DIARIO DE MÉXICO

 del lunes 16 de diciembre de 1811[1]

 

 

Aplaudo el mérito y la virtud donde la encuentro

 

 

Ridendo dicere verum, quis vetat?
Ridiculum acri, magnas plerumque secat res.
Horacio[2]

 

 

Señor Diarista:[3] he visto la crítica que en el Diario de hoy 9 de diciembre ha hecho un señor don Fulano de Tal[4] (a quien Dios dé muy buena Navidad) contra la manía de publicar varios papelillos, con cuyos títulos nos atruenan los oídos los muchachos vendedores,[5] y que han sucedido al flujo de las proclamas de marras.

Confieso en verdad que algunos reniegos di la primera vez que llegaron a mis orejas tales anuncios, y aun me pareció que tales titulillos eran el indicante más seguro de su ningún mérito; pero me tomé la molestia de leerlos, y, ¡cáspita!, que encontré en no pocos: invención, una crítica oportuna y moderada, fluidez en la poesía, juicio sólido, lenguaje sencillo y perceptible, naturalidad, giros poéticos, rasgos históricos, una copia de instrucción nada vulgar; y encantado de estas prendas, y de su empeño en corregir los vicios públicos, no pude menos de decir: he aquí el Juvenal de nuestros días; he aquí un hombre que reúne lo útil con lo dulce, que ridiculizando reprende y enseña, y presentando sus producciones al público, bajo el título de un refrán vulgar, o de un dicharacho de bodegón,[6] atrae y engolosina al pueblo bajo, lo empeña en su lectura, lo familiariza con las ideas de lo justo y decente, y acaso saca más provecho con sus lecciones que algunos predicadores en el púlpito. Este hombre tiene ciencia de mundo, conoce el corazón humano, le habla en un lenguaje perceptible, y no puede tachársele justamente ni de bufón, ni de petulante, ni de obsceno, vicios en que por lo común incurren muchos escritores: sus producciones son espejos en que miramos nuestros defectos, y que nos obligan a decir... aquí voy yo... mutato nomine de me fabella narratur;[7] pongamos algunos ejemplos.

El Payo de pechera y manga[8] es una buena crítica de lo que pasa en el Portal de Mercaderes[9] el día de Todos Santos. El sacristán y el muerto[10] es otra contra los albaceas ladrones. Bueno es hacerse el tupé, pero no pelarse tanto[11] es otra, mejor sin duda, que la de los periódicos de La Habana contra nuestras frescas mujercillas. El testamento del gato[12] tiene sobrada invención: allí discurre sobre los vicios y defectos de los que se malversan en la judicatura, y concluye demostrando, con no poco artificio y gracia en el epitafio, que nadie espere más lágrimas en su muerte que las que fueren consiguientes a las obras de beneficencia en que se haya ejercitado cuando vivo. ¡Ojalá y quién pudiera! es otra sátira contra los que desean conseguir lo que no les conviene poseer. Ya no quiero queso, sino salir de la ratonera[13] es otra crítica delicada contra los viciosos que sufren desdichas consiguientes a su vida libertina. El apólogo de las brevas con que concluye, es una lección de moralidad para las doncellas que no saben recatarse. ¡Ojalá y tantas novelas, tantos folletos y papeluchos, que como en expresión de Rousseau,[14] han corrompido la Francia, hubieran declamado contra el vicio, como lo han hecho éstos! ¿A qué, pues, es esta crítica tan caústica, puntualmente contra el que menos la merece?

El autor del papel de hoy, aunque afecta amar a su nación e interesarse en sus glorias, se ha equivocado en presumir que éstas consistan en que las obras de sus escritores no salgan bajo títulos chocarreros y burlescos... ¿Pues qué?, ¿todas deben tener la mesura y gravedad del discurso de Catón contra César en el Senado?[15] Que forme entonces un pueblo tan estoico como aquel magistrado, modelo de una circunspección ridícula. Si habla nuestro escritor a una multitud ignorante, dejémosle proporcionarse a su rusticidad y abandono. ¿Cómo me probará que cede en mengua de una nación escribir bajo el título de un refrán, o de un nombre burlesco? ¿Desmereció algo la española por sus Quevedos, Cervantes e Iriartes?, ¿desmereció por un Quijote, un Gerundio,[16] un Wanihoa? ¿No acaba de impugnar Iriarte al autor de la fábula El asno erudito, con un papel intitulado: Para casos tales, tienen los maestros sus oficiales?,[17] ¿no censuró a las universidades de España con su Macarrónico?[18] (que acaso habrá visto nuestro hombre), ¿y no se burló el poeta francés, en su poema ridículo el Fascistol,[19] de la ignorancia de los canónigos de París? Desengañémonos, la mejora de costumbres se ha debido en mucha parte a los apólogos: por uno de ellos se evitó una conmoción popular en Roma, y por medio de otro, El borrico alquilado y la sombra, reprendió diestramente Demóstenes a los atenienses, y les hizo ser más circunspectos para oír sus declamaciones, encaminadas no menos que a aborrecer la tiranía y defender la libertad de la Grecia. ¡Si algún extranjero culto viene a México, se sorprenderá al oír semejante gritería; pero atraído de la curiosidad, leerá estos papeluchos y admirará en ellos (si fuese sabio, que en todas partes se cuecen habas, etcétera) las bondades y excelencias recomendadas.

Yo quisiera que el señor don Fulano de Tal, así como habló con estas generalidades, se hubiese tomado la pena de analizar estas piececillas, y no pretender que le creamos bajo su palabra de honor: con esto haría un servicio a esta patria, que tanto ama, y en lo que no me excede. Volvamos hacia el escritor. Este hombre ha tomado la pluma, o para corregir los vicios o para lucrar, si para lo primero, ¿quién osará censurarlo, cuando esto lo hace digno del aprecio de la nación?, si para lo segundo, quis vos constituit judicem aut divisorem inter cum?[20] ¿Quién le ha conferido la gran tutela nacional para que cuide de la distribución del medio real[21] que cada pobrete gasta en divertirse?, ¿ni a quién se le pone un puñal al pecho para que compre cada papelucho de éstos? ¡Ah!, por un medio real se enseña el hombre, se corrige y se deleita. ¿Podrá comprarse diversión más barata?, más cuesta el oír la sinfonía de aquel nuevo maese Pedro, titiritero, de la calle de San Francisco,[22] que con sus figurillas, visiones y música latonéica es capaz de irritar al mismo Don Quijote, como en la Venta, obligarlo a que ponga mano a la espada, y deshaga en un momento el tablado y las figurillas de pasta?[23] Si entre estos papeluchos hay algunos malos, pregunto ¿cuántos se encuentran buenos entre los de la sabia Europa, en el cancionero, en los romances y jácaras[24] de nuestros mayores que tanto apreciaba el señor Jovellanos, porque excitaban el espíritu español con la relación [de] los fechos de armas, y con aquella máquina de cosas que decían? ¿Por qué principios de equidad y justicia es reprensible este pobre autor? Creo que sí lo es su censor, por aquella regla de derecho que dice... Deja que otro haga lo que a ti no te daña, y a otro aprovecha... quod tibi non nocit, et ulteri prodest, ad id es obligatus?[25]

Juro a vuestra merced, señor Diarista, que no conozco al mismo que defiendo, poniéndome de parte de la justicia, y que esto parecerá quijotería a nuestro hombre, solamente sé que el autor es un hombre honrado, a quien la suerte (siempre cruel con los buenos), después de haberle quitado sus bienecillos, lo ha reducido al doloroso estado de escribir para mal comer, prefiriendo hacerlo así antes que buscar el pan en una banca de juego, amancillando su alma con la fullería, y el delito vergonzoso.[26] Figúrome ver (y esto no se entienda comparación) a la gloria de nuestra literatura, al sabio Miguel de Cervantes, a aquel que no se sentó delante de Apolo ni aun sobre su misma capa, porque no la tenía,a sumido en una miserable guardilla [sic], escribiendo para entretener la hambre, y malbaratar sus obras, sin que hubiera quien se acordase de él, sino para zaherirlo e insultarlo en su miseria... ¡Ricos!, ¿por qué no os apresuráis a buscar con esmero al sabio, que es el ornamento de la república y las delicias de su especie, el maestro de las costumbres, el azote de los vicios?..., ¿por qué no le buscáis para alentarlo y derramáis en su seno esos montones de oro, manantiales fecundos de vuestros delitos?, ¡maldito sea vuestro dinero, si no lo empleáis en remuneración del virtuoso, aquejado por el hado siniestro!

He aquí, señor Diarista, la sinrazón con que se nos ha criticado al autor de estos papelillos, que nuestra posteridad (más justa que nosotros) estimará dignamente, pero sinrazón demostrada a la luz de los más claros principios. Si la suerte mía fuese favorable, yo os buscaría, sabio deprimido, mi mano se alargaría francamente para socorreros, y vuestras lágrimas pasarían a mi corazón como a un depósito sagrado; continuad, sí, continuad en vuestras tareas, antes que correr la carrera del delito; contad con el aprecio de los buenos, y, despreciando toda injuria, consultad solamente con lo que debéis a vuestra patria, y acordaos que sois deudor de vuestros talentos a los sabios, y a los ignorantes...


E[l] L[icenciado] B[ustamante][27]

 

P. D. Vaya por vía de consulta, señor Diarista: me ofrecen de venta y por un precio cómodo las siguientes obras: La mosquia, La perromaquia, La gotalogia, y La apología de los burros,[28] con una empresa que dice... Auriculas asini quis non habit?[29] Me aseguran que tales obras tienen su mérito respectivo; dudo comprarlas porque no tienen un título gravedoso. ¿Qué hago en este conflicto? Responde mihi.[30]

 

 



[1] T. XV, núm. 2266, pp. 677-680. Fue impreso en la Oficina de don Mariano José de Zúñiga y Ontiveros, calle del Espíritu Santo. [La imprenta de Ontiveros fue establecida por los hermanos Cristóbal y Felipe de Zúñiga y Ontiveros en la calle de la Palma, aunque se ignora la fecha precisa en que comenzó a funcionar. En 1763 aparece ya como único propietario Felipe, quien la trasladó de la calle de la Palma a la del Espíritu Santo —hoy Motolinía— donde estuvo hasta su desaparición en 1832; primero con el nombre de Felipe, después con el de su hijo Mariano, y por último con el de ‘Testamentaria de Ontiveros’.” Cf. Agustín Agüeros de la Portilla, El periodismo en México, p. 434].

[2] La cita correcta es acre y no acri. Se trata de la Sátira I, 24-25 de Horacio: “¿Quién prohíbe que quien ríe diga la verdad”. Fernández de Lizardi citó este texto en el núm. 11, del tomo III, de El Pensador Mexicano, antecedido por: “yo sé muy bien que no estorba el efecto de la verdad decirla con alguna acrimonia cuando ésta muchas veces corrige las costumbres”. Cf. Obras III-Periódicos, p. 452. Utiliza la frase Ridentem dicere verum. Quid vetat? para dar título al núm. 13 del tomo III de El Pensador Mexicano. Cf. Obras III-Periódicos, p. 463; y como epígrafe a su Tercero diálogo crítico. El crítico y el poeta. Cf. Obras X-Folletos, p. 17.

[3] señor Diarista. Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[4] Las críticas fueron de M. G. (Fulano de Tal) en el texto “Censura” publicado en Diario de México, t. XV, núm. 2259, 9 dic. 1811, p. 651. “Señor Diarista, desengañémonos y persuadámonos de una vez, que nadie tiene, ni debe tener derecho para ensuciar, cuando le da la gana, las prensas, y publicar cuando se le antoja centenares de papeluchos tan inútiles como insulsos, que sólo sirven de desacreditar nuestro suelo. Vuestra merced bien sabe que los impresos han sido en todos tiempos los datos menos equívocos para calcular el grado de ilustración de una nación. ¿Y cuál será el juicio que formarán de la nuestra, cuando lean esa sarta de refranes y dicharachos de bodegón, glosados fríamente por unos despreciabilísimos autorcillos (hablo sólo de los que merecen esta censura) que, o no pueden contener el pujo de escritores, o escriben tal vez con poca gana y menos talento, sólo porque el hambre los hace hablar? Cuando en los papeles de la culta Europa encontramos a cada página ideas felices, expresiones hermosas y retazos enérgicos, que adoptaría gustoso el mismo Demóstenes. ¿México no ha de publicar otra cosa, que asuntos ridículos, como El gato y la monja..., el Ya verá vuestra merced..., el Para mañana es tarde, con otros dichos bajísimos que deshonrarían los labios de una fregona?”

[5] Sobre el voceo de publicaciones, Fernández de Lizardi dice: “Mil papeluchos salen cada día,/ maldito lo que dicen y a fe mía,/ los pregonan a gritos,/ y algunos los celebran por bonitos.” Tercer diálogo crítico. El crítico y el poeta. Aunque apareció sin pie de imprenta, corresponde a 1811. Reproducido por Paul Radin en Some Newly Discovered..., pp. 34-39. Cf. Obras X-Folletos, p. 18. Sobre esta vieja costumbre, el 9 de marzo de 1821 apareció, por bando, la prohibición de Juan Ruiz de Apodaca de vender papeles impresos en las calles: “Por cuanto conviene que los papeles que se impriman de cualquier clase, se vendan en las oficinas de los impresores, ó en el puesto que elija el autor, pero que de ninguna manera se den á nadie para que los expenda por las calles, pues con los gritos y molestas importunaciones incomodan a este fiel y respetable vecindario: por tanto mando que así se ejecute, bajo multa de veinte y cinco á los contraventores, y las demás de la ley que los jueces á quienes corresponde juzguen de justicia; y a fin de que tenga exacto cumplimiento desde luego el presente decreto, se notificará por el Escribano de diligencias á todos los dueños, ó administradores de imprenta, y recogiendo las constancias respectivas á continuación lo devolverá á mi Secretario de Cámara. Del Venadito (rúbrica)” Cf. La Constitución de 1812, t. I, pp. 122-123. En el decreto de 31 de mayo de 1823, Molinos del Campo prohibió los impresos con títulos “alarmantes”, “injuriosos” y “subversivos”, y declara que el impreso que sea contrario a lo que anuncie, sea considerado fraudulento. Además prohibió el voceo. Fernández de Lizardi protestó repetidamente al respecto, y se quejó ante el Congreso el 14 de noviembre de 1823, sin que se tomaran en cuenta sus palabras. Véanse sobre este tema: Ataque al Castillo de Veracruz y prevenciones políticas contra las Santas Ligas; Advertencias a las calaveras de los señores diputados para el futuro Congreso; La victoria del perico; Representación de El Pensador al Soberano Congreso y defensa de Urbina por El Pensador Mexicano, este último folleto de 1824, publicados en Obras XII-Folletos, pp. 435-446; 516-525; 509-511 y 535-543 respectivamente. De este hecho también da cuenta El Sol, segunda época, año I, t. I, núm. 154 del sábado 15 nov. 1823, p. 613. Por su lado, Pablo de Villavicencio escribió en 1823: Tres palabritas al señor jefe político y otras tantas al señor Marín, a favor de la libertad de imprenta y de los vendedores de papeles; o gritan los papeleros o grita el señor Molinos, o grita El Payo del Rosario. Segunda parte de las tres palabritas al señor jefe político y otras nuevas  a su barbero el del Tejocote [El Payo del Tejocote escribió El Payo del Tejocote contra El Payo del Rosario, donde defendió la medida del jefe político Molinos]. Asimismo, El Amigo de la Ley escribió Ni la Inquisición prohibió el grito de los muchachos, de 1824.

[6] dicharacho de bodegón. Dicho bajo, demasiado vulgar, o poco decente. Un bodegón es “El sótano, o soportal en que se hace y guisa de comer à la gente pobre y ordinaria; y porque se ponen mui comúnmente estos puestos à las puertas de las tabernas y bodegas de cosecheros, para que los que entran à beber tomen alguna cosa que les sirva de materia, pudo tomar el nombre de la palabra Bodega; aunque Covar[rubias] dice puede venir del Italiano Budella, que son los intestinos del animal por la semejanza de la voz; y ser lo que alli se vende más regularmente estos despójos para los pobres [...] En algunas partes (como en Salamanca y otros lugares) se llama la casa donde se vende públicamente el vino, sin otra cosa alguna comestible: y es lo mismo que comúnmente se llama Taberna.” Dic. autoridades.

[7] de me fabella narratur. La forma original es de te fabella narratur. Cambiando el nombre, la fabulilla habla de mí (de ti en el original).

[8] El payo de pechera y manga. El título es El de pechera y mangas en día de Todos Santos, obra de Anastasio Ochoa publicada en el Diario de México. Apareció como folleto suelto sin autor ni año, en la Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, 8 pp. Fernández de Lizardi lo atribuyó a Anastasio de Ochoa. Cf. nota 9 a [Palabritas al autor...], en este volumen.

[9] Portal de Mercaderes. En el lado occidental de la Plaza de Armas o Plaza Mayor, frente a lo que ahora es Palacio Nacional. Tenía alacenas de juguetes y de libros, en éstas también se vendían publicaciones periódicas y folletos.

[10] El sacristán y el muerto. El título es [Primer] diálogo crítico. El Muerto y el Sacristán y [Segundo diálogo crítico]. Segunda parte de El Muerto y el Sacristán. En 1819 Fernández de Lizardi edita ambos en Ratos entretenidos. Cf. Obras X-Folletos, pp. 3-15.

[11] Bueno es hacerse el tupé, pero no pelarse tanto. El permiso de la censura es del mes de diciembre de 1811. Cf. Obras I-Poesías y fábulas, pp. 134-138.

[12] El testamento del gato es otro verso lizardiano. Su continuación Muerte y funeral del gato, salió en pliego separado. Frecuentemente reimpresos aparecen formando una unidad, aunque a veces suele variar la disposición del título. En Ratos entretenidos (1819) conserva la distribución original. Ibidem, pp. 113-122.

[13] ¡Ojalá y quién pudiera! y Ya no quiero queso, sino salir de la ratonera son obras de Anastasio de Ochoa y Acuña publicadas en Poesías de un mexicano, pp. 50-53 y 73-77. El inicio de ambas es como sigue: “En este hipócrita mundo,/ según madama esperiencia,/ No solamente los pobres/ Son de ¡ojalá y quién pudiera!”; y “Ratoncillo hay tronera/ En este mundo travieso,/ Que ya no quisiera queso/ Sino huir la ratonera.” Ambas son letrillas satíricas que critican las costumbres: la moda inmoral de las mujeres, el adulterio consentido por los esposos, la pereza de los varones, las coquetas que viven de sus encantos. De esta obra de Ochoa y Acuña hay una edición moderna con una selección y prólogo de Mauricio Molina: Poesías de un mexicano, México: Instituto Nacional de Bellas Artes: Secretaría de Educación Pública, 1987, 139 pp. (Estanquillo Literario La Codorniz). La edición de 1828 contiene odas, sonetos, traducciones de Horacio y Ovidio, así como letrillas, epigramas y romances.

[14] Por aquel entonces Rousseau era motivo de ataques por el mismo Fernández de Lizardi: José II “fue capaz de tener a raya y hacerse respetar de las naciones vecinas; durante su vida no se atrevió la Francia a poner en ejecución su infernal, libertino proyecto que ya tiempo había le tenían inspirado los impíos Voltaire y Rousseau”, El Pensador Mexicano, tomo I, núm. 5. Cf. Obras III-Periódicos, p. 60. “Si todos los cristianos estuviesen dotados del espíritu [...] nada importara que vomitara el infierno Volteres, Rousseaus”, ibidem, p. 233. A partir de la Independencia citó las ideas roussoneanas como base de sus planteamientos, en especial sobre la soberanía, que reside en el pueblo. Tal es el caso del folleto Primer bombazo por El Pensador al doctor don José Eustaquio Fernández. Cf. Obras XI-Folletos, p. 274.

[15] Marco Porcio. Catón de Eutica defendió la libertad contra el César. Fernández de Lizardi gustaba de citar la posición estoica de los críticos, o al mismo Catón, que fue un político apellidado como El Censor por la severidad de sus juicios. Cf. Obras III-Periódicos, pp. 156-162; Obras VIII-Novelas, p. 44, 223; los folletos Defensa de la libertad de imprenta. Cf. Obras XI-Folletos, p. 356; en Las sombras de Concha e Iturbide..., Cf. Obras XIII-Folletos, p. 136.

[16] Fray Gerundio de Campazas. Protagonista de la obra del mismo nombre, de Francisco de Isla. Fue utilizado como ejemplo de los sermones absurdos con que la Iglesia catequizaba y manipulaba políticamente a los católicos.

[17] Iriarte edita en 1782 la obra que mayor fama le ha dado en la posteridad Las fábulas literarias. “[Juan Pablo] Forner [...] se atreve con el aplaudido autor de la Corte y da a la estampa la directa sátira de El asno erudito. Iriarte contesta al desconocido escritor en Para casos tales (1782)”. En esta obra “se finge una carta escrita por un discípulo suyo contra el desconocido provinciano, y a la vez que se defienden las Fábulas y se expone la preceptiva de las mismas, se ataca El asno erudito que, según Iriarte, no es fábula, sino invectiva personal, baja y grosera.” Tomás de Iriarte, Poesías, pp. XV y XXXIII respectivamente. La polémica entre Juan Pablo Forner y Tomás de Iriarte inició a raíz del premio que la Real Academia Española había otorgado a Juan Meléndez Valdés, amigo de Forner, en el certamen de 1779-1780 por su égloga; otra, premiada con el accésit de don Francisco Agustín de Cisneros era obra de Iriarte. Éste, dolido, escribe reflexiones sobre la égloga intitulada Batilo, donde defiende su obra y tacha la de Meléndez de inferior. Forner sale a la defensa de su amigo con su Cotejo de las dos églogas que ha premiado la Real Academia de la Lengua. Una vez publicadas las Fábulas literarias (1782), Forner escribe El asno erudito. Fábula original. Obra póstuma de un poeta anónimo. Publícala Pablo Segarra. Impreso en Madrid y anunciado en la Gaceta del 12 de julio de 1782; Iriate contestó con Para casos tales suelen tener los maestros oficiales. Epístola crítico-parentética o exortación patética, que escribió Don Euleterio Jeta al autor de las Fábulas literarias en vista del papel intitulado El asno erudito. Impreso en Madrid y anunciado en la Gaceta del 6 de agosto de 1782, en respuesta a esta epístola Forner escribe Los gramáticos: Historia chinesca (1783). En el verano de 1782, se divulgó en Madrid un folleto anónimo, sin pie de imprenta: Observaciones sobre las Fábulas literarias originales de D. Tomás de Iriarte, cuyo autor al parecer era Félix María de Samaniego. Cf. John H. R. Polt, Juan Pablo Forner y Segarra: Los gramáticos, Historia chinesca.

[18] En realidad es “Los alumnos de El Real Seminario Patriótico Vasconiano” de Samaniego; “¡Oh jóvenes amables/ Que en vuestros tiernos años/ Al templo de Minerva/ Dirigís vuestros pasos/ Seguid la senda en que marcháis, guiados/ A la luz de la ciencia/ Los profesores sabios!/ [...] ¡Ea, jóvenes, eah/ Seguid marchando/ Al templo de Minerva/ a recibir el lauro!/ Pero...¡qué! ¿Os detienen?/ El ocio y el regalo/ Pues escuchad a Esopo/ Mis jóvenes amados”. Cf. Fábulas completas de Samaniego e Iriarte..., pp. 195 y 196.

[19] El Facistol. Alessandro Tassoni (1565-1635) fue autor de una famosa parodia épica, El cubo robado (La secchia rapita), poema heroico burlesco que narraba cierta guerra que había estallado en el siglo XIII entre Módena y Bolonia, y cuya causa había sido efectivamente el robo de un cubo perteneciente a un boloñés. Este poema fue copiado por Boileau en El Facistol, y después, por medio de Boileau, por Pope en El rizo robado (The Rape of the Lock). El Facistol se encuentra justamente en el núcleo de la querella entre los antiguos y los modernos a favor de éstos y criticando severamente a los clásicos. Véase Gilbert Highet, La tradición clásica, p. 424. Aparentemente fue traducido por Anastasio María de Ochoa y Acuña, aparece compilado en el segundo tomo de Poesías de un mexicano, con notas y en verso castellano.

[20] Por Quis vos constituit judicem aut divisorem interdum. ¿Quién alguna vez lo constituyó a usted en juez y censor?

[21] medio real. Seis centavos y tres cuartos del real que equivalía a doce centavos y medio. Primero tuvo la efigie de Carlos IV y en 1810 la de Fernando VII. En sistema decimal equivalía a seis y un cuarto de centavo (0.625 pesos).

[22] calle de San Francisco. Primer tramo de Plateros, actualmente avenida Francisco I. Madero.

[23] Alude al capítulo XXVI, t. II de Don Quijote de la Mancha, “Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero con otras cosas en verdad harto buenas”. En la función que dio maese Pedro en la venta, escenificando la liberación de Menisendra, hija adoptiva de Carlomagno, por don Gaiceros, su esposo, don Quijote interpreta que el escarnio de los moros a don Gicero es real. Desenvaina la espada y destroza los títeres y finalmente acaba con el retablo y todos los muñecos de pasta, lo que acompaña con un vítor en alabanza de la caballería andante.

[24] jácara. Romance alegre sobre hechos de la vida airada.

[25] Por  quod tibi non nocet, et alteri prodest, ad id es obligatus? ¡Estás obligado a esto!: [a dejar pasar] lo que a ti no te daña y a otro sirve.

[26] Años después Carlos María Bustamante se expresaría de Fernández de Lizardi de la manera siguiente: “se le persiguió de muerte, se trató de encarcelarlo, se le estrechó a la fuga, se le expatrió, se le cimó después en un calabozo con absoluta incomunicación por trece meses, hasta de su esposa, se le redujo al extremo de pedir limosna, y finalmente se le colocó al borde del sepulcro, aquejado de mil dolencias mortales. Hombres buenos, posteridad justa e inexorable, pronunciad vuestro fallo.” Cf. Séptimo Juguetillo dedicado a El Pensador Mexicano, en el volumen II de esta Antología, pp. 000

a Este recuerdo enternece mi corazón: quisiera resucitar a Cervantes cuando lo hago; abrazarlo estrechamente para desagraviarlo, darle cuanto poseo, aunque todo es poco menos que nada, y poner a su disposición las riquezas de ambas Américas. ¡Qué injustos fueron nuestros mayores! ¿Y lo son menos los presentes?

[27] E[l] L[icenciado] B[ustamante]. Cf. nota 2 a Palo de ciego, en este volumen.

[28] Iriarte cita en su fábula La contienda de los mosquitos la obra Mosquea de un tal Villaviciosa; Francisco Nieto de Molina es autor de La perromaquia; Lope de Vega y Carpio escribió La gatomaquia y tenemos noticia de una Apología de los asnos: compuesta en renglones asi como versos, por un asnólogo aprendiz de poeta. Asnópolis: 18349 [Madrid: A. González, 1829], por Manuel Lozano Pérez Ramajo.

[29] Por Auriculas asini quis non habet? ¿Quién no tiene orejas de burro?

[30] Responde mihi. Respóndeme, contéstame o aconséjame.