Si también me he de constituir defensor de su estacada, digo que: ésta es una clase de cerca muy usada en los jardines,[50] y que no se ha de hablar mal de ella puntualmente en un tiempo en que se ha tratado de su reposición o reforma. A estar la Alameda, según piensa, no ofrecería asientos a los muchos que a ella concurren, ni lugar para los puestos de frutas, ni otros comistrajos[51] que allí se apetecen y hacen el comercio de la gente miserable.

En orden a que dejen los coches las señoras y la paseen a pie,[52] digo que éste es un asunto problemático, pues no se han de exponer los más preciosos y delicados trajes a la contingencia de prenderse con la espada del soldado, a mancharse por el descuido del muchacho, o a maltratarse por el encuentro de un perro sucio.[53]

A esto se agrega que la vista se privaría del lujo exquisito de los coches y caballos, que hacen una gran parte de la diversión, y que en una república cristiana no sería fácil reducir a las madres honestas y recatadas a perder el seguro del coche, en que contemplan menos expuestas a sus hijas,[54] y ellas se ven menos gravadas de la atención y vigilancia. Hablemos ya de los otros paseos.

Acabará

Acaba el diálogo contra El Pensador Mexicano número 17[55]

 

El conocido con el nombre de Revillagigedo[56] está tan lejos El Pensador de describirlo,[57] como es justo que, si otro lo pintara como corresponde, se vería no tenemos necesidad de envidiar los ponderados de El Pardo, el Escorial y la Granja que cita.[58] Él, como dice, es un gran canal; pero tiene a su inmediación una calzada de árboles bien distribuidos, quintas hermosas, bosques alegres, hortalizas inmensas bien cultivadas, y florestas que llegan hasta Ixtacalco,[59] que por la benignidad del clima se mantienen en continua primavera, ventaja que no disfrutan otros lugares y que recompensa sobradamente la falta de algunos preciosos artificios que distinguen a otros paseos.

Las canoas ofrecen la más agradable perspectiva. Ellas se ven ocupadas de toda clase de personas, muchas transportan gentes de primer rango, que ya por sus músicas, ya por la excelencia de los trajes, hacen la decoración más lisonjera de los concurrentes. Otras se ven recargadas de vituallas, flores, semillas y otras producciones que conducen a la Ciudad,[60] dejando persuadidos a los extranjeros de que es difícil se halle otra ciudad tan bien abastecida y provista, muy principalmente por todo lo que proporciona la fertilísima tierra caliente.

Véase ya si con razón dicen muchos americanos no es fácil encontrar una Ciudad como México por sus recomendables circunstancias. Mucho hab[r]ía que hablar; pero el tiempo es corto y está llamando mi atención lo demás que dice nuestro Pensador sobre la policía.[61]

Risa da, por cierto, contemplarlo tan despacio y ocioso, formando, para llenar su papelorio, aquella gran lista de las horas en que ha llegado a su casa uno de los carros de la inmundicia.[62] Toda ella se reduce a hacer ver que unas veces [h]a ocurrido a las nueve, otras más tarde, pero finalmente, lo más que se ha alargado ha sido hasta las once. ¿Y quién le ha dicho o dado el supuesto por verdadero sea esta última hora tan importuna, principalmente cuando él, o no sé que otro, aconsejó convenía saliesen los carros nocturnos un poco tarde para no molestar al mayor número de los que transitan antes por las calles? Harto corto es el espacio de dos horas para vaciar las inmundicias de una ciudad tan populosa como México.

Pregunto más, ¿qué mayor embarazo tiene, como dice, la ciega vieja por su ceguera y vejez para bajar a vaciar a las once, si antes no pudo quitarse años ni aclararse la vista?, ¿y qué mayor impedimento la doncella sirviente en la hora de menos concursos y provocativos?[63] Querría seguramente nuestro Pensador que, puestos los carros en una plazuela, saliesen al son de marcha para que llegase a una misma hora a su casa el carro que le tocaba, al modo que se acercan los soldados a la valla cuando parten la plaza.

¿Y qué no reflexiona que, cuando eso así fuese, nunca se lograría el intento, pues a largo trecho se haría perceptible la notable desigualdad de los vecinos en vaciar con mayor o menor presteza las inmundicias? Para aliger[a]r esa decente maniobra no hay duda que convendría al aumento de los carros; pero ¿quién no ve que por nuestra guerra intestina no estamos para mayores gastos? Mucho hacen los señores regidores[64] para que no se les eche en cara lo ensolvado de las acequias y otros defectos que no dependen del pensamiento solo, como los papeles de El Pensador.

 

Se continuará, o no

 

Quidam [65]

 

 



[50] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Dios me libre que usted fuera abogado y yo su cliente: ¡qué buena defensa tenía que esperar de usted! ¿Usted ha visto la cerca de la huerta y jardín de Borda en Tanepantla [Tlanepantla]? Es regular que no; pues es una cerca segura, y sin comparación, mucho menos indecente que la de la Alameda. ¡Pobre de usted que no ha visto ésta!”. Ibidem, p. 490.

[51] comistrajos. Mezcla irregular y extravagante de alimentos.

[52] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, sobre las señoras que van a los paseos, Fernández de Lizardi escribe: “[...] van embanastadas en sus coches, que no saldrán de ellos si el mundo se viene abajo. Ya usted sabe la loable costumbre de muchas señoras de la Europa, que se apean en los paseos y van a ellos a caballo o a pie, lo que [...] hace los paseos más alegres y divertidos [...] y no en México que parecen estatuas dentro de los coches”. Cf. Obras III- Periódicos, pp. 265-266.

[53] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “¡Válgame Dios, y qué mirado es usted y las señoras! ¿Y es posible que no haya esas contingencias en el Portal el día de muertos, en los bailes ni en otras partes? ¡Vamos, que la disculpa es peregrina!” Ibidem, p. 490.

[54] En el mismo texto, Fernández de Lizardi escribe. “[...] lo mismo que en un convento. Tatita, es usted cándido”. Idem.

[55] T. III, núm. 13, 13 ene. 1814, pp. 1-2.

[56] Juan Vicente de Güemes Pacheco y Horcacitas, 2° conde de Revillagigedo, 52° virrey de la Nueva España (1789-1794). Protector de la instrucción pública, fomentó la agricultura y abrió nuevas vías de comunicación, una de ellas, las calles que todavía llevan su nombre.

[57] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “El de Revillagigedo o de la Orilla [hoy Calzada de la Viga] es el más agradable en su tiempo, porque además de su calzada, que no es corta, por la que pasean los carruajes y caballería, tiene un buen pedazo muy verdecito por el que andan sin incomodidad alguna las gentes de a pie, divirtiéndose con las muchas canoas que navegan por una larga (aunque enzolvada) acequia que está a la orilla del paseo de donde toma el nombre. Como a un tiempo se presenta a la vista la sencillez del campo en el pradito, el lujo de la ciudad en la calzada y la diversión de las canoas por agua, hacen un todo el más agradable de los paseos de México”. Cf. Obras III- Periódicos, p. 263.

[58] En el mismo número de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi escribió: “¿cómo se habían de comparar su Alameda ni Orilla con un Pardo, con un Escorial, con una Granja de España; ni menos con el Parque de San James y el Green Park o Parque Verde en Inglaterra; con los canales de Ámsterdam en Holanda; con los jardines de Versalles en Francia; con las viñas de Roma [...]?” Idem.

[59] Ixtacalco. (En la casa de la sal). Pueblo de la municipalidad de Iztapalapa, Distrito Federal, a orillas del canal de Santa Anita. Antes fue cabecera de la municipalidad de Ixtacalco, que quedó extinguida al ejecutarse la ley de organización política y municipal, año de 1903. Terreno llano, pues esta región formó parte del antiguo lago de Texcoco. La población se distribuye entre las colonias la Cruz, Pantitlán y Granjas México, en dos ejidos y en el pueblo de Santa Anita. La calzada de la Viga, que une la delegación por el norte con la ciudad de México, y por el sur con la delegación de Iztapalapa, fue construida en el lago que ocupaba el antiguo Canal Nacional o de la Viga, que partía de Xochimilco y desaguaba en el lago de Texcoco.

[60] En el Suplemento de 17 ene. 1814,  Fernández de Lizardi escribe: “usted, cuando vio esa Arcadia deliciosa que nos pinta, sin duda acababa de salir del café; pero yo ni otros jamás hemos hallado en tal paseo sino la sencillez común del campo, sin pizca de aquel ornato delicado, artificioso y sorprendente que se halla en los paseos de la Europa; ya se ve; usted, a las mugrientas indias que vienen en sus chalupitas a vendernos sus coles y nabos nos las quiere figurar unas Pomonas y Amalteas. Cf. Obras III- Periódicos, p. 490.

[61] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano,  Fernández de Lizardi escribió: “Italiano: [...] ¿su policía estará deteriorada? [...] Francés: [...] hoy está muy abandonado todo, porque el alumbrado es muy escaso [...]; los serenos, pocos y descuidados; los carros pocos también, y los más antes de hoy, indecentes y rotos, de modo que muchos, después de recoger la basura, la van regando por las calles”. Ibidem, p. 264.

[62] En dicho número de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi proporciona una lista pormenorizada de los días y las horas en las que pasan los carros de la basura: “Francés: [...] Yo soy muy curioso. Vea usted, en la calle en que viví el mes de diciembre de [1]813 tuve la paciencia de observar las horas en que transitaba el carro, y fueron éstas. Día 1°, a las nueve y media./ Día 2°, a las diez y siete minutos./ Día 3°, a las diez y once./ Día 4°, a las once y tres./ Día 5°, a las nueve y treinta y cinco./ Día 6°, a las diez y veinte./ Día 7°, a las diez y cuatro./ Día 8°, a las nueve y doce./ Día 9°, a las diez y cuarenta y cinco./ Día 10°, a las once menos seis./ Día 11°, a las ocho de la noche./ Día 12°, a las nueve menos seis./ Día 13°, a las diez y quince./ Día 14°, a las diez y treinta./ Día 15°, a  las once y seis.” Ibidem, p. 265. En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “Pero lo que da risa es que el paseo de la Orilla nada tiene que envidiar a los de la Granja y el Escorial. Los europeos que han visto aquéllos y éste han de tener a usted por un tonto, y más cuando leen que en el paseo de la Orilla hay ‘quintas hermosas, bosques alegres, hortalizas inmensas y floresta’ cuando no ven sino cuatro casuchas regulares, algunas chinampas, ningunos bosques y bastantes potreros encenegados”. Ibidem, p. 490.

[63] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “En no pocas [calles] no pasan los dichos carros, y ya usted considerará que, a esas horas, ¿cómo ha de bajar la vieja que no ve, la pobre enferma, la sirvienta doncella, etcétera? ¿Y qué sucede? Que sabiendo que el carro no pasa a una hora oportuna, vacían en las targeas, en los zaguanes o en las calles. Usted dirá cómo estará la ciudad con este bálsamo”. Ibidem, p. 265.

[64] regidores. Los ayuntamientos se componían de varios alcaldes y regidores, y de un síndico. Los alcaldes tenían funciones judiciales de primera instancia y aun de apelación en algunos casos. Los regidores formaban el cuerpo del ayuntamiento y el síndico cuidaba de los intereses de la corporación. Propio de los regidores (entre los cuales había algunos hereditarios) era elegir otros regidores y alcaldes.

[65]Quidam. Francisco Palacios. Poeta. Usó varios seudónimos en el Diario de México; antes de Palacios éste lo usó José Francisco de Isla en 1740. Quidam, “uno, alguno, o designación indeterminada”. Fernández de Lizardi escribe: “Salga usted al frente, fírmese, descríbase, que el escribir anónimo no le puede honrar nunca”. Cf. Obras III- Periódicos, p. 485.