DIARIO DE MÉXICO

del viernes 20 de diciembre de 1811[1]

 

[Críticas a las poesías de José Joaquín Fernández de Lizardi]

 

 

Señor redactor,[2] mi amigo: supongo a vuestra merced imparcial, celoso e interesado en el buen nombre de nuestra nación, y, de consiguiente, que tendrá la bondad de franquearme su periódico, para decir a don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi] del número 2256:

 

Ciertos autores
de obras inicuas,
los honra mucho,
quien los critica.[3]
No seriamente;
muy por encima
deben notarse
sus fruslerías,
que hacer gran caso
de lagartijas,
es dar motivo
de que repitan:
valemos mucho,
por más que digan.[4]

 

            Esta sabia excelente máxima del inmortal don Tomás de Iriarte, en su fábula 57, El naturalista y las lagartijas, me servirá de regla.[5] Señor mío,[6] en el discurso de esta carta, y puesto que en la de vuestra merced, número citado, parece burlarse de mí, ya dándome en cara con la moderación que he usado en mis dos anteriores, números 2220 y 2251,[7] ya con la despreciable insultante ironía de que se sirve, con respecto [a] mis producciones. Creo hallarme en derecho para decirle en buen castellano, sin rebozo, y sin la menor consideración, que es un ignorante, sandio, y lo que es peor, un necio, orgulloso y engreído[8] con el aprecio que de sus mamarrachos[9] forman el aguador,[10] la cocinera y el muchacho, quienes por lo común sólo se diferencian de los brutos[11] en la cualidad risible,[12] usando de este atributo esencial y distintivo de su alma racional por antojo, por capricho y poquísimas veces con fundamento.[13] Mas antes de tratar de las malditas poesías de vuestra merced, y de las que, según el tema propuesto, sólo hablaré por encima, temeroso de dar pábulo a su orgullo, me detendré en algunos puntos de su carta.

            Dice vuestra merced que le sería fácil sostener la disputa que suscito en mi censura.[14] ¡Pobre hombre!, ¿cuál es, pues, la cuestión, cuando yo asiento redondamente en uno de mis dos insinuados papeles que todas las poesías de vuestra merced, hablo de las que he visto, unas más, otras menos, son malas? Y para probar que saldría vuestra merced victorioso, me cita tres versos de la fábula quinta de Samaniego muy mal, a propósito a la verdad, a menos que su ánimo sea vengarse, y es el sentido de los tales versos; pues entonces ajusta a vuestra merced, como anillo al dedo, lo miserable, vil y bajo del primer dístico.

            Adelante: dice vuestra merced que para que sus versos fueran de una crasa maldad, deberían ser iguales a los que me cita de Quevedo.[15] ¿Quién le contó a vuestra merced, alma media, que para criticar a un sujeto, es necesario compararlo con otro? La bondad o maldad de una producción está intrínsecamente en ella misma, y consiste, entre otras muchas cosas, en la conformidad que tiene, o no, con las reglas del arte a que por su naturaleza se sujeta. Bien preveo que esto, para vuestra merced, es una jerigonza, y pedir peras al olmo; sin embargo, para complacerle, citaré los siguientes versos de su papasal,[16] El perico y la verdad,[17] que en su línea puede ser sean peores que los que me cita.

 

Pero ahora verán
cómo me murmuró:
¡qué estilo tan frío!,
¡qué metro tan duro!,
parece estribillo,
verso de jarana;
así quise hacerlo,
porque me dio gana.
¡Qué tonto es el loro!
(dirás) ¡qué mal poeta!,
pues si no te gusta,
toca la trompeta.[18]

 

            No es vuestra merced mal trompeta,[19]a señor mío; y en su vida ha dicho verdad más grande que la que contienen sus versos.

            Más adelante habla vuestra merced de ganarme la apuesta.[20] ¿Qué apuesta, bárbaro?, ¿sobre qué se versa? Yo sí apostaré mis orejas (aunque las de vuestra merced sean mayores y más puntiagudas que las mías)[21] a que es vuestra merced el coplero más idiota que calienta el sol, indigno aun de la crítica,[22] y sólo merecedor de ser el Apolo y oráculo de los poetas que tienen su Parnaso en las banquetas de la Plaza Mayor[23] de esta capital.

            Sigamos: dice vuestra merced que sería muy necio el extranjero que, por el papel, La verdad pelada, y otros de los suyos, calificara de iguales todas las producciones de los americanos.[24] ¡Prudente y admirable político! Los papeles públicos, o impresos de una nación, antagonista mío, son como el anteojo por donde se divisan su carácter y genio; y nosotros no debemos, por más que nos inste el flujo de escritor,[25] o el interés, dar motivo de ejercitarse a la crítica extranjera, partidaria siempre de las glorias de su país, y rival de las del ajeno.[26]

            Yo no trato de atemorizar a vuestra merced en mi último papel;[27] sólo sí, de que se explicara más directamente, de lo que lo hizo en su informe epigrama de su papel No lo digo por usted,[28] etcétera. Siendo ficticia la contradicción, que supone en mis dos cartas, porque aunque dije en mi primera que los más ignorantes conocían los defectos de sus obras,[29] y en la segunda hablo de descubrirlos,[30] debe entenderse a todo el público, con el fin de que viese había entre nosotros quien los conociese; lo que creo haber dado ya a entender en una de ellas, y repito ahora, que es mi único objeto en la presente respuesta, como así mismo que si a vuestra merced le acomoda, en cuanto a paisanos,[31] seremos los mejores amigos del mundo.

            Dice vuestra merced que no es árcade[32]... ¡oh!, ¡ni lo permita Dios!, ¿qué dirían los literatos extranjeros, si oyeran los graznidos de vuestra merced mezclarse impunemente con los suaves cantos de una multitud de cisnes americanos, que son la gloria y ornamento del valle de México? Añade vuestra merced que es un pobre criollo, ¡infeliz!, yo lo soy también, ¿a qué, pues, viene semejante impertinencia?,[33] ¿tiene vuestra merced a menos el serlo?, ¿o es vuestra merced tal vez de los que puedan avergonzarse de tan honrosa cualidad...? Pasemos a otra cosa, y sea a tratar de sus poesías: lo haré sin perder de vista mi tema, porque sería nunca acabar, y sólo me resolvería a analizar sus obras, cuando [sic] hubiera vuestra merced dado a entender en ellas, había siquiera baboseado alguna arte poética; no habiendo en casi todos sus papeles verso que no sea defectuoso por su medida y mecanismo, y que no haga ver claramente que es vuestra merced poeta no sólo contra la voluntad de Dios, sino aun contra la de los hombres sensatos y juiciosos.

            Uno de los más crasos defectos de la poesía es truncar una expresión,[34] acabando un verso con la dicción, que en buena ortografía, debía estar unida con la que le sigue inmediatamente, y el poeta inhábil pone en el verso subsecuente... ¿si me entenderá vuestra merced? Vaya de bulto. En su papel Hay muertos,[35] etcétera, dice en el epigrama último:

 

porque tiene en el
sombrero su media luna,[36]

 

y en La verdad pelada, página 4 , estrofa 4:

 

pero que esta niña, aunqué
haya la edad ya cumplido.[37]

 

            Vea vuestra merced este defecto censurado oportuna y graciosamente, en una décima del tomo 2, página 286 del referido Iriarte, contra un poeta que acostumbraba versificar tan malamente como vuestra merced;[38] mas porque no se canse, imitando a este divino autor, yo diré:

 

En América grazna un
poeta chabacano, que
se llama J. F. de
L., y el pobre según
que en sus obras no hay ningún
mérito, debiera ya
conocerlo, e irse a
cavar los campos, o a
nunca yo lo encuentre, y no
le haga ver su necedá.

 

Se concluirá

 

Prosigue la carta comenzada ayer[39]

 

Se nota así mismo, en La verdad pelada,[40] embriaguez, consonante de que es;[41] y virtuosos de mozos,[42] en El crítico y el poeta.[43] En este último papelejo, pensando vuestra merced prevenir la crítica de los literatos, se la hace a sí mismo, con bastante fundamento, por boca del crítico que introduce en el diálogo, suponiéndose vuestra merced el poeta asegura que, no escribiendo más que para la vieja y el cochero,[44] que gustan mucho de sus sandeces, desprecia la opinión de los señores. ¡Insensato! [i] Un simple encuentra siempre otro más simple que lo admire! ¿Entiende vuestra merced el francés?, creo que no; pero el público ilustrado por la mayor parte lo comprende: vaya, pues, la misma sentencia original.


Un sot trouve toujours un plus sot qui l’admire.[45]

 

Boileau, Chant premier.

 

 
 


[1] T. XV, núm. 2270, pp. 693-696. Después del 22 de diciembre Fernández de Lizardi responderá a estas críticas en su folleto Quien llama al toro sufra la cornada.... O sea crítica del libelo infamatorio, que con el nombre de Censura dio don J. M. L. en los Diarios de esta capital: 20, 21 y 22 de 1811, contra el autor de ésta [José] J[oaquín] F[ernández] de L[izardi] Cf. Obras X-Folletos, pp. 31-43.

[2] Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[3] El texto de Iriarte dice: “¿Y querrán luego/ Que no se engrían/ Ciertos autores/ De obras inicuas?/ Los honra mucho/ Quien los critica.” Cf. Fábulas completas de Samaniego e Iriarte..., p. 171.

[4] El estribillo de esta fábula dice que cuando hay cosas “escritas” que son acremente atacadas “No hay que abatirse,/ noble cuadrilla:/ valemos mucho,/ por más que digan”. Idem.

[5] Fernández Lizardi responde en Quien llama al toro sufra la cornada...: “pudiera, señor público, valerme del consejo del mismo Iriarte que él cita, pues dice en la Fábula 30: ‘Bien hace quien su crítica modera;/ pero usarla conviene ciertamente/ contra censura injusta y ofensiva,/ cuando no hablar con sincero denuedo/ poca razón arguye o mucho miedo’”. Cf. Obras X- Folletos, pp. 31-32.

[6] Señor mío entre comas en el original.

[7] Cf. Palo de ciego y [Respuesta a D. A. O.], en este volumen.

[8] Fernández de Lizardi admite en su respuesta que es un ignorante que no orgulloso y engreído en Quien llama al toro sufra la cornada...: “Sí, mi señor, agradezco a usted los expresivos elogios con que usted me honra sin mérito mío”. Cf. Obras X-Folletos, p. 32.

[9] Fernández de Lizardi cita la defensa de E. L. B. aduciendo que no es un ignorante en el mismo folleto. Ibidem, p. 33.

[10] aguador. En las haciendas el que cuida de las aguas para que no se extravíen o derramen, e impide que las roben. Santamaría, Dic. mej. Repartidor de agua.

[11] Fernández de Lizardi dice en la misma respuesta: “¿tan difícil es argüir con improperios y no con justicia?, no por cierto; cada día vemos usado este dialecto en los bodegones y tabernas yo no he cursado esas aulas, y, por lo mismo, desdeño sus ejemplos.” Cf. Obras X-Folletos, p. 32.

[12] Fernández de Lizardi responde en Quien llama al toro sufra la cornada...: “¿Conque obran por puro mecanismo? ¿Conque el aguador sabe remendar su chochocol [cántaro grande o botijo que usaban los aguadores] por la cualidad risible, la cocinera guisa por la cualidad risible, y el muchacho llora por no ir a la escuela por la cualidad risible? Pues señor mío, la ignorancia o sabiduría no disminuye ni aumenta la esencia constitutiva del hombre: tan hombre es y tan distinto del bruto el más estúpido salvaje como el más erudito cortesano. La falta de uso de su razón no prueba carencia.” Ibidem, p. 34. Del tratado de Aristóteles Sobre el alma (De partibus animalium), t. III, cap. X, se acuñó la expresión “El hombre es el único ser viviente que ríe” que influyó en toda la Edad Media y hasta el Renacimiento. “Una de las definiciones del hombre es decir que es animal risible porque sólo el hombre se ríe, y no otro animal; y yo digo que también se puede decir que es animal llorable, animal que llora; y ansí como por la mucha risa se descubre el poco entendimiento, por el mucho llorar el poco discurso.” Cf. Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Segismunda, libro II, cap. cuatro.

[13] A esto Fernández de Lizardi contesta en el mismo folleto: “no se contentó con hacerlos sólo risibles, sino locos [...] Señor mío, siempre que el hombre libremente se ríe es con fundamento, porque se le representa una idea festiva, que le excita la alegría, cuya pasión desahoga riendo, así como la tristeza, llorando.” Cf. Obras X-Folletos, p. 34.

[14] La idea completa es: “Fácil me sería sostener la disputa que vuestra merced suscitó en su dicha censura [véase Palo de ciego, en este volumen], pues como dice Samaniego: ... ‘al más miserable, vil y bajo,/ para tomar venganza, si se irrita/ ¿le faltara siquiera una bolita?’” Cf. Respuesta a los números 2220 y 2251 del Diario, en Obras XIV-Miscelánea, p. 148. Fernández de Lizardi se refiere a la fábula 5 que cita en esta misma respuesta como sigue: “Al punto sacudió su vestidura,/ Haciendo, al arrojar la albondiguilla,/ Con la bola en los huevos su tortilla./ Del trágico suceso noticioso,/ Arrepentida el Águila y llorosa,/ Aprendió esta lección á mucho precio:/ Porque al más miserable, vil y bajo,/ Para tomar venganza si se irrita/ ¿Le faltará siquiera una bolita?”. Cf. Fábulas completas de Samaniego e Iriarte..., p. 79.

[15] La cita sobre Quevedo en Respuesta a los números 2220 y 2251 del Diario es la siguiente: “pues como la cuestión había de rodar, no sobre si mis producciones tienen o no defectos pues éstos los he confesado siempre [...], sino sobre si son tan crasos [...]. Me parece, digo, que no lo había vuestra merced de probar jamás, porque para que fueran tales debían ser como los que el célebre Quevedo critica en los versos que le dijo a Pablillos, aquel cierto poeta mi compañero, y son éstos: ¿Pastores, no es lindo chiste,/ que hoy es el señor san Corpus Criste?/ ¿Y es el día de las danzas/ en que el Cordero sin mancilla/ tanto se humilla,/ que visita nuestras panzas,/ y entre éstas bienaventuranzas/ entra en el humano buche?/ Suene el lindo sacabuche,/ pues en nuestro bien consiste./ pastores, ¿no es lindo chiste? etcétera [Cf. La vida del buscón llamado don Pablos, cap. IX]”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 148-149.

[16] papasal. Equivalente a lo que en España se entiende por papelorio: fárrago de papel o de papeles.

[17] El perico y la verdad, o continuación de La verdad pelada. La censura es de octubre de 1811 y aparentemente fue impreso por Francisco Quintero. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 5-12.

[18] Corresponde a la última estrofa de El perico y la verdad. Ibidem.

[19] Fernández de Lizardi contesta en Quien llama al toro sufra la cornada...: “una de las obligaciones del poeta es revestirse del carácter de la persona que finge ese papel es una sátira contra las mujeres profanas, descontentas con los poetas que les descubren sus faltas[...]: en boca de una de estas mujeres está tal expresión [...] demuestra bien el carácter y modo de explicarse de una mujer enojada con los poetas que manifiestan sus defectos”. Cf. Obras X-Folletos, p. 35.

a Es expresión original de vuestra merced, en su gran papelón Quejas de algunas mujeres [en el tribunal de Apolo. Cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 108-112], etcétera, y aplicada temeraria y atrevidamente a los poetas que, a la verdad, con más tino que vuestra merced, censuran las costumbres públicas...¡pobre[s] Quevedo, Iglesias [José de las Iglesias (1748-1791). Escritor español y sacerdote. Autor de idilios, églogas y letrillas] y otros mil, en boca de semejante Zoilo [gramático griego del siglo III que juzgó con severidad los poemas homéricos]! ... ¿Será acaso ironía? ¡oh, cuanto es soez y villana!

[20] Fernández de Lizardi cita en Respuesta a los números 2220 y 2251 del Diario la enconada disputa literaria entre Juan Pérez de Montalbán y Francisco de Quevedo, copia de un versito de aquél: “‘Dime antes que me duerma/ tu nombre; dime quién eres;/ él entonces, con cautela,/ yo soy, yo mismo, me dijo.’ Éste, que dice Montalbán que habló con cautela, es Jesucristo, a quien hizo Ulises, y ya vuestra merced sabe, qué tal fue este caballero en el concepto de Homero y de Virgilio: en ambas composiciones se ve de a legua el despilfarro e impropiedades de que abundan. Si vuestra merced me señala iguales defectos en algunos de mis papeles (que según vuestra merced todos que ha visto son malos) me daré por vencido; si no, creo que le ganaré la apuesta”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 150.

[21] Orejas de pingo, gnomo o diablo travieso.

[22] Fernández de Lizardi dice en Quien llama al toro sufra la cornada...: “Hoy 20 de diciembre he visto el libelo, que sin razón llama crítica su autor, el dicho don J. M. L., pues sus objeciones son fútiles y despreciables, y su estilo demasiado insultante, ordinario y soez, no sólo ajeno de uno que presume de literato, sino de cualquier hombre bien nacido.” Cf. Obras X-Folletos, p. 31.

[23] Plaza Mayor. Fue el centro de la antigua Tenochtitlan. Una vez demolidas las construcciones aztecas, fue escogido el terreno por los primeros pobladores para Plaza Mayor de la ciudad de México. En 1812 fue jurada la Constitución de Cádiz de 19 de marzo, y por bando del virrey Calleja de 22 de mayo de 1813 se le dio al sitio el nombre de Plaza de la Constitución, que actualmente ostenta.

[24] Fernández de Lizardi dice en Respuesta a los números 2220 y 2251 del Diario: “muy necio sería el extranjero, que por el papel La verdad pelada, u otro de los míos, calificara de iguales todas las producciones de los americanos, especialmente las inimitables del milord Canazul.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 151.

[25] flujo de escritor. Cf. nota 10 a [Respuesta a D. A. O.], en este volumen.

[26] Fernández de Lizardi escribe en Quien llama el toro sufra la cornada...: “si es como la [crítica] de usted concedo: si es juiciosa e imparcial (como debe ser toda buena crítica) n[i]ego.” Cf. Obras X-Folletos, p. 35.

[27] Cf. nota 14 a [Respuesta a D. A. O.], en este volumen.

[28] No lo digo por usted lo digo por el señor. Cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 102-107. El epigrama que menciona Lacunza es el siguiente: “Que lluevan palos de ciego/ y de zurdos no te espantes./ ¿Sabes por qué es, Fabio? Porque/ les amargan las verdades.”

[29] Cf. Palo de ciego, en este volumen

[30] Cf. [Respuesta a D. A. O.], en este volumen.

[31] Fernández de Lizardi responde en Quien llama el toro sufra la cornada...: “usted dijo los [...] más ignorantes [...] delante de Dios y todo el mundo; luego, yo debo entender que, pues no expresa, habla de los más ignorantes de México, luego, del público; luego, si necesita explicárselos, se contradijo; luego, si está en esa necesidad, no son tan crasos; luego, si son tan crasos, es usted un impostor; luego, si es un impostor, merece el desprecio de los literatos y de los más ignorantes.” Cf. Obras X-Folletos, p. 33.

[32] Fernández de Lizardi dice en Respuesta a los números 2220 y 2251 del Diario: “En conclusión: yo no soy árcade, ni Inglés, ni Batilo, ni Bato, sino un pobre criollo, ignorante de la cruz a la cola [desde el principio hasta el fin. También se dice  de la cruz a la fecha]; pero no tanto que no pueda responder a vuestra merced siempre que me incite con sus críticas.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 152.

[33] Fernández de Lizardi responde Quien llama el toro sufra la cornada...: “yo estoy contento con ser criollo,  y jamás he apostatado de mi nación en mis papeles disfrazándome de ruso, ni de inglés como usted [...] ¿tendrán más méritos sus versos porque se ponga: Inglés Canazul o Gran Tamerlán de Persia?” Cf. Obras X-Folletos, p. 35.

[34] Fernández de Lizardi responde en el mismo texto: “Muchos, casi todos los autores que he leído, truncan algunas veces [...] mire al gran Horacio: ...mirabor si sciet inter-/ noscere medacem... [Me admiraré si sabrá, afortunado, distinguir entre el mendaz y el legítimo amigo. Cf. Quinto Horacio Flaco, Arte poética, vv. 424-425]. Idem.

[35] Hay muertos que no hacen ruido. La versión original fue considerablemente modificada en Ratos entretenidos (1819). Cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 129-133.

[36] En su versión original el “Epigrama” de Hay muertos que no hacen ruido es: “Juan fue pobre de soltero;/ se ha casado y mejoró,/ de suerte, porque logró/ fama, mujer y dinero./ Yo, admirando su fortuna,/ dije: —¿Será moro aquel?/ —¿Por qué?/ Porque tiene en el/ sombrero su media luna.” En la reimpresión en Ratos entretenidos (1819), Fernández de Lizardi hace caso de las observaciones de J. M. Lacunza: “—Porque —pian pian/ luciendo su media luna.” Ibidem, pp. 129-133.

[37] La estrofa completa dice: “Pero que esta niña, aunque/ haya la edad ya cumplido,/ ayune..., no..., ¿para qué?/ padece mucho latido.../ ¡Pobrecita!... ¿entiende usted?/ Decirlo serían sandeces/ y vejeces”. Ibidem, p. 125. Fernández de Lizardi hace uso de una licencia poética convirtiendo en aguda la palabra “aunque” y así ajusta ocho sílabas.

[38] Es la fábula XLII El papagayo, el tordo y la marica. “Oyendo un Tordo hablar á un Papagayo,/ Quiso que él y no el hombre, le enseñara;/ Y con sólo un ensayo/ Creyó tener pronunciación tan clara,/ Oye en ciertas ocasiones/ Á una Marica daba ya lecciones./ Así salió tan diestra la Marica,/ Como aquel que al estudio se dedica/ Por copias y por malas traducciones.” Cf. Fábulas completas de Samaniego e Iriarte..., p. 64.

[39] T. XV, núm. 2271, 21 dic. 1811, pp. 697-700.

[40] La verdad pelada. Cf. nota 4 a Palo de ciego, en este volumen.

[41] La estrofa completa es como sigue: “Que a su mujer la maltrate/ don Juan, ¿sabe usted por qué?/ porque se rompió el petate;/ aunque él gasta en el café/ más que en pan y chocolate./ Si no es ruindad y embriaguez/ esto, ¿qué es?” Cf. “La verdad pelada”, en Obras I-Poesías y fábulas, p. 126.

[42] El crítico y el poeta. Cf. nota 5 a Aplaudo el mérito..., en este volumen. Los versos a que alude Lacunza son los siguientes: “La verdad, yo imagino,/ no le conviene a usted ser censoriano,/ ni querer dar consejos./ Deje usted eso allá para los viejos/ experimentados, doctos y virtuosos,/ a ésos sí les conviene, no a los mozos/ de una vida...” Cf. Obras X-Folletos, p.  23. En respuesta a esta crítica responde Fernández de Lizardi: “Si éste es defecto, tiene autoridades que lo apadrinen, y, aunque no, valga el que los criollos pronunciamos iguales la c, s y la z, y leyendo usted mismo (sin afectación) los versos que murmura no le han de disonar a ninguno.” Cf. Quien llama al toro sufra la cornada..., Ibidem, p. 37.

[43] Dice Fernández de Lizardi: “¿Es usted santo o se lo dijo el diablo? ¿Cómo adivinó que yo me quise hacer el poeta y no el crítico? A más que yo no me supongo ser el uno ni el otro [...] hablan sin decir sus nombres, pero usted quiere que sea yo precisamente el poeta, y basta”. Cf. Quien llama al toro sufra la cornada..., Idem.

[44] En el diálogo El crítico y el poeta se lee: “Poeta: [...]/ ¿Tan malos son mis versos?/ Crítico: Sí, compadre./ Poeta: Pero hay tontos también, a quienes cuadre/ leer estos mamarrachos./ Crítico: Sí, a los cocheros, viejas y muchachos,/ y a otros de igual ralea,/ a los que nada importa el papel sea ridículo o discreto,/ sea bella producción o mamotreto./ Poeta: ¡Gracias a Dios que hay gente para todo!/ Y yo a escribir para éstos me acomodo,/ y no para los doctos mi señor.” Ibidem, p. 19.

[45] Un sot trouve toujours un plus sot qui l’admire. Corresponde al último verso del Canto Primero de la Poética. Juan Bautista Madramany y Carbonell traduce: “Un tonto halla otro tonto que lo alabe”, mientras que Juan Bautista de Arriaza en su versión traduce: “nunca falta/ A un tonto, otro más tonto que le admire”. Cf. El Arte Poética de Nicolas Boileau Despreu, p.20; y Arte Poética de Boileau Despreux, p. 13, vv. 242-243.