que sufra la cornada”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 162.

[10] Cf. [Contestación a Quien llama al toro...], en este volumen.

[11] Batilo. Uno de los seudónimos de Juan María Lacunza. Cf. nota 10 a Palo de ciego, en este volumen.