DIARIO DE MÉXICO

del miércoles 22 de enero de 1812[1]

 

[Contestación a Quien llama al toro sufra la cornada]

 

 

Señor editor:[2] saludo a usted, beso su mano, y con su permiso (seré breve) contestaré el papasal, Quien llama al toro, que sufra la cornada,[3] que en mi contra, y revestido de todos los visos de justo y juicioso, publicó en esta corte, el próximo pasado diciembre de [1]811, don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi].

            Muy señor mío: sin embargo de que su cardillo[4] de usted como villano, infame y embustero, le aseguraba no respondería a su papelejo, porque no tendría qué[5] (arbitrio bastante conocido y usado, para provocar a contestar a quien había resuelto y ofrecido no hacerlo), había determinado no responder a usted, según lo advertí en mi censura de los Diarios números 2270, 71 y 72;[6] [mas] considerando después que se interesa mi buena reputación, bien establecida hasta ahora, y se creerían justos los cargos que usted me hace si no contestara a ellos, lo haré, contrayéndome a este solo punto, dejando la decisión de los demás al mismo señor público (pues, al literato) a quien usted llama por testigo y juez[7] en nuestras disenciones, importándome muy poco, se persuada a que es por insuficiencia;[8] pues deberá saber, que aun cuando me extendiera todo lo que me diera la gana, lo haría por mí mismo, sin necesitar de padrino[9] como usted (a mí también me habla el cardillo), estando bastante versado en la materia que se trata (¡qué bien entra aquí llamarme soberbio, orgulloso y engreído!),[10] y siendo usted el enemigo. No extrañe que me explique por este periódico, y no por separado, como usted lo hizo, pues no merece la pena el invertir mi dinero en gastos de imprenta, aunque no me harían mucha falta, aun cuando perdiera en el expendio de mi papel, y mi única palestra hasta ahora ha sido el Diario, el que no siendo susceptible de discursos demasiado extensos, será éste, como dije antes, lo más corto que me sea posible; advirtiendo a usted, al mismo tiempo, que aunque se vuelva santo y me provoque por todos los medios imaginables, no volveré a hablar una palabra.[11]

            Me dará usted en rostro con el estilo acre de que me serví en mi censura; y aunque el de usted en su contestación no es nada dulce ni político, lo desprecio, y no me arrepiento de haber usado aquél, en digno castigo de quien me provocó, y se burló de mí.[12] Diré más: sólo en este caso apruebo la crítica sardónica,[13] pues en otro cualquiera, siempre que he censurado algo, lo he hecho con moderación, como mal, que a usted pese, se ve en los Diarios números 2220 y 51, y otros de que usted no tiene noticia. Vamos a lo que importa.

            Dice usted que mi verso conocerlo e irse a,[14] no está cabal, léalo usted sin afectación, y véalo medido:

 

co - no - cer - lo  e  ir - se - a

 1     2      3       4     5    6   7

 

o mejor, y más natural:

 

co - no - cer - lo  e  ir - se  a

 1     2      3     4    5      6   7

 

usando en él de la figura sinalefa, ¡quiera Dios que usted me entienda!, y consta así de siete sílabas; pues aunque la décima está en el orden de los versos de a ocho, todo género de mayate (¿qué tal?, yo también uso refranes), o el poeta más calabaza sabe que cuando el verso acaba en agudo, la última sílaba se cuenta como doble. Por lo que toca al castellanito,[15] que a usted le choca, únalo con las palabras que le siguen inmediatamente, y lo verá castizo y puro, leyendo: “y el pobre, según que en sus obras no hay ningún mérito, debiera ya conocerlo”, etcétera,[16] porque citando usted solamente las primeras palabras, y no las últimas, previenen maliciosamente al señor público en mi contra, lo que no es muy buen método para un crítico que se vende por tan juicioso y prudente como usted. Con todo, no cambio mi castellanito por la jerigonza de usted, que ya critiqué en dicha censura, y repito aquí: “¿y él no la podrá vender y comprar, porque algo ataje, un plumaje?”, pues aun cuando se lea lo anterior, que habla de un marido y su mujer, no está el castellanito muy cumplido; y esto, sin hacer caso del dicharacho, o refrancillo, plumaje y algo ataje:[17] de cuyas palabras, y la de cangilones,[18] que también censuré entonces, hablaremos luego que se me responda a las preguntas que haré al fin de ésta.

            El verbo blesser, francés, aun figuradamente significa herir (vea usted el diccionario de Sejournant)[19] y así está muy bien traducido herir el oído, pues todo el mundo sabe que cuando se usa de esta voz herir, el sentido en que yo la tomo en mi censura, no es herir como quiera, y tomado en su simple y primera significación, sino en la de incomodar, disgustar, etcétera.

            Trae usted como pedrada en ojo de boticario,[20] la puerilidad de haber firmado yo mis producciones anteriores con el disfraz de Inglés, y me atribuye haberlo hecho así para dar más mérito a ellas.[21] Se engaña usted miserablemente, porque en esto no he seguido más de la costumbre de todos, o los más poetas del Diario,[22] a quienes lleva usted de encuentro en su crítica en este punto: o suponga usted que lo hice por razones que ignora, y a mí no se me antoja descubrirle. [23]

 

Se continuará

 

 

 

 

Sigue la apología comenzada ayer[24]

 

Usted se persuade que en su papel La muralla de México,[25] se me fue hacer mención de las palabras nubes y querubines como no consonantes entre sí, cuando deberían serlo, y usted sin duda debió decir querubes (y en efecto así lo mandaría usted a la imprenta). No, señor mío: advertí éste y otros varios yerros, que luego me supuse serían de imprenta, y de los cuales, por esta razón, no hice aprecio. En cuanto a las razones que tuve para encargar a usted leyese con más cuidado las páginas 4 y 5[26] del sobredicho papel, no las doy, porque peor es meneallo.[27]

            Para empatarme usted, como suele decirse, las palabras que le critiqué: rotado, ataimado, y cochite gervite,[28] me saca los defectos que tiene el latín copiado de Horacio,[29] los que son de poquísima substancia, y se conoce ser traídos solamente para vengarse: acuérdese usted del escarabajo y la bolita de su fábula.[30] Sin embargo, contestaré la acusación. El mismo señor editor (supongo será el del Diario,[31] pues aunque no lo expresa usted como debiera, el de la Gaceta[32] y otros, no tienen que ver en nuestras cuestiones), el mismo señor editor, repito, a quien llama usted en su favor al principio de su papel, podrá decirle que mi censura no fue de mi letra, y así pudo estar muy bien el defecto, que a usted hace tanta mella, de la n en vez de m, o en el impresor, o en mi escribiente,[33] pues no es de creer que yo, que por más de ocho años de Universidad[34] y de Colegio,[35] tuve y usé del idioma latino, casi tan familiarmente como el castellano, cometiese semejante yerro. En cuanto a la coma que usted acusa suprimida, he visto el original latino, titulado: Campos, Horacio español,[36] y del que mandé a mi escribiente copiase el texto, y no falta la tal coma. Algunos otros defectos de imprenta tiene mi censura; pero éstos se le fueron a usted, pues con quien tanta nimiedad me acusa los indicados, no hubiera perdonado los siguientes, que apunto para evitar nuevas críticas, y son: Diario número 2270, página 693, línea 35, en la voz regla, debe suprimirse el punto,[37] y el señor mío que le sigue, debe estar, entre dos comas; en el número 2271, página 698, línea 35, dice caridad, léase claridad;[38] en el número 2272, página 701, línea 34, está verdad por brevedad,[39] y en la línea 39 del mismo número, blestée por blesée.[40] Otros tal vez tendrá, que yo no he advertido, y que sin duda serán de poca consideración.

            A todos los demás despropósitos de su papel, responderé con las siguientes preguntas al mismo señor público, aunque no tengo la sandez de creer ni exigir que me responda; sin embargo de que, aun sin el voto de usted, estoy persuadido a que el Eterno le conservará la vida todo el tiempo que exista el mundo. Son las preguntas: ¿Si porque nuestros mayores se hubieran tirado de una azotea abajo, deberíamos imitarlos, por aquello de vates ususque docebunt,[41] que don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi] me cita no sé dónde?

            ¿Si gran parte del público (aun el que se juzga ilustrado) se queda en ayunas de algunas de las poesías de Quevedo,a Góngora, y otros de aquel tiempo?[42] ¿Si no se hubiera evitado esta obscuridad, con una simple nota de la significación de los dicharachos y refranes que se usaban en su siglo, y de que abundan sus obras?[43]

 

Se concluirá

 

 

Finaliza la apología comenzada antes de ayer[44]

 

¿Si los autores que escriben en la época presente no deben cuidar de que sus obras sean inteligibles a las que le sigan?[45]

¿Si porque los criollos[46] pronunciamos mal o bienb con un mismo dialecto las letras c, s, z, ll, e i es consonante para todos el sonido de ellas?[47]

¿Si porque autores célebres cometen algunos defectos e impropiedades, nos es lícito seguirlos impunemente?[48]

            Por último, ¿si la ilustración y buen gusto de los siglos de Horacio, de Quevedo y otros, no están más ilustrados en el nuestro?[49]

            He concluido señor don J[osé Joaquín] F[ernández] de L[izardi], y repito lo que le he dicho siempre que le he hablado, a saber, que tiene pensamientos muy buenos, y que es una lástima que con las disposiciones de usted para la poesía, no ponga más cuidado en la pureza y dignidad del lenguaje, y en la lima de sus versos: por lo demás, el cardillo que habló a usted tan mentiroso, cuando le dijo que yo no contestaría, porque no tendría qué,[50] le habrá dicho también (y esto con verdad), que deseo sinceramente la amistad de usted: que siento infinito que mi actual deplorable situación, me imposibilite los medios de buscarla personalmente; que si yo he enristrado mi pluma contra sus poesías es por haberme provocado a ello en su papel del Diario número 2256,[51] lo mismo que dije al principio de aquella mi censura. En virtud de todo esto, será de usted (ahora me toca a mí) lo que usted quisiere.[52]

 

J[uan] M[aría] L[acunza][53]

 



[1] T. XVI, núm. 2302, pp. 86-88. Fernández de Lizardi respondió a estas nuevas críticas en tres diferentes entregas al Diario: [Respuesta a Juan María Lacunza], Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza], y Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza] Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 161-166, 167-170, y 171-174, respectivamente; y publicadas el 14, 15 y 16 feb. 1812. En la primera entrega, nuestro autor se dirige como sigue a Lacunza: “Señor editor: Espero de la bondad de usted se sirva insertar en su periódico la siguiente respuesta al embrollo de don J[uan] M[aría] L[acunza] que corre estampado en los Diarios números 2302 y [230]4, o sean 22, 23 y 24 del presente enero.

“Muy señor mío: oiga usted un cuento, y no de Periquillo Sarniento, sino de Juan de la Encina.

“Estaba una señorita haciendo no sé qué diligencia corporal en el suelo; entró a este tiempo su querido; ella por disimular su asquerosa ocupación, se sentó de plano sobre la inmundicia; él lo conoció, y la dijo: ¿Para qué es cubrir la cosi-cosa,/ si así te ensucias más querida Rosa?

Aplique usted el cuento, y si no quiere, lo haré yo. Para dorar usted los crasos yerros en que incurrió en su despilfarrado y grosero libelo del mes pasado (Diarios números 2270, [22]71 y [22]72 [cf. [Críticas a las poesías...], en este volumen]) ha forjado una respuesta incompleta, tarda y zonza, y queriéndose agarrar de muy débiles ramitas, pretende escaparse de la cornada de mi torito; pero es muy tarde, y el modo muy insulso: no sólo carece de solidez y verdad, sino que le hace aplastarse de nuevo en sus errores. Yo siento que se haya usted desacreditado entre los más juiciosos, mas usted tuvo la culpa: no sólo no satisface a las objeciones que le hago, pero ni aun siquiera se indemniza de haber usado de un estilo tan bastardo y repugnante entre gente de buena crianza, antes dice que no se arrepiente de ello, y éste es el modo de remacharse en la cosi-cosa.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 163-164.

[2] señor editor. Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[3] Cf. nota 1 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[4] cardillo. Lo ha dicho el cardillo o es cardillo: expresión con que se apremia a los niños para que confiesen lo que han hecho, suponiendo que ya se sabe. Santamaría, Dic. mej.

[5] Fernández de Lizardi había escrito en Quien llama al toro sufra la cornada...: “Sepa que el Cardillo me ha contado que si usted no responde ésta es porque no tiene qué, y si busca padrino que defienda sus yerros, no se encargará de la comisión ningún sensato.” Cf. Obras X-Folletos, p. 42.

[6] Cf. [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[7] Fernández de Lizardi escribió en Quien llama al toro sufra la cornada...: “Señor público: creo en el s[eñor] e[ditor] todas las prendas, que le supone don J. M. L. (a quien Dios perdone) y por lo mismo puede decir, si es cierto, había llevado yo a su casa una respuesta algo amarga para don M. G., autor de la censura estampada en su periódico (9 de diciembre, núm. 2259), creyendo que lo era el bueno de don J. M. L. (objeto de la presente), pues no hizo más aquél que copiar lo que éste había mal producido; pero cerciorado yo de la falsedad de mi concepto, le supliqué por medio de una atenta carta no diese a luz la expresada respuesta, pues don J. M. L. no era digno de ella. Esto prueba mi modo de pensar.” Cf. Obras X-Folletos, p. 32.

[8] Cf. nota 4 a Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[9] Se refiere a E[l] L[icenciado] B[ustamante]. Cf. Aplaudo el mérito..., en este volumen.

[10] Fernández de Lizardi se había dirigido a Juan María Lacunza en Quien llama al toro sufra la cornada... de la siguiente manera: “Sí, mi señor, agradezco a usted los expresivos elogios con que usted  me honra sin mérito mío, sino por sola la bondad de usted que dice ser yo un ignorante, es verdad; pero orgulloso y engreído, a otros les viene mejor y lo tiene probado, y  no lo digo por usted, pero vamos espurgando por encima y superficialmente su libelo.” Cf. Obras X-Folletos, p. 32.

[11] En su [Respuesta a Juan María Lacunza] Fernández de Lizardi dice: “Dice usted que aunque me vuelva santo, no volverá a hablar una palabra, y a la vuelta de esta foja (87 del número 2302 citado) se contradice in terminis, pues asegura que del refrancillo algo atajé... y de la palabra cangilones hablará luego que se le responda a las preguntas que hará al fin... ¡qué memoria!” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 165.

[12] En la misma respuesta Fernández de Lizardi objeta: “Pone por causal que yo lo provoqué: ésta es una mentira, y perdone la verdad, pues asegura que lo hizo por castigar mi provocación. Señor padre, yo no provoqué a usted con insultos usted fue quien me provocó a mí, y de buenas a primeras, tratándome de poeta bastardo, arrogante, [...]; pero pues usted por ostentar literatura ha meneado esta jicotera, aguante por amor de Dios, y no me levante testimonios”. Ibidem, p. 164.

[13] Fernández de Lizardi replica en [Respuesta a Juan María Lacunza]: “Añade usted que sólo cuando lo provocan aprueba la crítica sardónica, es decir, las imposturas, las groserías, los terminajos de los borrachos, etcétera. Pues no, señor, en ningún caso es lícito este fácil y vil dialecto y mucho menos cuando nos juzgamos agraviados.” Idem.

[14] En Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza] Fernández de Lizardi opinará: “El verso de usted ‘conocerlo e irse a’ está cabal, sin elidir la o de conocerlo; pero elidiéndola por sinalefa  [...] no, a más de esto, la dureza de él no es imitación de la dulzura de Iriarte, y fue grande arrogancia, teniendo su décima adelante, presumir, imitarlo y tan mal”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 167-168.

[15] castellanito. Se refiere al uso particular de arcaísmos como “ataimar”, ya considerado vulgarismo entonces, entre otros usos dialectales registrados en Fernández de Lizardi de esa época.

[16] Cf. [Críticas a las poesías...] en este volumen. En Quien llama al toro sufra la cornada..., Fernández de Lizardi había escrito: “Y el castellanito que sale de la décima, y el pobre según que en sus obras no hay ningún mérito, parece al que usó el cochero que riñó con Don Quijote. Se deja ver que usted desciende de vizcaíno. Yo también, pero no sé el estilo.” Cf. Obras X-Folletos,  p. 37.

[17] algo ataje. Cf. nota 50 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[18] cangilones. Cf. nota 53 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[19] Nicolás de Séjournant. El título completo es Nouveau dictionnaire espagnol-françois et latin, composé sur les dictionnaires des Académis Royales de Madrid & de Paris Par M. de Séjournant, una de sus ediciones es la de París, impresa por Charles-Antoine Jombert en 1759.

[20] pedrada en ojo de boticario. “Phrase vulgar de que se usa para expressar que una cosa viene mui a propósito de lo que se está tratando.” Dic. autoridades. Ojo de boticario es el sitio en las boticas donde se guardan las esencias o medicamentos de más valor.

[21] Cf. nota 33 a [Críticas a las poesías...], en este volumen. En Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza], Fernández de Lizardi opina: “La puerilidad de usted de firmarse Inglés, Canazul, no tiene disculpa, pues no siéndolo el que los más poetas del Diario hayan dado a usted tal ejemplo, quedamos en que la puerilidad es de usted solo, como también la impostura.

[22] Los poetas del Diario de México: Fray Manuel Martínez de Navarrte, Francisco Manuel Sánchez de Tagle, Anastasio María de Ochoa y Acuña, Ramón Quintana del Acebo, Juan María Wenceslao de la Barquera, Juan María Lacunza, Mariano Barazába, José María Rodríguez del Castillo, Antonio José de Irisarri, Fernández de Lizardi, Simón Bergaño y Villegas, José Victoriano Villaseñor, Luis de Mendizábal y Zubialdea, Juan José de Guido, Francisco Palacios, José Leal de Gauce, Manuel Manso, Pelayo Suárez, Joaquín Conde, Antonio Pérez Velasco, Francisco Uraga, Francisco Estrada, José Valdés, José Antonio Reyes, Pedro Cabezas, “Palemón”, “Zentella”, “Firminio” y “Físnaro”. Cf. Ruth Wold, El Diario de México...,  pp. 32-33.

[23] En [Respuesta a Juan María Lacunza] Fernández de Lizardi opina: “Pero aun cuando usted no conteste, yo sé que así debe ser, pues de lo contrario, pleito tenemos para todo el año, y cada vez merecerá usted aplicarse el cuentecito de la cosi-cosa: a mas que aunque parece a usted el enemigo muy despreciable, quizá le dará algunos malos ratos, porque no, no soy muy de conveniencia, y aunque mas que pierda en las impresiones, le he de poner las peras a cuatro: he de hacer ver al público que no es oro todo lo amarillo, le he de bajar a usted un poquillo la vanidad, que juzgo tiene mucha...” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 165.

[24] T. XVI, núm. 2303, 23 ene. 1812, pp. 90-92.

[25] La muralla de México. Cf. nota 70 [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[26] Cf. notas 73 a [Críticas a las poesías...], en este volumen. En Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza] Fernández de Lizardi dice al respecto: “Quisiera yo me demostrara usted sin rebozo cuáles son defectos de las páginas 4 y 5 de mi papel La muralla de México, porque decir que no lo hace porque peor es meneallo, es razón de pie de banco.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 169.

[27] peor es meneallo. Menear: “metaphoricamente vale manejar, dirigir, gobernar, ò guiar alguna dependencia o negocio” Dic. autoridades. Esta obra de consulta no consigna peor es meneallo y sí peor es hurgallo: “phrase que dá à entender, que à veces no conviene apurar mucho las cosas”.

[28] Cf. nota 85 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[29] Cf. nota 80 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[30] Cf. nota 14 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[31] editor del Diario. Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[32] La Gaceta del Gobierno de México fue editada de 1810 al 29 de septiembre de 1821. El origen de todas las Gacetas de México es una primera hoja, no periódica, que apareció en 1671, contenía noticias del exterior y relaciones de prodigios. De enero a julio de 1722 se publicó la Gaceta de México y noticias de España. Reapareció en 1728 como publicación mensual, y duró hasta 1739. La Gaceta de México apareció en enero de 1784. La dirigía Manuel Antonio Valdés “ésta —dice García Icazbalceta— ‘vino a ser como el origen de los periódicos oficiales, que con varias denominaciones y sin interrupción notable se han conservado, hasta el día de hoy. La Gaceta de Valdés terminó a fines de 1809 (por entonces ya la redactaba López Cancelada) pero le siguió inmediatamente la Gaceta del Gobierno de México cuyo primer número apareció el 2 de enero de 1810. Adquirió gran importancia el periódico con motivo de la Guerra de Independencia, comenzado un poco después, y vino a ser en manos del gobierno español un arma poderosa contra sus adversarios. Duró hasta el 29 de septiembre de 1821, tomando desde el siguiente número el nombre de Gaceta Imperial [...] Al convertirse en gubernativa, no trae sino política y noticias.” Cf. Justo Sierra, Antología del Centenario, II, pp. 1050-1051. En mayo de 1823 cambió de nombre, se llamó entonces Gaceta del Gobierno Supremo de México. En 1824 apareció como Gaceta del Supremo Gobierno de la Federación Mexicana hasta el 31 de mayo de 1825.

[33] En Don Catrín de la Fachenda se lee al respecto de los escribientes: “aprendí a leer [...] a contar alguna cosa y a escribir mal, porque yo me tenía por rico y mis amigos los catrines me decían que era muy indecente para los nobles tan bien educados como yo el tener una letra gallarda ni conocer los groseros signos de la estrafalaria ortografía.” Cf. Obras VII-Novelas, p. 541.

[34] Universidad. Cf. nota 60 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[35] Colegio. El Colegio de San Ildefonso fue llamado el más antiguo de México porque se reunieron en él los primeros colegios que se fundaron en el siglo XVI, llamados de San Gerónimo, San Justo y Pastor, San Miguel, El Rosario, San Pedro y San Pablo, y el de Cristo. Fue gobernado primero por clérigos seculares y después por jesuitas. Gozó de título real con los mismos privilegios concedidos al de San Martín de Lima, de 1612, en que el rey Felipe lo recibió bajo su real protección. Sus cátedras fueron de Humanidades, Filosofía, Teología, Leyes y Cánones. Cf. José Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca Hispanoamericana Septentrional, t. I, vol. 3, p. 54. Aún se conserva el edificio en las calles de Justo Sierra y San Ildefonso.

[36] Horacio español, esto es, obras de Quinto Horacio Flaco, traducidas en prosa española, e ilustradas con argumentos, epítomes y notas en el mismo idioma. Parte primera: Poesías Líricas, por el P. Urbano Campos, de la Compañía de Jesús. Van al fin la explicación de las especies de los versos y odas, y tres índices: el 1o, alfabético de las odas; el 2o, cosmográfico; el 3o, de las cosas notables que se explican en las notas. En León, por Anisson y Pomel, 1632, con licencia de los superiores, en 12o, 360 páginas y 12 de prólogos; reimpreso en Barcelona por Antonio Lacavallería, 1699, y muchas veces después. Al respecto de esta obra, Marcelino Menéndez Pelayo opina: “Un Jesuíta castellano, profesor en un colegio de Francia, el P. Urbano Campos, hombre de buena voluntad, pero de gusto escaso y mediano criterio, determinóse a hacer una versión escolar de las odas de Horacio expurgadas, con algunos sumarios y notas de su cosecha. Pero salió tan atada, arrastrada y perversa la traducción, y tan impertinentes, pobres y pueriles las notas, que el trabajo del Padre Campos hizo bueno el de Villén de Biedma, con ser éste tan desdichado. Comenzó el Jesuíta su obra, impresa por primera vez en León de Francia, año de 1682, con una dedicatoria a la beatísima e individua Trinidad, y llevó su audacia hasta el extremo de mutilar el texto del poeta en pasajes que ningún peligro ofrecían [...]. Acompañan a la traducción y notas del Padre Campos un índice geográfico, y otro de las diversas especies de versos usados por el poeta. Prometió [Campos] continuar publicando las obras de Horacio; pero, por fortuna, no llegó a verificarlo. A pesar de sus gravísimos defectos, el libro del P. Campos fué texto en nuestras escuelas durante más de un siglo, adoptándole primero los Jesuítas, y más tarde los Escolapios, después de la atinada refundición que de él hizo el Padre Luis Mínguez, a fines del siglo [XVIII] pasado, suprimiendo la dedicatoria y no pocas extravagancias, corrigiendo algunos yerros, y agregando una versión suya del Arte Poética en prosa, menos lánguida y desmayada que la del P. Urbano Campos”. En Marcelino Menéndez Pelayo, “Traductores castellanos de Horacio”. Horacio en España en Edición Nacional de las Obras Completas de Menéndez Pelayo, t. XLIX, pp. 108-109. En el Diario de México se menciona esta obra en los tomos V, núm. 499, p. 166 y XVI, núm. 2303, p. 91.

[37] Corregimos la transcripción. Sobre la cita de Horacio Fernández de Lizardi retorna en Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza]: “La solución de haber suprimido la coma en el verso de Horacio [...] porque el original, que ha visto, no la tiene, no satisface: pudo haber sido allí descuido de imprenta, lea usted el original latino correcto, impreso en Venecia en 1766, y la verá: fuera de cualquier minimista sabe que después de relativo se pone coma en buena ortografía latina, y así el qui, que está antes de mihi, es relativo de choerilus, y debía usted haberlo puesto precedido de coma.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 169-170.

[38] Cf. nota 49 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[39] Cf. nota 75 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[40] Cf. nota 77 a [Críticas a las poesías...], en este volumen.

[41] vates ususque docebunt. Y los poetas enseñaron los usos. Fernández de Lizardi había escrito en Quien llama al toro sufra la cornada...: “Sepa que quien le dio licencia a Quevedo, Cervantes [...] para usar en sus versos los dicharachos vulgares de su tiempo, me la dio a mí... Vates ususque docebunt ¿Si me entenderá usted?” Cf. Obras X-Folletos, p. 37. En Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza], Lizardi expresa: “¿Si porque nuestros mayores se hubieran tirado de una azotea abajo, deberíamos imitarlas? No, señor, ni he dicho tal: él vates ususque docebunt quiere decir con los antiguos, y el uso, han sido nuestros maestros, a quienes debemos seguir en lo justo.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 171.

a Ahí está medio de carita [Cf. nota 21 a Aplaudo el mérito..., en este volumen] para usted o cualquiera que me descifre principalmente los dos últimos pies de la estrofa siguiente de este autor, en su romance El trueque de las medicinas, t. 8, p. 431. 21. Virginidad jacerina/ mostraba por cejijunta,/ cosa para dar cuidado/ a dos azagayas turcas. En el mismo romance, sin ir más lejos, hay otros versos ininteligibles.

[42] Fernández de Lizardi contesta a esto en Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza]: “Envíe usted a mi muchacho medio de carita que prometió para que le descifrara este verso de Quevedo [...] Pues dice el muchacho que jacerina es cota hecha de mallas de acero y azagayas son dardos moriscos: el dardo punza y la cota resiste. ¿Lo quiere usted más claro? El verso es muy deshonesto, y no se debe explicar más”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 171-172.

[43] Fernández de Lizardi responde a este asunto de los dichos y refranes en el mismo texto: “Según hubieran sido los lectores, el vivo hubiera penetrado la significación sin nota, y el rudo se hubiera quedado en ayunas con ellas.” Ibidem, p. 172.

[44] T. XVI, núm. 2304, 24 ene. 1812, pp. 95-96.

[45] Fernández de Lizardi contesta en Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza]: “Sí, señor, ¿y quién ha dicho lo contrario?, la palabra cangilón es, y creo será en el reino, siempre conocida por cuernos”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 172.

[46] criollos. Los “españoles” se dividían en dos grupos: los nacidos en España y los nacidos en América, llamados criollos. A lo largo de la época colonial se creó un antagonismo entre los españoles peninsulares y los americanos, el cual se agudizó a fines del siglo XVIII y principios del XIX. El motivo de la lucha fue la obtención del poder político para asegurar el económico. Las cortes españolas de 1810 sí decretaron el 9 de febrero de 1811 “la igualdad entre los españoles y americanos para obtener empleos y representarse en las cortes”. Cf. Catalina Sierra, El nacimiento de México..., pp. 72-76.

b En los principios del Diario se ventiló bastante esta cuestión: Yo estoy por los que defienden la pronunciación arreglada a la gramática castellana.

[47] Fernández de Lizardi contesta en Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza]: “No coma señor; pero en esta falta incurren todas las naciones. El castellano no pronuncia como el andaluz; el parisiense como el de Bayona, el mexicano como el costeño, etcétera, ¿y qué hemos de hacer?, yo voy con el señor editor, y digo que era bueno pronunciáramos el castellano como se escribe; ¿y lo hacemos así, aunque lo sepamos?, ¿no se hace ridículo el criollo que habla como gachupín?, ¿por qué?, porque no le es natural esta pronunciación; y aquí vuelve a encajar el vates ususque docebunt”. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 172-173.

[48] Fernández de Lizardi responde en Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza]: “No nos sería lícito imitarlos a sabiendas; pero si incurrimos en algunos defectos ligeros, y un aliquando, no puede favorecer la autoridad”. Ibidem, p. 173.

[49] Fernández de Lizardi replica en el mismo lugar: “(Entre paréntesis, ilustración, ilustrada, ¡que pleonasmo tan gordo!). Respondo: que en cuanto al de Quevedo, está la duda en veremos; en cuanto al de Horacio, es vergüenza que un crítico tan literato como usted lo cuestione; pues hasta los escolapios saben que el siglo de Augusto fue el siglo de oro de la literatura, en el florecieron los Virgilios, los Horacios, los Ovidios, etcétera, etcétera, a quienes hoy no hay quien exceda, pero ni quien imite. ¡Qué vergüenza me diera insistir en probar cosa tan clara!” Idem.

[50] Fernández de Lizardi responde en Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza]: “Sepa usted que no he tenido más cardillo que la razón, que me dictaba no tendría que responder con solidez, como lo he visto: ni es menester padrino para responder sus papasales así llama usted los míos, ¡qué vergüenza fuera mendigar sufragios para contestar palabras!” Ibidem, p. 167.

[51] En realidad Sigue la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza] se publicó en el núm. 2326 del Diario 15 feb. 1812. Cf. Obras XIV-Miscelánea, pp. 167-170.

[52] Fernández de Lizardi en Qualia dixeris, talia audies, se había despedido como sigue: “Hasta aquí, sabio, juicioso y cierto amigo...Concluyo ofreciendo mi voluntad a la de vuestra merced, como a la de otro yo”. Ibidem, p. 159.

[53] Juan María Lacunza. Cf. nota 10 a Palo de ciego, en este volumen. La posdata de este número dice: “A usted, señor diarista hágame favor de hacer presente mi justo reconocimiento a los señores Antosalniogado [Antonio Salgado], del número 2277, y Fileno [¿Felipe de la Vega?] del 2282, por los elogios que sin mérito me prodigan, asegurando a este último que he sentido no ver el papel que recuerda en la nota de su preciosa odita, número próximo indicado. A Dios, señor diarista: no tardará en hablar con usted, bajo de diferentes nombres, su reconocido Batilo”. Para los nombres correspondientes a los seudónimos véase Esther Martínez Luna, Estudio e índice... Fernández de Lizardi concluye su tercera entrega Finaliza la respuesta a d[on] J[uan] M[aría] L[acunza] como sigue: “Concluí, señor don Juan María Lacunza, añadiendo con las debidas gracias a sus finas expresiones (que creo sinceras) que mi corazón no es susceptible a rencillas, y por tanto estoy dispuesto a perdonarle sus injurias (si ya no están perdonadas) y a ser su eterno amigo.” Cf. Obras XIV-Miscelánea, p. 174.