DIARIO DE MÉXICO

del martes 11 de enero de 1814[1]

 

 

DIÁLOGO

Sobre El Pensador Mexicano número 17, del jueves 23 de diciembre de 1813, entre un arquitecto y un petimetre, pasado en una cafetería[2]

 

PETIMETRE:[3] Chico, trae un par de tazas y los papeles del día.

[CHICO]: Señor la Gaceta[4] y el Diario[5] aún no han venido, El Pensador es el que ha madrugado y ganado la palmeta.[6]

PETIMETRE: Pues tráelo que no hacen falta los otros cuando tenemos proporción de un periódico tan interesante.

ARQUITECTO: Ya el de hoy lo tengo leído, y a mi parecer es la producción más desgraciada que puede haber dado su autor para abrir la nueva suscripción; aunque bien es verdad que esta clase de periódicos exponen a cada paso a sus editores a la mofa del público por la necesidad en que se hallan de variar las materias para darle gusto, no siendo dable hablar de todas con acierto. Mas sin embargo no se puede sufrir tomen a veces un tono magistral y decisivo cuando tratan asuntos en que se manifiestan poco versados. Yo no he de perdonar a El Pensador de hoy aunque se me alegue que sus pecados son sólo de pensamiento.[7]

PETIMETRE: Entiendo que no le hace usted justicia, pues días pasados se le celebró mucho el tino con que habló sobre asunto de sastrería,[8] y ya usted ve que éste es un ejercicio por lo común muy ajeno de los escritores.

ARQUITECTO: Dirá usted eso por lo que escribió sobre chaquetas;[9] pero esto prueba poco, cuando ese traje por ordinario y por de poco meollo ha sido adoptado de tiempo inmemorial para los pobres del hospicio; paréceme que hubiera hablado con igual acierto sobre fundillos, que son lo mismo para el caso. Amigo mío, estos objetos no deben nivelarse con los que ofrecen la complicada economía, la soberbia y galana arquitectura, la delicada política y la encantadora y liberal pintura. Y limitándome ahora a lo que es directamente de mi oficio, ¿quién le ha dicho al señor Pensador sea capaz por sólo su gusto de discernir entre la trabazón de las piedras para la fortaleza de un edificio y los adornos, medidas o módulos correspondientes a las diversas órdenes de la arquitectura?[10] Adornos hay bellísimos en sí, que estarían mal acomodados en ciertas partes,[11] sólo porque así lo han establecido célebres arquitectos, y porque mal o bien su sistema es el que se ha adoptado por los mejores con constancia y exactitud. Otros adornos hay también de poca consideración, tales como los triglifos y gotas, que estarían mal omitidos[12] sólo por haberse destinado como marcas para clasificar las órdenes a que pertenecen. Por aquí se puede ver cuán aventurado va El Pensador y cualquiera otro que se meta a calificar los edificios sólo por la razón indeterminada del buen gusto. Bajo estos antecedentes, ¿qué caso debe hacerse de El Pensador cuando tan superficialmente habla sin decoro de nuestra Catedral[13] y otros templos?[14]

Lo cierto de ello es que ella se ha visto alabada por muchos extranjeros e inteligentes:[15] que sus primeros costos llegaron a un millón ciento cincuenta y dos mil pesos,[16] y que Alcedo,[17] Moreri[18] y otros la celebraron sobremanera entre los grandes edificios. ¿Y cómo no había de ser así, cuando dice el primero que ella fue levantada por la piedad y generosidad de los reyes Felipe II, III, IV y Carlos II, y que compitieron en llevarla al cabo el celo y la religión de diez y ocho virreyes por espacio de noventa y cuatro años,[19] habiendo recibido, después en largas temporadas, hasta hoy considerables mejoras de los que se han tenido por sobresalientes facultativos? El segundo la aleja tanto de la notable obscuridad que le atribuye El Pensador, que le numera ciento setenta y cuatro ventanas, las más a la vista del oriente y poniente, y en situación bien despejada por las grandes plazuelas que lo rodean.[20]

Pudiera agregarse en confirmación la ordinaria providencia de sus Cabildos[21] en mandar cubrir por la mañana las ventanas del oriente y por la tarde las del poniente.[22] Pero concedamos tenga alguna obscuridad, ¿quién no conoce que los templos no son para trabajar miniaturas ni ensartar chaquira,[23] sino casas de oración y recogimiento, que se hacen más respetables por una moderada obscuridad?,[24] ¿y quién no tiene por indiscreto al que habla con desprecio de una grande obra sólo por algunos leves defectos, o una que otra inconsideración de poca monta? ¡Oh, y a lo que se expone el que tiene necesidad de sostener por sí solo un periódico para satisfacer la continua expectación del público y de los suscriptores, con quienes se ha comprometido!

Quisiera ahora me dijera el buen Pensador en qué se funda para estar tan a favor del gusto moderno y de los facultativos del día, porque a la verdad, si bien se observa, la arquitectura es la que menos ha adelantado en vista de los edificios romanos y otros muchos célebres y antiguos que se hallan representados en estampas; ni debiera suceder otra cosa, porque la duración de esta clase de obras y sus muchos costos las hacen menos sujetas a la variación y veleidades de la moda. Los edificios a no ser de baraja, no pueden seguir el curso de los trajes y las continuas mudanzas del lujo para sus mayores adelantos.

El mismo atraso se experimenta por desgracia en la pintura. Continuamente veo celebrados los lienzos más antiguos, así extranjeros como americanos. México, a juicio de los inteligentes, no ha podido emular a la presente con toda su Academia, [25] la gloria de los célebres Juáreza [26], Villalpando,[27] Juan Patricio,[28] Ibarra,[29] Cabrera,[30] y otros que han enriquecido nuestra Catedral y otros templos con sus obras, y no atribuyo a otro motivo esa decadencia, sino a la moda o desnudez de las más iglesias y casas, y a la costumbre de sólo echar frisos, por medio de los fáciles patrones, por los que se tienen por pintores, que no son otra cosa en realidad sino unos honrados impresores.

La habilidad de los retablistas de último cuño se cifra hoy día en la facultad prolija de alisar y sobar para hacer buenos maques,[31] y en que los talladores guarden limpieza y aseo en las obras, aunque sean limitadas las ideas de sus adornos. Se puede asegurar a cualquier viajero que, viendo un retablo de moda, los vio todos, pues parecen sacados de un propio molde. En acomodando sobre un fondo de jaspe un par de columnas, y sobrecargándolas de un gran triángulo de molduras (sea el que fuere su propio nombre), hete aquí un famoso retablo.

Es cierto que los antiguos eran profusos con alguna confusión en sus adornos; pero nadie puede negarles la franqueza y variedad de sus ideas, y que sin dificultad se hubieran acomodado al estilo de las del día, que no es otro que el que usaban ordinariamente en las portadas más sencillas y exteriores de los templos. No podemos asegurar otro tanto de los artífices actuales, pues la mayor pobreza o menor generosidad de los que costean las obras, y el ningún curso en los caprichos que se usaban, los embaraza, no siendo fácil imitar una clase de obras, hijas del particular ingenio, ejercitado en ellas, que no reconocían más regla que la gracia que podía darles el artífice que se creía acomodado para desempeñarlas.


Acabará


Sigue el diálogo sobre El Pensador Mexicano número 17[32]

 

¡Grande cosa es el poder de la moda pues ha podido desterrar de algún modo los que llamaban caprichos;[33] pero jamás podrá quitarles el mérito que le supieron granjear. Clauber, y otros que dieron a entender en sus obras eran susceptibles de un gracejo inexplicable que no podrá conocer fácilmente el talento ratero,[34] ni la simple afición de los instrusos, que quieren numerarse entre los sujetos de buen gusto!

Mas ya que se manifiestan éstos tan fundados para desecharlos, quisiera preguntarles ¿qué otra cosa son los jaspes[35] que hoy tanto se usan, sino unos caprichos ciegos de la naturaleza? De aquí debo concluir contra El Pensador que cuanto ha dicho contra el ciprés de Catedral y su Altar de los Reyes,[36] que reputa por leña [h]acinada y de indecentes pinturas,[37] por sus malos ojos (no lo digo porque sea bizco)[38] no ha sido otra cosa que una simple declamación que jamás podrá degradar su magnificencia,[39] ni menos obscurecer el mérito de sus artífices y la generosidad de sus bienhechores. Yo me alegrara se pudieran perpetuar muchas de estas obras antiguas como unos preciosos monumentos, ya para la emulación de los artífices y descargo de la historia, como también para hacer ver la piedad y generosidad de los antiguos fieles que, con lo que gastaban en dorar un retablo, hubieran podido levantar muchos de los que hoy vemos tan celebrados a estilo de nuestras antiguas confiterías.

PETIMETRE: Señor arquitecto, no puedo menos de confesarle a usted me ha ilustrado con su discurso; pero hablando con ingenuidad me parece que aún no ha satisfecho plenamente por sus generalidades a los reparos de El Pensador, quisiera se especializase usted más en sus aplicaciones.

ARQUITECTO: Amigo mío, yo bien conozco tiene usted alguna razón en su reclamo a primera vista; pero es porque no advi[e]rte es imposible satisfacer de lleno y en poco tiempo a unas objeciones vagas y superficiales como las que acostumbra hacer El Pensador; a mí me basta corresponderle en la misma moneda, haciéndole ver que en efecto es débil en su indicada crítica.

Resta ahora que, saliendo de las iglesias, vindique a México, aunque de paso, de las otras feas notas que falsamente le atribuye, y comenzando por la Alameda,[40] digo que: los que me rodean pueden ser testigos de que ella no es redonda,[41] que está dividida en cuadros o cuarteles, y que sus fuentes no son tan limitadas,[42] a menos que se quiera sirvan de tanques para nadar o que sean los que las miren unos insaciables hidrópicos.[43] La mayor a ojo de buen cubero tendrá diez y seis varas de diámetro,[44] con variedad de figuras (aunque le pese a El Pensador), de regular escultura, y las otras no bajarán de ocho si se miden.

Por lo demás, soy de parecer que los árboles están bien repartidos, que como fresnos son de buena sombra y hermosa vista, y que sería difícil su conservación si fuesen frutales,[45] por la ambición de muchos, indiscreción del populacho y por tener la policía que entenderse con los muchachos, para quienes no basta se publique todos los años el justísimo Bando sobre papalotes.

Aquí encajaba bien el cuento de aquel que, reconociendo por fin la sabiduría de la divina Providencia, le dio mil gracias por no haber colocado las calabazas en los árboles como creyó más acertado, porque a haber sido calabaza una bellota que le cayó, le hubiera quebrado su carátula. A semejante accidente se expusieron las gentes, y a ensuciarse a cada paso por la gran concurrencia, si los árboles fueran frutales, muy principalmente si dictase El Pensador fuesen de zapotes prietos[46] o de anonas.[47] Es necesario dar a entender a este sujeto que no estamos en Tepo[t]zotlán, su patria,[48] que la Alameda no es huerta, sino estancia de cambio limitada, por convenir se halle dentro de la ciudad, y que, por lo mismo, no se ha de pedir tenga flores, hortalizas y otras que fácilmente podrá disfrutar el que quiera alejarse un poco de la ciudad, y gustar de verdezotes[49] y no de verdecitos como él se explica.

 


[1] T. III, núm. 11, pp. 1-4. Imprenta de la calle de la Monterilla. [Cf. nota 1 a Sermón político-moral, en este volumen]. Fernández de Lizardi responde a estas críticas en el Suplemento a El Pensador Mexicano, 17 ene. 1814, titulado Contestación al diálogo impreso en los diarios de esta capital 11, 12 y 13, sobre el número 17 del segundo tomo de El Pensador. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 485-491.

[2] El tomo II de El Pensador Mexicano consta de 18 números (170 páginas) de numeración corrida en cuarto común. El primer número se publicó el jueves 2 de septiembre de 1813, y el último el jueves 30 de diciembre de 1813. El diálogo que aquí se critica ocupó tres números (16-18) de este tomo, que se publicaron con fecha de jueves 16, 23 y 30 de diciembre de 1813. En el número 16 se lee: “Los subscriptores han de esperar su papel aunque sea para envolver el turrón en la próxima pascua, y el público lo ha de querer también, aunque sea para matar su curiosidad”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 253. Al término del número 17 del tomo II, se lee: “La subscripción al tercer tomo de El Pensador se recibe desde hoy en el lugar acostumbrado. Dicho tomo se dividirá en cuatro trozos y así la subscripción será por trimestres, siendo el importe tres pesos por cada trimestre y los papeles dos semanarios, como hasta aquí”. Ibidem, p. 266. El número 17 al que se refiere el presente folleto se titula Sigue el diálogo entre el Francés y el Italiano. Ibidem, pp. 260-266.

[3] petimetre. Currutaco muy elegante. “El joven que cuida demasiadamente de su compostúra, y de seguir las modas. Es voz compuesta de palabras Francésas, è introducida [al español] sin necesidad”. Dic. autoridades.

[4] Gaceta. Cf. nota 32 a [Contestación a Quien llama al toro...], en este volumen.

[5] Diario. Cf. nota 1 a Palo de ciego, en este volumen.

[6] ganado la palmeta. “Ganar la palmitoria, o la palmeta. Phrase que vale llegar el primero à la escuela de los niños: y por similitud, llegar el primero à qualquier congreso.” Dic. autoridades.

[7] pecado de pensamiento. Equivalente a “Mal pensamiento. El ofrecimiento que expóne à algún riesgo, ù inclína à alguna cosa mala”. Dic. autoridades. Sobre los “malos pensamientos” Fernández de Lizardi dice, en el número 1 de El Pensador Mexicano que “no será muy extraño que al cabo de las quinientas salgamos ahora con un Pensador Mexicano. Pero usted estará diciendo: ¿Qué tal serán estos pensamientos? De todo habrá, amigo, buenos y malos: malos los míos y buenos los ajenos; usted lo que debe hacer es separar con prudencia el trigo de la paja y verá cómo es verdad que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. [...] ¡Qué capaz que se quede sin tajada este pobre periódico en México, centro de sabios y madriguera de necios! Pero yo tengo tal cual bella disposición para venerar la censura de los primeros y mucho lomo para burlarme de la simpleza de los segundos”. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 33-34.

[8] En el Suplemento de 17 ene. 1814 a El Pensador Mexicano, t. III, Fernández de Lizardi responde: “Dice usted (Diario 11 de enero) que escribí con acierto sobre ‘asunto de sastrería’ sólo porque nombré chaquetas en un papel mío. ¿Quién no ha de agradecer a usted tamaña e importante lección de erudición a la violeta”. Ibidem, p. 486.

[9] chaquetas. Apodo con que eran conocidos, durante la Guerra de Independencia, y aún después, los partidarios de los españoles. En El Pensador Mexicano, t. II, núm. 18, (30 dic. 1813) en boca del Francés se lee lo siguiente: “sabemos que todo hombre tiene sus vicios y virtudes y que no hay nación alguna cuyos habitantes sean todos malos ni todos buenos. En virtud de esto, ¿por qué ha de haber americanos tan sandios y emponzoñados que han de negar lo que la naturaleza grita y las historias acuerdan? [...] hay algunos miserables mortales tan preocupados en aquel reino, que no sólo cierran los ojos a la razón, sino que matriculan entre sus aborrecidos a aquel que la conoce. Si un americano hiciera estas reflexiones, al instante dirían: ya éste se degradó; es un adulador; está alucinado; es un chaqueta”. Ibidem, p. 273. Después, en Mi Vindicación, publicada el 22 de abril de 1814 en el mismo periódico escribirá que algunos leen sus escritos como el cuentecillo en el que un joven pretendió curar los ojos de su padre con abrojos, lo que resultó en que se los vació; cuando se averiguó la razón, el joven argumentó que había leído el remedio de un autor de la facultad médica que decía: “Abrojos para los ojos son buenos...”, tornando la página un prudente leía “para cegar”, “de esta misma manera han leído algunos de los que me tienen por chaqueta, por insurgente o por neutro, y yo trato de hacer ver cuánto se engañan [...]. Si por chaqueta hemos de entender (como se debe) el fiel patriota, yo no me desdeñaré de este título; pero si se toma esta voz en algún ridículo diccionario para denostar a un adulador vil, cuya sumisión no es efecto de los justos y santos sentimientos que deben inspirar al vasallo honrado, sino de su único interés y conveniencia, desde luego yo no he sido ni aun pienso ser chaqueta.” Ibidem, pp. 441-442. Fernández de Lizardi asegura en este mismo número que fue apellidado “chaqueta” después de haber publicado el folleto Reflexión patriótica sobre la próxima elección, fechado el 4 de diciembre de 1813, donde exhortaba a los americanos a no satanizar a los españoles europeos y admitirlos en los ayuntamientos y corporaciones. Cf. Obras X-Folletos, pp. 163-166. Otras fuentes consignan lo siguiente: “Había en la Colonia batallones permanentes de voluntarios formados por los gremios, así los había de curtidores, panaderos, etcétera, el de comercio lo componían los dependientes de las tiendas, y estos fueron los que en el año de 1808 depusieron al virrey don José de Iturrigaray. El uniforme que usaron estos batallones desde 1792 eran unas vistosas chaquetas, lo que dio lugar a que el pueblo les llamara pastores de Nochebuena. El decir chaqueta era sinónimo de realista en contraposición de insurgente.” Cf. Artemio de Valle Arizpe, Historia de la ciudad de México..., p. 439. “Quieres Fabio saber quién es chaqueta/ Todo rival del pueblo americano/ El que contra su patria es inhumano/ Y sus mismo derechos no respeta./ Quien a la antigua España se sujeta/ Dominada de extraño soberano,/ Quien ama al extranjero y no al paisano/ Y el que a puño cerrado cree en Gaceta./ Lo es también el egoísta, el ignorante/ El que ve quebrantar sus justos fueros/ Y mantiene sereno su semblante./ Quien se ve sin sustento si anda en cueros/ Y al gobierno reputa por amante,/ Siendo causa de males tan severos”. Soneto del bachiller José Valdés, cf. Guía de forasteros. Estanquillo Literario. Margo Glantz, editora responsable, p. 4.

[10] En el Suplemento a El Pensador de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribe: “Respondo. ¿Sabe usted quién me lo ha dicho? La razón, y ésta es la que faculta a todo el mundo para juzgar bien o mal de las cosas según que lo merecen [...] ésta es la que a mí me hace conocer que nuestra Catedral es un templo obscuro, e incurioso, nuestros paseos punto menos que corrales de vacas, nuestra policía abandonada, etcétera, sin ser arquitecto, pintor, colateralero, etcétera [...] no basta solamente el recto juicio formado en el consenso común, pero de estas metafísicas no entienden los canteros ¿lo quiere usted claro? Pues amigo, yo no necesito hacer chirimoyas para saber cuál es dulce, cuál aceda, cuál verde, cuál madura”. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 486-487.

[11] En el mismo Suplemento, Fernández de Lizardi contesta: “verbigracia, las figuras alegóricas que están sobre la fachada de Catedral, si estuvieran en el Coliseo; el telón de éste en el Altar del Perdón, la espada de Santiago, en la mano de Simón Cirineo, etcétera, etcétera. ¿No es ésta también una noticia particular? ¿De cuándo acá sabríamos estas cosas si no nos las enseñara este buen hombre?” Ibidem, p. 486.

[12] En este mismo Suplemento, Fernández de Lizardi responde: [...] “así como a mí me califica de acertado en la sastrería sólo porque dije chaquetas, así, si hubiera dicho mesa, llaves o bandolones, hubiera asegurado que había hablado con tino de la carpintería, herrería o música, y por eso el buen señor después que nos dijo triglifos y gotas, se ha persuadido a que es arquitecto. ¿No es ésta una noticia interesante? Pues así con todas las suyas”. Idem.

[13] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi critica la arquitectura de la Catedral: “Es la iglesia mayor del reino, no sólo de México: su arquitectura no es delicada pues la sobra bastante cargazón. En el crucero tiene un pino que parece pinal: hechura antigua y digna del desprecio del gusto del día; dentro tiene un tabernáculo de plata de tosca hechura que concluye dentro otro de oro, en el que lo más primoroso es el metal. Detrás de esta pirámide, o llámese ciprés, está en la testera del templo un retablo conocido por el Altar de los Reyes, que no es más que un acopio de leña, dorado a lo antiguo y bien indecente. Sus capillas laterales (a excepción de tres que están renovadas al estilo del día y muy curiosas) las más parecen mejor calabozos que capillas, porque están muy oscuras, estrechas y desnudas de toda curiosidad. Tiene alguna riqueza en alhajas, pero no la que pudiera tener la metropolitana de las Indias, o de la tierra del oro y de la plata; y así, aun cuando sus columnas fueran de alabastro, su pavimento de mármol, sus puertas de ébano, su crujía de oro y sus preseas innumerables, sería una catedral magnífica entre las del universo, pero regular a proporción del lugar en que se había erigido”. Ibidem, p. 261.

[14] En el mismo número de El Pensador, Fernández de Lizardi había escrito: “Italiano: Pues qué me dirá usted de las demás iglesias, si así opina de la mayor?/ Francés: Hay de todo. Unas muy tristes, opacas y antiguas, y otras muy vistosas, lucidas y adornadas. Entre éstas merece en mi concepto, el primer lugar el Convento de señoras religiosas de Jesús María [obra de Manuel Tolsá; entre las calles de Corregidora y Soledad], no por lo grande ni alhajado, sino por lo curioso y bien dispuesto, pues sobre un zócalo negro se levanta un blanco de alabastro, que es el color de toda la iglesia; con lo cual y ser sus altares muy curiosos y sencillos, se deja penetrar toda la luz con libertad, luciendo bastante los filetes dorados que tienen sus molduras, los que resaltan mucho sobre el blanco y hacen un templo decente, curioso y alegre.” Ibidem, p. 262.

[15] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi contesta: “Pruébelo usted primero, porque no lo hemos de creer sobre su palabra. Usted nos cita más de dos: Alcedo y Moreri; pero éstos hacen poca fe, porque no la vieron sino acaso en mapas o en relación, y esto va a decir tanto como de lo vivo a lo pintado. Si la alabaron fue en tiempo de Maricastaña, cuando las que hoy son nulidades eran entonces bellezas; también alabarían las escofietas [tocado que usaron las damas, formado de gasas y otros géneros semejantes], las redecillas y los cabriolés, y hoy los desecharan sin disputa”. Ibidem, p. 487.

[16] En el Suplemento citado Fernández de Lizardi replica: “¡Graciosa prueba de bondad! Y ¿qué tenemos que hubiera costado cuatro millones? Sepa usted que entonces había mucho dinero en Indias y se amarraban los perros con longaniza. Todas las obras de entonces costarían al duplo de lo que hoy costaran. Amigo, la profusión de los costos no puede jamás probar bondad ni delicadeza en las obras, porque aquélla puede provenir de mil causas extrínsecas al mérito intrínseco de lo trabajado. El castillo de Acapulco [...] costó casi lo mismo que la Catedral, y pregunte usted ¿qué cosa es? [...] Todo cuesta mucho cuando se dirige mal, y cuesta más cuando cuesta menos. ¿Cuánto costó ese embarazo tosco de cantería que se llama Plaza Mayor? Y ya usted ve que mejor parece en los mapas que en el original, pues no sirve de nada y estorba y desluce demasiado”. Ibidem, pp. 487-488.

[17]Antonio Alcedo (1735-1812). Geógrafo e historiador español, autor del Diccionario Geográfico, histórico de las Indias Occidentales de América (1786-1789) que comprende los reinos de Nueva España, Tierra Firme, Chile y Nuevo Reino de Granada.

[18] Luis de Moreri (1643-1680). Polígrafo francés. Autor del Grand Dictionnaire Historique, o Miscelánea curiosa de la historia sagrada y profana, que contiene en compendio la historia fabulosa de los dioses, y de los heroes de la antigüedad pagana: las vidas y las acciones notables de los patriarcas, juezes, y reyes de los judios, de los papas, de los Santos Mártires y Consessores, de los Padres de la Iglesia, de los Obispos, Cardenales, Emperadores, Reyes, Principes Ilustres, Capitanes insignes, de los Autores antiguos y modernos, y de quantos se hicieron famosos en alguna ciencia y arte. El establecimiento y el progreso de las Ordenes Religiosas y Militares; y la Vida de Sus Fundadores. Las genealogías de muchas familias ilustres de España, de Portugal, y de otros Paises. La descripcion de los imperios, reynos, republicas, provincias, ciudades, islas, montañas, rios, y otros lugares dignos de consideración de la antigua y nueva Geographia, &c. La historia de los Concilios Generales y Particulares, con el nombre de los lugares donde le celebraron. Traducido del frances de Luis Moreri: Con amplissimas Adiciones y curiosas investigaciones relativas á los Reynos pertenecientes á las coronas de España y Portugarl assi en el antiguo como en el nuevo mundo. Por don Joseph de Miravel y Casadevante, de la Real Academia de la Historia, y Canonigo del Sacro moente de Granada. En París, a costa de los Libreros Privilegiados, y en Leon de Francia, de los Hermanos Detournes, Libreros. MDCCLIII. Con los Privilegios Reales. Otra edición, Lyon 1774. También autor de Pays d’amour (1661); Doux Plaisirs de la poisie (1666).

[19] La Catedral se comenzó a construir el año de 1573, se consagró en 1667 y se concluyó en 1813. En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribe: “En algunos reinados, virreinados y tiempos se había de hacer; ¡mas no, sino que se hubiera hecho en tiempo del rey Wamba o del emperador Moctezuma! Pero para lo que usted trae, esa impertinencia nada vale. Sepa usted que los señores reyes no veían lo que se hacía y los señores virreyes se mudaban de cinco en cinco años. ¡Quiera Dios que usted me entienda!” Cf. Obras III-Periódicos, p. 488.

[20] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi contesta: “más agujeros tiene un palomar y no por eso deja de ser obscuro. Sepa el buen arquitecto que la claridad y alegría de un edificio no consiste en las muchas ventanas, sino en la proporción que tengan entre sí para franquear la mejor correspondencia de la luz.” Idem.

[21] cabildos. Cf. nota 30 a Consejos a El Pensador, en este volumen.

[22] Fernández de Lizardi responde en el Suplemento de 17 ene. 1814: “¡Famosa prueba! Eso lo hacen para librarse de la incomodidad de los rayos del sol que penetran al coro; lo mismo harían si la Catedral no tuviera más que dos ventanas que correspondieran al dicho lugar; pero esta costumbre jamás probará que la catedral es un templo alegre y bañado de luz por todas partes, que es el asunto de la cuestión.” Cf. Obras III-Periódicos, p. 488.

[23] chaquira. Grano de aljófar, abalorio, o vidrio muy menudo. “Por acá es de uso corriente para designar las cuentecillas muy menudas de vidrio de todos colores que se emplean para hacer bordados, sartales, etcétera.” Santamaría, Dic. mej.

[24] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi dice: “La verdad, es usted admirable en la solidez de sus fundamentos, mi querido don Estupendo. ¿Conque el mayor respeto de los templos consiste en su mayor oscuridad? ¡Vamos, que esta noticia es interesante hasta dónde! Sepa usted, señor mío, que aunque la iglesia es casa de oración, no es casa de confusión. No es para ensartar chaquira, es verdad; pero ni las casas de los marqueses y ricos de la tierra son para eso, y sin embargo rebosan alegría; ¿y querremos que sea confusa e indecente la casa del autor de la luz y de la majestad? ¡Sólo el arquitecto pudiera pretenderlo! Amigo, sepa usted que la oración es el interior coloquio de la alma con su Criador, y para esta conversación o coloquio todos los lugares son oportunos. [...] Si usted cree que la luz es embarazo para la oración en los templos, también lo serán las músicas, las velas, los adornos, las flores y los pajarillos que se ponen en las iglesias, especialmente cuando está manifiesto el sacramento.” Cf. Obras III-Periódicos, pp. 488-489.

[25] Academia de San Carlos. Se fundó en 1778 como escuela de grabados, dando “muy buenos resultados para los jóvenes que a ella concurrieron”; en 1781 se propuso al entonces virrey Martín de Mayorga, “la creación de una Academia de Pintura, escultura y arquitectura”. Fue aprobado el proyecto y se instaló provisionalmente en seis salas de la Casa de Moneda. Por real cédula del 25 de diciembre de 1783 quedó aprobada, erigida, y establecida la “Academia de las nobles artes de San Carlos de la Nueva España, y se abrió con gran solemnidad el cuatro de noviembre de 1785”. Llegó a tener tantos alumnos que, en 1791 se tomó en arrendamiento el edificio en que hoy se encuentra. En 1821 fue clausurada, debido a la escasez de fondos, fue reabierta en 1824, “con un fondo que le asignó el Ayuntamiento”. Cf. Leduc, Lara y Pardo y Roumagnac, Diccionario de geografía, historia..., pp. 4-5.

a De su mano son las pinturas del Altar de los Reyes [“el altar más notable de la catedral es el llamado de los Reyes, que en la parte del ábside se eleva desde el pavimento que cierra la cripta [...] fue hecho este altar por el mismo artista que hizo el de la catedral de Sevilla, y todo es de madera rica y profundamente tallada y dorada, según el estilo Churriguera, resaltando entre sus complicados detalles, esculturas, y buenas pinturas de Juan Rodríguez Juárez; las mejores son: la Epifanía en la parte central y la Asunción en la parte superior.” Ibidem, p. 156], y sus pinceles les mereció la correspondencia de los pintores italianos de su tiempo, y ser conocidos de ellos en retratos, mandándoles los suyos en retorno.

 

[26] Juan Rodríguez Juárez (1675-1728). Pintor nacido en la ciudad de México, sus lienzos se encuentran en varias ciudades de la República Mexicana. Manuel Toussaint afirma “puede ser considerado como el último gran pintor de la Colonia”. Pintor barroco, a veces lleno de vigor y fuerte colorido contrastado, último representante de la corriente del siglo XVII. En 1693, firmó su primer cuadro, un San Francisco Javier; en 1694 una Virgen de San Juan; en 1697, un retrato de Juan de Escalante, que muestra ya al experto pintor. En 1714 es el retratista del arzobispo Lanciego; de 1717 es probablemente el retrato del virrey duque de Linares. En 1726 entregó los dos grandes lienzos de la Asunción y la Adoración de los Reyes, que están en el Altar de los Reyes de la Catedral, y los óvalos de San José y Santa Teresa del mismo altar, así como todos los pequeños cuadros de los retablos laterales. Tiene la serie “Vida de la Virgen”, “Vida de San Francisco”, “La Asunción”, “La Epifanía” y otros.

[27] Cristóbal de Villalpando (1650-1714). La obra pictórica de Villalpando comienza en 1675 con el retablo de Huaquechula, Puebla, y termina con la serie de la “Vida de san Ignacio”, de Tepotzotlán, de 1710. Villalpando es, sin duda, el pintor barroco más importante de México y de América. Fue alabado por Sor Juana Inés de la Cruz. Pintó los grandes lienzos de la Sacristía de la Catedral de México y la Cúpula de los Reyes de la de Puebla. Pintó para la Catedral de Guadalajara y envió a la de San Francisco de Guatemala, hoy Universidad de San Carlos, cinco lienzos. También autor de cuadros de la Profesa y su Convento del Carmen en San Ángel, ciudad de México. Otros en Querétaro y Zacatecas. Es muy conocida su pintura “Visita de la Plaza Mayor de México” (1695).

[28] Juan Patricio Morlete Ruiz. Son escasas las noticias referentes a la vida de este pintor; se sabe con certeza que nació en 1715. Su trabajo pictórico queda comprendido entre 1740 y 1771, según fechas de sus lienzos. Se conocen tres de sus dibujos originales, aunque no es común encontrar trabajos de este tipo de los maestros virreinales. Un San Luis Gonzaga y una Purísima son dos de sus obras sobresalientes, esta última fechada en 1758. Morlete Ruiz practicó con algún éxito el retrato: tres virreyes posaron para él, entre ellos el marqués de Croix. Francisco Eduardo Tresguerras se refiere a él como ‘El dulce, pintoresco y corregido Morlete’ al comentar sus pinturas perdidas en el incendio de la Antigua casa de los carmelitas en Celaya. Fue integrante del grupo de pintores que trabajó con Miguel Cabrera. Hacia 1753, y en torno a José de Ibarra —pintor tapatío nacido en 1688—, se reunió “un grupo de veinticuatro pintores y un arquitecto para establecer una ‘academia, sociedad o compañía’ de pintores [...]. Entre los pintores sobresalientes reunidos en la sociedad figuran los siguientes: Francisco Antonio Vallejo, fray Miguel Herrera, Francisco Martínez, Patricio Morelete [sic] Ruiz, José Alcíbar y Miguel Cabrera, quien por cierto aparece como presidente a la muerte de Ibarra en las constituiciones que llegaron a formular”. A Juan Patricio Morlete Ruiz se le identifica como uno de los miembros fundadores más sobresalientes de la Academia de San Carlos de Nueva España. Cf. Xavier Moyssén, “La pintura del siglo XVIII”, en Historia del arte mexicano, t. 8, pp. 1071, 1079.

[29] José de Ibarra (1688-1757). Uno de los más famosos y fecundos pintores del virreinato. Nació en la ciudad de Guadalajara; y estudió en México con Juan Correa. Fue contemporáneo de Cabrera. En su autorretrato logra vigor, pero en general repite sus tibios colores y su fácil dibujo. En las capillas de la Catedral de México hay varias imágenes suyas; en el Museo, diversos retratos. En la Escuela de Artes Plásticas: Vida de la Virgen que consta de ocho láminas; cuatro Apóstoles; una Purísima; Santo Tomás; Adoración de los Pastores; La mujer del flujo; Jesús en la Casa de Simón, La Samaritana y La mujer adúltera (que son de lo mejor de su pincel). En Tepotzotlán tres cuadros; en Puebla, en la Catedral, otros varios, así como en Guadalajara y Oaxaca; en León, La Virgen de la hoz, patrona de la ciudad (en la Catedral); en Guanajuato, en la Compañía, La virgen de Aranzazú y, en Querétaro, en el Museo, un Ecce Homo de 1733 (su cuadro más antiguo).

[30] Miguel Cabrera (1695-1768). Pintor de la cámara del arzobispo Rubio y Salinas y de la Compañía de Jesús. El más conocido y famoso pintor del México virreinal. Nació en Oaxaca y parece que fue discípulo de José de Ibarra. Se ha dicho que tuvo influencia de Corregio, Dominiquino y Murillo. Muchas iglesias y conventos de México cuentan en su haber pinturas de Cabrera, también la Academia de San Carlos. Su mejor obra es el retrato de Sor Juana Inés de la Cruz (1751). Entre sus mejores lienzos están los cuatro óvalos en los cruceros de la Catedral de México; dos murales en la escalera del Convento de Guadalupe en Zacatecas; en Taxco los Martirio de Santa Prisca y San Sebastián.

[31] maques. Maqueado era y es el barnizado con goma laca u otro barniz equivalente.

[32] T. III, núm. 12, 12 ene. 1814, pp. 1-4.

[33] capricho. En su segunda acepción: obra de arte en que el ingenio rompe, con cierta gracia o buen gusto, la observancia de las reglas. “En la Pintura vale lo mismo que concepto [...]; es la idea ú dibuxo intencionál que forma el Pintór que inventa, antes de llegarlo á delinear: y assi se llama buen ò mal concepto, segun es el capricho de lo inventado.” Dic. autoridades. En el año de 1793 Goya inicia la serie de 84 grabados al aguafuerte, de temas satíricos y fantásticos, llamados “Caprichos.”

[34] talento ratero. Inteligencia baja, ruin, despreciable, vil.

[35] jaspe. Mármol veteado, y las vetas tienen a veces formas como franjas de distintos color y textura, naturalmente caprichosas. “La Iglesia Cathedral del Cuzco es de mármol fino, de color blanco y encarnado, que llaman jaspe crystalino”. Dic. autoridades. Las columnas del altar principal de la iglesia de Santo Domingo de la ciudad de México, obra de Manuel Tolsá, están construidas con ese material.

[36] Ciprés de Catedral y Altar de los Reyes. Cf. nota 13, a este folleto.

[37] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi dice: “Allí, amigo, ustedes los italianos, tan exquisitos en esto de pinturas, no hallarían cosa que los admirara, y ciertamente que es lástima que no se hallan afanado tantos ilustrísimos cabildos que han precedido en enriquecer y mejorar un templo que podría ser hoy el más suntuoso del mundo; y mucho más, habiendo disfrutado de unos tiempos en que no había en las Indias otra cosa que oro y plata”. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 261-262.

[38] Fernández de Lizardi responde en el Suplemento de 17 ene. 1814: “En el Diario [de México] 12 de este mes dice usted que soy bizco: ¡Cáspita, y qué noticia tan importante al público! Si usted no lo dice, ni yo, ni los que me conocen, ni otros, tenemos este famoso descubrimiento: ¡Gracias, señor dialoguero!”. Ibidem, p. 486. En nota recuerda la fábula 34 de Iriarte cuya moraleja es que cuando el necio no encuentra argumentos ataca la persona del interlocutor.

[39] En el mismo Suplemento, Fernández de Lizardi responde: “Después de tantos desatinos, dice usted en el número 12 del Diario: ‘De aquí debo concluir contra El Pensador que cuanto ha dicho contra el Ciprés de Catedral y su Altar de los Reyes, que reputa por leña hacinada, y de indecentes pinturas...’ (Entre paréntesis, jamás he dicho que sus pinturas son indecentes; si usted no sabe leer, don José María Espinosa, maestro mayor, y don Valentín Torres, profesor de primeras letras, son mis amigos, y de su bondad espero que mediante mi súplica enseñe usted a deletrear: yo lo que dije es que nada tienen que admirar los italianos en nuestra Catedral en esto de pinturas: lea usted bien el número 17 de El Pensador. Sepa usted que aunque las pinturas de Catedral sean buenas, no son admirables; porque lo que admira no es lo bueno, sino lo raro bueno, y esto no se halla en el Altar de los Reyes, aunque usted se desbautice. Cerremos el paréntesis.) Dice usted que lo que debe concluir es que ‘cuanto he dicho no ha sido otra cosa que una simple declamación que no podrá degradar su magnificencia’. Distingo majorem. En el concepto de los viejos ignorantes, concede; en el de los modernos instruidos, niego. A otra cosa”. Ibidem,  pp. 489-490.

[40] Alameda. Las calles que rodeaban a la Alameda recibían el nombre de San Juan de Dios y Santa Veracruz, hoy Avenida Hidalgo; calle del Mirador, ubicada hacia donde estuvo la pérgola de la Alameda, y la de San Diego. Actualmente rodean la Alameda: Avenida Hidalgo, Avenida Juárez, Ángela Peralta y Doctor Mora.

[41] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi escribe: “Debo decir a usted que hay tres lugares que sirven de paseos [...] el primero es la Alameda, y es una a modo de huerta redonda y adornada de árboles silvestres”. Cf. Obras III- Periódicos, p. 262.

[42] En el mismo número de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi había escrito: “Tiene cuatro fuentecillas secas, con sus estatuas en medio, que representan algunos semidioses del gentilismo, éstas son de piedra, pero nada exquisitas. A más de estas fuentes, tiene una mayor en el medio, guarnecida de iguales figuras con otras de sirenas, patos y perros que echan agua por sus conductos, pero por Pascuas y San Juan”. Idem.

[43] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi responde: “¡Hombre de Dios! Si no se trata de su extensión, sino de su ejercicio. Si los más días están tan secas que no dan agua (a excepción de la principal) ni para lavarse las manos, y esto lo ve todo el mundo, ¿cómo ha de lavarla usted de esa nota ni con toda la agua que baja de los arcos de Chapultepec? Por Dios, hermano, no sea usted tan piadoso”. Ibidem, p. 490.

[44] vara. Medida de longitud, dividida en tres pies o cuatro palmos y equivalente a 835 milímetros y nueve décimas.

[45] En el núm. 17, t. II de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi dice que la Alameda tiene “álamos, fresnos, sauces, etcétera”. Cf. Obras III- Periódicos, p. 262.

[46] zapotes prietos. Frutos del árbol de las zapotáceas. Es de color negro y se prepara con zumo de naranja o de limón y azúcar. Hay un refrán: “Tener más valor que el que se comió el primer zapote prieto”.

[47] anonas. Arbolito de la familia de las anonáceas. Fruto de este arbolito. Del Perú chirimoyo. De México, guanabano. Árbol que abunda en las regiones no muy calientes de la República Mexicana. Se distingue de la chirimoya entre otros caracteres por el color amarillo de la cáscara, el blanco amarillento de la pulpa y la menor consistencia de ésta. Santamaría. Dic. mej.

[48] En el Suplemento de 17 ene. 1814, Fernández de Lizardi escribe al respecto: “A seguida dice usted que Tepozotlán es mi patria. ¡Caramba y lo que se alcanza por las letras! Yo estaba entendido, y cuantos me conocen y me tratan, que era natural de esta ciudad, que estaba bautizado en la parroquia de Santa Cruz, y que en aquel pueblo apenas había estado de muchacho por razón del destino de mi buen padre, que esté en el cielo; pero usted nos ha sacado de este error, a pesar de mi fe de bautismo, y mañana me hace creer que soy hijo del verdugo de Málaga, teniendo entendido que soy hijo de una cuna razonable. Sí, digo yo, el demonio son estos sabios; pero aun cuando fuera de aquí o de allí, la noticia cierto que viene al caso como matracas en día de muertos”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 486.

[49] En dicho Suplemento, Fernández de Lizardi responde: “Me moteja usted mi expresión de verdecitos (que dije) con la verdezotes. Es usted gracioso. Hombre, verdezotes son barbarismotes, y verdecitos es un diminutivo muy común y usado en el idioma castellano, así como arbolito es diminutivo de árbol, tontito de tonto y caballito de caballo, como usted sabrá si lo pregunta.” Ibidem, p. 490. Fernández de Lizardi había escrito en su Pensador Mexicano, t. II, núm. 17: “El de Revillagigedo [paseo] [...], tiene un buen pedazo muy verdecito”. Ibidem, p. 263.