DIARIO DE MÉXICO

del martes 18 de enero de 1814[1]

 

 

SEGUNDA PARTE

Del diálogo entre el Arquitecto y el Petimetre contra

El Pensador número 18[2]

 

 

PETIMETRE:[3] Buenos días señor Arquitecto, ¡oh, y cómo deseaba la ocasión de volvernos a ver, habiendo quedado el otro día extremadamente gustoso y satisfecho de su conversación!

ARQUITECTO: Amigo, me han rodeado mil atenciones, y me ha quitado algunos ratos el señor Pensador, bien se acordará usted que el otro día dejé cortado mi asunto y me despedí indiferente en volver a tocarlo; pero, a pesar de mi repugnancia a tomar la plaza de crítico, que siempre granjea enemigos, he vuelto a caer en la tentación de criticar su último papel, en que pone a los mexicanos de oro y azul.[4] Oiga usted los apuntamientos que he formado, pues no es posible analizar en poco tiempo cuanto ha dicho en pliego y medio.

Para dar principio quiero antes preguntar a usted ¿qué le ha parecido aquel su primer párrafo que habla sobre el gravamen de los coches?[5]

PETIMETRE: Justo y bien fundado, pues está en orden de justicia sean principalmente gravados, puesto que ellos son los que más descomponen los empedrados.

ARQUITECTO: Así pensara, amigo, si parase la consideración en la causal que usted alega; pero hay mucho que advertir para que me resuelva a esa consideración. ¿Qué no conoce usted que nuestra industria, limitada a un tráfico interior por las trabas que tiene nuestro comercio, se perdería casi del todo si minorase considerablemente el número de coches? ¿No echa usted de ver que el nuevo gravamen cualquiera que fuese, los reduciría a un corto número, sujeto su curso el día de hoy al centro de la ciudad por el estorbo de los pasaportes,[6] y los temores de algún choque insurgente? Yo no atribuyo a otro motivo el que se vea tan sola la Calzada de nuestra señora de Guadalupe[7] y su santuario[8] aun los días de sus mayores festividades, y ¿sería prudencia que, estando tan escasos los arbitrios en nuestra crítica situación, por cincuenta pesos[9] que se asignasen a cada uno anuales, verbigracia, perdiese el público mil o más de su construcción fuera de los gastos de sus reparos y mantenimiento? Puede asegurarse que no hay ramo de industria que mantenga más gente en atención a su complicada estructura y personas que ocupa. De ellos tienen los cocheros y lacayos, los alquiladores, los carroceros,[10] talladores, doradores, pintores, madereros, guarnicioneros,[11] latoneros, herreros, pasamaneros[12] y otros mil que se acaban en “eros”, con el sastre que forra las cajas, el comerciante que proporciona los géneros y vidrios y el hacendero que vende las mulas, la paja y la cebada. Quítese este arbitrio y se verá perecer a infinitos, quedando el gravamen de los empedrados sobre los que antes lo sufrían.

Ya verá usted por estas consideraciones, si deben mirarse los coches con respeto.[13] Mas, pues el mismo Pensador dificulta haya novedad sobre este punto, por no encontrar quien le ponga el cascabel al gato,[14] pasemos a otro y hablemos de lo que dice sobre el carácter de los americanos.

Yo creo que cuando trata del carácter de una nación debe hablar o del carácter natural, o del facticio, o voluntario; pero sea de uno u otro siempre se ha de entender por carácter de un pueblo la condición que lo distingue de los otros.

Bajo este supuesto, ¿cómo se atreve si habla del primero a medir por un rasero a las más de las personas que encierra esta Ciudad?[15] ¿No contempla que el vecindario de México es el más complicado y heterogéneo de todos los pueblos?, ¿que en él se hallan en mucho número gentes de todas castas, españoles americanos de diversos orígenes y forasteros de un reino como el de América, tan inmenso en su extensión como vario en sus climas y temperamentos? Pues, ¿cómo puede asegurar sean los americanos naturalmente orgullosos[16] (contra el parecer de los que han creído influye aquí algún planeta ovejuno),[17] ni menos atribuir al carácter natural sus otros peros?[18]

Mas quiero suponer que habla del carácter facticio o voluntario, que es el que, a diferencia del natural, no reconoce su origen del influjo físico del temperamento o de la calidad de las personas, sino de las ocasiones morales como la legislación, trato de extrañas gentes, relación con diversos países y otras cosas a este tenor, en este caso, ¿por qué nos ha de hacer responsables y reprensibles de nuestra ignorancia y desunión?[19]

Voy a hablar, por fortuna, en un tiempo en que un gobierno liberal y sincero como el que nos rige me permitirá asigne con libertad las causas que han contribuido a afear nuestro carácter con esas notas; así para que él acierte con el remedio de nuestros males, como para indemnizar yo a mi nación de haberlas atraído con infamia.

Es principio asentado entre los publicistas que los pueblos no son otra cosa que lo que sus gobiernos quieren que sean, y que en éstos deben refundirse como en su causa original los defectos comunes y morales de aquéllos. Bien manifiesta esta verdad el auge o decadencia de muchos imperios que ya por el celo y sabiduría de algunos gobernantes, ya por la apatía e ignorancia de otros, o subieron al colmo de la felicidad, o bajaron al caos de la desgracia y la miseria, pues ¿cómo, en vista de estos ejemplares, tan ordinarios, se atreve El Pensador a echarnos en cara la desunión e ignorancia?

Para que más se desengañe y quede más persuadido de mi aserto, quiero hacerle presentes algunos de los otros fundamentos en que estriba mi opinión. Muchas han sido las causas extrínsecas e independientes de nuestra índole y voluntad que han ocasionado esas tachas. Nuestro antiguo gobierno,[20] falsamente persuadido de que era el mejor medio para asegurar estas posesiones y evitar toda insurrección el mantenernos en la medianía, procuró con empeño excluirnos de los principales empleos,[21] limitar nuestra atención a nuestros particulares intereses y personas por la cortedad de arbitrios, destruir insensiblemente el paisanaje, e impedir de todos modos granjeásemos partidarios por el favor o interés, o prevalidos de la autoridad y representación. Con este fin y el de enriquecer a la España, sostuvo la preferencia del comercio exclusivo de Cádiz;[22] providencia la más contraria a los intereses de ambas naciones, que no ha hecho otra cosa que entorpecer la industria española y americana, y obligarnos a todos a comprar de manos extranjeras lo que hubieran hecho las nuestras con una común utilidad.

Llegó a tal extremo la determinación, que aun se prohibió insertar en nuestra Gaceta,[23] los capítulos de la de España, sólo porque no bajase el expendio de ésta o dejase de aventajar algo más su editor;[24] cuyo resultado fue, el de toda providencia mezquina, que dificultándose a los suscriptores el completar sus papeles, por ser obra periódica de un lugar distante, se retraían de serlo y lo mismo otros muchos que pudieran haberlo sido, y se carecía no sólo de las noticias extranjeras, sino aun de las más interesantes que eran las de la madre patria.

Con este motivo los pocos periódicos que aquí se sostenían con delicadeza, sin embargo de su experimentada utilidad, se veían insulsos y descarnados, y apagaban la aplicación más ardiente y empeñosa. Pues, ¿cómo privados de este recurso y del importante ramo del comercio, hay quien se atreva a exigir de nosotros los adelantos y unión de una culta sociedad?

Seguirá

Sigue la segunda parte del diálogo contra El Pensador[25]

 

El comercio reglado, como todos saben, necesitando para su progreso de la industria y cooperación de muchos interesados, llama a su favor a las artes y ciencias, establece las correspondencias, perfecciona las sociedades, enlaza los ánimos, agita la labranza, lo pone todo en movimiento y obliga a adquirir las nociones políticas y mercantiles de otros países para llegar a su más alto grado.

No han influido menos contra nuestra asociación las distinciones de clases y condiciones en el estado llano, por la desigualdad legal de las personas y las preeminencias y preferencias que han gozado unas sobre otras, las cuales nos tenían divididos en bandos y partidos, y causaban una complicada rivalidad.[26] El gachupín[27] tenía a menos valer la comunicación amigable del americano, éste la del indio, y el indio la del mulato, y el resultado más prudente que se tenía era el de la insociación, viniendo a ser virtud la desunión que ha calificado El Pensador de vicio entre nosotros.[28]

Si sólo las distinciones fantásticas provinciales han causado tantos disturbios en estos países, ¿qué deberían producir en el nuestro las mismas y otras reales y verdaderas en que iba positivamente envuelto algún interés? En obvio de sus infaustas transcendencias, las sabias Cortes, que no han perdido de vista nuestro bien y utilidad, han dictado las providencias más oportunas declarándonos a todos españoles y parte integrante y esencial de la monarquía. [29]

Dije que nuestra desunión llegó a pasar a virtud por las circunstancias; y ahora añado que, por las mismas, pasó a ser vicio[30] la estrecha alianza de algunos europeos (ésta es la salidita de El Pensador para no malquistarse[31] y decir cuanto se le antoja), siendo continuamente causa de muchos perjuicios.[32] Por ella se sostuvo mucho tiempo el monopolio,[33] ella gobernaba el Estado, y ella, en fin, puso a la patria en peligro de perecer.[34] Quiero ahora prescindir de todas estas reflexiones y suponer que generalmente eran todos los europeos recomendables por su paisaje, ¿quién no ve que la diferente situación de ellos y los americanos debía embarazar a El Pensador para un justo paralelo?[35] Ellos se hallan en tierra extraña y muy distantes de la suya, y todos saben que el paisanaje crece a proporción de las distancias en que se juntan los de un propio país.[36] Pues, ¿cómo quiere compararlos con nosotros que estamos en nuestra patria? Para que fuera justa la comparación debían ser el otro término los españoles que se hallan en la Península.[37]



[1] T. III, núm. 18, pp. 1-4. Imprenta de la calle de la Monterilla. Cf. nota 1 a Sermón político- moral, en este volumen. Fernández de Lizardi responde en el Suplemento extraordinario a El Pensador Mexicano, de fecha 26 ene. 1814, titulado Contestación a la crítica que sobre el número 18 del periódico titulado El Pensador se halla estampada en los diarios 18, 19 y 20 de enero de este año. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 499-505

[2] Pensador [Mexicano], número 18. Cf. nota 2 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[3] petimetre. Cf. nota 3 a Diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17..., en este volumen.

[4] poner de oro y azul. “Phrase ironica que significa decir à alguno palabras sensibles, y también haberle llenado de lodo ù otra inmundicia.” Dic. autoridades. En el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi escribe: “Francés: Pues mire usted, los españoles americanos tienen mil bellas prendas, que les hacen de un carácter apreciable, aunque por desgracia estas prendas están matizadas con unos peros que las deslucen. En efecto, son hombres, y como tales tienen sus vicios y virtudes como todo hijo de vecino. Hablo en lo común, no en lo general, pues no hay regla sin excepción. Americanos habrá que, estando llenos de todo lo bueno, carecerán de los defectos que noté en los más de ellos y no en todos, que eso quiere decir, en lo común y no en lo general”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 267.

[5] gravamen de los coches. En el mismo número de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “Francés: [...] sería lo mejor imponer un gravamen a los coches, destinado por lo menos a la compostura de las calles que maltratan; lo que no debía salir de otros fondos que de los dueños de coches, pues no es justo que lo que se recauda del público con otros impuestos se gaste en reparar el perjuicio que causan los muebles de dos o tres mil particulares”. Ibidem, p. 266.

[6] pasaportes. En Pasaportes y caballos..., Fernández de Lizardi escribe: “Pasaportes. Son inútiles para su objeto, gravosos a la hacienda pública, perjudiciales al pueblo y opuestísimos al nuevo sistema que protege la libertad individual [...]. El objeto con que se establecieron no fue otro sino el de embarazar que entrasen los insurgentes en los pueblos pacíficos y que saliesen de ellos los insurgentes mansos a prestarles auxilios a los bravos. Nada de eso se consiguió: los insurgentes han entrado y salido de la capital como les ha dado la gana, con pasaporte o sin él, por las garitas o por las zanjas, y no sólo ellos, aun han introducido cargas y las han sacado, o guiadas o clandestinamente, cuando han querido”. Cf. Obras X-Folletos, pp. 264-265. Fernández de Lizardi abordó este tema en respuesta a los folletos firmados por El Hijo de la Constitución: Primera pregunta a El Pensador Mexicano sobre pasaportes y caballos y Segunda pregunta de El Hijo de la Constitución a El Pensador Mexicano sobre el impuesto del peaje o pillaje, como lo llama el pueblo. México, junto con Motivos para que mueran los pasaportes y licencias de caballos, firmado por J. M. A. B., publicados en el volumen II de esta Antología. Fernández de Lizardi en Representación de El Pensador al Soberano Congreso..., escribió lo siguiente: “Nada. Es muy manso, señor, el pueblo mexicano para moverse por el grito de un muchacho ni por el título de un papel. No se alteró con los tiranos Bandos de Venegas cuando mando matar los sacerdotes, entregar las platas y caballos, imponer pasaportes rigurosos, etcétera, etcétera.” Cf. Obras XII-Folletos, p. 540.

[7] Calzada de Guadalupe. Actualmente Calzada de Los Misterios.

[8] santuario de Guadalupe. Cf. nota 9 a Carbón en abundancia, en este volumen.

[9] peso. Cf. nota 13 a Carta de los Guadalupes a don José María Morelos. Diciembre 7 de 1812, en este volumen.

[10] carroceros. Constructores de carruajes; antiguos cocheros.

[11] guarnicioneros. Los que hacen o venden guarniciones para caballerías.

[12]pasamaneros. El que hace pasamanos, franjas, etcétera; el que los vende.

[13] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “algún día hablaré seriamente sobre esto sin tenerles ninguno y veremos si se escapan de contribuir al bien público de la sociedad, ya que nosotros los de infantería no nos escapamos de sufrirles su ruidera y embarazo.” Cf. Obras III- Periódicos, p. 500.

[14] poner el cascabel al gato. “Phrase proverbial, que se usa quando se discurre una cosa, ò se intenta, y los medios son tan dificultosos ò arriesgados, que se duda haya quien los ponga en pràctica. Es tomada de la fabula de los ratónes, que proponìan poner un cascabèl al gato, para sentirle de lejos, y tener lugar de huir. Echar el cascabèl a uno. Phrase que se dice quando alguno menos reparado dà à otro una noticia de poco gusto, o se valen de èl para que se la dè.” Dic. autoridades. Sobre el gravamen a los coches en el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, dice en voz del Italiano: “Pero ¿usted no me dirá quién le pondrá el cascabel al gato? Francés: Seguramente que no.” Ibidem, p. 266.

[15] Sobre el carácter de los americanos en el mismo periódico Fernández de Lizardi dijo: “Italiano: ¿Qué tal es el carácter de los americanos? Francés: [...] yo no traté a todos los americanos, sino a los de México, y así no puedo responder por todos [...] el tiempo que estuve fue muy corto para comprenderlos”. Ibidem., p. 267.

[16] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “La altivez y orgullo de las naciones, cuando se acompaña del valor y del amor a la patria es recomendable [...]. Yo no condeno de esta clase de orgullo porque en cierto modo lo pule y mundifica el amor de la patria; hablo sí, contra aquel orgullo rastrero y superficial que se halla en los más de nosotros”. Ibidem, p. 501.

[17] En La victoria del perico, Fernández de Lizardi afirmará: “nosotros nacimos bajo el planeta ovejo y todo lo llevamos en paciencia y en amor de Dios, porque somos mansos y bienaventurados.” Cf. Obras XII-Folletos, p. 511.

[18] En el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “tenga usted cuidado con los peros. Digo que en América hay muchos sabios; pero hay infinitamente muchos más ignorantes por educación no por naturaleza [...]. Los americanos son liberales; pero declinan en pródigos o desperdiciados [...]. Los americanos son muy religiosos y católicos, pero tienen algunas supersticiones de que necesitan purgarse, especialmente los pobres y las mujeres”. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 268, 272.

[19] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Nuestra ignorancia es evidente hasta lo sumo [...]. En lo tocante a la ignorancia de nuestros paisanos yo mismo he dicho que es por educación, no por naturaleza; es decir, los he disculpado, y así, usted ahora no ha hecho ninguna gracia ni puede sindicarme lo mismo que usted confiesa”. Ibidem, pp. 500-501. Lizardi había escrito en el núm. 18, t. II en voz del Francés: “El vicio mayor que les noté fue la desunión que tienen entre sí, la que es causa de que ni se socorran, ni se civilicen, ni se instruyan; el americano que tiene dinero no es para nadie, sino para él; se mete en su círculo como la tortuga en su concha, y nadie de sus paisanos pobres tiene esperanza de participar de su fortuna [...]. Es tal su desunión que degenera en insociabilidad [...]. Por desunidos han sido pobres; por desunidos el comercio ha sido para ellos un arcano; por desunidos han sido lisonjeros viles muchas veces; por desunidos han perecido de hambre, teniendo de oro su casa; por desunidos han sido, en fin, y lo serán, esclavos de la ignorancia y de la tiranía de las pasiones”. Ibidem, p. 272.

[20] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Es verdad innegable que el antiguo gobierno trabajó cuanto pudo por cerrarnos las puertas para los empleos, y atarnos las manos para los arbitrios. Esto [...] lo probé en los números 7 y 8 de mi primer tomo; pero, ¿qué sale de ahí? Que aquellas eran unas disposiciones mezquinas e impolíticas [...]. Esto y nada más se deduce; pero inferir nuestra desunión por aquel mal gobierno es la mayor preocupación que he visto.” Ibidem, pp. 501-502.

[21] En el núm. 7, t. I, titulado Puertas cerradas, Fernández de Lizardi había escrito: “Debemos ahora hablar de las puertas que han tenido los americanos cerradas para los empleos, y de la ninguna razón ni justicia con que esto se ha practicado”. Ibidem, p. 70.

[22] El comercio en América fue una de las mayores actividades del Estado y los particulares. Para regular esta actividad económica, la Corona creó en 1503 la Casa de Contratación de las Indias, con residencia en Sevilla hasta 1717, en que fue trasladada a Cádiz. En 1796 la Corona decretó el libre comercio y otorgó permiso a cualquier comerciante americano para traficar con todos los puertos de la metrópoli, con carga de productos americanos y retorno de mercancías europeas. Con esta orden, rompió el monopolio que los comerciantes de Sevilla y Cádiz habían ejercido durante más de dos siglos.

[23] Gaceta. Cf. nota 32 a [Contestación a Quien llama al toro...], en este volumen.

[24] editor de la Gaceta. Cf. nota 32 a [Contestación a Quien llama al toro...], en este volumen.

[25] T. III, núm. 19, 19 ene. 1814, pp. 1-3.

[26] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Está muy bien que la diferencia de castas en el reino haya influido para la desunión entre sí [...]; pero está muy mal que se nos arguya con esta distinción de castas para disculpar nuestra particular desunión, que es de la que se trata.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 502.

[27] gachupín. Los españoles nacidos en la Península recibieron este nombre que poco a poco se fue cargando de deshonor y repulsa. Gachupín se convirtió en sinónimo de realista y absolutista. En 1827 ocurrió la primera expulsión de españoles de la República Mexicana.

[28] En el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi escribió en voz del Francés: “Allí no verá usted que americano rico auxilie ni socorra al pobre, aunque sea su pariente; el paisanaje no influye nada en el corazón de aquellos egoístas [...], y verá usted que éstos prefieren a los extraños [que] a los mismos suyos cuando se ofrece destinarlos en alguna tienda, hacienda, etcétera.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 271.

[29] La Constitución de Cádiz establece en su artículo 18: “Son ciudadanos aquellos españoles que por ambas líneas traen su origen de los dominios españoles de ambos hemisferios, y están avecindados en cualquier pueblo de los mismos dominios.” Cf. Tena Ramírez, Leyes fundamentales..., p. 62.

[30] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “¿Qué juicio harán de usted los que lean en un mismo número suyo (el 19) que muestra ‘desunión llegó a ser virtud y la de los europeos vicio?’” Cf. Obras III-Periódicos, p. 504.

[31] malquistarse. Malquistar. Poner a mal a una persona con otra u otras.

[32] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Si al escribir esto tuvo usted presente lo que impugnaba y defendía, ¿quién duda si no que en esta alianza se figuró usted una parte causal de nuestra desunión? Y a la verdad que aquella alianza jamás pudo influir en nuestra desunión, antes por aquel ejemplo deberíamos haber reglado nuestra conducta e imitarlos en su amistad.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 503.

[33] Fernández de Lizardi se ocupó del tema en su Diálogo fingido de cosas ciertas, en El Pensador Mexicano, núm. 13, t. I, ibidem, pp. 114-118; en los suplementos a este tomo: La voz del pueblo y Erre que erre, ibidem, pp. 127-128 y 129-131; también en Prevención de El Pensador, cf. Obras X-Folletos, pp. 159-162.

[34] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Dice usted [...]: ‘Por ella (la alianza) se sostuvo mucho tiempo el monopolio: ella gobernaba el Estado y ella, en fin, puso a la patria en peligro de perderse’[...]. Si esta alianza que usted llama ‘estrecha’ entre ‘algunos’, es el fraude o la intriga de estos algunos; ¿en dónde falta? Si ella sostuvo entonces el monopolio, ¿qué cosa lo sostiene hoy todavía en tantas partes del mundo? [...]. Si entiende usted por alianza, no la intriga sino la unidad de voluntades, y en esta inteligencia dice que ‘ella gobernaba el Estado’, en el mismo caso nos hallamos ahora, y aquí lo que se debe atender no es a si se hallen muchos ánimos uniformes en la gobernación, ni a si ésta es liberal o tirana. Finalmente, si por esta estrecha alianza de algunos europeos entiende usted la codicia, la cábala y la maldad de un privado coludido con muchos lisonjeros, y por eso dice usted que ‘puso a la patria en peligro de perderse’, esto ha sucedido en todas partes, y no ha estado en la alianza, sino en la perversa inclinación de los aliados.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 503.

[35] En el núm. 18, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “Todos los días se ven españoles europeos que arriban a México envueltos en un embreado y calzados de unas groseras alpargatas y a pocos años los ve usted rozando sedas y acaso rodando coche [...]. El que tiene, ama, socorre y protege al que no tiene; y el que no tiene, sufre, trabaja, guarda y ayuna hasta que tiene [...]. Los criollos no son así. El que tiene, tiene para sí; es muy poquito y mentecato y jamás participa de su suerte con otro paisano, aunque lo vea rabiar de hambre; y lo que no tiene, no hace por tener, antes desperdicia lo poco que adquiere.” Ibidem, pp. 273-274.

[36] En el Suplemento extraordinario..., 26 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “¿Quién no ha de reír por un absurdo que ‘el paisanaje crece a proporción de las distancias en que se juntan los de un propio país’, y que por eso se aman los españoles tanto fuera del suyo? A responder contra esta opinión salen en bandadas todos los indios del reino. ¿Usted ha visto gente más unida ni amor nacional más arraigado? Si hacen una fábrica en sus pueblos, todos unidos; si una fiestecita, todos unidos; si una peregrinación, todos unidos; si capitulan a un cura o subdelegado, todos unidos; si un tumulto o pública maldad, todos unidos....” Ibidem, p. 504.

[37] En el mismo Suplemento, al respecto Fernández de Lizardi responde: “Pues dígame usted: ¿dónde están los que a costa de su sangre han sacudido el yugo de Napoleón y recobrado su libertad e independencia? ¿Dónde los que en medio de bayonetas francesas han reformado su gobierno y legislación? ¿Dónde los que se han hecho obedecer a dos mil leguas de distancia? ¿No es verdad que están en la península como usted quiere? ¿Y todo esto se pudiera haber hecho sin unión? Conque, amigo, no consiste en la esquina, sino en el tendero.” Idem.