Descendamos ya a otras maturrangas[1] de poca consideración con que quiso el señor Pensador acabar de hacer nuestro panegírico. Como él jamás se olvida de los pescados podridos, sino que siempre los ha de andar sacando a plaza como si fueran inconsumibles,[2] yo también quiero sacar a plaza siempre que esté en sazón sus podridos pensamientos que juzgo inacabables. Ha poco en su número 6 folio 15 supuso habíamos salido de todo el mal pescado por la eficacia de un señor regidor,[3] y hoy con el mismo regidor nos hace cargo, como cosa que prueba nuestra común necedad, de haberlo comprado de la misma clase para el consumo en nuestra Nochebuena. Quien oiga esta relación pensará que ha entrado nuevamente mucho pescado, o que el pescado es como el pecado de los ratones;[4] y uno y otros es falso, pues el mismo Pensador dijo, en el papel que critico, que entró poco pescado,[5] y todo racional jamás culpa a muchos por el pecado de pocos; pero mucho menos a cualquiera reino, pues es preciso no falten algunos malos y necios en todas partes que jamás deben entrar en cuenta para calificar a los más de una populación. Siendo esto así, ¿qué cosa especial nos trae El Pensador con decir que algunos mexicanos han comprado pescado podrido?

Mas no para aquí mi reflexión, porque pregunto ¿se ha de cargar contra nosotros y no igualmente contra los gachupines que también celebran del mismo modo sus Nochebuenas? Yo, ciertamente, si diere mi sentencia con imparcialidad, más bien los culparía a ellos, como que se conoce su decidido apetito por el pescado; pero ni a ellos, ni a los otros los condeno, como que entre unos y otros se perdería de vista el poco pescado que supuso El Pensador había entrado.

Quiero añadir ahora una piadosa consideración: ¿quién quita, digo, que en una ciudad como ésta, en donde no faltan algunos industriosos, se comprase también de él para hacer cola de pescado[6] u otros ingredientes de utilidad y conveniencia, cuando sabemos que hay quien haga alfajor de cochino?[7] Después de los dicho, yo me atrevo a apostar cualquiera cosa a que El Pensador ha hablado en este asunto tan de paporreta,[8] que ni averiguó que los compradores fuesen todos criollos o criados de éstos, ni menos pudo saber que efectivamente lo consumieran aquéllos aún después de comprado, pues claro está que los amos infinitas veces desechan un efecto averiado, aunque hayan gastado su dinero en él por el error o impericia del criado que enviaron a comprarlo.

Pero dejemos ya el pescado podrido y hediondo, que ya ofende mis narices, y hablemos de otra cosa que ni huele ni hiede. Digamos algo sobre las perlas que tan mal le pareció a El Pensador,[9] y con razón, trocarse en corales las damas de México por la moda que para hacerse de ellas a poco precio introdujo el codicioso Branciforte. Confieso de buena fe lo disparatado del trueque; pero jamás convendré en que mereciese por él se especializase con ellas en cargarles sus terribles anatemas y maldiciones.

Acabará

 

Acaba la segunda parte del diálogo contra El Pensador[10]

 

El daño que atrajo fue una precisa consecuencia del lujo, que no se halla tan extendido y refinado en México como en otras partes. Condene enhorabuena El Pensador en general este vicio; predique contra él de palabra y por escrito, cálese si puede la capilla,[11] o la cabeza que es cosa más sencilla; tome una campanita e introdúzcase si quiere a su sermón con la siguiente saeta, que ha formado para aliviarle el trabajo y cooperar a sus santos fines:

 

Alma para que te salves
procura evitar el lujo,
mira que él te ha de perder
aquí y en el otro mundo.

 

Pero téngase a raya de usar esas personalidades injuriosas, menos se valga de ellas para contemporizar y lisonjear a nadie,[12] y oiga para dar fin a mi curioso romance las expresiones que dirigió a un barbero el inmortal y esclarecido manchego don Quijote: “¡ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo! ¿Y es posible que usted no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura, y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal recibidas?”[13]

PETIMETRE: Advierto, señor arquitecto, para descargo de su conciencia y para que se vea que realmente he tenido mi buena parte en esta conversación, y que no sólo he hecho el papel de oyente, que me parece ha sufrido usted un grave equívoco,a dirigiendo a El Pensador todos sus tiros. ¿No ve usted que el tal Pensador no se ha metido en nada, y que el que dijo todo lo que usted impugna fue el francés que hablaba con el italiano?

ARQUITECTO: Dice usted muy bien, amigo, la reflexión de usted es muy oportuna, y yo no había caído en esa cuenta llevado de la cólera que repentinamente me causó el ver estampadas entre nosotros unas pinturas que tanto nos denigran. Ahora reflexiono que sólo algún extranjero, enemigo declarado de nuestra nación, pudo haberse explicado tan vilmente; pero sea quien se fuere ese malvado (francés había de ser el muy bribón), ya verá que no ha tenido que ir a Roma por la respuesta,[14] y quedará escarmentado de hablar con tanta ligereza.

Ojalá que esta conversación hubiera sido en mi presencia (que bien se guardaría de hablar en este caso), yo le habría enseñado que a los americanos no se nos ha de tomar por objeto de la befa o juguete de las demás naciones, y que si él o cualquiera otro se ha creído un oráculo en cuya presencia deban callarse todos, sólo por querer él tomarse la palabra, yo me esforzaré en convencerlo de sus errores y confundirlo hasta hacerlo enmudecer.

PETIMETRE: No se electrice usted amigo, no es necesario que usted se meta en tal empeño, bástele a usted para serenarse y para ver con desprecio esos dislates, el considerar que ese modo de discurrir afrancesado es por sí tan débil y tan sandio que cualquiera pude fácilmente conocerlo; porque, ¿quién no verá que es una sandez muy imprudente echarnos en cara unos defectos que son involuntarios, y que no ha estado en nuestra mano el corregirlos?[15] Claro está que es así como lo digo, y no lo es menos querer que los ameri[c]anos seamos buenos y cultos, sabios e ilustrados por naturaleza, y nos veamos libres totalmente de unas tachas, que aun cuando merecieran este nombre, serán siempre inferiores a muchas de que han adolecido hasta las naciones más cultas e ilustradas.

También el pretender que imitemos los modelos que tengamos delante,[16] sólo por tenerlos, es otro desatino garrafal, pues faltando los arbitrios y disposiciones necesarias para esta imitación jamás podrá verificarse a pesar de todo connato y todo esfuerzo, al modo que ningún miserable desarrapado podrá vestirse bien, sino tiene dinero o habilidad para adquirir y ajustarse los vestidos, aunque tenga a la vista los mejores modelos de ellas [sic]; pero lo mejor será, señor Arquitecto, prescindir de semejantes contestaciones, pues ya usted conoce que con ellas nada se adelanta entre los necios, y por lo que toca a los sabios y prudentes son, cuando no del todo inútiles, en gran parte innecesarias o excusadas.

ARQUITECTO: Convengo desde luego con ese bello modo de pensar de usted y para otra vez que se ofreciere lo practicaré como un consejo de un amigo.

PETIMETRE: Yo lo soy de usted con tanta mayor sinceridad, cuanto han sido más claras las pruebas que me ha dado de su interés por el amor de nuestra patria.

 

[Quidam][17]



.

 



[1] maturrangas. Tretas, marrullerías. Hay el dicho: “En casa de maturrangas, no vayas a buscar gangas”.

[2] Fernández de Lizardi denunció la venta del pescado podrido en el núm. 6, t. II de El Pensador Mexicano, titulado Diálogo entre el tío Toribio y Juanillo, su sobrino. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 183-189.

[3] En este mismo número de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “¿No ves cómo ha habido señor regidor que haya sacado pescado podrido de las tiendas y lo ha inutilizado, evitando con esta diligencia muchas enfermedades? ¿Pues esto qué es, sino beneficio al público?” Ibidem, p. 187.

[4] pecado de los ratones. Falta que comete un individuo y se refleja en todos los de su clase, como cuando por un ratón que se come el queso pagan todos.

[5] En el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi dice en voz del Francés: “En América es costumbre comer pescado el día de Navidad [...]. Pues, amigo, el año de [18]13 no entró pescado en México porque los insurgentes no lo dejaron pasar de Veracruz a la capital, o porque a los pescados no se les antojó acercarse a las playas [...] ello es que apenas entró un poquito de pescado, que los comerciantes compraron a veinte y vendieron a treinta, cuarenta y aun cincuenta pesos arroba [...] se sacó el pescado podrido y hediondo y se vendió en las plazas a seis reales [...]; pues, amigo, se acabó el pescado carísimo; se acabó el caro y podrido [...] ¿cómo había de ser Nochebuena y no comer pescado?” Cf. Obras III-Periódicos, pp. 270-271.

[6] cola de pescado. “Es la que se hace del vientre de un pescado especie de balléna. Tienese por mejor la blanca de la región del Porto, algun tanto áspera, y que se derrite presto. Llámese también Ichthycola, porque el pez se llama Ichty. Pragm de Tass. Año de 1680, fol. 17. Cada libra de cola de pescado no puede passar de veinte y quatro reales. Lag. Diosc. Lib. 3. cap. 66. Gelatina casi pura que se hace con la vejiga de los esturiones.” Dic. autoridades.

[7] alfajor de cochino. Podría referirse al pamporcino (de pan y porcino) “Especie de cyclamino, que tiene la raíz muy gruessa, y formada como una rodaja ò círculo. Diósele este nombre, porque es alimento mui gustoso para los puercos. En las Boticas le llaman Arthánita”. Dic. autoridades. Se conoce así en Europa a la raíz que buscan y comen los cerdos; ésta también se usa como purgante en forma de ungüento. En la actualidad todavía se vende el “pampuerco” en pequeñas cajas ovaladas de madera. Se usa untado en el vientre para arreglar desajustes estomacales.

[8] paporreta. m. adv. Sin ton ni son. Usado casi exclusivamente con el verbo hablar, en expresión hablar de paporreta. Santamaría, Dic. mej.

[9] En el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “En tiempo de don Manuelito Godoy, el agente de éste, Branciforte [Miguel de la Grúa y Talamanca, marqués de Branciforte. Militar y funcionario español nacido en Italia a mediados del siglo XVIII. Gobernador de las islas Canarias. 53° virrey de la Nueva España (1794-1797). Su gestión administrativa se señaló por la rapacidad de sus actos, hasta el extremo de haber dado lugar a la frase “negocio de un Branciforte”] (que por pecados de los criollos fue virrey de México) tuvo habilidad para desemperlar a las señoras de aquella ciudad [...], hizo que su mujer, hermana del de Alcudia, se adornase el cuello con corales y fingiese abandonara las perlas. No fue menester más para que al instante las señoras mexicanas, estrechísimas modistas y tenaces aduladoras, abandonaran efectivamente las mejores perlas y diesen un increíble valor a los corales (que hasta entonces eran adorno propio de las indias pobres) [...] mientras ellas arrinconaban las perlas, el virrey las compraba baratas por medio de sus satélites; y así recogió en perlas un tesoro, quizá por la mitad de su valor [...], pregunta ¿Qué le parece a usted? ¿No son simplísimas las americanitas? ¿No son aduloncísimas?” Ibidem, p. 270.

[10] T. III, núm. 20, 20 ene. 1814, pp. 1-3.

[11] cálese capilla. Cf. nota 2 a Consejos a El Pensador, en este volumen.

[12] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “no puedo dejar de decir a usted que no se llama personalidades las tachas de las naciones, como usted dice (número 20); lo segundo que yo a nadie contemporizo ni lisonjeo, pues a ningún europeo, que es lo que usted trata de dar a entender.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 504.

[13] ¡Ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo! Cf. Don Quijote, II parte, cap. I, titulado “De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad.” “‘Mui ciego es el que no vé por tela de cedázo. Phrase vulgar con que se explica la poca perspicácia, ò comprehensión del sugeto, que ha menester le digan las cosas como ellas son en sí, por no bastar, para que las entienda, el que se le propongan los medios por donde las podía comprehender’. ‘Adivinar por tela de cedázo’. El exercício de la arte mágica, quando el demonio hace que los professores de esta diabólica ciencia, mirando por un cedazo vean las cosas que están muy distantes, ocultas, ò por venir: à lo cual llamó la gentilidad Coscinomancia.” Dic. autoridades. Este mismo diccionario consigna “Ver por tela de cedazo”, frase que significa juzgar las cosas “desfiguradas”, por no mirarlas a la luz de la verdad.

a Al llegar aquí el autor del diálogo, que también es un Pensador Mexicano, y concluida ya su crítica, le suplicó a un amigo suyo, Pensador Jalapeño, finalizara la conclusión por hallarse indispuesto para seguirla. Se hace esta advertencia, porque no faltará quien conozca la diferencia de los dos estilos.

[14] ir a Roma por la respuesta. Conocemos la variante “Tú vas a Roma a buscar lo que tienes a tu umbral”. Se dice de los que despreciando lo de casa se van afuera por cosas peores. Cf. José Bergua, Refranero español...

[15] Cf. nota 18 de este folleto.

[16] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi comparó la luminosidad de la ciudad de México con las “nulidades de la angostura, altura, obscuridad y quiebras que advertimos en las mejores ciudades de la Europa como Londres, París, Madrid y tal vez Roma”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 260. Compara los paseos de la ciudad con los extranjeros y las costumbres de nuestras damas con las europeas.

[17] Quidam. Cf. nota 65 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen